Intentaba mostrarse relajada, pero tenía el corazón acelerado. Porque sabía cuál iba a ser la siguiente pregunta. Y daba igual cuántas veces contestase, siempre le resultaba difícil. Pero sabía que lo mejor era quitárselo de encima lo antes posible.
—¿De qué murió su marido?
—El padre de Sofía murió en un accidente laboral cuando yo tenía veinticinco años.
—¡Ah! Lo siento.
—Fue hace mucho tiempo.
En general, la gente no se atrevía a preguntar cómo había ocurrido, o peor, por qué no había vuelto a casarse. Pero ella conocía sus razones, y eso era más que suficiente.
Pedro sabía que sólo estaba dándole datos superficiales, pero sería una grosería seguir insistiendo. ¿Y cuánto quería saber? Sólo estaría allí unas semanas, de modo que lo mejor sería no ponerse en su camino y evitar las preguntas. Conseguir las respuestas que necesitaba y nada más. Además, había cosas sobre su propia vida que no le gustaría contarle a nadie. Si ella quería guardar secretos, mejor. Lo que necesitaba de Paula Chaves no tenía nada que ver con su vida privada. Sólo con lo que le había pasado a su hija el año anterior.
—Bueno, ¿Qué le trae por Alberta? La mayoría de la gente elige una zona más turística para sus vacaciones. Baff o algún sitio al sur de la frontera, Montana o Colorado. Aquí no hay nada más que nieve y un montón de granjas.
—Si es así como promociona la zona, no me extraña que tenga tantas habitaciones vacías… —bromeó Pedro.
—Es que no estamos en temporada alta —contestó ella—. Como le he dicho, la mayoría de la gente elige las montañas para esquiar. El hostal sólo se llena en verano.
—Entonces, me sorprende que no se vaya de vacaciones en invierno.
—Pues la verdad es que…
—¿No me diga que suele irse de vacaciones en esta época del año? ¿Ha tenido que quedarse aquí por mi culpa?
No se le había ocurrido pensar en eso. No había pensado en nada más que en hacer su trabajo.
—No tiene importancia. Ni siquiera había reservado habitación en un hotel.
—Pero iba a hacerlo.
Paula lo miró, y de nuevo, Pedro se quedó sorprendido por lo joven que parecía. Si no le hubiera dicho que tenía cuarenta y dos años, habría pensado que eran de la misma edad.
—México no va a irse a ninguna parte —dijo ella por fin—. ¿Desde cuándo es comisario de policía?
—Desde hace cinco años. Antes estuve en los marines.
—¡Ah!
—Ahora es usted quien intenta hacer cálculos… —dijo Pedro riendo—. No se moleste, tengo treinta y tres años.
—¿Y le gusta su trabajo?
—Si no me gustase, no podría hacerlo.
Los dos habían bajado la voz, quizá porque el ambiente lo pedía, y Pedro vió que ella se mordía los labios. Tenía una boca preciosa, una boca hecha para besar… Y era evidente que se sentían atraídos el uno por el otro. Hacía mucho tiempo que no le gustaba nadie, pero su corazón se aceleró cuando sus ojos se encontraron. Paula Chaves lo hacía sentir acalorado y no sabía por qué. Era una complicación que no necesitaba. Lo único que él quería, era hacer lo que lo habían enviado allí a hacer. Su idea de la diversión no era pasar dos semanas en un apartado pueblo canadiense, y desde luego, no había esperado sentir… Lo que fuera que sentía por la propietaria del hostal en el que se alojaba. Además, Paula no se parecía nada a las mujeres con las que solía salir. Amable, educada, delicada… Y sin embargo, en absoluto aburrida. Había que ser una mujer de carácter, para perder a su marido tan joven y llevar un negocio, además de criar a dos niños. ¿Cómo lo habría hecho estando sola? Debía de haberse quedado mirándola fijamente, porque ella se levantó a toda prisa, nerviosa.
—Perdone, voy a limpiar la mesa… —al tomar las tazas se le cayó una al suelo, rompiéndose en pedazos—. ¡Ay, Dios, qué torpe!
Él la miró, divertido. Hacía mucho tiempo que no le gustaba tanto una mujer, y mucho más tiempo desde que ponía nerviosa a una.
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