jueves, 19 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 36

La mirada ardiente de Pedro la recorrió, su respiración más lenta. La miraba como si quisiera devorarla, lo que, para su deleite, sugería que le gustaba tanto como a ella, a pesar de sus, sin duda, torpes esfuerzos por complacerlo. Tomó los pechos, llenos y pesados, y frotó los pezones con los pulgares. Paula jadeó ante la fuerte reacción. Sentía arder la piel y una descarga de mil voltios en su interior. Instintivamente, arqueó la espalda, necesitando que su boca sustituyera a sus manos, y cuando él lo hizo, se estremeció. El leve cosquilleo de su barba al rozarla intensificó las sensaciones. Se aferró a sus hombros y le agarró el pelo. El calor que recorría sus venas era más intenso que antes. El deseo mayor que cualquier otra cosa que hubiera conocido. Todo pensamiento coherente desaparecía rápidamente. Tenía que hacerlo, bastaba con ser fuerte e intrépida y… ¡Oh! Pedro se detuvo. Lo había conseguido. Su cuerpo, sus caderas, sobre todo, se habían movido por voluntad propia y él estaba dentro de ella. No demasiado profundo. No demasiado fuerte. Y… Estaba bien. Gracias a la paciencia y comprensión de Pedro, y a su voluntad de dejarle hacer, sacrificando su control por el bien de ella, y a su cuidado y consideración, no hubo dolor, solo cierta incomodidad que desaparecía por segundos. Paula sintió un nudo caliente y apretado en la garganta. La emoción se apoderó de ella, le escocían los ojos y se sentía agitada e inquieta. Pero tragó el nudo y parpadeó para disimular la emoción, porque necesitaba moverse. Animada, esperanzada, se mordió el labio y basculó tímidamente las caderas. Nada mal.


Pedro tenía los ojos clavados en los suyos, tan cerca que se distinguían motas doradas en el cálido marrón. Su reflejo temblaba en sus pupilas dilatadas. Paula tuvo la extraña sensación de que, si miraba bien, vería dentro de su alma. ¿Qué encontraría allí?, se preguntó, sintiendo cómo él se hinchaba y endurecía dentro de ella, aunque se mantenía quieto. ¿Y qué encontraría él en la suya? ¿Su profundo miedo al amor y al desamor? ¿La secreta y terrible vergüenza de estar a veces resentida con su madre por haber muerto y destruido sus sueños románticos? ¿El angustioso conflicto de saber que, por un lado, la cirugía la ayudaría físicamente, pero, por otro, la aterrorizaba morir y no despertar? Nada de eso incumbía a Pedro. Solo trataba de ayudarla a funcionar como ella quería, así que cerró los ojos y se apretó contra él. Lo besó con fuerza y empezó a mecerse. Pedro la sujetaba sin apretarla, dándole espacio para detenerse si lo necesitaba, pero ella no iba a ninguna parte. La postura estaba funcionando de maravilla. Así podía ajustarse y adaptarse. El balanceo era sensacional. La vista se le nublaba, la cabeza le daba vueltas y su cuerpo se convertía en una masa temblorosa de sensaciones. La respiración de él era agitada, sus músculos tensos. Su enorme cuerpo temblaba y sus manos se movían sobre su ardiente piel.

Retrato: Capítulo 35

En algún polvoriento rincón de su cerebro, fue vagamente consciente de que eso no debería estar sucediendo, de que debería centrarse en el placer de ella, pero tal vez Paula tuviera razón. Aliviar la intensidad de su necesidad para poder ocuparse de la de ella podría ser la decisión correcta. Desde su punto de vista, era la mejor decisión. El calor húmedo de su boca y las cosquillas de su pelo lo enloquecían. Su respiración era agitada, rápida y superficial. La tensión que se acumulaba en su interior era insoportable. Estaba a punto de perder el control. Intentó echarle la cabeza hacia atrás, pero ella continuó, y él no habría podido protestar, aunque hubiera querido. Cuando Paula aumentó la presión y el ritmo, Pedro perdió toda capacidad de pensamiento. Ardía, se estremecía y, sin poder controlarlo, con las manos en el pelo de ella, el clímax atravesó su cuerpo con la fuerza de una bola de demolición. Con un gemido, echó la cabeza hacia atrás y explotó, palpitando implacablemente hasta vaciarse por completo.


