Los sentaron a una mesa en un rincón, con vistas al mar. Era muy pequeña, y la colocación de las sillas, ideal para apreciar las vistas, creaba un ambiente demasiado íntimo para dos personas que no mantenían más que una brevísima aventura. Pero Leo no pidió un cambio de mesa y ella, desde luego, no iba a objetar. Aceptaría todo el contacto que pudiera conseguir. Cuando sus rodillas chocaron bajo la mesa, ella sintió una descarga de mil voltios. Su olor la mareó. Su proximidad le hizo desear inclinarse hacia él y suspirar. Pero Paula permaneció donde estaba y consultó el menú. No entendió ni una palabra.
—¿Pides por mí?
—¿Qué te gustaría?
Le gustaría apreciar el romanticismo del lugar y la puesta de sol color mandarina, mirarlo a los ojos y tomarle la mano. Le gustaría escarbar en su alma hasta averiguar todo lo que había que saber sobre él. Le gustaría compartir con él sus sueños y esperanzas, inseguridades y miedos, los rasgos distintivos de una relación de verdad. Poder superar los obstáculos emocionales y físicos que salpicaban su vida, ser su tipo y que su aventura no terminara. Pero, desgraciadamente, nada de eso estaba en el menú.
—¿Qué recomiendan?
—Los calamares tienen fama.
—Entonces me gustarían.
Paula había vivido de prestado y el idilio estaba a punto de implosionar. Tumbada junto a la piscina la tarde siguiente, una familiar punzada le atravesó el abdomen. Por un momento permaneció inmóvil, confusa, alarmada, con el corazón acelerado. No podía ser. Nunca había sido muy regular, pero era demasiado pronto. Debía ser una indigestión. Con una mueca de dolor y un nauseabundo calambre en el estómago, consultó el calendario en el móvil. ¿El doce? ¿Llevaba allí diez días? ¿Cómo era posible? Solo iba a quedarse una semana. No era difícil entender por qué había perdido la noción del tiempo, absorta en su aventura con Pedro, pero aún deberían faltarle unos cuantos días más. Por eso había atribuido su hinchazón a la buena comida y a un mejor vino, y su cansancio a la falta de horas de sueño. Cómo había pasado por alto señales tan evidentes cuando llevaba más de once años así, mes tras mes, no importaba. Lo importante era reaccionar. Y rápido. No podía permitir que él la viera pasar por lo que estaba a punto de ocurrir. Sería brutal, emocional e íntimo. No quería parecer débil y vulnerable delante de él. Y si él quería ayudar… No la dejaría ni una pizca de dignidad.