martes, 5 de mayo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 40

El vestido no disimulaba su barriguita, y aunque no se avergonzaba de su embarazo, se había sentido como si llevara un cartel de boda de penalti. Pero cuando Pedro se llevó su mano a los labios, el miedo pasó a ser algo casi visceral, porque en aquel segundo, con su mirada recorriéndola, se había sentido hermosa y apreciada por primera vez en su vida… Algo aterrador para ella, porque no podía ser verdad. Pero lo que la aterraba aún más era lo mucho que había querido estar guapa para él. Se miró en el espejo. No podía hacer eso. No debía. Porque sabía lo que ocurriría si se permitía pensar que cambiar su esencia, quien ella era como persona, significaría que podría lograr que un hombre como Pedro llegara a sentir de verdad algo por ella. Y eso no iba a ocurrir. En ocasiones anteriores ya había intentado cambiar. Cuando vivía con las familias de acogida, e incluso con su padre cuando, siendo niña, presintió que la iba a abandonar… Y, por supuesto, no funcionó. Nunca funcionaba. Respiró hondo y oyó a Antonia canturrear mientras preparaba el baño. «Por amor de Dios, Paula, anímate». Entre el perfume de lavanda y rosa que salía del cuarto de baño, reconoció la música que tarareaba: la melodía sensual de su primer vals. Con ese recuerdo le llegó el del salón de baile, iluminado por cientos de velas y adornado con ramos de flores frescas. Y ese vals con Pedro, rodeada por sus brazos… ¿Cómo podía haber logrado que se sintiera tan estimada, tan adorada, cuando nada de todo aquello era real? Enterró aquellos pensamientos. Tenía que ser realista, o acabaría destrozada como cuando era niña. Iba a tomar el cepillo de pesada plata que había en el tocador y su mano se chocó con la de Antonia, que se lo dió.


–Puedo cepillarle el cabello, madame, si lo desea.


Paula sonrió a la joven en el espejo, una joven que era mucho más sofisticada que ella.


–¿Le parece bien que lo haga yo?


–Por supuesto –sonrió–. ¿Quiere que me vaya mientras se baña?


Paula asintió, desesperada por quedarse un rato a solas. Tenía que poner sus pensamientos en orden antes de que… Bueno, antes de que Pedro llegara aquella noche a su alcoba, si es que lo hacía.


–¿Quiere que vuelva para ayudarla a prepararse para su noche de bodas? –preguntó directamente.


–Creo que podré hacerlo yo sola –contestó, muerta de vergüenza–, pero muchas gracias por tu ayuda esta noche, Antonia.


La sonrisa de la doncella le hizo parecer muy joven.


–De nada, madame. Creo que monsieur Alfonso ha elegido muy bien a su esposa.


Antes de marcharse, la doncella dejó una prenda de encaje tan fino como una gasa sobre la cama.


–La couturière ha dejado esto para usted, pero a juzgar por cómo no ha dejado de mirarla monsieur Alfonso toda la velada, pienso que no va a necesitarlo mucho tiempo.


–Eh… Gracias, Antonia–respondió, ardiéndole las mejillas y el pulso entre las piernas, que en ningún momento desaparecía del todo, se recrudeció.


En el baño había una preciosa bañera de patas frente al ventanal por el que se adivinaban los viñedos en la oscuridad. Se quitó la bata y se sumergió en aquella agua fragante, pero mientras intentaba relajar los músculos tensos y cansados de aquel día y de la tensión de las últimas semanas, el dolor palpitante entre sus muslos se intensificó al mismo ritmo que el miedo. Ya había perdido mucho de sí misma durante el evento de aquella tarde. Si al menos tuviese más experiencia. ¿Debía correr el riesgo de acostarse con Pedro? ¿Se veía capaz de negarse ese placer? Y si acudía junto a ella, ¿Cómo no olvidar que aquel matrimonio era de conveniencia y no por amor?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 39

Aquella boda era una charada necesaria para sus negocios, la prensa y su estatus personal en la comunidad, pero mientras devoraba con la mirada a la mujer increíble que avanzaba por el pasillo, a cada momento le era más y más difícil ceñirse al guion que había escrito con sumo cuidado para sí mismo cuando organizaba todo aquello. Reparó en que los nudillos de la mano con que sostenía el delicado ramo palidecían, lo que le recordó que, además de estar exquisitamente bella, su mujer también estaba extremadamente nerviosa. Intentó calmar su respiración y hubo de admitir que su insistencia en aquella ceremonia no era tan pragmática como quería creer. No había elegido personalmente el vestido, pero se alegró de que la modista no hubiera intentado disimular su embarazo. El bebé era un hecho. Un hecho que ninguno de los dos podía ignorar. Y aunque no había querido que el informe que había presentado sus abogados se hiciera público, se alegraba de que todo el mundo supiera que su padre no la había tocado. Que aunque el viejo bastardo se había casado con ella antes, nunca había conocido los placeres de su hermoso cuerpo. Puede que la gente pensara que se casaba con ella solo porque estaba embarazada y, hasta aquel momento, él había intentado convencerse de lo mismo. Pero cuando Paula levantó su cara por fin y lo miró, no le quedó más remedio que reconocer la necesidad biológica que nunca había sido capaz de contener. «Mía». Cuando Gabriel puso la mano de Paula en la suya, temblaba. Se la llevó a los labios y la besó.


