jueves, 19 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 4

 -Madame De la Mare, gracias por recibirnos en un momento tan difícil.


¿Recibirnos? Paula saludó con una inclinación de cabeza al abogado de André en la puerta de la casa, una hora después del funeral.


–Me alegro de verlo, Gabriel. ¿Viene… Alguien más?


En aquel mismo instante, el coche que había visto en el cementerio se detuvo allí, y Pedro Alfonso bajó de él. Había dejado los vaqueros y la camiseta desaliñada y llevaba unos pantalones de diseño y una camisa blanca de lino remangada. Traía el pelo oscuro mojado, como si acabara de ducharse y afeitarse, pero seguía pareciendo indómito e intimidante. Tampoco llevaba gafas de sol, con lo que su mirada era todavía más devastadora que cuando en el cementerio la miró de arriba abajo. Menos mal que ya no llevaba aquel vestido tan sugerente, aunque deseó haberse puesto algo más formal que los pantalones cortos y la fina camisola de algodón que llevaba. Marcel iba con relativa frecuencia por allí, en particular en las últimas semanas, para ver a André, pero Alfonso no era un amigo, o siquiera un conocido.


–Bon soir, madame De la Mare. Gabriel me ha pedido que asista, siguiendo la voluntad de su marido –la saludó, con apenas una leve inclinación de cabeza.


Paula contuvo un estremecimiento de inquietud, y la sensación que le provocaba y que se había negado a desaparecer. En el cementerio no se había dado cuenta de lo grande que era. De tan anchos que eran sus hombros, bloqueaban la luz del final del atardecer. Apenas le llegaba al cuello. ¿Por qué habría querido André que estuviera presente? No tenía sentido. El testamento era solo una formalidad, una oportunidad de pagarle los salarios que le debía, ¿No? ¿Es que Alfonso ya había comprado la propiedad? ¿Sería posible? ¿Tendría que abandonar la casa aquella misma noche? ¿Y por qué no podía controlar aquella sensación líquida que partía de lo más hondo del cuerpo? Aquello era peor que verle de lejos en el cementerio. De cerca, Pedro Alfonso era una fuerza de la naturaleza, y parecía haberse hecho con el control de sus sentidos. No quería invitarlo a pasar a su casa, a su santuario, pero teniéndolos allí, en la puerta, no tenía opción, y volvió a sentirse indefensa como cuando era niña y le decían que iba a tener que irse con una nueva familia.


–Ya… Por favor, pasen.


Las pisadas de Alfonso sonaron en el suelo de piedra de la granja, y un perfume caro a sándalo se mezcló con el aroma salado que ya llenaba sus sentidos. Se hizo a un lado sintiéndose como Caperucita Roja asaltada por el lobo. Sin esperar a que se lo ofreciera, o a que le diera cualquier otra explicación, le vió seguir pasillo adelante hasta el salón de las visitas que quedaba al fondo de la casa, donde Cara había dispuesto un almuerzo ligero para Gabriel y ella. El temblor de inquietud y un inexplicable calor se vieron aumentados por un golpe de ira. ¡Aquella no era todavía su casa! ¿Y cómo narices la conocía tan bien? ¿Acaso habría estado antes allí? Desde luego André no se lo había mencionado en ningún momento. André estaba obsesionado con él, pero ella siempre había dado por sentado que se debía a que Alfonso Corporation llevaba años asfixiando las tierras de De la Mare, pero en aquel momento dudó. ¿Sería su enemistad por algo más personal? Otra razón más para desconfiar. Alfonso se quedó plantado en mitad de la estancia, y su tamaño la hizo parecer pequeña. Estaba de espaldas a la mesa de carnicero hecha de bloques de madera en la que había dispuesto una pequeña variedad de quesos, una barra de pan y una bandeja de fruta, y le vió contemplar el viñedo a través de la ventana. El sol se había puesto hacía media hora, pero quedaba suficiente luz para ver aquellos troncos retorcidos y antiguos que eran el legado de De la Mare. Su postura era dominante, como si ya estuviese examinando su propiedad, pero al mismo tiempo se le veía tenso, casi como si fuera un tigre a punto de atacar.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 3

