jueves, 26 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 12

Se levantó y Paula se sintió más consciente de su fuerza y de su tamaño, pero en lugar de sentirse intimidada, sintió una descarga de energía, de excitación.


–Si supiera una palabra de viticultura, lo comprendería, Paula –dijo, de nuevo pronunciando su nombre como quien acaricia; su ira, su cinismo, transformados en algo áspero y crudo teñido de promesa–. Esta tierra es única, rica en minerales complejos que confieren un aroma específico a las uvas.


No sabía qué le estaba ocurriendo. Era como si su tono de voz se estuviera reflejando en los confines de su cuerpo. Por primera vez en su vida, era como si la vieran de verdad. De pronto tomó su cara entre las manos. Sus palmas encallecidas le hicieron estremecerse y con el pulgar le rozó los labios. Sabía que debía dar un paso atrás y alejarse de aquella pasión incendiaria, pero se sentía atrapada, poseída y tan desesperadamente necesitada que el pulso que había nacido entre sus piernas comenzó a extenderse, amenazando con incendiar todo su cuerpo.


–Una vez sea el dueño de estas viñas –continuó en voz baja–, las esquejaré y extenderé a otras tierras para crear un nuevo viñedo, puede que incluso mejor que Montremere.


Respiraba con dificultad. Él también. Paula se humedeció los labios y la pasión explotó en los ojos de Pedro pero, en lugar de acercarla a él, su mano abandonó su mejilla. La necesidad parecía brotar de un lugar desconocido, más allá de la pasión, más allá del deseo. Algo profundo y elemental que seguramente emanaba de aquella chica rechazada tanto tiempo atrás. Y en una décima de segundo, lo único que pudo ver fue a aquel muchacho rechazado, traicionado, explotado, y puso su mano sobre la de él con intención de consolarlo como antes en la mesa, pero aquella vez no fue solo deseo de consolarlo lo que sintió. Poniéndose de puntillas, acercó sus labios a los de él. Necesitaba reforzar aquella conexión, alimentar un apetito para poder apaciguar su dolor. Y el propio también. Le oyó gemir, y un instante después, sintió de nuevo sus manos en las mejillas tirando de ella para besarla. Fue un beso salvaje, necesitado, exigente. Sin saber cómo, Paula se abrazó a él, temblando, sintiendo el calor de su cuerpo, la presión de su pecho sobre sus senos, los pezones cada vez más endurecidos e hinchados, con la necesidad de restregarse contra él como un gato desesperado por una caricia. Su lengua marcó los rincones más profundos de su boca, y ella intentó responder lamiendo y mordiendo. No tenía ni idea de lo que hacía, pero sí sabía que necesitaba más sabor, más pasión, más calor. Pedro hundió las manos en su pelo y las horquillas que lo habían sujetado cayeron al suelo de piedra. Por fin liberó su boca y la miró, aturdido, aunque no tanto como ella.


–Te deseo –dijo, mirando primero su pelo suelto y después, de nuevo su boca–. Sé que no debería. Que es una locura.


–Lo sé…


Estaban en la casa de André, una casa que él quería derribar, una casa que ella adoraba, el día del entierro de André y siendo ella su viuda. No debería desearlo y él no debería desearla a ella, pero lo único que parecía capaz de sentir era la necesidad que viajaba por su torrente sanguíneo, alimentada por la embriagadora sensación de conexión, como si su dolor compartido fuese un ente vivo. Ningún hombre la había mirado como la estaba mirando él, con una furiosa y apasionada intensidad y, antes de que pudiera contenerse, dijo las palabras que le había rondado por la cabeza desde que le vio bajarse de su Jeep aquella tarde.


–Yo también te deseo.


Pedro frunció el ceño y se quedó inmóvil, sin decidirse, y Paula temió por un instante que fuese a rechazarla, pero en un segundo la confusión se despejó y la tomó en brazos.


–Bien.


Paula pasó las manos por su cuello y así salieron pasillo adelante, él subió de dos en dos los peldaños de la escalera y se detuvo en el distribuidor.


–Dime qué habitación no has compartido con De la Mare –preguntó, inquisitivo.


