martes, 17 de marzo de 2026

Retrato: Epílogo

 Tres años después



Durante dos años, Pedro pasó bastante tiempo en hospitales. Con inmenso coraje, Paula se había enfrentado a sus demonios y los había vencido, sometiéndose a la operación que los médicos recomendaban. Sin embargo, ella se había negado a renunciar a los clientes que ya tenía apalabrados. Además, el nuevo negocio de Pedro requería toda su atención, porque los yates de lujo no se diseñaban, construían y alquilaban solos. La primera operación se produjo doce meses después de que aceptara casarse con él, dos semanas después la sencilla boda. Antes, durante y después de esa operación, y las siguientes, él había permanecido a su lado. Estaba junto a ella cuando se dormía, y cuando despertaba. No había sido fácil, pero cada momento del tormento vivido juntos había merecido la pena porque, aunque el dolor no había desaparecido completamente, Paula ya no sufría atrozmente cada cuatro semanas. Sonreía y funcionaba, y la felicidad que eso le producía a Pedro era inmensa. El ala del hospital privado de Atenas no le era familiar, aunque las desgarradoras emociones sí. Terror, impaciencia, esperanza. ¿Qué pasaba ahí dentro?, se preguntó mientras consultaba el reloj. ¿Por qué tardaban tanto?


—¿Señor Alfonso?


—¿Sí? —Pedro giró en redondo, casi chocando con el médico.


—Ya puede pasar.


No necesitó que se lo repitieran. Abrió de un empujón la puerta de la habitación de Paula y la encontró tumbada en la cama, exhausta, más encantadora que nunca.


—¿Estás bien? —preguntó Pedro, el corazón dándole un vuelco.


Los ojos de Paula brillaban, su sonrisa era amplia. La mirada de Pedro se posó en el bulto que sujetaba en los brazos y se le hizo un nudo en la garganta.



—Acércate a conocer a nuestra preciosa niña.








FIN

Retrato: Capítulo 59

Con él a su lado, tendría el valor necesario para someterse a las operaciones. Haría todo lo posible por mejorar su calidad de vida, por los dos, para aumentar la posibilidad de tener hijos. Ella no era su padre. Pedro tenía razón: Ella era fuerte y resiliente. Y sí, podría pasarles algo, pero también podría no pasarles. Mejor amar y perder que no haber amado nunca. Quizá el dolor constante era un precio que su padre estaba dispuesto a pagar por el amor vivido. ¿Qué podía hacer? ¿Sería demasiado tarde para intentar convencer a Pedro de que el pasado no tenía por qué repetirse? Si intentaba hablar con él, ¿Se alegraría de verla o se horrorizaría? Paula estaba tan sumida en su mísera confusión que casi no oyó el timbre. Cuando lo hizo, se cubrió la cabeza con una almohada, esperando a que quienquiera que fuera se marchara, pero no se marchó. Con un profundo suspiro, se levantó y caminó hacia la puerta.


—¿Sí?


—¿Paula? Soy Pedro.


¿Alucinaba? ¿Lo había conjurado con la fuerza de sus sentimientos? A menudo él era capaz de leer su mente, pero la telepatía no cruzaba continentes. ¿Qué hacía allí? Pulsó temblorosa el botón de la puerta y calculó que tendría un minuto para arreglarse, insuficiente, pero al menos su ropa estaba limpia y el pelo recién retocado. Abrió la puerta. Las pisadas en las escaleras imitaban su atronador pulso. Y ahí estaba, corpulento, tan atractivo que la dejó sin aliento, y qué bueno era verlo.


—Pedro —saludó ella mientras la nostalgia que había pasado un mes tratando de negar casi acabó con lo que quedaba de sus rodillas—. ¿Qué haces aquí? Tienes un aspecto horrible.


—¿Puedo pasar? —él la miró, ojeroso, el rostro afilado, como si hubiera adelgazado.


—Por supuesto —Paula se hizo a un lado y cerró la puerta tras él— . ¿Quieres tomar algo?


—No, gracias —Pedro se volvió hacia ella, la intensidad de su mirada dejándola clavada en el sitio—. ¿Cómo estás?


