martes, 28 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 32

 –¿Estás…? ¿Te has vuelto loco?


Pedro vió cómo el rojo de sus mejillas se volvía magenta, y cómo la preocupación de sus ojos azules tornaba en pánico. Vale, puede que no hubiera sido el mejor modo de pedirla matrimonio. La vió dar un paso atrás como si intentara separarse de un animal peligroso a punto de atacar. Hacía bien en ser cauta porque sus emociones nunca habían sido tan volátiles, tan descontroladas. En cuanto había abierto los ojos y la había visto allí, el pelo mojado y sus curvas envueltas en aquel albornoz, había tenido que contener el deseo primario de saltar sobre ella y no soltarla para que no desapareciera, como tantas veces había pasado en sus sueños y en sus pesadillas.


–Déjame explicarte, Paula –dijo, dando un paso hacia ella–. El matrimonio es la solución más obvia.


–No… No me toques –retrocedió de nuevo–. Lo digo en serio. Tengo que irme. No puedo…


Esquivó el sofá rápidamente, pero él, sin pensarlo más, saltó por encima y la agarró por la muñeca.


–¡Suéltame, Pedro! Quiero irme.


–Para, Paula. Te vas a hacer daño –le advirtió, refiriéndose a sus intentos de soltarse, y tiró de ella para rodearla con los brazos y aprisionarla con cuidado contra la pared.


Respiró hondo. Olía a flores silvestres y a mujer, el perfume que lo había vuelto loco la noche anterior mientras la desnudaba, obligándose a no tocar más de lo estrictamente necesario. Por fin consiguió que se quedara quieta, pero la oyó contener un sollozo y sintió que apoyaba la frente en su pecho. Se sintió como un bruto, un animal. Oír su sollozo, el doloroso intento de contener las lágrimas, le destrozó la compostura, el equilibrio. El corazón se le expandió en el pecho y la garganta se le cerró, pero no podía soltarla. Así, no. Ahora que la había encontrado. Si la dejaba marchar, podía no volver a encontrarla nunca. Le había fallado a su madre en una ocasión. No iba a fallarle a ella.


–Paula, tranquila –musitó junto a su pelo, y la besó en la frente–. Nunca te haría daño. Tienes mi palabra. Pero no puedo dejar que te vayas hasta que hayas accedido a ser mi esposa. Será algo temporal –añadió con voz ronca, intentando recuperar el hilo de lo que había estado pensando la noche anterior.


Ella lo miró abriendo mucho los ojos, algo confusa y todavía asustada, y él bajó los brazos porque el calor había vuelto a abrasarle el vientre, y no era el momento.


–Quiero que el bebé nazca llevando mi apellido, y que siempre tenga mi protección. Quiero que vivas en Burdeos en mi château. Nada de pasar hambre o llegar a la extenuación. Yo… Deseo proporcionarte todo lo que puedas necesitar mientras estés embarazada. Es muy importante para mí.


–¿Por qué? –fue todo lo que le preguntó. No se opuso, ni rechazó su sugerencia.


–¿Por qué quiero hacerlo? Porque no quiero que pongas tu vida en peligro –dijo, y respiró hondo–. No quiero que lo hagas solo para sobrevivir, cuando yo tengo el dinero que necesitas.


–Mi vida no está en peligro, Pedro –rebatió con dulzura–. ¿Por qué piensas eso?


–El embarazo y el parto son cosas peligrosas, Paula. Una mujer puede… –tomó aire porque los recuerdos le quemaban la lengua como un ácido–, puede quedar debilitada por el parto si no recibe los cuidados adecuados. No deberíamos haber hecho el amor sin preservativo –dejó que su mirada bajara a su vientre, y sintió que la culpa que había intentado mitigar durante la noche empezaba a desbordarse–. Por mi falta de cuidado te estás enfrentando a ese peligro, así que es mi deber asegurarme de que estás cuidada hasta que nazca el bebé.


La miró a los ojos dispuesto a convencerla, a rogar, incluso a chantajearla si era necesario para que accediera, pero se quedó atónito al ver que tenía los ojos llenos de lágrimas.


–¿Qué ocurre?


–Pedro, no estoy en peligro, y aunque lo estuviera, no eres tú el responsable.


