jueves, 5 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 24

 —Lo que acaba de ocurrir no tiene nada que ver contigo, Pedro — explicó, contenta de que él estuviera de espaldas—. Soy yo. Sufro endometriosis. Es una enfermedad en la que un tejido similar al revestimiento del útero crece en otros lugares, como los ovarios. Uno de los muchos efectos secundarios puede ser el sexo doloroso. Es una de las razones por las que soy, era, virgen. Ya experimento suficiente dolor cada mes y arriesgarme a más nunca me atrajo. Pero cuando me besaste en la pista de baile, de repente nada de eso pareció importante. Nunca he conocido a nadie que me excite como tú. Basta con que me mires para que me derrita. Cortocircuitas mi cerebro con el más mínimo roce. Esperaba que contigo todo fuera bien, quería que lo fuera, y tal vez si hubiera tenido más experiencia habría ido bien. Estoy desolada.


Paula se detuvo para darle la oportunidad de responder. Quizá aceptaría sus disculpas y le agradecería su explicación. Quizá le pediría más información y le aseguraría que lo entendía. Lo más probable era que llamara un taxi y la mandara a paseo, aceptable, aunque decepcionante. Pero Pedro no hizo nada. Se quedó sentado bajo el silencio plateado de la luna, más tenso a cada segundo que pasaba. Todo fue tan horrible como ella había temido. ¿Pensaría que ella era un bicho raro? ¿Una burla? ¿Un objeto de lástima? No quería saberlo. Lo único que quería era irse. Se sentía fría, avergonzada y terriblemente vulnerable. La pérdida de su virginidad y el impresionante orgasmo ya no contaban para nada. El fuego se había convertido en ceniza. Leo seguía petrificado, aparentemente ajeno a ella, con la cabeza entre las manos.


—Me doy cuenta de que esto no es lo que buscabas —continuó ella, tragando con dificultad—. Si alguien debiera disculparse, soy yo. No pensé que fuera a suceder, pero debería haberte avisado de la posibilidad. Siento no haberlo hecho. Siento mucho que haya pasado.


Desolada, decepcionada y humillada por cómo había terminado la noche, pero también profundamente aliviada por no tener que volver a verlo, Paula se bajó de la cama y se vistió.


—Buen viaje —se despidió sin mirar atrás.




Pedro no solía lamentarse. Cada decisión que tomaba era largamente meditada, por lo que no tenía dudas de que era la correcta. Rara vez miraba atrás para considerar si podría o debería haber hecho algo de otra manera, incluso en las contadísimas ocasiones en que se equivocaba. Sin embargo, durante los siguientes días, ya fuera discutiendo la fusión en Nueva York, asistiendo a las interminables reuniones de la junta directiva en Londres o ignorando los pueriles mensajes de Federico sobre el beso en la pista de baile y la curiosidad de sus hermanos por su huida de la boda, lamentó profundamente la forma en que había terminado la noche con Paula. No lo había llevado bien. Que hubiera estado tan aturdido y horrorizado al pensar que le había hecho daño que ni siquiera hubiera podido pensar con claridad, mucho menos responder a lo que ella le había contado, no era excusa. Debería haber encontrado la salida. Debería haberle pedido que se lo repitiera todo y lo explicara con más detalle. ¿Cómo había permitido que se marchara así, a las oscuras calles de la ciudad, sola y dolorida? Él no era así. Él cuidaba de los que le rodeaban. Hacía todo lo que estaba en su mano para evitar el sufrimiento. O eso pensaba. Cada vez que repasaba los sucesos de aquella noche le entraba un sudor frío. No podía olvidar el recuerdo de Paula suplicándole que parara. ¿Cómo no se había dado cuenta de su malestar? ¿Cuánto tiempo había aguantado ella antes de no poder más? ¿Qué lo había llevado a semejante locura? ¿La química? ¿La genética? ¿Qué? A lo largo de los años, en ocasiones, se había preguntado qué pasaría si perdiera el control. Suponía que quedaría expuesto como el fraude que sospechaba ser. Las emociones que mantenía a raya se desatarían y el resentimiento que aún guardaba en su interior afloraría. Volvería a cometer errores en el negocio y la fortuna de la familia se iría a pique. Pero nunca había imaginado que pudiera ser capaz de causar dolor a alguien. Toda su vida adulta se había esforzado por hacer lo contrario, y la sensación de culpa era insoportable. Debería buscar a Paula y pedirle disculpas por lo que había hecho y cómo había reaccionado. Suplicaría su misericordia y perdón, y quizás entonces tendría por fin algo de paz. Pero no lo hizo. Porque, a pesar de todo, poner punto final y relegarla a la historia no le parecía bien. Todavía soñaba con ella. Aún la deseaba. El que ella lo hubiera elegido para despojarla de su virginidad le quemaba el cerebro, así como saber que la había derretido con una mirada, con una caricia.

