martes, 5 de mayo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 40

El vestido no disimulaba su barriguita, y aunque no se avergonzaba de su embarazo, se había sentido como si llevara un cartel de boda de penalti. Pero cuando Pedro se llevó su mano a los labios, el miedo pasó a ser algo casi visceral, porque en aquel segundo, con su mirada recorriéndola, se había sentido hermosa y apreciada por primera vez en su vida… Algo aterrador para ella, porque no podía ser verdad. Pero lo que la aterraba aún más era lo mucho que había querido estar guapa para él. Se miró en el espejo. No podía hacer eso. No debía. Porque sabía lo que ocurriría si se permitía pensar que cambiar su esencia, quien ella era como persona, significaría que podría lograr que un hombre como Pedro llegara a sentir de verdad algo por ella. Y eso no iba a ocurrir. En ocasiones anteriores ya había intentado cambiar. Cuando vivía con las familias de acogida, e incluso con su padre cuando, siendo niña, presintió que la iba a abandonar… Y, por supuesto, no funcionó. Nunca funcionaba. Respiró hondo y oyó a Antonia canturrear mientras preparaba el baño. «Por amor de Dios, Paula, anímate». Entre el perfume de lavanda y rosa que salía del cuarto de baño, reconoció la música que tarareaba: la melodía sensual de su primer vals. Con ese recuerdo le llegó el del salón de baile, iluminado por cientos de velas y adornado con ramos de flores frescas. Y ese vals con Pedro, rodeada por sus brazos… ¿Cómo podía haber logrado que se sintiera tan estimada, tan adorada, cuando nada de todo aquello era real? Enterró aquellos pensamientos. Tenía que ser realista, o acabaría destrozada como cuando era niña. Iba a tomar el cepillo de pesada plata que había en el tocador y su mano se chocó con la de Antonia, que se lo dió.


–Puedo cepillarle el cabello, madame, si lo desea.


Paula sonrió a la joven en el espejo, una joven que era mucho más sofisticada que ella.


–¿Le parece bien que lo haga yo?


–Por supuesto –sonrió–. ¿Quiere que me vaya mientras se baña?


Paula asintió, desesperada por quedarse un rato a solas. Tenía que poner sus pensamientos en orden antes de que… Bueno, antes de que Pedro llegara aquella noche a su alcoba, si es que lo hacía.


–¿Quiere que vuelva para ayudarla a prepararse para su noche de bodas? –preguntó directamente.


–Creo que podré hacerlo yo sola –contestó, muerta de vergüenza–, pero muchas gracias por tu ayuda esta noche, Antonia.


La sonrisa de la doncella le hizo parecer muy joven.


–De nada, madame. Creo que monsieur Alfonso ha elegido muy bien a su esposa.


Antes de marcharse, la doncella dejó una prenda de encaje tan fino como una gasa sobre la cama.


–La couturière ha dejado esto para usted, pero a juzgar por cómo no ha dejado de mirarla monsieur Alfonso toda la velada, pienso que no va a necesitarlo mucho tiempo.


–Eh… Gracias, Antonia–respondió, ardiéndole las mejillas y el pulso entre las piernas, que en ningún momento desaparecía del todo, se recrudeció.


En el baño había una preciosa bañera de patas frente al ventanal por el que se adivinaban los viñedos en la oscuridad. Se quitó la bata y se sumergió en aquella agua fragante, pero mientras intentaba relajar los músculos tensos y cansados de aquel día y de la tensión de las últimas semanas, el dolor palpitante entre sus muslos se intensificó al mismo ritmo que el miedo. Ya había perdido mucho de sí misma durante el evento de aquella tarde. Si al menos tuviese más experiencia. ¿Debía correr el riesgo de acostarse con Pedro? ¿Se veía capaz de negarse ese placer? Y si acudía junto a ella, ¿Cómo no olvidar que aquel matrimonio era de conveniencia y no por amor?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 39