¿Cómo debía responder? El rostro de Pedro no delataba sus pensamientos. No había tenido tiempo de prepararse, pero era valiente.  Había conseguido exhibir su trabajo, que la invitaran a la boda del año, perseguirlo  por la pista de baile y convencerlo para una aventura de una noche. Cuando sabía lo que quería, iba a por ello.


—Creía que bien —contestó ella con la boca seca—. Pero acabo de darme cuenta de que no. ¿Y tú?


—Lo mismo.


La cabeza de Paula le daba vueltas. El corazón latía con fuerza. ¿Había esperanza?


—La semana que viene viajo a Milán, pero no estoy tan emocionada como debería.


—He dimitido.


—¿Dimitido? —Paula parpadeó sorprendida.


—Federico es el nuevo CEO de Alfonso Kallis.


—¿Qué? ¿Por qué?


—Estoy harto de hacer cosas que no quiero hacer —Pedro la miraba como si no existiera nada más que ella—. Harto de vivir según normas que no me hacen feliz.


—Entiendo —observó ella, sin entender nada—. ¿Qué vas a hacer?


—Aún no lo he decidido.


—Eso debe preocuparte.


—Debería, ¿Verdad? —él sonrió—. Pero no es así. Me siento liberado. Como si me hubieran quitado el peso del mundo de encima.


—Entonces has hecho bien.


—Creo que sí. ¿Y sabes qué sí me hace feliz?


Paula no sabía nada y le costaba seguir la conversación.


—¿Navegar?


Él negó con la cabeza.


—Tú.


—¿Qué? —ella lo miró, aturdida.


—Tú me haces feliz, Paula —Pedro dió un paso hacia ella—. Cuando estoy contigo, no querría estar en ningún otro sitio. Cuando no estoy contigo, solo pienso en tí. Estoy enamorado de tí. Creo que me enamoré la tarde en que no conseguí sobornarte para que no expusieras el etrato de mi madre. A pesar de lo que pudiéramos pensar, has resultado ser exactamente mi tipo. Me equivoqué al temer a las emociones. He dado demasiado valor al control. Quiero forjar mi propio camino. Y me gustaría hacerlo contigo.


Pedro esperaba una respuesta, pero Paula no podía hablar. Sus pensamientos giraban demasiado deprisa. Lo que acababa de oír… Era todo lo que había deseado.


—¿Estás seguro? —consiguió al fin preguntar.


—Nunca he estado tan seguro de nada.


—Quizá no pueda tener hijos.


—Lo sé. Solo te quiero a tí. Creo en nosotros y quiero ese futuro que podríamos tener, sea como sea. Sé que el amor te aterroriza y lo entiendo. He venido para convencerte de que lo reconsideres.


—No te molestes —contestó ella, acortando la distancia que los separaba.


—¿Por qué no? —él palideció.


Paula tomó sus manos entre las suyas y las apretó con fuerza.


—Porque el amor ya no me aterroriza. Bueno, algo sí, pero llevo demasiado tiempo viviendo con miedo de algo que probablemente nunca sucederá. Viviendo con un dolor que podría ser mucho menor. No quiero seguir encadenada al pasado, Pedor. Quiero mirar al futuro y te quiero a tí en él —respiró hondo—. Porque yo también te amo.


—¿De verdad? —Pedro recuperó el color y sus ojos se clavaron en los de ella.


—Totalmente —Paula se perdió en su mirada, en el calor de su cuerpo—. Eres todo lo que nunca me atreví a soñar, lo que pensé que nunca podría tener. Quiero reír, discutir, envejecer contigo. Lo quiero todo.


—Entonces será mejor que te cases conmigo.


Cuando él la estrechó sonriente entre sus brazos, la alegría desbordó a Paula, mareándola, inflamando su corazón de pura felicidad.


—Sí, por favor —ella le ofreció la más brillante de las sonrisas y levantó la cabeza para que la besara.

Retrato: Capítulo 58

En esas fotos no parecía nada, y estaba harto de hablar de ello.


—Creía que querías hablar de negocios —Pedro miró a Federico con dureza.


—Así es.


—¿Y bien?


—¿De verdad disfrutas dirigiendo la empresa? —preguntó su hermano, sin inmutarse por la mirada—. Porque yo sí, y estaría encantado de ocuparme permanentemente.


