martes, 27 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 20

 —¿Hacer una proposición indecente, o tener un revolcón de una noche?


—Ambas.


—Ya somos dos.


Interesante, aunque posiblemente irrelevante.


—Nunca me he acostado con nadie.


—¿Eres virgen? —Pedro la miró fijamente, asombrado.


—Sí —confirmó ella—. No es para tanto, pero pensé que debías saberlo. Por si hago algo mal. Supongo que tú no lo eres.


—Desde los dieciséis años.


Probablemente ya entonces sería igual de irresistible que a los treinta y uno. ¿Cuántas mujeres había tenido en esos quince años? ¿Por qué nunca se había casado? Eran preguntas sin importancia. Lo único que importaba era el presente.


—¿Mi inexperiencia te frena?


—No —contestó él, aunque Paula percibió un atisbo de duda en sus ojos, que sugería lo contrario y debía ser atajado rápidamente.


—Espero que no te eches atrás por una anticuada noción del valor de la virginidad, y me obligues a buscar a otro…


—Debería.


—¿Por qué?


—¿De verdad quieres que tu primera vez sea un revolcón de una noche?


Era exactamente lo que quería, lo único que podría tener con la enorme carga emocional que soportaba. No sería justo esperar que alguien se comprometiera con ella cuando su vida giraba en torno a su ciclo menstrual, cuando tenía que guardar cama unos cinco días al mes, cuando tal vez no pudiera tener hijos. ¿Debía hablarle a Pedro de su condición? A pesar de su convicción de que el sexo con él sería fabuloso, existía la posibilidad de que no lo fuera, y tal vez debería advertirle de ello. Por otra parte, revelar su virginidad y convencerle de que no importaba ya era bastante arriesgado. ¿Y si su endometriosis, junto con todo lo demás, suponía demasiada molestia para él? Además, ese nivel de intimidad emocional no era necesario ni apropiado para una aventura de una noche. Todo iría bien. Y si no era así, ¿Cómo de malo podría ser?


—No me importa cómo suceda —insistió ella, concentrándose en erradicar cualquier reserva que Leo pudiera tener—. Quiero fuegos artificiales. Nuestro beso en la pista de baile sugirió que tú puedes proporcionarlos. No todas las mujeres pueden decir lo mismo de su primera vez.


—Estás basando mucho en un beso.


—He compartido docenas de besos. Ninguno así. ¿Has tenido alguna queja?


—No que yo sepa.


—Eso pensé. Sé que me darás lo que quiero, Pedro. Me enseñarás las estrellas.


—¿De verdad buscarías a otro? —preguntó él tras unos angustiosos segundos.


Claro que no. Nunca había conocido a nadie que la afectara como él, que la transportara a un nivel de placer donde el dolor no podía existir. No estaba dispuesta a arriesgarse con cualquiera. Pero no iba a permitir que él se echara atrás.


—Por supuesto —mintió—. Tengo veinticuatro años. No bromeo.


—Todo el mundo se merece unos fuegos artificiales —afirmó Pedro tras, sin duda, sopesar los pros y los contras.


—Así es —aliviada, Paula sonrió para sus adentros. 


La excitación se apoderó de ella. El corazón le latía con fuerza. Iba a ser, sin duda, la noche más excitante de su vida.

Retrato: Capítulo 19

Una noche para la búsqueda del éxtasis con una mujer hermosa y sexy que deseaba lo mismo… Máximo placer, mínima conversación, ningún después… ¿Por qué se resistía?


—De acuerdo —gruñó, todos los motivos por los que aquello era una mala idea sustituidos por la imagen de lo que le esperaba, que aceleró su pulso y endureció su cuerpo—. Una noche.