Retrato: Capítulo 23

Una vez dentro, permaneció inmóvil para que ella pudiera acostumbrarse a su desconocida sensación, los músculos rígidos por el esfuerzo de la contención. Paula estaba apretada, caliente, húmeda. Pedro nunca había experimentado nada igual. Su control pendía de un hilo que se deshilachaba, pero se aferró a él. No iba a ceder, a permitir que sus bajos instintos lo dominaran… Hasta que ella se movió, hundiéndolo aún más y, de repente, algo en su interior se quebró. Una abrumadora necesidad de moverse se apoderó de cada célula de su cuerpo. Ansiaba la deliciosa fricción de su carne deslizándose contra la de ella, con una desesperación que no podía contener. Tenía que hundirse más profundamente y con más fuerza, y mientras sucumbía impotente al deseo, la sentía tan bien que estaba perdiendo lo que le quedaba de cordura. De repente, ella giró la cabeza hacia un lado, empujándole los hombros, el pecho, luchando por quitárselo de encima. Sollozaba.


—Para. Para, por favor. Para.


Y todo, su cuerpo, su corazón, la habitación, se congeló al instante. En respuesta a la súplica, Pedro salió inmediatamente de ella. A pesar de la penumbra, Paula vió que estaba blanco como las sábanas. El horror y la confusión sustituyeron al calor salvaje y la feroz concentración que habían dominado su expresión hasta entonces y, mientras ella se estremecía ante la aguda incomodidad de su brusca retirada, deseó con toda su alma no haber tenido que poner fin súbitamente a todo. Se lo estaba pasando tan bien. La halagadora urgencia con la que la había sacado del coche y la había metido en el ascensor, calentó su deseo hasta el punto de ebullición. Cuando la tomó en sus brazos y la llevó hasta el dormitorio, podría haberse desmayado. Pero cuando él la desnudó, todo pensamiento coherente terminó. Los nervios desaparecieron. Jamás se había sentido tan deseada. Había acertado al confiar en que él le daría lo que tan desesperadamente buscaba. La necesidad feroz que había brillado en sus ojos al unirse a ella en la cama la había incendiado. El orgasmo que le había arrancado, mucho mejor que ninguno que hubiera conseguido sola, había sido alucinante, y el intenso placer había continuado. Pero se equivocó al pensar que bastaría. Porque cuando él la penetró dolió como si la hubieran empalado con un atizador al rojo vivo. Esperó a que las punzadas disminuyeran, desaparecieran, esperó contra toda esperanza que estuvieran relacionadas con su inexperiencia, pero él empezó a moverse y, para su angustia, el dolor desgarrador empeoró, extendiéndose al abdomen, destruyendo el deseo y dominando sus pensamientos. Simplemente no había podido soportarlo. Qué ingenua al suponer que todo iría bien. Ojalá se lo hubiera contado en el coche. Había hecho bien en tener miedo y evitar el sexo. Nunca debería haber intentado convencerse de lo contrario. Pero el arrepentimiento y el análisis tendrían que esperar. Pedro estaba en estado de shock.


—Te he hecho daño —dijo él, mirándola, atónito, claramente consternado.


Paula se tapó con la sábana y se acurrucó instintivamente en la posición fetal.


—Sí —admitió ella mientras, para su alivio, las punzadas remitían—. Pero no fue…


—Lo siento —Pedro se sentó en el borde de la cama, de espaldas a ella, y se pasó las manos temblorosas por el pelo.


