martes, 5 de mayo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 40

El vestido no disimulaba su barriguita, y aunque no se avergonzaba de su embarazo, se había sentido como si llevara un cartel de boda de penalti. Pero cuando Pedro se llevó su mano a los labios, el miedo pasó a ser algo casi visceral, porque en aquel segundo, con su mirada recorriéndola, se había sentido hermosa y apreciada por primera vez en su vida… Algo aterrador para ella, porque no podía ser verdad. Pero lo que la aterraba aún más era lo mucho que había querido estar guapa para él. Se miró en el espejo. No podía hacer eso. No debía. Porque sabía lo que ocurriría si se permitía pensar que cambiar su esencia, quien ella era como persona, significaría que podría lograr que un hombre como Pedro llegara a sentir de verdad algo por ella. Y eso no iba a ocurrir. En ocasiones anteriores ya había intentado cambiar. Cuando vivía con las familias de acogida, e incluso con su padre cuando, siendo niña, presintió que la iba a abandonar… Y, por supuesto, no funcionó. Nunca funcionaba. Respiró hondo y oyó a Antonia canturrear mientras preparaba el baño. «Por amor de Dios, Paula, anímate». Entre el perfume de lavanda y rosa que salía del cuarto de baño, reconoció la música que tarareaba: la melodía sensual de su primer vals. Con ese recuerdo le llegó el del salón de baile, iluminado por cientos de velas y adornado con ramos de flores frescas. Y ese vals con Pedro, rodeada por sus brazos… ¿Cómo podía haber logrado que se sintiera tan estimada, tan adorada, cuando nada de todo aquello era real? Enterró aquellos pensamientos. Tenía que ser realista, o acabaría destrozada como cuando era niña. Iba a tomar el cepillo de pesada plata que había en el tocador y su mano se chocó con la de Antonia, que se lo dió.


–Puedo cepillarle el cabello, madame, si lo desea.


Paula sonrió a la joven en el espejo, una joven que era mucho más sofisticada que ella.


–¿Le parece bien que lo haga yo?


–Por supuesto –sonrió–. ¿Quiere que me vaya mientras se baña?


Paula asintió, desesperada por quedarse un rato a solas. Tenía que poner sus pensamientos en orden antes de que… Bueno, antes de que Pedro llegara aquella noche a su alcoba, si es que lo hacía.


–¿Quiere que vuelva para ayudarla a prepararse para su noche de bodas? –preguntó directamente.


–Creo que podré hacerlo yo sola –contestó, muerta de vergüenza–, pero muchas gracias por tu ayuda esta noche, Antonia.


La sonrisa de la doncella le hizo parecer muy joven.


–De nada, madame. Creo que monsieur Alfonso ha elegido muy bien a su esposa.


Antes de marcharse, la doncella dejó una prenda de encaje tan fino como una gasa sobre la cama.


–La couturière ha dejado esto para usted, pero a juzgar por cómo no ha dejado de mirarla monsieur Alfonso toda la velada, pienso que no va a necesitarlo mucho tiempo.


–Eh… Gracias, Antonia–respondió, ardiéndole las mejillas y el pulso entre las piernas, que en ningún momento desaparecía del todo, se recrudeció.


En el baño había una preciosa bañera de patas frente al ventanal por el que se adivinaban los viñedos en la oscuridad. Se quitó la bata y se sumergió en aquella agua fragante, pero mientras intentaba relajar los músculos tensos y cansados de aquel día y de la tensión de las últimas semanas, el dolor palpitante entre sus muslos se intensificó al mismo ritmo que el miedo. Ya había perdido mucho de sí misma durante el evento de aquella tarde. Si al menos tuviese más experiencia. ¿Debía correr el riesgo de acostarse con Pedro? ¿Se veía capaz de negarse ese placer? Y si acudía junto a ella, ¿Cómo no olvidar que aquel matrimonio era de conveniencia y no por amor?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 39

Aquella boda era una charada necesaria para sus negocios, la prensa y su estatus personal en la comunidad, pero mientras devoraba con la mirada a la mujer increíble que avanzaba por el pasillo, a cada momento le era más y más difícil ceñirse al guion que había escrito con sumo cuidado para sí mismo cuando organizaba todo aquello. Reparó en que los nudillos de la mano con que sostenía el delicado ramo palidecían, lo que le recordó que, además de estar exquisitamente bella, su mujer también estaba extremadamente nerviosa. Intentó calmar su respiración y hubo de admitir que su insistencia en aquella ceremonia no era tan pragmática como quería creer. No había elegido personalmente el vestido, pero se alegró de que la modista no hubiera intentado disimular su embarazo. El bebé era un hecho. Un hecho que ninguno de los dos podía ignorar. Y aunque no había querido que el informe que había presentado sus abogados se hiciera público, se alegraba de que todo el mundo supiera que su padre no la había tocado. Que aunque el viejo bastardo se había casado con ella antes, nunca había conocido los placeres de su hermoso cuerpo. Puede que la gente pensara que se casaba con ella solo porque estaba embarazada y, hasta aquel momento, él había intentado convencerse de lo mismo. Pero cuando Paula levantó su cara por fin y lo miró, no le quedó más remedio que reconocer la necesidad biológica que nunca había sido capaz de contener. «Mía». Cuando Gabriel puso la mano de Paula en la suya, temblaba. Se la llevó a los labios y la besó.


–No temas, Paula. Esto terminará pronto y podremos programar el sexo.


Pretendía que fuera una broma para aliviar la tensión, pero cuando el sonrojo hizo arder sus mejillas, y su entrepierna sintió una sacudida, supo que el chiste era a su costa. Cuando el sacerdote impartió la bendición final y le dió permiso para besar a la novia, aquella primitiva necesidad arrasó su torrente sanguíneo como si fuera un ente vivo, y al tomar a Paula entre sus brazos y conquistar su boca con un beso incendiario, la audiencia y las razones que habían propiciado aquella ceremonia desaparecieron de su consciencia. Lo único que podía oler era su delicado perfume floral y el almizcle de su excitación; lo único que pudo comprender fue la sensación de su cuerpo suave y reactivo rindiéndose al suyo. Y lo único que quiso hacer fue marcarla como suya del modo más básico imaginable, y tan pronto como fuera humanamente posible.


-Ha sido usted una novia preciosa, madame.


–Gracias, Antonia –respondió Paula mientras su nueva doncella le quitaba las horquillas que sostenían su elaborado peinado.


Estaba cansada y contenta de que las festividades, al menos en las que se esperaba que ella participase, hubieran terminado. Cuando el último mechón quedó suelto, suspiró.


–¿Quiere que le prepare un baño? –sugirió Antonia.


–Sería maravilloso –le contestó, aunque aún no se había acostumbrado a que alguien la sirviera.


El batallón de estilistas que habían llegado para prepararla para la boda habían hecho un trabajo espectacular. Al menos no había desdicho en el papel de la esposa sofisticada de Pedro, aunque lo cierto es que había sentido auténtico terror caminando hacia el altar del brazo de Gabriel.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 38

 –Sí, pero necesitamos celebrarlo para que pueda presentarte como mi esposa. Hay una capilla aquí que se ha preparado para el evento y el personal de cocina ha preparado un banquete nupcial en el gran salón.