Con una última mirada oscura y ardiente, Pedro volvió a pulsar el botón del panel y habló en griego. Y Paula sintió un inmenso alivio. El desenlace deseado había estado en el aire durante un rato. Él se había puesto bastante difícil, aunque ella no entendía por qué. ¿Cuántos hombres rechazaban una oferta de sexo sin compromiso? Apostaba que no muchos. Pero fuera lo que fuera lo que hubiera pasado por su cabeza, al final había caído. El instinto de ella le decía que no se había imaginado el calor del beso y que, a pesar de sus acusaciones de acoso, no parecía un hombre al que se pudiera obligar a hacer algo que no quisiera. La tenacidad era sin duda el camino a seguir. Pedro permaneció en silencio mientras el coche avanzaba por las oscuras calles de la ciudad. Miró por la ventanilla, la mandíbula encajada y el cuerpo rígido, molesto por el resultado de la conversación, o porque no se atrevía a mirarla. Paula intentó acomodarse en el asiento, pero era tan consciente de cada respiración y cada movimiento de Leo, que le resultaba imposible relajarse. Su imaginación volaba desbocada. De no ser por la presencia del imperturbable Carlos al volante, ya habría empezado la noche.


—¿Adónde vamos? —preguntó ella.


—A Kolonaki —murmuró él, con la mirada fija en los elegantes edificios y brillantes luces de la ciudad—. Tengo un departamento allí.


—¿Está lejos?


—A diez minutos.


—¿Dónde está tu hogar? —Paula apenas podía esperar a llegar y decidió que el tiempo pasaría más rápido con conversación que con silencio.


—En Santorini.


—¿Hace mucho que vives allí?


—Un par de años. De manera intermitente.


—Ana dijo que la empresa tiene oficinas en todo el mundo.


—Cientos de ellas.


—Como CEO debes viajar mucho.


—Así es. Mañana por la tarde vuelo a Nueva York.


—Tranquilo —Paula captó el mensaje—. Para entonces ya me habré ido. ¿Qué harás allí?


—Negociar una fusión.


—De una fusión a otra.


Pedro le dirigió una intensa mirada, la sonrisa más devastadora se dibujó en su boca, un destello apareció en sus ojos y, de repente, el estómago de Paula se encogió.


—Bastante.


—Bueno —continuó ella, molesta por responder tan intensamente a una simple sonrisa—. ¿Hay algo que quieras saber de mí?


—¿Siempre eres tan entrometida?


—Solo con los hombres con los que me voy a acostar.


—¿Y sucede a menudo?


En absoluto. Leo tenía mucha más experiencia que ella, y en algún momento se daría cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Lo mejor sería aclarar la situación antes de entrar en acción.


—No —Paula respiró hondo y se preparó para lo que sin duda sería una conversación insoportable—. De hecho, es la primera vez que lo hago.


—¿Qué quieres decir? —preguntó él tras un silencio.


—Que nunca he hecho esto antes.

Retrato: Capítulo 18

Pedro sintió una sacudida en la cabeza y en el pecho. Su mente gritaba «Sí, sí, sí», hasta que, gracias a Dios, la locura fue atravesada por una flecha de fría y dura disciplina. Se armó de valor, apartó su mano del brazo y se giró bruscamente para hacerla retroceder.


—No.


—¿Por qué no? —preguntó Paula que, para irritación de Leo, apenas se movió—. Parecías muy interesado —su mirada se posó en la boca de él y su rostro se iluminó con un deseo que oprimió el pecho de Pedro—. Ese beso no fue cualquier cosa.


—No fue nada —aseguró él tajante, negándose a permitir que el tórrido recuerdo se metiera en su cabeza, agradecido de que el coche tuviera los cristales tintados.


—Mientes. Te sentí. Duro. Contra mí.


—Fue una reacción mecánica al entorno —la zona aludida palpitó y el pulso se le aceleró. Leo encajó la mandíbula porque, en general, nunca hacía nada mecánicamente y jamás se veía afectado por el entorno. En la pista de baile había sufrido un lapsus momentáneo tras un día muy estresante—. No fue nada extraordinario.


