martes, 19 de mayo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 48

La acusación de Romano cortó los últimos hilos de control como lo haría una hoja oxidada. Lanzó un puño a su mandíbula, y valió la pena el dolor al ver que salía lanzado hacia atrás y caía al suelo de espaldas.


–¡No vuelvas a hablar jamás de mi mujer! –gruñó, abriendo y cerrando la mano, ignorando los sonidos de sorpresa de la audiencia.


Su ira no se aplacó ni siquiera viendo que Romano movía varias veces la mandíbula.


–Buen derechazo, Alfonso –dijo, riéndose.


–¿Alfonso? ¿Qué ha pasado? –exclamó Donati, horrorizado, pero tampoco así se calmó el latido desbocado del corazón de Pedro, o la furia que le golpeaba por dentro ante aquel insulto, un insulto dirigido a él y, aún peor, a Paula, una mujer que era inocente hasta que él la tocó.


–Pedro, ¿Qué pasa?


La voz de Paula fue lo único que consiguió devolverlo al presente. Se volvió a mirarla. Su rostro dulce, preocupado, compasivo, y la nube roja se despejó, dejando en su lugar algo aún más inquietante. Tomó su cara entre las manos y la besó, y ella se plegó a él instintivamente. La sangre que de inmediato viajó a su entrepierna levantó los cuchicheos indignados de los asistentes y las amenazas de Donati de cancelar la venta.


–Nos vamos –dijo, dirigiéndose a Donati y tomando a su esposa de la mano–. Si quiere vender a Romano, es decisión suya, Eduardo, pero nadie insulta a mi esposa.


–Pedro, ¿Qué ha dicho el señor Romano? –preguntó Paula. 


Pedro la había tomado en brazos para dirigirse con más premura a la salida, y ella intentaba ignorar a la gente que los miraba mientras él la sacaba a la puerta del palacio. La verdad era que ella había presentido que algo iba mal nada más llegar al baile. Él estaba de los nervios, cortante y molesto, con la intensidad que era habitual en él aún más pronunciada. Se había desilusionado mucho al no encontrarle esperándola al llegar al hotel. Solo el habitual batallón de estilistas esperando vestirla, maquillarla y peinarla para el baile, y una limusina después para llevarla hasta el palacio, en cuya puerta Pedro la esperaba para presentarla como su esposa. A pesar del habitual asalto de endorfinas en cuanto él le había puesto la mano en la espalda y había sentido su mirada oscura y fiera recorrerla de arriba abajo, se había sentido como un adorno, un accesorio, mientras la presentaba a un montón de desconocidos. Si al menos se hubiera puesto en contacto con ella en los últimos siete días; si le hubiera contado algo sobre el evento podría haberse involucrado en la conversación y controlado sus nervios, pero había sido una lucha constante no sentirse fuera de lugar o invisible. O confusa sobre el papel que debía desempeñar en su vida. Se había esforzado mucho las últimas tres semanas para ser útil en el château, y lo había logrado, a pesar de las objeciones iniciales de Pedro. Puede que él no hubiera llegado a decir en ningún momento que apreciaba su aporte. Puede que ni siquiera se hubiera dado cuenta de los cambios que había hecho, pero ella sí, y eso le hacía feliz. Por eso lo de aquella noche había sido un paso atrás. Y, para colmo, había golpeado a un hombre.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 47

De hecho pretendía utilizar aquel viaje para empezar a interponer distancia entre ellos, pero mirándola en aquel momento, de pie charlando con la esposa de Donati, se dió cuenta de que su plan había fracasado estrepitosamente. Aquella noche era importante para su negocio porque al día siguiente iba a sellar el acuerdo con Eduardo Donati por el que le arrancaría a Romano los mejores viñedos de la Toscana, pero no podía concentrarse en nada que no fuera llevarse a la cama a su esposa y hacerla suspirar, gemir y rogar. Era como una droga sin la que empezaba a no poder vivir. Todos sus sentidos estaban más centrados, más alerta, más desesperados si estaba cerca, y también si no lo estaba. Ninguna mujer lo había distraído de su negocio hasta entonces, pero le estaba costando un imperio no ir a por ella, tomarla en brazos y salir de allí para ir a algún lugar en el que poder aliviar la necesidad insoportable de volver a tenerla.