–No temas, Paula. Esto terminará pronto y podremos programar el sexo.


Pretendía que fuera una broma para aliviar la tensión, pero cuando el sonrojo hizo arder sus mejillas, y su entrepierna sintió una sacudida, supo que el chiste era a su costa. Cuando el sacerdote impartió la bendición final y le dió permiso para besar a la novia, aquella primitiva necesidad arrasó su torrente sanguíneo como si fuera un ente vivo, y al tomar a Paula entre sus brazos y conquistar su boca con un beso incendiario, la audiencia y las razones que habían propiciado aquella ceremonia desaparecieron de su consciencia. Lo único que podía oler era su delicado perfume floral y el almizcle de su excitación; lo único que pudo comprender fue la sensación de su cuerpo suave y reactivo rindiéndose al suyo. Y lo único que quiso hacer fue marcarla como suya del modo más básico imaginable, y tan pronto como fuera humanamente posible.


-Ha sido usted una novia preciosa, madame.


–Gracias, Antonia –respondió Paula mientras su nueva doncella le quitaba las horquillas que sostenían su elaborado peinado.


Estaba cansada y contenta de que las festividades, al menos en las que se esperaba que ella participase, hubieran terminado. Cuando el último mechón quedó suelto, suspiró.


–¿Quiere que le prepare un baño? –sugirió Antonia.


–Sería maravilloso –le contestó, aunque aún no se había acostumbrado a que alguien la sirviera.


El batallón de estilistas que habían llegado para prepararla para la boda habían hecho un trabajo espectacular. Al menos no había desdicho en el papel de la esposa sofisticada de Pedro, aunque lo cierto es que había sentido auténtico terror caminando hacia el altar del brazo de Gabriel.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 38

 –Sí, pero necesitamos celebrarlo para que pueda presentarte como mi esposa. Hay una capilla aquí que se ha preparado para el evento y el personal de cocina ha preparado un banquete nupcial en el gran salón.


¿Un banquete?


–Pero yo…


–No te preocupes. La estilista me ha asegurado que hay un vestido adecuado en tu guardarropa.


¿Ah, sí? ¿Sería uno de los muchos que se había probado? ¿Por qué nadie le había dicho que era un vestido de boda? Le presentó a algunos de sus empleados de más tiempo, a los que Paula saludó con un apretón de manos y unas palabras en su escueto francés. Todo aquello le estaba resultando verdaderamente surrealista. El château era impresionante de arriba abajo. Salones y estancias de mobiliario antiguo y con una selección de piezas modernas. Una escalera en curva por la que ascendieron al primer piso y, al llegar a una serie de habitaciones espaciosas, luminosas y también maravillosamente amuebladas –sus habitaciones, al parecer–, le presentó a la obstetra y a dos enfermeras que había hecho desplazarse desde París.


–Espera, Pedro –dijo cuando vió que se daba la vuelta–. ¿Va a haber mucha gente en el banquete?


–Solo algunos dignatarios locales, amigos y colegas. No más de cien en total.


¿Cien personas? Empezaba a sentirse enferma, pero él se echó a reír.


–No te preocupes –dijo, intentando calmarla y poniendo la mano en su mejilla–. Habrá terminado antes de que te des cuenta.


¿Y entonces, qué? ¿Consumarían el matrimonio? No es que esa cuestión la obsesionara… Demasiado. «Deja de preocuparte por el sexo. Asistir a un banquete nupcial con cien personas ya es bastante inquietante».


–Pero yo… Yo no tengo experiencia en esa clase de eventos – respondió.


–No te asustes, Paula –la besó en la frente–. Mi asistente, Juan, ha invitado a Gabriel Caron para que asista por tu parte, así que habrá un rostro familiar. Y como esposa mía, tienes que ir acostumbrándote a esa clase de eventos.


¿Ah, sí? No tenía ni idea de que esperase que se comportara como una esposa real. Pensaba que simplemente iba a vivir allí hasta que naciera el bebé.


–Pero… Es que yo…


Ya no le dió más explicaciones. Se limitó a acercarse a ella y besarla en la boca, silenciándola. El beso empezó delicado, pero fue cobrando firmeza, fuerza, persuasión. Ella respondió con pasión por instinto, y el deseo sepultó su cuerpo con sus olas ondulantes e imparables. Jadeaba, temblaba de necesidad.


–No tengas miedo, Paula. No me separaré de tí en cuanto la ceremonia empiece –dijo, mirándola con tanta intensidad que su mirada parecía quemar.


Y se quedó en la puerta de sus habitaciones viendo cómo se alejaba mientras la pasión que con tanta facilidad despertaba en ella seguía sacudiendo su cuerpo. Una cosa sí era segura: Tener a Pedro a su lado en la ceremonia, no iba a calmarle los nervios ni lo más mínimo.


