jueves, 26 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 44

 —Te ayudaré a bajar.


—Gracias —ella le dedicó una sonrisa más brillante que el sol, que, tratándose de Grecia en julio, era mucho decir.


—¿Cómo te convertiste en artista? —preguntó él, seguro de que el inmenso alivio que había sentido al apartarla del peligro era normal.


—Apenas tuve elección. Es lo único que sé hacer. Mi único sobresaliente en la escuela fue en arte.


—¿Por qué?


—Por mi enfermedad, faltaba mucho a clase. El calendario de exámenes no era mi amigo.


—¿Nadie se dió cuenta?


—Éramos dos mil alumnos —contestó ella secamente, mientras volvían sobre sus pasos y se alejaban del acantilado—. Trescientos en mi curso. No existía la atención personalizada. Yo solo era una de tantas que pasaban desapercibidas.


Pedro trató de imaginarse algo así en el internado de élite de Inglaterra al que había asistido desde los ocho hasta los dieciocho años, y fracasó.


—¿Y tu padre?


—Desconsolado. Pero no importa —ella hizo un gesto desdeñoso con la mano, que hacía sospechar de lo contrario—. Nunca iba a poder mantener un trabajo convencional con la cantidad de bajas por enfermedad que tendría que pedir, así que no necesitaba ninguna cualificación.


—¿Fuiste a la escuela de arte?


—No. He hecho cursos, pero soy, básicamente, autodidacta. Conseguí una colección de obras, mientras trabajaba de camarera, y luego me abrí camino a golpe de talonario hasta las exposiciones.


—Eres tenaz.


—He tenido que serlo —ella asintió con ironía—. No siempre he tenido éxito, pero, por suerte, a la gente parece gustarle lo que hago. Más aún, me gusta a mí. Mi trabajo es versátil y variado, y me encanta. No mucha gente puede decir lo mismo.


—Cierto.


—¿Y tú? —Paula le lanzó una perturbadoramente penetrante mirada—. ¿Te gusta tu trabajo, Pedro?


«No especialmente». La respuesta no era buena, pero él la ignoró como hacía cada vez que el resentimiento por su destino asomaba su fea y vergonzosa cara. No tenía sentido preguntarse qué habría pasado si se hubiese negado a abandonar la universidad a mitad de curso, si hubiera dado la espalda a todo aquello para lo que le habían preparado, y perseguido su sueño de ganar la America’s Cup. Era CEO de una de las mayores y más exitosas empresas privadas del mundo. Tenía riqueza y poder. No tenía derecho a envidiar a los demás por poder elegir su propio camino. La envidia era destructiva y era ridículo lamentar algo que nunca había sido posible.


—Soy extremadamente bueno en esto —contestó, extrañamente incapaz de mentir sobre ello con la fluidez habitual.


—Eso no responde a la pregunta.


—¿No?


—O tal vez sí —ella asintió comprensiva—. El deber es importante para tí.


—Me inculcaron mi destino desde mi más tierna infancia.


—¿Qué habrías hecho si hubieras podido elegir?


—Habría navegado —contestó Pedro sin dudarlo—. Competitivamente.


—¿Tienes un barco? 


—Ya no.


—Qué pena.


—¿Por qué?


—Podríamos haberlo sacado mañana.


Mientras Pedro se detenía a inspeccionar unas ruinas al borde del anfiteatro, Paula se sentó en una roca y sacó su flamante cuaderno de dibujo de la mochila. Tras varios irritantes intentos de plasmar el paisaje que se extendía ante ella, se dió por vencida y se puso las gafas de sol para observar al hombre con el que se acostaba, una visión infinitamente más fascinante.

Retrato: Capítulo 43

Siendo realista, sabía que lo más probable era que no, era ridículo lo contenta que estaba con ese último avance. No cambiaba nada. No probaba nada. Pero el corazón bailaba en su pecho y apenas podía contener la sonrisa que amenazaba con dibujarse en su rostro. Pero debía tener cuidado, se dijo a sí misma mientras Pedro rellenaba su taza. No debía cometer el error de creer que lo que hacían era permanente. Con él era imposible una relación a largo plazo. Aunque pudiera cambiar sus sentimientos contradictorios sobre el compromiso y el amor, imposiblemente profundos, sexo aparte, ella estaba tan lejos de su tipo habitual como era posible. Bajar la guardia y enamorarse de él sería un billete de ida a la decepción y la desesperación. Tenía que vivir el presente y aprovecharlo al máximo.