¿Un banquete?


–Pero yo…


–No te preocupes. La estilista me ha asegurado que hay un vestido adecuado en tu guardarropa.


¿Ah, sí? ¿Sería uno de los muchos que se había probado? ¿Por qué nadie le había dicho que era un vestido de boda? Le presentó a algunos de sus empleados de más tiempo, a los que Paula saludó con un apretón de manos y unas palabras en su escueto francés. Todo aquello le estaba resultando verdaderamente surrealista. El château era impresionante de arriba abajo. Salones y estancias de mobiliario antiguo y con una selección de piezas modernas. Una escalera en curva por la que ascendieron al primer piso y, al llegar a una serie de habitaciones espaciosas, luminosas y también maravillosamente amuebladas –sus habitaciones, al parecer–, le presentó a la obstetra y a dos enfermeras que había hecho desplazarse desde París.


–Espera, Pedro –dijo cuando vió que se daba la vuelta–. ¿Va a haber mucha gente en el banquete?


–Solo algunos dignatarios locales, amigos y colegas. No más de cien en total.


¿Cien personas? Empezaba a sentirse enferma, pero él se echó a reír.


–No te preocupes –dijo, intentando calmarla y poniendo la mano en su mejilla–. Habrá terminado antes de que te des cuenta.


¿Y entonces, qué? ¿Consumarían el matrimonio? No es que esa cuestión la obsesionara… Demasiado. «Deja de preocuparte por el sexo. Asistir a un banquete nupcial con cien personas ya es bastante inquietante».


–Pero yo… Yo no tengo experiencia en esa clase de eventos – respondió.


–No te asustes, Paula –la besó en la frente–. Mi asistente, Juan, ha invitado a Gabriel Caron para que asista por tu parte, así que habrá un rostro familiar. Y como esposa mía, tienes que ir acostumbrándote a esa clase de eventos.


¿Ah, sí? No tenía ni idea de que esperase que se comportara como una esposa real. Pensaba que simplemente iba a vivir allí hasta que naciera el bebé.


–Pero… Es que yo…


Ya no le dió más explicaciones. Se limitó a acercarse a ella y besarla en la boca, silenciándola. El beso empezó delicado, pero fue cobrando firmeza, fuerza, persuasión. Ella respondió con pasión por instinto, y el deseo sepultó su cuerpo con sus olas ondulantes e imparables. Jadeaba, temblaba de necesidad.


–No tengas miedo, Paula. No me separaré de tí en cuanto la ceremonia empiece –dijo, mirándola con tanta intensidad que su mirada parecía quemar.


Y se quedó en la puerta de sus habitaciones viendo cómo se alejaba mientras la pasión que con tanta facilidad despertaba en ella seguía sacudiendo su cuerpo. Una cosa sí era segura: Tener a Pedro a su lado en la ceremonia, no iba a calmarle los nervios ni lo más mínimo.


–Ta femme est très belle, Pedro.


Sergio, su padrino y capataz de la finca, hizo aquel comentario en voz baja, y Pedro se dió la vuelta con el Cannon de Pachelbel como telón de fondo. Paula avanzaba por el pasillo central de la capilla, del brazo de Gabriel Caron, la cabeza baja, concentrada en avanzar con cuidado con aquel sencillo pero maravilloso vestido de seda cuyo color pasaba del dorado al rosa a la luz de cientos de velas. Su melena rubia iba peinada en bucles, adornados con flores azules del color de sus ojos. No llevaba velo. El aire se le volvió sólido en los pulmones, un calor le invadió el cuerpo como un fuego salvaje y el orgullo y el sentido de posesión fueron como la ola de la marea. «Mía».

Una Noche Inolvidable: Capítulo 37

La cabalgata de los enormes SUV negros coronó la colina y la casa de Pedro apareció en la distancia. La arquitectura de piedra de Château Alfonso, en cuya renovación se había gastado una fortuna, dominaba la escena, una declaración del poder y la riqueza del hombre con el que acababa de casarse en una breve ceremonia civil en el ayuntamiento de Auxerre. Dejaron atrás la cancela de hierro que cerraba los altos muros de piedra, varios edificios de ladrillo y un delicioso jardín exquisitamente cuidado. La casa… Bueno, la mansión quedaba al final del camino, tres plantas con elegantes ventanas rematadas en arco con contraventanas verde pálido, con glicinia y hiedra trepando aquí y allá, en vivo contraste con los balcones de hierro forjado, el tejado rojo y las torretas que remataban las esquinas y que le conferían el aspecto de un castillo a la espera de su rey. A hurtadillas miró a su marido, que estaba ocupado hablando por el móvil en un rápido francés. Pedro no era rey por nacimiento, pero podía encajar en el papel a la perfección. ¿De verdad habían pasado solo diez días desde que había accedido a casarse con él?


 Los días se habían fundido en uno solo, una sucesión de reuniones: Con el equipo legal de Pedro para dar los toques finales al acuerdo prenupcial, escrupulosamente justo. Con un equipo de estilistas. Con una modista que le había preparado un nuevo y completo guardarropa en tiempo récord. Y con Diana para despedirse. Diana, que la había mirado con los ojos de par en par cuando le dijo con quién se casaba. Pero, por las noches, echaba terriblemente de menos a Pedro. Se sentía sola y confusa en aquella lujosa suite, en la que tenía tiempo de sobra para darle vueltas a todo lo ocurrido, en particular a su cara de angustia al ver al bebé en la ecografía. Sacó del bolsillo de su pantalón de lino –parte del hermoso vestuario que había llegado el día anterior– el nuevo teléfono que uno del montón de ayudantes de él le había entregado, y miró la hora para intentar situarse y deshacerse de la tensión que tenía en el pecho desde que se había bajado del jet privado de Pedro en el aeropuerto y lo había encontrado a él esperándola en la pista. Las dos de la tarde. Respiró hondo y miró por la ventanilla del coche cuando entraba a un patio que quedaba al lado del palacio. Pudo ver una enorme piscina sombreada por árboles, en el extremo más alejado del césped inmaculado que partía de la terraza de atrás del château. El coche se detuvo y Pedro dió por terminada su llamada. Bajó del coche, habló con uno de sus asistentes y abrió la puerta antes de que ella hubiera tenido ocasión de hacerlo.


–Bienvenida a Château Alfonso, Paula –dijo con una sonrisa distraída.


A una señal suya, dos empleados del personal uniformado de la casa que aguardaba ante la puerta para recibirlos, se apresuraron a abrir el maletero y empezar a sacar su equipaje, ahora elegantemente guardado en unas maletas que llevaban sus iniciales: PCA. Paula Chaves Alfonso.


–Tu nueva obstetra francesa y su equipo esperan para hacerte una revisión –dijo, y poniéndole una mano en la espalda, la dirigió hacia las escaleras de entrada.


–Pero si ayer tuve revisión con la doctora Karim.


–Es solo una formalidad –murmuró, acariciándole la espalda–. Cuando haya hecho lo que tenga que hacer, lo mejor será que descanses en tus habitaciones antes de esta noche.


