jueves, 23 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 28

Ella bajó la mirada.


–Es algo que los hombres hacen constantemente.


–Pues este hombre que tienes delante, no –dijo, más frustrado de lo que se había sentido en toda la vida–. Yo no soy mi padre, si es eso lo que piensas.


¿Es que jamás se iba a librar de las maldades de ese bastardo? Que ahora lo juzgase a él por los pecados de su padre sería casi de risa, de no ser tan injusto. Paula volvió a mirarlo, y la culpa presente en su mirada se atemperó por la sombra de la duda y el arrepentimiento. Y, a pesar de que no dijo nada, Pedro oyó de nuevo lo que le dijo aquella noche: «Esto no tiene que ver con mi lealtad hacia André. Tiene que ver con tu sed de venganza». Y la pregunta que lo había atormentado mil veces en sus pesadillas: «Si de verdad eres mejor que él, ¿Por qué insististe en cobrar venganza, en destruir La Maison, cuando dejar que ella se la quedara la habría persuadido de no marcharse?»


–No quiero discutir contigo –dijo ella, cruzándose de brazos sobre el vientre.


¿De qué demonios se estaba protegiendo? ¿De él?


–Me merezco una respuesta mejor que esa. No tenías derecho a ocultarme que iba a ser padre.


Ella se irguió, desafiante.


–No me parecía que fueses a querer saberlo.


–¿Cuándo te he dado yo esa impresión? –explotó, la furia y la frustración amenazando con ahogarlo–. Aquella noche te pedí que vinieras a Château Alfonso. Te ofrecí mi apoyo.


–Mientras dejabas bien claro que un embarazo sería un inconveniente – replicó–. Un problema que habría que solucionar…


–¡Porque, en aquel momento, era así! –gritó–. Pero la elección siempre había sido tuya –añadió, intentando mantener la calma. ¿De verdad le creía un monstruo? ¿La clase de hombre que habría insistido en que abortase?–. Lo que dijera entonces, no sirve ahora. Ahora el bebé es un hecho.


Ella asintió. Parecía sentirse culpable, lo cual fue una pequeña compensación para él.


–De acuerdo.


A pesar de la furia, se dejó guiar por el instinto y puso una mano en su mejilla.


–Pareces agotada –dijo en voz baja. Ella no se apartó–. ¿Estás bien?


–Es solo cansancio. Ha sido una noche muy larga –explicó, y la resignación que se hizo patente en su tono de voz le hirió profundamente.


Tenían mucho de lo que hablar y, seguramente, discutir, y no tenía ni idea de cómo enfrentarse al hecho de que iba a ser padre, pero en aquel momento parecía tan exhausta que daba la impresión de que no se tenía de pie. Sacó su abrigo de la taquilla, se lo puso sobre los hombros y le quitó el bolso de la mano.


–Ven, vámonos a mi hotel.


–No es necesario. Vivo al este de Londres, así que puedo volver a casa en metro –respondió, echando mano al bolso, pero él lo apartó–. Si me dices dónde te alojas, Pedro, mañana me paso y hablamos del bebé.


Él se rió con aspereza.


–¿De verdad crees que soy tan estúpido como para volver a perderte de vista?


Parecía sorprendida por la pregunta, aunque en realidad no debería. ¿Por qué iba a confiar en ella después de lo que había hecho? Tomándola por un brazo, la condujo fuera del hotel por la puerta de atrás. Parecía haber perdido la capacidad de resistirse. ¿Era normal que una mujer embarazada estuviera tan frágil? El miedo le retorció las entrañas al pensar en su madre. Paró un taxi que pasaba y subieron. El hotel estaba cerca, pero no iba a correr riesgos. Era un seis estrellas art déco en el que siempre tenía una suite cuando estaba en la ciudad. Bajaron del coche y, apenas entraron, llamó a un botones.


–¿Sí, señor Alfonso? ¿En qué puedo ayudarlo? –se ofreció el joven.


