martes, 10 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 56

Al contrario de lo que Paula esperaba, a pesar del dolor no se le había escapado lo magnífico que había estado Pedro. Había hecho exactamente lo que había prometido. Había sido la paciencia y el apoyo personificados, una torre de fuerza, y no se había inmutado cuando ella le había vomitado encima, como le había advertido. Ya recuperada, mirando al techo en la oscuridad, los pensamientos revoloteando en su cabeza imposibilitando el sueño, veía que todo lo que había temido podría hacerse realidad. Pedro era complejo e intrigante, atento y hermoso, y lo que sentía por él estaba volviéndose peligroso. A pesar de sus esfuerzos por evitarlo, sospechaba que ya se había comprometido emocionalmente con él. ¿Por qué había cedido y pedido el baño y el masaje en la espalda si no? Quería decirle que dejara el trabajo y comprara un barco. Quería agarrar a Selene por los hombros y darle una buena sacudida para que madurara. Pensó en el período siguiente, deseando tenerlo a su lado. Pero jamás podría ser. Si se quedaba más tiempo, esos imprudentes sentimientos se volverían más profundos, y no podía arriesgarse. ¿Y si se permitía amarlo y le ocurría algo? La destrozaría. ¿Y si, a pesar de su certeza de que no ocurriría, Pedro se enamoraba de ella? Decía que le importaba. La había visto en su peor momento y no había huido. Era posible que no fuera tan impermeable al amor como creía, y sucumbir a las emociones que negaba, podría destruirlo. Lamentaba profundamente no haber sido más fuerte, no haber resistido. Nunca debía haberse dejado convencer por sus argumentos. La posibilidad de un desengaño amoroso era inmensa e inaceptable. Pero aún no era tarde para rectificar. Solo tenía que poner fin a la aventura. Lo echaría de menos, su compañía y el sexo, por supuesto, pero era mejor marcharse mientras pudiera. La seguridad de su bienestar emocional dependía de la fuerza de su determinación y, mientras finalmente caía en un agitado sueño, se prometió que, por grande que fuera la batalla que presentara Leo, por muy despiadadamente que bloqueara sus protestas, ella no vacilaría. Por mucho que tuviera que luchar contra él, y posiblemente contra sí misma, por la mañana se iría.



Paula despertó temprano, con los ojos arenosos y el pecho comprimido. Se levantó y recogió sus cosas, que se había llevado a la habitación de invitados, ignorando la voz en su cabeza que se lamentaba y el extraño dolor en su corazón. Marcharse era lo correcto, lo único que podía hacer, se recordaba a sí misma una y otra vez. No tenía elección si quería evitar sufrir. Preparada para la batalla, bajó las escaleras con su maleta. Encontró a Pedro en la cocina, sentado a la mesa, tomando café. Parecía agotado. Tenso. Distante. Como si aquello fuera tan duro para él como para ella.


—Buenos días —saludó gruñón.


Ante la extraña falta de expresión en su voz, Paula sintió un escalofrío, pero no quiso preguntarse el motivo. No podía distraerse. Debía centrarse en el objetivo.


—Buenos días.


—¿Café?


—No, gracias.


—¿Cómo te encuentras?


—Mucho mejor.


—Me alegra oírlo.


—Gracias por tu apoyo.


—No hay de qué —Pedro sonrió sin humor.


Se hizo un silencio gélido, durante el cual ella solo oía el retumbar de su corazón. Cuando Pedro abrió la boca para hablar, Paula se anticipó, necesitando hablar antes de perder el valor.


—Me gustaría irme a casa ahora —balbuceó apresuradamente.


—¿Qué? —sobresaltado, Pedro dejó caer la taza sobre la mesa. 


—Esto ha sido muy divertido —Paula respiró hondo—, bueno, los últimos días no, claro. Pero la vida real me llama. Necesito saber de mi padre. Tengo asuntos que arreglar antes de empezar a trabajar en mi próximo encargo y me tengo que retocar las mechas.