¿Qué demonios? Eso no iba a ocurrir. Pedro no iba a abdicar de las responsabilidades que su padre le había dado.


—Estoy bien —insistió Pedro con un fuerte dolor de cabeza—. Todo está absolutamente bien.



Pero, una semana después, tuvo que admitir que algo iba muy mal. No dormía. No comía. Y su comportamiento en la oficina había empeorado. Federico le había ordenado que permaneciera en casa antes de que todos abandonaran la empresa y, a pesar de no gustarle recibir órdenes, había aceptado a regañadientes. Desgraciadamente, eso le proporcionaba demasiado tiempo libre mientras reproducía en bucle la conversación de la terraza con Federico. Nunca se había planteado dimitir. No continuar con el legado de su padre sería una traición. Pero mientras se dirigía a la cocina para prepararse el cuarto café del día, y solo eran las nueve de la mañana, se preguntó si no estaría demasiado implicado para ser objetivo. ¿Qué pensaría alguien de fuera? ¿Qué pensaría Paula? Ella sería la primera en aconsejarle hacerse a un lado y nombrar a Federico CEO, y tendría razón. Porque mientras simplemente soportaba el cargo, su hermano lo había disfrutado. Tenía un don con la gente, estaba motivado y era brillante. Siempre había sido el mejor hombre para ese trabajo. También era irritantemente perceptivo porque, aunque a Leo le gustaba creer que rara vez pensaba en Paula, la verdad era que estaba en su cabeza todo el maldito tiempo. La echaba de menos más de lo que creía posible. ¿Podría haberse enamorado de ella? No. Imposible… Pero al repasar todas las razones por las que ella no le convenía, pudo refutarlas todas. Un pelo sin mechas y las orejas sin adornos le parecían aburridos. Lejos de temer su influencia, deseaba escuchar sus opiniones. Él no era destructivo como su madre, ni débil como su padre. No temía a las emociones. Los días que habían pasado en Santorini, se había sentido vivo por primera vez en años. Ella le hacía sentir invencible. El mundo no se derrumbaría si él no lo controlaba las veinticuatro horas del día. Y en cuanto al legado de su padre, lo preservaría poniendo a la mejor persona al mando. Los muros que rodeaban su corazón se derrumbaron. Amaba a Paula, comprendió con una sacudida que le robó el aliento de los pulmones y drenó sus fuerzas tan bruscamente que tuvo que buscar a tientas una silla. Probablemente la amaba desde que ella le había plantado cara junto a la piscina la tarde en que se conocieron. ¿Por qué si no la había perseguido cuando todo su ser clamaba en contra? Lo había disfrazado de culpa, pero en el fondo era solo deseo. Pensar en su vida sin ella, sombría, sin color, vacía, le helaba los huesos. Contar los días que faltaban para que pasara por otro período sola, le horadaba el pecho. Quería protegerla, amarla hasta el día de su muerte. ¿Qué podía hacer? ¿Se lo permitiría ella?