La respuesta era sencilla. Señaló su propio dormitorio, en el que había vivido desde que ocupó el puesto de ama de llaves de André. Pedro abrió la puerta con el pie y encendió la luz con el codo antes de dejarla junto a la cama. Paula temblaba. Su cuerpo parecía una hoja zarandeada por el viento de su propio deseo. Nunca se había sentido así, tan excitada, tan fuera de control.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 11

 -Paula.


El modo en que Pedro Alfonso pronunciaba su nombre lo hacía sonar muy íntimo, y la intensidad de su mirada resultaba aterradora y fascinante. Se estaba llevando a la boca un pedazo de queso y otro de pan, pero en sus ojos había la misma necesidad que a ella la asediaba y por la que tuvo que apartar la mirada de su boca.


–No le compadezco –aclaró.


Probablemente nadie lo había compadecido en su vida, a pesar de los horrores que había dejado entrever y que había padecido durante la infancia, pero no parecía la clase de hombre que inspiraría la compasión de otra persona. Era demasiado intenso, demasiado enérgico, con una disciplina demasiado férrea sobre sí mismo, excepto cuando… Excepto cuando no había logrado disfrazar lo que sentía teniéndola cerca. Igual que le pasaba a ella. ¿Por qué notarlo la mareaba? Se obligó a comerse la uva que llevaba un rato en la mano para darse tiempo de pensar, algo que era casi imposible teniendo su mirada clavada en ella. Pedro Alfonso era hijo ilegítimo de André, y había trabajado en sus viñas. Ahora entendía bien que quisiera poseerlas. Y André lo había rechazado con toda crueldad cuando aún era un crío, además por la razón más cruel imaginable: Por ser pobre e ilegítimo. La dulzura de la uva se le derramó en la lengua. Aunque había sido encantador con ella, y a pesar de lo mucho que había llegado a preocuparse por él, sabía que en los negocios era implacable y, viendo lo que había hecho con el testamento, tanto su matrimonio como su legado era solo un modo de hacer daño a su hijo, y no de ayudarla a ella. ¿Debería entregarle las tierras a Alfonso? Después de todo lo que había sufrido, ¿Tenía derecho a quitárselas?


–¿Cuánto?


Levantó de pronto la cara y quedó atrapada en su mirada.


–¿Perdón?


-¿Cuánto quiere por desaparecer? Soy un hombre rico y puedo ser muy generoso. Está claro que usted es una mujer que aprecia el valor del dinero, y yo eso lo respeto… –bajó la mirada a sus senos y tardó un instante en volver a mirarla a los ojos con un desprecio tan claro y tan brutal que la dejó aturdida.


–No quiero su dinero –replicó, cerrándose la camisa para que no pudiera ver que los pezones se le habían endurecido.


–¿En serio? –replicó con una sonrisa tan cínica que volvió a sentirse como Caperucita Roja delante del lobo–. ¿Aunque le ofreciera medio millón de euros por desaparecer, que es mucho más de lo que vale la propiedad?


–Sí.


No quería su dinero. Hacía un instante se había planteado regalárselas, pero quería poder quedarse en La Maison de la Lune. No quería tener que desaparecer una vez más. ¿Cuántas veces se había visto obligada a hacerlo, por los caprichos de otros?


–Quiero quedarme a vivir aquí, como planeó André, pero estaría encantada de alquilarle las tierras, como sugirió Gabriel.


Su sonrisa se borró.


–No quiero alquilarlas, sino ser su dueño. Y no puede quedarse aquí, porque lo que pretendo es derribar esta casa.


–¿Derribarla? ¿Por qué quiere derribarla?


–No tengo por qué explicarle mis motivos –replicó, frunciendo el ceño.


Paula se cruzó de brazos para intentar dejar de temblar… y para disimular la tensión de sus pezones traidores.


–Pues no puede derribar La Maison de la Lune porque me pertenece.


–Cuando haya impugnado el testamento, me pertenecerá a mí.


–No puede hacer algo así. Esta casa es hermosa… –miró a su alrededor, contemplando sus muebles antiguos, los viejos sillones, la sólida mesa, la hermosa vista que se colaba por la ventana, y no solo de las viñas, sino del bosque antiguo que bordeaba la propiedad y el cristalino arroyo que la dividía y que brillaba a la luz de la luna–. Merece permanecer aquí para las siguientes generaciones.


