martes, 24 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 8

André de la Mare nunca había sido su padre, dijera lo que dijese su madre, y le había costado años darse cuenta de que el lazo de sangre no significaba nada para su padre y que no iba a cambiar. Cómo demonios la efímera esposa de su padre había descubierto su conexión era algo que no lograba imaginar. Se obligó a respirar hondo y serenarse.


–Lo veo en usted–continuó ella, mirándolo a la cara–. André hablaba de usted constantemente. Era como una obsesión para él. Yo creía que era por el éxito que ha alcanzado en los negocios, siendo tan joven, pero ahora me doy cuenta de que era algo mucho más personal.


Pedro sintió que la furia se le hacía una bola en el estómago.


–Creo que, aunque por un lado le temía, por otro se sentía tremendamente orgulloso de usted.


El comentario le hundió un puñal. ¿Hablaba en serio, o se trataba de una especie de broma enfermiza? ¿De verdad pensaba que podía importarle lo más mínimo lo que De la Mare pensara de él o de sus negocios? Hacía dieciséis años que había dejado de buscar la aprobación paterna. Aquella noche huyó de allí, y al día siguiente partió de Burdeos para hallar su propio camino, después de años viviendo cerca de la propiedad de su padre, buscando migajas, haciendo todo lo que él le pedía con la esperanza de que, algún día, reconociera su conexión. Nadie lo había reconocido después cuando volvió. Nadie excepto De la Mare, y precisamente por eso había disfrutado manteniéndose distante y asfixiando todos los intentos del viejo para salvar sus tierras de las deudas. No había tenido que ensuciarse las manos porque el viejo había llevado a la ruina sus tierras él mismo y, cuando André acudió a él para rogarle que invirtiera, pensando que aún buscaba su reconocimiento, Pedro se dió el gustazo de reírse en su cara. El viejo bastardo se casó después con aquella mujer, un último intento de arrebatarle el legado que era suyo por derecho, y solo por eso debería despreciarla, pero… Sin maquillaje alguno, su carita de niña, su piel tostada por el sol, pómulos marcados, ojos azules y una boca madura y muy jugosa, resultaba aún más atractiva. Y su cuerpo, aun con aquel disfraz de pantalones cortos y camisa de trabajo, se veía maduro para mucho más. No era de extrañar que su cuerpo hubiera reaccionado. Era una mujer hermosa, y que fuera la esposa de su padre no la hacía menos atractiva a sus ojos. Soltó una carcajada áspera, decidido a romper el hechizo que había tejido sin esfuerzo.


–¿De verdad cree que me puede importar lo que ese bastardo pensara de mí?


Su tono salvaje la hizo parpadear repetidamente. Tarde ya se dió cuenta de que tácitamente había aceptado que su conexión biológica con De la Mare era la que ella había imaginado. Fue cuando el abogado, cuya presencia había olvidado por completo, preguntó:


–¿Es cierto, monsieur Alfonso? ¿André de la Mare era su padre biológico?


No podía seguir negándolo, aunque tampoco quería que fuera del dominio público.


–Mi madre era una de las amantes De de la Mare –confesó en tono neutro–. Ana Alfonso Zolezzi. Vivimos aquí… –miró en torno suyo–, hasta que se aburrió de ella. Entonces nos permitió vivir en una casucha que había en los límites de su propiedad pero, en cuanto yo me hice lo bastante mayor, De la Mare insistió en que trabajase para pagar por ese privilegio, ya que mi madre estaba demasiado débil para trabajar toda la jornada –la bilis se le subió a la garganta, pero tragó saliva–. Pero no deseo reclamar una conexión de la que no me siento orgulloso en absoluto – continuó–. Si la hacen pública, los demandaré. Y eso la incluye a usted, madame De la Mare –añadió por si quedaba alguna duda.


Pero ella, en lugar de sorprenderse, asintió.


–Por supuesto. Su conexión con André es algo que solo le atañe a usted. Lo comprendo perfectamente.