Desde su regreso a Londres, Paula había dado gracias a su buena estrella por haber escapado de la poderosa y destructiva órbita de Pedro. Decidida a relegar a la historia su estancia en Santorini, a borrarla de su mente, llenó su agenda de visitas a su padre y reuniones con amigos. Se abasteció de pinturas, se hizo nuevas mechas violetas y actualizó su página web para incluir el retrato de Selene y las buenísimas críticas que había generado. No pensó en él. No se preguntó qué estaría haciendo o cómo se encontraría, ni leyó los artículos de sociedad que le había enviado una amiga. Tampoco repasó los cuadernos, llenos de dibujos suyos, que había guardado en el fondo de un cajón. Y cuando el período volvió a asomar, no deseó que le dieran un masaje en la espalda o le prepararan un baño. Se limitó a hacer las cosas como siempre las había hecho. Todo iba bien. Sin incidentes, como ella quería. El sol brillaba y Londres estaba precioso. Estaba atareada preparando el viaje a Milán para pintar a una de las condesas italianas que había conocido en el banquete, y entusiasmada por volver al trabajo. Hasta que una mañana, un mes después de su regreso, mientras buscaba un lápiz en el cajón, vió un dibujo suelto de Pedro tumbado en la cama en Santorini, y sintió un golpe en el estómago. Porque nada iba bien, de hecho, iba terriblemente mal. Aferrándose al dibujo, el dolor acuchillándole el pecho, se dejó caer en el sofá y se hizo un ovillo. Las lágrimas que había conseguido mantener a raya rodaron por sus mejillas. ¿A quién estaba engañando? La vida podía ser tranquila y segura, pero no era lo que ella quería. El sol brillaba y la ciudad bullía, pero sobre su cabeza se cernía una nube negra. Pensar en Milán y el trabajo era todo menos emocionante. Lo echaba de menos, más de lo que había creído posible. Echaba de menos su sonrisa y cómo la miraba, como si intentara descubrir sus miedos y esperanzas. Lo deseaba con todas sus fuerzas, y no solo porque le hubiera dado placer, aventura y cuidado de ella. Le encantaba hablar y discutir con él. Los días que habían vivido como pareja habían sido los mejores de su vida. No había mantenido su corazón a salvo. Había estado en peligro desde que lo había conocido. Si su relación hubiera sido puramente física, como ella había creído tan tontamente, no habría deseado cosas que no debía desear. No habría cometido imprudencias. Se habría esforzado por evitarlo, pero se había enamorado perdidamente de él. Era un desastre. Porque Pedro no sentía lo mismo por ella. No la quería. Se preocupaba por ella, o se había preocupado, pero no la amaba. Qué ironía haber superado los obstáculos que la habían atormentado durante años enamorándose de alguien no disponible. No había escapado con suerte, y debería haberse quedado y luchar. Por él. Por ellos. Debería haberle convencido de que era la adecuada para él. Porque lo era. Sobre el papel eran una pareja dispar, pero en realidad tenían mucho en común. Eran ambiciosos, motivados, víctimas de las circunstancias. Cada uno tenía un progenitor fallecido y otro que no merecía el título. Ella nunca sería lo bastante elegante y sofisticada, pero se entendían.

Retrato: Capítulo 57

 —¿Qué quieres decir?


—¿De verdad tienes que volver a Atenas?


—Sí. Federico me mandó un mensaje anoche. Hay problemas con la fusión.


—¿Entonces no es porque los últimos días fueran un poco… No sé… Viscerales?


—Para nada —contestó él con tal convicción que ella tuvo que creerlo—. Nunca pienses eso. Que sepas que estoy impresionado por tu fuerza y resistencia.


—De acuerdo —Paula sintió un extrañamente abrumador alivio. 


—¿Cuándo quieres irte?


Ella resistió el impulso de decirle que nunca, pero no podía cambiar de opinión. Tenía que ser fuerte. Así que ignoró el extraño dolor en el pecho y la opresión en la garganta.


—Estoy lista para irme ya —aseguró con firmeza.



El viaje de regreso a Atenas no pudo ser más diferente del de ida. La tensión era palpable, y no hubo champán en el avión. No intercambiaron largas miradas ardientes llenas de promesas de pasión y aventura. Apenas se miraron. En cuanto embarcaron, Pedro se pegó al teléfono mientras Paula miraba por la ventanilla, reprimiendo las peligrosas emociones. El corazón le latía acelerado y la cabeza vibraba por la presión, pero contaba los minutos y mantenía la boca cerrada. Al aterrizar, desembarcaron en silencio. Ella no se arrojó en sus brazos para darle un último beso. No se derrumbó ni le suplicó que la convenciera de que estaba equivocada. Se despidió con frialdad, giró sobre sus talones y se marchó en dirección contraria, recordándose a sí misma que había tenido mucha suerte.


—¿Qué pasa?


Tres semanas después del regreso de Pedro a la ciudad, Federico salió a la terraza del ático de Pedro en Atenas y dejó dos botellas de cerveza sobre la mesa.


—No pasa nada —murmuró Pedro, deslizando el pulgar por una de las botellas, deseando que fuera tan fácil deslizarse a través del caos de sus pensamientos.


—Desde que volviste de Santorini, pareces un oso con jaqueca —su hermano se sentó—. Tienes a todo el mundo aterrorizado, especialmente a tu ayudante. Dice que nunca te había visto así. Asegura que me prefería a mí, y eso significa que las cosas están muy mal.