–Necesito que un obstetra venga a mi suite inmediatamente. Dile al conserje que contacte con el director del hotel para que le indique cuál es el mejor que esté disponible a estas horas.


Y le dió al muchacho un billete de veinte libras.


–Ya tengo médico, Pedro –le dijo ella de camino a los ascensores, y el cansancio era tan obvio en su voz que decidió no resistirse a su instinto: la tomó en brazos y la llevó así al ascensor, a pesar de sus protestas.


–Bien –dijo, pulsando el botón del ático–. Ahora tendrás dos.


–Su novia está sana pero mal nutrida, señor Alfonso, y agotada. Le he dado un suplemento de vitaminas, pero lo que más necesita en este momento es descansar. Y que alguien se asegure de que hace tres comidas en condiciones al día. Tampoco es buena idea que trabaje de pie tanto tiempo –añadió, mirando a Pedro con severidad.


Pero él lo ignoró. No le importaba lo que aquella mujer pudiera pensar de él, siempre y cuando le asegurase que Paula estaba bien.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 27

Oír su nombre con el acento francés que tantas veces la había despertado desde que se marchó de Francia le creó un montón de emociones que de inmediato entraron en conflicto, y se volvió hacia él sin pensar, empujada por la necesidad de volver a verlo. Se dió cuenta del error que había cometido cuando él bajó la mirada a su vientre, al que el delantal ya no protegía.


–Ese bebé… ¿Es mío? –preguntó, mirándola acusador y con algo más que ella no entendía, porque parecía como dolor.


Quiso contestar que no, protegerse a sí misma y al bebé de aquella mirada de cinismo cáustico, y del hombre que sabía que iba detrás, poderoso, arrogante, exigente, implacable, más comprometido con su venganza contra un hombre muerto que podría estarlo con alguien como ella. Se volvió a la taquilla, soltó el abrigo y apoyó la frente contra el metal frío. El cansancio que llevaba semanas acechando volvió de golpe y le arrebató la escasa energía que le quedaba, ahogada ya por la sensación de culpa con la que llevaba meses peleando y que creía haber conquistado ya.


–Sí –dijo, con la mano en el estómago para disculparse en silencio con su hijo–. Es tuyo.


Pedro estaba en shock. Tantas emociones le estaban bombardeando de golpe que era difícil controlarlas, y mucho menos diferenciarlas o identificarlas. Paula estaba embarazada de él. La única emoción que no estaba sintiendo era arrepentimiento de haberla encontrado. Siendo como era un hombre que nunca había pretendido ser padre, no tenía mucho sentido, pero no podía definir de otro modo el deseo de protección que le había asaltado al reconocerla en aquel balcón.


–¿Por qué no te has puesto en contacto conmigo? –quiso saber, dejando que saliera la ira… En realidad, para cubrir un dolor que no quería reconocer.


Ella lo miró y el cansancio en sus ojos y aquellas sombras oscuras que tenía debajo le hicieron apretar los puños con fuerza, aunque lo que de verdad quería era acurrucarla contra su pecho. Parecía a punto de venirse abajo. ¿Cuánto tiempo llevaría trabajando así, hasta las tantas, de pie un montón de horas?


–Porque no quería que lo supieras.


–¿Llevas un hijo mío en tu vientre, y no tenías intención de decírmelo? ¿Nunca? –exigió saber, acercándose con un dolor lacerante en el estómago y la traición asomándole en la voz. 


Las cosas no habían terminado bien entre ellos, y en parte había sido culpa suya, pero no se merecía algo así.


–Es mi hijo, Pedro. He decidido tenerlo, y tú no tienes por qué formar parte de ello.


–¿Estás loca? Ese niño es de mi misma sangre –espetó, mirándole la tripa–. ¿De verdad piensas que iba a escoger abandonarlo?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 26

Había creído verla docenas de veces en los últimos cinco meses. Retazos de su pelo, de su cuerpo, de su rostro, en las calles de París, de Roma, incluso de Johannesburgo habían alertado a sus sentidos, solo para destruirle segundos más tarde al darse cuenta de que la mujer no era ella. Pero el cabello rubio de aquella camarera recogido en un moño desaliñado brillaba con reflejos de oro a la luz del balcón. Apartó a Tamara para verla mejor mientras recordaba la sensación de tenerlo entre sus manos.