–Por supuesto que sí.


Instintivamente Paula puso la mano en su mejilla. Él dió un paso atrás, más vulnerable de lo que le había visto antes. Incluso de lo que podía soportar.


–¿Cómo puedes decir que no lo es?


–Porque la decisión de tener el bebé ha sido mía –contestó, intentando encontrar el camino a través del campo de minas que había quedado expuesto. 


Lo había subestimado en muchos sentidos. Que se sintiera responsable de ese modo de su salud y bienestar era ridículo, pero ella lo había acentuado por su recalcitrante orgullo y su negativa a dar su brazo a torcer. Debería haberse puesto en contacto con él al saber que estaba embarazada. Si le hubiera pedido apoyo, no habría tenido que trabajar hasta la extenuación, ni asustarlo de aquella manera.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 31

Veinte minutos más tarde, se había duchado y cepillado el pelo recién lavado. Por desgracia solo tenía el albornoz y la ropa interior del día anterior, porque no había logrado encontrar su ropa. Ni los zapatos. Incluso el abrigo había desaparecido. ¿Los habría escondido Pedro para obligarla a quedarse? Haciendo acopio de valor, se apretó la lazada del albornoz y abrió la puerta del dormitorio. Esperaba encontrarlo allí, en el salón, pero estaba vacío. Un sonido ronco hizo que mirara hacia el respaldo del sofá de tres plazas que se enfrentaba a otro de los ventanales. Unos pies descalzos largos y morenos colgaban del brazo de seda tostada del sofá. ¿Pedro? Se acercó con cuidado y lo encontró tumbado sobre los cojines. Una fina sábana cubría la mitad inferior de su cuerpo, bajo la que asomaba la cinturilla de los calzoncillos. El corazón se le subió a la garganta de un salto mientras lo observaba sin ser vista. Su pecho era tan magnífico como ella lo recordaba y su abdomen subía y bajaba al ritmo de la respiración, un ritmo que se repitió en su abdomen. Su pelo, siempre peinado hacia atrás, estaba revuelto, y una sombra de barba le teñía el mentón. Seguramente la mayoría de hombres no resultaban tan intimidantes mientras dormían. Respiró hondo, y bastó con eso para que abriera de golpe los ojos, inmediatamente alerta, y ella dió un paso atrás.


–Bonjour, Paula.


Bostezó, se estiró y se levantó con movimientos indolentes. ¿Por qué narices volvía a tener la sensación de haberse metido en la guarida del lobo? Le vió pasarse las manos por el pelo y la cara, pero era el prominente bulto de debajo de sus calzoncillos lo que llamó su atención.. El peso en su estómago se hizo caliente y doloroso, enviando un pulso caótico a su sexo.


–No le prestes atención. Me pasa todas las mañanas. Sobre todo, si he estado soñando contigo.


Paula enrojeció. ¿De qué iba eso? No quería que soñara con ella… ¿Verdad?


–¿Dónde está mi ropa, Pedro? –preguntó de golpe, incómoda no solo por la intimidad del momento sino por su propia reacción.


Tenía que marcharse. Ya hablarían más tarde, cuando hubiera recuperado el equilibrio. Cuando no estuvieran en aquella habitación, siendo ella tan consciente de su desnudez debajo del albornoz… y de su erección matinal. Pero, en lugar de responder, él estiró la espalda y el cuello, dejando que sus vértebras crujieran.


–He hecho que la tiraran –dijo sin el más mínimo arrepentimiento.


–¿Qué? –todos aquellos sentimientos cálidos desaparecieron. Hubiera querido mostrarse indignada por su arrogancia, pero todo lo que lograba sentirse era expuesta. Y preocupada–. ¿Por qué?


–Para impedir que te escaparas mientras yo dormía.


–Pero… Pero ¿Cómo…? ¡No tenías derecho!


Había tenido que pagar el uniforme de su propio dinero.


–Tenía todo el derecho –replicó, bajando la mirada a su tripa–. No pienso permitir que vuelvas a desaparecer hasta que hayamos aclarado unas cuantas cosas.


–No pensaba desaparecer. Anoche te dije que volvería hoy para que pudiéramos hablar.


Ni siquiera respondió. Se limitó a enarcar una ceja, y su expresión lo decía todo: «¿Te parezco idiota?»