Aquella boda era una charada necesaria para sus negocios, la prensa y su estatus personal en la comunidad, pero mientras devoraba con la mirada a la mujer increíble que avanzaba por el pasillo, a cada momento le era más y más difícil ceñirse al guion que había escrito con sumo cuidado para sí mismo cuando organizaba todo aquello. Reparó en que los nudillos de la mano con que sostenía el delicado ramo palidecían, lo que le recordó que, además de estar exquisitamente bella, su mujer también estaba extremadamente nerviosa. Intentó calmar su respiración y hubo de admitir que su insistencia en aquella ceremonia no era tan pragmática como quería creer. No había elegido personalmente el vestido, pero se alegró de que la modista no hubiera intentado disimular su embarazo. El bebé era un hecho. Un hecho que ninguno de los dos podía ignorar. Y aunque no había querido que el informe que había presentado sus abogados se hiciera público, se alegraba de que todo el mundo supiera que su padre no la había tocado. Que aunque el viejo bastardo se había casado con ella antes, nunca había conocido los placeres de su hermoso cuerpo. Puede que la gente pensara que se casaba con ella solo porque estaba embarazada y, hasta aquel momento, él había intentado convencerse de lo mismo. Pero cuando Paula levantó su cara por fin y lo miró, no le quedó más remedio que reconocer la necesidad biológica que nunca había sido capaz de contener. «Mía». Cuando Gabriel puso la mano de Paula en la suya, temblaba. Se la llevó a los labios y la besó.


–No temas, Paula. Esto terminará pronto y podremos programar el sexo.


Pretendía que fuera una broma para aliviar la tensión, pero cuando el sonrojo hizo arder sus mejillas, y su entrepierna sintió una sacudida, supo que el chiste era a su costa. Cuando el sacerdote impartió la bendición final y le dió permiso para besar a la novia, aquella primitiva necesidad arrasó su torrente sanguíneo como si fuera un ente vivo, y al tomar a Paula entre sus brazos y conquistar su boca con un beso incendiario, la audiencia y las razones que habían propiciado aquella ceremonia desaparecieron de su consciencia. Lo único que podía oler era su delicado perfume floral y el almizcle de su excitación; lo único que pudo comprender fue la sensación de su cuerpo suave y reactivo rindiéndose al suyo. Y lo único que quiso hacer fue marcarla como suya del modo más básico imaginable, y tan pronto como fuera humanamente posible.


-Ha sido usted una novia preciosa, madame.


–Gracias, Antonia –respondió Paula mientras su nueva doncella le quitaba las horquillas que sostenían su elaborado peinado.


Estaba cansada y contenta de que las festividades, al menos en las que se esperaba que ella participase, hubieran terminado. Cuando el último mechón quedó suelto, suspiró.


–¿Quiere que le prepare un baño? –sugirió Antonia.


–Sería maravilloso –le contestó, aunque aún no se había acostumbrado a que alguien la sirviera.


El batallón de estilistas que habían llegado para prepararla para la boda habían hecho un trabajo espectacular. Al menos no había desdicho en el papel de la esposa sofisticada de Pedro, aunque lo cierto es que había sentido auténtico terror caminando hacia el altar del brazo de Gabriel.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 38

 –Sí, pero necesitamos celebrarlo para que pueda presentarte como mi esposa. Hay una capilla aquí que se ha preparado para el evento y el personal de cocina ha preparado un banquete nupcial en el gran salón.


¿Un banquete?


–Pero yo…


–No te preocupes. La estilista me ha asegurado que hay un vestido adecuado en tu guardarropa.


¿Ah, sí? ¿Sería uno de los muchos que se había probado? ¿Por qué nadie le había dicho que era un vestido de boda? Le presentó a algunos de sus empleados de más tiempo, a los que Paula saludó con un apretón de manos y unas palabras en su escueto francés. Todo aquello le estaba resultando verdaderamente surrealista. El château era impresionante de arriba abajo. Salones y estancias de mobiliario antiguo y con una selección de piezas modernas. Una escalera en curva por la que ascendieron al primer piso y, al llegar a una serie de habitaciones espaciosas, luminosas y también maravillosamente amuebladas –sus habitaciones, al parecer–, le presentó a la obstetra y a dos enfermeras que había hecho desplazarse desde París.


–Espera, Pedro –dijo cuando vió que se daba la vuelta–. ¿Va a haber mucha gente en el banquete?


–Solo algunos dignatarios locales, amigos y colegas. No más de cien en total.


¿Cien personas? Empezaba a sentirse enferma, pero él se echó a reír.


–No te preocupes –dijo, intentando calmarla y poniendo la mano en su mejilla–. Habrá terminado antes de que te des cuenta.


¿Y entonces, qué? ¿Consumarían el matrimonio? No es que esa cuestión la obsesionara… Demasiado. «Deja de preocuparte por el sexo. Asistir a un banquete nupcial con cien personas ya es bastante inquietante».


