—Lo vamos a resolver todo. Siempre y cuando nos queramos, podremos resolverlo.
Después, la depositó cuidadosamente en el suelo.
—Cuando llegué a Chaves Corners… No voy a mentirte, sentía mucho odio por tu familia y por este pueblo.
—Lo entiendo —dijo ella—. Gonzalo no quiere reconocerlo, pero creo que él sentía lo mismo. Y, por supuesto, Rodrigo detestaba Chaves Corners y trataba de evitarlo por todos los medios.
—¿Y tú? Nunca te he preguntado lo que sientes tú, verdaderamente. Toda la gente del pueblo pensaba que tu familia estaba maldita.
—Yo estaba en coma, así que no sabía nada de la maldición sobre mi familia y el pueblo. Creo que, como no sufrí todo eso y estoy aquí ahora, experimentando el renacimiento del pueblo y de mi nueva familia… Bueno, a mí me gusta estar aquí. Y creo que también es por tí.
—¿Por mí?
—Sí, tú has estado a mi lado desde el primer día que empecé a vivir sola, ayudándome con una sonrisa, aunque fuera una desconocida para tí.
—No, no lo eras —dijo él—. Eras esa niña dulce que me sonrió hace tanto tiempo, un día de verano.
Él volvió a abrazarla, y ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Te he echado de menos —dijo Paula en voz baja.
—Yo, también —admitió él—. Pensé en todos los motivos por los que no me aceptarías de nuevo y había muchos. Pensé en cómo había utilizado lo que hizo Gonzalo para justificar mi venganza. Así que tú podrías hacer lo mismo, racionalizar lo que yo hice de modo que te resultara imposible perdonarme. Estarías en tu derecho.
—No sé si estaría en mi derecho —dijo ella, sonriéndole.
—Bueno, yo creo que sí. Te traté mal…
Paula le puso un dedo en los labios.
—Tú nunca me has tratado mal. He pasado mucho tiempo pensando en cómo ha sido nuestra relación hasta el momento y me he dado cuenta de que, aparte de no decirme que tu hermano era Javier, fuiste sincero conmigo en todo lo demás.
—Lo intenté. Cambié de apellido legalmente, así que eso no fue una mentira.
—Me alegro. Ya no debe haber más mentiras.
—No. Nunca —dijo él, asintiendo.
De nuevo, la tomó en brazos. La llevó al dormitorio e hicieron el amor. Después, la estrechó entre sus brazos e hicieron planes de futuro. Y Paula se dió cuenta de que, como ella, Pedro había estado atrapado en el pasado durante los diez últimos años, asfixiado por una maraña de enredaderas. Su vida había transcurrido forzosamente por una senda que él no había elegido. Pero, al final, había encontrado su propio camino… La había despertado con un beso en el hospital, pero…
—Yo te rescaté.
—¿Sí?
—Sí. Tú estabas atrapado entre unos muros de medias verdades y amargura, haciendo lo posible por vivir de verdad. Pero yo llegué, derribé esos muros y conseguí que vieras a los Chaves, y a Chaves Corners, de otro modo.
Él hizo que rodara por la cama y se colocó sobre ella. La besó tan profundamente que ella se olvidó de lo que estaba diciendo. El contacto con el cuerpo de Pedro la consumió y, al mismo tiempo, hizo que sintiera un gran agradecimiento por su propio cuerpo. Los miembros que habían estado tan debilitados no hacía mucho tiempo habían adquirido las fuerzas suficientes para abrazarlo con fuerza y aferrarse a él.
—Me rescataste al enamorarte de mí —le dijo él—. Te quiero, Paula.
—Yo también te quiero, Pedro.
FIN
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