—No seas tan modesto.


La leve sonrisa que se dibujó en los labios de Paula aumentó la creciente irritación de Leo ante su negativa a obedecerle.


—Esto te divierte.


—En absoluto —contestó ella con envidiable aplomo—. Pero sé lo que quiero y estoy decidida a conseguirlo.


—Si invirtiéramos los papeles, esta conversación bordearía el acoso. De hecho, lo es.


—Si invirtiéramos los papeles, ya estaríamos desnudos porque yo no opondría resistencia.


A pesar de sus esfuerzos, Leo no podía defenderse de las imágenes que llenaban su cabeza. Eran muchas y demasiado vívidas. Cuerpos pegados. Bocas unidas, cabellos multicolores esparcidos sobre la almohada. Calor, sudor, gemidos entrecortados y pequeños gritos.


—Estás jugando con fuego —le advirtió con voz ronca y cargada de un deseo que, para su desolación, no conseguía mantener a raya.


—¿Es una amenaza o una promesa? —una luz bailó en el fondo de los ojos esmeralda.


Cualquiera de las dos. Ambas. Pedro no sabía…


—Una amenaza.


—No me importa quemarme.


—¿En serio?


—Sí —contestó ella—. De hecho, estoy deseando arder.


Paula creía desearlo, pero no tenía ni idea de que en lo más profundo de Pedro yacían enterrados rastros del niño feroz e intrépido que sufría rabietas, corría riesgos y estrellaba barcos. Ni idea de lo que podría ocurrir si renunciaba a su férreo control y se liberaba de las ataduras, borraba su apariencia de civismo y tomaba el control. Ni siquiera él conocía la furia salvaje que tendría como adulto y las consecuencias que podría acarrear. Quemarse podría ser lo de menos.


—Olvídalo.


—Una noche, Pedro —susurró ella seductora, robándole el juicio y eliminando sus objeciones—. No pido más. De verdad. No creo ser tu tipo. Dudo que sea lo bastante elegante o sofisticada para un multimillonario mundano como tú. Las relaciones no son lo mío y, además, tengo que centrarme en mi carrera. Una noche. Me iré por la mañana y no volverás a verme. Será solo sexo. Pero si tienes un problema con eso, si insistes en que me marche, lo haré.


Paula se interrumpió, el pulso latiéndole con fuerza, y en la densa y atronadoramente silenciosa oscuridad, él solo pensaba que la deseaba más allá de lo comprensible, de lo razonable, y no pudo negarlo por más tiempo. Había sido inevitable desde el momento en que ella había invadido su espacio. Había tenido muchas ocasiones para salir del coche y dejarla sola, pero no había aprovechado ninguna. ¿Qué sentido tenía librar una batalla que ya había perdido? ¿Y por qué? Hacía años que no hacía algo por sí mismo. Le inquietaba la fuerza del deseo que ella despertaba en él, lo que podría implicar. Pero no tenía por qué implicar nada. No perdería la cabeza. Nunca lo había hecho por una mujer. Y por supuesto no tenía ningún problema con un revolcón de una noche, aunque para él sería la primera vez, extraño, teniendo en cuenta que había tenido su buena ración de sexo en su juventud. El comportamiento le parecía imprudente y temerario por propia naturaleza, y la espontaneidad no estaba en su vocabulario desde hacía años. Si no hacía algo, los sueños eróticos que había estado teniendo, y en los que ella aparecía con frecuencia, lo volverían loco. Si cedía, al amanecer habría saciado el deseo que lo consumía y restaurado los parámetros de su vida.

