jueves, 16 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 24

Cinco meses más tarde



-Tienes que ver el fiestón que hay esta noche. Te juro que he visto más actores que en los cines de mi barrio.


–Genial.


Paula sonrió a Diana, cuyo entusiasmo en aquel último trabajo de camareras resultaría contagioso, de no estar ella tan agotada. Se subió la cremallera de la falda negra y corta que llevaba, pero no se abrochó el botón de la cinturilla. Al ponerse la camisa blanca, se encontró con que los botones parecían a punto de arrancarse de cómo le había crecido el busto. ¿Cuánto tiempo más iba a poder ocultar su estado, y qué iba a hacer cuando llegase ese día? Aquel trabajo era lo único que tenía para mantenerse a flote, pero trabajar todos los turnos que podía pedir estaba empezando a pasarle factura. Cerró con fuerza la puerta de su taquilla, se calzó los zapatos de tacón que el hotel de la zona de los muelles de Londres exigía y se llevó la mano al vientre, lo que hizo que el miedo aflojase un poco. El amor que ya sentía por aquella criatura dibujó una sonrisa en sus labios. Aquel bebé era suyo y solo suyo, algo que podría amar y atesorar como no habían hecho con ella.


–¿De cuánto estás, cariño? –preguntó Diana en voz baja.


Apartó rápidamente la mano y el miedo volvió a apretarle la garganta.


–Yo… ¿Cómo lo has sabido? –balbució.


 Diana era su amiga. No se lo diría a la jefa, ¿No?


–Porque tienes la misma expresión soñadora que tuve yo con mis dos embarazos –sonrió–. Y esa tripita cada vez pasa menos desapercibida.


–¿Tanto se me nota? –musitó, el agotamiento amenazando con derrotarla–. No puedo… no puedo permitirme perder ningún turno.


–¿No tienes a alguien que pueda echarte una mano?


Paula negó con la cabeza, agradeciéndole que no hubiera hecho la pregunta más obvia: ¿Dónde está el padre?


–Vale. Yo llevaré todas las bebidas, y tú quédate con los canapés. Pesan menos.


–Gracias –sonrió, parpadeando deprisa, emocionada.


–¿Quién sabe? Igual encuentras un sugar daddy esta noche –le dijo Diana mientras subían las escaleras de servicio que daban al salón de baile en el que se estaba celebrando San Valentín, el evento para el que las habían contratado–. Desde luego, ricos hay a porrillo.


–Ojalá –respondió Paula, obligándose a sonreír. Desde luego, había un rico al que ella no quería ver de ninguna manera.


En la cocina llenaron su primera bandeja y salió con ella. Paula se colocó su mejor sonrisa. Las personas que abarrotaban el salón de baile pertenecían a un mundo alejado del suyo. Aquel era el mundo de Pedro. Ricos, guapos, arrogantes, privilegiados. Ojalá el dolor que sentía en el pecho cada vez que pensaba en Pedro y su noche juntos pasase pronto. Había debatido mucho consigo misma sobre si decirle o no que estaba embarazada. ¿No se merecía todo hombre saber que iba a ser padre? ¿Y no se merecía cualquier niño conocer a su progenitor? A pesar de sus actos, Pedro había sido tierno con ella aquella noche, después de enterarse de que era virgen. Y sabía que sus sentimientos podían ser muy hondos, tal y como había reaccionado ante el testamento de André. Pero al pensar en su propio padre, en el modo en que la había abandonado, y el modo que Pedro también lo había hecho… Supo que había tomado la decisión correcta.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 23

Lo sorprendente del caso fue darse cuenta de que no volver a tenerla en su cama no era lo que más lamentaba. ¿Y si no volvía a ver su cara, tan abierta, tan confiada, las mejillas coloreadas por el deseo? ¿Y si nunca volvía a oír su voz? Caron dejó los documentos sobre la mesa con un golpe, que fue el que lo sacó de su ensimismamiento.