—¿Qué te apetece hacer hoy? —preguntó él, leyéndole la mente.


El cuerpo de Paula quería volver a la cama porque, a pesar de todos los esfuerzos por saciarlo, el deseo ardía en su interior tan fuerte como siempre. Pero su cabeza pensaba que tal vez ayudaría salir fuera. Los últimos días, aunque gloriosos, habían sido intensos. No era de extrañar que hubiera perdido el sentido de la perspectiva. Regresar al mundo exterior podría darle la dosis de realidad que necesitaba para seguir centrada. Además, necesitaba un cuaderno de dibujo nuevo.


—Ya que estamos de vacaciones —observó ella, segura de que un cambio de aires era lo que necesitaba para mantener los pies en el suelo—, y hace una década que no viajaba al extranjero, me gustaría conocer la isla.



Aquella tarde, mientras observaba a Paula recorrer las ruinas de piedra caliza de un asentamiento del siglo XI a.C., Pedro concluyó que la idea de explorar había sido excelente. Si no lo había sugerido él mismo era solo porque, por primera vez en años, no pensaba con el cerebro. En ausencia de sexo, había podido concentrarse mejor en su plan de obtener respuestas sobre ella. Entre la miríada de detalles, extrañamente fascinantes, que había descubierto camino del yacimiento arqueológico de la antigua Thera, destacaba que llevaba mechas solo porque le gustaban los colores. Se había puesto el pequeño piercing de diamantes en la nariz para celebrar su primera venta y los pendientes porque, ¿Por qué no? Y vivía y trabajaba en Londres, en un luminoso estudio comprado con el dinero heredado de su madre. Llevaban una hora deambulando por las ruinas abandonadas de templos y casas con suelos de mosaico. Los grafitis milenarios eran fascinantes. Las vistas del mar, espectaculares. El teléfono de Pedro no había sonado ni una vez, una novedad que no sabía si le alegraba o inquietaba.


—Ojalá hubiera traído los pasteles —Paula se protegió los ojos del sol mientras, de pie sobre una roca demasiado elevada y cerca del borde del acantilado para gusto de Pedro, contemplaba el escarpado paisaje—. La profundidad y la intensidad de los colores podrían convencer al retratista más acérrimo para hacerse paisajista.


Retrato: Capítulo 42

 —¿Sigues ahí? —preguntó Federico, devolviéndolo a la conversación.


—Sí.


—¿Y?


—Me estoy tomando un tiempo personal —contestó Pedro mientras apagaba el fuego de la cafetera.


—¿Qué?


—Unos días libres. Un descanso.


—¿Ahora?


—Sí.


—¿Por cuánto tiempo?


—No mucho. Te mantendré informado. Mientras tanto, tú estás al mando. Ya sabes qué hacer. No hace falta que me consultes nada, pero no me decepciones.


Pedro colgó antes de que Federico empezara a hacer preguntas que él era incapaz de responder, como si hubiera perdido completamente la cabeza. Buscó una bandeja, pero se detuvo al sentir un cosquilleo en la piel, indicativo de que Paula estaba cerca.


—¿Quién era? —preguntó ella, entrando en la cocina con el bikini negro y la bata de seda rosa que llevaba la tarde que la conoció, responsable de tantas noches de insomnio.


—Federico. 


—¿Problemas en Atenas?


Si había problemas, no sería en Atenas, sino allí, en el aparentemente insaciable deseo que sentía por ella, que alteraba su comportamiento y ponía su vida patas arriba.


—Al contrario.


—¿Qué quieres decir?


—¿Tendrías que estar en algún otro sitio?


—No —ella sacudió la cabeza.


—¿Algo que hacer?


—No.


—Pues, al menos durante unos días más, yo tampoco.


—No lo entiendo —Paula frunció el ceño—. Creía que nos íbamos esta tarde.


—He puesto a Federico al frente de la empresa unos días.


—¿Hablas en serio? —ella lo miró boquiabierta.


—Sí. —Pedro le tendió el plato de cruasanes y el cuenco de yogur.


—¿Por qué?


—Porque —contestó él mientras salía al patio con la bandeja y se preguntaba por qué no estaba preocupado por entregar el mando a Federico, o por el trastorno que Paula estaba causando en su vida—, necesito vacaciones.