Sus curvas se movían sinuosas en aquel vestido vintage, mientras que el sol rojizo de la tarde arrancaba destellos dorados al pelo rubio que se había recogido en un moño despeinado. Alguien le había dicho que el viejo se había buscado un ama de llaves, y se esperaba que fuera joven y guapa, pero no tanto como para poder ser su nieta. ¿Cuántos años tendría? Veintipocos. Unos diez menos que él. Y cuarenta menos que De la Mare. ¿Es que el viejo no conocía la vergüenza? A pesar de su aparente juventud, estaba convencido de que le había prestado algo más que ayuda. Seguro que De la Mare se la habría metido en la cama, como había hecho con tantas otras. Además, parecía su tipo. Caliente y fácil. Pero un pulso de deseo y un respeto a regañadientes fue lo que experimentó, en lugar del desprecio que habría preferido, al verla salir del cementerio manteniendo la cabeza bien alta. ¿Qué tenía aquella mujer para haberlo cautivado nada más verla? Puede que fuese el rubor que le había teñido las mejillas cuando le miró los pechos que aquel vestido tan ajustado revelaba. O quizás fuera porque no había estado con ninguna mujer desde hacía tres meses. O por el cansancio, después de haberse levantado antes del amanecer. Fuera cual fuese la razón, no le gustaba. Ahora que De la Mare había muerto por fin, estaba decidido a reclamar lo que era suyo por derecho, y no iba a dejarse distraer por las sobras que había dejado.


–Su premura es un poco impropia, señor Alfonso –contestó el abogado–. Monsieur De la Mare ha fallecido hace apenas unos días.


–Esto son negocios. No hay nada personal –mintió sin dificultad–. Quiero estar informado en cuanto se ponga en venta la propiedad.


Ya había esperado bastante para hacerse con ella. No había querido negociar con el viejo bastardo, pero se aseguró de que nadie intentase comprársela mientras vivía.


–No es tan sencillo. Esta noche nos reuniremos en La Maison de la Lune para dar lectura al testamento. De hecho, me alegro de que esté usted aquí, porque así no tengo que convocarle. Monsieur De la Mare pidió su asistencia.


–¿Qué?


Pedro centró su atención en el abogado. De todos modos, la chica ya se había ido, e intentó ocultar la sorpresa y la absurda esperanza. Sabía que no habría nada para él en aquel testamento.


–Monsieur De la Mare pidió su comparecencia dos días antes de fallecer, antes de redactar su testamento.


–¿Por qué ha hecho testamento? No tenía nada más que deudas, y ningún heredero al que dejárselas, según tengo entendido.


«O ninguno que él quisiera reconocer». Una bilis amarga le subió por la garganta, y tuvo que tragársela como tantas veces desde que era un crío y su madre lo ataba a la cama para impedir que saliera corriendo bosque través para llegar a La Maison de la Lune en un intento desesperado por ver al hombre que no quería verlo.


–¿No lo sabe? –preguntó el abogado, sorprendido.


–¿Qué? Ayer llegué de un viaje de negocios por Italia y he pasado en las viñas todo el día.


–Mademoiselle Chaves, el ama de llaves de La Maison, y Monsieur De la Mare se casaron hace tres días, y ahora ella es su viuda.


La amargura fue como un cuchillo que le clavaran en las tripas al ver el rostro de su madre en el recuerdo, frágil, exhausta, la mañana en que él dejó Burdeos con solo quince años, espoleado por la humillación y el ultraje.


–Merde –murmuró. 


Así que aquella zorrita inglesa no solo se había acostado con De la Mare, sino que había conseguido seducir al viejo bastardo para que hiciera lo que ninguna otra mujer había conseguido: que le pusiera una alianza en el dedo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 2

Alfonso cerró la puerta del Jeep y echó a andar sobre la tierra reseca hacia la tumba con una confianza suprema. Desde luego no parecía estar de luto. Sintió que enrojecía al notar su mirada en ella, aun detrás de las gafas de aviador, examinando el vestido retro que había encontrado en el mercado el día anterior. Le quedaba un poco apretado, pero con su falda de vuelo, el talle marcado y el corte en forma de reloj de arena le pareció elegante. Ella nunca llevaba vestidos. André decía que su uniforme de trabajo eran pantalones cortos y camiseta, pero aquel día había querido tener un aspecto elegante por él. Y aquel vestido lo lograba, o al menos eso pensaba, hasta que la mirada de Alfonso le abrasó la piel, haciendo que se sintiera insultada y excitada al mismo tiempo, más expuesta que elegante. Pero no se dirigió a ella sino a Gabriel Caron, el abogado de André, a quien susurró algo al oído. El sacerdote concluyó por fin y le hizo entrega de una pequeña pala, y se dió cuenta de lo que le apretaba el vestido al agacharse para cargarla con un poco de tierra.