—Bueno, ya sabemos que esto funciona —afirmó Paula con una ligereza que contradecía el estruendo de su corazón, el doloroso y ardiente palpitar entre sus piernas y la intensa sensación de triunfo que la invadía.


Arrodillada, se apartó el pelo de la cara. El sabor salado y almizclado permanecía deliciosamente en su lengua. Le dolía la mandíbula, pero daba igual. La expresión aturdida de Pedro le hizo sentir como si hubiera conquistado el mundo.


—Ha sido… Eres… Increíble —los ojos de Pedro estaban vidriosos y su voz era ronca.


—¿Podría haberlo hecho mejor?


—Espero que no. Dudo que sobreviviera.


—Bueno es saberlo.


—Me hiciste perder el control.


—¿Y cómo te sientes al respecto?


—No estoy del todo seguro —murmuró él con el ceño fruncido—. ¿Inquieto? Es mezquino quejarse, pero se suponía que te iba a empoderar.


—Lo hiciste. Te lo demostraré.


Paula se deslizó hacia arriba y se agachó para besarlo mientras se acomodaba a horcajadas sobre sus caderas, las piernas de él estiradas detrás de ella. Su corazón cabalgaba al sentirlo contra ella, duro, aunque no tanto como antes. Se sintió fugazmente nerviosa, pero había leído que esa postura, en la que ella pudiera marcar el ritmo, era buena. Estaba caliente, mojada, preparada y tan valiente como podría estarlo.


—¿Preservativo? —le susurró al oído.


Con ojos brillantes, Pedro rebuscó en el cajón de la mesilla mientras Paula se quitaba las bragas, y solo quedaba hundirse sobre él. Pero estaba demasiado tensa, y no iba a funcionar si no se relajaba. Y cuanto más intentaba relajarse más tensa se ponía, empeorándolo todo. Era horrible. Como si percibiera sus dudas y temores, Pedro se movió, impidiendo la penetración y, para alivio de ella, la ansiedad disminuyó al instante. Él la besó lenta y profundamente y ella se acurrucó contra él, prácticamente ronroneando. Pedro pasó las manos por su espalda, encontró la cremallera del vestido y la deslizó hacia abajo. Paula se estremeció cuando él le subió la prenda por la cabeza y la tiró al suelo.


Retrato: Capítulo 34

Cuando la apretó contra su erección, Paula gimió, derritiéndose por dentro. No podía acercarse lo suficiente. Su cabeza se llenó de su aroma y su cuerpo se inundó de calor. Lo deseaba tanto dentro de ella que dolía, pero ahí había ido mal antes. Lo que sentía no había bastado. Ella había percibido su desesperación y el momento en que el control había saltado. Quizá la profundidad de su penetración y la potencia de sus embestidas habían contribuido a su malestar aquella noche. Tal vez hubiera alguna forma de evitarlo. Interrumpiendo el beso y respirando con dificultad, se giró para sentarse a horcajadas sobre él. Con dedos temblorosos, empezó a desabrocharle los botones de la arrugada camisa. La abrió y puso las manos sobre su cálida piel bronceada, cubierta de vello oscuro, y sintió una punzada de embriagadora satisfacción cuando él siseó. Agachó la cabeza y pegó la boca al pecho de él, sintiendo su estremecimiento. Besó su torso y los rígidos músculos de sus abdominales.


—No, Paula —murmuró él, sujetándole la mano sobre la hebilla del cinturón cuando sus intenciones se hicieron evidentes.


—¿Cuánto me deseas?


—¿No se nota?


Claro que se notaba. Estaba duro como una roca bajo sus manos. Paula quería sentirlo, explorarlo, saborearlo, comprobar si podía hacerlo estallar como había hecho él con ella.


—Dijiste que yo mandaría y quiero hacerlo. Creo que nos hará ir más despacio. Creo que ayudará. Dime qué te gusta. Dime si lo hago mal.