Dudaba de que así fuera. Quizás pensaba que tendría más posibilidades de echarle el guante a las tierras si nadie conocía su relación con De la Mare. Pues si era eso lo que pensaba, se equivocaba de lado a lado. No necesitaba ser hijo suyo para hacerse con la tierra y completar su venganza del hombre que le había dado la vida para luego deshacerse de él.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 7

Cortó la frase sin terminarla y algo más que furia apareció fugazmente en sus facciones. Algo más parecido a la traición y el dolor. Paula reconoció el sentimiento porque ella lo había soportado de niña, el día que su padre la dejó en un centro de menores en Westminster y le dijo que ya no podía seguir cuidando de ella. Fue la última vez que lo vio. ¿Qué había querido decir con que André pensaba que le debía dinero por haber nacido?


–Es hijo suyo –musitó. 


La verdad le resultó de pronto tan obvia que no entendió cómo no se había dado cuenta en cuanto Alfonso puso el pie en la casa. En la casa de él, seguramente. ¿Habría vivido allí de niño, sin que André lo reconociera? La compasión que sintió de pronto por aquel hombre indómito fue tan intensa que la sintió casi como un vahído, porque de pronto comprendió por qué aquellas viñas significaban tanto para él. Por qué las quería con tanta determinación y por qué odiaba a André, o quería odiarlo, tanto como ella había odiado a su padre por haberla abandonado. Pero, junto a la oleada de compasión, llegó otra de deseo que derribó las barreras que había estado intentando erigir sin conseguirlo desde el momento en que sus miradas se cruzaron en el cementerio.


-¿Qu ést-ce qu’elle a dit, là?


¿Qué demonios acababa de decir? La sorpresa fue tal que la furia por el intento que había hecho su padre de vengarse de él desde la tumba pasó a segundo plano. Había hablado más de la cuenta, pero era imposible que se hubiera imaginado la verdad con tanta facilidad cuando nadie más había sospechado nunca cuál era su verdadera relación con André de la Mare.


–Era… –repitió ella, con una mirada tan llena de compasión que lo dejó mudo–. Usted es hijo de André. Sus ojos son… Son los mismos.


–¿Qué tontería es esa? –respondió, pero la humillación que lo consumía desde niño se apoderó de su voz, una humillación que llegó cuando descubrió lo idiota que había sido pensando que un hombre de la clase social y la riqueza de Pierre de la Mare iba a reconocer a un bastado como él.


No quería su compasión, como tampoco tenía intención de reclamar su legado. Lo único que quería eran las viñas, unas viñas que había regado con su sudor trabajándolas durante años, convencido de que su padre lo quería, o al menos lo respetaba, cuando lo único que había sido para él era un error. «Aunque fueras hijo mío, como dice tu madre, ¿De verdad piensas que iba a querer que el crío de una guarra llevase el apellido De la Mare, por bien que se le den las viñas?» Las palabras que le dirigió su padre al cumplir los quince se le vinieron a la memoria. Fue el día en que reunió el valor necesario para decirle a Pierre de la Mare que sabía que era su padre, y que estaba orgulloso de ser el destinatario de su legado. El día en que su padre se rió en su cara y le dijo que no tenía derecho a su legado porque nunca sería más que un labriego, un asalariado, un bastardo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 6

«Ay, André. ¿Por eso insististe en que nos casáramos? ¿No para ayudarme a mí, sino para desafiar a Alfonso?» El estómago se le encogió. ¿La habría utilizado? Tenía que estar al tanto de que las condiciones de su testamento la pondrían en la línea de fuego con Alfonso.


–No entiendo –dijo. Se sentía traicionada. André sabía lo suficiente de su infancia y su juventud para conocer que detestaba el conflicto–. ¿Por qué iba a hacer André algo así?


–No puedo contestar a su pregunta, madame De la Mare –contestó Gabriel, mirando a Alfonso con cautela–. Yo le aconsejé que no obrara así, pero él insistió. No me explicó sus motivos, pero creo que era importante para él que usted pudiera quedarse en La Maison de la Lune. Y que fuera la propietaria de las viñas.


–No puede quedárselas –anunció Alfonso–. ¡Las viñas son mías! ¡Me pertenecen! Y una zorra inglesa que apenas lleva unos meses aquí no puede quedárselas.


Paula se levantó de golpe y apretó los puños, dispuesta a plantarle cara. Le daba igual que fuera más grande, que estuviera más enfadado y que fuese más rico y poderoso que ella. No iba a permitir que la insultara.