Paula necesitó todo el desayuno para superar la impresión que le produjo el anuncio de Pedro. Sintió el golpe de cafeína al entrar en su torrente sanguíneo, imposible no sentirlo con el café que él  preparaba, pero apenas probó el delicioso cruasán o el cremoso yogur endulzado con aromática miel. ¿Habría sido ella la causa de su decisión de tomarse un descanso? ¿Habrían hecho magia sus artes femeninas? ¿Podría la conversación del día anterior haberle hecho replantearse su relación con la responsabilidad y sus hermanos?

Retrato: Capítulo 41

 —Hay cosas peores —había contestado ligeramente a la defensiva.


—También hay cosas mejores.


No queriendo discutir, la había sentado en su regazo, dando por finalizada la conversación durante una hora. Sin embargo, las observaciones de Paula habían dado en el clavo. Su responsabilidad era aplastante, implacable y agotadora, y estaba harto de tener que apagar fuegos constantemente. ¿Y si, para variar, dejaba que sus hermanos se ocuparan de su madre?, pensó mientras su desconcertado hermano esperaba una respuesta al otro lado de la línea. Seguro que juntos podrían resolverlo. No tenía por qué ser él a quien Luciana y los demás acudieran siempre en busca de ayuda. ¿Por qué no podía delegar? Federico, teóricamente su segundo al mando, siempre le pedía que soltara las riendas. Estaría encantado de asumir más responsabilidades, aunque fuera temporalmente. De hecho, Pedro podría poner en práctica la nueva estrategia en ese mismo instante. Si instruía a su hermano para que llevara el timón durante un tiempo, podría permanecer en la isla con Paula, que aún disponía de unas semanas libres antes de viajar a Italia para su siguiente encargo. 


Si él se liberaba de responsabilidades externas, podría centrarse por completo en conocer a esa mujer. Federico tenía razón. Su comportamiento no era propio de él, pero los dos últimos días habían demostrado que el mundo giraba, aunque él no estuviera al mando las veinticuatro horas del día, y hacía años que no se tomaba un respiro. Nunca había abandonado el deber por el placer, y no dejaría el barco sin capitán. Solo que, durante unos días, ese capitán no sería él. No tenía por qué sentirse incómodo. Federico era muy competente y, aún más importante, estaría entusiasmado. Sería capaz de manejar todos los aspectos del negocio que exigían la atención del CEO. Y era lo bastante duro como para enfrentarse a Ana en caso necesario. Además, él tampoco iba a implicarse tanto con Paula, aunque existiera la posibilidad, que no existía. No le gustaba el nivel de caos del compromiso emocional, y ella no era en absoluto su idea de compañera de vida. Si llegaba a casarse, sería con alguien como él, alguien que no trastornara su existencia y que no esperara de él más de lo que estaba dispuesto a dar. Los polos opuestos se atraían, pero no eran felices. No había más que ver a sus padres. Su matrimonio había sido como un choque de trenes, caracterizado por los gritos de su madre y la frialdad de su padre, aunque los seis hijos que habían engendrado indicaban que no siempre había sido así. Pedro prefería una unión equilibrada, de respeto mutuo y compañerismo, a la pasión y el hielo. Pero había pasado más de una década cuidando de su familia y, pensándolo seriamente, se merecía pensar solo en sí mismo y, en el fondo, ansiaba disfrutar de un poco de diversión contenida e inofensiva. No era un capricho. Sabía lo que quería, y lo que hacía. Todo iría bien.


martes, 24 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 40

 —De acuerdo —ella sonrió a los ojos oscuros y brillantes, entusiasmada por lo que podrían depararle las siguientes cuarenta y ocho horas y, ojalá, muchas más.


—Bien.


Con una sonrisa satisfecha, Pedro saltó de la cama, hizo una serie de llamadas, todas en griego, y luego envió a buscar las pertenencias de Paula, que llegaron a la mañana siguiente.


Dos días después, a media mañana, el teléfono de Pedro sonó por enésima vez. Él dejó la cafetera sobre el fuego y sacó el móvil del bolsillo trasero de sus pantalones cortos. Era Federico. Resistiendo la tentación de rechazar la llamada y seguir preparando el desayuno, se recordó a sí mismo que seguía teniendo responsabilidades y pulsó el botón verde.


—Pedro —habló su hermano, tras saludarse—. ¿Dónde diablos estás y qué haces exactamente?


—Estoy en Santorini —respondió él mientras sacaba de una caja los cuatro cruasanes recién hechos que acababa de comprar—. Trabajo desde casa.


—Eso dijo tu ayudante. Lo que quiero saber es por qué.


—¿Por qué no?


Hubo una pausa, durante la cual Pedro sacó un yogur de la nevera.


