jueves, 12 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 28

Paula ignoró la oleada de nostalgia que la invadió al saber que él seguía deseándola tanto como ella a él, porque ya era totalmente irrelevante.


—No elegiré ninguna —aseguró—. Porque no voy a volver a tener sexo.


—Claro.


—Hablo en serio.


—¿Eliges deliberadamente el celibato? —al darse cuenta de que lo decía en serio, la sonrisa de Leo desapareció.


—Totalmente —ella asintió, apagando la clamorosa voz de negación en su cabeza.


Al menos sola, estaría a salvo, libre de intimidad emocional y sin peligro de enamorarse y arruinar vidas.


—Hasta ahora había funcionado. Volverá a hacerlo. Millones de personas en el mundo toman esa decisión. Es perfectamente aceptable.


—Estoy de acuerdo —él asintió lentamente—. Pero no todo de aquella noche fue un desastre.


—No —el recuerdo de lo que Pedro le había hecho, de lo fuerte y rápido que se había desecho en sus brazos, la golpeó.


—¿No quieres saber qué más podría haber?


—No si «Más», va a doler tanto.


—Por eso creo que deberíamos experimentar —insistió él—, ver qué te funciona y qué no.


—¿Por qué lo haces? —preguntó Paula, desconcertada por su insistencia—. Podrías tener a cualquiera.


—Te quiero a tí.


El corazón de Paula se aceleró, antes de que la razón se impusiera y la devolviera a la tierra.


—Como un problema que resolver. Algo roto que arreglar. Un proyecto.


—Sigo soñando contigo —continuó él, sin negarlo, con voz hipnótica—. Sigo encontrándote irresistible. Quiero tus manos sobre mí. Tu boca sobre la mía. Acepta mi propuesta y, en cuanto acabes aquí, te llevaré a mi finca de Santorini. Para el fin de semana. Es muy íntima. Tiene su propia playa. No habrá nada que nos moleste. Podemos tomarlo con calma. Con cuidado. Tú tendrás el control —su mirada se dirigió a la boca de ella—. Todo el control.


—Me cuesta creerlo —¿Renunciar al control? ¿Él?


—Estoy dispuesto a hacer una excepción.


—¿Por qué?


—Porque nuestra química es única y quiero saber, tanto como tú, creo, cómo será entre nosotros. Podemos experimentar hasta acertar. Imagina hacerlo bien, Paula. Los fuegos artificiales.


Paula no necesitaba imaginarlos, los estaba experimentando. Pequeñas explosiones en la boca del estómago que lanzaban chispas por todo su cuerpo. Sus ojos eran tan oscuros, tan irresistibles, la voz tan hechizante. Deseaba sentir sus manos, su boca, sobre ella, con dolorosa desesperación. ¿Y si él tenía razón? No pudo evitar preguntárselo, mientras su determinación vacilaba. ¿Y si se trataba de la posición, el ángulo y la situación? Quizá había dolido tanto por el momento del ciclo. O porque él había estado encima de ella. O porque, al ser su primera vez, se había puesto tensa. Estaba más o menos a mitad de ciclo, y no volvería a ser su primera vez. Si él hablaba en serio, y no veía por qué no, ella podía controlar el ritmo y la posición. Sabía que se detendría si ella lo necesitaba. Ya lo había hecho antes. Y aunque ella quizás nunca podría comprometerse, en el fondo no quería una vida de celibato. Quería la excitación y el placer que él prometía desatar. Ansiaba explorar su sexualidad y descubrir cómo podía controlar su cuerpo y no al revés. La intimidad física no tenía por qué ser también emocional, y durante un fin de semana podría hacerlo.


—De acuerdo —accedió con el corazón acelerado de anticipación y esperanza. El deseo, mantenido a raya, desbocándose—. ¿Por qué esperar? Vámonos ya.


Huir les llevó más tiempo del que Leo había previsto. La gente seguía acercándose para hablar con él. Pero pasada una hora, felicitándose por un plan bien ejecutado, y tras recoger una maleta en el hotel de Paula, entraba en el estacionamiento VIP de la terminal de aviación privada de negocios del aeropuerto de Atenas. 