–No. Lo único que importa son las viñas.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 10

 –Si tiene alguna otra pregunta, madame De la Mare… –el abogado recogió sus cosas e hizo una leve inclinación de cabeza–. O usted, monsieur Alfonso, pueden ponerse en contacto conmigo en mi despacho con toda libertad.


Cuando el abogado se hubo marchado, Pedro vió que la viuda de su padre ocupaba una silla al otro lado de la mesa y tomaba una uva. Estaba nerviosa, además de excitada. Bien. Así no era él el único incómodo con aquella atracción.


–¿Qué edad tenía cuando André le exigió que trabajase para él para pagar el alquiler? –quiso saber.


–Diez u once años. No recuerdo bien –respondió, encogiéndose de hombros. La compasión volvió a brillar en sus ojos, y eso era lo último que él quería–. No fue tan malo. A mí me gustaba el trabajo y llegué a enamorarme de las viñas.


–Lo siento –respondió–. Debe ser duro para usted que haya impuesto esa condición en su testamento.


–En absoluto. No esperaba menos de él, madame… –no le gustaba tener que llamarla usando el apellido de ese bastardo–. ¿Cómo se llama?


–¿Mi nombre de pila?


–Oui.


–Me llamo Paula. Paula Chaves. Bueno, Paula De la Mare.


–Paula Chaves está mejor, ya que estuvo casada con el viejo bastardo solo unos días, así que no me parece necesario que lleve su nombre.


–Por favor, no se refiera a él así. Siento que no fuese un buen padre para usted, pero André era amigo mío.


Amigo. Qué forma de describir al hombre con el que había tenido una relación. ¿Por qué no se daba cuenta de que no necesitaba su compasión? Lo que su padre hiciera o dejase de hacer ya no tenía peso en el hombre que era.


–No necesité que fuese un buen padre para mí. Ni bueno, ni malo – añadió, decidido a hacerle comprender.


Tomó un pedazo de baguette tierna, untó queso Brie y le dió un bocado, resuelto a parecer despreocupado costara lo que costase. Nunca había hablado con nadie de esa etapa de su vida, cuando intentaba desesperadamente ganarse la admiración y el afecto de André De la Mare y, en cierto modo, seguía avergonzándose de aquel muchacho, de lo débil y absurdo que había sido por necesitar validación de un hombre que no sentía absolutamente nada por él. Pero Paula Chaves necesitaba saber que ese crío desesperado hacía mucho que ya no estaba.


–Sobreviví muy bien por mis propios medios. De hecho, el rechazo de mi padre, su decisión de rechazarme porque era un hijo bastardo de una mujer de familia pobre, me hizo mucho más fuerte y me preparó para luchar por lo que es mío. Nunca dejaré que alguien vuelva a quedarse con algo que me pertenece por derecho propio.


En lugar del temor que esperaba inspirarse con aquella amenaza velada, su mirada volvió a anegarse en compasión.


–¿André le rechazó por ser ilegítimo? –preguntó, malinterpretando el objetivo de sus palabras–. Qué horror. Lo siento mucho.


Y estiró el brazo sobre la mesa para rozarlo en un gesto de consuelo y compasión. Su roce fue como el de una llama para su piel y para su orgullo.


–No sienta lástima por ese muchacho –dijo, sujetado su muñeca con intención de sorprenderla, pero incómodo por el fuego que seguía abrasándole la piel y haciendo saltar el pulso de ella–. Hace mucho que se fue.


Ahora era millonario. Un hombre tan alejado como fuera posible de aquel mocoso pobre y rechazado. Tenía poder, y pronto sería dueño de toda la tierra que podía abarcar con la vista, incluidas las viñas De la Mare. Ella se soltó y él dejó que lo hiciera. Podría tener a cualquier mujer. ¿Por qué demonios iba a querer aquella, siendo como era la que había calentado la cama de su padre? Pero la vió morderse el labio inferior y la respiración se le aceleró ante la idea de morder él también aquel labio lujurioso y después calmarlo con la lengua antes de hundir las manos en aquel pelo sedoso y… «Arrête!» Respiró hondo. Tenía que detener aquellas imágenes eróticas que lo bombardeaban.


