jueves, 30 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 36

 -¿Quieren saber el sexo del bebé?


Pedro parpadeó varias veces. Casi no entendía lo que había dicho la doctora Karim. Seguía atónito por lo que había visto en el monitor, y el fuerte y rápido sonido que emitía el aparato y que la obstetra le había dicho que era el latido del corazón. El bebé tenía cabeza, cara, deditos formándose en las manos y los pies y unas largas piernas con las que casi se tocaba la nariz. Ahora entendía lo del pataleo. Parecía estar un poco apretujado ahí. Su hijo. Su bebé. Ya no era algo abstracto sino tangible, y tan aterrador que le costaba trabajo incluso respirar.


–¿Ya nos lo puede decir? –preguntó Paula, entusiasmada–. En la última ecografía no pudieron.


–Acabamos de tener una imagen muy clara de los genitales –contestó la doctora–, de modo que puedo decírselo con bastante seguridad, pero depende de ustedes si quieren saberlo ahora, o prefieren esperar.


–¿Qué piensas tú, Pedro?


No tenía una respuesta. En realidad no sabía si iba a poder aguantar que aquel momento fuera más real aún de lo que ya era. Estaba empezando a sudar, y las paredes azules de aquella habitación empezaban a acercársele, cercándolo, machacándolo con los recuerdos de aquel día tan lejano ya.


–«Ne me quitte pas, Pedro. Jesús’ai besoin de toi». «No me dejes, Pedro. Te necesito». ¿Cómo iba a poder él proteger a aquella criatura tan vulnerable, cuando había sido incapaz de proteger a su propia madre?


–Yo no… –tosió para disimular la ansiedad–. No tengo preferencia. Decide tú.


¿De verdad importaba el sexo del bebé cuando él no iba a poder formar parte de su vida? El entusiasmo de Paula disminuyó, y él apretó los dientes para prepararse contra el ataque de la culpa. Ya le había dicho lo que podía ofrecerle y lo que no. El bebé llevaría su apellido, dispondría de su riqueza y contaría siempre con su protección, pero con eso tendría que bastar. No tenía más que ofrecer.


–Pues yo sí quiero saberlo –dijo Paula, mirando a la doctora.


–Obviamente no puedo estar cien por cien segura –contestó con una sonrisa y señalando el monitor–, pero casi convencida de que lo que tenemos aquí es un pene.


–¿Un niño? –exclamó Paula, maravillada, lo que hizo que el peso que Pedro sentía en el estómago se agrandara. Se volvió y tomó su mano–. ¿Has oído, Pedro? ¡Vamos a tener un hijo!


Él asintió y se llevó su mano a los labios, incapaz de hablar.


–Tendría que irme. Tengo que ocuparme del resto de preparativos.


–¿Preparativos?


–Tengo que volver hoy a Francia. He dejado dispuesto que te quedes en el hotel de Londres hasta que podamos casarnos en el ayuntamiento de Auxerre dentro de diez días.


¿Por qué narices se había empeñado en ir a aquella cita? No esperaba que el bebé fuese tan reconocible a aquellas alturas de la gestación.


–Te veo en el aeropuerto de Burdeos. Mientras, descansa –añadió.


–¿No te voy a ver hasta dentro de diez días? –preguntó, desmayada.


–Eso me temo. Se necesitan diez días para preparar la documentación para la boda –un retraso por el que se sentía patéticamente agradecido–. Tú descansa –insistió–. Gracias, doctora.


Y con un beso en la frente de Paula, salió disparado de allí.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 35

Entendía que su pretensión no era la de arrebatarla la independencia, sino que solo quería protegerla, ofrecerle el cuidado que su padre no le había proporcionado a su madre, pero no por eso se había vuelto fácil la decisión de poner su vida en sus manos, aunque fuera temporalmente. Hacía tanto tiempo que no confiaba en nadie… Siempre había contado consigo misma y aunque trabajar tanto había sido arriesgado, tampoco era una mujer frágil.


–No hay por qué avergonzarse –le dijo él, empujando suavemente su barbilla.