—No es culpa tuya.


—He sido demasiado brusco.


—¿Qué? ¡No! —aseguró ella—. No es eso. De verdad.


—No sé qué se me ha escapado.


—Nada.


—Debería haber sido más cuidadoso. Más paciente.


—Fuiste todo lo que esperaba.


A pesar de su sinceridad y la urgencia en su voz, él no la estaba escuchando. Era como si se hubiera retirado a su propio mundo, un mundo de malentendido y, tal vez, de culpa, que ella sintió la imperiosa necesidad de abordar, tanto si él la escuchaba como si no, porque no iba a permitir que él pensara que tenía la culpa de todo. La culpa era suya. El dolor se había atenuado hasta convertirse en soportable y Paula se sentó y respiró hondo.

Retrato: Capítulo 22

 —¿Estás segura de que no has hecho esto antes? —preguntó él con voz ronca.


—Estoy haciendo lo que quiero —murmuró ella contra su piel—. Fue idea tuya.


Al parecer, un error. Notaba su tacto por todas partes, y lo estaba deshaciendo tan deprisa que estuvo a punto de arrojarla sobre la cama. Apretando los dientes, y resistiéndose al impulso de hacerlo, hundió una mano en sus cabellos, le acarició la espalda desnuda y suave con la otra y la besó hasta arrancarle esos suaves gemidos. Luego deslizó las manos bajo los tirantes del vestido. Al bajárselos por los brazos, el corpiño se abrió hasta la cintura y, con un leve movimiento de caderas, hasta el suelo.


—Este vestido me gusta cada vez más —murmuró él mientras ella se quedaba solo con los tacones dorados y unas bragas de encaje blanco.


—Hay menos de lo que me hubiera gustado.


—¿Por qué desperdiciar tela? —Leo percibió un temblor en Paula, y frunció el ceño—. ¿Estás bien?


—Siento el impulso virginal de taparme.


—¿Nerviosa?


—Un poco —ella asintió.


—¿Te lo estás pensando? —el corazón de Pedro dió un vuelco.


—Ni hablar.


—Puedes echarte atrás en cualquier momento.


—No lo haré.


—Theos, eres preciosa.


—Tú también.


—Sube a la cama. Déjate los tacones.


Paula se hundió en la cama, la luz de la luna volviendo su pelo plateado y su piel perlada. Él se desnudó con más prisa que elegancia. La mirada de ella se posó en su erección y soltó una especie de suspiro ronco que, ridícula, aunque inevitablemente, hizo que se endureciera aún más. Pedro se tumbó a su lado y rodó sobre ella. Su boca se selló a la de ella, que cerró los ojos y, con un gemido, le rodeó el cuello con los brazos. Deslizó las manos por los hombros y la espalda, y los músculos de él se tensaron al contacto. Con el deseo ardiente y duro en su interior, él deslizó una mano por el sedoso muslo de Paula. Después, subió de la cintura hasta el pecho y ella arqueó la espalda. Desesperado por saborearla más, él deslizó los labios por su cuello y la suave pendiente del pecho. Cuando la cerró sobre su pezón, duro y apretado, ella jadeó y hundió los dedos en el pelo. La sentía temblar. Las braguitas avivaron su deseo hasta niveles insoportables. Pero no podía penetrarla como tanto deseaba. Tenía que tomarse su tiempo, aunque lo matara. Concentrándose únicamente en ella, Pedro deslizó la mano por el firme abdomen y la introdujo bajo las braguitas. La rodilla que ella había levantado cayó hacia atrás, permitiéndole un mejor acceso al húmedo calor, lanzándole una invitación que no podía rechazar. Apretó los dedos contra el centro de su placer y ella se estremeció un instante antes de relajarse.


—¡Dios mío!


Paula apretó su boca contra la de él, besándolo apasionadamente mientras sus caderas empezaban a responder a los movimientos de los dedos. La cabeza de Pedro le daba vueltas, y el pulso se aceleró. Ella jadeó y gimió. Instantes después, se estremeció, echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre mientras se deshacía en sus brazos, más rápido y más fuerte de lo que él podría haber imaginado.