–Max, ¿Qué ocurre? –el tono de Pedro era molesto, pero él apenas podía oírlo–. ¿Por qué miras así a esa camarera? ¿La conoces?


–Oui –musitó–. Lève la tête –añadió, deseando que levantara la cabeza para poder verla mejor, aunque ya sabía que era ella por las sensaciones que le quemaban el cuerpo. 


La había encontrado. ¡Por fin! Igual que ocurrió tanto tiempo atrás, ella obedeció su orden y sus miradas se encontraron. Ella se quedó paralizada. La sorpresa fue lo primero en aparecer en su expresión, seguida del pánico y la culpa, pero al ver a Tamara apareció otra cosa. ¿Envidia, dolor, arrepentimiento? Entonces tuvo la respuesta que había estado buscando durante cinco meses sin darse cuenta. Ella también lo deseaba aún. La bandeja cayó con un tremendo golpe al suelo, y todos los presentes, incluido él, dieron un respingo. La comida quedó derramada sobre las baldosas del suelo. Temblaba como si estuviera en trance, un trance del que no pudiera escapar. Pedro sacó la cartera del bolsillo y puso unos cuantos billetes en la mano de Tamara.


–Llama a un taxi para que te lleve a casa –dijo, guardando despacio la cartera pero sin apartar la mirada de amante.


–¿Cómo? ¡Pero bueno, Pedro, qué…!


No la escuchó, sino que echó a andar hacia Paula, devorándola con la mirada. Había algo distinto en ella. ¿Su figura, quizás? Parecía algo más regordeta, incluso más lujuriosa de lo que la recordaba. Cara dio un paso atrás y la luz le iluminó la cara. ¿De dónde habían salido esos círculos oscuros que tenía bajo los ojos?


–Paula –dijo, alzando un brazo hacia ella.


Como un joven ciervo que hubiera olido al cazador, Paula salió de su trance, dió la vuelta y entró rápidamente en el salón de baile.


–¡Paula, reviens ici! –gritó, pidiéndole que volviera, pero ya había desaparecido entre los invitados.


Se abrió paso a empujones entre la gente sin importarle las copas cuyo contenido derramase, las miradas severas o las imprecaciones que recibió, hasta que por fin vio su cabello rubio desaparecer por una de las puertas del fondo del salón en la que había un cartel que decía "Solo Personal". Había huido de él una vez. De ninguna manera iba a permitir que lo repitiera.


Paula se quitó los zapatos nada más pasar la puerta para poder correr con ellos en la mano entre los mostradores junto a los que otros camareros aguardaban a que les llenaran las bandejas. ¡Pedro estaba allí! ¡La había encontrado!


–Paula, ¿Estás bien?


Era Diana la que le había preguntado, y ella negó con la cabeza sin dejar de correr hacia las taquillas. Pedro, que estaba allí con Tamara Delinksi, una supermodelo conocida en todo el mundo a la que había reconocido de inmediato por las revistas que antes le gustaba leer, pero que durante los últimos cinco meses había evitado. Se secó la lágrima que le rodó mejilla abajo mientras seguía corriendo hacia las escaleras. «Dios, ¿por qué lloras? Estaba con otra mujer. ¡Pues claro! Seguramente habrá estado con cientos de ellas desde aquella noche, todas más guapas y exitosas que tú». Carmen Simpson, su jefa, subía por la escalera y se la encontró al bajar.


–Paula, ¿Dónde vas? ¡Quedan dos horas hasta que termine tu turno!


–Lo siento. Tengo que irme –dijo sin esperar respuesta. 