—¿Estás enfermo? —preguntó Federico, preocupado.


—Nunca me he sentido mejor. ¿Por qué lo preguntas?


—Porque hace años que no trabajas desde casa. O nunca, ahora que lo pienso.


—Siguiendo tus instrucciones —contestó Pedro, pensando en Paula, durmiendo en el piso de arriba—. Me estoy relajando. Sin dejar de trabajar. Tú pareces conseguirlo.


—Claro… ¿Qué pasa?


—No pasa nada —aseguró él mientras volcaba el yogur en un cuenco—. ¿Qué pasa contigo?


—Suenas raro.


—Y tú confuso.


—Lo estoy. Tú no eres así. ¿Cuándo vuelves?


Pedro debería haber respondido «Mañana a primera hora», ya que solo les quedaba esa tarde. Pero no le salían las palabras. Porque lo cierto era que no quería volver a la realidad aún. Quería prolongar aún más la mini escapada con Paula, y no solo por el sexo. Había cosas sobre ella que cada vez le interesaban más saber. Por ejemplo, cómo se había convertido en artista. Por qué había elegido esos colores para el pelo y a qué se debían tantos pendientes y el piercing. Quería descubrir sus esperanzas, sus sueños, sus miedos… Para recordar, en caso necesario, por qué ella no le convenía. Desde que llegaran a la isla para embarcarse en un maratón sexual, las conversaciones habían sido escasas, impersonales e intrascendentes. Sin embargo, el día anterior, durante un almuerzo ligero junto a la piscina, ella le había preguntado sobre el imperio Stanhope Kallis, y habían acabado hablando de la dinámica de su familia.


—¿Por qué tienes que hacerlo todo tú? —le había preguntado, llevándose un dolmades a la boca.


—¿A qué te refieres? —él eligió una aceituna, la lanzó al aire y la atrapó en su boca, lo que le valió una sonrisa radiante y un breve aplauso.


—Tienes cinco hermanos —había señalado ella—. Todos trabajáis en la empresa de una forma u otra. Todos son hijos de Ana y ya son adultos. No tienes que ser tú quien cargue con toda la responsabilidad.


—No —había admitido Pedro. Curiosamente, nunca se le había ocurrido antes—. Es verdad. Pero es un papel que siempre me estuvo destinado y lo he desempeñado durante años. Renunciar al control es difícil.


—Renunciaste para tener sexo conmigo. Podrías hacerlo por otras cosas si quisieras.


Podría, en teoría, pero…


—Lo que yo quiera es irrelevante.


—Yo daría lo que fuera por tener a alguien con quien compartir el cuidado de los hijos —había asegurado ella—. Eres un maniático del control.


Pedro había asentido. Sospechaba que compartía demasiados genes lamentables con su madre y que su éxito como CEO se debía más a su fuerza de voluntad que a un talento innato.

Retrato: Capítulo 39

No iba a desaparecer durante un mes, solo estaría fuera de la oficina cuarenta y ocho horas máximo. Había estado en viajes de negocios más largos. Era improbable que ocurriera un desastre en tan poco tiempo y, si ocurría, siempre estaba al teléfono. Sus empleados, sus clientes, la junta directiva, nadie tenía por qué saber lo que hacía cuando no estaba en su despacho. Si Paula estaba de acuerdo, era un plan excelente desde el punto de vista personal y profesional, lo mejor de ambos mundos.


—Debería irme —suspiró su diosa, despegándose de él con una prometedora desgana.


—¿Eso quieres? —Pedro la tumbó boca arriba y la inmovilizó contra la cama.


La mirada esmeralda se encontró con la de él y el pulso en la base del cuello se agitó aceleradamente. Paula sacudió la cabeza, los colores de su cabello cálidos bajo el sol del atardecer, y él sintió un alivio absurdamente abrumador al saber que ella tampoco estaba saciada.


—Ahora mismo, no.


—Entonces no lo hagas.