—Unas semanas duras —respondió Pedro, evitando la mirada de su hermano—. A veces pasa.


—A tí no —respondió Federico—. Y no han sido tan duras.


Federico tenía razón. Normalmente, cuando surgía un problema en el trabajo, Pedro aumentaba el control hasta que pasaba, y gracias a su hermano, tenía muy poco que hacer para ponerse al día. Pero estaba nervioso y descentrado. Su método habitual para concentrarse no parecía funcionar.


—¿Qué es esto? —preguntó, señalando la cerveza—. ¿Una intervención?


—Sí, de todos. Queremos saber qué pasa.


¿Sus hermanos habían hablado de él? Eso tampoco le gustaba.


—No sé de qué están hablando —espetó Pedro, esperando en vano que su hermano lo dejara estar.


—Paula Chaves—contestó Federico.


Pedro se quedó paralizado. Encajó la mandíbula y apartó los recuerdos que asaltaron su mente. No quería pensar en ella. Cada vez que lo hacía, la cabeza le daba vueltas. Pero su hermano esperaba una respuesta.


—¿Qué pasa con ella?


—¿Estás enamorado de ella?


—No seas ridículo —el corazón de Pedro se aceleró.


—Ví las fotos —insistió Federico—. Todo el mundo las vió.


Pedro se estremeció.


—Silvana dijo que se notaba en tu mirada.


—Silvana se equivoca.


—La besaste la noche de la boda de Luciana —señaló Federico—. Nunca te había visto hacer eso.


Bueno, había perdido la cabeza momentáneamente. Pero ya la había recuperado. La fusión iba por buen camino. Ricardo tenía a su madre bajo control. El statu quo se había restablecido. Ni siquiera había tenido que implicarse. Al anunciar su intención de regresar a casa, Paula se lo había puesto inesperadamente fácil. Sentirse rechazado era absurdo. En el aeropuerto, al verla alejarse, había sentido alivio. Ella tenía el potencial de sacar lo peor de él. Había tenido mucha suerte.


—Fue un bache —aseguró—. Pero se acabó.


—Qué pena. 


—¿Qué sabrás tú de eso?


—Muy poco. Nuestros padres no fueron un buen ejemplo. Pero mira a Luciana y Ariel. El amor es hermoso. En esas fotos parecías feliz y relajado.

martes, 10 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 56

Al contrario de lo que Paula esperaba, a pesar del dolor no se le había escapado lo magnífico que había estado Pedro. Había hecho exactamente lo que había prometido. Había sido la paciencia y el apoyo personificados, una torre de fuerza, y no se había inmutado cuando ella le había vomitado encima, como le había advertido. Ya recuperada, mirando al techo en la oscuridad, los pensamientos revoloteando en su cabeza imposibilitando el sueño, veía que todo lo que había temido podría hacerse realidad. Pedro era complejo e intrigante, atento y hermoso, y lo que sentía por él estaba volviéndose peligroso. A pesar de sus esfuerzos por evitarlo, sospechaba que ya se había comprometido emocionalmente con él. ¿Por qué había cedido y pedido el baño y el masaje en la espalda si no? Quería decirle que dejara el trabajo y comprara un barco. Quería agarrar a Selene por los hombros y darle una buena sacudida para que madurara. Pensó en el período siguiente, deseando tenerlo a su lado. Pero jamás podría ser. Si se quedaba más tiempo, esos imprudentes sentimientos se volverían más profundos, y no podía arriesgarse. ¿Y si se permitía amarlo y le ocurría algo? La destrozaría. ¿Y si, a pesar de su certeza de que no ocurriría, Pedro se enamoraba de ella? Decía que le importaba. La había visto en su peor momento y no había huido. Era posible que no fuera tan impermeable al amor como creía, y sucumbir a las emociones que negaba, podría destruirlo. Lamentaba profundamente no haber sido más fuerte, no haber resistido. Nunca debía haberse dejado convencer por sus argumentos. La posibilidad de un desengaño amoroso era inmensa e inaceptable. Pero aún no era tarde para rectificar. Solo tenía que poner fin a la aventura. Lo echaría de menos, su compañía y el sexo, por supuesto, pero era mejor marcharse mientras pudiera. La seguridad de su bienestar emocional dependía de la fuerza de su determinación y, mientras finalmente caía en un agitado sueño, se prometió que, por grande que fuera la batalla que presentara Leo, por muy despiadadamente que bloqueara sus protestas, ella no vacilaría. Por mucho que tuviera que luchar contra él, y posiblemente contra sí misma, por la mañana se iría.