¿Sus habitaciones? ¿Es que necesitaba más de una? ¿Y qué iba a pasar aquella noche? ¿Se refería a consumar su matrimonio? Consultó el reloj.


–¿A las seis te parece bien?


–¿Estás estableciendo un horario para el sexo?


La pregunta se le escapó antes de que pudiera impedirlo. Él sonrió de un modo extraño, pero la intensidad de su mirada la sonrojó.


–Me refería a la boda, Paula –dijo, indudablemente excitado por la mención del sexo.


–Ah, ya… Entiendo –nunca se había sentido más torpe, estúpida y necesitada–. ¿Es que aún no estamos casados?

jueves, 30 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 36

 -¿Quieren saber el sexo del bebé?


Pedro parpadeó varias veces. Casi no entendía lo que había dicho la doctora Karim. Seguía atónito por lo que había visto en el monitor, y el fuerte y rápido sonido que emitía el aparato y que la obstetra le había dicho que era el latido del corazón. El bebé tenía cabeza, cara, deditos formándose en las manos y los pies y unas largas piernas con las que casi se tocaba la nariz. Ahora entendía lo del pataleo. Parecía estar un poco apretujado ahí. Su hijo. Su bebé. Ya no era algo abstracto sino tangible, y tan aterrador que le costaba trabajo incluso respirar.


–¿Ya nos lo puede decir? –preguntó Paula, entusiasmada–. En la última ecografía no pudieron.


–Acabamos de tener una imagen muy clara de los genitales –contestó la doctora–, de modo que puedo decírselo con bastante seguridad, pero depende de ustedes si quieren saberlo ahora, o prefieren esperar.


–¿Qué piensas tú, Pedro?


No tenía una respuesta. En realidad no sabía si iba a poder aguantar que aquel momento fuera más real aún de lo que ya era. Estaba empezando a sudar, y las paredes azules de aquella habitación empezaban a acercársele, cercándolo, machacándolo con los recuerdos de aquel día tan lejano ya.


–«Ne me quitte pas, Pedro. Jesús’ai besoin de toi». «No me dejes, Pedro. Te necesito». ¿Cómo iba a poder él proteger a aquella criatura tan vulnerable, cuando había sido incapaz de proteger a su propia madre?


–Yo no… –tosió para disimular la ansiedad–. No tengo preferencia. Decide tú.


¿De verdad importaba el sexo del bebé cuando él no iba a poder formar parte de su vida? El entusiasmo de Paula disminuyó, y él apretó los dientes para prepararse contra el ataque de la culpa. Ya le había dicho lo que podía ofrecerle y lo que no. El bebé llevaría su apellido, dispondría de su riqueza y contaría siempre con su protección, pero con eso tendría que bastar. No tenía más que ofrecer.


–Pues yo sí quiero saberlo –dijo Paula, mirando a la doctora.


–Obviamente no puedo estar cien por cien segura –contestó con una sonrisa y señalando el monitor–, pero casi convencida de que lo que tenemos aquí es un pene.


–¿Un niño? –exclamó Paula, maravillada, lo que hizo que el peso que Pedro sentía en el estómago se agrandara. Se volvió y tomó su mano–. ¿Has oído, Pedro? ¡Vamos a tener un hijo!


Él asintió y se llevó su mano a los labios, incapaz de hablar.


–Tendría que irme. Tengo que ocuparme del resto de preparativos.


–¿Preparativos?


–Tengo que volver hoy a Francia. He dejado dispuesto que te quedes en el hotel de Londres hasta que podamos casarnos en el ayuntamiento de Auxerre dentro de diez días.


¿Por qué narices se había empeñado en ir a aquella cita? No esperaba que el bebé fuese tan reconocible a aquellas alturas de la gestación.


–Te veo en el aeropuerto de Burdeos. Mientras, descansa –añadió.


–¿No te voy a ver hasta dentro de diez días? –preguntó, desmayada.


–Eso me temo. Se necesitan diez días para preparar la documentación para la boda –un retraso por el que se sentía patéticamente agradecido–. Tú descansa –insistió–. Gracias, doctora.


Y con un beso en la frente de Paula, salió disparado de allí.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 35

Entendía que su pretensión no era la de arrebatarla la independencia, sino que solo quería protegerla, ofrecerle el cuidado que su padre no le había proporcionado a su madre, pero no por eso se había vuelto fácil la decisión de poner su vida en sus manos, aunque fuera temporalmente. Hacía tanto tiempo que no confiaba en nadie… Siempre había contado consigo misma y aunque trabajar tanto había sido arriesgado, tampoco era una mujer frágil.


–No hay por qué avergonzarse –le dijo él, empujando suavemente su barbilla.


Sonrió tímidamente. No debía ser consciente de lo irónico que resultaba ese comentario viniendo de él, un hombre que seguramente no había reconocido jamás que necesitase el apoyo de otra persona.


–¿Qué tiene de gracioso?


–Nada, en realidad. ¿Por qué no me limito a irme a vivir contigo a Burdeos sin más hasta que nazca el niño? No es necesario que nos casemos.


–Sí que lo es –dijo en aquel tono dictatorial tan suyo, aunque en aquella ocasión creyó oír una emoción detrás–. No quiero que mi hijo nazca sin tener un padre. Si me dices que sí, encontraremos la forma de llegar a un acuerdo que nos satisfaga a ambos. Voy a necesitar que firmes un acuerdo prenupcial para que podamos disolver el matrimonio en cuanto nazca el bebé sin complicaciones.


Intentó no entristecerse con aquel pensamiento. Aquello sería en interés de ambos, ¿no?


–Y… ¿Qué pasará con la custodia?


–Un niño debe estar con su madre –contestó sin dudar.


¿Es que no tenía intención de ver al niño después? «No desesperes, Paula. Él acaba de enterarse de su existencia. Tú llevas cuatro meses con él».


–Pero me gustaría que me permitieras seguir ocupándome económicamente de él después del divorcio.


La emoción le cerró la garganta.


–Por supuesto –dijo. 


Ella quería mucho más que un aporte económico. Quería que forjase un vínculo emocional con su hijo, y eso llegaría con el tiempo. Quizás cuando lograse derribar las barreras que había erigido alrededor de su corazón y vencer el miedo a la paternidad. Aquel matrimonio le daría cuatro preciosos meses para conseguirlo.


–Entonces, ¿Te casarás conmigo y te vendrás a Burdeos hasta que nazca el niño?


¿De verdad estaba planteándose decirle que sí? Para Pedro, aquel era el modo de asumir la responsabilidad para con su hijo, corregir el mal que se le había hecho a su madre y asegurarse de ser mejor que su padre. Y por su parte, la posibilidad de darle a su hijo algo que ella nunca había tenido, un padre en el sentido más pleno de la palabra, hacía que valiera la pena correr el riesgo, ¿No?


