martes, 24 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 40

 —De acuerdo —ella sonrió a los ojos oscuros y brillantes, entusiasmada por lo que podrían depararle las siguientes cuarenta y ocho horas y, ojalá, muchas más.


—Bien.


Con una sonrisa satisfecha, Pedro saltó de la cama, hizo una serie de llamadas, todas en griego, y luego envió a buscar las pertenencias de Paula, que llegaron a la mañana siguiente.


Dos días después, a media mañana, el teléfono de Pedro sonó por enésima vez. Él dejó la cafetera sobre el fuego y sacó el móvil del bolsillo trasero de sus pantalones cortos. Era Federico. Resistiendo la tentación de rechazar la llamada y seguir preparando el desayuno, se recordó a sí mismo que seguía teniendo responsabilidades y pulsó el botón verde.


—Pedro —habló su hermano, tras saludarse—. ¿Dónde diablos estás y qué haces exactamente?


—Estoy en Santorini —respondió él mientras sacaba de una caja los cuatro cruasanes recién hechos que acababa de comprar—. Trabajo desde casa.


—Eso dijo tu ayudante. Lo que quiero saber es por qué.


—¿Por qué no?


Hubo una pausa, durante la cual Pedro sacó un yogur de la nevera.


—¿Estás enfermo? —preguntó Federico, preocupado.


—Nunca me he sentido mejor. ¿Por qué lo preguntas?


—Porque hace años que no trabajas desde casa. O nunca, ahora que lo pienso.


—Siguiendo tus instrucciones —contestó Pedro, pensando en Paula, durmiendo en el piso de arriba—. Me estoy relajando. Sin dejar de trabajar. Tú pareces conseguirlo.


—Claro… ¿Qué pasa?


—No pasa nada —aseguró él mientras volcaba el yogur en un cuenco—. ¿Qué pasa contigo?


—Suenas raro.


—Y tú confuso.


—Lo estoy. Tú no eres así. ¿Cuándo vuelves?


Pedro debería haber respondido «Mañana a primera hora», ya que solo les quedaba esa tarde. Pero no le salían las palabras. Porque lo cierto era que no quería volver a la realidad aún. Quería prolongar aún más la mini escapada con Paula, y no solo por el sexo. Había cosas sobre ella que cada vez le interesaban más saber. Por ejemplo, cómo se había convertido en artista. Por qué había elegido esos colores para el pelo y a qué se debían tantos pendientes y el piercing. Quería descubrir sus esperanzas, sus sueños, sus miedos… Para recordar, en caso necesario, por qué ella no le convenía. Desde que llegaran a la isla para embarcarse en un maratón sexual, las conversaciones habían sido escasas, impersonales e intrascendentes. Sin embargo, el día anterior, durante un almuerzo ligero junto a la piscina, ella le había preguntado sobre el imperio Stanhope Kallis, y habían acabado hablando de la dinámica de su familia.


—¿Por qué tienes que hacerlo todo tú? —le había preguntado, llevándose un dolmades a la boca.


—¿A qué te refieres? —él eligió una aceituna, la lanzó al aire y la atrapó en su boca, lo que le valió una sonrisa radiante y un breve aplauso.


—Tienes cinco hermanos —había señalado ella—. Todos trabajáis en la empresa de una forma u otra. Todos son hijos de Ana y ya son adultos. No tienes que ser tú quien cargue con toda la responsabilidad.


—No —había admitido Pedro. Curiosamente, nunca se le había ocurrido antes—. Es verdad. Pero es un papel que siempre me estuvo destinado y lo he desempeñado durante años. Renunciar al control es difícil.


—Renunciaste para tener sexo conmigo. Podrías hacerlo por otras cosas si quisieras.


Podría, en teoría, pero…


—Lo que yo quiera es irrelevante.


—Yo daría lo que fuera por tener a alguien con quien compartir el cuidado de los hijos —había asegurado ella—. Eres un maniático del control.


Pedro había asentido. Sospechaba que compartía demasiados genes lamentables con su madre y que su éxito como CEO se debía más a su fuerza de voluntad que a un talento innato.

Retrato: Capítulo 39

No iba a desaparecer durante un mes, solo estaría fuera de la oficina cuarenta y ocho horas máximo. Había estado en viajes de negocios más largos. Era improbable que ocurriera un desastre en tan poco tiempo y, si ocurría, siempre estaba al teléfono. Sus empleados, sus clientes, la junta directiva, nadie tenía por qué saber lo que hacía cuando no estaba en su despacho. Si Paula estaba de acuerdo, era un plan excelente desde el punto de vista personal y profesional, lo mejor de ambos mundos.


