martes, 31 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 16

Mejor no dejarse llevar por el pánico. Imposible pensar en las consecuencias en ese momento. Ya lo haría más tarde. Primero tenía que alejarse de aquella mirada intensa y escrutadora para poder reagruparse, pensar y revaluar su posición. Tenía el pensamiento tan confuso en aquel momento que casi no podía respirar, y menos aún, pensar. ¿Podría seguir quedándose allí? ¿Se merecía vivir en la casa de André después de haberse acostado con su enemigo? ¿Cómo marcharse, si ella era lo único que se interponía entre La Maison de la Lune y su destrucción? Intentó soltarse, pero Pedro no se lo permitió.


–Por favor, necesito…


–Déjame que te ayude a limpiarte –dijo, y en un movimiento fluido se levantó sin soltarla.


Mientras que ella se sentía frenética y culpable, él parecía tan compuesto e imperturbable como siempre. El pánico siguió creciendo en Paula.


–¿Qué? –preguntó, intentando no mirarlo e ignorar la sensación extraña en su pecho y en su sexo ante semejante ofrecimiento.


¿Cómo podía seguir deseándolo cuando todo lo que acababan de hacer estaba mal, en tantos sentidos? Nunca había considerado la virginidad un rasgo de gran importancia, pero, si ese fuera el caso, ¿Por qué había seguido siéndolo durante tanto tiempo? ¿Y cómo aquel hombre había podido echar abajo con tanta facilidad todos sus temores acerca de la intimidad? Pedro puso una mano en su mejilla, mirándola de frente.


–¿Te he hecho daño, Paula?


«No llores. ¡No te atrevas a llorar! No significa nada. Ha ocurrido, ha sido un error garrafal, y ya está». Sentía el pecho a punto de estallar. Un error, no. Una aberración propiciada por el estrés y la química. Una estupidez inconmensurable. «Le importas un comino. Lo único que le preocupan son los viñedos, y su enfrentamiento con André. Y a tí, él tampoco te importa. Ni siquiera lo conoces. Tu lealtad debe estar ahora con La Maison. Así tiene que ser. Que haya sido tu primer hombre no lo convierte en algo especial. Es un número como cualquier otro». Tenía pensado destruir La Maison, y ella no podía permitirlo. Su intención hacía de ellos enemigos, independientemente de lo que había pasado en su cama.


–De verdad, necesito…


No podía encontrar las palabras. La vergüenza era tal que apenas podía hablar.


–Respira, Paula –le dijo asumiendo el control, igual que había hecho antes, y tomándola de la mano, la condujo al pequeño y espartano cuarto de baño que había en la habitación. 


Descolgó la bata que tenía dentro y se la ofreció, una pequeña protección que ella agradeció. Patético. Y agradeció todavía más que él tomara una de las toallas limpias que tenía junto al lavabo y se cubriera.


–Siéntate –le pidió, bajando la tapa del inodoro.


Se acomodó en el asiento intentando recuperar el equilibrio, pero lo único que parecía capaz de hacer era mirarlo, hipnotizada por sus movimientos firmes y eficaces. Con jabón y una manopla, llenó el lavabo con agua caliente, la humedeció y, agachándose delante de ella, abrió la bata para dejar al descubierto sus piernas apretadas la una contra la otra.


–Ábrete para mí, Paula –le pidió en voz baja, y sus palabras le recordaron lo que le había dicho antes y que ella había obedecido sin dudar.


–Puedo… Puedo hacerlo yo –balbució.


–Es que me gustaría hacerlo. Quiero asegurarme de que no te he hecho daño.


No era una exigencia y podría haberse negado, pero permitió que le abriera las piernas. La lavó con cuidado, con sumo cuidado, limpiado la prueba de su inocencia y de su sexo con una eficacia delicada que la dejó sin respiración e hizo que su necesidad le llenara el abdomen. Las piernas le temblaban. El renovado deseo era imposible de disimular. Él rozó con un dedo la piel enrojecida de la cadera a la que se había agarrado en el calor de la pasión.


–Te he hecho daño, ma petite.


–No pasa nada. No me duele.


