Paula ignoró la oleada de nostalgia que la invadió al saber que él seguía deseándola tanto como ella a él, porque ya era totalmente irrelevante.
—No elegiré ninguna —aseguró—. Porque no voy a volver a tener sexo.
—Claro.
—Hablo en serio.
—¿Eliges deliberadamente el celibato? —al darse cuenta de que lo decía en serio, la sonrisa de Leo desapareció.
—Totalmente —ella asintió, apagando la clamorosa voz de negación en su cabeza.
Al menos sola, estaría a salvo, libre de intimidad emocional y sin peligro de enamorarse y arruinar vidas.
—Hasta ahora había funcionado. Volverá a hacerlo. Millones de personas en el mundo toman esa decisión. Es perfectamente aceptable.
—Estoy de acuerdo —él asintió lentamente—. Pero no todo de aquella noche fue un desastre.
—No —el recuerdo de lo que Pedro le había hecho, de lo fuerte y rápido que se había desecho en sus brazos, la golpeó.
—¿No quieres saber qué más podría haber?
—No si «Más», va a doler tanto.
—Por eso creo que deberíamos experimentar —insistió él—, ver qué te funciona y qué no.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Paula, desconcertada por su insistencia—. Podrías tener a cualquiera.
—Te quiero a tí.
El corazón de Paula se aceleró, antes de que la razón se impusiera y la devolviera a la tierra.
—Como un problema que resolver. Algo roto que arreglar. Un proyecto.
—Sigo soñando contigo —continuó él, sin negarlo, con voz hipnótica—. Sigo encontrándote irresistible. Quiero tus manos sobre mí. Tu boca sobre la mía. Acepta mi propuesta y, en cuanto acabes aquí, te llevaré a mi finca de Santorini. Para el fin de semana. Es muy íntima. Tiene su propia playa. No habrá nada que nos moleste. Podemos tomarlo con calma. Con cuidado. Tú tendrás el control —su mirada se dirigió a la boca de ella—. Todo el control.
—Me cuesta creerlo —¿Renunciar al control? ¿Él?
—Estoy dispuesto a hacer una excepción.
—¿Por qué?
—Porque nuestra química es única y quiero saber, tanto como tú, creo, cómo será entre nosotros. Podemos experimentar hasta acertar. Imagina hacerlo bien, Paula. Los fuegos artificiales.
Paula no necesitaba imaginarlos, los estaba experimentando. Pequeñas explosiones en la boca del estómago que lanzaban chispas por todo su cuerpo. Sus ojos eran tan oscuros, tan irresistibles, la voz tan hechizante. Deseaba sentir sus manos, su boca, sobre ella, con dolorosa desesperación. ¿Y si él tenía razón? No pudo evitar preguntárselo, mientras su determinación vacilaba. ¿Y si se trataba de la posición, el ángulo y la situación? Quizá había dolido tanto por el momento del ciclo. O porque él había estado encima de ella. O porque, al ser su primera vez, se había puesto tensa. Estaba más o menos a mitad de ciclo, y no volvería a ser su primera vez. Si él hablaba en serio, y no veía por qué no, ella podía controlar el ritmo y la posición. Sabía que se detendría si ella lo necesitaba. Ya lo había hecho antes. Y aunque ella quizás nunca podría comprometerse, en el fondo no quería una vida de celibato. Quería la excitación y el placer que él prometía desatar. Ansiaba explorar su sexualidad y descubrir cómo podía controlar su cuerpo y no al revés. La intimidad física no tenía por qué ser también emocional, y durante un fin de semana podría hacerlo.
—De acuerdo —accedió con el corazón acelerado de anticipación y esperanza. El deseo, mantenido a raya, desbocándose—. ¿Por qué esperar? Vámonos ya.
Huir les llevó más tiempo del que Leo había previsto. La gente seguía acercándose para hablar con él. Pero pasada una hora, felicitándose por un plan bien ejecutado, y tras recoger una maleta en el hotel de Paula, entraba en el estacionamiento VIP de la terminal de aviación privada de negocios del aeropuerto de Atenas.