—¿Cómo se juega, exactamente? —preguntó Pedro, mientras Paula se reía de lo que había dicho su hermano.
—Es el juego de los pósits La categoría es la de los mejores personajes malos de Disney.
Paula explicó las reglas. Cada uno de los jugadores se pegaba una nota en la frente con un nombre que no conocía y que tenía que adivinar con la información que obtuviera haciendo preguntas a los demás.
Aunque Pedro nunca había jugado, se divirtió mucho, lo cual no era sorprendente. Sin embargo, sí le sorprendió el hecho de darse cuenta de Gonzalo y Rodrigo eran hombres de los que, probablemente, querría ser amigo. Para él, por algún motivo, estaba bien enamorarse de Paula, pero el hecho de que le cayeran bien Gonzalo y Rodrigo… Iba a tardar mucho más tiempo en acostumbrarse a eso.
Paula observó a Pedro con más atención que antes. Ella quería arriesgarse y sentirse completamente viva, pero, algunas veces, eso daba miedo. Cuando había despertado del coma, su mundo era muy pequeño, y estaba orgullosa de haberlo expandido con la ayuda de Pedro. Sin embargo, había muchas cosas que no sabía de él. Cosas que antes no tenían importancia, pero, ahora, sí. Rodrigo y ella sirvieron una ronda de bebidas en la cocina y fueron al salón para continuar el juego. Se sentó junto a Pedro y sonrió. Él le apretó suavemente la pierna y le devolvió la sonrisa.
—Eh, tú —dijo Melisa, volviéndose hacia Gonzalo—. Woody no es uno de los malos.
Gonzalo se encogió de hombros y sonrió.
—Hace muchas cosas para librarse de Buzz. No es tan heroico.
—No es eso lo que yo estaba pensando.
—Siento que no lo hayas adivinado, nena —dijo Gonzalo.
La abrazó y le dió un beso.
—Creo que deberíamos parar antes de que las cosas se pongan más intensas —dijo Vanina—. ¿Qué otros juegos tienes?
—El Monopoly. Lo he visto en la repisa —dijo Gonzalo.
—No voy a jugar al Monopoly contigo —respondió Paula—. Te pones muy borde cuando jugamos.
—Entonces, ¿Qué les parece el uno, o un karaoke? —sugirió Pedro.
—Uy, se me da fatal cantar —dijo Rodrigo.
—No tiene por qué dársete bien —respondió Melisa—. ¡Sí, vamos a jugar al karaoke!
Todo el mundo estuvo de acuerdo, y Pedro ayudó a Paula a conectar los micrófonos a la televisión.
—Esta noche está siendo más divertida de lo que pensaba — murmuró Pedro, con una voz suave y melancólica.
—Me alegro, pero ¿Por qué pensabas que no iba a ser divertida?
—Estoy acostumbrado a las fiestas de casa de mi tía. Muchas conversaciones triviales y camareros con bandejas… Esto es… Bueno, más hogareño.
—Sí, lo que mejor se nos da es lo hogareño.
Él enarcó una ceja.
—Las grandes fiestas que se celebran en Chaves Manor no parece hogareñas.
Ella asintió.
—No, no lo son. Son eventos sociales que se celebran para el pueblo, por la empresa. Me refiero a las noches como esta, en la que solo estamos los tres… Y, ahora, nuestros compañeros. Estas son las mejores.
Él la abrazó por la cintura.
—¿Yo soy tu compañero? —le preguntó, con la voz enronquecida.
Ella le puso la mano en la barbilla.
—Creo que sí. Me refiero, hasta que…
Él la besó para impedir que siguiera hablando, y eso la preocupó. Cuando él levantó la cabeza, la miró con pesar.
—Lo siento. No puedo explicarte nada ahora, pero estar aquí sentado con tu familia me ha dado una visión de algo que no sabía que echase en falta.
—Me alegro de saber eso —dijo ella, suavemente—. Estaba presionándote para que hablaras, pero entiendo que no puede ser ahora.
—Yo estoy dispuesto a mirar para un lado durante unos minutos si van a besarse, no estoy seguro de que pueda soportarlo —dijo Gonzalo.
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