–El embarazo le sienta bien. ¿Cuándo dará a luz?


Pedro se volvió a mirar a Romano, sorprendido por el comentario y por su sonrisa burlona. Volvía del baño cuando lo interceptó. La última persona con la que le apetecía hablar.


–En verano –dijo, y la ansiedad que experimentaba cada vez que pensaba en el bebé se agudizó.


El instinto protector que no podía contener había empezado a torturarlo cada vez que pensaba en la criatura que crecía en ella, y el rostro de su propia madre, el que había visto la última vez, se aparecía ante él. «Ne me quitte pas, Pedro». El mismo recuerdo que le había asaltado en la ecografía y que había vuelto a asaltarle al dejar la cama de Paula en su noche de bodas, saciado, exhausto y aún excitado. No podía permitir que se hiciera dependiente de él como su madre, o acabaría fallándole también a ella.


–No pareces muy complacido ante la paternidad –comentó Romano, aún con aquella sonrisa burlona–. Aunque supongo que el embarazo fue planeado.


–¿Y en qué sentido es todo esto asunto tuyo? –rebatió, guardándose las manos en los bolsillos, no fueran a acabar en la cara de Romano.


–Entonces, ¿No lo niegas? –se rio con desprecio–. Tengo que admirar tu dedicación a los vinos, Alfonso.


–¿De qué hablas? –espetó, y el control del que siempre se había sentido tan orgulloso amenazaba con saltar por los aires. 


Él no era un advenedizo, un ladrón, un gánster, como le decían cuando tuvo la audacia de entrar en el mundo de los vinos. Había ignorado todos aquellos insultos, decidido a no complacer a la gente que tenía tan bajas expectativas sobre él, a superar el desprecio de su padre, pero la actitud de Romano empezaba a irritarlo y mucho.


–Yo creo que ya lo sabes.


–¿En serio? –sus manos salieron por voluntad propia para agarrar a Romano por las solapas y tirar de él hasta que quedaron nariz contra nariz. 


-Creo que deberías deletreármelo.


Los invitados se apartaron de ellos, conteniendo el aliento.


–Lo que te digo es que preñar a la viudita del viejo De la Mare, antes siquiera de que el tío se hubiera quedado frío, ha sido un modo muy agradable de echarle el guante a sus tierras.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 46

 –¿Hacer? –repitió, frunciendo el ceño.


–Como esposa tuya, quiero decir –si se mantenía ocupada sería más fácil aliviar aquel sentimiento de inadecuación–. Me gustaría ser útil.


Pedro se rió.


–Es que no hay nada que tengas que hacer, Paula. Eres mi esposa, y el personal de la casa está para servirte. No al revés.


Como si le hubieran oído hablar, un pequeño desfile de camareros acudió a llevar el desayuno que Pedro había pedido. Sobre la mesa apareció un montón de comida con el que podrían desayunar varias personas: Pastas de mantequilla, fruta fresca, una selección de pan y queso, e incluso una esponjosa tortilla.


–Bon appétit –sonrió Max y miró su reloj–. Tengo que irme. Espero poder verte esta noche. Come –añadió besándola en la mejilla–, no te preocupes innecesariamente y descansa, que pretendo darte mucho que hacer cuando vuelva.




-Tu esposa es exquisita, Alfonso.