Retrato: Capítulo 17

¿Podía esperar que su momento de completa y absoluta locura no hubiera sido presenciado por nadie más que su hermano? Estaba oscuro. La pista de baile estaba abarrotada. Pero en un mar de colores apagados, el vestido amarillo de Paula, y su llamativo cabello, brillaban como un faro. No tenía por qué preocuparse. Aunque alguien le hubiera visto perder la cabeza, no se arriesgaría a provocar su enfado hablando sobre ello. Muchos de los invitados tenían lucrativos negocios con él. Los demás los buscaban. Pero ¿Abandonar la boda de su hermana? Eso no habría pasado desapercibido, al menos, no para su familia. Tendría que lidiar con ello por la mañana. Agotado, Pedro se reclinó en el asiento de cuero, suave como la mantequilla. Podría dormir una semana. Pero al día siguiente volaba a Nueva York para tratar una posible fusión naviera que aumentaría en miles de millones la cuenta de resultados de la empresa. Tras dejarlo todo atado allí, presidiría varias reuniones de la junta en Londres. Y en algún momento tendría que impedir la presentación de un retrato cuya exhibición podría convertirle en el hazmerreír mundial. Relajarse era un sueño lejano. Apenas se había sentado Carlos al volante, cuando la otra puerta trasera del coche se abrió de golpe, rompiendo el silencio y arrancándolo de sus pensamientos. Un segundo después, en una explosión de color, movimiento y destellos, Paula se deslizó sobre el asiento. Pedro se incorporó de un salto. El corazón se estrelló contra las costillas y una poderosa combinación de sorpresa y alarma se apoderó de él.


—Hola —saludó ella con una de esas deslumbrantes sonrisas que con frecuencia le hacían enmudecer, pero a las que, gracias a su férreo control, era inmune.


—Fuera.


—Qué grosero.


—Lo grosero es invadir mi espacio —Pedro la miró fijamente, sin poder creer lo que oía.


—Era necesario.


—¿Qué quieres, Paula? —él encajó la mandíbula.


—Esperaba que pudieras llevarme.


Imposible. La parte trasera de su coche, que siempre había considerado amplia, de repente le resultaba claustrofóbica. El oxígeno había desaparecido al subirse ella. A pesar de la amplitud del asiento, sentía la ardiente energía que ella irradiaba. Y algo más. Algo que le erizaba el vello de la nuca y le aceleraba el pulso.


—Te pediré un taxi —Pedro metió la mano en el bolsillo y sacó su teléfono.


—No, no —Willow sacudió la cabeza—. No me sirve.


—Lástima.


—¿Adónde vas?


—A la cama.


—Eso sí me sirve.


Paula se acomodó y él tuvo que esforzarse para sofocar la furiosa frustración ante la intransigencia de ella y el volcán de calor surgido al imaginarla en su cama.


—¿Harás lo que te pido y saldrás de mi coche?


—No.


Pedro se inclinó hacia delante y pulsó un botón del panel que separaba la parte trasera de la delantera.


—Carlos, por favor, lleva a la señorita Chaves adonde quiera ir. Yo caminaré.


Se giró para abrir la puerta. Casi saboreaba el aire fresco y la libertad, cuando el cuerpo de ella se estampó contra su espalda y una mano se posó en su brazo. Pedro se quedó helado. Paula estaba acurrucada sobre él en la oscuridad y apenas podía respirar.


—De acuerdo —susurró ella, tan cerca que su cálido aliento le hizo cosquillas en el cuello—. Olvida el viaje, era una excusa. Quería hablar contigo.


No quería oírlo. Ya habían hablado bastante por una noche. Lo que quería era quitársela de encima y echarla del coche. Su proximidad destrozaba su razón y su control.


—¿Sobre qué? —se oyó a sí mismo preguntar.