—Debería irme —suspiró su diosa, despegándose de él con una prometedora desgana.


—¿Eso quieres? —Pedro la tumbó boca arriba y la inmovilizó contra la cama.


La mirada esmeralda se encontró con la de él y el pulso en la base del cuello se agitó aceleradamente. Paula sacudió la cabeza, los colores de su cabello cálidos bajo el sol del atardecer, y él sintió un alivio absurdamente abrumador al saber que ella tampoco estaba saciada.


—Ahora mismo, no.


—Entonces no lo hagas.


Por supuesto que Paula aceptaría quedarse. Su única respuesta era «Sí, sí, sí». Abandonar Santorini, y a Pedro, había sido la única nota amarga de un magnífico fin de semana. No estaba preparada para irse. No solo había descubierto las maravillas del sexo, también estaba viviendo la aventura y la pasión de las que Ana le había hablado y que tanto había envidiado. El jet privado… La hermosa finca con su resplandeciente piscina infinita y la playa de guijarros… El guapo y enigmático multimillonario que la quemaba cada vez que la miraba, que le enseñaba fuegos artificiales y paciencia, lo que hiciera falta… ¿Por qué iba a querer renunciar a eso? No tenía nada urgente a lo que regresar. Su siguiente encargo no empezaría hasta pasado un tiempo. El puñado de compromisos sociales que tenía en la agenda eran fácilmente cancelables y el vecino que visitaba a su padre cada dos días la mantenía informada. Le quedaban unas dos semanas antes de que la realidad la golpeara con su dolor, pero para entonces ya habría desaparecido. Nadie había sido testigo del trauma que sufría cuando tenía la regla y nadie lo sería jamás. En esos momentos se sentía vulnerable, débil, una ruina. Pensar en la intimidad emocional que supondría tener a alguien presente le generó un nudo en la garganta y le revolvió el estómago. Leo, con sus tres hermanas, aseguraba que no se inmutaba por las cosas de chicas, pero incluso a él le impresionaría, y ella quería que la recordara como brillante y fuerte, como un momento loco y colorido en su, por lo demás, ordenada vida. Dispondría de poco más de una semana para jugar a ser Cenicienta, fingir que su vida no estaba gobernada por la endometriosis, pero era infinitamente mejor que la nada que había esperado.


—Mañana es lunes —observó ella—. ¿No tienes que trabajar?


—No necesito estar en la oficina. Podré quedarme uno o dos días más sin que la empresa implosione.


¿Solo uno o dos días más? Decepcionante. Insuficiente. Pero tal vez podría desplegar sus nuevas artimañas para persuadirle de que lo reconsiderara. Parecía estar de humor para cambiar de planes y, con el subidón que sentía ella, todo era posible. 

Retrato: Capítulo 38

 —Suelo estar en Atenas preparando reuniones.


—¿Cómo la fusión en Nueva York?


—Sí, aunque esa mañana la pasé dando vueltas por el apartamento, sintiéndome culpable.


—Lo has compensado con creces —aseguró Paula, preguntándose vagamente por qué le resultaba tan difícil dibujar esos pies—. No sabía que experimentar fuera tan gratificante.


—¿Cómo te sientes?


Menuda pregunta. Renunciando al dedo gordo del pie, Paula trató de formular una respuesta. Las últimas treinta y seis horas habían sido increíbles. Una vez superados sus miedos y desatada la pasión, había sido insaciable. Tantas posiciones. Tanto placer. No todo lo que habían probado había funcionado para ella, pero no había resultado incómodo en absoluto. Leo había sido infinitamente paciente, disparando su confianza, y ella había empezado a sopesar los pros y los contras de las aventuras efímeras y cuidadosamente programadas.


—Increíble —ella no sabría resumir todas las emociones que se agolpaban en su organismo—. Aliviada. Agradecida. Optimista. Muy contenta de haber aceptado tu proposición.


—Me refería físicamente.


Paula se sonrojó. Había olvidado que el fin de semana era más importante para ella que para él.


—Estoy dolorida. Pero en el buen sentido. He descubierto músculos y una resistencia que no sabía que tuviera.


—¿Te duele?


—No.


—Bien.


—¿Y tú? —preguntó ella, necesitando saber si él encontraba su inexperiencia excitante o tediosa, si solo era una buena causa para su complejo de héroe o si realmente la encontraba tan irresistible como ella a él.


—¿Yo? —Pedro arqueó una ceja oscura.


Ella asintió.