–De acuerdo, Pedro –respondió, decidida a centrarse en la esperanza y no en el miedo. Ya no quería volver a ser cobarde. Había tomado tantas decisiones importantes con su silencio, unas decisiones que ni quería ni podía cambiar, pero aquella era su voto de confianza en que podrían lograrlo juntos y que quizás, solo quizás, pudiera surgir algo más–. Me casaré contigo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 34

El rechazo que los dos habían sufrido podía hacer que se perdiera la confianza en la capacidad de amar, pero ella había descubierto en los últimos cinco meses una vasta reserva de amor que no era consciente de poseer. El bebé aún no era real para Pedro, y la relación de sus padres había bastado para que acumulara grandes dosis de cinismo hacia el amor, pero eso no significaba que no pudiera ser un buen padre.


–¿Por eso estabas tan decidido a acabar con La Maison? –le preguntó–. ¿Por eso me expusiste a la prensa? ¿Por lo que le pasó a tu madre, y a tí, en esa casa?


Lo que le había contado de su madre y el trauma de los abortos había arrojado una luz nueva sobre sus actos de aquella noche y de la mañana de después. Su traición seguía doliendo, pero quizás no había tenido que ver con ella ni con su pasado. Quizás fue un modo consumar su venganza contra un hombre que había usado a su madre de un modo tan vil, para luego abandonarlos a ambos.


–¿Qué? ¡No! Fue solo un error. Alguien en el bufete de abogados se olvidó de borrar el informe adjunto antes de enviar el comunicado de prensa en el que se decía que iba a impugnar el testamento. Por favor, créeme: Jamás habría filtrado deliberadamente los detalles de nuestra vida sexual. Y no estoy tan loco como para culpar a una casa del sufrimiento de mi madre.


–Me alegro de saberlo –sonrió. La tensión que le había encogido el pecho desde aquella mañana, desapareció


–Ahora verás que debemos casarnos cuanto antes, ¿No, Paula?


El silencio de la habitación parecía vibrar a su alrededor, haciéndola aún más consciente de la atracción casi líquida que había entre ellos desde aquel instante en que lo miró por primera vez.


–Cásate conmigo, Paula –susurró, y sintiendo su debilidad, se acercó para besarla en el cuello.


Paula se arqueó contra él y un gemido de deseo salió de sus labios, al mismo tiempo que sus pechos ultra sensibles parecían inflamarse, lo mismo que aquel dulce lugar entre sus muslos. La respiración de Pedro se tornó tan entrecortada como la suya, pero antes de que pudiera rendirse a las sensaciones que recorrían su cuerpo y darle la respuesta que él quería, sintió un movimiento en su vientre.


¿–C’est le bébé? –preguntó, apartándose casi de un salto.


Ella asintió sin poder contener la risa ante su expresión horrorizada.


–Sí. Le gusta dar patadas.


Sin pensárselo, se abrió el albornoz, tomó su mano y la colocó sobre su vientre. El bebé contestó de inmediato.


–Il est très forte, ce bébé –dijo–. ¿No te hace daño?


–No. El médico dijo anoche que es muy activo. La mayoría de mujeres no sienten sus movimientos hasta las semana veinticinco, pero que lo haga ya es perfectamente natural y signo de que está muy sano –explicó sonriendo.


Le vió mirar su vientre como si pudiera ver a través de la piel y luego retiró la mano.


–La doctora Karim sugirió que fuéramos a la clínica esta mañana para hacerte una ecografía –dijo, mirando su reloj–. El conserje puede traer ropa nueva para tí y, en cuanto te hayas vestido, nos vamos.


No era una pregunta. La miraba con su acostumbrada intensidad, retándola a contradecirle, y Paula suspiró. No necesitaba una doctora de las caras teniendo un fantástico obstetra en el hospital público, pero sabía que para él era importante ofrecerle la mejor atención médica que el dinero pudiera comprar, así que no quiso rechazarla. 


–Está bien, Pedro. Si insistes… 


–Insisto.


–Supongo que debería darte las gracias porque no me vayas hacer ir en albornoz –sonrió, intentando animar el momento, antes de que la emoción la estrangulase.


–Es que me siento magnánimo –dijo él, apoyando de nuevo las manos en la pared más arriba de su cabeza–. Aunque te prefiero desnuda.


Ella se rió, pero el calor en su entrepierna se avivó de nuevo.


–Paula –apoyó la frente en la de ella–, tienes que casarte conmigo. Dime que sí, por favor.


Ahora no era una orden, sino un ruego preocupado. El bebé se movió entonces con delicadeza, como si le estuviera dando su consentimiento.


–Quiero que estés cuidada. ¿Es que no ves que es una locura que trabajes hasta la extenuación cuando no hay necesidad? Yo tengo dinero. Déjame gastarlo en el bebé y en tí, al menos hasta el nacimiento. 


La emoción se le amontonó en el pecho y bajó la mirada.


–Es que… No me siento cómoda con que me mantengas tú.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 33

 –Podría haberle puesto fin, pero no quise. Tú no eres responsable de la decisión que tomé.


–Esta discusión es absurda, Paula –contestó, y volvió a mirarle la tripa. ¿Qué había en el embarazo que tanta ansiedad le provocaba?–. Ese bebé es hijo mío, y no quiero que sufras ningún daño.


–Eso no va a ocurrir, Pedro –le tranquilizó, intentando no leer demasiado en su determinación de cuidarla, algo que ningún otro hombre había hecho–. Estoy embarazada, no enferma.


–Estar embarazada es peligroso. Mi propia madre…


–¿Qué le pasó a tu madre, Pedro? –preguntó, viendo su agonía.


–No importa.


Sí que importaba. ¿Sería esa la razón de su insistencia en la boda?


–¿Tuvo un embarazo difícil? ¿Es por eso que el mío te asusta? – inquirió con delicadeza.


–Era un bebé grande –dijo, pasándose las manos por el pelo–. Ella era muy menuda, y él se negó a pagarle los cuidados que necesitaba – apartó la mirada–. Yo no fui el único embarazo que no evitó. Mi madre tuvo dos abortos antes de que él la repudiara.


–Pedro… Lo siento mucho –susurró, poniendo la mano en su brazo. ¿Habría presenciado él esos dos abortos? Eso debía ser, a juzgar por el innegable trauma que le había causado–. Ojalá lo hubiera conocido bien. 


No habría aceptado su proposición de matrimonio. ¿Cómo podía haber estado tan ciega ante los defectos de André de la Mare?


–Tú no eres culpable de nada. Mi padre se pasó toda su vida manipulando a las mujeres. Se le daba muy bien –parpadeó varias veces. Estaba claro que para él era muy duro hablar de la relación de sus padres–. Mi madre nunca dejó de quererlo, a pesar de cómo la trataba –respiróhondo–. Pero nada de todo eso importa ya. Lo que sí importa es que no sufras como sufrió ella. No puedo permitir que eso ocurra, o no seré mejor que él.


Le había oído decir que él no era su padre, pero no había sido consciente de lo mucho que quería decir con esas palabras.


–Entiendo.


–Yo no habría elegido ser padre, Paula –se sinceró, en un tono tan lleno de dolor que el corazón se le encogió–. Pero no tomé las precauciones que debería, y ahora eres tú la que tiene que cargar con las consecuencias de mis actos. También sé lo que es no tener la protección de un padre, su apellido y su riqueza, y ahora no puedo permitir que mi hijo crezca sin esas cosas.