–Pero yo… Yo no tengo experiencia en esa clase de eventos – respondió.


–No te asustes, Paula –la besó en la frente–. Mi asistente, Juan, ha invitado a Gabriel Caron para que asista por tu parte, así que habrá un rostro familiar. Y como esposa mía, tienes que ir acostumbrándote a esa clase de eventos.


¿Ah, sí? No tenía ni idea de que esperase que se comportara como una esposa real. Pensaba que simplemente iba a vivir allí hasta que naciera el bebé.


–Pero… Es que yo…


Ya no le dió más explicaciones. Se limitó a acercarse a ella y besarla en la boca, silenciándola. El beso empezó delicado, pero fue cobrando firmeza, fuerza, persuasión. Ella respondió con pasión por instinto, y el deseo sepultó su cuerpo con sus olas ondulantes e imparables. Jadeaba, temblaba de necesidad.


–No tengas miedo, Paula. No me separaré de tí en cuanto la ceremonia empiece –dijo, mirándola con tanta intensidad que su mirada parecía quemar.


Y se quedó en la puerta de sus habitaciones viendo cómo se alejaba mientras la pasión que con tanta facilidad despertaba en ella seguía sacudiendo su cuerpo. Una cosa sí era segura: Tener a Pedro a su lado en la ceremonia, no iba a calmarle los nervios ni lo más mínimo.


–Ta femme est très belle, Pedro.


Sergio, su padrino y capataz de la finca, hizo aquel comentario en voz baja, y Pedro se dió la vuelta con el Cannon de Pachelbel como telón de fondo. Paula avanzaba por el pasillo central de la capilla, del brazo de Gabriel Caron, la cabeza baja, concentrada en avanzar con cuidado con aquel sencillo pero maravilloso vestido de seda cuyo color pasaba del dorado al rosa a la luz de cientos de velas. Su melena rubia iba peinada en bucles, adornados con flores azules del color de sus ojos. No llevaba velo. El aire se le volvió sólido en los pulmones, un calor le invadió el cuerpo como un fuego salvaje y el orgullo y el sentido de posesión fueron como la ola de la marea. «Mía».

Una Noche Inolvidable: Capítulo 37

La cabalgata de los enormes SUV negros coronó la colina y la casa de Pedro apareció en la distancia. La arquitectura de piedra de Château Alfonso, en cuya renovación se había gastado una fortuna, dominaba la escena, una declaración del poder y la riqueza del hombre con el que acababa de casarse en una breve ceremonia civil en el ayuntamiento de Auxerre. Dejaron atrás la cancela de hierro que cerraba los altos muros de piedra, varios edificios de ladrillo y un delicioso jardín exquisitamente cuidado. La casa… Bueno, la mansión quedaba al final del camino, tres plantas con elegantes ventanas rematadas en arco con contraventanas verde pálido, con glicinia y hiedra trepando aquí y allá, en vivo contraste con los balcones de hierro forjado, el tejado rojo y las torretas que remataban las esquinas y que le conferían el aspecto de un castillo a la espera de su rey. A hurtadillas miró a su marido, que estaba ocupado hablando por el móvil en un rápido francés. Pedro no era rey por nacimiento, pero podía encajar en el papel a la perfección. ¿De verdad habían pasado solo diez días desde que había accedido a casarse con él?


 Los días se habían fundido en uno solo, una sucesión de reuniones: Con el equipo legal de Pedro para dar los toques finales al acuerdo prenupcial, escrupulosamente justo. Con un equipo de estilistas. Con una modista que le había preparado un nuevo y completo guardarropa en tiempo récord. Y con Diana para despedirse. Diana, que la había mirado con los ojos de par en par cuando le dijo con quién se casaba. Pero, por las noches, echaba terriblemente de menos a Pedro. Se sentía sola y confusa en aquella lujosa suite, en la que tenía tiempo de sobra para darle vueltas a todo lo ocurrido, en particular a su cara de angustia al ver al bebé en la ecografía. Sacó del bolsillo de su pantalón de lino –parte del hermoso vestuario que había llegado el día anterior– el nuevo teléfono que uno del montón de ayudantes de él le había entregado, y miró la hora para intentar situarse y deshacerse de la tensión que tenía en el pecho desde que se había bajado del jet privado de Pedro en el aeropuerto y lo había encontrado a él esperándola en la pista. Las dos de la tarde. Respiró hondo y miró por la ventanilla del coche cuando entraba a un patio que quedaba al lado del palacio. Pudo ver una enorme piscina sombreada por árboles, en el extremo más alejado del césped inmaculado que partía de la terraza de atrás del château. El coche se detuvo y Pedro dió por terminada su llamada. Bajó del coche, habló con uno de sus asistentes y abrió la puerta antes de que ella hubiera tenido ocasión de hacerlo.