Paula despertó temprano, con los ojos arenosos y el pecho comprimido. Se levantó y recogió sus cosas, que se había llevado a la habitación de invitados, ignorando la voz en su cabeza que se lamentaba y el extraño dolor en su corazón. Marcharse era lo correcto, lo único que podía hacer, se recordaba a sí misma una y otra vez. No tenía elección si quería evitar sufrir. Preparada para la batalla, bajó las escaleras con su maleta. Encontró a Pedro en la cocina, sentado a la mesa, tomando café. Parecía agotado. Tenso. Distante. Como si aquello fuera tan duro para él como para ella.


—Buenos días —saludó gruñón.


Ante la extraña falta de expresión en su voz, Paula sintió un escalofrío, pero no quiso preguntarse el motivo. No podía distraerse. Debía centrarse en el objetivo.


—Buenos días.


—¿Café?


—No, gracias.


—¿Cómo te encuentras?


—Mucho mejor.


—Me alegra oírlo.


—Gracias por tu apoyo.


—No hay de qué —Pedro sonrió sin humor.


Se hizo un silencio gélido, durante el cual ella solo oía el retumbar de su corazón. Cuando Pedro abrió la boca para hablar, Paula se anticipó, necesitando hablar antes de perder el valor.


—Me gustaría irme a casa ahora —balbuceó apresuradamente.


—¿Qué? —sobresaltado, Pedro dejó caer la taza sobre la mesa. 


—Esto ha sido muy divertido —Paula respiró hondo—, bueno, los últimos días no, claro. Pero la vida real me llama. Necesito saber de mi padre. Tengo asuntos que arreglar antes de empezar a trabajar en mi próximo encargo y me tengo que retocar las mechas.


—¿En serio?


—Sí.


—De acuerdo —Pedro frunció el ceño y luego asintió.


¿Estaba de acuerdo? ¿Sin más? ¿Sin protestar?


—¿En serio? —preguntó ella, totalmente aturdida por el cambio de actitud de él.


—Yo también debería volver al trabajo —contestó él, levantándose—. He descuidado el negocio durante más tiempo del que pretendía. Demasiado.


—Es culpa mía —señaló Paula con remordimiento por no haber sido lo bastante fuerte como para vencer la tentación y marcharse como había planeado—. Lo siento.


—No lo sientas —Pedro llevó la taza al fregadero—. No es culpa tuya.


—Te quedaste por mí.


—No te dí muchas opciones.


—¿También te vas por mí?


Pedro se volvió. Su mirada chocó con la de ella, aguda, inquisitiva, y ella deseó no haber dicho nada. No era el momento de mostrar debilidad, aunque, por alguna razón, necesitaba saberlo. 

Retrato: Capítulo 55

Con el corazón acelerado, Pedro lo abrió. El enlace lo llevó a una página que, supuestamente, pertenecía a una publicación con inclinación hacia los cotilleos de famosos. El tema de la página era él. O más concretamente, Paula y él. A pesar de la cálida noche, se le heló la sangre mientras leía el artículo. Las fotos que lo acompañaban, de gran nitidez, mostraban a ambos en el yate, practicando snorkel, saltando al mar, en la cubierta. También había fotos de las empinadas escaleras, las termas y la taberna. 