–Sería un grave error compadecerse del hombre en el que se ha convertido, Paula.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 9

 –Si desea imputar el testamento basándose en esta información, tendrá que someterse a una prueba de ADN –dijo el abogado, preocupado por su trabajo. 


Sabía que Pedro tenía un equipo legal impresionante y el suficiente dinero para tenerlo litigando durante años sobre la legalidad de aquel requerimiento de última hora.


–No es que tenga deseo, sino la determinación de impugnar el testamento –le aclaró–, pero no necesito demostrar que soy hijo de De la Mare. Lo único que tengo que demostrar es que no estaba en plenas facultades mentales cuando lo dictó.


Miró de nuevo a la mujer que tenía delante, y reparó en que la línea de sus pezones se dibujaba bajo la camisola de algodón que llevaba. Un calor familiar le creció en el vientre. Sabía que debía ignorarlo, ya que no quería las sobras, pero vio que de pronto contenía el aliento. Así que ella también lo estaba sintiendo…


–Dudo que sea difícil convencer a un juez de que De la Mare estaba subyugado por los encantos de su nueva esposa cuando dictó su testamento –continuó–, y de que las cláusulas son absurdas.


En realidad no creía que la joven hubiese tenido algo que ver en aquel testamento. Seguramente De la Mare había preparado aquel golpe final desde que volvieron a encontrarse dos años atrás, y ella no había sido más que un testigo bien predispuesto. Vió que el rubor le subía por el cuello y que su respiración se volvía más superficial. Los pezones eran ya tan prominentes que debían de dolerle, y él sentía cada vez más calor en el vientre, sobre todo al imaginarse que le bajaba la camisola para apaciguar su dolor con la boca. Respiró hondo. Desde luego, era exquisita. Y el velo de inocencia, aunque falso, también resultaba cautivador. El viejo tenía buen gusto.


–Monsieur Alfonso, le aseguro que el testamento es irrefutable. Monsieur de la Mare estaba en plenas facultades cuando lo dictó –dijo el abogado–. Y madame De la Mare no tenía conocimiento de su contenido previo a este momento, siguiendo los deseos de mi cliente.


–Ya veremos –replicó sin apartar la mirada de la chica.


 Porque eso era exactamente para él. ¿Cuántos años tendría? Su padre andaba por los sesenta, y por un instante se quedó ponderando la diferencia de edad. Ella los miraba a ambos, y su nerviosismo no hacía más que incrementar su deseo. ¿Hasta qué punto habría llegado su desesperación para decidirse a abrirse de piernas para un viejo? ¿Y cómo podía él tener eso en su contra, cuando él mismo había hecho cosas de las que no se sentía orgulloso siendo un muchacho, con el fin de sobrevivir? Miró a la mesa, en la que se había dispuesto una variedad de quesos y fruta locales con bastante arte, y el deseo por fin empezó a disiparse, lo que le permitió pensar con cierta coherencia. La solución a aquel problema era simple. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? Si se había casado con un viejo por sus propiedades, significaba que podía ser comprada. Lo único que tenía que hacer era ponerle sobre la mesa una oferta que no pudiera rechazar.


–Creo que, al final me voy a quedar a comer… Y a probar el vino, para que podamos seguir hablando de la situación.


–Me temo que yo tengo que marcharme –contestó el abogado–. Mi esposa me estará esperando.


La expresión de la joven se volvió de preocupación ante la idea de quedarse sola con él. Bien. Por fin tenía una buena mano de cartas. Ahora tenía que ser implacable… Y dejar de obsesionarse con sus pezones. Se acercó al aparador y se sirvió una copa del vino de De la Mare para mantenerse ocupado y centrarse en lo que quería conseguir. Por la cara de ella vió pasar preocupación, pánico, incluso miedo. ¿Miedo de él, o del deseo que se correspondía con aquellos pezones y la respiración agitada? Le produjo satisfacción ser consciente de que le resultaba más difícil que a él controlar sus respuestas. Haría que pesara en su favor, de modo que, antes de que ella pudiera decidir echarlo a patadas, añadió:


–Esta puede que sea la última oportunidad que se me presente de disfrutar de una comida en la casa en que nací.