—Me siento muy bien —contestó con una sonrisa seductora que, para alivio de ella, sugería que no se había limitado a practicar unos movimientos mecánicamente—. Ven, te lo demostraré.



Pedro se sentía muy bien, completamente satisfecho. El domingo por la tarde, comprendió que un fin de semana no bastaría, que necesitaba más tiempo con Paula. Quería más de ese sexo asombrosamente ingenioso, tan increíble como había anticipado, posiblemente incluso mejor. La primera vez había sido lenta y cuidadosa. Tras descubrir de lo que su cuerpo era capaz, empoderada, ella había abrazado la experimentación con un entusiasmo que él jamás habría imaginado. La facilidad y rapidez con que adquiría nuevas habilidades era impresionante. El brillante manejo de los pasteles no era el único talento de sus manos, y las cosas que hacía con la boca… Theos. Ella le había hecho perder el control, varias veces, algo nuevo para él, pero a pesar de su malestar inicial, no había motivo para preocuparse. Nadie había resultado herido y, hasta donde él sabía, el mundo no se había acabado. Y por eso no le importaba alargar el fin de semana un día o dos.

Retrato: Capítulo 37

La tensión que la atenazaba se volvió insoportable, y cuando creyó que ya no aguantaría más, él encontró su núcleo y lo acarició como ella tanto necesitaba, y el cosquilleo que había comenzado en los dedos de los pies subió por las piernas, el cuerpo y los brazos. Sentía un tsunami de algo ardiente e insistente que se precipitaba hacia ella y, de repente, sin previo aviso, un volcán de placer estalló en su interior. Le recorrió el cuerpo como lava fundida, sacudiéndole las extremidades y echándole la cabeza hacia atrás. Mientras luchaba por respirar, medio jadeando, medio riendo, con los fuegos artificiales explotando tras sus ojos, nunca se había sentido tan extasiada, tan aliviada, tan inteligente.


—¿Qué haces?


Dos mañanas después, sentada con las piernas cruzadas en el sofá bajo una de las cuatro ventanas del dormitorio, Paula levantó la vista del bloc que tenía en el regazo y se encontró a Pedro tumbado de lado, apoyado sobre un codo. La observaba con una mirada soñolienta, aunque ardiente, que tuvo el poder de reavivar el deseo a pesar de que, después de todas las deliciosas cosas que habían hecho, debería sentirse saciada.


—Te estoy dibujando —contestó ella, resistiendo heroicamente el impulso de volver a la cama en la que habían pasado gran parte de las gloriosas treinta y seis horas anteriores, porque su cuerpo necesitaba urgentemente un descanso—. La luz aquí es increíble. ¿Te importa?


—¿Tienes pensado exponerlo?


—No. Esto es solo para mí. Algo que me recuerde el fin de semana, aunque no creo que vaya a olvidarlo.


—Entonces no me importa —Pedro le dió forma a su almohada y se tumbó boca abajo—. Pero no esperes que pose —advirtió—. Apenas puedo moverme.


—Puedes quedarte donde estás.


Eso era atravesado sobre la cama extragrande, desnudo salvo por la sábana blanca que le cubría las nalgas y la parte superior de los muslos. Un regalo para la vista. El sol de la mañana entraba por la ventana, bañando su piel bronceada con un precioso brillo iridiscente. No había centímetro de él que ella no hubiera explorado. Ninguna parte que no hubiera saboreado. Plasmar en un papel el calor salado y satinado de su piel y el poder embriagador de su cuerpo era imposible, aunque lo intentó con todas sus fuerzas.


—Estás muy sexy con mi camisa —murmuró él, con los ojos medio cerrados.


—Y tú muy sexy sin ella —Paula se estremeció al sentir el suave lino rozar su cuerpo.


—¿Qué hora es?


—Las diez.


—Hacía años que no dormía hasta tan tarde.


—Hemos estado ocupados.


—Hacía años que no estaba tan ocupado —la boca de Pedro esbozó una leve sonrisa.


¿Era normal sentir esa poderosa oleada de satisfacción y orgullo? Paula se permitió un momento para jactarse, pero enseguida se controló. No significaba que ella fuera especial. Probablemente solo significaba que Pedro rara vez disfrutaba de un fin de semana libre.