Con un áspero gemido de derrota, Pedro levantó las caderas y ayudó a Paula a quitarle los vaqueros y la ropa interior. Se deslizó hacia arriba y se recostó contra el cabecero mientras ella se acomodaba entre sus piernas. Tomó el miembro con una mano y él cerró los ojos mientras un placer incandescente lo atravesaba. Nada que ella pudiera hacer estaría mal. Nada. Cada tímido roce de sus dedos, cada lento tirón de su mano, lo excitaba más y más. Cuando sintió su aliento sobre él, la cabeza le dio vueltas. Cuando su boca se cerró sobre él, el corazón casi se salió del pecho. Cometió el error de abrir los ojos y mirar hacia abajo, y tuvo que agarrar las sábanas para no hundir las manos en el precioso pelo multicolor para guiarla como él quería. Si hubiera sido capaz de pensar, Pedro se habría maravillado por cómo ella leía su cuerpo a pesar de su inexperiencia. No tenía que decirle lo que le gustaba. Instintivamente, ella parecía saberlo. 

Retrato: Capítulo 33

 —Estoy muy demandado.


Ella se apartó de la barandilla, volviéndose hacia él con una mirada inesperadamente ardiente que hizo que el corazón de Pedro se estrellara contra las costillas. 


—¿Podrás aguantar un poco más?


—Sí.


—Enséñame la planta de arriba.


Fue la paciencia de Pedro la que dió a Paula la confianza necesaria para dominar sus nervios y lanzarse a por lo que tan desesperadamente deseaba. Al interpretar sus miedos y apartarse, tanto literal como metafóricamente, él le había dado el espacio y el tiempo que necesitaba para asimilar los acontecimientos que se avecinaban. Pasara lo que pasara entre ellos, ya fuera un éxito espectacular u otro fracaso estrepitoso, todo estaría bien. Interpretando correctamente sus palabras de nuevo, Pedro la tomó de la mano y la condujo hacia la amplia escalera de piedra. Mantenerse en pie con las piernas de gelatina y los pulmones sin aire era todo un reto para Paula, pero en unos instantes él la arrastró por el rellano y cruzaron una puerta abierta. Murmuró una palabra y las luces de la mesita de noche se encendieron, y antes de que las dudas que había vencido resurgieran y se apoderaran de ella, Paula se acercó a él y apoyó las manos en el pecho. Al deslizarlas hacia arriba, sintió latir el corazón de Pedro con fuerza bajo su palma. Deslizó las manos hasta su nuca y él le rodeó la cintura con los brazos. Ella levantó la cabeza al mismo tiempo que él bajaba la suya, y sus bocas se encontraron en una lenta y sensual exploración, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si él quisiera demostrar su intención de cumplir la promesa de ir despacio y darle espacio. Derritiéndose contra él, Paula luchó contra el impulso de aumentar la intensidad del beso. La cabeza le daba vueltas, el deseo estallaba y el calor se disparó en su interior, y cuando sintió la dura longitud de él presionándola, deseó caer sobre la cama en un salvaje desprendimiento de ropa. Pero permaneció donde estaba, atrapada en un abrazo que era el plato principal, no un simple entrante, y que él no parecía tener prisa por terminar. Cuando por fin cayeron sobre la cama, la respiración agitada, los besos continuaron, abrasadores, pero lánguidos.


—¿Cómo me haces esto? —suspiró ella cuando él deslizó la boca por su cuello y empezó a arrasar la sensible piel que había bajo el lóbulo de la oreja.


—Yo debería preguntarte lo mismo —murmuró él, arrancándole un escalofrío con el aliento ardiente.


—Supongo que los polos opuestos se atraen.


—Eso parece.


Pedro rodó de espaldas, llevándola con él. Hundió los dedos en su pelo y tiró de su cabeza hacia abajo para darle otro beso abrasador. Deslizó la otra mano por detrás del muslo, frunciendo el vestido azul marino, hasta llegar al trasero.