Pero un buen padre podía proporcionar mucho más de lo que estaba diciendo. Cuando su propia madre falleció, ella buscó en su padre no solo seguridad económica, sino emocional, y él fracasó. La rechazó y la abandonó porque le causaba muchos problemas, y porque nunca la había querido de verdad, igual que André de la Mare había rechazado y abandonado a Pedro.


–¿Crees que… Que podrías ofrecerle a este bebé algo más, Pedro? – le preguntó, con miedo a tener esperanza, pero con más miedo a no hacer la pregunta.


–¿Qué quieres decir?


–¿Crees que podrías ofrecerle al niño algo más que tu apellido y tu protección?


Pedro frunció el ceño, como si no se esperase la pregunta.


–Lo dudo. Como ya te he dicho, no tenía pensado ser padre, Paula, precisamente porque creo que no lo haría bien.


Había hablado con firmeza y delicadeza a un tiempo, pero aun así la luz de la esperanza se negaba a apagarse en Paula. Tanto su padre como el de ella habían sido incapaces de amar, pero se negaba a creer que la historia tuviera que repetirse. Amaba profundamente a ese bebé, y aunque el tipo de matrimonio del que hablaba Pedro, con fecha de caducidad y cuya única finalidad era protegerla a ella y darle a su hijo su apellido, no era suficiente, el hecho de que se sintiera tan desesperado como para ofrecérselo era un comienzo.

martes, 28 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 32

 –¿Estás…? ¿Te has vuelto loco?


Pedro vió cómo el rojo de sus mejillas se volvía magenta, y cómo la preocupación de sus ojos azules tornaba en pánico. Vale, puede que no hubiera sido el mejor modo de pedirla matrimonio. La vió dar un paso atrás como si intentara separarse de un animal peligroso a punto de atacar. Hacía bien en ser cauta porque sus emociones nunca habían sido tan volátiles, tan descontroladas. En cuanto había abierto los ojos y la había visto allí, el pelo mojado y sus curvas envueltas en aquel albornoz, había tenido que contener el deseo primario de saltar sobre ella y no soltarla para que no desapareciera, como tantas veces había pasado en sus sueños y en sus pesadillas.


–Déjame explicarte, Paula –dijo, dando un paso hacia ella–. El matrimonio es la solución más obvia.


–No… No me toques –retrocedió de nuevo–. Lo digo en serio. Tengo que irme. No puedo…


Esquivó el sofá rápidamente, pero él, sin pensarlo más, saltó por encima y la agarró por la muñeca.


–¡Suéltame, Pedro! Quiero irme.


–Para, Paula. Te vas a hacer daño –le advirtió, refiriéndose a sus intentos de soltarse, y tiró de ella para rodearla con los brazos y aprisionarla con cuidado contra la pared.


Respiró hondo. Olía a flores silvestres y a mujer, el perfume que lo había vuelto loco la noche anterior mientras la desnudaba, obligándose a no tocar más de lo estrictamente necesario. Por fin consiguió que se quedara quieta, pero la oyó contener un sollozo y sintió que apoyaba la frente en su pecho. Se sintió como un bruto, un animal. Oír su sollozo, el doloroso intento de contener las lágrimas, le destrozó la compostura, el equilibrio. El corazón se le expandió en el pecho y la garganta se le cerró, pero no podía soltarla. Así, no. Ahora que la había encontrado. Si la dejaba marchar, podía no volver a encontrarla nunca. Le había fallado a su madre en una ocasión. No iba a fallarle a ella.


–Paula, tranquila –musitó junto a su pelo, y la besó en la frente–. Nunca te haría daño. Tienes mi palabra. Pero no puedo dejar que te vayas hasta que hayas accedido a ser mi esposa. Será algo temporal –añadió con voz ronca, intentando recuperar el hilo de lo que había estado pensando la noche anterior.


Ella lo miró abriendo mucho los ojos, algo confusa y todavía asustada, y él bajó los brazos porque el calor había vuelto a abrasarle el vientre, y no era el momento.


–Quiero que el bebé nazca llevando mi apellido, y que siempre tenga mi protección. Quiero que vivas en Burdeos en mi château. Nada de pasar hambre o llegar a la extenuación. Yo… Deseo proporcionarte todo lo que puedas necesitar mientras estés embarazada. Es muy importante para mí.


–¿Por qué? –fue todo lo que le preguntó. No se opuso, ni rechazó su sugerencia.


–¿Por qué quiero hacerlo? Porque no quiero que pongas tu vida en peligro –dijo, y respiró hondo–. No quiero que lo hagas solo para sobrevivir, cuando yo tengo el dinero que necesitas.


–Mi vida no está en peligro, Pedro –rebatió con dulzura–. ¿Por qué piensas eso?


–El embarazo y el parto son cosas peligrosas, Paula. Una mujer puede… –tomó aire porque los recuerdos le quemaban la lengua como un ácido–, puede quedar debilitada por el parto si no recibe los cuidados adecuados. No deberíamos haber hecho el amor sin preservativo –dejó que su mirada bajara a su vientre, y sintió que la culpa que había intentado mitigar durante la noche empezaba a desbordarse–. Por mi falta de cuidado te estás enfrentando a ese peligro, así que es mi deber asegurarme de que estás cuidada hasta que nazca el bebé.


La miró a los ojos dispuesto a convencerla, a rogar, incluso a chantajearla si era necesario para que accediera, pero se quedó atónito al ver que tenía los ojos llenos de lágrimas.


–¿Qué ocurre?


–Pedro, no estoy en peligro, y aunque lo estuviera, no eres tú el responsable.


–Por supuesto que sí.


Instintivamente Paula puso la mano en su mejilla. Él dió un paso atrás, más vulnerable de lo que le había visto antes. Incluso de lo que podía soportar.


–¿Cómo puedes decir que no lo es?


–Porque la decisión de tener el bebé ha sido mía –contestó, intentando encontrar el camino a través del campo de minas que había quedado expuesto. 


Lo había subestimado en muchos sentidos. Que se sintiera responsable de ese modo de su salud y bienestar era ridículo, pero ella lo había acentuado por su recalcitrante orgullo y su negativa a dar su brazo a torcer. Debería haberse puesto en contacto con él al saber que estaba embarazada. Si le hubiera pedido apoyo, no habría tenido que trabajar hasta la extenuación, ni asustarlo de aquella manera.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 31

Veinte minutos más tarde, se había duchado y cepillado el pelo recién lavado. Por desgracia solo tenía el albornoz y la ropa interior del día anterior, porque no había logrado encontrar su ropa. Ni los zapatos. Incluso el abrigo había desaparecido. ¿Los habría escondido Pedro para obligarla a quedarse? Haciendo acopio de valor, se apretó la lazada del albornoz y abrió la puerta del dormitorio. Esperaba encontrarlo allí, en el salón, pero estaba vacío. Un sonido ronco hizo que mirara hacia el respaldo del sofá de tres plazas que se enfrentaba a otro de los ventanales. Unos pies descalzos largos y morenos colgaban del brazo de seda tostada del sofá. ¿Pedro? Se acercó con cuidado y lo encontró tumbado sobre los cojines. Una fina sábana cubría la mitad inferior de su cuerpo, bajo la que asomaba la cinturilla de los calzoncillos. El corazón se le subió a la garganta de un salto mientras lo observaba sin ser vista. Su pecho era tan magnífico como ella lo recordaba y su abdomen subía y bajaba al ritmo de la respiración, un ritmo que se repitió en su abdomen. Su pelo, siempre peinado hacia atrás, estaba revuelto, y una sombra de barba le teñía el mentón. Seguramente la mayoría de hombres no resultaban tan intimidantes mientras dormían. Respiró hondo, y bastó con eso para que abriera de golpe los ojos, inmediatamente alerta, y ella dió un paso atrás.