Pero a pesar de lo que le dijo, se inclinó hacia ella y besó la piel enrojecida.


–Debes aceptar mis disculpas –musitó.


Paula asintió. Se deshizo de la manopla, le cerró las piernas, se las cubrió con la bata y por fin, la miró a los ojos con una sonrisa triste que descentró el latido de su corazón.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 15

Daba igual. Aquello era solo sexo. Una química descabellada que había explotado entre ellos desde el momento en que se vieron. Sacó el pene y volvió a introducírselo despacio, con cuidado, y sintió que lo recibía con más facilidad. Paula gimió, aferrada a sus hombros como si fueran lo único estable en medio de la tormenta que los consumía. Volvió a retirarse y volvió a entrar, y ella arqueó la espalda, ofreciéndose, recibiendo su invasión, disfrutando de su posesión. Pedro comenzó a moverse, primero despacio, a un ritmo que los satisficiera a ambos. Pero cuando sus gemidos se transformaron en jadeos, el frenesí se apoderó de él y de pronto cayó en la cuenta de que era el primer hombre que la acariciaba, que la saboreaba, que se daba un festín con su carne, que la oía gemir al rendirse a él. Sintió deseos de poseerla, de reclamarla, y sus movimientos se volvieron frenéticos, los empellones más hondos y exigentes, y se agarró a sus caderas para retrasar su clímax, porque necesitaba que ella lo sintiera antes que él. Echó hacia atrás el cuello y gritó mientras las sacudidas del orgasmo le llegaban. Por fin pudo dejarse ir y caer por aquel precipicio detrás de ella, con la mente en blanco, el cuerpo como sin huesos y una palabra repitiéndose en su cabeza: Mía. Cuando aquella maravillosa ola se despejó, Paula se quedó mirando le grieta de la moldura del techo que llevaba contemplando los últimos once meses antes de quedarse dormida. Pero aquella noche era distinta. El olor almizclado a sexo y a sudor la rodeaba, y el peso del cuerpo de Pedro la hundía en aquel viejo colchón mientras su pene seguía pulsando dentro de su vagina. Respiró hondo y se mordió el labio para contener las lágrimas que amenazaban con desbordar sus ojos, ya que no había modo de controlar la emoción que le aplastaba el pecho como una piedra. ¿Cómo podía haberse acostado con el archienemigo de su marido, el día de su funeral? ¿Con el hombre que había amenazado con destruir La Maison de la Lune? Le empujó con suavidad por el hombro, que se le estaba clavando en el cuello. Tenía que alejarse de él, pero seguía estando dentro de ella, enorme, pero lo único que quería hacer era hacerse un ovillo y dejarse morir. Él gimió y cambió de postura, y Paula contuvo el aliento, incapaz de ocultar el dolor de su sexo.


–Perdón –murmuró al apartarse.


Ella se dió la vuelta hasta quedar al borde de la cama, doliéndole cada músculo, pero por encima de todo, el corazón era lo que más le dolía. Lo que André le había hecho a Pedro tanto tiempo atrás estaba mal, muy mal, pero lo que ella acababa de hacer estaba aún peor. Iba a levantarse cuando él la sujetó por un brazo.


–¿Dónde vas?


–Necesito… Necesito asearme –dijo, enrojeciendo. 


El líquido pegajoso se había hecho presente entre sus muslos. No había usado preservativo, y ella no se lo había pedido.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 14

Con las manos temblándole, intentó desabrocharse los pantalones, pero Pedro tuvo que apartarlas y se lo desabrochó y lo bajó por sus piernas para, a continuación, tomarla en brazos con suma facilidad. Sabía que no era particularmente delgada, pero se sintió frágil e incluso preciosa cuando la depositó suavemente en la cama. Él se quedó a su lado, tapando la luz con su espalda, y volvió a besarla en la boca, con más exigencia, con más insistencia. La atmósfera cambió. Ya no había ternura o descubrimiento, sino urgencia y crudeza. Con una mano empezó a explorar su sexo, y ella dió un respingo al sentir dos dedos dentro de su cuerpo. Su carne tensa se abrió para él, haciendo que aquella palpitación dolorosa fuera tan fuerte que creyó que iba a desmayarse. A continuación, encontró con el pulgar el centro de su placer, acariciándolo en círculos, implacable, hasta que ella comenzó a moverse al ritmo que él marcaba, agarrada a sus hombros.