Ya no podía volver, ahora que él sabía dónde trabajaba. Consiguió llegar a las taquillas. Pedro no la seguía. ¿Por qué iba a hacerlo? Aun así, las manos se le volvieron torpes por los nervios mientras recogía el bolso, metía dentro los zapatos y se desabrochaba el delantal. Estaba poniéndose el abrigo cuando oyó pasos y una voz profunda que preguntaba:


–Paula, ¿Por qué has huido?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 25

Se abrió paso entre aquella opulenta concurrencia manteniendo la cabeza baja, agradecida por la capa de invisibilidad que le proporcionaba su uniforme de camarera y que le duraría otras seis interminables horas más.


–Pedro, querido, ¿Qué haces ahí fuera? ¡La fiesta está dentro!


Pedro dejó de contemplar el Támesis y se dió la vuelta para mirar a su acompañante, Tamara Delinski, que se acercaba a él caminando como una gata, con dos copas de champán. ¿Por qué se le habría ocurrido asistir a semejante evento atestado de gente, y pedirle a ella que lo acompañara? Seguramente pensó que podría llevársela a la cama, reconoció mientras aceptaba su copa, aunque bastó con que se subiera al coche para estar completamente seguro de que eso no iba a ocurrir. La atracción sexual que una vez sintió por ella, y por todas las demás mujeres con las que salía ocasionalmente, había desaparecido, engullida por el tornado que golpeó su vida sexual cinco meses atrás y que aún no había dejado de apagar su libido. ¿Cuándo narices iba a dejar de obsesionarse con aquella noche? Una noche que no había significado nada porque Paula Chaves había desaparecido. Había pasado meses buscándola, pero todo cuanto él y los investigadores que había contratado habían probado, les había conducido a un callejón sin salida. La mujer era un verdadero fantasma, sin familia, sin conocidos, y sobre todo, sin huella alguna en las redes sociales.


–Es la noche de San Valentín, y nunca se sabe… –Tamara le abanicó con sus pestañas super maquilladas–, podrías tener suerte si te esforzaras un poquito.


–Tomo nota –respondió, antes de beber un sorbo de champán. 


No estaba mal. No era como el mejor de Alfonso, pero aceptable. El problema era que no quería hacer el esfuerzo porque no tenía deseo alguno de que la suerte le sonriera con Tamara, a pesar de sus larguísimas piernas y aquella confianza en sí misma, que antes era para él una agradable distracción cada vez que iba a Londres de negocios. Ahora, en sus recuerdos, solo había sitio para otros suspiros y sollozos, para unos hermosos ojos azules llenos de confusión y vergüenza, para una piel húmeda que olía a flores silvestres, para unos pezones excitados esperando que él… «¡Merde! Deja de pensar en ella. Ya no está. No le interesas». Tamara le pasó un dedo por la mejilla, interrumpiendo sus pensamientos.


–Ay, Pedro. ¿Me estás escuchando siquiera?


«No, la verdad». Justo cuando iba a contestar, algo llamó su atención en el extremo más alejado del balcón. Una camarera había salido para ofrecer su bandeja de canapés a la única pareja que había allí, su lujuriosa figura apenas contenida por el uniforme. El deseo crepitó en sus nervios. ¿Era ella? ¿Podía serlo, o volvería a ser cuestión de su cabeza?

jueves, 16 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 24

Cinco meses más tarde



-Tienes que ver el fiestón que hay esta noche. Te juro que he visto más actores que en los cines de mi barrio.


–Genial.


Paula sonrió a Diana, cuyo entusiasmo en aquel último trabajo de camareras resultaría contagioso, de no estar ella tan agotada. Se subió la cremallera de la falda negra y corta que llevaba, pero no se abrochó el botón de la cinturilla. Al ponerse la camisa blanca, se encontró con que los botones parecían a punto de arrancarse de cómo le había crecido el busto. ¿Cuánto tiempo más iba a poder ocultar su estado, y qué iba a hacer cuando llegase ese día? Aquel trabajo era lo único que tenía para mantenerse a flote, pero trabajar todos los turnos que podía pedir estaba empezando a pasarle factura. Cerró con fuerza la puerta de su taquilla, se calzó los zapatos de tacón que el hotel de la zona de los muelles de Londres exigía y se llevó la mano al vientre, lo que hizo que el miedo aflojase un poco. El amor que ya sentía por aquella criatura dibujó una sonrisa en sus labios. Aquel bebé era suyo y solo suyo, algo que podría amar y atesorar como no habían hecho con ella.