–Ha renunciado a todos sus derechos sobre esta propiedad y las demás de De la Mare –suspiró–. Mañana por la mañana presentaré los documentos ante el tribunal, y las propiedades se subastarán para pagar las deudas. Sabía que era usted implacable –añadió, acusador–, pero no me imaginaba hasta qué punto.


No podía rebatirle nada. Desde luego no era su intención que la declaración se hiciera pública, y menos aún que se filtrara a la prensa. Y tampoco había seducido a Paula teniendo en mente otros motivos, pero lo que le dijera Gabriel Caron le traía al pairo. La censura pública o privada nunca le había impedido hacer lo que quería hacer para que su negocio se expandiera y destruir a sus rivales, lo cual hacía que la sensación de acartonamiento que se le extendía por el cuerpo le estuviera resultando totalmente inexplicable e incomprensible. ¿Por qué le importaba lo que Paula pudiera pensar de él?


–Tenga –continuó el abogado, entregándole un sobre cerrado en el que iba escrito su nombre con tinta negra–. También le ha dejado esto. De un tirón se lo arrebató y lo abrió:


"Pedro, me he dado cuenta de que lo que ocurrió anoche no fue más que un medio para alcanzar un fin, y fui una inocente al pensar que podía ser otra cosa. Espero que ahora logres estar en paz con tu padre. Paula Chaves".


Soltó la misiva y se pasó las manos por el pelo. Así que creía que había estado todo planeado. Que la había seducido, rebajándose a utilizar su propio cuerpo, para hacerse con la propiedad y lograr sus ambiciones.  ¿De verdad podía pensar que lo que había ocurrido entre ellos no había sido para él tan espontáneo como para ella? Sí, su equipo legal había cometido un error garrafal, y rodarían cabezas por ello, pero ¿Por qué no se había quedado para luchar? ¿Por qué renunciar tan fácilmente? Y esa tontería sobre su padre… A él, el muy bastardo le importaba un comino. Hacía mucho que había superado su rechazo. ¿Por qué no le había creído?


–Tiene que decirme dónde ha ido –exigió al abogado.


–Ya le he dicho que no tengo ni idea. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que ella misma supiera adónde iba. He tenido que emplear todo mi poder de persuasión para que me aceptara unos cientos de dólares y que pudiera comprarse el billete de tren y sobrevivir hasta que encuentre trabajo.


–¿No tiene dinero? –preguntó, sintiendo cómo crecía su furia–. ¿Cómo es que no tiene dinero? ¿Es que no trabajaba para De la Mare? Algo debió ahorrar, ¿No?


–Hacía meses que André no la pagaba –explicó, y su rabia subió a la estratosfera–. Ese fue el argumento que utilizó para convencerla de que se casara con él. Al parecer, le dijo que podría dejarle el dinero que le debía en su testamento en forma de pensión, si era su esposa legalmente. Si yo lo hubiera sabido antes, le habría dicho que no iba a recibir pensión alguna.


–Maldito bastardo… –masculló, y salió a la puerta de la casa.


Su padre siempre había sido un cerdo. No le sorprendía lo más mínimo que hubiera sido capaz de urdir aquella patraña barata para engañar a su ama de llaves y no pagarle las mensualidades que le debía antes de morir y, de paso, impedir que él llegara a hacerse dueño del legado De la Mare. Pero si Paula no tenía un céntimo, ¿Por qué no había aceptado su ofrecimiento? ¿Y por qué había capitulado tan fácilmente con lo del testamento? Qué locura. Entendía bien lo que era el orgullo, pero no se podía comer orgullo, ni tampoco tener un techo sobre la cabeza. ¿Tan repugnante le resultaba la idea de convertirse en su amante que prefería morirse de hambre? Dejó atrás el grupo de periodistas e ignoró los flashes que le deslumbraron y las preguntas que le gritaron. Sacó el móvil del bolsillo y marcó. Al subir al coche, conectó el manos libres y comenzó a lanzar órdenes mientras daba marcha atrás para salir. Necesitaba que encontrasen a Paula Chaves. Tomó la dirección de la estación de tren. Solo le llevaba unas pocas horas de ventaja. Y mientras salía, una asfixiante sensación de culpa que no entendía del todo amenazaba con paralizarle, además de una aterradora sensación de déjà vu. La voz de su madre sonó en su cabeza… Una voz que le había perseguido en sueños durante años después de su muerte.