Sonrió tímidamente. No debía ser consciente de lo irónico que resultaba ese comentario viniendo de él, un hombre que seguramente no había reconocido jamás que necesitase el apoyo de otra persona.


–¿Qué tiene de gracioso?


–Nada, en realidad. ¿Por qué no me limito a irme a vivir contigo a Burdeos sin más hasta que nazca el niño? No es necesario que nos casemos.


–Sí que lo es –dijo en aquel tono dictatorial tan suyo, aunque en aquella ocasión creyó oír una emoción detrás–. No quiero que mi hijo nazca sin tener un padre. Si me dices que sí, encontraremos la forma de llegar a un acuerdo que nos satisfaga a ambos. Voy a necesitar que firmes un acuerdo prenupcial para que podamos disolver el matrimonio en cuanto nazca el bebé sin complicaciones.


Intentó no entristecerse con aquel pensamiento. Aquello sería en interés de ambos, ¿no?


–Y… ¿Qué pasará con la custodia?


–Un niño debe estar con su madre –contestó sin dudar.


¿Es que no tenía intención de ver al niño después? «No desesperes, Paula. Él acaba de enterarse de su existencia. Tú llevas cuatro meses con él».


–Pero me gustaría que me permitieras seguir ocupándome económicamente de él después del divorcio.


La emoción le cerró la garganta.


–Por supuesto –dijo. 


Ella quería mucho más que un aporte económico. Quería que forjase un vínculo emocional con su hijo, y eso llegaría con el tiempo. Quizás cuando lograse derribar las barreras que había erigido alrededor de su corazón y vencer el miedo a la paternidad. Aquel matrimonio le daría cuatro preciosos meses para conseguirlo.


–Entonces, ¿Te casarás conmigo y te vendrás a Burdeos hasta que nazca el niño?


¿De verdad estaba planteándose decirle que sí? Para Pedro, aquel era el modo de asumir la responsabilidad para con su hijo, corregir el mal que se le había hecho a su madre y asegurarse de ser mejor que su padre. Y por su parte, la posibilidad de darle a su hijo algo que ella nunca había tenido, un padre en el sentido más pleno de la palabra, hacía que valiera la pena correr el riesgo, ¿No?


–De acuerdo, Pedro –respondió, decidida a centrarse en la esperanza y no en el miedo. Ya no quería volver a ser cobarde. Había tomado tantas decisiones importantes con su silencio, unas decisiones que ni quería ni podía cambiar, pero aquella era su voto de confianza en que podrían lograrlo juntos y que quizás, solo quizás, pudiera surgir algo más–. Me casaré contigo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 34

El rechazo que los dos habían sufrido podía hacer que se perdiera la confianza en la capacidad de amar, pero ella había descubierto en los últimos cinco meses una vasta reserva de amor que no era consciente de poseer. El bebé aún no era real para Pedro, y la relación de sus padres había bastado para que acumulara grandes dosis de cinismo hacia el amor, pero eso no significaba que no pudiera ser un buen padre.


–¿Por eso estabas tan decidido a acabar con La Maison? –le preguntó–. ¿Por eso me expusiste a la prensa? ¿Por lo que le pasó a tu madre, y a tí, en esa casa?


Lo que le había contado de su madre y el trauma de los abortos había arrojado una luz nueva sobre sus actos de aquella noche y de la mañana de después. Su traición seguía doliendo, pero quizás no había tenido que ver con ella ni con su pasado. Quizás fue un modo consumar su venganza contra un hombre que había usado a su madre de un modo tan vil, para luego abandonarlos a ambos.


–¿Qué? ¡No! Fue solo un error. Alguien en el bufete de abogados se olvidó de borrar el informe adjunto antes de enviar el comunicado de prensa en el que se decía que iba a impugnar el testamento. Por favor, créeme: Jamás habría filtrado deliberadamente los detalles de nuestra vida sexual. Y no estoy tan loco como para culpar a una casa del sufrimiento de mi madre.


–Me alegro de saberlo –sonrió. La tensión que le había encogido el pecho desde aquella mañana, desapareció


–Ahora verás que debemos casarnos cuanto antes, ¿No, Paula?