–Sí… ¡Sí! –gimió, incapaz de controlar el placer que sacudía su cuerpo.


–Déjate llevar, Paula–le ordenó, y su cuerpo obedeció, tensándose dolorosamente y explotando después en una ola de sensación.


Abrió los ojos y se encontró con su mirada. Ella estaba aturdida, desorientada, aún con algunas sacudidas de placer. A veces se había masturbado, pero nunca había sentido algo así, tan devastador, tan perfecto.


–Ábrete para mí –le dijo, y de nuevo su cuerpo obedeció por instinto, rodeando su cintura con las piernas, abriéndose para su asalto, desesperada por sentirlo dentro.


Pedro la penetró con un único movimiento. El placer se transformó instantáneamente en dolor al romperse la frágil membrana, y Paula se mordió el labio para no gritar y delatarse, pero comprendió que era demasiado tarde cuando él se quedó inmóvil, el gesto contraído por la sorpresa.


–¿Es-tu vierge? –preguntó, incapaz de plantear la pregunta en una lengua que no fuera la suya.


«¿Eres virgen?».


Paula apartó la mirada. Quiso mentir, pero fue incapaz de pronunciar las palabras teniendo su pene aún dentro de su cuerpo, tan hondo que se sentía conquistada. Él, sujetando su barbilla, la obligó a mirarlo.


–Dime, ¿Cómo es posible?


Pedro no podía enfocar. Apenas podía hablar. Su cuerpo estaba tan cerrado que parecía estarle haciendo una llave. Una llave ardiente, dulce e insoportablemente placentera, tanto que estaba al borde del precipicio, y quería moverse, hundirse más, encontrar el punto que la hiciera gemir y empezar de nuevo, pero se contuvo. Su expresión de culpa era reveladora. Su inocencia, su inexperiencia, la sensación vaga de que algo no iba bien que le había asaltado nada más llegar al primer piso. El rubor que había sofocado su cuerpo, la exclamación de sorpresa cuando se llevó su pezón a la boca… Había dado por sentado que era todo impostura, una comedia que lo había cautivado aun sabiendo que no podía ser cierta. Y resulta que sí, que lo era. Ella no dijo ni palabra, pero solo había una explicación: Su matrimonio había sido una farsa, una pantomima en varios sentidos. Debería retirarse, pero aún estaba sintiendo el pulso de su placer, su vagina cerrada apretándole, y la implacable necesidad volvió a hacerse presente.


–¿Te hago daño? –preguntó.


–Es que… Es tan grande… Pero ya no me duele tanto.


Había contestado atropelladamente, y Pedro le puso la mano en la mejilla para suavizar su humillación. Quizás también fuera fingida, pero no lo parecía.


–Necesito moverme –le dijo. Las preguntas podían esperar porque no era capaz de centrarse en otra cosa que la presión de sus músculos, que lo estaba volviendo loco.


Paula asintió, pero una lágrima se escapó de sus ojos.


–¿Por qué lloras? –preguntó, secándosela.


–Es que nunca me he sentido… Así –confesó, y la sinceridad que vió brillar en sus ojos tan azules le contrajo el pecho. 


Aquello no podía ser fingido, con tanta intensidad, con semejante desesperación, con aquella conexión emocional. ¿La habría sentido ella también? ¿Y qué demonios significaba?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 13

Él la besó en los labios y tiró de ella poniendo una mano en su cuello para devorar su mejilla, el pulso bajo su maxilar, desatando una corriente de necesidad que crepitó en su sexo, en sus pechos, en todos aquellos lugares que su boca iba conquistando. La pegó más a él y la evidencia de su erección se hizo presente por encima de su ropa. Pedro deslizó una mano bajo la camisola de algodón y su sujetador se abrió casi de inmediato mientras él se separaba mínimamente para ver su reacción al acariciarle los pezones endurecidos, que se inflamaron aún más con sus juegos.