—¿En serio?


—Sí.


—De acuerdo —Pedro frunció el ceño y luego asintió.


¿Estaba de acuerdo? ¿Sin más? ¿Sin protestar?


—¿En serio? —preguntó ella, totalmente aturdida por el cambio de actitud de él.


—Yo también debería volver al trabajo —contestó él, levantándose—. He descuidado el negocio durante más tiempo del que pretendía. Demasiado.


—Es culpa mía —señaló Paula con remordimiento por no haber sido lo bastante fuerte como para vencer la tentación y marcharse como había planeado—. Lo siento.


—No lo sientas —Pedro llevó la taza al fregadero—. No es culpa tuya.


—Te quedaste por mí.


—No te dí muchas opciones.


—¿También te vas por mí?


Pedro se volvió. Su mirada chocó con la de ella, aguda, inquisitiva, y ella deseó no haber dicho nada. No era el momento de mostrar debilidad, aunque, por alguna razón, necesitaba saberlo. 

Retrato: Capítulo 55

Con el corazón acelerado, Pedro lo abrió. El enlace lo llevó a una página que, supuestamente, pertenecía a una publicación con inclinación hacia los cotilleos de famosos. El tema de la página era él. O más concretamente, Paula y él. A pesar de la cálida noche, se le heló la sangre mientras leía el artículo. Las fotos que lo acompañaban, de gran nitidez, mostraban a ambos en el yate, practicando snorkel, saltando al mar, en la cubierta. También había fotos de las empinadas escaleras, las termas y la taberna. 


Cinco minutos después, durante los que había encontrado una docena de páginas similares con las mismas fotos y los mismos titulares con signos de exclamación, la vista se le nublaba y le costaba respirar. ¿Cómo había sucedido?, se preguntó mientras las náuseas se apoderaban de su estómago. ¿Cómo no se había dado cuenta de la presencia de las cámaras? Todo el mundo parecía querer saber quién era ella. ¿Había encontrado por fin el amor el soltero más codiciado y escurridizo de Europa? Si alguien tenía información sobre la misteriosa mujer del pelo de colores y múltiples piercings, que hiciera clic «aquí». Las especulaciones eran odiosas. La invasión de su intimidad, ferozmente protegida, y de la de ella, lo enfurecía. Eran pasto de habladurías, el pasado picante de su madre también había salido a relucir, todo lo que había intentado evitar. Pero esa vez, él era el culpable. Se había acostumbrado al llamativo aspecto de Paula y había perdido el sentido de la perspectiva. Había sido imprudentemente descuidado. No había considerado que tenía una imagen de fuerza, control y nula vulnerabilidad que mantener, y un negocio y una familia que proteger. ¿Cómo había podido ser tan débil? Paula no era responsabilidad suya, pero eso no le había detenido. Había disfrutado demostrándole que el sexo podía ser bueno para ella. La primera vez en la isla, cuando ella había reído con abandono y alegría, se había sentido dueño del mundo. Desde entonces, se había comportado impulsivamente, pidiéndole que se quedara, poniendo a Federico al frente de la empresa y jugando a ser pareja mientras hacían turismo. Cuando hablaban, él a menudo sin filtro alguno, escuchaba atentamente lo que ella decía. Sus observaciones le habían hecho cuestionarse cosas que siempre había aceptado como ciertas. Ella había desarrollado una influencia sin precedentes sobre él, y él ni siquiera se había dado cuenta.


En cuanto a la razón por la que había decidido jugar a ser enfermero, estaba completamente perdido. Era otro ejemplo de una decisión espontánea y desacertada. No tenía ninguna obligación de ayudar. Como ella le había dicho, estaba acostumbrada a arreglárselas sola. No tenía por qué desear quitarle el dolor absorbiéndolo él. Como Paula gestionara su salud no era de su incumbencia, y el embriagador placer que había sentido cuando ella le había pedido que le preparara un baño y le frotara la espalda, reflejo de una confianza que él había deseado, era tan injustificado como inoportuno. Poco a poco, día a día, había caído bajo su hechizo, comprendió con un sudor frío bañándole la piel. En algún momento, el piercing de la nariz, los pendientes y el pelo habían dejado de molestarle. Ya no podía, ni quería, imaginarla de otro modo. Era perfecta, tal como era. Su teléfono volvió a sonar y él lo tomó con las manos temblorosas, insoportablemente tenso.