—¿Bien? —preguntó Pedro, que nunca había visto nada igual.


—Nunca me he sentido tan bien en mi vida —Paula le dedicó una lánguida sonrisa.


—Luego mejora.


—Imposible.


—Ya verás.


Pedro se apartó de ella para colocarse un preservativo, tardando una eternidad, ya que le temblaban las manos y necesitaba más autocontrol del que jamás había imaginado tener. Volvió a ella, con la excitación reflejada en sus ojos y el rubor en sus mejillas. Separó sus piernas, se acomodó en su entrada y, mientras la besaba apasionadamente en la boca, la penetró tan lenta y cuidadosamente como pudo, observando su respuesta, oyendo su agudo y estremecedor jadeo, dándole tiempo para adaptarse.

Retrato: Capítulo 21

Cualquier temor que Pedro hubiera albergado por acostarse con una virgen se disipó cuando Paula mencionó tener que encontrar a otra persona. Una vez más, las palabras «Ni hablar», aparecieron en su mente. No entendía por qué. No era posesivo, y no le excitaba la idea de ser el primer hombre en mostrarle a Paula de lo que era capaz su cuerpo. Quizás su reacción se debía a la certeza de que él, y solo él, podía proporcionarle lo que ella deseaba. Por improbable que fuera el emparejamiento sobre el papel, su química era excepcional y única. O tal vez el hecho de que ella confiara en él le hacía sentirse capaz de todo. No entendía cómo seguía siendo virgen con su aspecto, su seguridad y dominio del coqueteo, pero daba igual. De hecho, podría ser una bendición. Tendría que ir despacio y controlarse, sin perder el control, aunque quisiera, cosa que no quería en absoluto. Mientras Pedro pensaba en todo lo que le haría a Paula, Carlos salió de la carretera, cruzó un par de puertas y bajó por un túnel que conducía al estacionamiento subterráneo. En cuanto el coche se detuvo, Pedro se bajó, con el corazón palpitante y el cuerpo preparado, y caminó hasta el otro lado. Abrió la puerta de un tirón y tendió una mano que Paula aceptó inmediatamente, saliendo del coche con mucho más decoro que él. Dirigió un cortante kalinikta a Carlos y la condujo hasta el ascensor. Pulsó el botón y las puertas se abrieron con suavidad. La empujó al interior y las puertas se cerraron, dejando fuera todo salvo ellos dos y la noche que se avecinaba. El aire vibraba con tensa anticipación, la electricidad casi visible. El aroma de Paula, aún más intenso que en el coche, envolvió e impregnó a Pedro. Ella estaba tan cerca que casi se tocaban. Sentía su calor, su urgencia. Pero no la tocaría. Todavía no. Podría aguantar los diez segundos que tardaría el ascensor en llegar a su apartamento. Claro que podría. No era un animal. Al menos no hasta que cometió el error de mirarla de reojo, al profundo rubor de sus mejillas, el rápido movimiento de su pecho y la abrasadora bruma de deseo en los ojos clavados en él. Saber que ella lo deseaba tanto como él a ella pulverizó la poca cordura a la que se había aferrado, y si él se volvió hacia ella primero o ella se volvió hacia él, ni lo supo ni le importó. Un minuto estaban mirándose fijamente y al siguiente estaban pegados, las bocas fusionadas, las manos por todas partes. Pedro arrinconó a Paula contra la pared del ascensor y la inmovilizó con sus caderas. Ella se derritió y gimió. La oleada de lujuria que lo invadió casi le dobló las rodillas. El corazón le latía con fuerza. Le estallaban los oídos. La sangre circulaba por su cuerpo como fuego líquido. Vagamente, se dió cuenta de que las puertas se habían abierto. Interrumpió el beso y la tomó en sus brazos. No se dejó distraer por su jadeo de sorpresa, o por el hecho de que, sin tiempo para romances y todas las emociones turbias asociadas, era la primera vez que sostenía en brazos el peso suave y cálido de una mujer. No se le ocurrió ofrecerle una bebida o algo de comer. Se limitó a llevarla por el amplio pasillo hasta el dormitorio.


