martes, 23 de mayo de 2023

Heridas Del Pasado: Capítulo 33

 –Gonzalo, yo…


Su hermano exhaló un profundo suspiro.


–Dijiste que estabas en Suiza visitando a una amiga –la acusó–. Por favor, Paula, solo dime que estás bien.


–Lo estoy –aseguró ella–. De verdad, lo estoy.

 

Durante la siguiente media hora, mintió a su hermano… Algo que nunca antes había hecho, cubriendo con un velo de ficción la manera en que había conocido a Pedro y su boda. Pero daba igual lo que dijera, porque no era suficiente. Gonzalo quería verla, quería conocer a Pedro, y Paula no fue capaz de rechazar la invitación, que más bien era un ultimátum, para asistir a una cena en su finca a las afueras de Siena en dos días. Y de pronto todos los miedos y pensamientos de Maria atravesaron su mente en un bucle interminable. 


Cuando Pedro llegó a la entrada de su casa, no supo si quería dar la vuelta al coche y marcharse de allí o dejarlo en el garaje y correr hacia aquella esposa que no terminaba de entender. Desde la noche de la gala, había sido incapaz de dormir en una cama sin su mujer. Y no podía explicar por qué. Sencillamente, le parecía… Mal. En cuanto se la llevó a su cama, algo cambió en su interior. Algo que suavizó a la bestia rabiosa de un modo que nunca antes había experimentado. No eran sus caricias, ni sus gritos de placer. De hecho, no tenía nada que ver con el increíble grado de pasión que habían compartido. No, era peor… Parecía que su mera presencia le calmaba como nada lo había hecho jamás. Cada noche, cuando ella no podía dormir, le hacía preguntas… Solo para escuchar el sonido de su voz. Se quedaba tumbado de noche viendo cómo su pecho subía y bajaba al respirar. Porque la noche de la gala, con el modo en que Paula había apartado los momentos oscuros para centrarse en los buenos, le había enseñado algoresonaba en la cabeza, haciendo que se preguntara si así sería como le vería su hijo. Quería que fuera así. Atravesó el pasillo, frunciendo el ceño cuando escuchó los pasos de ella, al parecer caminando arriba y abajo. Conocía bien aquel movimiento, y ya estaba frunciendo el ceño cuando dobló la esquina y se la encontró girando sobre los talones y retorciéndose las manos.


–¿Qué pasa?


Ella lo miró, asombrada y con expresión de culpabilidad, y luego retomó los pasos. Se encogió de hombros con un movimiento supuestamente natural que no consiguió su objetivo.


–Oh, bueno… Ya sabes…


–No. No sé. Por eso te he preguntado.


Paula guardó silencio unos instantes mientras seguía andando.


–Es solo que… Mi hermano… Tenemos que ir a Italia. No sé si estoy preparada para esto. Ni siquiera tengo la ropa adecuada, y…


Pedro no pudo evitar soltar una carcajada de alivio al comprobar que no se trataba de nada grave. Trató de entender la relación entre sus pensamientos.


–¿Qué tiene que ver la ropa con Italia y con tu hermano?


–Lo sabe, Pedro. Ha visto una foto nuestra en la gala. Me ha visto embarazada y casada.


–¿No se lo habías contado?


–Yo…


Pedro volvió a fruncir el ceño. No habían hablado mucho de la familia de Paula. Sabía que tenía un hermano, que su padre se había vuelto a casar tras perder a su primera esposa en el parto de su hija. Pero había dado por hecho que se lo habría contado. Tal vez daba demasiadas cosas por hecho en lo que a su esposa se refería.


–¿Qué ha dicho?


–Que quiere que vayamos a verle a Siena. Quiere… Conocerte.


Pedro contuvo ahora el deseo de reírse. Estaba claro que aquello significaba mucho para Paula. Nunca antes la había visto así, tan indecisa. 


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