No podía importarle menos, en realidad. Apenas recordaba los años que habían vivido allí. Lo único que recordaba era salir temprano de la casucha en la que vivía con su madre para trabajar con los hombres de su padre, o al terminar las clases hasta que se hacía de noche mientras esperaba la visita de su padre y que se diera cuenta de lo duro que trabajaba. Y después, del día que se atrevió a reclamar su parentesco, lleno de orgullo y esperanza, en la puerta de atrás de la casa de su padre, ya que lo consideraban demasiado insignificante para dejarle entrar por la principal. El comentario surtió el efecto deseado.


–Entiendo, monsieur Alfonso –dijo ella, empujada por la compasión que ya había mostrado antes.

martes, 24 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 8

André de la Mare nunca había sido su padre, dijera lo que dijese su madre, y le había costado años darse cuenta de que el lazo de sangre no significaba nada para su padre y que no iba a cambiar. Cómo demonios la efímera esposa de su padre había descubierto su conexión era algo que no lograba imaginar. Se obligó a respirar hondo y serenarse.


–Lo veo en usted–continuó ella, mirándolo a la cara–. André hablaba de usted constantemente. Era como una obsesión para él. Yo creía que era por el éxito que ha alcanzado en los negocios, siendo tan joven, pero ahora me doy cuenta de que era algo mucho más personal.


Pedro sintió que la furia se le hacía una bola en el estómago.


–Creo que, aunque por un lado le temía, por otro se sentía tremendamente orgulloso de usted.


El comentario le hundió un puñal. ¿Hablaba en serio, o se trataba de una especie de broma enfermiza? ¿De verdad pensaba que podía importarle lo más mínimo lo que De la Mare pensara de él o de sus negocios? Hacía dieciséis años que había dejado de buscar la aprobación paterna. Aquella noche huyó de allí, y al día siguiente partió de Burdeos para hallar su propio camino, después de años viviendo cerca de la propiedad de su padre, buscando migajas, haciendo todo lo que él le pedía con la esperanza de que, algún día, reconociera su conexión. Nadie lo había reconocido después cuando volvió. Nadie excepto De la Mare, y precisamente por eso había disfrutado manteniéndose distante y asfixiando todos los intentos del viejo para salvar sus tierras de las deudas. No había tenido que ensuciarse las manos porque el viejo había llevado a la ruina sus tierras él mismo y, cuando André acudió a él para rogarle que invirtiera, pensando que aún buscaba su reconocimiento, Pedro se dió el gustazo de reírse en su cara. El viejo bastardo se casó después con aquella mujer, un último intento de arrebatarle el legado que era suyo por derecho, y solo por eso debería despreciarla, pero… Sin maquillaje alguno, su carita de niña, su piel tostada por el sol, pómulos marcados, ojos azules y una boca madura y muy jugosa, resultaba aún más atractiva. Y su cuerpo, aun con aquel disfraz de pantalones cortos y camisa de trabajo, se veía maduro para mucho más. No era de extrañar que su cuerpo hubiera reaccionado. Era una mujer hermosa, y que fuera la esposa de su padre no la hacía menos atractiva a sus ojos. Soltó una carcajada áspera, decidido a romper el hechizo que había tejido sin esfuerzo.


–¿De verdad cree que me puede importar lo que ese bastardo pensara de mí?


Su tono salvaje la hizo parpadear repetidamente. Tarde ya se dió cuenta de que tácitamente había aceptado que su conexión biológica con De la Mare era la que ella había imaginado. Fue cuando el abogado, cuya presencia había olvidado por completo, preguntó:


–¿Es cierto, monsieur Alfonso? ¿André de la Mare era su padre biológico?


No podía seguir negándolo, aunque tampoco quería que fuera del dominio público.


–Mi madre era una de las amantes De de la Mare –confesó en tono neutro–. Ana Alfonso Zolezzi. Vivimos aquí… –miró en torno suyo–, hasta que se aburrió de ella. Entonces nos permitió vivir en una casucha que había en los límites de su propiedad pero, en cuanto yo me hice lo bastante mayor, De la Mare insistió en que trabajase para pagar por ese privilegio, ya que mi madre estaba demasiado débil para trabajar toda la jornada –la bilis se le subió a la garganta, pero tragó saliva–. Pero no deseo reclamar una conexión de la que no me siento orgulloso en absoluto – continuó–. Si la hacen pública, los demandaré. Y eso la incluye a usted, madame De la Mare –añadió por si quedaba alguna duda.