–¿De cuánto estás, cariño? –preguntó Diana en voz baja.


Apartó rápidamente la mano y el miedo volvió a apretarle la garganta.


–Yo… ¿Cómo lo has sabido? –balbució.


 Diana era su amiga. No se lo diría a la jefa, ¿No?


–Porque tienes la misma expresión soñadora que tuve yo con mis dos embarazos –sonrió–. Y esa tripita cada vez pasa menos desapercibida.


–¿Tanto se me nota? –musitó, el agotamiento amenazando con derrotarla–. No puedo… no puedo permitirme perder ningún turno.


–¿No tienes a alguien que pueda echarte una mano?


Paula negó con la cabeza, agradeciéndole que no hubiera hecho la pregunta más obvia: ¿Dónde está el padre?


–Vale. Yo llevaré todas las bebidas, y tú quédate con los canapés. Pesan menos.


–Gracias –sonrió, parpadeando deprisa, emocionada.


–¿Quién sabe? Igual encuentras un sugar daddy esta noche –le dijo Diana mientras subían las escaleras de servicio que daban al salón de baile en el que se estaba celebrando San Valentín, el evento para el que las habían contratado–. Desde luego, ricos hay a porrillo.


–Ojalá –respondió Paula, obligándose a sonreír. Desde luego, había un rico al que ella no quería ver de ninguna manera.


En la cocina llenaron su primera bandeja y salió con ella. Paula se colocó su mejor sonrisa. Las personas que abarrotaban el salón de baile pertenecían a un mundo alejado del suyo. Aquel era el mundo de Pedro. Ricos, guapos, arrogantes, privilegiados. Ojalá el dolor que sentía en el pecho cada vez que pensaba en Pedro y su noche juntos pasase pronto. Había debatido mucho consigo misma sobre si decirle o no que estaba embarazada. ¿No se merecía todo hombre saber que iba a ser padre? ¿Y no se merecía cualquier niño conocer a su progenitor? A pesar de sus actos, Pedro había sido tierno con ella aquella noche, después de enterarse de que era virgen. Y sabía que sus sentimientos podían ser muy hondos, tal y como había reaccionado ante el testamento de André. Pero al pensar en su propio padre, en el modo en que la había abandonado, y el modo que Pedro también lo había hecho… Supo que había tomado la decisión correcta.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 23

Lo sorprendente del caso fue darse cuenta de que no volver a tenerla en su cama no era lo que más lamentaba. ¿Y si no volvía a ver su cara, tan abierta, tan confiada, las mejillas coloreadas por el deseo? ¿Y si nunca volvía a oír su voz? Caron dejó los documentos sobre la mesa con un golpe, que fue el que lo sacó de su ensimismamiento.


–Ha renunciado a todos sus derechos sobre esta propiedad y las demás de De la Mare –suspiró–. Mañana por la mañana presentaré los documentos ante el tribunal, y las propiedades se subastarán para pagar las deudas. Sabía que era usted implacable –añadió, acusador–, pero no me imaginaba hasta qué punto.


No podía rebatirle nada. Desde luego no era su intención que la declaración se hiciera pública, y menos aún que se filtrara a la prensa. Y tampoco había seducido a Paula teniendo en mente otros motivos, pero lo que le dijera Gabriel Caron le traía al pairo. La censura pública o privada nunca le había impedido hacer lo que quería hacer para que su negocio se expandiera y destruir a sus rivales, lo cual hacía que la sensación de acartonamiento que se le extendía por el cuerpo le estuviera resultando totalmente inexplicable e incomprensible. ¿Por qué le importaba lo que Paula pudiera pensar de él?