–Bienvenida a Château Alfonso, Paula –dijo con una sonrisa distraída.


A una señal suya, dos empleados del personal uniformado de la casa que aguardaba ante la puerta para recibirlos, se apresuraron a abrir el maletero y empezar a sacar su equipaje, ahora elegantemente guardado en unas maletas que llevaban sus iniciales: PCA. Paula Chaves Alfonso.


–Tu nueva obstetra francesa y su equipo esperan para hacerte una revisión –dijo, y poniéndole una mano en la espalda, la dirigió hacia las escaleras de entrada.


–Pero si ayer tuve revisión con la doctora Karim.


–Es solo una formalidad –murmuró, acariciándole la espalda–. Cuando haya hecho lo que tenga que hacer, lo mejor será que descanses en tus habitaciones antes de esta noche.


¿Sus habitaciones? ¿Es que necesitaba más de una? ¿Y qué iba a pasar aquella noche? ¿Se refería a consumar su matrimonio? Consultó el reloj.


–¿A las seis te parece bien?


–¿Estás estableciendo un horario para el sexo?


La pregunta se le escapó antes de que pudiera impedirlo. Él sonrió de un modo extraño, pero la intensidad de su mirada la sonrojó.


–Me refería a la boda, Paula –dijo, indudablemente excitado por la mención del sexo.


–Ah, ya… Entiendo –nunca se había sentido más torpe, estúpida y necesitada–. ¿Es que aún no estamos casados?

jueves, 30 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 36

 -¿Quieren saber el sexo del bebé?


Pedro parpadeó varias veces. Casi no entendía lo que había dicho la doctora Karim. Seguía atónito por lo que había visto en el monitor, y el fuerte y rápido sonido que emitía el aparato y que la obstetra le había dicho que era el latido del corazón. El bebé tenía cabeza, cara, deditos formándose en las manos y los pies y unas largas piernas con las que casi se tocaba la nariz. Ahora entendía lo del pataleo. Parecía estar un poco apretujado ahí. Su hijo. Su bebé. Ya no era algo abstracto sino tangible, y tan aterrador que le costaba trabajo incluso respirar.


–¿Ya nos lo puede decir? –preguntó Paula, entusiasmada–. En la última ecografía no pudieron.


–Acabamos de tener una imagen muy clara de los genitales –contestó la doctora–, de modo que puedo decírselo con bastante seguridad, pero depende de ustedes si quieren saberlo ahora, o prefieren esperar.


–¿Qué piensas tú, Pedro?


No tenía una respuesta. En realidad no sabía si iba a poder aguantar que aquel momento fuera más real aún de lo que ya era. Estaba empezando a sudar, y las paredes azules de aquella habitación empezaban a acercársele, cercándolo, machacándolo con los recuerdos de aquel día tan lejano ya.


–«Ne me quitte pas, Pedro. Jesús’ai besoin de toi». «No me dejes, Pedro. Te necesito». ¿Cómo iba a poder él proteger a aquella criatura tan vulnerable, cuando había sido incapaz de proteger a su propia madre?


–Yo no… –tosió para disimular la ansiedad–. No tengo preferencia. Decide tú.


¿De verdad importaba el sexo del bebé cuando él no iba a poder formar parte de su vida? El entusiasmo de Paula disminuyó, y él apretó los dientes para prepararse contra el ataque de la culpa. Ya le había dicho lo que podía ofrecerle y lo que no. El bebé llevaría su apellido, dispondría de su riqueza y contaría siempre con su protección, pero con eso tendría que bastar. No tenía más que ofrecer.


–Pues yo sí quiero saberlo –dijo Paula, mirando a la doctora.


–Obviamente no puedo estar cien por cien segura –contestó con una sonrisa y señalando el monitor–, pero casi convencida de que lo que tenemos aquí es un pene.