–Las viñas no son suyas, señor Alfonso –le dijo con tanta dignidad como fue capaz–. Y, al parecer, no lo van a ser nunca –añadió, aplastando el brote de culpabilidad. Y de confusión.


Ella no se merecía aquel legado. André y ella habían sido amigos, pero solo hacía un año que se conocían. No eran familia, y no habían sido marido y mujer en el sentido real de la palabra. Ahora veía con claridad que la había utilizado como rehén de su lucha con Alfonso. ¿Cómo podía velar por sus intereses si siempre había pretendido ponerla en contra de un hombre con el poder y la influencia de Alfonso? Dejándole el viñedo y prohibiéndole que se lo vendiera a él, la estaba empujando al fracaso, a ella y a la tierra. ¿Acaso André odiaba más a Alfonso de lo que amaba a sus viñas? Quizás. Una cosa estaba clara: Lo odiaba más a él que lo que ella le importaba, y eso le dolió.


–¿Qué sabe de las tierras De la Mare? –preguntó Alfonso destilando desprecio–. ¿Qué sabe de alimentar y cuidar sus viñas, o de cómo sacar lo mejor de ellas? –la miró de arriba abajo–. No sabe nada. Y, sin embargo, ¿Piensa que puede quitarme lo que es mío porque se abrió de piernas para ese bastardo, comme une pute?


–¡Monsieur Alfonso! No hay por qué emplear ese lenguaje –intervino el abogado.


Pero todo lo que Paula podía oír era la sangre zumbándole en los oídos. Le importaba un comino lo que Alfonso pudiera pensar de ella, él o cualquier otra persona. Entonces, ¿Por qué su desprecio le llegaba hasta el punto de herir a la cría a la que habían llamado tantas cosas a lo largo del tiempo? ¿Y por qué su furia estaba alimentando las sensaciones que le hervían bajo la piel, haciéndolas más eléctricas más volátiles, más incontrolables?


–No soy ninguna zorra. Soy su esposa. Y usted no tiene más derecho a estas tierras que yo.


–¿Eso cree?


Se acercó a ella tanto que pudo sentir el calor de su rabia y ver el brillo de la furia en el marrón de su iris. Pero había algo más en las oscuras profundidades que resultaba aún más inquietante. Algo ardiente y vibrante que ella sentía también en su abdomen.


–Tengo todo el derecho a estas viñas. Las he mimado, alimentado, protegido del hielo, del viento y de las plagas hasta que me sangraron las manos. He trabajado estos campos durante horas siendo tan pequeño que ni siquiera era capaz de ver por encima de las vides. Y me prometí a mí mismo que, algún día, serían mías.


Los orígenes de Alfonso eran inciertos. Había oído historias en los medios que decían que su madre provenía de una familia pobre y que nadie conocía la identidad de su padre. Que había empezado muy joven trabajando en el campo, que su formación académica era escasa y que se había hecho a sí mismo de la nada. Pero nadie había sospechado nunca que hubiera nacido en Burdeos, y menos aún en aquel contorno, o alguien ya se habría hecho eco de ello.


–¿Me está usted diciendo que trabajó para André y que no le pagó? – le preguntó con voz temblorosa. ¿Estaría mintiendo? Sería capaz, pero algo en el tono de su voz, como si estuviera admitiendo algo que le avergonzaba, sugería más bien lo contrario–. No puedo creerlo.


André había sido un hombre complicado, puede que más de lo que ella había sabido, pero no era un monstruo… ¿No?


–Oui, me pagó –replicó con sorna–. Me pagó un salario que según él me descontaba de la deuda contraída por haber nacido. Y yo trabajé para él de buen grado hasta que me di cuenta de que lo único que había querido de mí era mano de obra gratuita. Que nunca había tenido intención de reconocer que…

Una Noche Inolvidable: Capítulo 5

Disimuló un estremecimiento echando mano a la jarra de vino que había dejado aireándose sobre la encimera.


–André me pidió que sirviera el Montramere Premier Cru esta noche – dijo mientras sacaba una copa más de un armario.