Retrato: Capítulo 27

Algo enervada por la posible naturaleza de aquella «Proposición», Paula obedeció a Pedro ya que, al parecer, su autoridad innata le resultaba absurdamente irresistible. Ese otro lugar resultó ser la terraza, llena de guirnaldas y una brillante vegetación y asientos íntimos. Tenía una espectacular vista panorámica del Partenón, detrás del cual se ponía el sol. Bañado por la cálida luz del atardecer, el santuario de Atenea, de dos mil quinientos años de antigüedad, elevaba sus columnas de piedra dorada y sombras alargadas, pero era Leo quien captaba su atención. Era un hombre en una misión, y cuando se sentaron en un reservado de un rincón de la terraza, la curiosidad de ella estaba al rojo vivo.


—¿De qué va todo esto, Pedro? —preguntó ella, mientras la intensidad con la que la miraba le secaba la boca.


—Se me ha ocurrido que tenemos asuntos pendientes.


El corazón de Paula falló un latido y su cuerpo enrojeció de calor. Adiós a la esperanza de que él hubiera olvidado los detalles de aquella noche, como había intentado ella.


—No hay nada —contestó ella con firmeza, sin querer volver a hablar del supuesto asunto pendiente por muchas razones—. De verdad que no.


—No estoy de acuerdo —insistió él, con firmeza, sugiriendo que no se dejaría intimidar—. Te debo una disculpa. Por reaccionar tan mal y dejar que te fueras —hizo una pausa y frunció el ceño—. Y, sobre todo, por hacerte daño.


—No es culpa tuya —aseguró ella con un gesto de la mano, como si no estuviera muriéndose de vergüenza—. Debería haberte advertido de que había esa posibilidad.


—No lo sabías.


—En realidad, sí. Hay pocas cosas de mi problema que no sepa. Me dejé llevar, estúpido por mi parte. Tú no tenías por qué saberlo. No te imagino lastimando deliberadamente a alguien.


—Intento no hacerlo.


—Pero si para tí es importante —añadió ella, deseosa de que esa charla terminara—, acepto tus disculpas.


—Gracias.


—Estupendo. ¿Volvemos a la fiesta?


Ella se incorporó, pero se detuvo congelada cuando Pedro la agarró de la muñeca, antes de soltarla como si se hubiera quemado.


—No he terminado.


—¿Eh? —Paula volvió a sentarse.


—Leí sobre la endometriosis.


Paula creía que ya no se sonrojaba, pero se equivocó. Ser acusada de frígida y recibir burlas era infinitamente preferible a una conversación sobre ginecología con la personificación de la masculinidad.


—¿Por qué?


—¿Por qué no? —él enarcó una ceja oscura.


—Porque no era necesario y, además, son cosas de chicas.


—Tengo tres hermanas —señaló Pedro secamente—. No me asustan las «Cosas de chicas», como dices. Y sí lo necesitaba. El conocimiento es poder. Lo que me lleva al siguiente punto.


—¿Y cuál es?


—Según mi exhaustiva investigación, el sexo con endometriosis no tiene por qué ser doloroso.


—No siempre —contestó ella con cautela.


—La posición y el ángulo pueden marcar la diferencia.


—Aparentemente —a Paula le ardían las mejillas.


—El momento también.


—Para algunas.


—Así que sugiero que lo intentemos de nuevo —Pedro se inclinó hacia delante y le sostuvo la mirada con tanta fuerza que ella no habría podido apartar la vista, aunque hubiera querido.


—¿Por qué demonios sugieres eso? —el corazón de Paula se estrelló contra sus costillas. ¿Estaba loco? ¿Había olvidado lo incómodo que había sido?


—Porque no me parece justo que te lo estés perdiendo. Porque soy bueno resolviendo problemas. Porque nunca he deseado a nadie como te deseo a tí. Porque te causé dolor, aunque sin querer, y me siento culpable y quiero arreglarlo. Elige. 

Retrato: Capítulo 26

 —Podré vivir con la decepción.


—Dada tu antipatía hacia la obra, me sorprende que no intentaras detener esta velada.


—Ese era el plan original.


—¿Qué pasó?


—El plan cambió.


—Con tu necesidad de orden y control, debe haberte resultado irritante.