Pero ella, en lugar de sorprenderse, asintió.


–Por supuesto. Su conexión con André es algo que solo le atañe a usted. Lo comprendo perfectamente.


Dudaba de que así fuera. Quizás pensaba que tendría más posibilidades de echarle el guante a las tierras si nadie conocía su relación con De la Mare. Pues si era eso lo que pensaba, se equivocaba de lado a lado. No necesitaba ser hijo suyo para hacerse con la tierra y completar su venganza del hombre que le había dado la vida para luego deshacerse de él.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 7

Cortó la frase sin terminarla y algo más que furia apareció fugazmente en sus facciones. Algo más parecido a la traición y el dolor. Paula reconoció el sentimiento porque ella lo había soportado de niña, el día que su padre la dejó en un centro de menores en Westminster y le dijo que ya no podía seguir cuidando de ella. Fue la última vez que lo vio. ¿Qué había querido decir con que André pensaba que le debía dinero por haber nacido?


–Es hijo suyo –musitó. 


La verdad le resultó de pronto tan obvia que no entendió cómo no se había dado cuenta en cuanto Alfonso puso el pie en la casa. En la casa de él, seguramente. ¿Habría vivido allí de niño, sin que André lo reconociera? La compasión que sintió de pronto por aquel hombre indómito fue tan intensa que la sintió casi como un vahído, porque de pronto comprendió por qué aquellas viñas significaban tanto para él. Por qué las quería con tanta determinación y por qué odiaba a André, o quería odiarlo, tanto como ella había odiado a su padre por haberla abandonado. Pero, junto a la oleada de compasión, llegó otra de deseo que derribó las barreras que había estado intentando erigir sin conseguirlo desde el momento en que sus miradas se cruzaron en el cementerio.


-¿Qu ést-ce qu’elle a dit, là?


¿Qué demonios acababa de decir? La sorpresa fue tal que la furia por el intento que había hecho su padre de vengarse de él desde la tumba pasó a segundo plano. Había hablado más de la cuenta, pero era imposible que se hubiera imaginado la verdad con tanta facilidad cuando nadie más había sospechado nunca cuál era su verdadera relación con André de la Mare.


–Era… –repitió ella, con una mirada tan llena de compasión que lo dejó mudo–. Usted es hijo de André. Sus ojos son… Son los mismos.


–¿Qué tontería es esa? –respondió, pero la humillación que lo consumía desde niño se apoderó de su voz, una humillación que llegó cuando descubrió lo idiota que había sido pensando que un hombre de la clase social y la riqueza de Pierre de la Mare iba a reconocer a un bastado como él.


No quería su compasión, como tampoco tenía intención de reclamar su legado. Lo único que quería eran las viñas, unas viñas que había regado con su sudor trabajándolas durante años, convencido de que su padre lo quería, o al menos lo respetaba, cuando lo único que había sido para él era un error. «Aunque fueras hijo mío, como dice tu madre, ¿De verdad piensas que iba a querer que el crío de una guarra llevase el apellido De la Mare, por bien que se le den las viñas?» Las palabras que le dirigió su padre al cumplir los quince se le vinieron a la memoria. Fue el día en que reunió el valor necesario para decirle a Pierre de la Mare que sabía que era su padre, y que estaba orgulloso de ser el destinatario de su legado. El día en que su padre se rió en su cara y le dijo que no tenía derecho a su legado porque nunca sería más que un labriego, un asalariado, un bastardo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 6

«Ay, André. ¿Por eso insististe en que nos casáramos? ¿No para ayudarme a mí, sino para desafiar a Alfonso?» El estómago se le encogió. ¿La habría utilizado? Tenía que estar al tanto de que las condiciones de su testamento la pondrían en la línea de fuego con Alfonso.


–No entiendo –dijo. Se sentía traicionada. André sabía lo suficiente de su infancia y su juventud para conocer que detestaba el conflicto–. ¿Por qué iba a hacer André algo así?


–No puedo contestar a su pregunta, madame De la Mare –contestó Gabriel, mirando a Alfonso con cautela–. Yo le aconsejé que no obrara así, pero él insistió. No me explicó sus motivos, pero creo que era importante para él que usted pudiera quedarse en La Maison de la Lune. Y que fuera la propietaria de las viñas.