—Sobre continuar donde lo dejamos. Seguir el consejo de tu hermano y conseguir una habitación.

jueves, 22 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 16

Paula envidió la serenidad con que Pedro se dió media vuelta y se alejó. Nunca se había sentido menos dueña de sí misma. La cabeza le daba vueltas, el corazón le latía desbocado. Era un milagro que sus piernas la sostuvieran. Qué beso… Un beso apasionado, conmovedor, alucinante. Aún sentía la presión de su boca sobre la suya y los duros músculos bajo sus manos. El deseo ardiente y embriagador que se había apoderado de su cuerpo, reduciéndolo a meras sensaciones. Y quería mucho más. Porque por fin, después de tantos años de ansiedad y estrés, decepciones y remordimientos, había conocido a un hombre con el que deseaba perder la virginidad. No habría que preocuparse por la incomodidad, la vergüenza o la frigidez, por si las cosas salían mal, porque nada saldría mal. ¿Cómo podía doler el sexo con Pedro cuando él tenía la habilidad de derretir sus huesos y convertir su cuerpo en papilla? Solo con mirarla, ardía. Su tacto la encendía. Y su boca… Era perversa y maravillosa. No era ninguna experta, pero sin duda la química que compartían era fuera de serie. Sería glorioso, fuegos artificiales y éxtasis de principio a fin. Pero no era solo el aspecto físico lo que tanto le atraía. 


Pasar tiempo con Ana y escuchar sus historias de aventura y pasión había puesto de manifiesto lo aburrida e insignificante que era su vida. La aventura era difícil de encontrar cuando el trabajo y los ingresos eran irregulares. Las relaciones románticas quedaban descartadas por su endometriosis y una posible infertilidad. Sin embargo, esa noche había tenido un atisbo de aventura y pasión, hasta la interrupción que había espantado a Pedro, comprensible teniendo en cuenta su aversión al escándalo. ¿Y si no hubieran sido interrumpidos por Federico? ¿La habría llevado a un rincón oscuro para seguir besándola? ¿Habría llevado las cosas aún más lejos, regalándole la experiencia que tanto deseaba? No lo sabía y posiblemente nunca lo sabría. Por la forma en que él se abría paso entre los invitados y se dirigía hacia la puerta sin detenerse más que un instante para hablar con la feliz pareja, parecía que planeaba marcharse. A cada paso con que se alejaba de ella, la esperanza y emoción que la embargaban se desvanecía, desinflándola por momentos. ¿Volvería a conocer a alguien que tuviera un efecto tan intenso en ella? No parecía probable. Los hombres como él no crecían en los árboles. Entonces, ¿Qué hacía ahí parada? ¿Por qué no iba tras él? No tenía nada que perder y sí mucho que ganar persiguiendo la pasión que acababa de sentir. ¿Qué importaba que fueran imposiblemente diferentes? No buscaba la felicidad eterna con él. Solo una noche. ¿Y si él no quería? Era lo suficientemente fuerte como para soportar un rechazo. Luchar por desarrollar una carrera en el mundo del arte había fortalecido su determinación de ir a por lo que quería, y lo que quería era a Leo y la emoción que le había mostrado. La repentina muerte de su madre le había enseñado que la vida era corta y que mejor arrepentirse de lo hecho que de no haberlo hecho.


Cediendo al instinto, y bloqueando la voz de su cabeza que la acusaba de haberse vuelto loca de atar, Paula se puso en acción. Si Pedro se marchaba, no lo haría solo. El coche plateado se detuvo frente al hotel mientras Leo salía a la cálida noche ateniense. Bajó los escalones hasta la acera y saludó con una inclinación de cabeza a Carlos, el chófer que sujetaba la puerta abierta. La puerta se cerró con un suave golpe, dejando fuera la locura y el caos, y el alivio lo inundó. Había tenido mucha suerte al escapar, pensó sombríamente, mientras se aflojaba la pajarita y desabrochaba dos botones de la camisa, sintiendo por primera vez en horas que podía respirar. 