El silencio de la habitación parecía vibrar a su alrededor, haciéndola aún más consciente de la atracción casi líquida que había entre ellos desde aquel instante en que lo miró por primera vez.


–Cásate conmigo, Paula –susurró, y sintiendo su debilidad, se acercó para besarla en el cuello.


Paula se arqueó contra él y un gemido de deseo salió de sus labios, al mismo tiempo que sus pechos ultra sensibles parecían inflamarse, lo mismo que aquel dulce lugar entre sus muslos. La respiración de Pedro se tornó tan entrecortada como la suya, pero antes de que pudiera rendirse a las sensaciones que recorrían su cuerpo y darle la respuesta que él quería, sintió un movimiento en su vientre.


¿–C’est le bébé? –preguntó, apartándose casi de un salto.


Ella asintió sin poder contener la risa ante su expresión horrorizada.


–Sí. Le gusta dar patadas.


Sin pensárselo, se abrió el albornoz, tomó su mano y la colocó sobre su vientre. El bebé contestó de inmediato.


–Il est très forte, ce bébé –dijo–. ¿No te hace daño?


–No. El médico dijo anoche que es muy activo. La mayoría de mujeres no sienten sus movimientos hasta las semana veinticinco, pero que lo haga ya es perfectamente natural y signo de que está muy sano –explicó sonriendo.


Le vió mirar su vientre como si pudiera ver a través de la piel y luego retiró la mano.


–La doctora Karim sugirió que fuéramos a la clínica esta mañana para hacerte una ecografía –dijo, mirando su reloj–. El conserje puede traer ropa nueva para tí y, en cuanto te hayas vestido, nos vamos.


No era una pregunta. La miraba con su acostumbrada intensidad, retándola a contradecirle, y Paula suspiró. No necesitaba una doctora de las caras teniendo un fantástico obstetra en el hospital público, pero sabía que para él era importante ofrecerle la mejor atención médica que el dinero pudiera comprar, así que no quiso rechazarla. 


–Está bien, Pedro. Si insistes… 


–Insisto.


–Supongo que debería darte las gracias porque no me vayas hacer ir en albornoz –sonrió, intentando animar el momento, antes de que la emoción la estrangulase.


–Es que me siento magnánimo –dijo él, apoyando de nuevo las manos en la pared más arriba de su cabeza–. Aunque te prefiero desnuda.


Ella se rió, pero el calor en su entrepierna se avivó de nuevo.


–Paula –apoyó la frente en la de ella–, tienes que casarte conmigo. Dime que sí, por favor.


Ahora no era una orden, sino un ruego preocupado. El bebé se movió entonces con delicadeza, como si le estuviera dando su consentimiento.


–Quiero que estés cuidada. ¿Es que no ves que es una locura que trabajes hasta la extenuación cuando no hay necesidad? Yo tengo dinero. Déjame gastarlo en el bebé y en tí, al menos hasta el nacimiento. 


La emoción se le amontonó en el pecho y bajó la mirada.


–Es que… No me siento cómoda con que me mantengas tú.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 33

 –Podría haberle puesto fin, pero no quise. Tú no eres responsable de la decisión que tomé.


–Esta discusión es absurda, Paula –contestó, y volvió a mirarle la tripa. ¿Qué había en el embarazo que tanta ansiedad le provocaba?–. Ese bebé es hijo mío, y no quiero que sufras ningún daño.


–Eso no va a ocurrir, Pedro –le tranquilizó, intentando no leer demasiado en su determinación de cuidarla, algo que ningún otro hombre había hecho–. Estoy embarazada, no enferma.


–Estar embarazada es peligroso. Mi propia madre…


–¿Qué le pasó a tu madre, Pedro? –preguntó, viendo su agonía.


–No importa.


Sí que importaba. ¿Sería esa la razón de su insistencia en la boda?


–¿Tuvo un embarazo difícil? ¿Es por eso que el mío te asusta? – inquirió con delicadeza.


–Era un bebé grande –dijo, pasándose las manos por el pelo–. Ella era muy menuda, y él se negó a pagarle los cuidados que necesitaba – apartó la mirada–. Yo no fui el único embarazo que no evitó. Mi madre tuvo dos abortos antes de que él la repudiara.