–No se moleste en servirme a mí –oyó decir a Alfonso, brusco–. Prefiero no mezclar los negocios con el placer.


Si había tenido alguna duda de que la enemistad de André y Alfonso fuera personal, aquellas palabras la despejaron por completo.


–Muy bien, monsieur Alfonso –contestó, sirviendo solo dos copas, y se llevó la suya a los labios fingiendo una calma que no sentía–. A la salud de André –añadió–. Y a la de los vinos De la Mare.


Alfonso no alteró sus facciones ni lo más mínimo, pero vio que un músculo le temblaba en la mandíbula.


–Aux vignes, mais pas à l’homme –le oyó decir.


Es posible que pensara que ella no le iba a entender, pero no fue a sí. «Por las viñas, pero no por el hombre».


–Por André –intervino el abogado, alzando su copa sin hacer caso del comentario de Alfonso. O intentaba rebajar la tensión, o estaba sordo–. Magnifique –lo alabó nada más probarlo, y señaló las sillas junto a la mesa–. Sentémonos –dijo–, y disfrutemos de lo que madame De la Mare tenía dispuesto antes de proceder con los detalles del testamento de monsieur De la Mare.


–Yo no quiero sentarme –anunció Alfonso–, ni comer. Quiero terminar con esto cuanto antes.


El abogado asintió y sacó un ordenador de su maletín. Paula se sentó frente a él, decidida a ignorar a Alfonso, aunque estaba de acuerdo con él en una cosa: Quería acabar con aquello ya, tan rápidamente como fuera posible, para poder sacar a aquel hombre de su casa. Nunca se había sentido tan incómoda, desorientada y, al mismo tiempo, eufórica en presencia de ningún hombre, y no le gustaba. ¿Por qué no era capaz de controlar su respuesta ante Alfonso, más aun teniendo en cuenta el obvio desprecio que él sentía por ella? Gabriel invirtió unos interminables minutos escribiendo en el ordenador y sacando documentos de su maletín mientras Alfonso seguía de pie al otro lado de la estancia, como una sombra que se proyectase sobre todos sus recuerdos de André. Tomó un sorbo de aquel oloroso Pinot Noir mientras esperaban, sin importarle no ser capaz de percibir con toda su intensidad los matices de aquel caldo excepcional. En aquel momento, lo único que quería era olvidarse de Alfonso y de las extraña sensaciones que despertaba, además de saber si André le había dejado lo bastante para poder sobrevivir al menos un mes mientras buscaba un trabajo nuevo.


–Para evitar extenderme mucho en los términos legales, voy a resumir lo principal –dijo Gabriel, entregándole a ella una copia y ofreciéndole otra a Alfonso, que no se molestó en recogerla, y quedó sobre la mesa.


–Monsieur De la Mare ha legado la propiedad conocida con el nombre La Maison de la Lune y los viñedos circundantes De la Mare a su viuda. Por desgracia, sobre la propiedad pesan deudas considerables, y André era consciente de que tendría que vender una parte o su totalidad, algo a lo que él no se oponía en absoluto, aunque sí quiso añadir una cláusula particular a ese respecto: Madame De la Mare no puede vender parte alguna de la propiedad a Pedro Alfonso, de Alfonso Corporation, ni a ninguna de sus subsidiarias o empresas en reserva en la que Pedro Alfonso o Alfonso Corporation pueda tener algún interés, o perderá dicha herencia.


–¡C’est pas vrai! –gritó Alfonso, y Paula dió un respingo.


La burbuja de esperanza que había empezado a crecer en su pecho al saberse propietaria de aquella casa estalló por culpa de su furia. ¿Por qué André había hecho algo así? Por mucho amor que ella sintiera por las viñas, si él  quería que el legado De la Mare continuase, la única respuesta era vender a Alfonso. A pesar de la agresividad de sus prácticas empresariales, era conocido como un excelente vinatero, y ningún otro se atrevería a comprar aquellas tierras si con ello desafiaba a Alfonso. Una retahíla de maldiciones en francés siguió el deambular de Alfonso por la habitación.


–¡Esto es una mamarrachada!–exclamó–. No puede pretender impedirme comprar las viñas. Ya he esperado mucho tiempo para hacerlo y, de todos modos, ¿Quién demonios es ella? –miró a Paula–. No sabe nada de vinos.