–Tenga –continuó el abogado, entregándole un sobre cerrado en el que iba escrito su nombre con tinta negra–. También le ha dejado esto. De un tirón se lo arrebató y lo abrió:


"Pedro, me he dado cuenta de que lo que ocurrió anoche no fue más que un medio para alcanzar un fin, y fui una inocente al pensar que podía ser otra cosa. Espero que ahora logres estar en paz con tu padre. Paula Chaves".


Soltó la misiva y se pasó las manos por el pelo. Así que creía que había estado todo planeado. Que la había seducido, rebajándose a utilizar su propio cuerpo, para hacerse con la propiedad y lograr sus ambiciones.  ¿De verdad podía pensar que lo que había ocurrido entre ellos no había sido para él tan espontáneo como para ella? Sí, su equipo legal había cometido un error garrafal, y rodarían cabezas por ello, pero ¿Por qué no se había quedado para luchar? ¿Por qué renunciar tan fácilmente? Y esa tontería sobre su padre… A él, el muy bastardo le importaba un comino. Hacía mucho que había superado su rechazo. ¿Por qué no le había creído?


–Tiene que decirme dónde ha ido –exigió al abogado.


–Ya le he dicho que no tengo ni idea. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que ella misma supiera adónde iba. He tenido que emplear todo mi poder de persuasión para que me aceptara unos cientos de dólares y que pudiera comprarse el billete de tren y sobrevivir hasta que encuentre trabajo.


–¿No tiene dinero? –preguntó, sintiendo cómo crecía su furia–. ¿Cómo es que no tiene dinero? ¿Es que no trabajaba para De la Mare? Algo debió ahorrar, ¿No?


–Hacía meses que André no la pagaba –explicó, y su rabia subió a la estratosfera–. Ese fue el argumento que utilizó para convencerla de que se casara con él. Al parecer, le dijo que podría dejarle el dinero que le debía en su testamento en forma de pensión, si era su esposa legalmente. Si yo lo hubiera sabido antes, le habría dicho que no iba a recibir pensión alguna.


–Maldito bastardo… –masculló, y salió a la puerta de la casa.


Su padre siempre había sido un cerdo. No le sorprendía lo más mínimo que hubiera sido capaz de urdir aquella patraña barata para engañar a su ama de llaves y no pagarle las mensualidades que le debía antes de morir y, de paso, impedir que él llegara a hacerse dueño del legado De la Mare. Pero si Paula no tenía un céntimo, ¿Por qué no había aceptado su ofrecimiento? ¿Y por qué había capitulado tan fácilmente con lo del testamento? Qué locura. Entendía bien lo que era el orgullo, pero no se podía comer orgullo, ni tampoco tener un techo sobre la cabeza. ¿Tan repugnante le resultaba la idea de convertirse en su amante que prefería morirse de hambre? Dejó atrás el grupo de periodistas e ignoró los flashes que le deslumbraron y las preguntas que le gritaron. Sacó el móvil del bolsillo y marcó. Al subir al coche, conectó el manos libres y comenzó a lanzar órdenes mientras daba marcha atrás para salir. Necesitaba que encontrasen a Paula Chaves. Tomó la dirección de la estación de tren. Solo le llevaba unas pocas horas de ventaja. Y mientras salía, una asfixiante sensación de culpa que no entendía del todo amenazaba con paralizarle, además de una aterradora sensación de déjà vu. La voz de su madre sonó en su cabeza… Una voz que le había perseguido en sueños durante años después de su muerte.


–«Pedro, ne t’en vas pas. Je ne peux pas vivre sans toi». «Pedro, no te vayas. No puedo vivir sin tí». 


Una Noche Inolvidable: Capítulo 22

El capataz se limitó a asentir. Pedro echó a andar hacia su coche y la furia crecía con cada paso que daba.


–Pero si tú no has dado permiso, entonces ¿Quién? –preguntó Carson, corriendo por la tierra con sus zapatos de doscientos dólares.


–No lo sé, pero lo voy a averiguar.