–No puede quedárselas –anunció Alfonso–. ¡Las viñas son mías! ¡Me pertenecen! Y una zorra inglesa que apenas lleva unos meses aquí no puede quedárselas.


Paula se levantó de golpe y apretó los puños, dispuesta a plantarle cara. Le daba igual que fuera más grande, que estuviera más enfadado y que fuese más rico y poderoso que ella. No iba a permitir que la insultara.


–Las viñas no son suyas, señor Alfonso –le dijo con tanta dignidad como fue capaz–. Y, al parecer, no lo van a ser nunca –añadió, aplastando el brote de culpabilidad. Y de confusión.


Ella no se merecía aquel legado. André y ella habían sido amigos, pero solo hacía un año que se conocían. No eran familia, y no habían sido marido y mujer en el sentido real de la palabra. Ahora veía con claridad que la había utilizado como rehén de su lucha con Alfonso. ¿Cómo podía velar por sus intereses si siempre había pretendido ponerla en contra de un hombre con el poder y la influencia de Alfonso? Dejándole el viñedo y prohibiéndole que se lo vendiera a él, la estaba empujando al fracaso, a ella y a la tierra. ¿Acaso André odiaba más a Alfonso de lo que amaba a sus viñas? Quizás. Una cosa estaba clara: Lo odiaba más a él que lo que ella le importaba, y eso le dolió.


–¿Qué sabe de las tierras De la Mare? –preguntó Alfonso destilando desprecio–. ¿Qué sabe de alimentar y cuidar sus viñas, o de cómo sacar lo mejor de ellas? –la miró de arriba abajo–. No sabe nada. Y, sin embargo, ¿Piensa que puede quitarme lo que es mío porque se abrió de piernas para ese bastardo, comme une pute?


–¡Monsieur Alfonso! No hay por qué emplear ese lenguaje –intervino el abogado.


Pero todo lo que Paula podía oír era la sangre zumbándole en los oídos. Le importaba un comino lo que Alfonso pudiera pensar de ella, él o cualquier otra persona. Entonces, ¿Por qué su desprecio le llegaba hasta el punto de herir a la cría a la que habían llamado tantas cosas a lo largo del tiempo? ¿Y por qué su furia estaba alimentando las sensaciones que le hervían bajo la piel, haciéndolas más eléctricas más volátiles, más incontrolables?


–No soy ninguna zorra. Soy su esposa. Y usted no tiene más derecho a estas tierras que yo.


–¿Eso cree?


Se acercó a ella tanto que pudo sentir el calor de su rabia y ver el brillo de la furia en el marrón de su iris. Pero había algo más en las oscuras profundidades que resultaba aún más inquietante. Algo ardiente y vibrante que ella sentía también en su abdomen.


–Tengo todo el derecho a estas viñas. Las he mimado, alimentado, protegido del hielo, del viento y de las plagas hasta que me sangraron las manos. He trabajado estos campos durante horas siendo tan pequeño que ni siquiera era capaz de ver por encima de las vides. Y me prometí a mí mismo que, algún día, serían mías.


Los orígenes de Alfonso eran inciertos. Había oído historias en los medios que decían que su madre provenía de una familia pobre y que nadie conocía la identidad de su padre. Que había empezado muy joven trabajando en el campo, que su formación académica era escasa y que se había hecho a sí mismo de la nada. Pero nadie había sospechado nunca que hubiera nacido en Burdeos, y menos aún en aquel contorno, o alguien ya se habría hecho eco de ello.


–¿Me está usted diciendo que trabajó para André y que no le pagó? – le preguntó con voz temblorosa. ¿Estaría mintiendo? Sería capaz, pero algo en el tono de su voz, como si estuviera admitiendo algo que le avergonzaba, sugería más bien lo contrario–. No puedo creerlo.


André había sido un hombre complicado, puede que más de lo que ella había sabido, pero no era un monstruo… ¿No?


–Oui, me pagó –replicó con sorna–. Me pagó un salario que según él me descontaba de la deuda contraída por haber nacido. Y yo trabajé para él de buen grado hasta que me di cuenta de que lo único que había querido de mí era mano de obra gratuita. Que nunca había tenido intención de reconocer que…