—¿Qué sueles hacer los domingos por la mañana? —preguntó ella, estudiando con determinación su pie derecho, tan absurdamente seductor como el resto de su cuerpo.


jueves, 19 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 36

La mirada ardiente de Pedro la recorrió, su respiración más lenta. La miraba como si quisiera devorarla, lo que, para su deleite, sugería que le gustaba tanto como a ella, a pesar de sus, sin duda, torpes esfuerzos por complacerlo. Tomó los pechos, llenos y pesados, y frotó los pezones con los pulgares. Paula jadeó ante la fuerte reacción. Sentía arder la piel y una descarga de mil voltios en su interior. Instintivamente, arqueó la espalda, necesitando que su boca sustituyera a sus manos, y cuando él lo hizo, se estremeció. El leve cosquilleo de su barba al rozarla intensificó las sensaciones. Se aferró a sus hombros y le agarró el pelo. El calor que recorría sus venas era más intenso que antes. El deseo mayor que cualquier otra cosa que hubiera conocido. Todo pensamiento coherente desaparecía rápidamente. Tenía que hacerlo, bastaba con ser fuerte e intrépida y… ¡Oh! Pedro se detuvo. Lo había conseguido. Su cuerpo, sus caderas, sobre todo, se habían movido por voluntad propia y él estaba dentro de ella. No demasiado profundo. No demasiado fuerte. Y… Estaba bien. Gracias a la paciencia y comprensión de Pedro, y a su voluntad de dejarle hacer, sacrificando su control por el bien de ella, y a su cuidado y consideración, no hubo dolor, solo cierta incomodidad que desaparecía por segundos. Paula sintió un nudo caliente y apretado en la garganta. La emoción se apoderó de ella, le escocían los ojos y se sentía agitada e inquieta. Pero tragó el nudo y parpadeó para disimular la emoción, porque necesitaba moverse. Animada, esperanzada, se mordió el labio y basculó tímidamente las caderas. Nada mal.


Pedro tenía los ojos clavados en los suyos, tan cerca que se distinguían motas doradas en el cálido marrón. Su reflejo temblaba en sus pupilas dilatadas. Paula tuvo la extraña sensación de que, si miraba bien, vería dentro de su alma. ¿Qué encontraría allí?, se preguntó, sintiendo cómo él se hinchaba y endurecía dentro de ella, aunque se mantenía quieto. ¿Y qué encontraría él en la suya? ¿Su profundo miedo al amor y al desamor? ¿La secreta y terrible vergüenza de estar a veces resentida con su madre por haber muerto y destruido sus sueños románticos? ¿El angustioso conflicto de saber que, por un lado, la cirugía la ayudaría físicamente, pero, por otro, la aterrorizaba morir y no despertar? Nada de eso incumbía a Pedro. Solo trataba de ayudarla a funcionar como ella quería, así que cerró los ojos y se apretó contra él. Lo besó con fuerza y empezó a mecerse. Pedro la sujetaba sin apretarla, dándole espacio para detenerse si lo necesitaba, pero ella no iba a ninguna parte. La postura estaba funcionando de maravilla. Así podía ajustarse y adaptarse. El balanceo era sensacional. La vista se le nublaba, la cabeza le daba vueltas y su cuerpo se convertía en una masa temblorosa de sensaciones. La respiración de él era agitada, sus músculos tensos. Su enorme cuerpo temblaba y sus manos se movían sobre su ardiente piel.

Retrato: Capítulo 35

En algún polvoriento rincón de su cerebro, fue vagamente consciente de que eso no debería estar sucediendo, de que debería centrarse en el placer de ella, pero tal vez Paula tuviera razón. Aliviar la intensidad de su necesidad para poder ocuparse de la de ella podría ser la decisión correcta. Desde su punto de vista, era la mejor decisión. El calor húmedo de su boca y las cosquillas de su pelo lo enloquecían. Su respiración era agitada, rápida y superficial. La tensión que se acumulaba en su interior era insoportable. Estaba a punto de perder el control. Intentó echarle la cabeza hacia atrás, pero ella continuó, y él no habría podido protestar, aunque hubiera querido. Cuando Paula aumentó la presión y el ritmo, Pedro perdió toda capacidad de pensamiento. Ardía, se estremecía y, sin poder controlarlo, con las manos en el pelo de ella, el clímax atravesó su cuerpo con la fuerza de una bola de demolición. Con un gemido, echó la cabeza hacia atrás y explotó, palpitando implacablemente hasta vaciarse por completo.


—Bueno, ya sabemos que esto funciona —afirmó Paula con una ligereza que contradecía el estruendo de su corazón, el doloroso y ardiente palpitar entre sus piernas y la intensa sensación de triunfo que la invadía.


Arrodillada, se apartó el pelo de la cara. El sabor salado y almizclado permanecía deliciosamente en su lengua. Le dolía la mandíbula, pero daba igual. La expresión aturdida de Pedro le hizo sentir como si hubiera conquistado el mundo.


