martes, 30 de septiembre de 2025

Inevitable: Capítulo 11

 —Sí, bueno… La verdad es que me alegro mucho de que Sofía vaya al colegio en Edmonton. Allí hay muchas cosas interesantes.


Su hija levantó la cabeza, sorprendida por tal declaración. Pero era verdad. Sabía que en Edmonton habría más peligros para una adolescente y le gustaría estar a su lado para protegerla, pero también oportunidades de ver museos, ir al cine, al teatro… Paula fue a tomar la jarra de la leche y comprobó que estaba vacía.


—Voy a buscar más. Vuelvo enseguida.


Pedro esperó hasta que salió del salón para mirar a Jennifer.


—Tengo la impresión de que tu madre y tú acaban de tener una conversación silenciosa…


—Sí, bueno… ¿Cómo lo sabes?


—Yo también tengo una madre. Una que veía más de lo que yo creía.


—Mi madre lo ve todo… —suspiró Jen.


—¡Ah! Entonces yo tenía razón. Parece que detrás de esto hay una historia. ¿Te has metido en algún lío?


La chica apretó los labios.


—Eres policía. Si me hubiera metido en algún lío, no te lo contaría precisamente a tí, ¿No?


Pedro asintió con la cabeza. Cuando levantaba la barbilla con ese gesto obstinado se parecía mucho a su madre.


—No estoy aquí para detenerte, ya veces, una persona imparcial viene muy bien.


—¿Por qué no le preguntas a mi madre?


—Porque te estoy preguntando a tí. O quizá porque a lo mejor me hice policía para ayudar a la gente.


Sofía miró su taza, nerviosa.


—El año pasado me metí en un lío…


—¿Qué clase de lío?


—Me pillaron con drogas —contestó ella.


—¿Estabas fumando algo?


Pedro tuvo cuidado de preguntar con suavidad, sin censura. 


—No… Bueno, ya había probado un porro o dos, como todo el mundo, pero no me gustaron. Y yo no las vendía ni nada.


—No las usabas y no las vendías. ¿Entonces se las pasaste a alguien?


—Algo así.


—¿Te pillaron cuando hacías de mensajera?


—Sí… —suspiró Sofía—. Sé que está mal, pero sólo era marihuana. Mi madre se puso como una loca y luego me envió a Edmonton. Según ella, me vendría bien un cambio de ambiente.


Evidentemente, a Sofía no le gustaba que la hubiese mandado a Edmonton, pero su trabajo no consistía en poner paz entre Paula y su hija. Cinco minutos más, y podría conseguir lo que necesitaba: Una identificación.


—¿Para quién lo hiciste, Sofía? ¿Para un novio? ¿Alguien te amenazó si no lo hacías?


La chica negó con la cabeza.


—No, no, Pablo no era mi novio. Es… La persona a la que todo el mundo le pide cosas. Los sábados, cuando no puedes ir a Sundre, vas a ver a Pablo y él tiene de todo.


Pedro apretó los dientes. Marihuana, cannabis… Parecía algo sin importancia, pero podía ser el principio del fin para muchos adolescentes.


—¿Alcohol y drogas blandas? —preguntó, como con cierto desinterés.


Seguramente la gente de allí consideraba a Pablo Harding una simple oveja negra, pero era mucho más. Eso si era el hombre al que le habían enviado a buscar.


—Empezó siendo algo divertido, pero luego me daba miedo y ya no sabía cómo decir que no —siguió contándole Sofía—. Pero la verdad es que me alegro de que me pillaran, porque ahora todo ha terminado. Yo no quería darle ese disgusto a mi madre… —de repente, la chica lo miró con expresión asustada—. No vas a decirle nada, ¿Verdad? Ahora que mi madre y yo no discutimos casi nunca…


—No te preocupes, no voy a decir nada.


—¿Seguro?


—Seguro. Como te he dicho antes, mi trabajo consiste en ayudar a la gente. 

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