–Bonjour, Paula.


Bostezó, se estiró y se levantó con movimientos indolentes. ¿Por qué narices volvía a tener la sensación de haberse metido en la guarida del lobo? Le vió pasarse las manos por el pelo y la cara, pero era el prominente bulto de debajo de sus calzoncillos lo que llamó su atención.. El peso en su estómago se hizo caliente y doloroso, enviando un pulso caótico a su sexo.


–No le prestes atención. Me pasa todas las mañanas. Sobre todo, si he estado soñando contigo.


Paula enrojeció. ¿De qué iba eso? No quería que soñara con ella… ¿Verdad?


–¿Dónde está mi ropa, Pedro? –preguntó de golpe, incómoda no solo por la intimidad del momento sino por su propia reacción.


Tenía que marcharse. Ya hablarían más tarde, cuando hubiera recuperado el equilibrio. Cuando no estuvieran en aquella habitación, siendo ella tan consciente de su desnudez debajo del albornoz… y de su erección matinal. Pero, en lugar de responder, él estiró la espalda y el cuello, dejando que sus vértebras crujieran.


–He hecho que la tiraran –dijo sin el más mínimo arrepentimiento.


–¿Qué? –todos aquellos sentimientos cálidos desaparecieron. Hubiera querido mostrarse indignada por su arrogancia, pero todo lo que lograba sentirse era expuesta. Y preocupada–. ¿Por qué?


–Para impedir que te escaparas mientras yo dormía.


–Pero… Pero ¿Cómo…? ¡No tenías derecho!


Había tenido que pagar el uniforme de su propio dinero.


–Tenía todo el derecho –replicó, bajando la mirada a su tripa–. No pienso permitir que vuelvas a desaparecer hasta que hayamos aclarado unas cuantas cosas.


–No pensaba desaparecer. Anoche te dije que volvería hoy para que pudiéramos hablar.


Ni siquiera respondió. Se limitó a enarcar una ceja, y su expresión lo decía todo: «¿Te parezco idiota?»


–Esa ropa era mía. La he pagado, y la necesito porque me tengo que buscar otro trabajo, así que muchas gracias por el favor –espetó, intentando ocultar la inquietud tras el sarcasmo.


Mostrar debilidad ante Pedro Alfonso no era una buena idea. Se la había mostrado la noche anterior por el agotamiento, y él había pasado como una locomotora por encima de sus protestas y de su propiedad. El cinismo desapareció de su expresión, y justo cuando creía haber anotado un punto al fin, dijo con voz firme y pragmática:


–No necesitas esa ropa porque te voy a comprar otra mejor. Y no necesitas trabajo porque nos vamos a casar en Francia en cuanto sea posible. Dentro de diez días.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 30

Paula abrió despacio los ojos y se encontró en una habitación enorme. Los cortinajes dorados que adornaban los cuatro postes de la cama en la que había dormido estaban iluminados por un rayo de sol que se colaba por el ventanal que había a los pies de la cama. ¿Estaría soñando? Aquella no era la abarrotada y gélida habitación de la casa que compartía en Leyton, donde el ruido del tráfico sacudía las ventanas y la despertaba cada día al alba. Sentía las piernas ligeras, a pesar del dolor en los gemelos por los tacones que se veía obligada a llevar en el trabajo, y la mente refrescada. ¿Cuándo había sido la última vez que se había despertado tan descansada? Se incorporó y la sábana le cayó al regazo, y solo entonces se dió cuenta de que llevaba bragas y sujetador. ¿Dónde estaba su pijama? Los recuerdos acudieron entonces en tropel. Pedro. Pedro la había encontrado la noche anterior y la había llevado allí. Su voz cargada de ultraje, de reproches. Su olor a sándalo, jabón y hombre en el taxi. La fuerza de sus brazos, poderosos y protectores al llevarla al ascensor. Sus manos, bruscas pero tiernas mientras la desnudaba y la tapaba con el edredón tras la visita de la doctora, y la batalla perdida contra el agotamiento. «Ese niño es de mi misma sangre. ¿De verdad piensas que iba a escoger abandonarlo?» ¿Qué había hecho? Había dado por sentado que se pondría furioso si se enteraba del embarazo y de su decisión de tenerlo, pero lo único que podía recordar de su expresión era dolor. «No soy mi padre». Sintió calor en el estómago. Lo había juzgado y condenado, y aunque su decisión de huir había sido razonable, él tenía razón: Todo había cambiado al descubrir que estaba embarazada. Se puso la mano en el vientre y notó el movimiento que, una semana antes, la había asustado, pero que ahora la tranquilizaba.


–Buenos días, ranita –lo saludó, y dejó que una lágrima le rodase por la mejilla porque no había nadie allí que pudiera verlo–. Cuánto lo siento.


Huir se había convertido en una costumbre para ella al dejar el sistema de menores, porque siempre había sido más fácil empezar de nuevo que enfrentarse a sus miedos. Debería haberse dado cuenta, en cuanto el médico le dijo que estaba esperando un hijo de Pedro Alfonso, que el momento de dejar de hacerlo había llegado, pero era absurdo castigarse por aquella decisión inducida por el pánico. Pedro la había encontrado la noche anterior y, a pesar de la sorpresa, parecía mucho más furioso porque no se lo hubiera dicho que por el embarazo en sí. «La elección siempre habría sido tuya». Había sido un error no ponerse en contacto con él. Se levantó de la cama y, descalza sobre la lujosa alfombra, fue a por un albornoz que alguien había dejado en un precioso butacón tapizado en seda y abrió los cortinajes del ventanal, desde el que se disfrutaba una hermosa vista del Támesis. Se volvió a mirar a la cama. La almohada que había junto a la suya no tenía marca alguna. Pedro no había dormido allí. Recordó su contacto de la noche anterior. Nada urgente e intenso, sino delicado e impersonal. «¿Pero qué esperabas? Pues claro que ya no le interesas. Además, ¿Por qué ibas a querer interesarle? Eres una mujer embarazada, y fue precisamente tu incapacidad para resistirle lo que te metió en este lío. Bueno, tú no eres un problema, ranita» añadió, tocándose otra vez la tripa. «Ni tampoco un lío. Y nunca lo serás, ¿Vale?» Aunque todo el resto de su vida sí lo fuera. Había perdido su trabajo. Carmen jamás volvería a contratarla después de verla huir como una loca, y tenía que encontrar una solución adecuada para Pedro y ella sin permitir que él le pasara por encima como una locomotora. Se apartó el pelo de la cara. Aún era temprano. Una ducha, su ropa, y estaría lista para enfrentarse a él, y al error que había cometido por no ponerse en contacto con él. Pero no era la única culpable de lo que había ocurrido. No había sido ella quien había utilizado la noche que habían estado juntos como apuesta para adquirir una propiedad, la propiedad que tan empeñado estaba en conseguir que no había dudado en arrojarla a los lobos para hacerse con ella. Pedro no era inocente. En cuanto se lavara y se vistiera, se lo iba a dejar bien claro… Y con algo más de intensidad que el día anterior.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 29

La doctora guardó sus cosas en la cartera.