–«Pedro, ne t’en vas pas. Je ne peux pas vivre sans toi». «Pedro, no te vayas. No puedo vivir sin tí». 


Una Noche Inolvidable: Capítulo 22

El capataz se limitó a asentir. Pedro echó a andar hacia su coche y la furia crecía con cada paso que daba.


–Pero si tú no has dado permiso, entonces ¿Quién? –preguntó Carson, corriendo por la tierra con sus zapatos de doscientos dólares.


–No lo sé, pero lo voy a averiguar.


De un salto se subió a la furgoneta. El imbécil que hubiera hecho aquello iba a pagárselas, pero junto con la furia, era el miedo el que empujaba su estómago hacia la garganta. Paula. Nunca había sido su intención humillarla públicamente, y si los detalles de su primera noche juntos –detalles que había compartido confidencialmente con su abogado– eran ahora el centro de una tormenta mediática, era eso exactamente lo que iba a lograr. Había visto su vergüenza en el cuarto de baño, una vergüenza que no tenía sentido alguno porque era inocente. De hecho, la química entre ellos había sido tan fuerte que ninguno de los dos habría sido capaz de negarla durante mucho tiempo. Lo que había ocurrido era inevitable; inevitable y bueno para ambos. Tanto que no había podido dejar de pensar cuándo podría volver a tenerla en su cama. Apretó el volante con las manos. La recordó con las manos entrelazadas en el regazo mientras él la limpiaba con todo el cuidado y examinaba la piel enrojecida. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, el estómago se le encogió y el corazón se le subió a la garganta. Aquel era el mismo sentimiento que le había perseguido durante años después de dejar Borgoña: Culpa. Puso en marcha el coche y pisó el acelerador. Carson dió un salto cuando la arena salpicó su traje y el SUV voló por el camino hacia la carretera, en dirección a las tierras de De la Mare. En dirección a La Maison de la Lune. Y mentalmente se preparó para hacer algo que no había vuelto a hacer desde la mañana en que le dijo a su madre que se iba de Borgoña: Disculparse con una mujer. Tardó diez minutos en llegar y se encontró con que había un grupo de periodistas de una emisora local recogiendo su equipo pero, en cuanto lo vieron bajar del coche, uno de ellos corrió hacia él micrófono en mano, con el cámara pegado a sus talones. Un micrófono que le metió en la cara mientras le lanzaba una ristra de preguntas sobre su escandaloso encuentro con madame De la Mare.


–Sans commentaires –espetó, y se hizo a un lado para llamar a la puerta–. Paula, ábreme. Necesito hablar contigo.


Tras cinco agónicos minutos, la puerta se abrió y Gabriel Caron lo miró con el ceño fruncido.


–¿Usted? ¿Qué hace aquí? ¿Es que no ha causado ya bastante…


–¡Tais-toi! –le cortó, y entró en tromba–. No quiero darles a esos parásitos más de lo que hablar –continuó.


–Su repentino deseo de discreción me resulta difícil de creer –replicó el abogado–. Teniendo en cuenta el daño que ha causado ya…


–¿Dónde está Paula? –preguntó sin prestarle más atención.


Entró en el zaguán y de golpe notó un vacío que no había estado la noche anterior. ¿Dónde estaba el calor, los toques de personalidad y hospitalidad que había percibido al entrar? ¿Las flores naturales en el jarrón? ¿El perfume a lavanda y romero? ¿El aroma erótico que era la propia Paula y que le había vuelto completamente loco?


–¿Paula? –gritó de nuevo–. Deja de esconderte. Tenemos que hablar.


