jueves, 5 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 52

Los sentaron a una mesa en un rincón, con vistas al mar. Era muy pequeña, y la colocación de las sillas, ideal para apreciar las vistas, creaba un ambiente demasiado íntimo para dos personas que no mantenían más que una brevísima aventura. Pero Leo no pidió un cambio de mesa y ella, desde luego, no iba a objetar. Aceptaría todo el contacto que pudiera conseguir. Cuando sus rodillas chocaron bajo la mesa, ella sintió una descarga de mil voltios. Su olor la mareó. Su proximidad le hizo desear inclinarse hacia él y suspirar. Pero Paula permaneció donde estaba y consultó el menú. No entendió ni una palabra.


—¿Pides por mí?


—¿Qué te gustaría?


Le gustaría apreciar el romanticismo del lugar y la puesta de sol color mandarina, mirarlo a los ojos y tomarle la mano. Le gustaría escarbar en su alma hasta averiguar todo lo que había que saber sobre él. Le gustaría compartir con él sus sueños y esperanzas, inseguridades y miedos, los rasgos distintivos de una relación de verdad. Poder superar los obstáculos emocionales y físicos que salpicaban su vida, ser su tipo y que su aventura no terminara. Pero, desgraciadamente, nada de eso estaba en el menú.


—¿Qué recomiendan?


—Los calamares tienen fama.


—Entonces me gustarían.


Paula había vivido de prestado y el idilio estaba a punto de implosionar. Tumbada junto a la piscina la tarde siguiente, una familiar punzada le atravesó el abdomen. Por un momento permaneció inmóvil, confusa, alarmada, con el corazón acelerado. No podía ser. Nunca había sido muy regular, pero era demasiado pronto. Debía ser una indigestión. Con una mueca de dolor y un nauseabundo calambre en el estómago, consultó el calendario en el móvil. ¿El doce? ¿Llevaba allí diez días? ¿Cómo era posible? Solo iba a quedarse una semana. No era difícil entender por qué había perdido la noción del tiempo, absorta en su aventura con Pedro, pero aún deberían faltarle unos cuantos días más. Por eso había atribuido su hinchazón a la buena comida y a un mejor vino, y su cansancio a la falta de horas de sueño. Cómo había pasado por alto señales tan evidentes cuando llevaba más de once años así, mes tras mes, no importaba. Lo importante era reaccionar. Y rápido. No podía permitir que él la viera pasar por lo que estaba a punto de ocurrir. Sería brutal, emocional e íntimo. No quería parecer débil y vulnerable delante de él. Y si él quería ayudar… No la dejaría ni una pizca de dignidad.

Retrato: Capítulo 51

No dejaban de ocurrírsele cosas que decirle. Se giraba, esperando encontrarlo a su lado, y sentía una puñalada de decepción al darse cuenta de que no estaba. Era ridículo. Con un padre ausente, emocional y físicamente, y sin novio junto al que acurrucarse en el sofá, llevaba años haciendo todo sola. Pero probablemente debido a la cantidad de tiempo que había pasado con Pedro, se había acostumbrado a su compañía. Se había hecho una idea de cómo sería tener una pareja y, aunque no fuera real, aunque sería tonta si insistiera en ello, le resultaba emocionante. Terminó el agua con gas, en la cafetería donde se había refugiado del calor, con la cabeza repleta de ideas excitantes, posiblemente imprudentes, pero imparables. No había nada malo en dejarle acompañarla si él quería. Mientras recordara que no eran pareja, que su aventura tenía que terminar pronto, mantendría la calma. No corría peligro de enamorarse de él. Nada había cambiado al respecto. Su corazón seguiría a buen recaudo.


—Reúnete conmigo al pie de la escalera de Karavolades en media hora —le dijo por teléfono, ignorando la vocecilla de alarma que resonaba en su cabeza—. Te invito a comer.