–Ta femme est très belle, Pedro.


Sergio, su padrino y capataz de la finca, hizo aquel comentario en voz baja, y Pedro se dió la vuelta con el Cannon de Pachelbel como telón de fondo. Paula avanzaba por el pasillo central de la capilla, del brazo de Gabriel Caron, la cabeza baja, concentrada en avanzar con cuidado con aquel sencillo pero maravilloso vestido de seda cuyo color pasaba del dorado al rosa a la luz de cientos de velas. Su melena rubia iba peinada en bucles, adornados con flores azules del color de sus ojos. No llevaba velo. El aire se le volvió sólido en los pulmones, un calor le invadió el cuerpo como un fuego salvaje y el orgullo y el sentido de posesión fueron como la ola de la marea. «Mía».

Una Noche Inolvidable: Capítulo 37

La cabalgata de los enormes SUV negros coronó la colina y la casa de Pedro apareció en la distancia. La arquitectura de piedra de Château Alfonso, en cuya renovación se había gastado una fortuna, dominaba la escena, una declaración del poder y la riqueza del hombre con el que acababa de casarse en una breve ceremonia civil en el ayuntamiento de Auxerre. Dejaron atrás la cancela de hierro que cerraba los altos muros de piedra, varios edificios de ladrillo y un delicioso jardín exquisitamente cuidado. La casa… Bueno, la mansión quedaba al final del camino, tres plantas con elegantes ventanas rematadas en arco con contraventanas verde pálido, con glicinia y hiedra trepando aquí y allá, en vivo contraste con los balcones de hierro forjado, el tejado rojo y las torretas que remataban las esquinas y que le conferían el aspecto de un castillo a la espera de su rey. A hurtadillas miró a su marido, que estaba ocupado hablando por el móvil en un rápido francés. Pedro no era rey por nacimiento, pero podía encajar en el papel a la perfección. ¿De verdad habían pasado solo diez días desde que había accedido a casarse con él?


 Los días se habían fundido en uno solo, una sucesión de reuniones: Con el equipo legal de Pedro para dar los toques finales al acuerdo prenupcial, escrupulosamente justo. Con un equipo de estilistas. Con una modista que le había preparado un nuevo y completo guardarropa en tiempo récord. Y con Diana para despedirse. Diana, que la había mirado con los ojos de par en par cuando le dijo con quién se casaba. Pero, por las noches, echaba terriblemente de menos a Pedro. Se sentía sola y confusa en aquella lujosa suite, en la que tenía tiempo de sobra para darle vueltas a todo lo ocurrido, en particular a su cara de angustia al ver al bebé en la ecografía. Sacó del bolsillo de su pantalón de lino –parte del hermoso vestuario que había llegado el día anterior– el nuevo teléfono que uno del montón de ayudantes de él le había entregado, y miró la hora para intentar situarse y deshacerse de la tensión que tenía en el pecho desde que se había bajado del jet privado de Pedro en el aeropuerto y lo había encontrado a él esperándola en la pista. Las dos de la tarde. Respiró hondo y miró por la ventanilla del coche cuando entraba a un patio que quedaba al lado del palacio. Pudo ver una enorme piscina sombreada por árboles, en el extremo más alejado del césped inmaculado que partía de la terraza de atrás del château. El coche se detuvo y Pedro dió por terminada su llamada. Bajó del coche, habló con uno de sus asistentes y abrió la puerta antes de que ella hubiera tenido ocasión de hacerlo.


–Bienvenida a Château Alfonso, Paula –dijo con una sonrisa distraída.


A una señal suya, dos empleados del personal uniformado de la casa que aguardaba ante la puerta para recibirlos, se apresuraron a abrir el maletero y empezar a sacar su equipaje, ahora elegantemente guardado en unas maletas que llevaban sus iniciales: PCA. Paula Chaves Alfonso.


–Tu nueva obstetra francesa y su equipo esperan para hacerte una revisión –dijo, y poniéndole una mano en la espalda, la dirigió hacia las escaleras de entrada.


–Pero si ayer tuve revisión con la doctora Karim.


–Es solo una formalidad –murmuró, acariciándole la espalda–. Cuando haya hecho lo que tenga que hacer, lo mejor será que descanses en tus habitaciones antes de esta noche.


¿Sus habitaciones? ¿Es que necesitaba más de una? ¿Y qué iba a pasar aquella noche? ¿Se refería a consumar su matrimonio? Consultó el reloj.


–¿A las seis te parece bien?


–¿Estás estableciendo un horario para el sexo?


La pregunta se le escapó antes de que pudiera impedirlo. Él sonrió de un modo extraño, pero la intensidad de su mirada la sonrojó.


–Me refería a la boda, Paula –dijo, indudablemente excitado por la mención del sexo.


–Ah, ya… Entiendo –nunca se había sentido más torpe, estúpida y necesitada–. ¿Es que aún no estamos casados?