De un salto se subió a la furgoneta. El imbécil que hubiera hecho aquello iba a pagárselas, pero junto con la furia, era el miedo el que empujaba su estómago hacia la garganta. Paula. Nunca había sido su intención humillarla públicamente, y si los detalles de su primera noche juntos –detalles que había compartido confidencialmente con su abogado– eran ahora el centro de una tormenta mediática, era eso exactamente lo que iba a lograr. Había visto su vergüenza en el cuarto de baño, una vergüenza que no tenía sentido alguno porque era inocente. De hecho, la química entre ellos había sido tan fuerte que ninguno de los dos habría sido capaz de negarla durante mucho tiempo. Lo que había ocurrido era inevitable; inevitable y bueno para ambos. Tanto que no había podido dejar de pensar cuándo podría volver a tenerla en su cama. Apretó el volante con las manos. La recordó con las manos entrelazadas en el regazo mientras él la limpiaba con todo el cuidado y examinaba la piel enrojecida. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, el estómago se le encogió y el corazón se le subió a la garganta. Aquel era el mismo sentimiento que le había perseguido durante años después de dejar Borgoña: Culpa. Puso en marcha el coche y pisó el acelerador. Carson dió un salto cuando la arena salpicó su traje y el SUV voló por el camino hacia la carretera, en dirección a las tierras de De la Mare. En dirección a La Maison de la Lune. Y mentalmente se preparó para hacer algo que no había vuelto a hacer desde la mañana en que le dijo a su madre que se iba de Borgoña: Disculparse con una mujer. Tardó diez minutos en llegar y se encontró con que había un grupo de periodistas de una emisora local recogiendo su equipo pero, en cuanto lo vieron bajar del coche, uno de ellos corrió hacia él micrófono en mano, con el cámara pegado a sus talones. Un micrófono que le metió en la cara mientras le lanzaba una ristra de preguntas sobre su escandaloso encuentro con madame De la Mare.


–Sans commentaires –espetó, y se hizo a un lado para llamar a la puerta–. Paula, ábreme. Necesito hablar contigo.


Tras cinco agónicos minutos, la puerta se abrió y Gabriel Caron lo miró con el ceño fruncido.


–¿Usted? ¿Qué hace aquí? ¿Es que no ha causado ya bastante…


–¡Tais-toi! –le cortó, y entró en tromba–. No quiero darles a esos parásitos más de lo que hablar –continuó.


–Su repentino deseo de discreción me resulta difícil de creer –replicó el abogado–. Teniendo en cuenta el daño que ha causado ya…


–¿Dónde está Paula? –preguntó sin prestarle más atención.


Entró en el zaguán y de golpe notó un vacío que no había estado la noche anterior. ¿Dónde estaba el calor, los toques de personalidad y hospitalidad que había percibido al entrar? ¿Las flores naturales en el jarrón? ¿El perfume a lavanda y romero? ¿El aroma erótico que era la propia Paula y que le había vuelto completamente loco?


–¿Paula? –gritó de nuevo–. Deja de esconderte. Tenemos que hablar.


–Se ha marchado –lo interrumpió, y sonó a acusación teñida de tristeza–. Se ha marchado esta mañana antes de que llegaran los periodistas, gracias a Dios.


–¿Dónde se ha ido?


–No lo sé, pero ha dejado esto para usted.


Y le ofreció unos documentos que parecían oficiales. Pedro se guardó las manos en los bolsillos con el ceño fruncido. No quería aceptarlos. ¿Paula se había ido? ¿Sin ponerse en contacto con él? ¿Sin darle ocasión de explicarse?


–Tenga. Es lo que usted quería –le acusó abiertamente.


Pedro sintió una punzada de remordimiento en el estómago. Contuvieran lo que contuviesen aquellos documentos, no era el resultado que tenía planeado. ¿Y si nunca podía volver a tenerla en los brazos? ¿Y si ya no oía nunca más sus suspiros? ¿Y si no sentía su cuerpo pegado al suyo?