—Sería lo normal —el atisbo de una sonrisa asomó a su sensual boca.


—Entonces, ¿Es tan malo como te temías? —preguntó ella, abandonando toda pretensión de indiferencia, porque necesitaba saberlo—. Me refiero al retrato.


—No tanto —respondió él tras pensárselo—. Obviamente, no es algo que pondría en mi pared, pero tenías razón. Es elegante, inesperadamente bello. Tienes un talento excepcional.


El intenso placer que el elogio produjo en Paula casi la hizo tambalearse. Sintió el inquietante impulso de arrojarse en sus brazos y asfixiarlo a besos. Pero se limitó a esbozar una pequeña sonrisa.


—Gracias.


—¿Por qué decidiste pintar retratos?


—Porque es lo que mejor se me da. Siento mayor conexión con los objetos animados.


—¿Y por qué en pastel?


—Me gusta su textura aterciopelada. Los colores son profundos, ricos y fáciles de mezclar. La luminosidad que crean es mágica. Y, desde un punto de vista práctico, son fáciles de transportar, muy útil cuando tuve que traerlos a Atenas. También hará que mis nuevos encargos sean más manejables. Sorprendentemente —añadió secamente—, tus amigos y conocidos no quieren venir a un pequeño estudio en Londres. Me piden que me desplace hasta ellos.


—Qué chocante.


—Lo sé.


—¿Has conseguido muchos clientes nuevos?


—¿Te puedes creer que tengo trabajo para los próximos doce meses?


—No me sorprende lo más mínimo.


—¿En serio?


—Como he dicho, tienes mucho talento. Aunque una vez vista, esta obra en particular, no se puede olvidar —reflexionó él—, algo a lo que tendré que acostumbrarme.


—Entonces, ¿Por qué has venido?


—Me ofrecí voluntario por el equipo.


—¿El equipo?


—Mis hermanos. Luciana sigue de luna de miel y, curiosamente, los demás tenían compromisos esta noche.


—Muy noble.


—Mis motivos no son altruistas.


—¿No? —Paula no lo conocía bien, pero lo poco que sabía sugería que Pedro consideraba el bienestar de sus más íntimos sumamente importante.


—Venir esta noche era una forma segura de verte. Después de cómo reaccioné la noche de la boda, no creí que hubiera otro modo de que me concedieras una audiencia.


Paula ignoró la leve incomodidad ante la mención de la noche que tanto se había esforzado por olvidar, y se concentró en el hecho de que probablemente tenía razón, aunque su razonamiento fuera erróneo. Su mortificación, y no la reacción de él, habría sido lo que la llevaría a ignorar sus llamadas.


—¿Por qué querías verme? —preguntó, extrañada.


—Tengo una proposición que hacerte.


Pedro se volvió para mirarla y el impacto de su oscura y melancólica mirada le robó el aliento de los pulmones y la cordura de la cabeza. Paula tuvo que parpadear para romper la enorme conexión y volver a centrarse.


—¿Qué clase de proposición?


—La clase que cambió mi plan, y que sería mejor discutir en otro lugar —el brillo de la mirada de Pedro hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Paula—. Sígueme.

Retrato: Capítulo 25

Le disgustaba saber que una mujer apasionada y vibrante como ella fuera incapaz de experimentar las embriagadoras delicias del buen sexo. No le gustaba la sensación de fracaso ni que ella tuviera una impresión menos que favorable de él. Su relación parecía inacabada, los errores cometidos se clavaban en sus entrañas y solo pensaba en la reparación. Así que no iba a prohibir la presentación que su madre estaba planeando, según Adrián. De hecho, asistiría. Sería la oportunidad perfecta para hablar con Paula. Un par de horas de incomodidad por tener que enfrentarse a un cuadro que le había provocado noches de insomnio era un pequeño precio a pagar por la oportunidad de corregir tantos errores.


