-¿Quieren saber el sexo del bebé?
Pedro parpadeó varias veces. Casi no entendía lo que había dicho la doctora Karim. Seguía atónito por lo que había visto en el monitor, y el fuerte y rápido sonido que emitía el aparato y que la obstetra le había dicho que era el latido del corazón. El bebé tenía cabeza, cara, deditos formándose en las manos y los pies y unas largas piernas con las que casi se tocaba la nariz. Ahora entendía lo del pataleo. Parecía estar un poco apretujado ahí. Su hijo. Su bebé. Ya no era algo abstracto sino tangible, y tan aterrador que le costaba trabajo incluso respirar.
–¿Ya nos lo puede decir? –preguntó Paula, entusiasmada–. En la última ecografía no pudieron.
–Acabamos de tener una imagen muy clara de los genitales –contestó la doctora–, de modo que puedo decírselo con bastante seguridad, pero depende de ustedes si quieren saberlo ahora, o prefieren esperar.
–¿Qué piensas tú, Pedro?
No tenía una respuesta. En realidad no sabía si iba a poder aguantar que aquel momento fuera más real aún de lo que ya era. Estaba empezando a sudar, y las paredes azules de aquella habitación empezaban a acercársele, cercándolo, machacándolo con los recuerdos de aquel día tan lejano ya.
–«Ne me quitte pas, Pedro. Jesús’ai besoin de toi». «No me dejes, Pedro. Te necesito». ¿Cómo iba a poder él proteger a aquella criatura tan vulnerable, cuando había sido incapaz de proteger a su propia madre?
–Yo no… –tosió para disimular la ansiedad–. No tengo preferencia. Decide tú.
¿De verdad importaba el sexo del bebé cuando él no iba a poder formar parte de su vida? El entusiasmo de Paula disminuyó, y él apretó los dientes para prepararse contra el ataque de la culpa. Ya le había dicho lo que podía ofrecerle y lo que no. El bebé llevaría su apellido, dispondría de su riqueza y contaría siempre con su protección, pero con eso tendría que bastar. No tenía más que ofrecer.
–Pues yo sí quiero saberlo –dijo Paula, mirando a la doctora.
–Obviamente no puedo estar cien por cien segura –contestó con una sonrisa y señalando el monitor–, pero casi convencida de que lo que tenemos aquí es un pene.
–¿Un niño? –exclamó Paula, maravillada, lo que hizo que el peso que Pedro sentía en el estómago se agrandara. Se volvió y tomó su mano–. ¿Has oído, Pedro? ¡Vamos a tener un hijo!
Él asintió y se llevó su mano a los labios, incapaz de hablar.
–Tendría que irme. Tengo que ocuparme del resto de preparativos.
–¿Preparativos?
–Tengo que volver hoy a Francia. He dejado dispuesto que te quedes en el hotel de Londres hasta que podamos casarnos en el ayuntamiento de Auxerre dentro de diez días.
¿Por qué narices se había empeñado en ir a aquella cita? No esperaba que el bebé fuese tan reconocible a aquellas alturas de la gestación.
–Te veo en el aeropuerto de Burdeos. Mientras, descansa –añadió.
–¿No te voy a ver hasta dentro de diez días? –preguntó, desmayada.
–Eso me temo. Se necesitan diez días para preparar la documentación para la boda –un retraso por el que se sentía patéticamente agradecido–. Tú descansa –insistió–. Gracias, doctora.
Y con un beso en la frente de Paula, salió disparado de allí.