–Pedro… Lo siento mucho –susurró, poniendo la mano en su brazo. ¿Habría presenciado él esos dos abortos? Eso debía ser, a juzgar por el innegable trauma que le había causado–. Ojalá lo hubiera conocido bien. 


No habría aceptado su proposición de matrimonio. ¿Cómo podía haber estado tan ciega ante los defectos de André de la Mare?


–Tú no eres culpable de nada. Mi padre se pasó toda su vida manipulando a las mujeres. Se le daba muy bien –parpadeó varias veces. Estaba claro que para él era muy duro hablar de la relación de sus padres–. Mi madre nunca dejó de quererlo, a pesar de cómo la trataba –respiróhondo–. Pero nada de todo eso importa ya. Lo que sí importa es que no sufras como sufrió ella. No puedo permitir que eso ocurra, o no seré mejor que él.


Le había oído decir que él no era su padre, pero no había sido consciente de lo mucho que quería decir con esas palabras.


–Entiendo.


–Yo no habría elegido ser padre, Paula –se sinceró, en un tono tan lleno de dolor que el corazón se le encogió–. Pero no tomé las precauciones que debería, y ahora eres tú la que tiene que cargar con las consecuencias de mis actos. También sé lo que es no tener la protección de un padre, su apellido y su riqueza, y ahora no puedo permitir que mi hijo crezca sin esas cosas.


Pero un buen padre podía proporcionar mucho más de lo que estaba diciendo. Cuando su propia madre falleció, ella buscó en su padre no solo seguridad económica, sino emocional, y él fracasó. La rechazó y la abandonó porque le causaba muchos problemas, y porque nunca la había querido de verdad, igual que André de la Mare había rechazado y abandonado a Pedro.


–¿Crees que… Que podrías ofrecerle a este bebé algo más, Pedro? – le preguntó, con miedo a tener esperanza, pero con más miedo a no hacer la pregunta.


–¿Qué quieres decir?


–¿Crees que podrías ofrecerle al niño algo más que tu apellido y tu protección?


Pedro frunció el ceño, como si no se esperase la pregunta.


–Lo dudo. Como ya te he dicho, no tenía pensado ser padre, Paula, precisamente porque creo que no lo haría bien.


Había hablado con firmeza y delicadeza a un tiempo, pero aun así la luz de la esperanza se negaba a apagarse en Paula. Tanto su padre como el de ella habían sido incapaces de amar, pero se negaba a creer que la historia tuviera que repetirse. Amaba profundamente a ese bebé, y aunque el tipo de matrimonio del que hablaba Pedro, con fecha de caducidad y cuya única finalidad era protegerla a ella y darle a su hijo su apellido, no era suficiente, el hecho de que se sintiera tan desesperado como para ofrecérselo era un comienzo.

martes, 28 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 32

 –¿Estás…? ¿Te has vuelto loco?


Pedro vió cómo el rojo de sus mejillas se volvía magenta, y cómo la preocupación de sus ojos azules tornaba en pánico. Vale, puede que no hubiera sido el mejor modo de pedirla matrimonio. La vió dar un paso atrás como si intentara separarse de un animal peligroso a punto de atacar. Hacía bien en ser cauta porque sus emociones nunca habían sido tan volátiles, tan descontroladas. En cuanto había abierto los ojos y la había visto allí, el pelo mojado y sus curvas envueltas en aquel albornoz, había tenido que contener el deseo primario de saltar sobre ella y no soltarla para que no desapareciera, como tantas veces había pasado en sus sueños y en sus pesadillas.


–Déjame explicarte, Paula –dijo, dando un paso hacia ella–. El matrimonio es la solución más obvia.


–No… No me toques –retrocedió de nuevo–. Lo digo en serio. Tengo que irme. No puedo…


Esquivó el sofá rápidamente, pero él, sin pensarlo más, saltó por encima y la agarró por la muñeca.


–¡Suéltame, Pedro! Quiero irme.


–Para, Paula. Te vas a hacer daño –le advirtió, refiriéndose a sus intentos de soltarse, y tiró de ella para rodearla con los brazos y aprisionarla con cuidado contra la pared.