Para la presentación del retrato que, para sorpresa y alivio de Paula, había seguido adelante, Ana había alquilado la última planta de un exclusivo club nocturno de Atenas y reunido a doscientos de sus amigos más íntimos. Ventajas de ser rica y famosa. Habían pasado ocho días desde la desastrosa noche con Pedro. Había necesitado tiempo y un gran esfuerzo recordarlo sin morir de vergüenza, pero mantenerse ocupada con preparar la velada y hacer un seguimiento de los contactos que había hecho en la boda había ayudado. Los inconvenientes de seguir en Atenas eran, por supuesto, los constantes recuerdos de la boda del año. Los quioscos desplegaban revistas con las fotos oficiales de los novios. Solo su fuerza de voluntad había impedido comprar una. No tenía ningún deseo de comprobar si él aparecía en ellas. Tenía negocios y una carrera que atender, y una noche humillante que olvidar. Por suerte no había peligro de que se presentara allí. El retrato era enorme y ocupaba un lugar central. Ya la habían entrevistado y fotografiado para media docena de publicaciones internacionales y las felicitaciones por su trabajo eran constantes. Sin embargo, mientras que para ella era motivo de orgullo y alegría, la presentación debía ser la peor pesadilla de Leo. Una pena en realidad, porque si consiguiera superar sus reservas, él mismo vería que el retrato era un…


—Aquí lo tenemos.


Al oír la voz grave a su derecha, Paula dió un brinco. Dándose la vuelta, con el corazón acelerado, se encontró con el hombre que había supuesto que estaría a millones de kilómetros de allí esa noche, de pie junto a ella, mirándolo fijamente. Una mirada a su perfil fuerte y severo, a su cuerpo alto y musculoso, vestido con vaqueros y una camisa de lino blanca suelta, y el recuerdo delos dos abrazados bajo las sábanas, volviéndola loca, antes de que todo saliera terriblemente mal, se metió en su cabeza, nublándole la vista y vaciándole los pulmones de aire. Se obligó a respirar y parpadeó. Era un evento profesional para ella. Tenía que centrarse. No iba a pensar en lo que había pasado en ese dormitorio, ni permitir que regresara la humillación que tanto le había costado superar. No necesitaba saber qué había hecho él, si había pensado en ella y en qué contexto. Lo suyo era mirar hacia delante.


—Así es —contestó ella.


—No sabía que mi madre tuviera un trono —Pedro examinó la obra de arriba abajo.


—No es un trono cualquiera —explicó ella, feliz de hablar de arte—. Es una réplica del de Luis XIV.


—Cómo no.


—Lo encargó para hacer juego con la tiara.


—La tiara perteneció originalmente a mi abuela.


—Eso tengo entendido.


—Medía metro y medio tanto a lo alto como a lo ancho- —continuó Pedro—. No me la imagino posando así.


—Ana lo hace muy bien.


—Tiene mucha práctica —él se inclinó hacia delante y frunció el ceño al ver el pequeño corazón rojo en la cara interna del muslo de la pierna derecha—. ¿Eso es un tatuaje?


—Lo es —confirmó ella—. Se lo hizo hace dos años. Un regalo de cumpleaños para un antiguo amante. Esta vez pensó que un retrato sería menos doloroso.


—¿Menos doloroso para quién? —Pedro enarcó una ceja.


Paula evitó sonreír ante la irónica observación de Leo, que aún no había dado su opinión sobre el cuadro. Por alguna razón, eso la irritaba.


—A Ricardo le gusta —aclaró ella, recordándose una vez más que la opinión de Leo era tan irrelevante como su aprobación. Solo sus clientes importaban—. Lo va a colgar en su dormitorio.


—Lo sé —Leo hizo una mueca—. Lo ví cuando llegué.


—Te perdiste su discurso. Fue muy apasionado.

jueves, 5 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 24

 —Lo que acaba de ocurrir no tiene nada que ver contigo, Pedro — explicó, contenta de que él estuviera de espaldas—. Soy yo. Sufro endometriosis. Es una enfermedad en la que un tejido similar al revestimiento del útero crece en otros lugares, como los ovarios. Uno de los muchos efectos secundarios puede ser el sexo doloroso. Es una de las razones por las que soy, era, virgen. Ya experimento suficiente dolor cada mes y arriesgarme a más nunca me atrajo. Pero cuando me besaste en la pista de baile, de repente nada de eso pareció importante. Nunca he conocido a nadie que me excite como tú. Basta con que me mires para que me derrita. Cortocircuitas mi cerebro con el más mínimo roce. Esperaba que contigo todo fuera bien, quería que lo fuera, y tal vez si hubiera tenido más experiencia habría ido bien. Estoy desolada.