Paula se encogió. Había algo personal en la furia de Alfonso. Aquello no tenía que ver con el vino. Algo debía haber entre André y él, algo que iba más allá del negocio.

jueves, 19 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 4

 -Madame De la Mare, gracias por recibirnos en un momento tan difícil.


¿Recibirnos? Paula saludó con una inclinación de cabeza al abogado de André en la puerta de la casa, una hora después del funeral.


–Me alegro de verlo, Gabriel. ¿Viene… Alguien más?


En aquel mismo instante, el coche que había visto en el cementerio se detuvo allí, y Pedro Alfonso bajó de él. Había dejado los vaqueros y la camiseta desaliñada y llevaba unos pantalones de diseño y una camisa blanca de lino remangada. Traía el pelo oscuro mojado, como si acabara de ducharse y afeitarse, pero seguía pareciendo indómito e intimidante. Tampoco llevaba gafas de sol, con lo que su mirada era todavía más devastadora que cuando en el cementerio la miró de arriba abajo. Menos mal que ya no llevaba aquel vestido tan sugerente, aunque deseó haberse puesto algo más formal que los pantalones cortos y la fina camisola de algodón que llevaba. Marcel iba con relativa frecuencia por allí, en particular en las últimas semanas, para ver a André, pero Alfonso no era un amigo, o siquiera un conocido.


–Bon soir, madame De la Mare. Gabriel me ha pedido que asista, siguiendo la voluntad de su marido –la saludó, con apenas una leve inclinación de cabeza.


Paula contuvo un estremecimiento de inquietud, y la sensación que le provocaba y que se había negado a desaparecer. En el cementerio no se había dado cuenta de lo grande que era. De tan anchos que eran sus hombros, bloqueaban la luz del final del atardecer. Apenas le llegaba al cuello. ¿Por qué habría querido André que estuviera presente? No tenía sentido. El testamento era solo una formalidad, una oportunidad de pagarle los salarios que le debía, ¿No? ¿Es que Alfonso ya había comprado la propiedad? ¿Sería posible? ¿Tendría que abandonar la casa aquella misma noche? ¿Y por qué no podía controlar aquella sensación líquida que partía de lo más hondo del cuerpo? Aquello era peor que verle de lejos en el cementerio. De cerca, Pedro Alfonso era una fuerza de la naturaleza, y parecía haberse hecho con el control de sus sentidos. No quería invitarlo a pasar a su casa, a su santuario, pero teniéndolos allí, en la puerta, no tenía opción, y volvió a sentirse indefensa como cuando era niña y le decían que iba a tener que irse con una nueva familia.


–Ya… Por favor, pasen.


Las pisadas de Alfonso sonaron en el suelo de piedra de la granja, y un perfume caro a sándalo se mezcló con el aroma salado que ya llenaba sus sentidos. Se hizo a un lado sintiéndose como Caperucita Roja asaltada por el lobo. Sin esperar a que se lo ofreciera, o a que le diera cualquier otra explicación, le vió seguir pasillo adelante hasta el salón de las visitas que quedaba al fondo de la casa, donde Cara había dispuesto un almuerzo ligero para Gabriel y ella. El temblor de inquietud y un inexplicable calor se vieron aumentados por un golpe de ira. ¡Aquella no era todavía su casa! ¿Y cómo narices la conocía tan bien? ¿Acaso habría estado antes allí? Desde luego André no se lo había mencionado en ningún momento. André estaba obsesionado con él, pero ella siempre había dado por sentado que se debía a que Alfonso Corporation llevaba años asfixiando las tierras de De la Mare, pero en aquel momento dudó. ¿Sería su enemistad por algo más personal? Otra razón más para desconfiar. Alfonso se quedó plantado en mitad de la estancia, y su tamaño la hizo parecer pequeña. Estaba de espaldas a la mesa de carnicero hecha de bloques de madera en la que había dispuesto una pequeña variedad de quesos, una barra de pan y una bandeja de fruta, y le vió contemplar el viñedo a través de la ventana. El sol se había puesto hacía media hora, pero quedaba suficiente luz para ver aquellos troncos retorcidos y antiguos que eran el legado de De la Mare. Su postura era dominante, como si ya estuviese examinando su propiedad, pero al mismo tiempo se le veía tenso, casi como si fuera un tigre a punto de atacar.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 3