Respiró hondo. Olía a flores silvestres y a mujer, el perfume que lo había vuelto loco la noche anterior mientras la desnudaba, obligándose a no tocar más de lo estrictamente necesario. Por fin consiguió que se quedara quieta, pero la oyó contener un sollozo y sintió que apoyaba la frente en su pecho. Se sintió como un bruto, un animal. Oír su sollozo, el doloroso intento de contener las lágrimas, le destrozó la compostura, el equilibrio. El corazón se le expandió en el pecho y la garganta se le cerró, pero no podía soltarla. Así, no. Ahora que la había encontrado. Si la dejaba marchar, podía no volver a encontrarla nunca. Le había fallado a su madre en una ocasión. No iba a fallarle a ella.


–Paula, tranquila –musitó junto a su pelo, y la besó en la frente–. Nunca te haría daño. Tienes mi palabra. Pero no puedo dejar que te vayas hasta que hayas accedido a ser mi esposa. Será algo temporal –añadió con voz ronca, intentando recuperar el hilo de lo que había estado pensando la noche anterior.


Ella lo miró abriendo mucho los ojos, algo confusa y todavía asustada, y él bajó los brazos porque el calor había vuelto a abrasarle el vientre, y no era el momento.


–Quiero que el bebé nazca llevando mi apellido, y que siempre tenga mi protección. Quiero que vivas en Burdeos en mi château. Nada de pasar hambre o llegar a la extenuación. Yo… Deseo proporcionarte todo lo que puedas necesitar mientras estés embarazada. Es muy importante para mí.


–¿Por qué? –fue todo lo que le preguntó. No se opuso, ni rechazó su sugerencia.


–¿Por qué quiero hacerlo? Porque no quiero que pongas tu vida en peligro –dijo, y respiró hondo–. No quiero que lo hagas solo para sobrevivir, cuando yo tengo el dinero que necesitas.


–Mi vida no está en peligro, Pedro –rebatió con dulzura–. ¿Por qué piensas eso?


–El embarazo y el parto son cosas peligrosas, Paula. Una mujer puede… –tomó aire porque los recuerdos le quemaban la lengua como un ácido–, puede quedar debilitada por el parto si no recibe los cuidados adecuados. No deberíamos haber hecho el amor sin preservativo –dejó que su mirada bajara a su vientre, y sintió que la culpa que había intentado mitigar durante la noche empezaba a desbordarse–. Por mi falta de cuidado te estás enfrentando a ese peligro, así que es mi deber asegurarme de que estás cuidada hasta que nazca el bebé.


La miró a los ojos dispuesto a convencerla, a rogar, incluso a chantajearla si era necesario para que accediera, pero se quedó atónito al ver que tenía los ojos llenos de lágrimas.


–¿Qué ocurre?


–Pedro, no estoy en peligro, y aunque lo estuviera, no eres tú el responsable.


–Por supuesto que sí.


Instintivamente Paula puso la mano en su mejilla. Él dió un paso atrás, más vulnerable de lo que le había visto antes. Incluso de lo que podía soportar.


–¿Cómo puedes decir que no lo es?


–Porque la decisión de tener el bebé ha sido mía –contestó, intentando encontrar el camino a través del campo de minas que había quedado expuesto. 


Lo había subestimado en muchos sentidos. Que se sintiera responsable de ese modo de su salud y bienestar era ridículo, pero ella lo había acentuado por su recalcitrante orgullo y su negativa a dar su brazo a torcer. Debería haberse puesto en contacto con él al saber que estaba embarazada. Si le hubiera pedido apoyo, no habría tenido que trabajar hasta la extenuación, ni asustarlo de aquella manera.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 31