Paula se detuvo para darle la oportunidad de responder. Quizá aceptaría sus disculpas y le agradecería su explicación. Quizá le pediría más información y le aseguraría que lo entendía. Lo más probable era que llamara un taxi y la mandara a paseo, aceptable, aunque decepcionante. Pero Pedro no hizo nada. Se quedó sentado bajo el silencio plateado de la luna, más tenso a cada segundo que pasaba. Todo fue tan horrible como ella había temido. ¿Pensaría que ella era un bicho raro? ¿Una burla? ¿Un objeto de lástima? No quería saberlo. Lo único que quería era irse. Se sentía fría, avergonzada y terriblemente vulnerable. La pérdida de su virginidad y el impresionante orgasmo ya no contaban para nada. El fuego se había convertido en ceniza. Leo seguía petrificado, aparentemente ajeno a ella, con la cabeza entre las manos.


—Me doy cuenta de que esto no es lo que buscabas —continuó ella, tragando con dificultad—. Si alguien debiera disculparse, soy yo. No pensé que fuera a suceder, pero debería haberte avisado de la posibilidad. Siento no haberlo hecho. Siento mucho que haya pasado.


Desolada, decepcionada y humillada por cómo había terminado la noche, pero también profundamente aliviada por no tener que volver a verlo, Paula se bajó de la cama y se vistió.


—Buen viaje —se despidió sin mirar atrás.




Pedro no solía lamentarse. Cada decisión que tomaba era largamente meditada, por lo que no tenía dudas de que era la correcta. Rara vez miraba atrás para considerar si podría o debería haber hecho algo de otra manera, incluso en las contadísimas ocasiones en que se equivocaba. Sin embargo, durante los siguientes días, ya fuera discutiendo la fusión en Nueva York, asistiendo a las interminables reuniones de la junta directiva en Londres o ignorando los pueriles mensajes de Federico sobre el beso en la pista de baile y la curiosidad de sus hermanos por su huida de la boda, lamentó profundamente la forma en que había terminado la noche con Paula. No lo había llevado bien. Que hubiera estado tan aturdido y horrorizado al pensar que le había hecho daño que ni siquiera hubiera podido pensar con claridad, mucho menos responder a lo que ella le había contado, no era excusa. Debería haber encontrado la salida. Debería haberle pedido que se lo repitiera todo y lo explicara con más detalle. ¿Cómo había permitido que se marchara así, a las oscuras calles de la ciudad, sola y dolorida? Él no era así. Él cuidaba de los que le rodeaban. Hacía todo lo que estaba en su mano para evitar el sufrimiento. O eso pensaba. Cada vez que repasaba los sucesos de aquella noche le entraba un sudor frío. No podía olvidar el recuerdo de Paula suplicándole que parara. ¿Cómo no se había dado cuenta de su malestar? ¿Cuánto tiempo había aguantado ella antes de no poder más? ¿Qué lo había llevado a semejante locura? ¿La química? ¿La genética? ¿Qué? A lo largo de los años, en ocasiones, se había preguntado qué pasaría si perdiera el control. Suponía que quedaría expuesto como el fraude que sospechaba ser. Las emociones que mantenía a raya se desatarían y el resentimiento que aún guardaba en su interior afloraría. Volvería a cometer errores en el negocio y la fortuna de la familia se iría a pique. Pero nunca había imaginado que pudiera ser capaz de causar dolor a alguien. Toda su vida adulta se había esforzado por hacer lo contrario, y la sensación de culpa era insoportable. Debería buscar a Paula y pedirle disculpas por lo que había hecho y cómo había reaccionado. Suplicaría su misericordia y perdón, y quizás entonces tendría por fin algo de paz. Pero no lo hizo. Porque, a pesar de todo, poner punto final y relegarla a la historia no le parecía bien. Todavía soñaba con ella. Aún la deseaba. El que ella lo hubiera elegido para despojarla de su virginidad le quemaba el cerebro, así como saber que la había derretido con una mirada, con una caricia.