Retrato: Capítulo 15

Como si le hubiera caído un diluvio de agua helada, Pedro soltó a Paula y se echó hacia atrás, conmocionado, horrorizado, mientras la realidad lo golpeaba con la fuerza de un mazo. ¿Qué demonios estaba haciendo? Había bailado con ella, hablado con ella, dicho cosas que nunca había dicho a nadie. Y la había besado. En la pista de baile, en medio de toda esa gente. Sin la oportuna intervención de Federico, habría empezado a desnudarla, y dudaba que ella se lo hubiera impedido. Paula había tironeado de su camisa y gemido en voz baja, desesperada por tocarlo, tan ajena como él al entorno. La confusión y el horror lo invadieron, oprimiéndole el pecho y cubriendo cada centímetro de piel de un sudor frío al pensar en lo que podría haber ocurrido. El escándalo habría superado todos los de su madre. Habría destruido su imagen, su autoridad. Lo habría arruinado. Lo que habían hecho ya era bastante mortificante. ¿Besarse y tocarse en público? Ni siquiera lo había hecho siendo un adolescente excitado. ¿Qué demonios le pasaba? 


Al principio de la velada había decidido ignorarla, y nunca cambiaba de planes a medio camino. Pero el plan había estallado en su cara. En respuesta a un deseo desbordante que debería haber sido capaz de controlar, su rígida compostura se había volatilizado. Fuera lo que fuera esa locura que había experimentado, no volvería a ocurrir, se aseguró a sí mismo mientras daba un paso atrás y se alejaba de la órbita peligrosamente hechizante de Paula. No tenía tiempo para emociones imprevisibles y volátiles, para el caos y el dolor que causaban. Podía parecerse a su madre, pero, como le había le dicho, no actuaría como ella. Ni volvería a ponerse en una situación que amenazara el control que tanto le había costado conseguir. Nunca olvidaría el momento en que supo que su padre había muerto y comprendió que él era el único responsable de su familia y del negocio. Aún recordaba la avalancha de emociones que habían destrozado sus debilitadas defensas: La conmoción, el dolor agonizante y el pánico. La nauseabunda consciencia de que era demasiado joven e inexperto. El conocimiento paralizante de que los zapatos que se esperaba que calzara eran demasiado grandes. 


Durante días, bombardeado a preguntas, documentos que firmar y decisiones que tomar, se había ahogado, aterrorizado por meter la pata y defraudar a todo el mundo. Al cabo de un mes, había llegado a la conclusión de que la única forma de asumir su nuevo papel era enterrar el lado más salvaje de su naturaleza y las emociones vertiginosas e inoportunas que se habían desatado, y ponerse manos a la obra. Había abandonado sueños y esperanzas, renunciado a navegar. Había eliminado el resentimiento amargo y vergonzoso que lo quemaba como la bilis porque, en el fondo, nunca había pedido lo que le habían dado y no lo quería. Había supuesto que el control implacable lo salvaría, y había pasado años perfeccionándolo hasta convertirlo en un impenetrable escudo de piedra y acero, diseñado tanto para protegerse a sí mismo y a los demás y para soportar la inmensa carga. Haciendo acopio de toda la fuerza que poseía, con la facilidad que daba la experiencia, Leo sintió que le envolvía el familiar manto de calma helada, y eso significaba que podría desterrar de su mente los sucesos del último cuarto de hora y olvidar que habían ocurrido. A medida que el calor enloquecido desaparecía y volvía la razón, pudo contemplar la boca hinchada de Paula, sus mejillas sonrojadas, el pelo revuelto y sus ojos vidriosos de deseo… Y no responder en absoluto.


—Disfruta del resto de la noche —dijo con una tensa sonrisa y una breve inclinación de cabeza—. Buenas noches.

Retrato: Capítuo 14

 —Una locura adolescente —una sombra recorrió sus facciones, pero desapareció en un instante.


—¿Y qué ha cambiado?


—¿Qué quieres decir? —Pedro frunció el ceño.


—Bueno, ya no vas por ahí sufriendo berrinches y estrellando barcos, ¿Verdad?


—Mi padre murió y tuve que madurar. Un aprendizaje empinado.