martes, 17 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 32

Pedro apagó el motor y salió del coche, dejando a Paula sentada, con las preguntas resonando en su mente, anulando el deseo y acelerándole el pulso. Los pulmones se aplastaban por la presión, y le costaba respirar. Temblorosa, bajó del coche, se apoyó contra él e inhaló el cálido aire salado hasta que su acelerado corazón se ralentizó y pudo volver a respirar. Mientras él sacaba las maletas del maletero, se tomó un momento para contemplar las estrellas, para escuchar el suave y tranquilizador rumor del mar. Sus nervios se calmaron y sus pensamientos se aclararon. Hacía un momento, lo único que quería era irse a la cama con el hombre cuya confianza y seguridad habían hecho saltar por los aires sus objeciones, el que le había prometido un fin de semana de descubrimientos, un fin de semana para recordar. Ella se preguntó si era necesario precipitarse tanto. Quizás el problema fuera la frenética desesperación que había caracterizado su último encuentro. El deseo tenía la costumbre de estallar sin avisar. Los besos se habían vuelto abrasadores en cuestión de segundos. En la pista de baile… En el ascensor… Tal vez en esa ocasión harían bien en tomarse las cosas con calma, en lidiar con el calor con cautela en lugar de sucumbir instantáneamente a él. Con una bolsa en cada mano, Pedro se dirigió a la puerta principal y la abrió. Paula lo siguió. Tras soltar el equipaje, él cerró la puerta y activó las luces con la voz.


—¿Qué quieres hacer primero? —preguntó, volviéndose hacia ella.


—Me gustaría una visita guiada.


Una visita guiada no era lo que Leo había imaginado darle a Paula al llegar a su finca. Pero la había visto mirando al cielo infinito, apoyada en el coche. Había percibido su tensión en el vestíbulo. Si una visita guiada podía calmarla, eso harían. Lo último que quería era apresurarse y que la noche volviera a torcerse. Mientras él le enseñaba las amplias habitaciones interconectadas de la planta baja, ella no dejaba de expresar su aprecio, y él de luchar contra el recuerdo de unas exclamaciones similares antes de que todo estallara aquella noche. En el salón murmuró algo sobre el atractivo de las paredes blancas y brillantes, las líneas puras y los ángulos rectos del edificio, moderno y sin pretensiones, y la serenidad y el aislamiento del lugar, y resistió el impulso de tumbarla en el mullido sofá. Cuando se apartó ante las grandes puertas correderas de cristal para que ella pudiera salir a la terraza que se extendía sobre el mar, sus músculos estaban rígidos por el esfuerzo de mantener las distancias y le estallaba la cabeza.


—Apuesto a que de día las vistas son impresionantes —murmuró ella, apoyada en la barandilla.


—Lo son.


—Dijiste que no pasabas aquí tanto tiempo como te gustaría.


—No.


—Qué pena.


Lo que era una pena era que no se estuvieran besando. Pero no se precipitaría. No la presionaría.


Retrato: Capítulo 31

Pedro le ofreció a Paula una breve historia de cada uno de sus cinco hermanos, centrándose en sus funciones en el negocio, más que en lo personal, que le permitió no pensar en la cama de la cabina del avión. También era un tema de conversación preferible al de sus relaciones anteriores. Sus respectivos sentimientos románticos, o la falta de ellos, en su caso, no tenían cabida en lo que estaban haciendo allí. Nunca había compartido esa información personal con ninguna de las mujeres con las que se había acostado, ni antes ni después de la prematura muerte de su padre. Pero Paula se había retorcido en el asiento, y su pecho derecho había estado a punto de salirse del corpiño, y él estaba tan preocupado por no ponerle las manos encima para averiguar si llevaba sujetador, que respondió a sus preguntas sin pensárselo dos veces. Cuando aterrizaron, se recompuso y recordó que el fin de semana estaría dedicado a ella y a explorar su sexualidad. Como le había asegurado, ella mandaría. Era extraño lo cómodo que se sentía con eso, dada su profunda necesidad de control, pero la excepción que estaba haciendo por ella sería breve y de escasa importancia. La experiencia sugería que con ella los resultados serían asombrosos. El coste para él, estaba seguro, sería cero. De ninguna manera iba a repetir errores anteriores. Él era mejor que esa bestia enfermiza, egocéntrica y desconsiderada en la que se había convertido la noche de la boda de su hermana. Había aprendido la lección y aprovecharía el fin de semana para demostrárselo a sí mismo. Tenía un plan, su determinación era firme como una roca y absolutamente nada iba a salir mal.