–Esa ropa era mía. La he pagado, y la necesito porque me tengo que buscar otro trabajo, así que muchas gracias por el favor –espetó, intentando ocultar la inquietud tras el sarcasmo.


Mostrar debilidad ante Pedro Alfonso no era una buena idea. Se la había mostrado la noche anterior por el agotamiento, y él había pasado como una locomotora por encima de sus protestas y de su propiedad. El cinismo desapareció de su expresión, y justo cuando creía haber anotado un punto al fin, dijo con voz firme y pragmática:


–No necesitas esa ropa porque te voy a comprar otra mejor. Y no necesitas trabajo porque nos vamos a casar en Francia en cuanto sea posible. Dentro de diez días.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 30

Paula abrió despacio los ojos y se encontró en una habitación enorme. Los cortinajes dorados que adornaban los cuatro postes de la cama en la que había dormido estaban iluminados por un rayo de sol que se colaba por el ventanal que había a los pies de la cama. ¿Estaría soñando? Aquella no era la abarrotada y gélida habitación de la casa que compartía en Leyton, donde el ruido del tráfico sacudía las ventanas y la despertaba cada día al alba. Sentía las piernas ligeras, a pesar del dolor en los gemelos por los tacones que se veía obligada a llevar en el trabajo, y la mente refrescada. ¿Cuándo había sido la última vez que se había despertado tan descansada? Se incorporó y la sábana le cayó al regazo, y solo entonces se dió cuenta de que llevaba bragas y sujetador. ¿Dónde estaba su pijama? Los recuerdos acudieron entonces en tropel. Pedro. Pedro la había encontrado la noche anterior y la había llevado allí. Su voz cargada de ultraje, de reproches. Su olor a sándalo, jabón y hombre en el taxi. La fuerza de sus brazos, poderosos y protectores al llevarla al ascensor. Sus manos, bruscas pero tiernas mientras la desnudaba y la tapaba con el edredón tras la visita de la doctora, y la batalla perdida contra el agotamiento. «Ese niño es de mi misma sangre. ¿De verdad piensas que iba a escoger abandonarlo?» ¿Qué había hecho? Había dado por sentado que se pondría furioso si se enteraba del embarazo y de su decisión de tenerlo, pero lo único que podía recordar de su expresión era dolor. «No soy mi padre». Sintió calor en el estómago. Lo había juzgado y condenado, y aunque su decisión de huir había sido razonable, él tenía razón: Todo había cambiado al descubrir que estaba embarazada. Se puso la mano en el vientre y notó el movimiento que, una semana antes, la había asustado, pero que ahora la tranquilizaba.


–Buenos días, ranita –lo saludó, y dejó que una lágrima le rodase por la mejilla porque no había nadie allí que pudiera verlo–. Cuánto lo siento.


Huir se había convertido en una costumbre para ella al dejar el sistema de menores, porque siempre había sido más fácil empezar de nuevo que enfrentarse a sus miedos. Debería haberse dado cuenta, en cuanto el médico le dijo que estaba esperando un hijo de Pedro Alfonso, que el momento de dejar de hacerlo había llegado, pero era absurdo castigarse por aquella decisión inducida por el pánico. Pedro la había encontrado la noche anterior y, a pesar de la sorpresa, parecía mucho más furioso porque no se lo hubiera dicho que por el embarazo en sí. «La elección siempre habría sido tuya». Había sido un error no ponerse en contacto con él. Se levantó de la cama y, descalza sobre la lujosa alfombra, fue a por un albornoz que alguien había dejado en un precioso butacón tapizado en seda y abrió los cortinajes del ventanal, desde el que se disfrutaba una hermosa vista del Támesis. Se volvió a mirar a la cama. La almohada que había junto a la suya no tenía marca alguna. Pedro no había dormido allí. Recordó su contacto de la noche anterior. Nada urgente e intenso, sino delicado e impersonal. «¿Pero qué esperabas? Pues claro que ya no le interesas. Además, ¿Por qué ibas a querer interesarle? Eres una mujer embarazada, y fue precisamente tu incapacidad para resistirle lo que te metió en este lío. Bueno, tú no eres un problema, ranita» añadió, tocándose otra vez la tripa. «Ni tampoco un lío. Y nunca lo serás, ¿Vale?» Aunque todo el resto de su vida sí lo fuera. Había perdido su trabajo. Carmen jamás volvería a contratarla después de verla huir como una loca, y tenía que encontrar una solución adecuada para Pedro y ella sin permitir que él le pasara por encima como una locomotora. Se apartó el pelo de la cara. Aún era temprano. Una ducha, su ropa, y estaría lista para enfrentarse a él, y al error que había cometido por no ponerse en contacto con él. Pero no era la única culpable de lo que había ocurrido. No había sido ella quien había utilizado la noche que habían estado juntos como apuesta para adquirir una propiedad, la propiedad que tan empeñado estaba en conseguir que no había dudado en arrojarla a los lobos para hacerse con ella. Pedro no era inocente. En cuanto se lavara y se vistiera, se lo iba a dejar bien claro… Y con algo más de intensidad que el día anterior.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 29

