—Lo que acaba de ocurrir no tiene nada que ver contigo, Pedro — explicó, contenta de que él estuviera de espaldas—. Soy yo. Sufro endometriosis. Es una enfermedad en la que un tejido similar al revestimiento del útero crece en otros lugares, como los ovarios. Uno de los muchos efectos secundarios puede ser el sexo doloroso. Es una de las razones por las que soy, era, virgen. Ya experimento suficiente dolor cada mes y arriesgarme a más nunca me atrajo. Pero cuando me besaste en la pista de baile, de repente nada de eso pareció importante. Nunca he conocido a nadie que me excite como tú. Basta con que me mires para que me derrita. Cortocircuitas mi cerebro con el más mínimo roce. Esperaba que contigo todo fuera bien, quería que lo fuera, y tal vez si hubiera tenido más experiencia habría ido bien. Estoy desolada.
Paula se detuvo para darle la oportunidad de responder. Quizá aceptaría sus disculpas y le agradecería su explicación. Quizá le pediría más información y le aseguraría que lo entendía. Lo más probable era que llamara un taxi y la mandara a paseo, aceptable, aunque decepcionante. Pero Pedro no hizo nada. Se quedó sentado bajo el silencio plateado de la luna, más tenso a cada segundo que pasaba. Todo fue tan horrible como ella había temido. ¿Pensaría que ella era un bicho raro? ¿Una burla? ¿Un objeto de lástima? No quería saberlo. Lo único que quería era irse. Se sentía fría, avergonzada y terriblemente vulnerable. La pérdida de su virginidad y el impresionante orgasmo ya no contaban para nada. El fuego se había convertido en ceniza. Leo seguía petrificado, aparentemente ajeno a ella, con la cabeza entre las manos.
—Me doy cuenta de que esto no es lo que buscabas —continuó ella, tragando con dificultad—. Si alguien debiera disculparse, soy yo. No pensé que fuera a suceder, pero debería haberte avisado de la posibilidad. Siento no haberlo hecho. Siento mucho que haya pasado.
Desolada, decepcionada y humillada por cómo había terminado la noche, pero también profundamente aliviada por no tener que volver a verlo, Paula se bajó de la cama y se vistió.
—Buen viaje —se despidió sin mirar atrás.
Pedro no solía lamentarse. Cada decisión que tomaba era largamente meditada, por lo que no tenía dudas de que era la correcta. Rara vez miraba atrás para considerar si podría o debería haber hecho algo de otra manera, incluso en las contadísimas ocasiones en que se equivocaba. Sin embargo, durante los siguientes días, ya fuera discutiendo la fusión en Nueva York, asistiendo a las interminables reuniones de la junta directiva en Londres o ignorando los pueriles mensajes de Federico sobre el beso en la pista de baile y la curiosidad de sus hermanos por su huida de la boda, lamentó profundamente la forma en que había terminado la noche con Paula. No lo había llevado bien. Que hubiera estado tan aturdido y horrorizado al pensar que le había hecho daño que ni siquiera hubiera podido pensar con claridad, mucho menos responder a lo que ella le había contado, no era excusa. Debería haber encontrado la salida. Debería haberle pedido que se lo repitiera todo y lo explicara con más detalle. ¿Cómo había permitido que se marchara así, a las oscuras calles de la ciudad, sola y dolorida? Él no era así. Él cuidaba de los que le rodeaban. Hacía todo lo que estaba en su mano para evitar el sufrimiento. O eso pensaba. Cada vez que repasaba los sucesos de aquella noche le entraba un sudor frío. No podía olvidar el recuerdo de Paula suplicándole que parara. ¿Cómo no se había dado cuenta de su malestar? ¿Cuánto tiempo había aguantado ella antes de no poder más? ¿Qué lo había llevado a semejante locura? ¿La química? ¿La genética? ¿Qué? A lo largo de los años, en ocasiones, se había preguntado qué pasaría si perdiera el control. Suponía que quedaría expuesto como el fraude que sospechaba ser. Las emociones que mantenía a raya se desatarían y el resentimiento que aún guardaba en su interior afloraría. Volvería a cometer errores en el negocio y la fortuna de la familia se iría a pique. Pero nunca había imaginado que pudiera ser capaz de causar dolor a alguien. Toda su vida adulta se había esforzado por hacer lo contrario, y la sensación de culpa era insoportable. Debería buscar a Paula y pedirle disculpas por lo que había hecho y cómo había reaccionado. Suplicaría su misericordia y perdón, y quizás entonces tendría por fin algo de paz. Pero no lo hizo. Porque, a pesar de todo, poner punto final y relegarla a la historia no le parecía bien. Todavía soñaba con ella. Aún la deseaba. El que ella lo hubiera elegido para despojarla de su virginidad le quemaba el cerebro, así como saber que la había derretido con una mirada, con una caricia.