Sus curvas se movían sinuosas en aquel vestido vintage, mientras que el sol rojizo de la tarde arrancaba destellos dorados al pelo rubio que se había recogido en un moño despeinado. Alguien le había dicho que el viejo se había buscado un ama de llaves, y se esperaba que fuera joven y guapa, pero no tanto como para poder ser su nieta. ¿Cuántos años tendría? Veintipocos. Unos diez menos que él. Y cuarenta menos que De la Mare. ¿Es que el viejo no conocía la vergüenza? A pesar de su aparente juventud, estaba convencido de que le había prestado algo más que ayuda. Seguro que De la Mare se la habría metido en la cama, como había hecho con tantas otras. Además, parecía su tipo. Caliente y fácil. Pero un pulso de deseo y un respeto a regañadientes fue lo que experimentó, en lugar del desprecio que habría preferido, al verla salir del cementerio manteniendo la cabeza bien alta. ¿Qué tenía aquella mujer para haberlo cautivado nada más verla? Puede que fuese el rubor que le había teñido las mejillas cuando le miró los pechos que aquel vestido tan ajustado revelaba. O quizás fuera porque no había estado con ninguna mujer desde hacía tres meses. O por el cansancio, después de haberse levantado antes del amanecer. Fuera cual fuese la razón, no le gustaba. Ahora que De la Mare había muerto por fin, estaba decidido a reclamar lo que era suyo por derecho, y no iba a dejarse distraer por las sobras que había dejado.


–Su premura es un poco impropia, señor Alfonso –contestó el abogado–. Monsieur De la Mare ha fallecido hace apenas unos días.


–Esto son negocios. No hay nada personal –mintió sin dificultad–. Quiero estar informado en cuanto se ponga en venta la propiedad.


Ya había esperado bastante para hacerse con ella. No había querido negociar con el viejo bastardo, pero se aseguró de que nadie intentase comprársela mientras vivía.


–No es tan sencillo. Esta noche nos reuniremos en La Maison de la Lune para dar lectura al testamento. De hecho, me alegro de que esté usted aquí, porque así no tengo que convocarle. Monsieur De la Mare pidió su asistencia.


–¿Qué?


Pedro centró su atención en el abogado. De todos modos, la chica ya se había ido, e intentó ocultar la sorpresa y la absurda esperanza. Sabía que no habría nada para él en aquel testamento.


–Monsieur De la Mare pidió su comparecencia dos días antes de fallecer, antes de redactar su testamento.


–¿Por qué ha hecho testamento? No tenía nada más que deudas, y ningún heredero al que dejárselas, según tengo entendido.


«O ninguno que él quisiera reconocer». Una bilis amarga le subió por la garganta, y tuvo que tragársela como tantas veces desde que era un crío y su madre lo ataba a la cama para impedir que saliera corriendo bosque través para llegar a La Maison de la Lune en un intento desesperado por ver al hombre que no quería verlo.


–¿No lo sabe? –preguntó el abogado, sorprendido.


–¿Qué? Ayer llegué de un viaje de negocios por Italia y he pasado en las viñas todo el día.


–Mademoiselle Chaves, el ama de llaves de La Maison, y Monsieur De la Mare se casaron hace tres días, y ahora ella es su viuda.


La amargura fue como un cuchillo que le clavaran en las tripas al ver el rostro de su madre en el recuerdo, frágil, exhausta, la mañana en que él dejó Burdeos con solo quince años, espoleado por la humillación y el ultraje.


–Merde –murmuró. 


