La acusación de Romano cortó los últimos hilos de control como lo haría una hoja oxidada. Lanzó un puño a su mandíbula, y valió la pena el dolor al ver que salía lanzado hacia atrás y caía al suelo de espaldas.
–¡No vuelvas a hablar jamás de mi mujer! –gruñó, abriendo y cerrando la mano, ignorando los sonidos de sorpresa de la audiencia.
Su ira no se aplacó ni siquiera viendo que Romano movía varias veces la mandíbula.
–Buen derechazo, Alfonso –dijo, riéndose.
–¿Alfonso? ¿Qué ha pasado? –exclamó Donati, horrorizado, pero tampoco así se calmó el latido desbocado del corazón de Pedro, o la furia que le golpeaba por dentro ante aquel insulto, un insulto dirigido a él y, aún peor, a Paula, una mujer que era inocente hasta que él la tocó.
–Pedro, ¿Qué pasa?
La voz de Paula fue lo único que consiguió devolverlo al presente. Se volvió a mirarla. Su rostro dulce, preocupado, compasivo, y la nube roja se despejó, dejando en su lugar algo aún más inquietante. Tomó su cara entre las manos y la besó, y ella se plegó a él instintivamente. La sangre que de inmediato viajó a su entrepierna levantó los cuchicheos indignados de los asistentes y las amenazas de Donati de cancelar la venta.
–Nos vamos –dijo, dirigiéndose a Donati y tomando a su esposa de la mano–. Si quiere vender a Romano, es decisión suya, Eduardo, pero nadie insulta a mi esposa.
–Pedro, ¿Qué ha dicho el señor Romano? –preguntó Paula.
Pedro la había tomado en brazos para dirigirse con más premura a la salida, y ella intentaba ignorar a la gente que los miraba mientras él la sacaba a la puerta del palacio. La verdad era que ella había presentido que algo iba mal nada más llegar al baile. Él estaba de los nervios, cortante y molesto, con la intensidad que era habitual en él aún más pronunciada. Se había desilusionado mucho al no encontrarle esperándola al llegar al hotel. Solo el habitual batallón de estilistas esperando vestirla, maquillarla y peinarla para el baile, y una limusina después para llevarla hasta el palacio, en cuya puerta Pedro la esperaba para presentarla como su esposa. A pesar del habitual asalto de endorfinas en cuanto él le había puesto la mano en la espalda y había sentido su mirada oscura y fiera recorrerla de arriba abajo, se había sentido como un adorno, un accesorio, mientras la presentaba a un montón de desconocidos. Si al menos se hubiera puesto en contacto con ella en los últimos siete días; si le hubiera contado algo sobre el evento podría haberse involucrado en la conversación y controlado sus nervios, pero había sido una lucha constante no sentirse fuera de lugar o invisible. O confusa sobre el papel que debía desempeñar en su vida. Se había esforzado mucho las últimas tres semanas para ser útil en el château, y lo había logrado, a pesar de las objeciones iniciales de Pedro. Puede que él no hubiera llegado a decir en ningún momento que apreciaba su aporte. Puede que ni siquiera se hubiera dado cuenta de los cambios que había hecho, pero ella sí, y eso le hacía feliz. Por eso lo de aquella noche había sido un paso atrás. Y, para colmo, había golpeado a un hombre.