—¿Hacer una proposición indecente, o tener un revolcón de una noche?
—Ambas.
—Ya somos dos.
Interesante, aunque posiblemente irrelevante.
—Nunca me he acostado con nadie.
—¿Eres virgen? —Pedro la miró fijamente, asombrado.
—Sí —confirmó ella—. No es para tanto, pero pensé que debías saberlo. Por si hago algo mal. Supongo que tú no lo eres.
—Desde los dieciséis años.
Probablemente ya entonces sería igual de irresistible que a los treinta y uno. ¿Cuántas mujeres había tenido en esos quince años? ¿Por qué nunca se había casado? Eran preguntas sin importancia. Lo único que importaba era el presente.
—¿Mi inexperiencia te frena?
—No —contestó él, aunque Paula percibió un atisbo de duda en sus ojos, que sugería lo contrario y debía ser atajado rápidamente.
—Espero que no te eches atrás por una anticuada noción del valor de la virginidad, y me obligues a buscar a otro…
—Debería.
—¿Por qué?
—¿De verdad quieres que tu primera vez sea un revolcón de una noche?
Era exactamente lo que quería, lo único que podría tener con la enorme carga emocional que soportaba. No sería justo esperar que alguien se comprometiera con ella cuando su vida giraba en torno a su ciclo menstrual, cuando tenía que guardar cama unos cinco días al mes, cuando tal vez no pudiera tener hijos. ¿Debía hablarle a Pedro de su condición? A pesar de su convicción de que el sexo con él sería fabuloso, existía la posibilidad de que no lo fuera, y tal vez debería advertirle de ello. Por otra parte, revelar su virginidad y convencerle de que no importaba ya era bastante arriesgado. ¿Y si su endometriosis, junto con todo lo demás, suponía demasiada molestia para él? Además, ese nivel de intimidad emocional no era necesario ni apropiado para una aventura de una noche. Todo iría bien. Y si no era así, ¿Cómo de malo podría ser?
—No me importa cómo suceda —insistió ella, concentrándose en erradicar cualquier reserva que Leo pudiera tener—. Quiero fuegos artificiales. Nuestro beso en la pista de baile sugirió que tú puedes proporcionarlos. No todas las mujeres pueden decir lo mismo de su primera vez.
—Estás basando mucho en un beso.
—He compartido docenas de besos. Ninguno así. ¿Has tenido alguna queja?
—No que yo sepa.
—Eso pensé. Sé que me darás lo que quiero, Pedro. Me enseñarás las estrellas.
—¿De verdad buscarías a otro? —preguntó él tras unos angustiosos segundos.
Claro que no. Nunca había conocido a nadie que la afectara como él, que la transportara a un nivel de placer donde el dolor no podía existir. No estaba dispuesta a arriesgarse con cualquiera. Pero no iba a permitir que él se echara atrás.
—Por supuesto —mintió—. Tengo veinticuatro años. No bromeo.
—Todo el mundo se merece unos fuegos artificiales —afirmó Pedro tras, sin duda, sopesar los pros y los contras.
—Así es —aliviada, Paula sonrió para sus adentros.
La excitación se apoderó de ella. El corazón le latía con fuerza. Iba a ser, sin duda, la noche más excitante de su vida.