–Se ha marchado –lo interrumpió, y sonó a acusación teñida de tristeza–. Se ha marchado esta mañana antes de que llegaran los periodistas, gracias a Dios.


–¿Dónde se ha ido?


–No lo sé, pero ha dejado esto para usted.


Y le ofreció unos documentos que parecían oficiales. Pedro se guardó las manos en los bolsillos con el ceño fruncido. No quería aceptarlos. ¿Paula se había ido? ¿Sin ponerse en contacto con él? ¿Sin darle ocasión de explicarse?


–Tenga. Es lo que usted quería –le acusó abiertamente.


Pedro sintió una punzada de remordimiento en el estómago. Contuvieran lo que contuviesen aquellos documentos, no era el resultado que tenía planeado. ¿Y si nunca podía volver a tenerla en los brazos? ¿Y si ya no oía nunca más sus suspiros? ¿Y si no sentía su cuerpo pegado al suyo?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 21

 La realidad de lo que Pedro había hecho empezaba a calarle hasta los huesos como un virus, debilitándola y causándole un horrible dolor. Aquello era solo culpa suya por pensar que podía enfrentarse a un lobo y sobrevivir. Se había dado cuenta de lo mucho que odiaba a su padre, pero no le había creído capaz de semejante crueldad: Que estuviera dispuesto a destruir su reputación y su hogar solo por llevar a cabo su venganza. Las lágrimas que no se había permitido derramar la noche anterior rodaron por sus mejillas.


–Madame, no desespere –le dijo el abogado, poniendo una mano paternal sobre la suya–. Rebatiremos sus acusaciones. De hecho, puede que incluso nos haya facilitado una ventaja táctica. Decir tales mentiras nos permite demandarle por difamación.


–No podemos –murmuró, secándose las lágrimas para mirarlo a los ojos–, porque todo lo que ha dicho es cierto.



–Pedro, ¿No es ese tu director de comunicación? –Sergio Dupont, el capataz de los viñedos de Pedro, parecía divertido–. ¿Y qué hace ese aquí, donde se curra de verdad?


Pedro apartó la mirada del pámpano que estaba atando. Llevaban todo el día inspeccionando las vides nuevas y se secó la frente.


–Eso parece –contestó. 


Estaba acostumbrado a la ironía con que Sergio trataba todo lo relativo al marketing que acompañaba a la comercialización de los vinos. Además, en aquel caso tenía razón para estar divertido, porque Javier Carson parecía completamente incongruente allí, con su traje de diseño y sus zapatos caros, entre filas de vides. Pasar el día trabajando en el campo le había parecido un buen modo de olvidarse de la preocupación por la situación de Paula Chaves. Por su situación, por el persistente deseo que no había modo de calmar y, por supuesto, por el paso que se había visto obligado a dar aquella mañana. Había llamado a su equipo legal a primera hora, después de pasarse la noche intentando encontrar una solución a la terca negativa de Paula a considerar siquiera su oferta. La declaración que había firmado le hacía sentirse incómodo. Era implacable, pero no era la primera vez que hacía algo así para conseguir lo que quería, y ella no le había dejado otra salida. Tenía que romper como fuera su equivocado sentido de la lealtad con De la Mare, y en vista del problema de un posible embarazo, no tenía tiempo de andarse por las ramas. Quería tenerla instalada en el Château Durand cuando antes, y poner en marcha la compra de las tierras de De la Mare antes de salir a la semana siguiente para sus viñedos de California. Así, cuando volviera, habría superado la fase del pataleo y le vería las ventajas a ser su amante. Lo cierto era que la noche anterior había perdido los estribos cuando le había mencionado a su padre. Los celos, por muy absurdo que fuera, le habían cegado, pero en realidad casi todas las reacciones que había tenido con Paula eran absurdas. Sin embargo, después de pasarse la noche en blanco pensando en cómo se había deshecho en sus brazos, había llegado a varias conclusiones importantes. No tenía por qué sentirse celoso de su padre. No solo estaba muerto, sino que Paula no se había entregado a él. Por otro lado, también era posible que se hubiera precipitado en su insistencia de derruir La Maison de la Lune. Le había hecho esa amenaza a su padre porque, que tuviera la desfachatez de pedirle ayuda apelando a sus sentimientos por aquel lugar, cuando ni siquiera le había estado permitido traspasar su umbral… Pero su objetivo al volver a Borgoña había sido el de crear su propio legado y obtener unos vinos que fueran mucho mejores que los de De la Mare. Ser propietario de las viñas en las que tanto había sudado de crío. Pero si Paula accedía a vivir en Château Alfonso, él quizás podría mostrarse magnánimo con la casa… Cuando Carson llegó a su altura, sudaba profusamente.