Pedro había pasado la mañana merodeando por la villa, preguntándose qué estaría haciendo Paula. Debería haber ido tras ella. Si su sentido común no le hubiera recordado en el último momento que debía respetar su necesidad de espacio, lo habría hecho. También debería haber disfrutado de la soledad. El tiempo a solas le permitiría reagruparse y reconstruir sus defensas. Pero la villa estaba extrañamente vacía y aburrida sin ella. Se había acostumbrado a tenerla cerca, con su pelo y sus joyas. Para su desconcierto, no estaba agradecido de que se hubiera ido. Estaba molesto. El teléfono sonó dos veces, pero cuando vió que no era ella, sino Daphne, que acababa de regresar de la luna de miel, y Zander, lo ignoró. Pero nada más colgar la tercera llamada, salía por la puerta. La escalera de Karavolades, de más de quinientos peldaños, era empinada, sinuosa y repleta de burros. ¿Llevaba Paula un sombrero para protegerse del intenso sol? ¿Qué zapatos calzaba? No había pasamanos y la piedra podía ser engañosamente resbaladiza. No se paró a pensar en las preguntas personales que surgirían durante el almuerzo y después. No se detuvo a analizar el absurdo placer y puro alivio que sintió ante la invitación. Se subió al coche y arrancó.



En los días siguientes, Pedro llevó a Paula a las aguas termales del pequeño islote deshabitado de Palea Kameni y a las arenas negras de la playa de Kamari. Le dió a conocer el aromático souvlaki y las delicias dulces, cremosas y con sabor a natillas de galaktoboureko. Una noche vieron una película en griego. Él se pegó a ella para traducirle, pero su proximidad la desconcentró tanto que apenas se enteró de nada. Paula no se arrepintió de haberlo invitado a comer y a hacer turismo después. Cada vez que se volvía para hablar con él, allí estaba, provocándole un sobresalto de placer. Afortunadamente, su hosquedad había desaparecido, de hecho, estaba muy hablador. Le contó más cosas sobre sus hermanos y su relación con sus padres. Sobre las competiciones de vela en las que había participado de joven y sobre su trabajo. Aferrándose a su costumbre de hacer hablar al otro, aunque él no fuera un cliente que ella estuviera pintando, evitó tener que hablar ella. Esa noche, Pedro la había llevado a una pequeña, pero abarrotada, taberna. La amplia terraza estaba a pocos metros de las cristalinas aguas azules. El color de la balaustrada de madera pintada y de las mesas y sillas hacía juego con el cielo azul. El sol poniente se reflejaba en las cegadoras paredes blancas del restaurante y las buganvillas rosas descendían por los montantes de la pérgola. Era rústico y encantador. Días atrás, le habría sorprendido la elección. Se habría imaginado que un CEO multimillonario con problemas de control y aficionado al orden preferiría un entorno más formal para cenar. Pero últimamente había visto más al hombre que debía haber sido antes.

Retrato: Capítulo 50

Descubrir que estaba solo en la cama no mejoró su estado de ánimo. ¿Dónde estaba ella? ¿La había vuelto a ahuyentar con la melancolía en la que había caído por la tarde? ¿Se había hartado de sus gruñidos monosilábicos y había regresado a su casa en mitad de la noche? Algo desagradable se deslizó por su estómago… Hasta que ella salió del baño envuelta en una toalla y una nube de vapor perfumado de rosas.


—Buenos días —saludó él, con voz somnolienta, aunque parte de su anatomía despertó rápidamente.


—Buenos días —respondió ella distraídamente mientras recogía su ropa.


Dejó caer la toalla, elevando las esperanzas de Pedro, pero luego empezó a vestirse. Quizás el turismo ya no fuera una opción, pero él no había puesto fin a nada más.


—¿Qué haces?


—Vestirme.


—Ya lo veo —Leo frunció el ceño—. ¿Por qué?


—Porque mi taxi llegará en cualquier momento.


Pedro se incorporó como un rayo, con el pulso acelerado y la mente a mil por hora. ¿Se iba?


—¿Adónde vas?


—Pensé en visitar las Tres Campanas de Fira —Paula se colocó las gafas de sol—. Luego ya veré qué me apetece hacer.


—¿Qué? —Pedro sacudió la cabeza para despejarse.


—Voy a hacer turismo —contestó ella—. Te dije que quería ver más de la isla.


—¿Tú sola?


—Sí.


—Iré contigo —Leo apartó la sábana y se giró para levantarse.


—No hace falta —contestó Paula, alarmada—. No estamos soldados.