–Necesito verte –murmuró.


Ella asintió aun sin estar segura de si le estaba haciendo una pregunta o planteándole una exigencia, pero antes de que pudiera pensarlo, él le quitó la camisola y sujetador, dejándola desnuda de cintura para arriba.


–Trop belle –musitó, y su lamento le hizo sentirse verdaderamente hermosa por primera vez en la vida.


Con una mano bajo un seno, se inclinó para atrapar el pico maduro y palpitante en la boca, y ella hundió las manos en su pelo, sepultada bajo unas sensaciones tan exquisitas que un gemido se escapó de sus labios. Siguió torturándola, lamiendo la oscura areola, mordiendo el pezón, succionándolo, volviéndola loca, hasta que sus gemidos se transformaron en sollozos, agarrada a su pelo para no dejarlo ir, para pedirle más. El fuego se desató en su sexo, amenazando con consumirla.


–Por favor… Necesito…


¿Qué necesitaba? Pues no sabría decirlo.


–Dime lo que te gusta –le susurró al oído, abrazándola, su erección metida entre los muslos de Paula.


El calor era cada vez más abrasador, más devorador, pero seguía sin ser suficiente. Necesitaba que la llenase, sentir su fuerza, su empuje.


–Necesito que te desnudes tú también.


Él se rió.


–Mais oui, Paula.


Tras un último beso en su seno, se quitó la camisa. Su pecho era un plano ancho, fuerte y magnífico, como el resto de él, y lo devoró con la mirada, sin pudor y con arrojo, a la luz amarillenta de la vieja bombilla. Los músculos bien definidos de su abdomen y sus pezones oscuros estaban cubiertos de un vello suave que descendía en una fina línea que dividía en dos sus músculos abdominales. Cruzó los brazos e intentó mantener la cordura mientras le veía desabrocharse los pantalones. Una enorme erección se liberó al bajar los calzoncillos y quedó enhiesta desde el nido de su vello púbico. Nunca había visto a un hombre desnudo, y menos aun completamente excitado. ¿Cómo demonios iba a caber aquello en su cuerpo? Presa del pánico, sintió que su sexo se humedecía, y que sus músculos se tensaban y se relajaban a la espera. No podía decir si iba a ser capaz de alojar algo tan enorme, pero quería intentarlo.


–¿Paula, ça va? –preguntó él con cierta preocupación, empujando con delicadeza su barbilla.


Ella asintió.


–¿Puedo… Puedo tocarte?


Unas arruguitas aparecieron en el rabillo de sus ojos al sonreír.


–Pues claro –contestó, sonriendo de medio lado–. No tienes que pedirme permiso.


Asintió de nuevo, maldiciendo su inexperiencia. No quería que supiera que era su primera vez, o que sospechase lo que significaba para ella, porque para él, no significaba mucho. Tocó su erección con las yemas de los dedos, explorando la suavidad de terciopelo de su piel, la firmeza de debajo, y su pene dio un respingo. Luego quiso probar a tocar el final, la cabeza brillante y dividida de la que colgaba una gota de humedad.


–Arrête, Paula –le pidió, agarrándola por la muñeca–. Me estás matando –dijo, y se llevó su mano a la boca para besarla, una imagen tan erótica para ella que la respiración se le colapsó en los pulmones. ¿Cómo era posible estar tan excitada y no deshacerse en un charco a sus pies?


–Quítate los pantalones, ma petite –le pidió–. No puedo esperar mucho más a estar dentro de tí.

jueves, 26 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 12

Se levantó y Paula se sintió más consciente de su fuerza y de su tamaño, pero en lugar de sentirse intimidada, sintió una descarga de energía, de excitación.


–Si supiera una palabra de viticultura, lo comprendería, Paula –dijo, de nuevo pronunciando su nombre como quien acaricia; su ira, su cinismo, transformados en algo áspero y crudo teñido de promesa–. Esta tierra es única, rica en minerales complejos que confieren un aroma específico a las uvas.