–Pedro, ¿Por qué nunca contestas al teléfono? –espetó, con su marcado acento californiano.


–No lo llevo encima –replicó, encogiéndose de hombros–. ¿Qué ocurre?


–Necesitamos que vuelvas. Internet echa humo, y tenemos a los periodistas locales acampados delante de la puerta de la oficina. La historia amenaza con pasar a ser de ámbito nacional.


–¿Qué historia? –preguntó, tan molesto como confuso. 


Que un subordinado lo llamase al orden no le hacía demasiada gracia.


–La que tu equipo legal ha lanzado a las nueve de la mañana, en la que cuestionas la validez legal del matrimonio de André de la Mare porque anoche sedujiste a su esposa.


–¿Qué dices? –explotó, y su grito se oyó por todo el viñedo–. ¡Yo no he dado permiso para tal cosa! –¿Alguien en Brocard et Fils, sus abogados, había dado a la prensa los detalles de la declaración que había firmado? Una lava ardiente le subió por el pecho, amenazando con hacerle explotar. Termina tú, Sergio –dijo, lanzándole la tijera–. Tengo que irme.

martes, 14 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 20

Gabriel: "Madame de la Mare, ha habido un cambio significativo en lo relativo a la herencia de su esposo. ¿Puedo pasar esta mañana por La Maison para hablar de la situación?"


Paula se despertó con el mensaje de Gabriel en el teléfono. Contestó diciéndole que podría recibirle en media hora. Se había llevado una buena sorpresa al comprobar que eran más de las diez. Había dormido fatal, soñando constantemente con el encuentro con Pedro Alfonso, de modo que abrió los postigos del dormitorio al que se había trasladado cuando él se marchó y respiró hondo mientras contemplaba la luz de aquella mañana de septiembre. No sirvió de nada. Tras una larga ducha caliente en un vano intento de despejar sus pensamientos y comprender por qué seguía sintiendo un vago pulso de deseo, se vistió con unos pantalones cortos y una camiseta. Volvió a su propia alcoba y quitó las sábanas de la cama intentando no ver las manchas de sangre que había dejado su inocencia perdida. No perdida: Tirada. Las bajó y las metió en la vieja lavadora. Ojalá pudiera hacer desaparecer su estupidez con un lavado, y también los recuerdos de su noche con Pedro. ¿Sería cosa de su imaginación, o era posible que aún pudiera percibir su olor a madera de sándalo y sal en su piel recién lavada? Necesitaba café, mucho café, antes de enfrentarse al abogado de André. Lo último que quería era que Gabriel pudiera llegar a imaginarse lo que había hecho la noche anterior, y estaba con el segundo café en la mano cuando oyó su coche detenerse ante la puerta. Llegaba cinco minutos antes de la hora, y mientras iba a abrir se preguntó si Pedro habría iniciado acciones legales para impugnar el testamento de André. ¿Por qué si no iba a querer verla el abogado tan temprano? Abrió la puerta y la expresión de la cara de Gabriel no le presagió nada bueno. Desde luego, no testaba allí por una nimia formalidad.


–Madame de la Mare, hay un problema con el testamento. Esta mañana, el equipo legal de Pedro Alfonso ha hecho unas reclamaciones que debemos dirimir inmediatamente. ¿Puedo entrar?


