martes, 16 de septiembre de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 46

 —¿Pedro? Te he preguntado quién eres.


—Legalmente soy Pedro Alfonso, pero mi apellido de nacimiento es Morales. Tuve que cambiármelo después de que Chaves International destruyera Morales Industries. No me daban ningún préstamo para negocios y nadie quería darme trabajo —dijo Pedro. Su voz no estaba modulada por ninguna emoción. Simplemente, explicó los hechos.


—¿Lo ven? —dijo Liliana—. Ustedes quieren culpar a Javier de todo lo que ocurrió, pero nos dejaron en la ruina.


—Javier los arruinó —respondió Gonzalo—. Se comportó horriblemente mal cuando le dijeron que le habían dado un trabajo en Boston. Tu padre y él no querían eso, querían dirigir la fábrica aquí. Pero no era factible económicamente.


—¿Paula? —dijo Pedro, mirándola.


—No me importan los negocios —dijo ella—. Detesto que me hayas mentido, que no me dijeras quién eras en realidad.


—No quería hacerte daño otra vez. ¿Cómo podía beneficiarte en algo saber que yo soy hermano de un hombre que te hizo tanto daño?


—No me habría beneficiado en nada, pero tú tenías que decírmelo. Tenías que haber sido sincero conmigo cuando llegaste aquí.


—No podía. Toda mi vida he estado oyendo la misma versión de lo que ocurrió la noche de la gala. Y sufrí de primera mano los actos de Gonzalo, así que eso era lo único que sabía con certeza.


—¿Qué es lo que te dijeron sobre la gala? —inquirió Gonzalo.


—Que mi padre y mi hermano asistieron esperando que se anunciara que eran los nuevos propietarios y directores de la fábrica —respondió Pedro—. Pero, en vez de eso, su abuelo les dijo que estaban despedidos porque la fábrica cerraba.


Se pasó las manos por el pelo, con un gesto de angustia, y movió la cabeza.


—Pero ahora sé que no es cierto. Entre los papeles de mi padre encontré una carta en la que vuestro abuelo les ofrecía un trabajo en las oficinas de Boston con un generoso salario —dijo, y se giró hacia su tía—. En ese momento, yo pensé que tú no sabías de la existencia de esa carta, pero ahora no estoy tan seguro. ¿Lo sabías? 


Ella se encogió de hombros.


—No fue lo que les prometieron. Ellos querían la fábrica, no seguir trabajando para Chaves. 


—Tía Liliana, nosotros les hemos hecho ofertas parecidas a nuestros empleados en otras situaciones —le recordó él. Después, se volvió hacia Gonzalo—. Teniendo en cuenta eso, quería preguntarles a Rosrigo y a tí lo que ocurrió en la gala, lo que le ocurrió a Paula. Yo no sabía… Nosotros no sabíamos que Javier se había comportado de esa manera.


—¿Estás seguro de que hizo lo que están diciendo? —preguntó Liliana.


—Sí, tía Liliana. Puala dice la verdad. Javier la agredió.


—Entonces, en nombre de nuestra familia, por favor, acepta nuestras disculpas —dijo Liliana, que se había quedado horrorizada al conocer aquellos detalles. 


Gonzalo se metió las manos en los bolsillos.


—Ustedes no podían saber nada de esa agresión, solo Javier. Tu padre se había marchado más temprano aquella noche.


—¿Qué ocurrió? —preguntó Paula—. Tengo solo un recuerdo parcial. Y no me refiero solo a lo que ocurrió con Javier y conmigo, sino a lo de después.


—Rodrigo se abalanzó sobre Javier y se lo quitó de encima a Paula. Yo llegué y aparté a Rodrigo, y mi abuelo llegó detrás con otros invitados — explicó Gonzalo—. El abuelo se quedó espantado con el espectáculo y nos ordenó que fuéramos al estudio. Nos preguntó qué había ocurrido y Javier dió a entender que Paula se le había insinuado… Y nos peleamos. El abuelo quiso quería que nos disculpáramos y que Javier y Paula se mostraran amigables en público para que pareciera que todo iba de maravilla. Nos negamos y nos fuimos.


Gonzalo le apretó el muslo porque notó que ella estaba temblando. Se le estaban cayendo las lágrimas. Las imágenes se sucedían y se entremezclaban en su cabeza.


—Javier nos siguió maldiciendo a los Chaves. No sé si perdió el control del coche o nos embistió a propósito, pero golpeó la parte trasera de mi coche cuando estábamos en el pueblo. Los dos coches volcaron y rodaron. Rodrigo salió despedido del nuestro porque no llevaba el cinturón de seguridad. Paula quedó inconsciente. Yo salí cuando llegaban los vehículos de emergencias. Tu hermano estaba malherido.


Gonzalo la abrazó, porque estaba temblando. Liliana y Pedro se miraron. Se habían quedado pálidos.


—Creo que deberían irse —dijo Paula.

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