—¿Cómo de empinado?


—Cometí algunos errores —admitió él con una mueca—. Al principio.


—Así que puede que seas todopoderoso, pero también eres humano.


—De carne y hueso.


Y empezaba a darse cuenta, comprendió ella con el pulso acelerado mientras se hacía el silencio. En algún momento la música que salía de los altavoces había cambiado a sensual y latina. Las luces se habían atenuado. La sensualidad se extendía por la pista de baile, las parejas se movían con soltura y sinuosidad. Paula sentía el ritmo retumbando en su interior. Pedro la abrazaba imposiblemente cerca. Algo en la intensidad y la concentración con que la miraba la hizo temblar de expectación. ¿Qué estaría pasando por su cabeza?, se preguntó ella, mientras una extraña excitación la recorría. Hacía unas tres semanas se habían separado en términos muy poco amistosos, pero Pedro ya no le producía aquella sensación desagradable. El calor latente en su mirada añadía más leña al fuego de sus venas. Sentía cómo su cuerpo se endurecía y la presionaba. Realmente no estaba preparada para eso. Con su hermano se había sentido fuera de su ambiente, pero era mucho más peligroso que Federico. Externamente era todo control férreo, pero tenía algo que debería haberle hecho correr hacia la salida, porque ella no conocía ninguna de las reglas del juego al que él estaba jugando. Pero, a pesar de lo imprudente que era, siendo ellos, sus vidas y experiencias, polos opuestos, Paula quería jugar.


—¿Sabes con qué he soñado últimamente, Paula?


—No —ella se estremeció al oír su nombre en boca de Pedro.


—Contigo —murmuró él, con la ardiente mirada en la de ella—. He soñado contigo. Todas las noches desde hace tres semanas. Y esos sueños han sido de todo menos pesadillas.


—Yo también he soñado contigo —el corazón de Paula dió un vuelco—. Sueños salvajes.


—No he podido quitarte los ojos de encima en toda la noche.


—Es el pelo.


—No es el pelo —Leo sacudió la cabeza—. Ni el vestido.


—Entonces, ¿Qué?


—Maldita sea si lo sé. Pero mi hermano tenía razón en una cosa. Eres adorable.


—Eres el hombre más sexy que he conocido —admitió ella sin aliento, su inesperada confesión aflojando sus inhibiciones—. Quiero dibujarte.


—Pensaba en otra cosa.


—¿En qué?


Él miró fijamente su boca y agachó la cabeza dolorosamente despacio. Posó los labios sobre los de ella y en ese instante todo lo demás, la música, la gente, la fiesta, desapareció. Paula solo podía concentrarse en el calor y la destreza de su boca, en las manos de él deslizándose por sus caderas para amoldarla mejor a él. Le rodeó el cuello con los brazos y hundió los dedos en el pelo, y el beso, se convirtió en algo oscuro y salvaje. Pedro llevó una mano a su nuca y deslizó la otra hasta el pecho, y ella gimió. Instintivamente, Paula inclinó las caderas y las frotó contra las de él en un intento de aliviar las palpitaciones que sentía entre las piernas. El gruñido bajo que provocó en él no hizo más que avivar su deseo. Nunca había sentido algo así. Estaba enloquecida. Drogada. Lo quería desnudo. Quería explorar su cuerpo recorriendo cada centímetro de piel, cada músculo, lo quería encima de ella, dentro de ella. Y no sería doloroso. Sería magnífico. Bajó una mano hasta la cintura de los pantalones y tiró de la camisa. Él le rozó el pezón con el pulgar y ella se estremeció. Temblaba de necesidad, enloquecida por el deseo, dispuesta a lanzarse al suelo con él y correr ese riesgo que siempre había temido, cuando, de repente, a través de la bruma del deseo, como si llegara de muy, muy lejos, oyó una voz seca y divertida:


—Eh, ustedes dos. Busquen una habitación.