Federico: Menos mal que pude salvar la fusión, ¿Eh?


¿Qué fusión? ¡Esa fusión! Para la que había volado a Nueva York. La que añadiría miles de millones a la cuenta de resultados de la empresa, pero en la que no había pensado en días. ¿Qué demonios había ido mal? ¿Y cuándo fue la última vez que pensó en la empresa? Tenía los pulmones tan contraídos que respirar le resultaba difícil. ¿Cuándo había dejado de preocuparle cómo le iba a Federico al timón? ¿Cómo había podido abandonar tan fácilmente sus principios, los valores con los que había vivido su vida desde hacía más de una década? Estaba completamente fuera de control. Tenía que parar, todo, antes de volverse esclavo de Paula. Antes de convertirse en alguien que no quería ser, dominado por las emociones y el egoísmo, esclavo de la pasión y la volatilidad. Tenía que recuperar lo que quedara de la vida que conocía, antes de que se destruyera para siempre. Ella se había recuperado. Las vacaciones habían terminado. Ellos habían terminado.

Retrato: Capítulo 54

 —¿Por qué no?


Tenía que hacerle ver que no le iba a permitir complacer su complejo de héroe.


—Cuando murió mi madre, mi mundo se desmoronó, pero poco a poco fui recomponiéndolo. Mi padre no. La quería tanto que perderla lo destrozó. No vive. Solo existe. No está ahí para mí. No voy a poner a nadie más en esa posición si algo me pasara.


—No me voy a enamorar de tí.


—¿Estás seguro? —Paula sintió una opresión en el pecho.


—Muy seguro —Pedro asintió.


—Porque no soy el tipo de mujer que te gusta.


—No solo eso. He visto lo destructivo que puede ser el amor y la falta de control que conlleva. No permitiré que me pase a mí. No seré tan débil.


—Pero yo podría enamorarme de tí —ella deseó tener su confianza.


Por un momento él solo frunció el ceño.


—De acuerdo —dijo él tras considerar aquella idea tan inoportuna—. No te frotaré la espalda ni te prepararé baños. No me acercaré a tí si no quieres. Pero hazme una lista y te conseguiré lo que necesites. Puedo proporcionarte comida y bebida. Lo que no puedo hacer es dejarte marchar sola y sufriendo. No es el hombre que soy, ni quiero ser.


—No se trata de tí sino de mí.


—Tú no quieres ir a un hotel, ¿Verdad?


Ella se imaginó en una habitación pequeña y desconocida, sola, y el dolor que palpitaba en la boca de su estómago, todavía más emocional que físico, era tan fuerte que disipó sus inhibiciones.


—No —admitió con un suspiro.


—Elige una de las habitaciones libres —Pedro aprovechó la vulnerabilidad que ella había expuesto—. Mantén la puerta cerrada. Mándame un mensaje si necesitas algo. Apenas notarás que estoy aquí.


Las defensas de Paula, debilitadas por el dolor, saber lo que estaba por llegar y el anhelo que intentaba reprimir, no eran rivales para argumentos tan persuasivos. En el fondo, no quería irse. Deseaba que la cuidaran, por una vez, y Pedro le ofrecía su apoyo. Él era suficientemente fuerte para afrontar los siguientes días. Ella no cometería el error de pensar que su ayuda era algo más. Estaría demasiado centrada en gestionar el dolor como para pensar. Y cuando acabara, se iría y no volvería a verlo jamás, como debía ser.


—¿Vas a rebatir cada uno de mis argumentos? —preguntó ella mientras se rendía a lo inevitable.