–Sí, claro, por supuesto.


Abrió para que el abogado pasara y le siguió a la cocina con una extraña premonición. Se sentía como si estuviera metida en una pesadilla mientras servía un café y el abogado dejaba su maletín sobre la mesa.


–¿Qué reclamaciones? –preguntó.


–Alfonso ha firmado una declaración jurada en la que dice que él y usted mantuvieron anoche relaciones sexuales y que, en ese proceso, él descubrió que era usted virgen –el color teñía las mejillas del pálido abogado.


Le costaba entender. ¿Que Pedro le había dicho a su equipo legal que ella era virgen? ¿Por qué? No tardó en descubrir la razón.


–El equipo de Alfonso está buscando el modo de anular su matrimonio basándose en el hecho de que no había sido consumado. Por supuesto, no hay precedente en la ley francesa que establezca que, porque no haya sido consumado, el matrimonio no sea legal, pero dado que está intentando demostrar que usted nunca mantuvo una relación íntima con su esposo, aun incluso antes de la boda, puede que ante el tribunal tenga cierto peso. Pero lo que resulta verdaderamente vergonzoso es que su equipo haya emitido un comunicado de prensa en el que detalla qué es lo que Pedro le reclama a usted, sin duda para obligarla a que nos retiremos y evitar un escándalo mayor. Pedro Alfonso es un… –Gabriel se contuvo para no lanzar un improperio, él, un hombre tan afable siempre–. El camino que debemos seguir es claro: Tenemos que atacar de inmediato sus mentiras haciendo una declaración jurada en la que deje bien claro que su reclamación carece por completo de base, además de emitir un comunicado de prensa para que toda la región se entere de la clase de… De… Basura que es.


Sus ojos castaños relucían con deseos de batalla. Paula sintió que las piernas no le sujetaban y la taza se le escurrió de las manos, pero el ruido de la porcelana al romperse quedó ahogado por los latidos de su corazón.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 19

Pero sus insultos volvieron a perseguirla en aquel momento. ¿Sería eso lo que de verdad pensaba de ella?


–Tenemos una química poco ordinaria, Paula. Sería una locura no disfrutarla mientras dure.


Y tomó su mano para que se levantara, rodearle la cintura y besarla en el cuello. Ella se estremeció con una necesidad imposible de disimular, pero encontró la fuerza para poner las manos en su pecho desnudo y empujar.


–Pedro, por favor, no.


–¿Por qué no? –sonrió–. Si puedo oler lo mucho que todavía me deseas.


Se apretó el cinturón del albornoz, consciente de su desnudez y de la facilidad con que podía poner su propio cuerpo en contra suya. Pero no se sentía solo herida e insultada, sino idiota. Se estaba riendo de su inocencia. Eso lo comprendía. Había sido una inocente de marca mayor al dejarse llevar a la cama sin tan siquiera pensar en las consecuencias, y entregarle su virginidad sin darse cuenta de cuánto poder le estaba confiriendo.


–Creo que deberías irte –le dijo, y la rabia la ayudó a controlar sus nervios.


Su sonrisa se apagó.


–¿Qué tontería es esta, Paula? –preguntó, e intentó acariciarle la mejilla, pero ella retrocedió.


–Necesito pensar.


Sabía por experiencia que siempre había un precio que pagar por tomar la salida fácil.


–¿Qué tienes que pensar? Ahora eres mía, y necesitas atención médica y una casa. Es la mejor solución.


–La mejor solución para tí, querrás decir –replicó en un azote de ira–. No quiero ser tu mantenida.


–¿Mi mantenida? –se burló–. ¿Pero qué significa eso?


-Que serías mi dueño.


–Me ocuparía de tí, pero no sería tu dueño –contestó, haciendo un esfuerzo por controlar su temperamento–. Vivirías en Château Alfonso, pero serías libre de salir cuando quisieras.