La doctora guardó sus cosas en la cartera.


–Su hijo tiene mucha más energía que la madre en este momento. Su latido es firme y regular, y da unas estupendas patadas.


–¿Da patadas? –preguntó, con el corazón en la garganta. 


Había intentado no pensar demasiado en el bebé.


Ella sonrió.


–Es bastante grande para el tiempo que tiene. Paula dice que no pudo asistir a la última cita con su médico –suspiró mientras cerraba la cartera–. Al parecer, se durmió.


Y volvió a mirarlo con severidad, seguramente preguntándose por qué un hombre tan rico como él permitía que la madre de su hijo trabajase de noche por un salario mínimo. Le daba igual lo que pensara, porque ella ya no iba a poner en riesgo su salud trabajando un turno tras otro. Todo había cambiado para Paula, lo quisiera o no. Tenía una responsabilidad para con ella y no iba a escurrir el bulto, y tampoco iba a darle a ella ocasión de echarse atrás. Se iban a vivir juntos a Borgoña en cuanto pudiera arreglar los papeles de la boda. Había estado dándole vueltas mientras el médico la examinaba y ninguna otra solución le satisfacía. No podía arriesgarse a que su salud y bienestar corriesen peligro. Y aunque no tenía claro que fuera a ser capaz de trabar una relación con aquella criatura, no iba a permitir que naciera sin llevar su apellido. La médica le ofreció su tarjeta.


–Si quiere llevarla mañana a la clínica, le haremos un análisis de sangre como es debido y una ecografía para poder examinar a fondo al bebé, pero por ahora le sugiero que la deje tranquila para que pueda dormir. 


Lo que en realidad quería decir estaba claro: Nada de sexo aquella noche. Puede que hubiera leído lo de su insaciable apetito en la prensa.


–No se preocupe, que no tengo intención de pedirle ningún favor sexual esta noche.


«Ni esta noche, ni nunca», pensó, guardándose la tarjeta mientras la culpa hacía de las suyas. Al llevar a Paula antes en brazos, había experimentado una serie de emociones contradictorias y en conflicto, pero ni siquiera en aquel momento había podido negar el resurgir del deseo. ¿Cómo era posible que se excitase con tanta facilidad, estando ella tan frágil, tan agotada por un embarazo que él no había sabido evitar? Igual no era tan distinto de su propio padre. Esa posibilidad le puso el estómago patas arriba, y pensar en su madre le hizo reafirmarse en la idea del matrimonio. Él no iba a abandonar a la madre de su hijo estando su salud en peligro, que era lo que había hecho su padre.


–Señor Alfonso, le ruego no malinterprete mis palabras –la doctora se detuvo en la puerta y él se llevó una buena sorpresa–. No pretendía decir que el sexo sea peligroso, que no lo es. Siempre y cuando ambos lo deseen, hay muchas parejas que continúan manteniendo relaciones sexuales hasta en el tercer trimestre y, como le he dicho antes, la señorita Chaves está sana, solo necesita descansar. De todos modos, insisto: Lo mejor será que la lleve mañana a la clínica de Harley Street para que podamos hacerle una ecografía.


–¿Cree que es necesario? –le preguntó, sin poder ocultar su ansiedad.