Así que aquella zorrita inglesa no solo se había acostado con De la Mare, sino que había conseguido seducir al viejo bastardo para que hiciera lo que ninguna otra mujer había conseguido: que le pusiera una alianza en el dedo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 2

Alfonso cerró la puerta del Jeep y echó a andar sobre la tierra reseca hacia la tumba con una confianza suprema. Desde luego no parecía estar de luto. Sintió que enrojecía al notar su mirada en ella, aun detrás de las gafas de aviador, examinando el vestido retro que había encontrado en el mercado el día anterior. Le quedaba un poco apretado, pero con su falda de vuelo, el talle marcado y el corte en forma de reloj de arena le pareció elegante. Ella nunca llevaba vestidos. André decía que su uniforme de trabajo eran pantalones cortos y camiseta, pero aquel día había querido tener un aspecto elegante por él. Y aquel vestido lo lograba, o al menos eso pensaba, hasta que la mirada de Alfonso le abrasó la piel, haciendo que se sintiera insultada y excitada al mismo tiempo, más expuesta que elegante. Pero no se dirigió a ella sino a Gabriel Caron, el abogado de André, a quien susurró algo al oído. El sacerdote concluyó por fin y le hizo entrega de una pequeña pala, y se dió cuenta de lo que le apretaba el vestido al agacharse para cargarla con un poco de tierra.


–Dale un beso a Simone de mi parte –dijo en voz baja al dejar caer la tierra.


Esforzándose por contener la emoción que le agarrotaba la garganta, dió media vuelta y se alejó de las tumbas de los De la Mare para dirigirse colina abajo a La Maison de la Lune. Oyó comentarios en voz baja al pasar por delante de algunas de las personas que habían acudido a despedirse de André, pero nadie se le acercó. Una vez Gabriel le entregase el cheque del dinero que André le había prometido, tenía que empezar a recoger sus cosas y a pensar en qué iba a hacer. No iba a tener mucho tiempo, sobre todo si Alfonso compraba la tierra. Exigiría que se marchase rápidamente, y quería estar preparada para que no la presionaran y la presencia de Alfonso allí, con su ropa de trabajo, daba a entender que no se iba a parar en ceremonias. ¿Dónde ir? ¿A París? ¿A Londres? ¿A Madrid, quizás? Nunca había estado en España. Intentaba que aquella nueva aventura despertara su entusiasmo, pero lo único que sentía era cansancio. Y tristeza. Decidió que no iba a hacer el equipaje aquella noche. Aquella noche iba a recordar a su amigo, a su esposo. Cuando Gabriel se hubiera marchado, se sentaría en la terraza con una copa del magnífico tinto de André a disfrutar del mágico atardecer en el viñedo del que se había enamorado. El viñedo que había llegado a ser un raro oasis de calma y serenidad en el caos de su vida nómada. Sintió la mirada de Alfonso con la intensidad de un láser al pasar por delante de él para salir del cementerio, y una inquietante picazón de necesidad le erizó el vello del cuerpo, dejando un peso en su bajo vientre. Era rico, un famoso seductor que exudaba un magnetismo animal que sería difícil de ignorar por cualquier mujer. Y en su caso aún más, dado que tenía muy poca experiencia con los hombres. Siendo niña de acogida, había aprendido a pasar desapercibida. Siempre era mejor que no repararan en ella si quería poder quedarse un poco más. Ya en la adolescencia, había sido un marimacho, decidida a huir del estereotipo de chica a la que nadie quería en busca de amor. Por Dios, si aún era virgen… Gracias a su existencia sin raíces, una vez abandonó el programa de acogida, nunca había permanecido en un lugar el tiempo necesario para construir una relación significativa, aparte de con André, claro. Pero André, a pesar de su matrimonio de última hora, era cuarenta años mayor que ella y un hombre frágil, no una fuerza de la naturaleza en pleno apogeo. Lo bueno era que no lo conocía en persona y que no iba a tener necesidad de conocerlo, de modo que aquella sensación tan… Desconcertante, pasaría. A no mucho tardar, Alfonso sería el propietario del viñedo de doscientos años de antigüedad que producía los mejores caldos de la región, y de la hermosa y vieja casa de piedra que había sido su primer hogar. Pero aquella noche, las viñas y La Maison de la Lune eran suyas, y no necesitaba el permiso de Alfonso ni de ningún otro para disfrutarlas.


–¿Cuándo estará la finca en el mercado? –preguntó Pedro Alfonso al abogado de André de la Mare mientras veía cómo la chica, el ama de llaves, la enfermera o cuidadora o lo que diablos fuera, pasaba de largo sin tan siquiera mirarlo.