No sabía qué le estaba ocurriendo. Era como si su tono de voz se estuviera reflejando en los confines de su cuerpo. Por primera vez en su vida, era como si la vieran de verdad. De pronto tomó su cara entre las manos. Sus palmas encallecidas le hicieron estremecerse y con el pulgar le rozó los labios. Sabía que debía dar un paso atrás y alejarse de aquella pasión incendiaria, pero se sentía atrapada, poseída y tan desesperadamente necesitada que el pulso que había nacido entre sus piernas comenzó a extenderse, amenazando con incendiar todo su cuerpo.


–Una vez sea el dueño de estas viñas –continuó en voz baja–, las esquejaré y extenderé a otras tierras para crear un nuevo viñedo, puede que incluso mejor que Montremere.


Respiraba con dificultad. Él también. Paula se humedeció los labios y la pasión explotó en los ojos de Pedro pero, en lugar de acercarla a él, su mano abandonó su mejilla. La necesidad parecía brotar de un lugar desconocido, más allá de la pasión, más allá del deseo. Algo profundo y elemental que seguramente emanaba de aquella chica rechazada tanto tiempo atrás. Y en una décima de segundo, lo único que pudo ver fue a aquel muchacho rechazado, traicionado, explotado, y puso su mano sobre la de él con intención de consolarlo como antes en la mesa, pero aquella vez no fue solo deseo de consolarlo lo que sintió. Poniéndose de puntillas, acercó sus labios a los de él. Necesitaba reforzar aquella conexión, alimentar un apetito para poder apaciguar su dolor. Y el propio también. Le oyó gemir, y un instante después, sintió de nuevo sus manos en las mejillas tirando de ella para besarla. Fue un beso salvaje, necesitado, exigente. Sin saber cómo, Paula se abrazó a él, temblando, sintiendo el calor de su cuerpo, la presión de su pecho sobre sus senos, los pezones cada vez más endurecidos e hinchados, con la necesidad de restregarse contra él como un gato desesperado por una caricia. Su lengua marcó los rincones más profundos de su boca, y ella intentó responder lamiendo y mordiendo. No tenía ni idea de lo que hacía, pero sí sabía que necesitaba más sabor, más pasión, más calor. Pedro hundió las manos en su pelo y las horquillas que lo habían sujetado cayeron al suelo de piedra. Por fin liberó su boca y la miró, aturdido, aunque no tanto como ella.


–Te deseo –dijo, mirando primero su pelo suelto y después, de nuevo su boca–. Sé que no debería. Que es una locura.


–Lo sé…


Estaban en la casa de André, una casa que él quería derribar, una casa que ella adoraba, el día del entierro de André y siendo ella su viuda. No debería desearlo y él no debería desearla a ella, pero lo único que parecía capaz de sentir era la necesidad que viajaba por su torrente sanguíneo, alimentada por la embriagadora sensación de conexión, como si su dolor compartido fuese un ente vivo. Ningún hombre la había mirado como la estaba mirando él, con una furiosa y apasionada intensidad y, antes de que pudiera contenerse, dijo las palabras que le había rondado por la cabeza desde que le vio bajarse de su Jeep aquella tarde.


–Yo también te deseo.


Pedro frunció el ceño y se quedó inmóvil, sin decidirse, y Paula temió por un instante que fuese a rechazarla, pero en un segundo la confusión se despejó y la tomó en brazos.


–Bien.


Paula pasó las manos por su cuello y así salieron pasillo adelante, él subió de dos en dos los peldaños de la escalera y se detuvo en el distribuidor.


–Dime qué habitación no has compartido con De la Mare –preguntó, inquisitivo.


La respuesta era sencilla. Señaló su propio dormitorio, en el que había vivido desde que ocupó el puesto de ama de llaves de André. Pedro abrió la puerta con el pie y encendió la luz con el codo antes de dejarla junto a la cama. Paula temblaba. Su cuerpo parecía una hoja zarandeada por el viento de su propio deseo. Nunca se había sentido así, tan excitada, tan fuera de control.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 11

 -Paula.