–Mm…


Apenas registró el comentario de su rival en los negocios, Gianluca Romano, porque la sangre le volaba por las venas desde que Cara había llegado al baile de los Donati. Deliberadamente no había querido ir al hotel a buscarla, porque si después de siete días y siete noches se encontraba con ella en un dormitorio, se perderían el baile, por supuesto. Estaba deslumbrante con aquel vestido azul de satén, su figura aún más lujuriosa que cuando la había dejado en Burdeos una semana antes. Llevaba el pelo en un precioso recogido sujeto con pequeños brillantes que destellaban con la luz de las lámparas de techo. No había podido quitar la vista de ella desde que se habían reunido. Llevaban casi un mes casados, tiempo que le había bastado para adaptarse a la vida en el château. Aunque no le había hecho demasiada gracia que hiciera casi amistad con el personal, había tenido que acabar aceptando que necesitaba algo con lo que mantenerse ocupada, pero había hecho que Juan enviase un email al personal de la casa en el que les decía que quedarían inmediatamente despedidos si permitían que hiciera cualquier cosa que requiriera más esfuerzo que el de levantar una tetera. Había empezado a notar su presencia en pequeñas cosas, cambios sutiles que hacían la casa más encantadora, más acogedora: Ramos de flores frescas que habían empezado a aparecer al llegar la primavera a las tierras, las sonrisas del personal, que parecía adorarla y el perfecto funcionamiento de la casa, que le permitía concentrarse en el negocio en lugar de verse obligado a perder tiempo en la toma de decisiones domésticas que no le interesaban. Y luego estaba el sexo cada noche, que seguía siendo adictivo. De hecho, tenía tantas ganas de verla por la noche, y tan pocas de dejarla a la mañana siguiente que empezaba a sentirse incómodo. Se había dicho que, después de la noche de bodas, no pasaría todas las noches con ella, pero cada vez que se metía en su cama, le resultaba imposible salir de ella.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 45

 –Me alegro de que estés aquí –dijo, sorprendiéndola–. Tengo que ir a la bodega hoy.


–¡Pero si es domingo! –protestó. «Y estamos de luna de miel», estuvo a punto de añadir.


Su inminente partida le hacía sentirse extrañamente huérfana. Había  quizás hablar de su papel en el château. ¿Había algo que pudiera hacer? Quería ser útil.


–Sí, pero por desgracia los viñedos no entienden de fines de semana.


–¿Cuándo volverás?


–Esta noche, pero no me esperes levantada. Puede que llegue tarde.


–De acuerdo.


Aquel matrimonio no era real. ¿Por qué se estaba comportando de un modo tan absurdo?


–Por cierto –continuó, secándose los labios con la servilleta–. En marzo tendré que viajar a la Toscana una semana. Necesitaré que te unas a mí al final del viaje para asistir a un baile que se organiza en honor del hombre que, espero, me venda sus viñedos.


Su ansiedad subió en picado al saber que estaría sin él toda una semana.


–¿Un baile?


–Sí. Juan lo organizará todo y a la couturière ya se le ha pedido que te prepare la ropa adecuada –puso su mano sobre la de ella–. No te asustes, Paula, que tienes unas cuantas semanas para prepararte.


Y se llevó su mano a la boca para besarla. El contacto de sus labios y su sonrisa hicieron que el corazón se le pusiera a bailar en el pecho.


–Anoche disfruté muchísimo –dijo con voz ronca–. ¿Te gustaría que fuera a tus habitaciones esta noche, si no es muy tarde cuando vuelva?


–Yo… Sí, sería… –tragó saliva. ¿Qué sería? ¿Divertido? ¿Maravilloso? ¿Excitante? ¿Todo eso y más?–. Me gustaría mucho. La inmediata respuesta de su cuerpo al contacto con él, y su completa incapacidad para decir que no, la dejaron muy descolocada. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo podía inquietarla y excitarla al mismo tiempo? ¿Era normal aquella necesidad que sentía a cada momento. ¿Hay algo que quieres que haga hoy? –le preguntó.

martes, 12 de mayo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 44

La alfombrilla que habían dejado mojada estaba colgada en el radiador, y la bañera ya no tenía agua pero, aun así, los recuerdos eróticos de la noche pasada asaltaron sus sentidos. Decidió darse una ducha rápida y en aquel guardarropa lleno de prendas nuevas y caras encontró unos vaqueros y una bonita blusa azul, y salió al pasillo. Se oía mucha actividad en la planta baja. Debían estar limpiando. Bajó sin que nadie la viera y en el salón vió a un pequeño ejército de personal recogiendo lo que había quedado del banquete de la noche. El espectáculo había terminado. Entre todos ellos, vió a Antonia.


–¡Bonjour, Antonia! –la llamó. 


Aunque no sabía de eventos, sí que sabía del orden de una casa, y de limpieza. A lo mejor podía ayudar, y así se quitaba de la cabeza lo de la noche anterior y la ausencia de Pedro.


Antonia se acercó con expresión preocupada.


–Madame, lo siento mucho. Monsieur Alfonso nos dió instrucciones de no despertarla.


–No pasa nada. Soy madrugadora.


–No esperábamos que se levantase tan pronto. Siento mucho no haberla atendido.