Pedro no estaba dispuesto a permitirle vagar sola por ahí. ¿Y si le pasaba algo? Era su invitada, su responsabilidad.


—No hablas griego —fue la excusa que se le ocurrió mientras ella se calzaba unos zapatos planos.


—Tengo una aplicación. Me las arreglaré.


—No sabes adónde vas. Te podrían timar.


—Me arriesgaré.


—Me gustaría acompañarte.


—Y a mí tener un poco de espacio —ella dejó caer su teléfono en el bolso y lo miró fríamente—. Luego nos vemos.



El taxi dejó a Paula en la famosa iglesia conocida por su cúpula azul, espectaculares vistas y las tres campanas. Pasó una hora explorándola, y luego las calles de los alrededores. Sin embargo, por agradable e interesante que resultara la experiencia, no le dio el respiro que buscaba. Había previsto pasar un rato a solas, aclarar sus pensamientos y librarse del anhelo de saber más sobre Pedro. No había previsto echarlo de menos.

Retrato: Capítulo 49

 —Sería comprensible que siguieras enfadado.


—Lo sería. Pero no lo estoy. Encuentro a mi madre frustrante y agotadora, nada más.


—Claro —contestó ella secamente, como si supiera algo que él ignoraba.


—¿Qué? —murmuró Pedro, incapaz de seguir soportando el escrutinio.


—Tienes muchas cosas en la cabeza.


Así era. Y tenía que mantenerlas encerradas. No había pasado años negando sus emociones solo para darles rienda suelta por una pregunta pertinente. Pondría fin a esa tontería. Paula y él no eran pareja. En la cama era donde mejor funcionaban, y era ridículo haberle consentido más. Solo le había dejado el mando durante los dos primeros días, pero ella parecía seguir aferrada a él y tenía que acabar.


—¿Sabes qué pienso? —preguntó Pedro, guardando las botellas vacías de cerveza en la nevera.


—¿Que sería estupendo una siesta en el camarote? —la mirada de


Paula se clavó en la boca de Pedro.


—No —contestó él, resistiéndose a la tentación de aceptar, estando tan nervioso. Sería una locura, malo e increíblemente peligroso—. Pienso que es hora de regresar.



Pedro no era el único que tenía muchas cosas en la cabeza. Su confesión ocupó los pensamientos de Paula durante el trayecto de regreso. ¿Cómo había soportado tantos años el estrés de hacer un trabajo para el que no se sentía preparado? No podía ni imaginárselo, aunque finalmente comprendía su necesidad de control y orden y su deseo de intimidad, y las difíciles decisiones que había tenido que tomar. La supresión de su auténtico yo para hacer el trabajo y proteger a los demás no parecía muy saludable, pero ¿quién era ella para juzgar? Evitaba operaciones que le aliviarían los síntomas de la endometriosis por un miedo que sabía era improbable que se materializara. Estaba tan atrapada en el pasado como él. Era una pena que hubiera puesto fin al día, pero entendía por qué las sonrisas habían desaparecido y Pedro estaba tenso al timón. Ella lo había empujado a hablar, y no le había gustado. Le daría un respiro, como había hecho él cuando ella lo había necesitado. Tampoco a ella le iría mal. Quería saber más del hombre que había tras la fachada, saberlo todo, pero no era una opción. Le haría bien pasar un rato sola para reforzar la distancia emocional que quería mantener, y que estaba amenazada.


—¿Cuál es el plan para mañana? —preguntó tras regresar a la villa.


—No hay ninguno —fue la contundente respuesta, lo que permitía a Paula idear el suyo propio.


Pedro se despertó malhumorado, los acontecimientos del día anterior impidiéndole dormir bien. Sus sueños habían sido agitados. Sobre todo, ese en el que se estiraba en un sofá, con la cabeza en el regazo de Paula, mientras le contaba todo y ella le acariciaba suavemente el pelo.

martes, 3 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 48

Lo único que ocultaba Pedro era una intensa irritación por estar atado de pies y manos, y una creciente preocupación por el torrente de palabras que intentaban salir de su boca. No entendía por qué. No tenía intención de desahogarse, de quedar expuesto, vulnerable y débil. Nunca había buscado comprensión ni simpatía, mucho menos de una fuerza potencialmente destructiva como Paula. No sabía por qué había empezado a hablar de su relación con su padre. Nunca lo hacía, ni siquiera con sus hermanos. Pero ella lo miraba como si tratara de ver su alma y él no podía apartar la mirada, por mucho que lo intentara. Cuanto más tiempo pasaba, más temblaban sus defensas y menos recordaba por qué escondía sus cartas. A medida que se perdía en la mirada infinita de ella, tenía la inquietante sensación de que no solo había bajado la guardia, la había perdido.