—Sí —contestó Pedro con una fugaz sonrisa.


—De acuerdo.



Cinco largos días después, Pedro se sentó en la terraza y contempló la noche oscura, cálida y tranquila. Las luces parpadeaban a lo lejos. Las olas lamían suavemente la playa. Pero la cabeza le palpitaba con fuerza y el estómago se retorcía. Al ofrecerle ayuda a Paula, la idea de que estuviera sola y sufriendo resultaba insoportable, la necesidad de tenerla cerca demasiado fuerte, no había imaginado la profundidad de su sufrimiento. Jamás iba a olvidar su imagen, encogida en agonía sobre la cama. Había resultado inesperadamente angustioso. No entendía cómo lo soportaba ella sola, mes tras mes. Era increíblemente dura, pero el desgaste mental debía ser enorme. Él solo lo había vivido cinco días, intermitentemente, y había sido horrible. Su angustia lo había golpeado de lleno. Nadie merecía vivir con esa incomodidad y, cuando ella se sintió lo bastante bien como para levantarse un par de horas, él le preguntó si no había nada para aliviar sus síntomas.


—La píldora anticonceptiva haría las cosas más llevaderas —había contestado ella—, pero podría provocar un coágulo de sangre arterial, como el que sufrió mi madre. No me atrevo a exponerme a lo mismo. Iba a ser una intervención sencilla, pero reaccionó mal a la anestesia, y murió.


—¿Y la cirugía? —había preguntado Pedro, consciente de la influencia del pasado en su presente.


—Me han dicho que, en mi caso, leve, aunque el dolor sea insoportable, los síntomas disminuirían considerablemente. También aumentaría las posibilidades de tener familia, cosa que me gustaría en algún momento. Pero la idea de la anestesia me aterroriza. ¿Y si yo tampoco despierto? ¿Qué le pasaría a mi padre? Mira —Paula había extendido una mano temblorosa—. Solo mencionarlo y entro en pánico. Y no es solo una operación. Podría necesitar varias.


Pedro le había tomado la mano hasta que dejó de temblar, ansioso por investigar sobre la anestesia y prometerle el mejor tratamiento médico que el dinero pudiera pagar. ¿Debería animarla a operarse?, se preguntó. Sus miedos debían ser muy profundos para preferir el dolor. Su teléfono emitió un pitido para indicar la llegada de un mensaje. Era de Federico.


Federico: Ahora entiendo por qué tenías tantas ganas de tomarte unas vacaciones.


Pedro frunció el ceño y respondió:


Pedro: ¿Qué quieres decir?


La respuesta de su hermano fue un enlace que, al parecer, le había enviado su hermana Tamara con orden de no disparar al mensajero.

Retrato: Capítulo 53

Paula ignoró la oleada de emoción que se apoderó de ella por la maldita injusticia de la vida, y parpadeó furiosa para contener el ardor de las lágrimas mientras maldecía a las hormonas responsables de todo. Siempre había sabido que su aventura tenía fecha de caducidad. Lo había pasado muy bien, había sido todo lo que él había prometido y todo lo que ella había esperado, pero se había acabado. Tenía que centrarse en alejarse de Pedro antes de que la encantadora burbuja estallara. Así pues, se levantó de la tumbona, recogió sus cosas y se dirigió al interior. Él la encontró metiendo la ropa en la maleta abierta sobre la cama mientras ignoraba con determinación el ligero dolor que no tardaría en intensificarse.


—¿Qué haces? —preguntó él, inmóvil en la puerta, con una margarita recién hecha en cada mano.


La sorpresa en su voz rebotó en Paula, que resistió la tentación de vaciar la maleta y rogarle que la abrazara y la besara hasta que se pasara el dolor. 


—Tengo que irme.


—¿Por qué?


—Ha sido divertido, pero se acabó.


—¿Qué pasa, Paula? —Pedro frunció el ceño y dejó las bebidas sobre una cómoda.


—Nada —contestó ella, echando la bata de seda rosa al montón—. Tengo que irme.