–No pasa nada, de verdad, Antonia –dijo–. ¿Sabes dónde está monsieur Alfonso?


Ella asintió con entusiasmo.


–En el comedor de desayuno.


La joven la condujo hasta la entrada de un enorme invernadero de cristal, lleno de hermosas plantas que contrastaban vivamente con los jardines sepultados en el frío del invierno y la niebla de la mañana de fuera. Avanzó un poco y vió a Pedro sentado ante una mesa de hierro forjado situada en un precioso rincón, tomando café y leyendo algo en el móvil. Su esposo. Su amante. Las emociones que tanto le había costado controlar le volvieron como la marea, amenazando con derribarla. Con una camisa blanca inmaculada, recién afeitado y peinado, los restos de su desayuno en un plato, parecía concentrado, alerta, confiado. El líder de su industria. Carraspeó y él levantó la mirada. La pasión brilló en sus ojos, pero frunció el ceño.


–Paula, ¿Por qué te has levantado tan temprano? –no parecía complacido de verla–. Después de lo de anoche, necesitas descansar.


Todas las preguntas que iba a hacer sobre la hora a la que se había marchado y dónde tenía pensado dormir en el futuro, se desvanecieron. No es que la estuviera regañando, pero casi.


–No es tan temprano –se defendió.


Pedro se levantó y le ofreció una silla.


–Siéntate –le dijo, besándola en la mejilla. Parecía distraído, pero el roce de sus labios le provocó un escalofrío. Una respuesta totalmente física, no emocional, se recordó–. ¿Qué quieres comer, y le pido al chef que te lo prepare?


–No tengo mucha hambre.


–Paula, tienes que comer.


Ella asintió recordando de dónde venía su obsesión con su salud.


–Bueno pues, un cruasán.


–Eso no es suficiente –respondió, y descolgando el teléfono, pidió varias cosas.


–No creo que me vaya a poder comer todo eso –dijo ella cuando hubo terminado.


Él se limitó a asentir.


–Hay una aplicación en el teléfono que te dio Juan que tiene una conexión directa con el personal. Si hay algo que necesitas, basta con que se lo hagas saber. He contratado a una nutricionista para que prepares menús adecuados para una embarazada. También puedes consultar con ella a través de la aplicación.


–De acuerdo.


Sus cuidados eran enternecedores, pero volvió a sentirse desbordada, y un poco frustrada. ¿Dónde estaba el hombre que le había hecho el amor con tanta pasión? ¿Y dónde estaba la mujer que había hecho gemir a aquel hombre? Ya no se sentía poderosa, sino inadecuada y fuera de lugar, exactamente igual que cuando llegaba a una casa de acogida nueva, desesperada por encajar, por encontrar un lugar para ella, solo para descubrir que ese lugar no existía.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 43

 –¡Pedro! –exclamo Paula, agarrándose a sus hombros como si la sacudiera un viento fuerte–. ¿Qué haces?


Mirándola, deslizó los dedos por su clítoris y decidió saborearla en otro momento. Si lo hacía en aquel, igual no podía contener el frenesí que se había apoderado de su sangre.


–Asegurarme de que estás preparada para mí –dijo, explorando sus pliegues inflamados.


Ella dió un respingo y un gemido al sentir su pulgar en el clítoris.


–Estoy… Estoy más que preparada.


–Bien –se levantó y se lamió las yemas de los dedos mientras ella lo miraba con los ojos muy abiertos. Había hecho todo lo posible por ir despacio, pero no iba a poder contenerse mucho más.


–Súbete a la cama, Paula, y colócate a cuatro patas –dijo con voz áspera, mirando la curvatura de su vientre.


Ella parecía confusa, así que Pedro la colocó de espaldas a él y se agarró a sus caderas. Su sexo brillaba con sus jugos, y acercó el pene a su entrada. La imagen de su erección penetrándola era tan erótica que sintió que se mareaba. Entró despacio y con cuidado, llenándola por completo. Los músculos de su vagina lo succionaron y oírla gemir hizo que su erección creciera a un tamaño imposible. Comenzó a moverse despacio, ocupando cada centímetro de su sexo, hundiéndose en ella, tomando más, marcándola como suya, y las palabras de la ceremonia del ayuntamiento, unas palabras que no deberían significar nada, le volvieron a la memoria, aquella vez ciertas. Paula llegó al orgasmo un instante después, masajeando su pene y desencadenando su propio clímax, arrancándole un grito cuando su semilla se vació en ella. Pero mientras los dos se estremecían con un devastador orgasmo, un pensamiento inquietante se le materializó en la cabeza. Paula era suya, pero solo hasta que el niño naciera. ¿Por qué entonces sentía aquella necesidad como algo demasiado grande para verse satisfecho?



