Ella bajó la mirada.
–Es algo que los hombres hacen constantemente.
–Pues este hombre que tienes delante, no –dijo, más frustrado de lo que se había sentido en toda la vida–. Yo no soy mi padre, si es eso lo que piensas.
¿Es que jamás se iba a librar de las maldades de ese bastardo? Que ahora lo juzgase a él por los pecados de su padre sería casi de risa, de no ser tan injusto. Paula volvió a mirarlo, y la culpa presente en su mirada se atemperó por la sombra de la duda y el arrepentimiento. Y, a pesar de que no dijo nada, Pedro oyó de nuevo lo que le dijo aquella noche: «Esto no tiene que ver con mi lealtad hacia André. Tiene que ver con tu sed de venganza». Y la pregunta que lo había atormentado mil veces en sus pesadillas: «Si de verdad eres mejor que él, ¿Por qué insististe en cobrar venganza, en destruir La Maison, cuando dejar que ella se la quedara la habría persuadido de no marcharse?»
–No quiero discutir contigo –dijo ella, cruzándose de brazos sobre el vientre.
¿De qué demonios se estaba protegiendo? ¿De él?
–Me merezco una respuesta mejor que esa. No tenías derecho a ocultarme que iba a ser padre.
Ella se irguió, desafiante.
–No me parecía que fueses a querer saberlo.
–¿Cuándo te he dado yo esa impresión? –explotó, la furia y la frustración amenazando con ahogarlo–. Aquella noche te pedí que vinieras a Château Alfonso. Te ofrecí mi apoyo.
–Mientras dejabas bien claro que un embarazo sería un inconveniente – replicó–. Un problema que habría que solucionar…
–¡Porque, en aquel momento, era así! –gritó–. Pero la elección siempre había sido tuya –añadió, intentando mantener la calma. ¿De verdad le creía un monstruo? ¿La clase de hombre que habría insistido en que abortase?–. Lo que dijera entonces, no sirve ahora. Ahora el bebé es un hecho.
Ella asintió. Parecía sentirse culpable, lo cual fue una pequeña compensación para él.
–De acuerdo.
A pesar de la furia, se dejó guiar por el instinto y puso una mano en su mejilla.
–Pareces agotada –dijo en voz baja. Ella no se apartó–. ¿Estás bien?
–Es solo cansancio. Ha sido una noche muy larga –explicó, y la resignación que se hizo patente en su tono de voz le hirió profundamente.
Tenían mucho de lo que hablar y, seguramente, discutir, y no tenía ni idea de cómo enfrentarse al hecho de que iba a ser padre, pero en aquel momento parecía tan exhausta que daba la impresión de que no se tenía de pie. Sacó su abrigo de la taquilla, se lo puso sobre los hombros y le quitó el bolso de la mano.
–Ven, vámonos a mi hotel.
–No es necesario. Vivo al este de Londres, así que puedo volver a casa en metro –respondió, echando mano al bolso, pero él lo apartó–. Si me dices dónde te alojas, Pedro, mañana me paso y hablamos del bebé.
Él se rió con aspereza.
–¿De verdad crees que soy tan estúpido como para volver a perderte de vista?
Parecía sorprendida por la pregunta, aunque en realidad no debería. ¿Por qué iba a confiar en ella después de lo que había hecho? Tomándola por un brazo, la condujo fuera del hotel por la puerta de atrás. Parecía haber perdido la capacidad de resistirse. ¿Era normal que una mujer embarazada estuviera tan frágil? El miedo le retorció las entrañas al pensar en su madre. Paró un taxi que pasaba y subieron. El hotel estaba cerca, pero no iba a correr riesgos. Era un seis estrellas art déco en el que siempre tenía una suite cuando estaba en la ciudad. Bajaron del coche y, apenas entraron, llamó a un botones.
–¿Sí, señor Alfonso? ¿En qué puedo ayudarlo? –se ofreció el joven.
–Necesito que un obstetra venga a mi suite inmediatamente. Dile al conserje que contacte con el director del hotel para que le indique cuál es el mejor que esté disponible a estas horas.
Y le dió al muchacho un billete de veinte libras.
–Ya tengo médico, Pedro –le dijo ella de camino a los ascensores, y el cansancio era tan obvio en su voz que decidió no resistirse a su instinto: la tomó en brazos y la llevó así al ascensor, a pesar de sus protestas.
–Bien –dijo, pulsando el botón del ático–. Ahora tendrás dos.
–Su novia está sana pero mal nutrida, señor Alfonso, y agotada. Le he dado un suplemento de vitaminas, pero lo que más necesita en este momento es descansar. Y que alguien se asegure de que hace tres comidas en condiciones al día. Tampoco es buena idea que trabaje de pie tanto tiempo –añadió, mirando a Pedro con severidad.
Pero él lo ignoró. No le importaba lo que aquella mujer pudiera pensar de él, siempre y cuando le asegurase que Paula estaba bien.