Pero eran sus ojos azules lo que más le había impresionado. Unos ojos alegres, pero con un brillo de precaución. Unos ojos que le decían que su vida no había sido fácil. Pedro cerró la bolsa de viaje abruptamente. No estaba allí para mirar los ojos de la dueña del hostal. Eso era lo último en lo que debía pensar. Tenía un trabajo que hacer: Reunir información. ¿Y quién mejor que la dueña del hostal para dársela? Paula Chaves tomaría sus preguntas por mera curiosidad de turista, pensó. Invitándose a sí mismo a cenar la había puesto en un aprieto, pero con el resultado deseado. Se estaba haciendo de noche cuando sacó el ordenador portátil de la mochila y lo colocó sobre la mesa para comprobar su correo. Pero era una conexión muy lenta, y tuvo que esperar lo que le pareció una eternidad.
—Echo de menos el ADSL… —murmuró.
No, esperar no era lo suyo, y durante mucho tiempo había sido de los que actuaban primero y pensaban después. Una de las razones por las que su jefe le había exigido que pidiese la baja. Pero no llevaba ni dos semanas en casa cuando lo habían llamado para encargarle aquella misión. Y se alegraba. A él no le gustaba estar sin hacer nada. Ignacio Simms, su contacto en Mountain Haven, le había pedido que fuera personalmente. Como un favor. Y aquél no era un trabajo que pudiera hacerse a toda prisa, sino vigilando, esperando. Pedro arrugó el ceño cuando por fin se abrió su cuenta de correo. Por el momento, el ordenador sería su conexión con el mundo exterior. Aquélla era una comunidad muy pequeña, y cuanto menos llamase la atención, mejor para todos. Se dió cuenta entonces de que la habitación había quedado a oscuras, y miró su reloj. Ya eran las ocho, y Paula le había dicho que servía la cena a las ocho y media. Como no quería empezar con mal pie, apagó el ordenador y puso la mochila bajo la bolsa de viaje en el armario.
Paula estuvo oyendo sus pasos en el piso de arriba durante largo rato mientras hacía la cena. Pedro Alfonso, comisario de policía. Cuando Sofía le dijo que había reservado una habitación en el hostal, el nombre había conjurado la imagen de un rudo y seco detective. Pero no era nada de eso; al contrario. No podía tener más de treinta o treinta y dos años. Y era muy educado.
—¿Qué estás haciendo?
La voz de Sofía interrumpió sus pensamientos, y por una vez, Paula se alegró. Llevaba demasiado tiempo pensando en su nuevo cliente.
—Pasta con salsa de tomate y pan foccacia.
—Genial.
Sofía tomó una galleta del bote y se apoyó en la encimera. Paula la miró, suspirando. Echaba de menos a la niña que había sido. Ser madre era mucho más fácil entonces. Sin embargo, por difícil que fuese ahora, le dolía en el alma tener que mandarla a Edmonton.
—¿Ya has comprado el billete de autobús?
—Lo compré antes de venir.
Sofía metió la mano en el bote de las galletas, pero su madre le dió un golpecito en la mano.
—No comas más galletas, estamos a punto de cenar.
Sofía levantó una ceja como diciendo: «No tengo doce años, madre».
—Deberías alegrarte de que me vaya. Así te quedarás a solas con el detective macizo.
Paula abrió los ojos como platos.
—¡Sofi!
—Mamá, por favor… Es un poco mayor para mí… Por guapo que sea. Pero a tí te iría muy bien.
Paula dejó el cucharón de madera sobre la encimera con más fuerza de la que pretendía.
—Para empezar, baja la voz. Es un cliente. Y no estaría aquí si preguntases primero e hicieras las reservas después.
Sofía dejó de mordisquear la galleta.
—Sigues enfadada por eso, ¿Eh?
Paula suspiró. En realidad, no era sólo culpa de su hija. También ella empezaba muchas peleas. Pero debería intentar llevarse bien con Sofía, no alejarse de ella.
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