—De acuerdo —ella sonrió a los ojos oscuros y brillantes, entusiasmada por lo que podrían depararle las siguientes cuarenta y ocho horas y, ojalá, muchas más.
—Bien.
Con una sonrisa satisfecha, Pedro saltó de la cama, hizo una serie de llamadas, todas en griego, y luego envió a buscar las pertenencias de Paula, que llegaron a la mañana siguiente.
Dos días después, a media mañana, el teléfono de Pedro sonó por enésima vez. Él dejó la cafetera sobre el fuego y sacó el móvil del bolsillo trasero de sus pantalones cortos. Era Federico. Resistiendo la tentación de rechazar la llamada y seguir preparando el desayuno, se recordó a sí mismo que seguía teniendo responsabilidades y pulsó el botón verde.
—Pedro —habló su hermano, tras saludarse—. ¿Dónde diablos estás y qué haces exactamente?
—Estoy en Santorini —respondió él mientras sacaba de una caja los cuatro cruasanes recién hechos que acababa de comprar—. Trabajo desde casa.
—Eso dijo tu ayudante. Lo que quiero saber es por qué.
—¿Por qué no?
Hubo una pausa, durante la cual Pedro sacó un yogur de la nevera.
—¿Estás enfermo? —preguntó Federico, preocupado.
—Nunca me he sentido mejor. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque hace años que no trabajas desde casa. O nunca, ahora que lo pienso.
—Siguiendo tus instrucciones —contestó Pedro, pensando en Paula, durmiendo en el piso de arriba—. Me estoy relajando. Sin dejar de trabajar. Tú pareces conseguirlo.
—Claro… ¿Qué pasa?
—No pasa nada —aseguró él mientras volcaba el yogur en un cuenco—. ¿Qué pasa contigo?
—Suenas raro.
—Y tú confuso.
—Lo estoy. Tú no eres así. ¿Cuándo vuelves?
Pedro debería haber respondido «Mañana a primera hora», ya que solo les quedaba esa tarde. Pero no le salían las palabras. Porque lo cierto era que no quería volver a la realidad aún. Quería prolongar aún más la mini escapada con Paula, y no solo por el sexo. Había cosas sobre ella que cada vez le interesaban más saber. Por ejemplo, cómo se había convertido en artista. Por qué había elegido esos colores para el pelo y a qué se debían tantos pendientes y el piercing. Quería descubrir sus esperanzas, sus sueños, sus miedos… Para recordar, en caso necesario, por qué ella no le convenía. Desde que llegaran a la isla para embarcarse en un maratón sexual, las conversaciones habían sido escasas, impersonales e intrascendentes. Sin embargo, el día anterior, durante un almuerzo ligero junto a la piscina, ella le había preguntado sobre el imperio Stanhope Kallis, y habían acabado hablando de la dinámica de su familia.
—¿Por qué tienes que hacerlo todo tú? —le había preguntado, llevándose un dolmades a la boca.
—¿A qué te refieres? —él eligió una aceituna, la lanzó al aire y la atrapó en su boca, lo que le valió una sonrisa radiante y un breve aplauso.
—Tienes cinco hermanos —había señalado ella—. Todos trabajáis en la empresa de una forma u otra. Todos son hijos de Ana y ya son adultos. No tienes que ser tú quien cargue con toda la responsabilidad.
—No —había admitido Pedro. Curiosamente, nunca se le había ocurrido antes—. Es verdad. Pero es un papel que siempre me estuvo destinado y lo he desempeñado durante años. Renunciar al control es difícil.
—Renunciaste para tener sexo conmigo. Podrías hacerlo por otras cosas si quisieras.
Podría, en teoría, pero…
—Lo que yo quiera es irrelevante.
—Yo daría lo que fuera por tener a alguien con quien compartir el cuidado de los hijos —había asegurado ella—. Eres un maniático del control.
Pedro había asentido. Sospechaba que compartía demasiados genes lamentables con su madre y que su éxito como CEO se debía más a su fuerza de voluntad que a un talento innato.