–No necesario, pero sí recomendable, para que ambos estén tranquilos. No es raro que los hombres experimenten una bajada de la libido cuando su pareja está embarazada, pero le aseguro que los cambios del cuerpo de Paula son perfectamente naturales.


–De acuerdo –dijo. La doctora lo había malinterpretado. La falta de libido no era su problema–. Mañana iremos.


No volvería a perderla de vista, y menos aún hasta que lograra que le prometiera que le dejaría hacer lo que fuera mejor para ella. Y lo mejor era que accediera a casarse con él.

jueves, 23 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 28

Ella bajó la mirada.


–Es algo que los hombres hacen constantemente.


–Pues este hombre que tienes delante, no –dijo, más frustrado de lo que se había sentido en toda la vida–. Yo no soy mi padre, si es eso lo que piensas.


¿Es que jamás se iba a librar de las maldades de ese bastardo? Que ahora lo juzgase a él por los pecados de su padre sería casi de risa, de no ser tan injusto. Paula volvió a mirarlo, y la culpa presente en su mirada se atemperó por la sombra de la duda y el arrepentimiento. Y, a pesar de que no dijo nada, Pedro oyó de nuevo lo que le dijo aquella noche: «Esto no tiene que ver con mi lealtad hacia André. Tiene que ver con tu sed de venganza». Y la pregunta que lo había atormentado mil veces en sus pesadillas: «Si de verdad eres mejor que él, ¿Por qué insististe en cobrar venganza, en destruir La Maison, cuando dejar que ella se la quedara la habría persuadido de no marcharse?»


–No quiero discutir contigo –dijo ella, cruzándose de brazos sobre el vientre.


¿De qué demonios se estaba protegiendo? ¿De él?


–Me merezco una respuesta mejor que esa. No tenías derecho a ocultarme que iba a ser padre.


Ella se irguió, desafiante.


–No me parecía que fueses a querer saberlo.


–¿Cuándo te he dado yo esa impresión? –explotó, la furia y la frustración amenazando con ahogarlo–. Aquella noche te pedí que vinieras a Château Alfonso. Te ofrecí mi apoyo.


–Mientras dejabas bien claro que un embarazo sería un inconveniente – replicó–. Un problema que habría que solucionar…


–¡Porque, en aquel momento, era así! –gritó–. Pero la elección siempre había sido tuya –añadió, intentando mantener la calma. ¿De verdad le creía un monstruo? ¿La clase de hombre que habría insistido en que abortase?–. Lo que dijera entonces, no sirve ahora. Ahora el bebé es un hecho.


Ella asintió. Parecía sentirse culpable, lo cual fue una pequeña compensación para él.


–De acuerdo.


A pesar de la furia, se dejó guiar por el instinto y puso una mano en su mejilla.


–Pareces agotada –dijo en voz baja. Ella no se apartó–. ¿Estás bien?


–Es solo cansancio. Ha sido una noche muy larga –explicó, y la resignación que se hizo patente en su tono de voz le hirió profundamente.


Tenían mucho de lo que hablar y, seguramente, discutir, y no tenía ni idea de cómo enfrentarse al hecho de que iba a ser padre, pero en aquel momento parecía tan exhausta que daba la impresión de que no se tenía de pie. Sacó su abrigo de la taquilla, se lo puso sobre los hombros y le quitó el bolso de la mano.


–Ven, vámonos a mi hotel.


–No es necesario. Vivo al este de Londres, así que puedo volver a casa en metro –respondió, echando mano al bolso, pero él lo apartó–. Si me dices dónde te alojas, Pedro, mañana me paso y hablamos del bebé.


Él se rió con aspereza.


–¿De verdad crees que soy tan estúpido como para volver a perderte de vista?


Parecía sorprendida por la pregunta, aunque en realidad no debería. ¿Por qué iba a confiar en ella después de lo que había hecho? Tomándola por un brazo, la condujo fuera del hotel por la puerta de atrás. Parecía haber perdido la capacidad de resistirse. ¿Era normal que una mujer embarazada estuviera tan frágil? El miedo le retorció las entrañas al pensar en su madre. Paró un taxi que pasaba y subieron. El hotel estaba cerca, pero no iba a correr riesgos. Era un seis estrellas art déco en el que siempre tenía una suite cuando estaba en la ciudad. Bajaron del coche y, apenas entraron, llamó a un botones.