Por supuesto que Paula aceptaría quedarse. Su única respuesta era «Sí, sí, sí». Abandonar Santorini, y a Pedro, había sido la única nota amarga de un magnífico fin de semana. No estaba preparada para irse. No solo había descubierto las maravillas del sexo, también estaba viviendo la aventura y la pasión de las que Ana le había hablado y que tanto había envidiado. El jet privado… La hermosa finca con su resplandeciente piscina infinita y la playa de guijarros… El guapo y enigmático multimillonario que la quemaba cada vez que la miraba, que le enseñaba fuegos artificiales y paciencia, lo que hiciera falta… ¿Por qué iba a querer renunciar a eso? No tenía nada urgente a lo que regresar. Su siguiente encargo no empezaría hasta pasado un tiempo. El puñado de compromisos sociales que tenía en la agenda eran fácilmente cancelables y el vecino que visitaba a su padre cada dos días la mantenía informada. Le quedaban unas dos semanas antes de que la realidad la golpeara con su dolor, pero para entonces ya habría desaparecido. Nadie había sido testigo del trauma que sufría cuando tenía la regla y nadie lo sería jamás. En esos momentos se sentía vulnerable, débil, una ruina. Pensar en la intimidad emocional que supondría tener a alguien presente le generó un nudo en la garganta y le revolvió el estómago. Leo, con sus tres hermanas, aseguraba que no se inmutaba por las cosas de chicas, pero incluso a él le impresionaría, y ella quería que la recordara como brillante y fuerte, como un momento loco y colorido en su, por lo demás, ordenada vida. Dispondría de poco más de una semana para jugar a ser Cenicienta, fingir que su vida no estaba gobernada por la endometriosis, pero era infinitamente mejor que la nada que había esperado.


—Mañana es lunes —observó ella—. ¿No tienes que trabajar?


—No necesito estar en la oficina. Podré quedarme uno o dos días más sin que la empresa implosione.


¿Solo uno o dos días más? Decepcionante. Insuficiente. Pero tal vez podría desplegar sus nuevas artimañas para persuadirle de que lo reconsiderara. Parecía estar de humor para cambiar de planes y, con el subidón que sentía ella, todo era posible. 

Retrato: Capítulo 38

 —Suelo estar en Atenas preparando reuniones.


—¿Cómo la fusión en Nueva York?


—Sí, aunque esa mañana la pasé dando vueltas por el apartamento, sintiéndome culpable.


—Lo has compensado con creces —aseguró Paula, preguntándose vagamente por qué le resultaba tan difícil dibujar esos pies—. No sabía que experimentar fuera tan gratificante.


—¿Cómo te sientes?


Menuda pregunta. Renunciando al dedo gordo del pie, Paula trató de formular una respuesta. Las últimas treinta y seis horas habían sido increíbles. Una vez superados sus miedos y desatada la pasión, había sido insaciable. Tantas posiciones. Tanto placer. No todo lo que habían probado había funcionado para ella, pero no había resultado incómodo en absoluto. Leo había sido infinitamente paciente, disparando su confianza, y ella había empezado a sopesar los pros y los contras de las aventuras efímeras y cuidadosamente programadas.


—Increíble —ella no sabría resumir todas las emociones que se agolpaban en su organismo—. Aliviada. Agradecida. Optimista. Muy contenta de haber aceptado tu proposición.


—Me refería físicamente.


Paula se sonrojó. Había olvidado que el fin de semana era más importante para ella que para él.


—Estoy dolorida. Pero en el buen sentido. He descubierto músculos y una resistencia que no sabía que tuviera.


—¿Te duele?


—No.


—Bien.


—¿Y tú? —preguntó ella, necesitando saber si él encontraba su inexperiencia excitante o tediosa, si solo era una buena causa para su complejo de héroe o si realmente la encontraba tan irresistible como ella a él.


—¿Yo? —Pedro arqueó una ceja oscura.


Ella asintió.


—Me siento muy bien —contestó con una sonrisa seductora que, para alivio de ella, sugería que no se había limitado a practicar unos movimientos mecánicamente—. Ven, te lo demostraré.



Pedro se sentía muy bien, completamente satisfecho. El domingo por la tarde, comprendió que un fin de semana no bastaría, que necesitaba más tiempo con Paula. Quería más de ese sexo asombrosamente ingenioso, tan increíble como había anticipado, posiblemente incluso mejor. La primera vez había sido lenta y cuidadosa. Tras descubrir de lo que su cuerpo era capaz, empoderada, ella había abrazado la experimentación con un entusiasmo que él jamás habría imaginado. La facilidad y rapidez con que adquiría nuevas habilidades era impresionante. El brillante manejo de los pasteles no era el único talento de sus manos, y las cosas que hacía con la boca… Theos. Ella le había hecho perder el control, varias veces, algo nuevo para él, pero a pesar de su malestar inicial, no había motivo para preocuparse. Nadie había resultado herido y, hasta donde él sabía, el mundo no se había acabado. Y por eso no le importaba alargar el fin de semana un día o dos.