La mirada ardiente de Pedro la recorrió, su respiración más lenta. La miraba como si quisiera devorarla, lo que, para su deleite, sugería que le gustaba tanto como a ella, a pesar de sus, sin duda, torpes esfuerzos por complacerlo. Tomó los pechos, llenos y pesados, y frotó los pezones con los pulgares. Paula jadeó ante la fuerte reacción. Sentía arder la piel y una descarga de mil voltios en su interior. Instintivamente, arqueó la espalda, necesitando que su boca sustituyera a sus manos, y cuando él lo hizo, se estremeció. El leve cosquilleo de su barba al rozarla intensificó las sensaciones. Se aferró a sus hombros y le agarró el pelo. El calor que recorría sus venas era más intenso que antes. El deseo mayor que cualquier otra cosa que hubiera conocido. Todo pensamiento coherente desaparecía rápidamente. Tenía que hacerlo, bastaba con ser fuerte e intrépida y… ¡Oh! Pedro se detuvo. Lo había conseguido. Su cuerpo, sus caderas, sobre todo, se habían movido por voluntad propia y él estaba dentro de ella. No demasiado profundo. No demasiado fuerte. Y… Estaba bien. Gracias a la paciencia y comprensión de Pedro, y a su voluntad de dejarle hacer, sacrificando su control por el bien de ella, y a su cuidado y consideración, no hubo dolor, solo cierta incomodidad que desaparecía por segundos. Paula sintió un nudo caliente y apretado en la garganta. La emoción se apoderó de ella, le escocían los ojos y se sentía agitada e inquieta. Pero tragó el nudo y parpadeó para disimular la emoción, porque necesitaba moverse. Animada, esperanzada, se mordió el labio y basculó tímidamente las caderas. Nada mal.
Pedro tenía los ojos clavados en los suyos, tan cerca que se distinguían motas doradas en el cálido marrón. Su reflejo temblaba en sus pupilas dilatadas. Paula tuvo la extraña sensación de que, si miraba bien, vería dentro de su alma. ¿Qué encontraría allí?, se preguntó, sintiendo cómo él se hinchaba y endurecía dentro de ella, aunque se mantenía quieto. ¿Y qué encontraría él en la suya? ¿Su profundo miedo al amor y al desamor? ¿La secreta y terrible vergüenza de estar a veces resentida con su madre por haber muerto y destruido sus sueños románticos? ¿El angustioso conflicto de saber que, por un lado, la cirugía la ayudaría físicamente, pero, por otro, la aterrorizaba morir y no despertar? Nada de eso incumbía a Pedro. Solo trataba de ayudarla a funcionar como ella quería, así que cerró los ojos y se apretó contra él. Lo besó con fuerza y empezó a mecerse. Pedro la sujetaba sin apretarla, dándole espacio para detenerse si lo necesitaba, pero ella no iba a ninguna parte. La postura estaba funcionando de maravilla. Así podía ajustarse y adaptarse. El balanceo era sensacional. La vista se le nublaba, la cabeza le daba vueltas y su cuerpo se convertía en una masa temblorosa de sensaciones. La respiración de él era agitada, sus músculos tensos. Su enorme cuerpo temblaba y sus manos se movían sobre su ardiente piel.