–¿Sí, señor Alfonso? ¿En qué puedo ayudarlo? –se ofreció el joven.


–Necesito que un obstetra venga a mi suite inmediatamente. Dile al conserje que contacte con el director del hotel para que le indique cuál es el mejor que esté disponible a estas horas.


Y le dió al muchacho un billete de veinte libras.


–Ya tengo médico, Pedro –le dijo ella de camino a los ascensores, y el cansancio era tan obvio en su voz que decidió no resistirse a su instinto: la tomó en brazos y la llevó así al ascensor, a pesar de sus protestas.


–Bien –dijo, pulsando el botón del ático–. Ahora tendrás dos.


–Su novia está sana pero mal nutrida, señor Alfonso, y agotada. Le he dado un suplemento de vitaminas, pero lo que más necesita en este momento es descansar. Y que alguien se asegure de que hace tres comidas en condiciones al día. Tampoco es buena idea que trabaje de pie tanto tiempo –añadió, mirando a Pedro con severidad.


Pero él lo ignoró. No le importaba lo que aquella mujer pudiera pensar de él, siempre y cuando le asegurase que Paula estaba bien.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 27

Oír su nombre con el acento francés que tantas veces la había despertado desde que se marchó de Francia le creó un montón de emociones que de inmediato entraron en conflicto, y se volvió hacia él sin pensar, empujada por la necesidad de volver a verlo. Se dió cuenta del error que había cometido cuando él bajó la mirada a su vientre, al que el delantal ya no protegía.


–Ese bebé… ¿Es mío? –preguntó, mirándola acusador y con algo más que ella no entendía, porque parecía como dolor.


Quiso contestar que no, protegerse a sí misma y al bebé de aquella mirada de cinismo cáustico, y del hombre que sabía que iba detrás, poderoso, arrogante, exigente, implacable, más comprometido con su venganza contra un hombre muerto que podría estarlo con alguien como ella. Se volvió a la taquilla, soltó el abrigo y apoyó la frente contra el metal frío. El cansancio que llevaba semanas acechando volvió de golpe y le arrebató la escasa energía que le quedaba, ahogada ya por la sensación de culpa con la que llevaba meses peleando y que creía haber conquistado ya.


–Sí –dijo, con la mano en el estómago para disculparse en silencio con su hijo–. Es tuyo.


Pedro estaba en shock. Tantas emociones le estaban bombardeando de golpe que era difícil controlarlas, y mucho menos diferenciarlas o identificarlas. Paula estaba embarazada de él. La única emoción que no estaba sintiendo era arrepentimiento de haberla encontrado. Siendo como era un hombre que nunca había pretendido ser padre, no tenía mucho sentido, pero no podía definir de otro modo el deseo de protección que le había asaltado al reconocerla en aquel balcón.


–¿Por qué no te has puesto en contacto conmigo? –quiso saber, dejando que saliera la ira… En realidad, para cubrir un dolor que no quería reconocer.


Ella lo miró y el cansancio en sus ojos y aquellas sombras oscuras que tenía debajo le hicieron apretar los puños con fuerza, aunque lo que de verdad quería era acurrucarla contra su pecho. Parecía a punto de venirse abajo. ¿Cuánto tiempo llevaría trabajando así, hasta las tantas, de pie un montón de horas?


–Porque no quería que lo supieras.


–¿Llevas un hijo mío en tu vientre, y no tenías intención de decírmelo? ¿Nunca? –exigió saber, acercándose con un dolor lacerante en el estómago y la traición asomándole en la voz. 


Las cosas no habían terminado bien entre ellos, y en parte había sido culpa suya, pero no se merecía algo así.


–Es mi hijo, Pedro. He decidido tenerlo, y tú no tienes por qué formar parte de ello.


–¿Estás loca? Ese niño es de mi misma sangre –espetó, mirándole la tripa–. ¿De verdad piensas que iba a escoger abandonarlo?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 26

Había creído verla docenas de veces en los últimos cinco meses. Retazos de su pelo, de su cuerpo, de su rostro, en las calles de París, de Roma, incluso de Johannesburgo habían alertado a sus sentidos, solo para destruirle segundos más tarde al darse cuenta de que la mujer no era ella. Pero el cabello rubio de aquella camarera recogido en un moño desaliñado brillaba con reflejos de oro a la luz del balcón. Apartó a Tamara para verla mejor mientras recordaba la sensación de tenerlo entre sus manos.