—Estás muy pálida. Es evidente que te pasa algo.


Pedro se acercó con una expresión de preocupación que ella no quería. Corrió al cuarto de baño antes de que él pudiera alcanzarla, tomarla en brazos y pulverizar su determinación. Él era demasiado perspicaz. Tampoco iba a tragarse la mentira, comprendió mientras recogía sus cosas de aseo. Tenía que ser sincera.


—He empezado a sentir calambres —contestó, evitando su mirada— . Me duele la pelvis. El periodo es inminente.


—¿Y?


—Y va a ser horrible. Me volveré una ruina miserable. No quiero que me veas así. Me marcho. 


—¿Adónde?


—Tengo que hacer compra y luego buscar un hotel —Paula lamentó no haber estado más pendiente del calendario.


—¿Quién cuidará de tí?


—Nadie —contestó ella, ignorando una punzada en el corazón—. Estoy acostumbrada. Sé cuidarme sola.


—¿Quién te frotará la espalda y te preparará un baño? —Pedro cruzó los brazos sobre el pecho, con la mandíbula encajada, obstinado y decidido.


—Estaré bien —aseguró Paula—. Siempre lo estoy.


—Quédate. Yo podré hacer las dos cosas.


Durante una fracción de segundo, Paula se lo imaginó. Sonaba maravilloso. Luego pensó en su dignidad y en el riesgo que corrían los muros que rodeaban su corazón.


—No —sacudió la cabeza con fuerza y reprimió una punzada de anhelo—. Es demasiado íntimo. Demasiado embarazoso. Probablemente te vomitaría encima.


—No tienes que hacerlo sola —insistió Pedro—. No este mes, al menos. Dime qué puedo hacer. Me aseguraré de que tengas lo que necesites. 


—Sigues queriendo resolver mis problemas.


—No me gusta ver sufrir a la gente que me importa.


—¿Yo te importo? —ella lo miró fijamente, sintiendo una sacudida en el corazón.


—Me acuesto contigo. Hago turismo contigo. Claro que me importas.


—Entiendo —Paula frunció el ceño.


—¿Tan malo es querer ayudarte? —preguntó él.


—Muy malo —los cuidados, saber que podría desearlo otro mes, y otro… Nada de eso era bueno.


—¿Por qué?


—No quiero un caballero de brillante armadura —contestó ella, tanto para sí misma como para él—. Si me quedo, me verás en mi peor momento. Si te permito frotarme la espalda y prepararme baños, podría olvidar que esta aventura solo será temporal, y eso no puede suceder.

jueves, 5 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 52

Los sentaron a una mesa en un rincón, con vistas al mar. Era muy pequeña, y la colocación de las sillas, ideal para apreciar las vistas, creaba un ambiente demasiado íntimo para dos personas que no mantenían más que una brevísima aventura. Pero Leo no pidió un cambio de mesa y ella, desde luego, no iba a objetar. Aceptaría todo el contacto que pudiera conseguir. Cuando sus rodillas chocaron bajo la mesa, ella sintió una descarga de mil voltios. Su olor la mareó. Su proximidad le hizo desear inclinarse hacia él y suspirar. Pero Paula permaneció donde estaba y consultó el menú. No entendió ni una palabra.


—¿Pides por mí?


—¿Qué te gustaría?


Le gustaría apreciar el romanticismo del lugar y la puesta de sol color mandarina, mirarlo a los ojos y tomarle la mano. Le gustaría escarbar en su alma hasta averiguar todo lo que había que saber sobre él. Le gustaría compartir con él sus sueños y esperanzas, inseguridades y miedos, los rasgos distintivos de una relación de verdad. Poder superar los obstáculos emocionales y físicos que salpicaban su vida, ser su tipo y que su aventura no terminara. Pero, desgraciadamente, nada de eso estaba en el menú.


—¿Qué recomiendan?


—Los calamares tienen fama.


—Entonces me gustarían.