–¿Un niño? –exclamó Paula, maravillada, lo que hizo que el peso que Pedro sentía en el estómago se agrandara. Se volvió y tomó su mano–. ¿Has oído, Pedro? ¡Vamos a tener un hijo!


Él asintió y se llevó su mano a los labios, incapaz de hablar.


–Tendría que irme. Tengo que ocuparme del resto de preparativos.


–¿Preparativos?


–Tengo que volver hoy a Francia. He dejado dispuesto que te quedes en el hotel de Londres hasta que podamos casarnos en el ayuntamiento de Auxerre dentro de diez días.


¿Por qué narices se había empeñado en ir a aquella cita? No esperaba que el bebé fuese tan reconocible a aquellas alturas de la gestación.


–Te veo en el aeropuerto de Burdeos. Mientras, descansa –añadió.


–¿No te voy a ver hasta dentro de diez días? –preguntó, desmayada.


–Eso me temo. Se necesitan diez días para preparar la documentación para la boda –un retraso por el que se sentía patéticamente agradecido–. Tú descansa –insistió–. Gracias, doctora.


Y con un beso en la frente de Paula, salió disparado de allí.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 35

Entendía que su pretensión no era la de arrebatarla la independencia, sino que solo quería protegerla, ofrecerle el cuidado que su padre no le había proporcionado a su madre, pero no por eso se había vuelto fácil la decisión de poner su vida en sus manos, aunque fuera temporalmente. Hacía tanto tiempo que no confiaba en nadie… Siempre había contado consigo misma y aunque trabajar tanto había sido arriesgado, tampoco era una mujer frágil.


–No hay por qué avergonzarse –le dijo él, empujando suavemente su barbilla.


Sonrió tímidamente. No debía ser consciente de lo irónico que resultaba ese comentario viniendo de él, un hombre que seguramente no había reconocido jamás que necesitase el apoyo de otra persona.


–¿Qué tiene de gracioso?


–Nada, en realidad. ¿Por qué no me limito a irme a vivir contigo a Burdeos sin más hasta que nazca el niño? No es necesario que nos casemos.


–Sí que lo es –dijo en aquel tono dictatorial tan suyo, aunque en aquella ocasión creyó oír una emoción detrás–. No quiero que mi hijo nazca sin tener un padre. Si me dices que sí, encontraremos la forma de llegar a un acuerdo que nos satisfaga a ambos. Voy a necesitar que firmes un acuerdo prenupcial para que podamos disolver el matrimonio en cuanto nazca el bebé sin complicaciones.


Intentó no entristecerse con aquel pensamiento. Aquello sería en interés de ambos, ¿no?


–Y… ¿Qué pasará con la custodia?


–Un niño debe estar con su madre –contestó sin dudar.


¿Es que no tenía intención de ver al niño después? «No desesperes, Paula. Él acaba de enterarse de su existencia. Tú llevas cuatro meses con él».


–Pero me gustaría que me permitieras seguir ocupándome económicamente de él después del divorcio.


La emoción le cerró la garganta.


–Por supuesto –dijo. 


Ella quería mucho más que un aporte económico. Quería que forjase un vínculo emocional con su hijo, y eso llegaría con el tiempo. Quizás cuando lograse derribar las barreras que había erigido alrededor de su corazón y vencer el miedo a la paternidad. Aquel matrimonio le daría cuatro preciosos meses para conseguirlo.


–Entonces, ¿Te casarás conmigo y te vendrás a Burdeos hasta que nazca el niño?


¿De verdad estaba planteándose decirle que sí? Para Pedro, aquel era el modo de asumir la responsabilidad para con su hijo, corregir el mal que se le había hecho a su madre y asegurarse de ser mejor que su padre. Y por su parte, la posibilidad de darle a su hijo algo que ella nunca había tenido, un padre en el sentido más pleno de la palabra, hacía que valiera la pena correr el riesgo, ¿No?


–De acuerdo, Pedro –respondió, decidida a centrarse en la esperanza y no en el miedo. Ya no quería volver a ser cobarde. Había tomado tantas decisiones importantes con su silencio, unas decisiones que ni quería ni podía cambiar, pero aquella era su voto de confianza en que podrían lograrlo juntos y que quizás, solo quizás, pudiera surgir algo más–. Me casaré contigo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 34

El rechazo que los dos habían sufrido podía hacer que se perdiera la confianza en la capacidad de amar, pero ella había descubierto en los últimos cinco meses una vasta reserva de amor que no era consciente de poseer. El bebé aún no era real para Pedro, y la relación de sus padres había bastado para que acumulara grandes dosis de cinismo hacia el amor, pero eso no significaba que no pudiera ser un buen padre.