–Dale un beso a Simone de mi parte –dijo en voz baja al dejar caer la tierra.


Esforzándose por contener la emoción que le agarrotaba la garganta, dió media vuelta y se alejó de las tumbas de los De la Mare para dirigirse colina abajo a La Maison de la Lune. Oyó comentarios en voz baja al pasar por delante de algunas de las personas que habían acudido a despedirse de André, pero nadie se le acercó. Una vez Gabriel le entregase el cheque del dinero que André le había prometido, tenía que empezar a recoger sus cosas y a pensar en qué iba a hacer. No iba a tener mucho tiempo, sobre todo si Alfonso compraba la tierra. Exigiría que se marchase rápidamente, y quería estar preparada para que no la presionaran y la presencia de Alfonso allí, con su ropa de trabajo, daba a entender que no se iba a parar en ceremonias. ¿Dónde ir? ¿A París? ¿A Londres? ¿A Madrid, quizás? Nunca había estado en España. Intentaba que aquella nueva aventura despertara su entusiasmo, pero lo único que sentía era cansancio. Y tristeza. Decidió que no iba a hacer el equipaje aquella noche. Aquella noche iba a recordar a su amigo, a su esposo. Cuando Gabriel se hubiera marchado, se sentaría en la terraza con una copa del magnífico tinto de André a disfrutar del mágico atardecer en el viñedo del que se había enamorado. El viñedo que había llegado a ser un raro oasis de calma y serenidad en el caos de su vida nómada. Sintió la mirada de Alfonso con la intensidad de un láser al pasar por delante de él para salir del cementerio, y una inquietante picazón de necesidad le erizó el vello del cuerpo, dejando un peso en su bajo vientre. Era rico, un famoso seductor que exudaba un magnetismo animal que sería difícil de ignorar por cualquier mujer. Y en su caso aún más, dado que tenía muy poca experiencia con los hombres. Siendo niña de acogida, había aprendido a pasar desapercibida. Siempre era mejor que no repararan en ella si quería poder quedarse un poco más. Ya en la adolescencia, había sido un marimacho, decidida a huir del estereotipo de chica a la que nadie quería en busca de amor. Por Dios, si aún era virgen… Gracias a su existencia sin raíces, una vez abandonó el programa de acogida, nunca había permanecido en un lugar el tiempo necesario para construir una relación significativa, aparte de con André, claro. Pero André, a pesar de su matrimonio de última hora, era cuarenta años mayor que ella y un hombre frágil, no una fuerza de la naturaleza en pleno apogeo. Lo bueno era que no lo conocía en persona y que no iba a tener necesidad de conocerlo, de modo que aquella sensación tan… Desconcertante, pasaría. A no mucho tardar, Alfonso sería el propietario del viñedo de doscientos años de antigüedad que producía los mejores caldos de la región, y de la hermosa y vieja casa de piedra que había sido su primer hogar. Pero aquella noche, las viñas y La Maison de la Lune eran suyas, y no necesitaba el permiso de Alfonso ni de ningún otro para disfrutarlas.


–¿Cuándo estará la finca en el mercado? –preguntó Pedro Alfonso al abogado de André de la Mare mientras veía cómo la chica, el ama de llaves, la enfermera o cuidadora o lo que diablos fuera, pasaba de largo sin tan siquiera mirarlo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 1