—Bien —contestó él con inquietud mientras su escudo protector se hacía añicos y las palabras salían a borbotones—. Se me da bien, pero el papel no me encaja. No me crezco bajo presión. No disfruto viajando por continentes o atravesando husos horarios. La responsabilidad de tener decenas de miles de empleados me resulta insoportable, y saber que, si no estoy atento, todo se hundirá, me obsesiona.


—¡Vaya! —exclamó Paula algo aturdida.


—Tú preguntaste.


—Esa no es la imagen que das.


—Gracias a Dios. Claro que no.


—¿Por eso priorizas tanto el control?


—Sí. Me ha ayudado a superar momentos difíciles —la muerte de su padre… La enfermedad de su hermana… Heredar el negocio…


—Pensé que temías parecerte demasiado a tu madre.


—Eso también —admitió él—. Ella es salvaje y egocéntrica, y a veces hace daño con su desconsideración. No solo comparto sus genes, en mi adolescencia me comportaba como ella.


—¿El barco que estrellaste?


—Acababa de descubrir por la prensa que tenía una aventura con el padre de mi mejor amigo.


—Debió ser horrible.


Peor que horrible. Había desatado una tormenta de dolor y vergüenza, frustración e ira que no había sabido gestionar. 


—No fue solo esa vez —continuó Pedro—. Perdí innumerables amigos. El barco era suyo. Una mañana, durante las vacaciones de verano, salí solo y me estrellé contra las rocas. Tenía dieciséis años. Estaba enfadado. Funcionó. Ya no estoy enfadado.


—¿Estás seguro de eso?


—Absolutamente —Pedro asintió.


Era lo único de lo que estaba seguro. El accidente, imprevisto e instintivo, le había afectado mucho. Tras el rescate, su padre le había dicho, aunque no le había hecho falta, que su comportamiento cada vez más imprudente no era aceptable. No estaba dispuesto a renunciar a la navegación, de modo que renunció a las emociones. Si no permitía que nada lo afectara, no tendría el impulso de reaccionar. No habría más pérdida de control, ni más daños. Simple.

Retrato: Capítulo 47

 —¿Nunca consideró a nadie más?


—Es tradición familiar, el hijo mayor hereda automáticamente —Pedro sacudió la cabeza.


—Eso debió de presionarte mucho.


—Nunca hubo ninguna duda ni discusión al respecto —contestó él, sin confirmarlo ni negarlo—. Siempre fue un hecho consumado.


—No me extraña tu resentimiento.


—¿Resentimiento? —él le lanzó una mirada penetrante.


—A veces se nota cuando hablas de tu familia —Paula asintió—. Totalmente comprensible. Eras muy joven. Como dijiste una vez, la curva de aprendizaje fue empinada. Debiste hacer muchos sacrificios.


—Ninguno que no estuviera dispuesto a hacer —contestó él—. No podía defraudar a mi padre. En los negocios, exigía e imponía respeto, y yo se lo daba con creces. En los cinco años siguientes a la fusión de las dos empresas, duplicó el balance. Profesionalmente, iba a ser difícil seguir sus pasos.


—Pero tú los sigues, ¿No?


—Lo intento, aunque a veces con mucho esfuerzo.


—¿Qué quiere decir eso?