Cinco minutos después, durante los que había encontrado una docena de páginas similares con las mismas fotos y los mismos titulares con signos de exclamación, la vista se le nublaba y le costaba respirar. ¿Cómo había sucedido?, se preguntó mientras las náuseas se apoderaban de su estómago. ¿Cómo no se había dado cuenta de la presencia de las cámaras? Todo el mundo parecía querer saber quién era ella. ¿Había encontrado por fin el amor el soltero más codiciado y escurridizo de Europa? Si alguien tenía información sobre la misteriosa mujer del pelo de colores y múltiples piercings, que hiciera clic «aquí». Las especulaciones eran odiosas. La invasión de su intimidad, ferozmente protegida, y de la de ella, lo enfurecía. Eran pasto de habladurías, el pasado picante de su madre también había salido a relucir, todo lo que había intentado evitar. Pero esa vez, él era el culpable. Se había acostumbrado al llamativo aspecto de Paula y había perdido el sentido de la perspectiva. Había sido imprudentemente descuidado. No había considerado que tenía una imagen de fuerza, control y nula vulnerabilidad que mantener, y un negocio y una familia que proteger. ¿Cómo había podido ser tan débil? Paula no era responsabilidad suya, pero eso no le había detenido. Había disfrutado demostrándole que el sexo podía ser bueno para ella. La primera vez en la isla, cuando ella había reído con abandono y alegría, se había sentido dueño del mundo. Desde entonces, se había comportado impulsivamente, pidiéndole que se quedara, poniendo a Federico al frente de la empresa y jugando a ser pareja mientras hacían turismo. Cuando hablaban, él a menudo sin filtro alguno, escuchaba atentamente lo que ella decía. Sus observaciones le habían hecho cuestionarse cosas que siempre había aceptado como ciertas. Ella había desarrollado una influencia sin precedentes sobre él, y él ni siquiera se había dado cuenta.


En cuanto a la razón por la que había decidido jugar a ser enfermero, estaba completamente perdido. Era otro ejemplo de una decisión espontánea y desacertada. No tenía ninguna obligación de ayudar. Como ella le había dicho, estaba acostumbrada a arreglárselas sola. No tenía por qué desear quitarle el dolor absorbiéndolo él. Como Paula gestionara su salud no era de su incumbencia, y el embriagador placer que había sentido cuando ella le había pedido que le preparara un baño y le frotara la espalda, reflejo de una confianza que él había deseado, era tan injustificado como inoportuno. Poco a poco, día a día, había caído bajo su hechizo, comprendió con un sudor frío bañándole la piel. En algún momento, el piercing de la nariz, los pendientes y el pelo habían dejado de molestarle. Ya no podía, ni quería, imaginarla de otro modo. Era perfecta, tal como era. Su teléfono volvió a sonar y él lo tomó con las manos temblorosas, insoportablemente tenso.


Federico: Menos mal que pude salvar la fusión, ¿Eh?


¿Qué fusión? ¡Esa fusión! Para la que había volado a Nueva York. La que añadiría miles de millones a la cuenta de resultados de la empresa, pero en la que no había pensado en días. ¿Qué demonios había ido mal? ¿Y cuándo fue la última vez que pensó en la empresa? Tenía los pulmones tan contraídos que respirar le resultaba difícil. ¿Cuándo había dejado de preocuparle cómo le iba a Federico al timón? ¿Cómo había podido abandonar tan fácilmente sus principios, los valores con los que había vivido su vida desde hacía más de una década? Estaba completamente fuera de control. Tenía que parar, todo, antes de volverse esclavo de Paula. Antes de convertirse en alguien que no quería ser, dominado por las emociones y el egoísmo, esclavo de la pasión y la volatilidad. Tenía que recuperar lo que quedara de la vida que conocía, antes de que se destruyera para siempre. Ella se había recuperado. Las vacaciones habían terminado. Ellos habían terminado.

Retrato: Capítulo 54

 —¿Por qué no?


Tenía que hacerle ver que no le iba a permitir complacer su complejo de héroe.


—Cuando murió mi madre, mi mundo se desmoronó, pero poco a poco fui recomponiéndolo. Mi padre no. La quería tanto que perderla lo destrozó. No vive. Solo existe. No está ahí para mí. No voy a poner a nadie más en esa posición si algo me pasara.


—No me voy a enamorar de tí.


—¿Estás seguro? —Paula sintió una opresión en el pecho.


—Muy seguro —Pedro asintió.


—Porque no soy el tipo de mujer que te gusta.


—No solo eso. He visto lo destructivo que puede ser el amor y la falta de control que conlleva. No permitiré que me pase a mí. No seré tan débil.


—Pero yo podría enamorarme de tí —ella deseó tener su confianza.


Por un momento él solo frunció el ceño.