–Su hijo tiene mucha más energía que la madre en este momento. Su latido es firme y regular, y da unas estupendas patadas.


–¿Da patadas? –preguntó, con el corazón en la garganta. 


Había intentado no pensar demasiado en el bebé.


Ella sonrió.


–Es bastante grande para el tiempo que tiene. Paula dice que no pudo asistir a la última cita con su médico –suspiró mientras cerraba la cartera–. Al parecer, se durmió.


Y volvió a mirarlo con severidad, seguramente preguntándose por qué un hombre tan rico como él permitía que la madre de su hijo trabajase de noche por un salario mínimo. Le daba igual lo que pensara, porque ella ya no iba a poner en riesgo su salud trabajando un turno tras otro. Todo había cambiado para Paula, lo quisiera o no. Tenía una responsabilidad para con ella y no iba a escurrir el bulto, y tampoco iba a darle a ella ocasión de echarse atrás. Se iban a vivir juntos a Borgoña en cuanto pudiera arreglar los papeles de la boda. Había estado dándole vueltas mientras el médico la examinaba y ninguna otra solución le satisfacía. No podía arriesgarse a que su salud y bienestar corriesen peligro. Y aunque no tenía claro que fuera a ser capaz de trabar una relación con aquella criatura, no iba a permitir que naciera sin llevar su apellido. La médica le ofreció su tarjeta.


–Si quiere llevarla mañana a la clínica, le haremos un análisis de sangre como es debido y una ecografía para poder examinar a fondo al bebé, pero por ahora le sugiero que la deje tranquila para que pueda dormir. 


Lo que en realidad quería decir estaba claro: Nada de sexo aquella noche. Puede que hubiera leído lo de su insaciable apetito en la prensa.


–No se preocupe, que no tengo intención de pedirle ningún favor sexual esta noche.


«Ni esta noche, ni nunca», pensó, guardándose la tarjeta mientras la culpa hacía de las suyas. Al llevar a Paula antes en brazos, había experimentado una serie de emociones contradictorias y en conflicto, pero ni siquiera en aquel momento había podido negar el resurgir del deseo. ¿Cómo era posible que se excitase con tanta facilidad, estando ella tan frágil, tan agotada por un embarazo que él no había sabido evitar? Igual no era tan distinto de su propio padre. Esa posibilidad le puso el estómago patas arriba, y pensar en su madre le hizo reafirmarse en la idea del matrimonio. Él no iba a abandonar a la madre de su hijo estando su salud en peligro, que era lo que había hecho su padre.


–Señor Alfonso, le ruego no malinterprete mis palabras –la doctora se detuvo en la puerta y él se llevó una buena sorpresa–. No pretendía decir que el sexo sea peligroso, que no lo es. Siempre y cuando ambos lo deseen, hay muchas parejas que continúan manteniendo relaciones sexuales hasta en el tercer trimestre y, como le he dicho antes, la señorita Chaves está sana, solo necesita descansar. De todos modos, insisto: Lo mejor será que la lleve mañana a la clínica de Harley Street para que podamos hacerle una ecografía.


–¿Cree que es necesario? –le preguntó, sin poder ocultar su ansiedad.


–No necesario, pero sí recomendable, para que ambos estén tranquilos. No es raro que los hombres experimenten una bajada de la libido cuando su pareja está embarazada, pero le aseguro que los cambios del cuerpo de Paula son perfectamente naturales.


–De acuerdo –dijo. La doctora lo había malinterpretado. La falta de libido no era su problema–. Mañana iremos.


No volvería a perderla de vista, y menos aún hasta que lograra que le prometiera que le dejaría hacer lo que fuera mejor para ella. Y lo mejor era que accediera a casarse con él.

jueves, 23 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 28

Ella bajó la mirada.


–Es algo que los hombres hacen constantemente.


–Pues este hombre que tienes delante, no –dijo, más frustrado de lo que se había sentido en toda la vida–. Yo no soy mi padre, si es eso lo que piensas.


¿Es que jamás se iba a librar de las maldades de ese bastardo? Que ahora lo juzgase a él por los pecados de su padre sería casi de risa, de no ser tan injusto. Paula volvió a mirarlo, y la culpa presente en su mirada se atemperó por la sombra de la duda y el arrepentimiento. Y, a pesar de que no dijo nada, Pedro oyó de nuevo lo que le dijo aquella noche: «Esto no tiene que ver con mi lealtad hacia André. Tiene que ver con tu sed de venganza». Y la pregunta que lo había atormentado mil veces en sus pesadillas: «Si de verdad eres mejor que él, ¿Por qué insististe en cobrar venganza, en destruir La Maison, cuando dejar que ella se la quedara la habría persuadido de no marcharse?»


–No quiero discutir contigo –dijo ella, cruzándose de brazos sobre el vientre.


¿De qué demonios se estaba protegiendo? ¿De él?


–Me merezco una respuesta mejor que esa. No tenías derecho a ocultarme que iba a ser padre.


Ella se irguió, desafiante.


–No me parecía que fueses a querer saberlo.


–¿Cuándo te he dado yo esa impresión? –explotó, la furia y la frustración amenazando con ahogarlo–. Aquella noche te pedí que vinieras a Château Alfonso. Te ofrecí mi apoyo.


–Mientras dejabas bien claro que un embarazo sería un inconveniente – replicó–. Un problema que habría que solucionar…


–¡Porque, en aquel momento, era así! –gritó–. Pero la elección siempre había sido tuya –añadió, intentando mantener la calma. ¿De verdad le creía un monstruo? ¿La clase de hombre que habría insistido en que abortase?–. Lo que dijera entonces, no sirve ahora. Ahora el bebé es un hecho.


Ella asintió. Parecía sentirse culpable, lo cual fue una pequeña compensación para él.


–De acuerdo.


A pesar de la furia, se dejó guiar por el instinto y puso una mano en su mejilla.


–Pareces agotada –dijo en voz baja. Ella no se apartó–. ¿Estás bien?


–Es solo cansancio. Ha sido una noche muy larga –explicó, y la resignación que se hizo patente en su tono de voz le hirió profundamente.


Tenían mucho de lo que hablar y, seguramente, discutir, y no tenía ni idea de cómo enfrentarse al hecho de que iba a ser padre, pero en aquel momento parecía tan exhausta que daba la impresión de que no se tenía de pie. Sacó su abrigo de la taquilla, se lo puso sobre los hombros y le quitó el bolso de la mano.