–¡Es que mi casa es esta, Pedro, y no quiero irme de aquí! No quiero que la derribes solo por el hecho de que puedes hacerlo. Soy consciente de que tu situación con André era complicada, pero me dejó a mí La Maison. Puedes quedarte con las viñas. Seguro que hay un modo de impugnar el testamento de André para que eso cambie, pero yo no puedo permitir que derribes su casa. Se lo debo.


En cuanto mencionó el nombre de André, supo que se había equivocado. Su expresión se volvió tormentosa y una determinación de acero congeló su mirada.


–Tú a ese bastardo no le debes nada. Te utilizó para llegar hasta mí, y si no eres capaz de verlo, es que eres más inocente de lo que las pruebas demuestran. Y no voy a cambiar de opinión respecto a esta casa. Le dije que la tiraría abajo en cuanto él estuviera bajo tierra, y es lo que voy a hacer.


–¿Se lo dijiste? –se sorprendió–. ¿Cuándo se lo dijiste?


Ahora lo veía todo claro: Su determinación no tenía nada que ver con el negocio, sino con una necesidad de vengarse de un hombre muerto.


–Hace años.


–¿Cuántos? –preguntó, horrorizada. ¿La habría seducido deliberadamente, o habría sido real la explosión de calor que habían sentido? Igual, acostarse con ella en casa de André solo unas horas después de su entierro había sido otro modo de vengarse del hombre que lo había explotado y rechazado. ¿La habrían utilizado tanto André como su hijo?–. ¿Hace diez? ¿Cinco? ¿Dos?


–¿Qué importa eso? –espetó. El acero en su voz quedaba muy lejos de las llamas en su mirada–. Me has entregado tu virginidad, así que cualquier lealtad que tuvieras hacia él ya no significa nada.


–Esto no tiene que ver con mi lealtad hacia André. Tiene que ver con tu sed de venganza.


–Esta conversación es una locura. André está muerto, y tú necesitas un sitio en el que vivir porque La Maison de la Lune pronto va a desaparecer, lo cual significa que tienes que madurar y dejar de decir tonterías.


Antes de que pudiera procesar su respuesta, Pedro salió del baño, se arrancó la toalla y comenzó a vestirse. Aún no se había abrochado la camisa cuando volvió hasta ella y, poniéndole una mano en la mejilla, la besó en los labios. Su boca traidora se abrió para él, y su cuerpo empezó a derretirse aun cuando tenía las manos puestas en su abdomen intentando hallar la fuerza para resistirse. Cuando por fin se separaron, los dos jadeaban y se notaban los pezones de Paula debajo de la bata.


–Tu cuerpo sabe que me perteneces aun cuando tú no eres consciente de ello –dijo, rozándole uno–. Cuando estés preparada para enfrentarte a la realidad, te estaré esperando.


Y Paula se quedó clavada en el sitio hasta que oyó cerrarse la puerta principal. Entonces se acercó a la ventana, a pesar de que le temblaban las piernas, y le vió subirse al coche y alejarse en la noche mientras sus palabras se repetían una y otra vez en su cabeza. «Tu cuerpo sabe que me perteneces». No era una amenaza, sino una promesa. Se había metido en la guarida del lobo pero, a diferencia de Caperucita Roja, ella no estaba segura de ser lo bastante lista o fuerte para volver a salir antes de que Pedro Alfonso la devorase.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 18

 –Si hay… –Paula suspiró–. Si hay consecuencias, puedo ocuparme.


Lo dijo sin mirarlo directamente, y Pedro sintió que su acostumbrado cinismo volvía. Por muy inocente que pudiera parecer, no iba a confiar en que una mujer se ocupara de las consecuencias, como había dicho con toda frialdad. Él era un hombre rico y, aunque ella desconociera las verdaderas razones por las que su padre había querido casarse, el hecho seguía siendo que se había casado con un hombre al que no amaba. ¿Y si se había hecho la idea de que también a él podía atraparlo en un matrimonio?