Veinte minutos más tarde, se había duchado y cepillado el pelo recién lavado. Por desgracia solo tenía el albornoz y la ropa interior del día anterior, porque no había logrado encontrar su ropa. Ni los zapatos. Incluso el abrigo había desaparecido. ¿Los habría escondido Pedro para obligarla a quedarse? Haciendo acopio de valor, se apretó la lazada del albornoz y abrió la puerta del dormitorio. Esperaba encontrarlo allí, en el salón, pero estaba vacío. Un sonido ronco hizo que mirara hacia el respaldo del sofá de tres plazas que se enfrentaba a otro de los ventanales. Unos pies descalzos largos y morenos colgaban del brazo de seda tostada del sofá. ¿Pedro? Se acercó con cuidado y lo encontró tumbado sobre los cojines. Una fina sábana cubría la mitad inferior de su cuerpo, bajo la que asomaba la cinturilla de los calzoncillos. El corazón se le subió a la garganta de un salto mientras lo observaba sin ser vista. Su pecho era tan magnífico como ella lo recordaba y su abdomen subía y bajaba al ritmo de la respiración, un ritmo que se repitió en su abdomen. Su pelo, siempre peinado hacia atrás, estaba revuelto, y una sombra de barba le teñía el mentón. Seguramente la mayoría de hombres no resultaban tan intimidantes mientras dormían. Respiró hondo, y bastó con eso para que abriera de golpe los ojos, inmediatamente alerta, y ella dió un paso atrás.


–Bonjour, Paula.


Bostezó, se estiró y se levantó con movimientos indolentes. ¿Por qué narices volvía a tener la sensación de haberse metido en la guarida del lobo? Le vió pasarse las manos por el pelo y la cara, pero era el prominente bulto de debajo de sus calzoncillos lo que llamó su atención.. El peso en su estómago se hizo caliente y doloroso, enviando un pulso caótico a su sexo.


–No le prestes atención. Me pasa todas las mañanas. Sobre todo, si he estado soñando contigo.


Paula enrojeció. ¿De qué iba eso? No quería que soñara con ella… ¿Verdad?


–¿Dónde está mi ropa, Pedro? –preguntó de golpe, incómoda no solo por la intimidad del momento sino por su propia reacción.


Tenía que marcharse. Ya hablarían más tarde, cuando hubiera recuperado el equilibrio. Cuando no estuvieran en aquella habitación, siendo ella tan consciente de su desnudez debajo del albornoz… y de su erección matinal. Pero, en lugar de responder, él estiró la espalda y el cuello, dejando que sus vértebras crujieran.


–He hecho que la tiraran –dijo sin el más mínimo arrepentimiento.


–¿Qué? –todos aquellos sentimientos cálidos desaparecieron. Hubiera querido mostrarse indignada por su arrogancia, pero todo lo que lograba sentirse era expuesta. Y preocupada–. ¿Por qué?


–Para impedir que te escaparas mientras yo dormía.


–Pero… Pero ¿Cómo…? ¡No tenías derecho!


Había tenido que pagar el uniforme de su propio dinero.


–Tenía todo el derecho –replicó, bajando la mirada a su tripa–. No pienso permitir que vuelvas a desaparecer hasta que hayamos aclarado unas cuantas cosas.


–No pensaba desaparecer. Anoche te dije que volvería hoy para que pudiéramos hablar.


Ni siquiera respondió. Se limitó a enarcar una ceja, y su expresión lo decía todo: «¿Te parezco idiota?»


–Esa ropa era mía. La he pagado, y la necesito porque me tengo que buscar otro trabajo, así que muchas gracias por el favor –espetó, intentando ocultar la inquietud tras el sarcasmo.


Mostrar debilidad ante Pedro Alfonso no era una buena idea. Se la había mostrado la noche anterior por el agotamiento, y él había pasado como una locomotora por encima de sus protestas y de su propiedad. El cinismo desapareció de su expresión, y justo cuando creía haber anotado un punto al fin, dijo con voz firme y pragmática:


–No necesitas esa ropa porque te voy a comprar otra mejor. Y no necesitas trabajo porque nos vamos a casar en Francia en cuanto sea posible. Dentro de diez días.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 30