Paula permanecía de pie junto a la tumba, escuchando el panegírico en francés del sacerdote y contemplando las hectáreas de viñedo de Alfonso Corporation que se extendían por la colina como un patchwork. No lo entendía todo porque su francés no era perfecto, pero se sentía triste y aturdida por el fallecimiento de su jefe, André de la Mare, dueño de la pequeña viña en la que estaban. Bueno, no era solo su jefe, sino su marido, aunque le resultaba ridículo llamarlo así. Por su edad podría haber sido su abuelo, y solo llevaban casados tres días cuando falleció. Ahora, era su viuda. «Cásate conmigo, Paula. Ten compasión de un viejo que no quiere morir solo». El pequeño grupo que componían los amigos y asociados de André la miraban mientras ella contemplaba cómo el sol se escondía tras la cresta de la colina, y podía oír sus pensamientos: Cazafortunas, oportunista, zorra. Pero ni así iban a lograr que se sintiera culpable por haber aceptado la proposición de André. Él le había dicho que el viñedo tendría que venderse, de modo que lo único que iba a recibir tras su breve matrimonio era un pequeño legado recogido en su testamento y que cubriría los salarios que le adeudaba y que no había podido pagarle. En los últimos tiempos, había sido más una cuidadora que un ama de llaves: Lo bañaba, le daba de comer, lo ayudaba a vestirse y, cada mañana, lo sentaba en la silla de ruedas y lo llevaba a contemplar sus amadas vides. Por la tarde, mantenían conversaciones interminables sobre lo humano y lo divino: Desde Simone Signoret, su estrella del cine francés favorita, a las últimas noticias sobre Pedro Alfonso, el magnate dueño de las tierras que rodeaban el viñedo de André, mucho más pequeño; un hombre que, según él, llevaba años intentando sacarlo del negocio.


Había sido su compañera, su amiga. Su relación nunca había sido sexual, aunque jamás permitiría que André sintiera la humillación de que los demás se enterasen. Habían llegado a un acuerdo: Si se casaba con él, podría pagarle tras su muerte los salarios que le adeudaba, y ella necesitaba ese dinero para poder asentarse después en algún lugar. El dolor de la pérdida y el que provocaba la ansiedad le contrajeron el pecho. Iba a echarle mucho de menos, pero aún más añoraría La Maison de la Lune, la casa que había llegado a ser su hogar. Había pasado en aquella granja decrépita los últimos once meses, frotando los suelos de piedra hasta hacerlos brillar, limpiando el polvo de los muebles ajados, aprendiendo a manejar la temperamental lavadora, sembrando un huerto para reducir gastos. Era la primera vez que permanecía tanto tiempo en el mismo sitio; la primera que se sentía tan segura y a gusto, y le dolía más que nunca saber que tendría que marcharse de allí en breve. Suspiró. Ya debería estar acostumbrada. ¿Por qué entonces le resultaba tal difícil aquella vez? ¿Sería porque se estaba haciendo mayor? Había cumplido veintiuno dos semanas atrás. 


Entornó los ojos al ver un monovolumen negro acercándose por la pista de tierra que conducía al cementerio de la familia. Otro conocido de André dispuesto a juzgarla, seguro. Pero cuando el coche se detuvo, reparó en que el logo de Alfonso iba impreso en el costado del Jeep. Un hombre alto y fuerte, vestido con vaqueros desgastados y una holgada camiseta blanca se bajó de él. Lo reconoció de inmediato, aunque no se conocían y nunca lo había visto así vestido. Solo con esmoquin y trajes de diseño, en fotos en la red y en las revistas. Pedro Alfonso, el millonario vecino de André. Y el soltero más codiciado de Francia, según Paris Match. ¿Qué narices hacía el rival de André en su funeral? Su jefe hablaba de él con frecuencia, pero siempre con desprecio y una inquina sorprendente. Ella quería a André, que siempre había sido encantador y paternal con ella, pero su odio hacia Alfonso mostraba un lado suyo que nunca había llegado a comprender. Cada vez que tenían algún problema en el viñedo, ya fuera un pequeño incendio, una inundación primaveral, la marcha de algún empleado, culpaba a Alfonso, como si fuera personalmente responsable de cuanto había salido mal a lo largo de los años. Ella intentaba no dar alas a ese odio, a pesar de que era cierto que la Alfonso Corporation había comprado toda la tierra que rodeaba a la finca De la Mare, pero nunca había intentado comprarle su pedazo de tierra a André. Verlo allí le hizo preguntarse si no tendría razón. ¿Habría estado esperando su muerte para dar el asalto?

Una Noche Inolvidable: Sinopsis

Pedro Alfonso es el nombre que se hallaba en boca de todos, pero él a su vez solo tenía un nombre en la suya: ¡Paula Chaves! No podía creerse que una simple ama de llaves hubiera heredado su viñedo, pero enfrentarse a aquella belleza inglesa no iba a ser fácil.



