martes, 30 de septiembre de 2025

Inevitable: Capítulo 10

 —Entiendo…


Pedro tomó un sorbo de café. Paula tenía unos esquíes de Julián y hasta unos viejos patines de hockey. Llevaban quince años en el cobertizo, pero no había tenido valor para tirarlos. Y si él podía usarlos para pasar un buen rato, ¿Por qué no?


—Conservo algunas cosas de mi marido. Botas para la nieve, esquíes de travesía…


—No hace falta. Si me dices dónde puedo comprar todas esas cosas…


Ella asintió con la cabeza.


—Entiendo que no te sientas cómodo con las cosas de Julián.


—No, no es eso. Es que pensé que a tí no te gustaría prestármelas.


Pedro estaba mirándola fijamente. No sonreía, pero su expresión no era antipática. No, empezaba a entender que lo que antes había tomado por cierta frialdad era una madura aceptación de las cosas. Aunque era demasiado joven para eso. Demasiado joven… Para todo. Ella había estado casada, había criado a su hija, sabía qué esperar de la vida y lo había aceptado. Él, sin embargo, tenía toda la vida por delante. Pero cuando lo miraba a los ojos, como en aquel momento, todo eso dejaba de tener importancia. A pesar de no conocerse de nada, tenía la impresión de que se parecían. Había algo en él que eliminaba la diferencia de edad.


—En el cobertizo no le valen a nadie para nada. No me importa que las uses, de verdad…


—En ese caso… Te lo agradecería mucho, Paula.


Había usado su nombre de pila otra vez, y eso la hacía sentir como si estuvieran atravesando la barrera entre cliente y propietaria. Como si fueran otra cosa. Lo cual era ridículo, claro. Paula se sirvió un poco más de café. Se alegraba de que Pedro fuera a usar las cosas de su marido. Le había costado muchos años olvidar a Julián, aunque la pena no había desaparecido del todo. Ni el sentimiento de culpa por haber seguido adelante con su vida. Sofía asomó la cabeza en el salón en ese momento.


—Me había parecido oler a café…


Paula se alegró de la interrupción. 


—Tendrás que ir a buscar una taza a la cocina.


Su hija salió corriendo, como solía hacer.


—Tiene mucha energía —comentó Pedro.


—Tiene dieciocho años —le recordó ella.


—Lo dices como si tú fueras una anciana.


Paula soltó una carcajada.


—Bueno, estoy más cerca de serlo de lo que tú crees.


Pedro dejó la taza sobre la mesa y apoyó los codos en las rodillas.


—De eso nada. Tú no eres mayor.


El pulso de Paula se aceleró. ¿Mayor para qué, para él? Quizá Pedro tuviera costumbre de tontear con las mujeres, quizá fuera algo que hacía sin darse cuenta.


—Soy lo bastante mayor como para tener una hija adolescente de la que preocuparme.


Sofía apareció de nuevo con su taza y se sirvió un café, sin percatarse de la tensión que había en el ambiente.


—Ya he terminado el trabajo de Historia. Se está imprimiendo ahora mismo.


—Muy bien —sonrió Paula.


—Las vacaciones habrían sido mucho más divertidas si hubiera podido salir, en lugar de estar aquí encerrada escribiendo sobre la guerra de 1812.


—¿Qué se puede hacer aquí para pasarlo bien? —preguntó Pedro.


—Pues…


Sofía vaciló, mirando a su madre. A lo mejor empezaba a entender que lo que había hecho era muy serio. Y que a un policía no le gustaría nada, pensó Paula.


—Salir con gente de mi edad y esas cosas —dijo su hija por fin—. La verdad es que aquí no hay mucho que hacer. Sólo podemos ir a la tienda.


—¿La tienda?


—De alimentación —contestó Paula por ella—. Los chicos del pueblo se reúnen allí para tomar refrescos y charlar. Aquí ni siquiera tenemos un cine.


—Entonces debe de ser muy aburrido. 

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