–¿Por eso estabas tan decidido a acabar con La Maison? –le preguntó–. ¿Por eso me expusiste a la prensa? ¿Por lo que le pasó a tu madre, y a tí, en esa casa?


Lo que le había contado de su madre y el trauma de los abortos había arrojado una luz nueva sobre sus actos de aquella noche y de la mañana de después. Su traición seguía doliendo, pero quizás no había tenido que ver con ella ni con su pasado. Quizás fue un modo consumar su venganza contra un hombre que había usado a su madre de un modo tan vil, para luego abandonarlos a ambos.


–¿Qué? ¡No! Fue solo un error. Alguien en el bufete de abogados se olvidó de borrar el informe adjunto antes de enviar el comunicado de prensa en el que se decía que iba a impugnar el testamento. Por favor, créeme: Jamás habría filtrado deliberadamente los detalles de nuestra vida sexual. Y no estoy tan loco como para culpar a una casa del sufrimiento de mi madre.


–Me alegro de saberlo –sonrió. La tensión que le había encogido el pecho desde aquella mañana, desapareció


–Ahora verás que debemos casarnos cuanto antes, ¿No, Paula?


El silencio de la habitación parecía vibrar a su alrededor, haciéndola aún más consciente de la atracción casi líquida que había entre ellos desde aquel instante en que lo miró por primera vez.


–Cásate conmigo, Paula –susurró, y sintiendo su debilidad, se acercó para besarla en el cuello.


Paula se arqueó contra él y un gemido de deseo salió de sus labios, al mismo tiempo que sus pechos ultra sensibles parecían inflamarse, lo mismo que aquel dulce lugar entre sus muslos. La respiración de Pedro se tornó tan entrecortada como la suya, pero antes de que pudiera rendirse a las sensaciones que recorrían su cuerpo y darle la respuesta que él quería, sintió un movimiento en su vientre.


¿–C’est le bébé? –preguntó, apartándose casi de un salto.


Ella asintió sin poder contener la risa ante su expresión horrorizada.


–Sí. Le gusta dar patadas.


Sin pensárselo, se abrió el albornoz, tomó su mano y la colocó sobre su vientre. El bebé contestó de inmediato.


–Il est très forte, ce bébé –dijo–. ¿No te hace daño?


–No. El médico dijo anoche que es muy activo. La mayoría de mujeres no sienten sus movimientos hasta las semana veinticinco, pero que lo haga ya es perfectamente natural y signo de que está muy sano –explicó sonriendo.


Le vió mirar su vientre como si pudiera ver a través de la piel y luego retiró la mano.


–La doctora Karim sugirió que fuéramos a la clínica esta mañana para hacerte una ecografía –dijo, mirando su reloj–. El conserje puede traer ropa nueva para tí y, en cuanto te hayas vestido, nos vamos.


No era una pregunta. La miraba con su acostumbrada intensidad, retándola a contradecirle, y Paula suspiró. No necesitaba una doctora de las caras teniendo un fantástico obstetra en el hospital público, pero sabía que para él era importante ofrecerle la mejor atención médica que el dinero pudiera comprar, así que no quiso rechazarla. 


–Está bien, Pedro. Si insistes… 


–Insisto.


–Supongo que debería darte las gracias porque no me vayas hacer ir en albornoz –sonrió, intentando animar el momento, antes de que la emoción la estrangulase.


–Es que me siento magnánimo –dijo él, apoyando de nuevo las manos en la pared más arriba de su cabeza–. Aunque te prefiero desnuda.


Ella se rió, pero el calor en su entrepierna se avivó de nuevo.


–Paula –apoyó la frente en la de ella–, tienes que casarte conmigo. Dime que sí, por favor.


Ahora no era una orden, sino un ruego preocupado. El bebé se movió entonces con delicadeza, como si le estuviera dando su consentimiento.


–Quiero que estés cuidada. ¿Es que no ves que es una locura que trabajes hasta la extenuación cuando no hay necesidad? Yo tengo dinero. Déjame gastarlo en el bebé y en tí, al menos hasta el nacimiento. 


La emoción se le amontonó en el pecho y bajó la mirada.


–Es que… No me siento cómoda con que me mantengas tú.