Paula había vivido de prestado y el idilio estaba a punto de implosionar. Tumbada junto a la piscina la tarde siguiente, una familiar punzada le atravesó el abdomen. Por un momento permaneció inmóvil, confusa, alarmada, con el corazón acelerado. No podía ser. Nunca había sido muy regular, pero era demasiado pronto. Debía ser una indigestión. Con una mueca de dolor y un nauseabundo calambre en el estómago, consultó el calendario en el móvil. ¿El doce? ¿Llevaba allí diez días? ¿Cómo era posible? Solo iba a quedarse una semana. No era difícil entender por qué había perdido la noción del tiempo, absorta en su aventura con Pedro, pero aún deberían faltarle unos cuantos días más. Por eso había atribuido su hinchazón a la buena comida y a un mejor vino, y su cansancio a la falta de horas de sueño. Cómo había pasado por alto señales tan evidentes cuando llevaba más de once años así, mes tras mes, no importaba. Lo importante era reaccionar. Y rápido. No podía permitir que él la viera pasar por lo que estaba a punto de ocurrir. Sería brutal, emocional e íntimo. No quería parecer débil y vulnerable delante de él. Y si él quería ayudar… No la dejaría ni una pizca de dignidad.

Retrato: Capítulo 51

No dejaban de ocurrírsele cosas que decirle. Se giraba, esperando encontrarlo a su lado, y sentía una puñalada de decepción al darse cuenta de que no estaba. Era ridículo. Con un padre ausente, emocional y físicamente, y sin novio junto al que acurrucarse en el sofá, llevaba años haciendo todo sola. Pero probablemente debido a la cantidad de tiempo que había pasado con Pedro, se había acostumbrado a su compañía. Se había hecho una idea de cómo sería tener una pareja y, aunque no fuera real, aunque sería tonta si insistiera en ello, le resultaba emocionante. Terminó el agua con gas, en la cafetería donde se había refugiado del calor, con la cabeza repleta de ideas excitantes, posiblemente imprudentes, pero imparables. No había nada malo en dejarle acompañarla si él quería. Mientras recordara que no eran pareja, que su aventura tenía que terminar pronto, mantendría la calma. No corría peligro de enamorarse de él. Nada había cambiado al respecto. Su corazón seguiría a buen recaudo.


—Reúnete conmigo al pie de la escalera de Karavolades en media hora —le dijo por teléfono, ignorando la vocecilla de alarma que resonaba en su cabeza—. Te invito a comer.



Pedro había pasado la mañana merodeando por la villa, preguntándose qué estaría haciendo Paula. Debería haber ido tras ella. Si su sentido común no le hubiera recordado en el último momento que debía respetar su necesidad de espacio, lo habría hecho. También debería haber disfrutado de la soledad. El tiempo a solas le permitiría reagruparse y reconstruir sus defensas. Pero la villa estaba extrañamente vacía y aburrida sin ella. Se había acostumbrado a tenerla cerca, con su pelo y sus joyas. Para su desconcierto, no estaba agradecido de que se hubiera ido. Estaba molesto. El teléfono sonó dos veces, pero cuando vió que no era ella, sino Daphne, que acababa de regresar de la luna de miel, y Zander, lo ignoró. Pero nada más colgar la tercera llamada, salía por la puerta. La escalera de Karavolades, de más de quinientos peldaños, era empinada, sinuosa y repleta de burros. ¿Llevaba Paula un sombrero para protegerse del intenso sol? ¿Qué zapatos calzaba? No había pasamanos y la piedra podía ser engañosamente resbaladiza. No se paró a pensar en las preguntas personales que surgirían durante el almuerzo y después. No se detuvo a analizar el absurdo placer y puro alivio que sintió ante la invitación. Se subió al coche y arrancó.