—De acuerdo —dijo él tras considerar aquella idea tan inoportuna—. No te frotaré la espalda ni te prepararé baños. No me acercaré a tí si no quieres. Pero hazme una lista y te conseguiré lo que necesites. Puedo proporcionarte comida y bebida. Lo que no puedo hacer es dejarte marchar sola y sufriendo. No es el hombre que soy, ni quiero ser.


—No se trata de tí sino de mí.


—Tú no quieres ir a un hotel, ¿Verdad?


Ella se imaginó en una habitación pequeña y desconocida, sola, y el dolor que palpitaba en la boca de su estómago, todavía más emocional que físico, era tan fuerte que disipó sus inhibiciones.


—No —admitió con un suspiro.


—Elige una de las habitaciones libres —Pedro aprovechó la vulnerabilidad que ella había expuesto—. Mantén la puerta cerrada. Mándame un mensaje si necesitas algo. Apenas notarás que estoy aquí.


Las defensas de Paula, debilitadas por el dolor, saber lo que estaba por llegar y el anhelo que intentaba reprimir, no eran rivales para argumentos tan persuasivos. En el fondo, no quería irse. Deseaba que la cuidaran, por una vez, y Pedro le ofrecía su apoyo. Él era suficientemente fuerte para afrontar los siguientes días. Ella no cometería el error de pensar que su ayuda era algo más. Estaría demasiado centrada en gestionar el dolor como para pensar. Y cuando acabara, se iría y no volvería a verlo jamás, como debía ser.


—¿Vas a rebatir cada uno de mis argumentos? —preguntó ella mientras se rendía a lo inevitable.


—Sí —contestó Pedro con una fugaz sonrisa.


—De acuerdo.



Cinco largos días después, Pedro se sentó en la terraza y contempló la noche oscura, cálida y tranquila. Las luces parpadeaban a lo lejos. Las olas lamían suavemente la playa. Pero la cabeza le palpitaba con fuerza y el estómago se retorcía. Al ofrecerle ayuda a Paula, la idea de que estuviera sola y sufriendo resultaba insoportable, la necesidad de tenerla cerca demasiado fuerte, no había imaginado la profundidad de su sufrimiento. Jamás iba a olvidar su imagen, encogida en agonía sobre la cama. Había resultado inesperadamente angustioso. No entendía cómo lo soportaba ella sola, mes tras mes. Era increíblemente dura, pero el desgaste mental debía ser enorme. Él solo lo había vivido cinco días, intermitentemente, y había sido horrible. Su angustia lo había golpeado de lleno. Nadie merecía vivir con esa incomodidad y, cuando ella se sintió lo bastante bien como para levantarse un par de horas, él le preguntó si no había nada para aliviar sus síntomas.


—La píldora anticonceptiva haría las cosas más llevaderas —había contestado ella—, pero podría provocar un coágulo de sangre arterial, como el que sufrió mi madre. No me atrevo a exponerme a lo mismo. Iba a ser una intervención sencilla, pero reaccionó mal a la anestesia, y murió.


—¿Y la cirugía? —había preguntado Pedro, consciente de la influencia del pasado en su presente.


—Me han dicho que, en mi caso, leve, aunque el dolor sea insoportable, los síntomas disminuirían considerablemente. También aumentaría las posibilidades de tener familia, cosa que me gustaría en algún momento. Pero la idea de la anestesia me aterroriza. ¿Y si yo tampoco despierto? ¿Qué le pasaría a mi padre? Mira —Paula había extendido una mano temblorosa—. Solo mencionarlo y entro en pánico. Y no es solo una operación. Podría necesitar varias.


Pedro le había tomado la mano hasta que dejó de temblar, ansioso por investigar sobre la anestesia y prometerle el mejor tratamiento médico que el dinero pudiera pagar. ¿Debería animarla a operarse?, se preguntó. Sus miedos debían ser muy profundos para preferir el dolor. Su teléfono emitió un pitido para indicar la llegada de un mensaje. Era de Federico.


Federico: Ahora entiendo por qué tenías tantas ganas de tomarte unas vacaciones.


Pedro frunció el ceño y respondió:


Pedro: ¿Qué quieres decir?


La respuesta de su hermano fue un enlace que, al parecer, le había enviado su hermana Tamara con orden de no disparar al mensajero.