—Qué maestría —admiró ella sin aliento cuando él la soltó junto a la cama.


—Pretendía ser eficiente, pero aceptaré maestría.


—¿Qué hago?


A Pedro se le secó la boca. Estaba tan duro que dolía. Tan embriagado por el deseo que era incapaz de dar instrucciones.


—Lo que quieras.


Paula se mordió el labio, pensativa. Luego empezó a desabrocharle los botones de la camisa de abajo arriba. Cada vez que los dedos rozaban su piel, los músculos de Pedro se estremecían.


—Dije que quería dibujarte —susurró ella mientras deslizaba la camisa y la chaqueta de los hombros y los brazos—, pero creo que prefiero esculpirte. Quedarías excepcional en mármol.


—Gracias… Creo.


Con las manos de Paula recorriéndole el torso tan delicadamente, cada vez le era más difícil pensar. Sobre todo, cuando deslizó un pulgar por el pezón y se inclinó para lamérselo. 

martes, 27 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 20

 —¿Hacer una proposición indecente, o tener un revolcón de una noche?


—Ambas.


—Ya somos dos.


Interesante, aunque posiblemente irrelevante.


—Nunca me he acostado con nadie.


—¿Eres virgen? —Pedro la miró fijamente, asombrado.


—Sí —confirmó ella—. No es para tanto, pero pensé que debías saberlo. Por si hago algo mal. Supongo que tú no lo eres.


—Desde los dieciséis años.


Probablemente ya entonces sería igual de irresistible que a los treinta y uno. ¿Cuántas mujeres había tenido en esos quince años? ¿Por qué nunca se había casado? Eran preguntas sin importancia. Lo único que importaba era el presente.


—¿Mi inexperiencia te frena?


—No —contestó él, aunque Paula percibió un atisbo de duda en sus ojos, que sugería lo contrario y debía ser atajado rápidamente.


—Espero que no te eches atrás por una anticuada noción del valor de la virginidad, y me obligues a buscar a otro…


—Debería.


—¿Por qué?


—¿De verdad quieres que tu primera vez sea un revolcón de una noche?


Era exactamente lo que quería, lo único que podría tener con la enorme carga emocional que soportaba. No sería justo esperar que alguien se comprometiera con ella cuando su vida giraba en torno a su ciclo menstrual, cuando tenía que guardar cama unos cinco días al mes, cuando tal vez no pudiera tener hijos. ¿Debía hablarle a Pedro de su condición? A pesar de su convicción de que el sexo con él sería fabuloso, existía la posibilidad de que no lo fuera, y tal vez debería advertirle de ello. Por otra parte, revelar su virginidad y convencerle de que no importaba ya era bastante arriesgado. ¿Y si su endometriosis, junto con todo lo demás, suponía demasiada molestia para él? Además, ese nivel de intimidad emocional no era necesario ni apropiado para una aventura de una noche. Todo iría bien. Y si no era así, ¿Cómo de malo podría ser?


—No me importa cómo suceda —insistió ella, concentrándose en erradicar cualquier reserva que Leo pudiera tener—. Quiero fuegos artificiales. Nuestro beso en la pista de baile sugirió que tú puedes proporcionarlos. No todas las mujeres pueden decir lo mismo de su primera vez.


—Estás basando mucho en un beso.


—He compartido docenas de besos. Ninguno así. ¿Has tenido alguna queja?


—No que yo sepa.


—Eso pensé. Sé que me darás lo que quiero, Pedro. Me enseñarás las estrellas.


—¿De verdad buscarías a otro? —preguntó él tras unos angustiosos segundos.


Claro que no. Nunca había conocido a nadie que la afectara como él, que la transportara a un nivel de placer donde el dolor no podía existir. No estaba dispuesta a arriesgarse con cualquiera. Pero no iba a permitir que él se echara atrás.


—Por supuesto —mintió—. Tengo veinticuatro años. No bromeo.


—Todo el mundo se merece unos fuegos artificiales —afirmó Pedro tras, sin duda, sopesar los pros y los contras.