El modo en que Pedro Alfonso pronunciaba su nombre lo hacía sonar muy íntimo, y la intensidad de su mirada resultaba aterradora y fascinante. Se estaba llevando a la boca un pedazo de queso y otro de pan, pero en sus ojos había la misma necesidad que a ella la asediaba y por la que tuvo que apartar la mirada de su boca.


–No le compadezco –aclaró.


Probablemente nadie lo había compadecido en su vida, a pesar de los horrores que había dejado entrever y que había padecido durante la infancia, pero no parecía la clase de hombre que inspiraría la compasión de otra persona. Era demasiado intenso, demasiado enérgico, con una disciplina demasiado férrea sobre sí mismo, excepto cuando… Excepto cuando no había logrado disfrazar lo que sentía teniéndola cerca. Igual que le pasaba a ella. ¿Por qué notarlo la mareaba? Se obligó a comerse la uva que llevaba un rato en la mano para darse tiempo de pensar, algo que era casi imposible teniendo su mirada clavada en ella. Pedro Alfonso era hijo ilegítimo de André, y había trabajado en sus viñas. Ahora entendía bien que quisiera poseerlas. Y André lo había rechazado con toda crueldad cuando aún era un crío, además por la razón más cruel imaginable: Por ser pobre e ilegítimo. La dulzura de la uva se le derramó en la lengua. Aunque había sido encantador con ella, y a pesar de lo mucho que había llegado a preocuparse por él, sabía que en los negocios era implacable y, viendo lo que había hecho con el testamento, tanto su matrimonio como su legado era solo un modo de hacer daño a su hijo, y no de ayudarla a ella. ¿Debería entregarle las tierras a Alfonso? Después de todo lo que había sufrido, ¿Tenía derecho a quitárselas?


–¿Cuánto?


Levantó de pronto la cara y quedó atrapada en su mirada.


–¿Perdón?


-¿Cuánto quiere por desaparecer? Soy un hombre rico y puedo ser muy generoso. Está claro que usted es una mujer que aprecia el valor del dinero, y yo eso lo respeto… –bajó la mirada a sus senos y tardó un instante en volver a mirarla a los ojos con un desprecio tan claro y tan brutal que la dejó aturdida.


–No quiero su dinero –replicó, cerrándose la camisa para que no pudiera ver que los pezones se le habían endurecido.


–¿En serio? –replicó con una sonrisa tan cínica que volvió a sentirse como Caperucita Roja delante del lobo–. ¿Aunque le ofreciera medio millón de euros por desaparecer, que es mucho más de lo que vale la propiedad?


–Sí.


No quería su dinero. Hacía un instante se había planteado regalárselas, pero quería poder quedarse en La Maison de la Lune. No quería tener que desaparecer una vez más. ¿Cuántas veces se había visto obligada a hacerlo, por los caprichos de otros?


–Quiero quedarme a vivir aquí, como planeó André, pero estaría encantada de alquilarle las tierras, como sugirió Gabriel.


Su sonrisa se borró.


–No quiero alquilarlas, sino ser su dueño. Y no puede quedarse aquí, porque lo que pretendo es derribar esta casa.


–¿Derribarla? ¿Por qué quiere derribarla?


–No tengo por qué explicarle mis motivos –replicó, frunciendo el ceño.


Paula se cruzó de brazos para intentar dejar de temblar… y para disimular la tensión de sus pezones traidores.


–Pues no puede derribar La Maison de la Lune porque me pertenece.


–Cuando haya impugnado el testamento, me pertenecerá a mí.


–No puede hacer algo así. Esta casa es hermosa… –miró a su alrededor, contemplando sus muebles antiguos, los viejos sillones, la sólida mesa, la hermosa vista que se colaba por la ventana, y no solo de las viñas, sino del bosque antiguo que bordeaba la propiedad y el cristalino arroyo que la dividía y que brillaba a la luz de la luna–. Merece permanecer aquí para las siguientes generaciones.


–No. Lo único que importa son las viñas.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 10

 –Si tiene alguna otra pregunta, madame De la Mare… –el abogado recogió sus cosas e hizo una leve inclinación de cabeza–. O usted, monsieur Alfonso, pueden ponerse en contacto conmigo en mi despacho con toda libertad.