–Si hay consecuencias, es tanto responsabilidad mía como tuya – respondió–. Creo que la mejor solución es que te vengas a vivir a Château Alfonso. Puedo concertarte una cita con un médico lo antes posible para asegurarnos de que el embarazo, si lo hay, no siga su curso.


Ella levantó la cabeza y sus ojos azules brillaron como zafiros. Lo cierto era que iba a ser una amante magnífica. No solo era exquisita y sorprendentemente franca, sino que no podía recordar haber deseado tanto a otra mujer. Solo pensar en todas las cosas que podía enseñarle y el placer que podían compartir mientras lo hacía logró que toda la sangre se le concentrara en la entrepierna. Pero entonces la oyó decir algo totalmente absurdo:


–¿Me estás ofreciendo un trabajo? ¿De ama de llaves? Es… Es increíble, y así se solucionarían nuestros problemas –respondió, esperanzada, mientras él buscaba el modo de sacarla de su error–. Estaría encantada de renunciar a mis derechos sobre las tierras de De la Mare si reconsideraras tus planes de demoler La Maison. Sé que necesitas la tierra, pero debe haber un modo de salvar…


–No te estoy ofreciendo trabajo, y mis planes para la casa no van a cambiar –la interrumpió con impaciencia–. No necesito un ama de llaves – sentenció, y al ver la esperanza morir en su mirada, se sintió como si le hubiera dado de patadas a un gatito–. Y tú no vas a necesitar un trabajo porque vas a disfrutar de una generosa asignación.


–Pero… ¿Por qué me vas a pagar si no voy a trabajar para tí?


Desde luego, aquello era completamente ridículo. No podía ser tan inocente. Era imposible.


–Paula –suspiró–, no te voy a pagar por nada. Simplemente me voy a ocupar de mantenerte mientras seas mi amante.


-¿Tu amante? –exclamó, horrorizada. 


El ofrecimiento no solo era descarado sino insultantemente pragmático. Como si fuera perfectamente razonable ofrecerle un dinero a una mujer por acostarse con ella. Quizás fuera perfectamente racional en el mundo en el que vivía él. ¿Qué sabía ella de esas esferas, de ese mundo de fiestas lujosas, de bailes elegantes y soirées carísimas que tenían lugar en enormes yates en la Costa Azul, o en los grandes hoteles de Londres, o las arenas blancas de las Bahamas? Puede que a las mujeres con las que salía, glamurosas modelos y actrices, les pareciera perfectamente bien que Alfonso pagara siempre la factura. Además, ellas nunca dependerían de su generosidad porque tenían dinero propio, estatus, contactos, conocían perfectamente aquel mundo extraño y su forma de funcionar. Pero, en el caso de alguien como ella, que había tenido que luchar para conseguir cualquier mínima dignidad y respeto, ¿Cómo no iba a quedar comprometida por semejante acuerdo? Y no solo comprometida, sino transformada en una propiedad porque, sin trabajo, sin disponer de modo alguno para pagarse sus propios gastos, dependería por completo de él. Sería de su propiedad.


–Sí –contestó Pedro, frunciendo el ceño–. Ma maîtresse. Mi amante. Lo he dicho bien.


–Sí, pero yo no puedo… Yo no quiero ser tu amante –le respondió, más avergonzada aún que cuando se encontró desnuda bajo su cuerpo.


–¿Por qué no?


¿Es que no se daba cuenta de lo insultante que era su proposición? Hacía poco rato que la había acusado de ser una furcia, un insulto que ella había pasado por alto cuando supo de su relación con Pierre y de por qué tanta determinación en conseguir las tierras de De la Mare. Si algo comprendía bien era cómo te hacía sentir esa clase de rechazo: insignificante, enfadado, vulnerable, herido. Ella misma había sentido todas aquellas emociones siendo una niña, cuando esperaba que su padre fuese a verla, hasta que descubrió qué quería decir su silencio: Que las promesas que le había hecho en las escaleras del centro de acogida de Westminster eran solo mentiras para que se fuera sin oponer resistencia con la señora que salió a buscarla.