Paula se despertó a la mañana siguiente con el sol entrando a raudales por las ventanas… Y la cama vacía. Había intentado convencerse la noche anterior, rodeada por los brazos de Pedro mientras el sueño la vencía, de que los sentimientos caprichosos que albergaba por él y por aquel matrimonio no eran más que el efecto del subidón hormonal del embarazo. Por lo tanto no debía asustarse de ellos, porque solo eran una reacción química que no podía controlar. Pero cuando se estiró en la cama no pudo evitar obsesionarse con aquel espacio vacío y con la ternura que batía bajo sus costillas. La ternura y la desilusión. Y el anhelo. Y las preguntas que la bombardeaban. ¿Dónde estaría? ¿Habría vuelto a sus propias habitaciones? ¿Por qué no se había quedado? Intentó pensar en otra cosa con el fin de evitar que el vacío y la sensación de inadecuación que había definido su infancia no se repitiera, y finalmente decidió levantarse de la cama e ir al baño.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 42

Se sentó en el sillón que había en un rincón del baño para desatarse los zapatos, y ya se había quitado la camisa y los pantalones cuando ella preguntó:


–Pedro, ¿Qué haces?


–Meterme contigo en la bañera –contestó, bajándose los calzoncillos, un movimiento que ella siguió con la necesidad y el pánico brillando en sus iris azules. Él se rió–. Es el único modo de hacer un buen trabajo.


Paula no apartó sus ojos de su erección hasta que se metió en la bañera detrás de ella. El agua subió casi hasta desbordarse y su erección quedó alojada junto a sus nalgas. Instintivamente se frotó contra él. Aquella mujer iba a matarlo, pero desde luego moriría bendecido. Tomó la pastilla de jabón, se enjabonó las manos y, empezando por su nuca, fue bajando por la espalda hasta donde pudo alcanzar, masajeando sus músculos tensos. Ella seguía teniendo los brazos cruzados sobre el pecho, pero sintió cómo la tensión iba perdiendo fuerza poco a poco. Al final acabó bajándolos y Pedro cubrió sus senos con las manos, inclinándose por encima de su hombro para ver cómo sus pezones, sonrosados del tiempo pasado en el agua, se hacían grandes con sus caricias.


–Pedro… Esa no es mi espalda –musitó con la voz rota, y la necesidad patente en ella fue un poderoso afrodisiaco.


–Sí, pero es que me daba la sensación de que necesitaban mis atenciones –bromeó–. Es mi trabajo como esposo tuyo asegurarme de que están lavados como es debido.


–Ah… ¿Ah, sí? –preguntó, y se relajó sobre su pecho.


Incapaz de soportar por más tiempo aquella tensión, le susurró al oído.


–Mírame, ma femme.


Paula lo hizo y él se apoderó de su boca. El ángulo era difícil pero, aun así, sus lenguas se encontraron. Fue él el primero en separarse, y ella emitió un suave gemido de desilusión. Pedro salió de la bañera y la tomó en brazos.


–Ten cuidado, no te vayas a escurrir.


La besó en la nariz a modo de respuesta. Dios, ¿Se podía ser más exquisita? Se secó los pies en la alfombrilla del baño y salió al dormitorio.


–Tráete una toalla –le dijo al pasar junto a las que había en el vestidor.


La dejó de pie junto a la cama y secó primero su melena, luego su cuerpo, maravillándose de los cambios que iba encontrando en él y de lo mucho que lo excitaban. Creía imposible desearla más que la primera noche, pero era así. Tenía los pechos más llenos y firmes, y sus curvas eran más pronunciadas donde su cuerpo había madurado con el embarazo. Poniéndose de rodillas, soltó la toalla y la agarró por las caderas. Deseaba saborearla casi con desesperación.