Paula abrió despacio los ojos y se encontró en una habitación enorme. Los cortinajes dorados que adornaban los cuatro postes de la cama en la que había dormido estaban iluminados por un rayo de sol que se colaba por el ventanal que había a los pies de la cama. ¿Estaría soñando? Aquella no era la abarrotada y gélida habitación de la casa que compartía en Leyton, donde el ruido del tráfico sacudía las ventanas y la despertaba cada día al alba. Sentía las piernas ligeras, a pesar del dolor en los gemelos por los tacones que se veía obligada a llevar en el trabajo, y la mente refrescada. ¿Cuándo había sido la última vez que se había despertado tan descansada? Se incorporó y la sábana le cayó al regazo, y solo entonces se dió cuenta de que llevaba bragas y sujetador. ¿Dónde estaba su pijama? Los recuerdos acudieron entonces en tropel. Pedro. Pedro la había encontrado la noche anterior y la había llevado allí. Su voz cargada de ultraje, de reproches. Su olor a sándalo, jabón y hombre en el taxi. La fuerza de sus brazos, poderosos y protectores al llevarla al ascensor. Sus manos, bruscas pero tiernas mientras la desnudaba y la tapaba con el edredón tras la visita de la doctora, y la batalla perdida contra el agotamiento. «Ese niño es de mi misma sangre. ¿De verdad piensas que iba a escoger abandonarlo?» ¿Qué había hecho? Había dado por sentado que se pondría furioso si se enteraba del embarazo y de su decisión de tenerlo, pero lo único que podía recordar de su expresión era dolor. «No soy mi padre». Sintió calor en el estómago. Lo había juzgado y condenado, y aunque su decisión de huir había sido razonable, él tenía razón: Todo había cambiado al descubrir que estaba embarazada. Se puso la mano en el vientre y notó el movimiento que, una semana antes, la había asustado, pero que ahora la tranquilizaba.


–Buenos días, ranita –lo saludó, y dejó que una lágrima le rodase por la mejilla porque no había nadie allí que pudiera verlo–. Cuánto lo siento.


Huir se había convertido en una costumbre para ella al dejar el sistema de menores, porque siempre había sido más fácil empezar de nuevo que enfrentarse a sus miedos. Debería haberse dado cuenta, en cuanto el médico le dijo que estaba esperando un hijo de Pedro Alfonso, que el momento de dejar de hacerlo había llegado, pero era absurdo castigarse por aquella decisión inducida por el pánico. Pedro la había encontrado la noche anterior y, a pesar de la sorpresa, parecía mucho más furioso porque no se lo hubiera dicho que por el embarazo en sí. «La elección siempre habría sido tuya». Había sido un error no ponerse en contacto con él. Se levantó de la cama y, descalza sobre la lujosa alfombra, fue a por un albornoz que alguien había dejado en un precioso butacón tapizado en seda y abrió los cortinajes del ventanal, desde el que se disfrutaba una hermosa vista del Támesis. Se volvió a mirar a la cama. La almohada que había junto a la suya no tenía marca alguna. Pedro no había dormido allí. Recordó su contacto de la noche anterior. Nada urgente e intenso, sino delicado e impersonal. «¿Pero qué esperabas? Pues claro que ya no le interesas. Además, ¿Por qué ibas a querer interesarle? Eres una mujer embarazada, y fue precisamente tu incapacidad para resistirle lo que te metió en este lío. Bueno, tú no eres un problema, ranita» añadió, tocándose otra vez la tripa. «Ni tampoco un lío. Y nunca lo serás, ¿Vale?» Aunque todo el resto de su vida sí lo fuera. Había perdido su trabajo. Carmen jamás volvería a contratarla después de verla huir como una loca, y tenía que encontrar una solución adecuada para Pedro y ella sin permitir que él le pasara por encima como una locomotora. Se apartó el pelo de la cara. Aún era temprano. Una ducha, su ropa, y estaría lista para enfrentarse a él, y al error que había cometido por no ponerse en contacto con él. Pero no era la única culpable de lo que había ocurrido. No había sido ella quien había utilizado la noche que habían estado juntos como apuesta para adquirir una propiedad, la propiedad que tan empeñado estaba en conseguir que no había dudado en arrojarla a los lobos para hacerse con ella. Pedro no era inocente. En cuanto se lavara y se vistiera, se lo iba a dejar bien claro… Y con algo más de intensidad que el día anterior.