–Max, ¿Qué ocurre? –el tono de Pedro era molesto, pero él apenas podía oírlo–. ¿Por qué miras así a esa camarera? ¿La conoces?


–Oui –musitó–. Lève la tête –añadió, deseando que levantara la cabeza para poder verla mejor, aunque ya sabía que era ella por las sensaciones que le quemaban el cuerpo. 


La había encontrado. ¡Por fin! Igual que ocurrió tanto tiempo atrás, ella obedeció su orden y sus miradas se encontraron. Ella se quedó paralizada. La sorpresa fue lo primero en aparecer en su expresión, seguida del pánico y la culpa, pero al ver a Tamara apareció otra cosa. ¿Envidia, dolor, arrepentimiento? Entonces tuvo la respuesta que había estado buscando durante cinco meses sin darse cuenta. Ella también lo deseaba aún. La bandeja cayó con un tremendo golpe al suelo, y todos los presentes, incluido él, dieron un respingo. La comida quedó derramada sobre las baldosas del suelo. Temblaba como si estuviera en trance, un trance del que no pudiera escapar. Pedro sacó la cartera del bolsillo y puso unos cuantos billetes en la mano de Tamara.


–Llama a un taxi para que te lleve a casa –dijo, guardando despacio la cartera pero sin apartar la mirada de amante.


–¿Cómo? ¡Pero bueno, Pedro, qué…!


No la escuchó, sino que echó a andar hacia Paula, devorándola con la mirada. Había algo distinto en ella. ¿Su figura, quizás? Parecía algo más regordeta, incluso más lujuriosa de lo que la recordaba. Cara dio un paso atrás y la luz le iluminó la cara. ¿De dónde habían salido esos círculos oscuros que tenía bajo los ojos?


–Paula –dijo, alzando un brazo hacia ella.


Como un joven ciervo que hubiera olido al cazador, Paula salió de su trance, dió la vuelta y entró rápidamente en el salón de baile.


–¡Paula, reviens ici! –gritó, pidiéndole que volviera, pero ya había desaparecido entre los invitados.


Se abrió paso a empujones entre la gente sin importarle las copas cuyo contenido derramase, las miradas severas o las imprecaciones que recibió, hasta que por fin vio su cabello rubio desaparecer por una de las puertas del fondo del salón en la que había un cartel que decía "Solo Personal". Había huido de él una vez. De ninguna manera iba a permitir que lo repitiera.


Paula se quitó los zapatos nada más pasar la puerta para poder correr con ellos en la mano entre los mostradores junto a los que otros camareros aguardaban a que les llenaran las bandejas. ¡Pedro estaba allí! ¡La había encontrado!


–Paula, ¿Estás bien?


Era Diana la que le había preguntado, y ella negó con la cabeza sin dejar de correr hacia las taquillas. Pedro, que estaba allí con Tamara Delinksi, una supermodelo conocida en todo el mundo a la que había reconocido de inmediato por las revistas que antes le gustaba leer, pero que durante los últimos cinco meses había evitado. Se secó la lágrima que le rodó mejilla abajo mientras seguía corriendo hacia las escaleras. «Dios, ¿por qué lloras? Estaba con otra mujer. ¡Pues claro! Seguramente habrá estado con cientos de ellas desde aquella noche, todas más guapas y exitosas que tú». Carmen Simpson, su jefa, subía por la escalera y se la encontró al bajar.


–Paula, ¿Dónde vas? ¡Quedan dos horas hasta que termine tu turno!


–Lo siento. Tengo que irme –dijo sin esperar respuesta. 


Ya no podía volver, ahora que él sabía dónde trabajaba. Consiguió llegar a las taquillas. Pedro no la seguía. ¿Por qué iba a hacerlo? Aun así, las manos se le volvieron torpes por los nervios mientras recogía el bolso, metía dentro los zapatos y se desabrochaba el delantal. Estaba poniéndose el abrigo cuando oyó pasos y una voz profunda que preguntaba:


–Paula, ¿Por qué has huido?