Retrato: Capítulo 23

Una vez dentro, permaneció inmóvil para que ella pudiera acostumbrarse a su desconocida sensación, los músculos rígidos por el esfuerzo de la contención. Paula estaba apretada, caliente, húmeda. Pedro nunca había experimentado nada igual. Su control pendía de un hilo que se deshilachaba, pero se aferró a él. No iba a ceder, a permitir que sus bajos instintos lo dominaran… Hasta que ella se movió, hundiéndolo aún más y, de repente, algo en su interior se quebró. Una abrumadora necesidad de moverse se apoderó de cada célula de su cuerpo. Ansiaba la deliciosa fricción de su carne deslizándose contra la de ella, con una desesperación que no podía contener. Tenía que hundirse más profundamente y con más fuerza, y mientras sucumbía impotente al deseo, la sentía tan bien que estaba perdiendo lo que le quedaba de cordura. De repente, ella giró la cabeza hacia un lado, empujándole los hombros, el pecho, luchando por quitárselo de encima. Sollozaba.


—Para. Para, por favor. Para.


Y todo, su cuerpo, su corazón, la habitación, se congeló al instante. En respuesta a la súplica, Pedro salió inmediatamente de ella. A pesar de la penumbra, Paula vió que estaba blanco como las sábanas. El horror y la confusión sustituyeron al calor salvaje y la feroz concentración que habían dominado su expresión hasta entonces y, mientras ella se estremecía ante la aguda incomodidad de su brusca retirada, deseó con toda su alma no haber tenido que poner fin súbitamente a todo. Se lo estaba pasando tan bien. La halagadora urgencia con la que la había sacado del coche y la había metido en el ascensor, calentó su deseo hasta el punto de ebullición. Cuando la tomó en sus brazos y la llevó hasta el dormitorio, podría haberse desmayado. Pero cuando él la desnudó, todo pensamiento coherente terminó. Los nervios desaparecieron. Jamás se había sentido tan deseada. Había acertado al confiar en que él le daría lo que tan desesperadamente buscaba. La necesidad feroz que había brillado en sus ojos al unirse a ella en la cama la había incendiado. El orgasmo que le había arrancado, mucho mejor que ninguno que hubiera conseguido sola, había sido alucinante, y el intenso placer había continuado. Pero se equivocó al pensar que bastaría. Porque cuando él la penetró dolió como si la hubieran empalado con un atizador al rojo vivo. Esperó a que las punzadas disminuyeran, desaparecieran, esperó contra toda esperanza que estuvieran relacionadas con su inexperiencia, pero él empezó a moverse y, para su angustia, el dolor desgarrador empeoró, extendiéndose al abdomen, destruyendo el deseo y dominando sus pensamientos. Simplemente no había podido soportarlo. Qué ingenua al suponer que todo iría bien. Ojalá se lo hubiera contado en el coche. Había hecho bien en tener miedo y evitar el sexo. Nunca debería haber intentado convencerse de lo contrario. Pero el arrepentimiento y el análisis tendrían que esperar. Pedro estaba en estado de shock.


—Te he hecho daño —dijo él, mirándola, atónito, claramente consternado.


Paula se tapó con la sábana y se acurrucó instintivamente en la posición fetal.


—Sí —admitió ella mientras, para su alivio, las punzadas remitían—. Pero no fue…


—Lo siento —Pedro se sentó en el borde de la cama, de espaldas a ella, y se pasó las manos temblorosas por el pelo.


—No es culpa tuya.


—He sido demasiado brusco.


—¿Qué? ¡No! —aseguró ella—. No es eso. De verdad.


—No sé qué se me ha escapado.


—Nada.


—Debería haber sido más cuidadoso. Más paciente.


—Fuiste todo lo que esperaba.


A pesar de su sinceridad y la urgencia en su voz, él no la estaba escuchando. Era como si se hubiera retirado a su propio mundo, un mundo de malentendido y, tal vez, de culpa, que ella sintió la imperiosa necesidad de abordar, tanto si él la escuchaba como si no, porque no iba a permitir que él pensara que tenía la culpa de todo. La culpa era suya. El dolor se había atenuado hasta convertirse en soportable y Paula se sentó y respiró hondo.