La inocente Paula no dudaba de que Pedro era sinónimo de problemas, ¡Y que quedaba completamente fuera de su alcance! Desde luego, no estaba dispuesta a entregarle su nuevo hogar en bandeja de plata. Pero, cuando el deseo explotó entre ambos, ella tuvo que preguntarse qué era lo que de verdad quería él: ¿La herencia que por derecho le correspondía… O a ella?

martes, 17 de marzo de 2026

Retrato: Epílogo

 Tres años después



Durante dos años, Pedro pasó bastante tiempo en hospitales. Con inmenso coraje, Paula se había enfrentado a sus demonios y los había vencido, sometiéndose a la operación que los médicos recomendaban. Sin embargo, ella se había negado a renunciar a los clientes que ya tenía apalabrados. Además, el nuevo negocio de Pedro requería toda su atención, porque los yates de lujo no se diseñaban, construían y alquilaban solos. La primera operación se produjo doce meses después de que aceptara casarse con él, dos semanas después la sencilla boda. Antes, durante y después de esa operación, y las siguientes, él había permanecido a su lado. Estaba junto a ella cuando se dormía, y cuando despertaba. No había sido fácil, pero cada momento del tormento vivido juntos había merecido la pena porque, aunque el dolor no había desaparecido completamente, Paula ya no sufría atrozmente cada cuatro semanas. Sonreía y funcionaba, y la felicidad que eso le producía a Pedro era inmensa. El ala del hospital privado de Atenas no le era familiar, aunque las desgarradoras emociones sí. Terror, impaciencia, esperanza. ¿Qué pasaba ahí dentro?, se preguntó mientras consultaba el reloj. ¿Por qué tardaban tanto?


—¿Señor Alfonso?


—¿Sí? —Pedro giró en redondo, casi chocando con el médico.


—Ya puede pasar.


No necesitó que se lo repitieran. Abrió de un empujón la puerta de la habitación de Paula y la encontró tumbada en la cama, exhausta, más encantadora que nunca.


—¿Estás bien? —preguntó Pedro, el corazón dándole un vuelco.


Los ojos de Paula brillaban, su sonrisa era amplia. La mirada de Pedro se posó en el bulto que sujetaba en los brazos y se le hizo un nudo en la garganta.



—Acércate a conocer a nuestra preciosa niña.








FIN

Retrato: Capítulo 59

Con él a su lado, tendría el valor necesario para someterse a las operaciones. Haría todo lo posible por mejorar su calidad de vida, por los dos, para aumentar la posibilidad de tener hijos. Ella no era su padre. Pedro tenía razón: Ella era fuerte y resiliente. Y sí, podría pasarles algo, pero también podría no pasarles. Mejor amar y perder que no haber amado nunca. Quizá el dolor constante era un precio que su padre estaba dispuesto a pagar por el amor vivido. ¿Qué podía hacer? ¿Sería demasiado tarde para intentar convencer a Pedro de que el pasado no tenía por qué repetirse? Si intentaba hablar con él, ¿Se alegraría de verla o se horrorizaría? Paula estaba tan sumida en su mísera confusión que casi no oyó el timbre. Cuando lo hizo, se cubrió la cabeza con una almohada, esperando a que quienquiera que fuera se marchara, pero no se marchó. Con un profundo suspiro, se levantó y caminó hacia la puerta.


—¿Sí?


—¿Paula? Soy Pedro.


¿Alucinaba? ¿Lo había conjurado con la fuerza de sus sentimientos? A menudo él era capaz de leer su mente, pero la telepatía no cruzaba continentes. ¿Qué hacía allí? Pulsó temblorosa el botón de la puerta y calculó que tendría un minuto para arreglarse, insuficiente, pero al menos su ropa estaba limpia y el pelo recién retocado. Abrió la puerta. Las pisadas en las escaleras imitaban su atronador pulso. Y ahí estaba, corpulento, tan atractivo que la dejó sin aliento, y qué bueno era verlo.


—Pedro —saludó ella mientras la nostalgia que había pasado un mes tratando de negar casi acabó con lo que quedaba de sus rodillas—. ¿Qué haces aquí? Tienes un aspecto horrible.