—Así es —aliviada, Paula sonrió para sus adentros. 


La excitación se apoderó de ella. El corazón le latía con fuerza. Iba a ser, sin duda, la noche más excitante de su vida.

Retrato: Capítulo 19

Una noche para la búsqueda del éxtasis con una mujer hermosa y sexy que deseaba lo mismo… Máximo placer, mínima conversación, ningún después… ¿Por qué se resistía?


—De acuerdo —gruñó, todos los motivos por los que aquello era una mala idea sustituidos por la imagen de lo que le esperaba, que aceleró su pulso y endureció su cuerpo—. Una noche.


Con una última mirada oscura y ardiente, Pedro volvió a pulsar el botón del panel y habló en griego. Y Paula sintió un inmenso alivio. El desenlace deseado había estado en el aire durante un rato. Él se había puesto bastante difícil, aunque ella no entendía por qué. ¿Cuántos hombres rechazaban una oferta de sexo sin compromiso? Apostaba que no muchos. Pero fuera lo que fuera lo que hubiera pasado por su cabeza, al final había caído. El instinto de ella le decía que no se había imaginado el calor del beso y que, a pesar de sus acusaciones de acoso, no parecía un hombre al que se pudiera obligar a hacer algo que no quisiera. La tenacidad era sin duda el camino a seguir. Pedro permaneció en silencio mientras el coche avanzaba por las oscuras calles de la ciudad. Miró por la ventanilla, la mandíbula encajada y el cuerpo rígido, molesto por el resultado de la conversación, o porque no se atrevía a mirarla. Paula intentó acomodarse en el asiento, pero era tan consciente de cada respiración y cada movimiento de Leo, que le resultaba imposible relajarse. Su imaginación volaba desbocada. De no ser por la presencia del imperturbable Carlos al volante, ya habría empezado la noche.


—¿Adónde vamos? —preguntó ella.


—A Kolonaki —murmuró él, con la mirada fija en los elegantes edificios y brillantes luces de la ciudad—. Tengo un departamento allí.


—¿Está lejos?


—A diez minutos.


—¿Dónde está tu hogar? —Paula apenas podía esperar a llegar y decidió que el tiempo pasaría más rápido con conversación que con silencio.


—En Santorini.


—¿Hace mucho que vives allí?


—Un par de años. De manera intermitente.


—Ana dijo que la empresa tiene oficinas en todo el mundo.


—Cientos de ellas.


—Como CEO debes viajar mucho.


—Así es. Mañana por la tarde vuelo a Nueva York.


—Tranquilo —Paula captó el mensaje—. Para entonces ya me habré ido. ¿Qué harás allí?


—Negociar una fusión.


—De una fusión a otra.


Pedro le dirigió una intensa mirada, la sonrisa más devastadora se dibujó en su boca, un destello apareció en sus ojos y, de repente, el estómago de Paula se encogió.


—Bastante.


—Bueno —continuó ella, molesta por responder tan intensamente a una simple sonrisa—. ¿Hay algo que quieras saber de mí?


—¿Siempre eres tan entrometida?


—Solo con los hombres con los que me voy a acostar.


—¿Y sucede a menudo?


En absoluto. Leo tenía mucha más experiencia que ella, y en algún momento se daría cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Lo mejor sería aclarar la situación antes de entrar en acción.


—No —Paula respiró hondo y se preparó para lo que sin duda sería una conversación insoportable—. De hecho, es la primera vez que lo hago.


—¿Qué quieres decir? —preguntó él tras un silencio.


—Que nunca he hecho esto antes.

Retrato: Capítulo 18

Pedro sintió una sacudida en la cabeza y en el pecho. Su mente gritaba «Sí, sí, sí», hasta que, gracias a Dios, la locura fue atravesada por una flecha de fría y dura disciplina. Se armó de valor, apartó su mano del brazo y se giró bruscamente para hacerla retroceder.


—No.


—¿Por qué no? —preguntó Paula que, para irritación de Leo, apenas se movió—. Parecías muy interesado —su mirada se posó en la boca de él y su rostro se iluminó con un deseo que oprimió el pecho de Pedro—. Ese beso no fue cualquier cosa.