En los días siguientes, Pedro llevó a Paula a las aguas termales del pequeño islote deshabitado de Palea Kameni y a las arenas negras de la playa de Kamari. Le dió a conocer el aromático souvlaki y las delicias dulces, cremosas y con sabor a natillas de galaktoboureko. Una noche vieron una película en griego. Él se pegó a ella para traducirle, pero su proximidad la desconcentró tanto que apenas se enteró de nada. Paula no se arrepintió de haberlo invitado a comer y a hacer turismo después. Cada vez que se volvía para hablar con él, allí estaba, provocándole un sobresalto de placer. Afortunadamente, su hosquedad había desaparecido, de hecho, estaba muy hablador. Le contó más cosas sobre sus hermanos y su relación con sus padres. Sobre las competiciones de vela en las que había participado de joven y sobre su trabajo. Aferrándose a su costumbre de hacer hablar al otro, aunque él no fuera un cliente que ella estuviera pintando, evitó tener que hablar ella. Esa noche, Pedro la había llevado a una pequeña, pero abarrotada, taberna. La amplia terraza estaba a pocos metros de las cristalinas aguas azules. El color de la balaustrada de madera pintada y de las mesas y sillas hacía juego con el cielo azul. El sol poniente se reflejaba en las cegadoras paredes blancas del restaurante y las buganvillas rosas descendían por los montantes de la pérgola. Era rústico y encantador. Días atrás, le habría sorprendido la elección. Se habría imaginado que un CEO multimillonario con problemas de control y aficionado al orden preferiría un entorno más formal para cenar. Pero últimamente había visto más al hombre que debía haber sido antes.

Retrato: Capítulo 50

Descubrir que estaba solo en la cama no mejoró su estado de ánimo. ¿Dónde estaba ella? ¿La había vuelto a ahuyentar con la melancolía en la que había caído por la tarde? ¿Se había hartado de sus gruñidos monosilábicos y había regresado a su casa en mitad de la noche? Algo desagradable se deslizó por su estómago… Hasta que ella salió del baño envuelta en una toalla y una nube de vapor perfumado de rosas.


—Buenos días —saludó él, con voz somnolienta, aunque parte de su anatomía despertó rápidamente.


—Buenos días —respondió ella distraídamente mientras recogía su ropa.


Dejó caer la toalla, elevando las esperanzas de Pedro, pero luego empezó a vestirse. Quizás el turismo ya no fuera una opción, pero él no había puesto fin a nada más.


—¿Qué haces?


—Vestirme.


—Ya lo veo —Leo frunció el ceño—. ¿Por qué?


—Porque mi taxi llegará en cualquier momento.


Pedro se incorporó como un rayo, con el pulso acelerado y la mente a mil por hora. ¿Se iba?


—¿Adónde vas?


—Pensé en visitar las Tres Campanas de Fira —Paula se colocó las gafas de sol—. Luego ya veré qué me apetece hacer.


—¿Qué? —Pedro sacudió la cabeza para despejarse.


—Voy a hacer turismo —contestó ella—. Te dije que quería ver más de la isla.


—¿Tú sola?


—Sí.


—Iré contigo —Leo apartó la sábana y se giró para levantarse.


—No hace falta —contestó Paula, alarmada—. No estamos soldados.


Pedro no estaba dispuesto a permitirle vagar sola por ahí. ¿Y si le pasaba algo? Era su invitada, su responsabilidad.


—No hablas griego —fue la excusa que se le ocurrió mientras ella se calzaba unos zapatos planos.


—Tengo una aplicación. Me las arreglaré.


—No sabes adónde vas. Te podrían timar.


—Me arriesgaré.


—Me gustaría acompañarte.


—Y a mí tener un poco de espacio —ella dejó caer su teléfono en el bolso y lo miró fríamente—. Luego nos vemos.



El taxi dejó a Paula en la famosa iglesia conocida por su cúpula azul, espectaculares vistas y las tres campanas. Pasó una hora explorándola, y luego las calles de los alrededores. Sin embargo, por agradable e interesante que resultara la experiencia, no le dio el respiro que buscaba. Había previsto pasar un rato a solas, aclarar sus pensamientos y librarse del anhelo de saber más sobre Pedro. No había previsto echarlo de menos.