Retrato: Capítulo 22

 —¿Estás segura de que no has hecho esto antes? —preguntó él con voz ronca.


—Estoy haciendo lo que quiero —murmuró ella contra su piel—. Fue idea tuya.


Al parecer, un error. Notaba su tacto por todas partes, y lo estaba deshaciendo tan deprisa que estuvo a punto de arrojarla sobre la cama. Apretando los dientes, y resistiéndose al impulso de hacerlo, hundió una mano en sus cabellos, le acarició la espalda desnuda y suave con la otra y la besó hasta arrancarle esos suaves gemidos. Luego deslizó las manos bajo los tirantes del vestido. Al bajárselos por los brazos, el corpiño se abrió hasta la cintura y, con un leve movimiento de caderas, hasta el suelo.


—Este vestido me gusta cada vez más —murmuró él mientras ella se quedaba solo con los tacones dorados y unas bragas de encaje blanco.


—Hay menos de lo que me hubiera gustado.


—¿Por qué desperdiciar tela? —Leo percibió un temblor en Paula, y frunció el ceño—. ¿Estás bien?


—Siento el impulso virginal de taparme.


—¿Nerviosa?


—Un poco —ella asintió.


—¿Te lo estás pensando? —el corazón de Pedro dió un vuelco.


—Ni hablar.


—Puedes echarte atrás en cualquier momento.


—No lo haré.


—Theos, eres preciosa.


—Tú también.


—Sube a la cama. Déjate los tacones.


Paula se hundió en la cama, la luz de la luna volviendo su pelo plateado y su piel perlada. Él se desnudó con más prisa que elegancia. La mirada de ella se posó en su erección y soltó una especie de suspiro ronco que, ridícula, aunque inevitablemente, hizo que se endureciera aún más. Pedro se tumbó a su lado y rodó sobre ella. Su boca se selló a la de ella, que cerró los ojos y, con un gemido, le rodeó el cuello con los brazos. Deslizó las manos por los hombros y la espalda, y los músculos de él se tensaron al contacto. Con el deseo ardiente y duro en su interior, él deslizó una mano por el sedoso muslo de Paula. Después, subió de la cintura hasta el pecho y ella arqueó la espalda. Desesperado por saborearla más, él deslizó los labios por su cuello y la suave pendiente del pecho. Cuando la cerró sobre su pezón, duro y apretado, ella jadeó y hundió los dedos en el pelo. La sentía temblar. Las braguitas avivaron su deseo hasta niveles insoportables. Pero no podía penetrarla como tanto deseaba. Tenía que tomarse su tiempo, aunque lo matara. Concentrándose únicamente en ella, Pedro deslizó la mano por el firme abdomen y la introdujo bajo las braguitas. La rodilla que ella había levantado cayó hacia atrás, permitiéndole un mejor acceso al húmedo calor, lanzándole una invitación que no podía rechazar. Apretó los dedos contra el centro de su placer y ella se estremeció un instante antes de relajarse.


—¡Dios mío!


Paula apretó su boca contra la de él, besándolo apasionadamente mientras sus caderas empezaban a responder a los movimientos de los dedos. La cabeza de Pedro le daba vueltas, y el pulso se aceleró. Ella jadeó y gimió. Instantes después, se estremeció, echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre mientras se deshacía en sus brazos, más rápido y más fuerte de lo que él podría haber imaginado.


—¿Bien? —preguntó Pedro, que nunca había visto nada igual.


—Nunca me he sentido tan bien en mi vida —Paula le dedicó una lánguida sonrisa.


—Luego mejora.


—Imposible.


—Ya verás.


Pedro se apartó de ella para colocarse un preservativo, tardando una eternidad, ya que le temblaban las manos y necesitaba más autocontrol del que jamás había imaginado tener. Volvió a ella, con la excitación reflejada en sus ojos y el rubor en sus mejillas. Separó sus piernas, se acomodó en su entrada y, mientras la besaba apasionadamente en la boca, la penetró tan lenta y cuidadosamente como pudo, observando su respuesta, oyendo su agudo y estremecedor jadeo, dándole tiempo para adaptarse.