—No fue nada —aseguró él tajante, negándose a permitir que el tórrido recuerdo se metiera en su cabeza, agradecido de que el coche tuviera los cristales tintados.


—Mientes. Te sentí. Duro. Contra mí.


—Fue una reacción mecánica al entorno —la zona aludida palpitó y el pulso se le aceleró. Leo encajó la mandíbula porque, en general, nunca hacía nada mecánicamente y jamás se veía afectado por el entorno. En la pista de baile había sufrido un lapsus momentáneo tras un día muy estresante—. No fue nada extraordinario.


—No seas tan modesto.


La leve sonrisa que se dibujó en los labios de Paula aumentó la creciente irritación de Leo ante su negativa a obedecerle.


—Esto te divierte.


—En absoluto —contestó ella con envidiable aplomo—. Pero sé lo que quiero y estoy decidida a conseguirlo.


—Si invirtiéramos los papeles, esta conversación bordearía el acoso. De hecho, lo es.


—Si invirtiéramos los papeles, ya estaríamos desnudos porque yo no opondría resistencia.


A pesar de sus esfuerzos, Leo no podía defenderse de las imágenes que llenaban su cabeza. Eran muchas y demasiado vívidas. Cuerpos pegados. Bocas unidas, cabellos multicolores esparcidos sobre la almohada. Calor, sudor, gemidos entrecortados y pequeños gritos.


—Estás jugando con fuego —le advirtió con voz ronca y cargada de un deseo que, para su desolación, no conseguía mantener a raya.


—¿Es una amenaza o una promesa? —una luz bailó en el fondo de los ojos esmeralda.


Cualquiera de las dos. Ambas. Pedro no sabía…


—Una amenaza.


—No me importa quemarme.


—¿En serio?


—Sí —contestó ella—. De hecho, estoy deseando arder.


Paula creía desearlo, pero no tenía ni idea de que en lo más profundo de Pedro yacían enterrados rastros del niño feroz e intrépido que sufría rabietas, corría riesgos y estrellaba barcos. Ni idea de lo que podría ocurrir si renunciaba a su férreo control y se liberaba de las ataduras, borraba su apariencia de civismo y tomaba el control. Ni siquiera él conocía la furia salvaje que tendría como adulto y las consecuencias que podría acarrear. Quemarse podría ser lo de menos.


—Olvídalo.


—Una noche, Pedro —susurró ella seductora, robándole el juicio y eliminando sus objeciones—. No pido más. De verdad. No creo ser tu tipo. Dudo que sea lo bastante elegante o sofisticada para un multimillonario mundano como tú. Las relaciones no son lo mío y, además, tengo que centrarme en mi carrera. Una noche. Me iré por la mañana y no volverás a verme. Será solo sexo. Pero si tienes un problema con eso, si insistes en que me marche, lo haré.


Paula se interrumpió, el pulso latiéndole con fuerza, y en la densa y atronadoramente silenciosa oscuridad, él solo pensaba que la deseaba más allá de lo comprensible, de lo razonable, y no pudo negarlo por más tiempo. Había sido inevitable desde el momento en que ella había invadido su espacio. Había tenido muchas ocasiones para salir del coche y dejarla sola, pero no había aprovechado ninguna. ¿Qué sentido tenía librar una batalla que ya había perdido? ¿Y por qué? Hacía años que no hacía algo por sí mismo. Le inquietaba la fuerza del deseo que ella despertaba en él, lo que podría implicar. Pero no tenía por qué implicar nada. No perdería la cabeza. Nunca lo había hecho por una mujer. Y por supuesto no tenía ningún problema con un revolcón de una noche, aunque para él sería la primera vez, extraño, teniendo en cuenta que había tenido su buena ración de sexo en su juventud. El comportamiento le parecía imprudente y temerario por propia naturaleza, y la espontaneidad no estaba en su vocabulario desde hacía años. Si no hacía algo, los sueños eróticos que había estado teniendo, y en los que ella aparecía con frecuencia, lo volverían loco. Si cedía, al amanecer habría saciado el deseo que lo consumía y restaurado los parámetros de su vida.