—Ha sido… Eres… Increíble —los ojos de Pedro estaban vidriosos y su voz era ronca.


—¿Podría haberlo hecho mejor?


—Espero que no. Dudo que sobreviviera.


—Bueno es saberlo.


—Me hiciste perder el control.


—¿Y cómo te sientes al respecto?


—No estoy del todo seguro —murmuró él con el ceño fruncido—. ¿Inquieto? Es mezquino quejarse, pero se suponía que te iba a empoderar.


—Lo hiciste. Te lo demostraré.


Paula se deslizó hacia arriba y se agachó para besarlo mientras se acomodaba a horcajadas sobre sus caderas, las piernas de él estiradas detrás de ella. Su corazón cabalgaba al sentirlo contra ella, duro, aunque no tanto como antes. Se sintió fugazmente nerviosa, pero había leído que esa postura, en la que ella pudiera marcar el ritmo, era buena. Estaba caliente, mojada, preparada y tan valiente como podría estarlo.


—¿Preservativo? —le susurró al oído.


Con ojos brillantes, Pedro rebuscó en el cajón de la mesilla mientras Paula se quitaba las bragas, y solo quedaba hundirse sobre él. Pero estaba demasiado tensa, y no iba a funcionar si no se relajaba. Y cuanto más intentaba relajarse más tensa se ponía, empeorándolo todo. Era horrible. Como si percibiera sus dudas y temores, Pedro se movió, impidiendo la penetración y, para alivio de ella, la ansiedad disminuyó al instante. Él la besó lenta y profundamente y ella se acurrucó contra él, prácticamente ronroneando. Pedro pasó las manos por su espalda, encontró la cremallera del vestido y la deslizó hacia abajo. Paula se estremeció cuando él le subió la prenda por la cabeza y la tiró al suelo.


Retrato: Capítulo 34

Cuando la apretó contra su erección, Paula gimió, derritiéndose por dentro. No podía acercarse lo suficiente. Su cabeza se llenó de su aroma y su cuerpo se inundó de calor. Lo deseaba tanto dentro de ella que dolía, pero ahí había ido mal antes. Lo que sentía no había bastado. Ella había percibido su desesperación y el momento en que el control había saltado. Quizá la profundidad de su penetración y la potencia de sus embestidas habían contribuido a su malestar aquella noche. Tal vez hubiera alguna forma de evitarlo. Interrumpiendo el beso y respirando con dificultad, se giró para sentarse a horcajadas sobre él. Con dedos temblorosos, empezó a desabrocharle los botones de la arrugada camisa. La abrió y puso las manos sobre su cálida piel bronceada, cubierta de vello oscuro, y sintió una punzada de embriagadora satisfacción cuando él siseó. Agachó la cabeza y pegó la boca al pecho de él, sintiendo su estremecimiento. Besó su torso y los rígidos músculos de sus abdominales.


—No, Paula —murmuró él, sujetándole la mano sobre la hebilla del cinturón cuando sus intenciones se hicieron evidentes.


—¿Cuánto me deseas?


—¿No se nota?


Claro que se notaba. Estaba duro como una roca bajo sus manos. Paula quería sentirlo, explorarlo, saborearlo, comprobar si podía hacerlo estallar como había hecho él con ella.


—Dijiste que yo mandaría y quiero hacerlo. Creo que nos hará ir más despacio. Creo que ayudará. Dime qué te gusta. Dime si lo hago mal.


Con un áspero gemido de derrota, Pedro levantó las caderas y ayudó a Paula a quitarle los vaqueros y la ropa interior. Se deslizó hacia arriba y se recostó contra el cabecero mientras ella se acomodaba entre sus piernas. Tomó el miembro con una mano y él cerró los ojos mientras un placer incandescente lo atravesaba. Nada que ella pudiera hacer estaría mal. Nada. Cada tímido roce de sus dedos, cada lento tirón de su mano, lo excitaba más y más. Cuando sintió su aliento sobre él, la cabeza le dio vueltas. Cuando su boca se cerró sobre él, el corazón casi se salió del pecho. Cometió el error de abrir los ojos y mirar hacia abajo, y tuvo que agarrar las sábanas para no hundir las manos en el precioso pelo multicolor para guiarla como él quería. Si hubiera sido capaz de pensar, Pedro se habría maravillado por cómo ella leía su cuerpo a pesar de su inexperiencia. No tenía que decirle lo que le gustaba. Instintivamente, ella parecía saberlo.