A pesar del calor, a Pedro se le heló la sangre al darse cuenta de que había revelado más de lo que pretendía. ¿Se le había subido el calor a la cabeza? ¿Había pasado demasiado tiempo bajo el agua, casi sin oxígeno? ¿Estaba borracho? ¿O simplemente le había sorprendido descubrir que, si Paula se había dado cuenta, no era tan bueno controlando sus emociones como suponía? Algo tenía que explicar el desliz, pero no volvería a ocurrir. La emoción de navegar de nuevo había anulado su cautela. El manto de calma le había dado una falsa sensación de seguridad. Imprudentemente, se había relajado y bajado la guardia. Pero la volvería a subir, porque no podía permitir que la inquietantemente y perspicaz Paula y el caos que la acompañaba lo afectara. La apasionada relación que tenían era un acuerdo temporal. Ella nunca sería la persona indicada para él.


—Nada —Pedro desvió la mirada hacia el horizonte e ignoró una extraña sensación de decepción.


—Vuelves a mostrarte evasivo.


—Y tú entrometida.


—Solo siento curiosidad por el hombre con el que me acuesto desde hace cinco días —contestó ella con fingida ligereza—. He respondido a todas tus preguntas. Pero tú evitas las mías. ¿Qué ocultas?


—Nada —solo cosas que no tenía intención de compartir con ella. Con nadie.


—Demuéstralo.


—No necesito demostrar nada.


—Entonces compláceme.


—Tampoco necesito hacer eso.


—Entonces sí ocultas algo —ella lo miró con expresión triunfal.

Retrato: Capítulo 46

No había podido apartar los ojos de él mientras pilotaba el barco. Lo único automatizado era el mecanismo del ancla. No era un yate para relajarse mientras los ordenadores lo hacían todo. En cuanto subieron a bordo, Pedro entró en acción. Mientras ella se acomodaba, consciente de que sería de poca ayuda, él saltaba de la cubierta a la cabina, familiarizándose con el barco y realizando algunas comprobaciones. Convencido de que todo estaba en orden, se pusieron en marcha y, a partir de ese momento, apenas había parado, ya fuera al timón, oteando el horizonte o reaccionando al batir de las velas con impresionante maestría. Podía aparentar ser frío y controlado, aunque hacía tiempo que ella no veía esa faceta suya, pero era evidente que le apasionaba navegar. Apenas había dejado de sonreír en toda la mañana y estaba más relajado de lo que ella nunca hubiera imaginado posible. Paula no pudo evitar preguntarse si estaban donde estaban por algo que ella había dicho, y eso, además del físico y la fuerza de él, la calentó sin que tuviera nada que ver el sol que la secaba, tumbada en la cubierta de proa junto a Pedro, sentado con los codos apoyados en las rodillas, mirando al horizonte.


—Gracias —murmuró ella, aletargada tras el buceo y la comida, con los ojos entrecerrados.


—Ha sido un placer volver a ponerme al timón.


—No creo que la costa de Santorini sea lo mismo que el Atlántico con sus vientos huracanados.


—No —Pedro asintió y sacó de la nevera las dos últimas botellas de cerveza—, pero no importa. El viento en tu pelo y el agua en tu cara es suficiente, sin importar las aguas o el tiempo que haga. Donde haya un horizonte amplio, sentirás la libertad de poder ir en cualquier dirección.


¿Era consciente Pedro de lo melancólico que sonaba? ¿Hablaba solo de navegar?


—Habrá pasado mucho tiempo, pero pareces muy a gusto a bordo.


—Navego desde que aprendí a caminar.


—¿Y por qué lo dejaste?


—No tuve más remedio.


Paula entendía que hubiera dejado la competición al hacerse cargo de la empresa, pero ¿no podría haber seguido por diversión? No debería insistir, no era asunto suyo. Sin embargo, las preguntas la habían acosado desde que salieron de Antigua Thera el día anterior, y de algo tendrían que hablar. La conversación no tenía por qué llevar a una intimidad emocional no deseada. Solo sentía curiosidad sobre qué le movía.


—¿Por qué es tan importante para tí el deber?


Pedro bebió un trago de cerveza antes de responder, como si necesitara armarse de valor.


—Mi padre no era un hombre fácil —comenzó con ironía—. Era débil con mi madre, y podía ser frío y distante, pero pasaba mucho tiempo conmigo, hablando del negocio. De niño, me llevaba a menudo a las oficinas de Londres o Atenas. Solía presentarme como «El futuro jefe», y aunque sonaba a broma, todos sabían que era verdad.