—¿Puedo pasar? —él la miró, ojeroso, el rostro afilado, como si hubiera adelgazado.


—Por supuesto —Paula se hizo a un lado y cerró la puerta tras él— . ¿Quieres tomar algo?


—No, gracias —Pedro se volvió hacia ella, la intensidad de su mirada dejándola clavada en el sitio—. ¿Cómo estás?


¿Cómo debía responder? El rostro de Pedro no delataba sus pensamientos. No había tenido tiempo de prepararse, pero era valiente.  Había conseguido exhibir su trabajo, que la invitaran a la boda del año, perseguirlo  por la pista de baile y convencerlo para una aventura de una noche. Cuando sabía lo que quería, iba a por ello.


—Creía que bien —contestó ella con la boca seca—. Pero acabo de darme cuenta de que no. ¿Y tú?


—Lo mismo.


La cabeza de Paula le daba vueltas. El corazón latía con fuerza. ¿Había esperanza?


—La semana que viene viajo a Milán, pero no estoy tan emocionada como debería.


—He dimitido.


—¿Dimitido? —Paula parpadeó sorprendida.


—Federico es el nuevo CEO de Alfonso Kallis.


—¿Qué? ¿Por qué?


—Estoy harto de hacer cosas que no quiero hacer —Pedro la miraba como si no existiera nada más que ella—. Harto de vivir según normas que no me hacen feliz.


—Entiendo —observó ella, sin entender nada—. ¿Qué vas a hacer?


—Aún no lo he decidido.


—Eso debe preocuparte.


—Debería, ¿Verdad? —él sonrió—. Pero no es así. Me siento liberado. Como si me hubieran quitado el peso del mundo de encima.


—Entonces has hecho bien.


—Creo que sí. ¿Y sabes qué sí me hace feliz?


Paula no sabía nada y le costaba seguir la conversación.


—¿Navegar?


Él negó con la cabeza.


—Tú.


—¿Qué? —ella lo miró, aturdida.


—Tú me haces feliz, Paula —Pedro dió un paso hacia ella—. Cuando estoy contigo, no querría estar en ningún otro sitio. Cuando no estoy contigo, solo pienso en tí. Estoy enamorado de tí. Creo que me enamoré la tarde en que no conseguí sobornarte para que no expusieras el etrato de mi madre. A pesar de lo que pudiéramos pensar, has resultado ser exactamente mi tipo. Me equivoqué al temer a las emociones. He dado demasiado valor al control. Quiero forjar mi propio camino. Y me gustaría hacerlo contigo.


Pedro esperaba una respuesta, pero Paula no podía hablar. Sus pensamientos giraban demasiado deprisa. Lo que acababa de oír… Era todo lo que había deseado.


—¿Estás seguro? —consiguió al fin preguntar.


—Nunca he estado tan seguro de nada.


—Quizá no pueda tener hijos.


—Lo sé. Solo te quiero a tí. Creo en nosotros y quiero ese futuro que podríamos tener, sea como sea. Sé que el amor te aterroriza y lo entiendo. He venido para convencerte de que lo reconsideres.


—No te molestes —contestó ella, acortando la distancia que los separaba.


—¿Por qué no? —él palideció.


Paula tomó sus manos entre las suyas y las apretó con fuerza.


—Porque el amor ya no me aterroriza. Bueno, algo sí, pero llevo demasiado tiempo viviendo con miedo de algo que probablemente nunca sucederá. Viviendo con un dolor que podría ser mucho menor. No quiero seguir encadenada al pasado, Pedor. Quiero mirar al futuro y te quiero a tí en él —respiró hondo—. Porque yo también te amo.


—¿De verdad? —Pedro recuperó el color y sus ojos se clavaron en los de ella.


—Totalmente —Paula se perdió en su mirada, en el calor de su cuerpo—. Eres todo lo que nunca me atreví a soñar, lo que pensé que nunca podría tener. Quiero reír, discutir, envejecer contigo. Lo quiero todo.


—Entonces será mejor que te cases conmigo.


Cuando él la estrechó sonriente entre sus brazos, la alegría desbordó a Paula, mareándola, inflamando su corazón de pura felicidad.


—Sí, por favor —ella le ofreció la más brillante de las sonrisas y levantó la cabeza para que la besara.