–¿Estás…? ¿Te has vuelto loco?
Pedro vió cómo el rojo de sus mejillas se volvía magenta, y cómo la preocupación de sus ojos azules tornaba en pánico. Vale, puede que no hubiera sido el mejor modo de pedirla matrimonio. La vió dar un paso atrás como si intentara separarse de un animal peligroso a punto de atacar. Hacía bien en ser cauta porque sus emociones nunca habían sido tan volátiles, tan descontroladas. En cuanto había abierto los ojos y la había visto allí, el pelo mojado y sus curvas envueltas en aquel albornoz, había tenido que contener el deseo primario de saltar sobre ella y no soltarla para que no desapareciera, como tantas veces había pasado en sus sueños y en sus pesadillas.
–Déjame explicarte, Paula –dijo, dando un paso hacia ella–. El matrimonio es la solución más obvia.
–No… No me toques –retrocedió de nuevo–. Lo digo en serio. Tengo que irme. No puedo…
Esquivó el sofá rápidamente, pero él, sin pensarlo más, saltó por encima y la agarró por la muñeca.
–¡Suéltame, Pedro! Quiero irme.
–Para, Paula. Te vas a hacer daño –le advirtió, refiriéndose a sus intentos de soltarse, y tiró de ella para rodearla con los brazos y aprisionarla con cuidado contra la pared.
Respiró hondo. Olía a flores silvestres y a mujer, el perfume que lo había vuelto loco la noche anterior mientras la desnudaba, obligándose a no tocar más de lo estrictamente necesario. Por fin consiguió que se quedara quieta, pero la oyó contener un sollozo y sintió que apoyaba la frente en su pecho. Se sintió como un bruto, un animal. Oír su sollozo, el doloroso intento de contener las lágrimas, le destrozó la compostura, el equilibrio. El corazón se le expandió en el pecho y la garganta se le cerró, pero no podía soltarla. Así, no. Ahora que la había encontrado. Si la dejaba marchar, podía no volver a encontrarla nunca. Le había fallado a su madre en una ocasión. No iba a fallarle a ella.
–Paula, tranquila –musitó junto a su pelo, y la besó en la frente–. Nunca te haría daño. Tienes mi palabra. Pero no puedo dejar que te vayas hasta que hayas accedido a ser mi esposa. Será algo temporal –añadió con voz ronca, intentando recuperar el hilo de lo que había estado pensando la noche anterior.
Ella lo miró abriendo mucho los ojos, algo confusa y todavía asustada, y él bajó los brazos porque el calor había vuelto a abrasarle el vientre, y no era el momento.
–Quiero que el bebé nazca llevando mi apellido, y que siempre tenga mi protección. Quiero que vivas en Burdeos en mi château. Nada de pasar hambre o llegar a la extenuación. Yo… Deseo proporcionarte todo lo que puedas necesitar mientras estés embarazada. Es muy importante para mí.
–¿Por qué? –fue todo lo que le preguntó. No se opuso, ni rechazó su sugerencia.
–¿Por qué quiero hacerlo? Porque no quiero que pongas tu vida en peligro –dijo, y respiró hondo–. No quiero que lo hagas solo para sobrevivir, cuando yo tengo el dinero que necesitas.
–Mi vida no está en peligro, Pedro –rebatió con dulzura–. ¿Por qué piensas eso?
–El embarazo y el parto son cosas peligrosas, Paula. Una mujer puede… –tomó aire porque los recuerdos le quemaban la lengua como un ácido–, puede quedar debilitada por el parto si no recibe los cuidados adecuados. No deberíamos haber hecho el amor sin preservativo –dejó que su mirada bajara a su vientre, y sintió que la culpa que había intentado mitigar durante la noche empezaba a desbordarse–. Por mi falta de cuidado te estás enfrentando a ese peligro, así que es mi deber asegurarme de que estás cuidada hasta que nazca el bebé.
La miró a los ojos dispuesto a convencerla, a rogar, incluso a chantajearla si era necesario para que accediera, pero se quedó atónito al ver que tenía los ojos llenos de lágrimas.
–¿Qué ocurre?
–Pedro, no estoy en peligro, y aunque lo estuviera, no eres tú el responsable.
–Por supuesto que sí.
Instintivamente Paula puso la mano en su mejilla. Él dió un paso atrás, más vulnerable de lo que le había visto antes. Incluso de lo que podía soportar.
–¿Cómo puedes decir que no lo es?
–Porque la decisión de tener el bebé ha sido mía –contestó, intentando encontrar el camino a través del campo de minas que había quedado expuesto.
Lo había subestimado en muchos sentidos. Que se sintiera responsable de ese modo de su salud y bienestar era ridículo, pero ella lo había acentuado por su recalcitrante orgullo y su negativa a dar su brazo a torcer. Debería haberse puesto en contacto con él al saber que estaba embarazada. Si le hubiera pedido apoyo, no habría tenido que trabajar hasta la extenuación, ni asustarlo de aquella manera.