Cuando el abogado se hubo marchado, Pedro vió que la viuda de su padre ocupaba una silla al otro lado de la mesa y tomaba una uva. Estaba nerviosa, además de excitada. Bien. Así no era él el único incómodo con aquella atracción.


–¿Qué edad tenía cuando André le exigió que trabajase para él para pagar el alquiler? –quiso saber.


–Diez u once años. No recuerdo bien –respondió, encogiéndose de hombros. La compasión volvió a brillar en sus ojos, y eso era lo último que él quería–. No fue tan malo. A mí me gustaba el trabajo y llegué a enamorarme de las viñas.


–Lo siento –respondió–. Debe ser duro para usted que haya impuesto esa condición en su testamento.


–En absoluto. No esperaba menos de él, madame… –no le gustaba tener que llamarla usando el apellido de ese bastardo–. ¿Cómo se llama?


–¿Mi nombre de pila?


–Oui.


–Me llamo Paula. Paula Chaves. Bueno, Paula De la Mare.


–Paula Chaves está mejor, ya que estuvo casada con el viejo bastardo solo unos días, así que no me parece necesario que lleve su nombre.


–Por favor, no se refiera a él así. Siento que no fuese un buen padre para usted, pero André era amigo mío.


Amigo. Qué forma de describir al hombre con el que había tenido una relación. ¿Por qué no se daba cuenta de que no necesitaba su compasión? Lo que su padre hiciera o dejase de hacer ya no tenía peso en el hombre que era.


–No necesité que fuese un buen padre para mí. Ni bueno, ni malo – añadió, decidido a hacerle comprender.


Tomó un pedazo de baguette tierna, untó queso Brie y le dió un bocado, resuelto a parecer despreocupado costara lo que costase. Nunca había hablado con nadie de esa etapa de su vida, cuando intentaba desesperadamente ganarse la admiración y el afecto de André De la Mare y, en cierto modo, seguía avergonzándose de aquel muchacho, de lo débil y absurdo que había sido por necesitar validación de un hombre que no sentía absolutamente nada por él. Pero Paula Chaves necesitaba saber que ese crío desesperado hacía mucho que ya no estaba.


–Sobreviví muy bien por mis propios medios. De hecho, el rechazo de mi padre, su decisión de rechazarme porque era un hijo bastardo de una mujer de familia pobre, me hizo mucho más fuerte y me preparó para luchar por lo que es mío. Nunca dejaré que alguien vuelva a quedarse con algo que me pertenece por derecho propio.


En lugar del temor que esperaba inspirarse con aquella amenaza velada, su mirada volvió a anegarse en compasión.


–¿André le rechazó por ser ilegítimo? –preguntó, malinterpretando el objetivo de sus palabras–. Qué horror. Lo siento mucho.


Y estiró el brazo sobre la mesa para rozarlo en un gesto de consuelo y compasión. Su roce fue como el de una llama para su piel y para su orgullo.


–No sienta lástima por ese muchacho –dijo, sujetado su muñeca con intención de sorprenderla, pero incómodo por el fuego que seguía abrasándole la piel y haciendo saltar el pulso de ella–. Hace mucho que se fue.


Ahora era millonario. Un hombre tan alejado como fuera posible de aquel mocoso pobre y rechazado. Tenía poder, y pronto sería dueño de toda la tierra que podía abarcar con la vista, incluidas las viñas De la Mare. Ella se soltó y él dejó que lo hiciera. Podría tener a cualquier mujer. ¿Por qué demonios iba a querer aquella, siendo como era la que había calentado la cama de su padre? Pero la vió morderse el labio inferior y la respiración se le aceleró ante la idea de morder él también aquel labio lujurioso y después calmarlo con la lengua antes de hundir las manos en aquel pelo sedoso y… «Arrête!» Respiró hondo. Tenía que detener aquellas imágenes eróticas que lo bombardeaban.


–Sería un grave error compadecerse del hombre en el que se ha convertido, Paula.