Mientras Pedro salía de la carretera principal y conducía por el largo y sinuoso camino hacia la casa, Paula pensó que si no llegaban pronto a su destino explotaría. A cada segundo que pasaba, su imaginación se desataba más. Cuando atravesaron un par de puertas gigantescas y subieron por un amplio camino de entrada, el deseo bullía en su interior como una olla a presión, el pulso le retumbaba como un tren y los oídos le zumbaban. Era su momento para vencer su miedo al sexo. El momento que jamás habría creído tener el valor de vivir. Solo cuando él detuvo el coche frente a la gran estructura sombría, los nervios se activaron inesperadamente y una insidiosa voz en su cabeza empezó a susurrar: «¿Y si no es así? ¿Y si Pedro se equivoca? ¿Y si lo intentan una y otra vez y sigue sin funcionar? ¿Cómo afectaría a tu futuro? ¿O qué pasa si funciona, pero no es tan bueno como esperabas? ¿Se te ha ocurrido que la química podría no ser suficiente, que con tu inexperiencia el sexo podría ser mediocre? ¿De lo humillante que sería?».

Retrato: Capítulo 30

Pedro deslizó la mirada por su cabeza y la cara. Cuando sus ojos se encontraron, el corazón de Paula latía acelerado y tenía la boca seca.


—Ese pelo te sienta bien.


—No sé si tomármelo como un cumplido o un insulto —ella tomó otro sorbo de champán.


—Un cumplido. Es inusual.


—¿Inusual bueno o inusual malo?


—Es solo una observación —contestó el astuto hermano de tres hermanas.


—¿Has tenido muchas novias? —preguntó Paula, retorciéndose en su asiento, y ajustándose el corpiño del vestido.


—Antes de que muriera mi padre, muchas —respondió Pedro vagamente, la mirada oscura y ardiente—. Solo algunas desde entonces.


—Nunca apareces en la prensa con ninguna.


—Me cuido mucho de no hacerlo. Mi vida privada es privada.


—¿Por qué no estás casado? —preguntó ella, con un interés que no debía mostrar, obviando el derecho a la intimidad de Leo.


—Aún no he encontrado a la mujer adecuada.


Debía ser difícil de complacer. Probablemente ni siquiera existía una mujer a su altura.


—Cuando nos conocimos, tuve la impresión de que no tenías mucho aprecio por el amor romántico.


—No es una emoción con la que esté familiarizado.


—¿Quieres tener hijos?


—No sería reacio a tener una familia en el futuro.


Lo que la descartaba a ella. Aunque no tendría ninguna posibilidad, mejor saber a qué atenerse.


—¿Y tú? —preguntó Pedro, interrumpiendo sus pensamientos antes de que pudieran derivar hacia la tristeza y el arrepentimiento que sentía cada vez que consideraba lo diferente que podría haber sido su vida si su madre no hubiera muerto—. ¿Qué problema tienes con las relaciones?


Paula se recompuso y frenó en seco el flujo de sueños de un universo alternativo en el que se habría sometido con éxito a lasoperaciones y, tras una ristra de novios, habría sentado la cabeza con un marido que le daría una docena de adorables bebés.


—¿Quién ha dicho que tengo un problema con las relaciones?


—Tú. En mi coche, la noche de la boda de mi hermana.


Era verdad, lo había dicho. Pero no hacía falta proporcionar demasiados detalles. Seguramente él habría leído sobre los posibles problemas de fertilidad, de depresión, y el trastorno general en la vida asociado a la endometriosis. Y revelar sus complicados sentimientos hacia el amor y la muerte, que ella sabía le hacían parecer completamente irracional, requeriría una conversación sobre la relación de sus padres, y la suya con ellos, demasiado reveladora emocionalmente como para mantenerla con un hombre al que no volvería a ver después del fin de semana.


—Falta de tiempo —respondió ella, encogiendo los hombros—. Falta de oportunidad. Con todos mis problemas de salud, no soy el mejor partido. Aunque este fin de semana puede que eso cambie. ¿Este avión tuyo tiene cama?


—Sí.


—Podríamos usarla.


—Aterrizamos en quince minutos —los ojos oscuros de Pedro brillaron.


—¿Y?


—Necesitaremos horas.


—Entonces será mejor que me hables de tus hermanos y hermanas.