–Ven, vámonos a mi hotel.


–No es necesario. Vivo al este de Londres, así que puedo volver a casa en metro –respondió, echando mano al bolso, pero él lo apartó–. Si me dices dónde te alojas, Pedro, mañana me paso y hablamos del bebé.


Él se rió con aspereza.


–¿De verdad crees que soy tan estúpido como para volver a perderte de vista?


Parecía sorprendida por la pregunta, aunque en realidad no debería. ¿Por qué iba a confiar en ella después de lo que había hecho? Tomándola por un brazo, la condujo fuera del hotel por la puerta de atrás. Parecía haber perdido la capacidad de resistirse. ¿Era normal que una mujer embarazada estuviera tan frágil? El miedo le retorció las entrañas al pensar en su madre. Paró un taxi que pasaba y subieron. El hotel estaba cerca, pero no iba a correr riesgos. Era un seis estrellas art déco en el que siempre tenía una suite cuando estaba en la ciudad. Bajaron del coche y, apenas entraron, llamó a un botones.


–¿Sí, señor Alfonso? ¿En qué puedo ayudarlo? –se ofreció el joven.


–Necesito que un obstetra venga a mi suite inmediatamente. Dile al conserje que contacte con el director del hotel para que le indique cuál es el mejor que esté disponible a estas horas.


Y le dió al muchacho un billete de veinte libras.


–Ya tengo médico, Pedro –le dijo ella de camino a los ascensores, y el cansancio era tan obvio en su voz que decidió no resistirse a su instinto: la tomó en brazos y la llevó así al ascensor, a pesar de sus protestas.


–Bien –dijo, pulsando el botón del ático–. Ahora tendrás dos.


–Su novia está sana pero mal nutrida, señor Alfonso, y agotada. Le he dado un suplemento de vitaminas, pero lo que más necesita en este momento es descansar. Y que alguien se asegure de que hace tres comidas en condiciones al día. Tampoco es buena idea que trabaje de pie tanto tiempo –añadió, mirando a Pedro con severidad.


Pero él lo ignoró. No le importaba lo que aquella mujer pudiera pensar de él, siempre y cuando le asegurase que Paula estaba bien.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 27

Oír su nombre con el acento francés que tantas veces la había despertado desde que se marchó de Francia le creó un montón de emociones que de inmediato entraron en conflicto, y se volvió hacia él sin pensar, empujada por la necesidad de volver a verlo. Se dió cuenta del error que había cometido cuando él bajó la mirada a su vientre, al que el delantal ya no protegía.


–Ese bebé… ¿Es mío? –preguntó, mirándola acusador y con algo más que ella no entendía, porque parecía como dolor.


Quiso contestar que no, protegerse a sí misma y al bebé de aquella mirada de cinismo cáustico, y del hombre que sabía que iba detrás, poderoso, arrogante, exigente, implacable, más comprometido con su venganza contra un hombre muerto que podría estarlo con alguien como ella. Se volvió a la taquilla, soltó el abrigo y apoyó la frente contra el metal frío. El cansancio que llevaba semanas acechando volvió de golpe y le arrebató la escasa energía que le quedaba, ahogada ya por la sensación de culpa con la que llevaba meses peleando y que creía haber conquistado ya.


–Sí –dijo, con la mano en el estómago para disculparse en silencio con su hijo–. Es tuyo.


Pedro estaba en shock. Tantas emociones le estaban bombardeando de golpe que era difícil controlarlas, y mucho menos diferenciarlas o identificarlas. Paula estaba embarazada de él. La única emoción que no estaba sintiendo era arrepentimiento de haberla encontrado. Siendo como era un hombre que nunca había pretendido ser padre, no tenía mucho sentido, pero no podía definir de otro modo el deseo de protección que le había asaltado al reconocerla en aquel balcón.


–¿Por qué no te has puesto en contacto conmigo? –quiso saber, dejando que saliera la ira… En realidad, para cubrir un dolor que no quería reconocer.


Ella lo miró y el cansancio en sus ojos y aquellas sombras oscuras que tenía debajo le hicieron apretar los puños con fuerza, aunque lo que de verdad quería era acurrucarla contra su pecho. Parecía a punto de venirse abajo. ¿Cuánto tiempo llevaría trabajando así, hasta las tantas, de pie un montón de horas?


–Porque no quería que lo supieras.


–¿Llevas un hijo mío en tu vientre, y no tenías intención de decírmelo? ¿Nunca? –exigió saber, acercándose con un dolor lacerante en el estómago y la traición asomándole en la voz. 


Las cosas no habían terminado bien entre ellos, y en parte había sido culpa suya, pero no se merecía algo así.


–Es mi hijo, Pedro. He decidido tenerlo, y tú no tienes por qué formar parte de ello.


–¿Estás loca? Ese niño es de mi misma sangre –espetó, mirándole la tripa–. ¿De verdad piensas que iba a escoger abandonarlo?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 26

Había creído verla docenas de veces en los últimos cinco meses. Retazos de su pelo, de su cuerpo, de su rostro, en las calles de París, de Roma, incluso de Johannesburgo habían alertado a sus sentidos, solo para destruirle segundos más tarde al darse cuenta de que la mujer no era ella. Pero el cabello rubio de aquella camarera recogido en un moño desaliñado brillaba con reflejos de oro a la luz del balcón. Apartó a Tamara para verla mejor mientras recordaba la sensación de tenerlo entre sus manos.


–Max, ¿Qué ocurre? –el tono de Pedro era molesto, pero él apenas podía oírlo–. ¿Por qué miras así a esa camarera? ¿La conoces?


–Oui –musitó–. Lève la tête –añadió, deseando que levantara la cabeza para poder verla mejor, aunque ya sabía que era ella por las sensaciones que le quemaban el cuerpo. 


La había encontrado. ¡Por fin! Igual que ocurrió tanto tiempo atrás, ella obedeció su orden y sus miradas se encontraron. Ella se quedó paralizada. La sorpresa fue lo primero en aparecer en su expresión, seguida del pánico y la culpa, pero al ver a Tamara apareció otra cosa. ¿Envidia, dolor, arrepentimiento? Entonces tuvo la respuesta que había estado buscando durante cinco meses sin darse cuenta. Ella también lo deseaba aún. La bandeja cayó con un tremendo golpe al suelo, y todos los presentes, incluido él, dieron un respingo. La comida quedó derramada sobre las baldosas del suelo. Temblaba como si estuviera en trance, un trance del que no pudiera escapar. Pedro sacó la cartera del bolsillo y puso unos cuantos billetes en la mano de Tamara.


–Llama a un taxi para que te lleve a casa –dijo, guardando despacio la cartera pero sin apartar la mirada de amante.


–¿Cómo? ¡Pero bueno, Pedro, qué…!


No la escuchó, sino que echó a andar hacia Paula, devorándola con la mirada. Había algo distinto en ella. ¿Su figura, quizás? Parecía algo más regordeta, incluso más lujuriosa de lo que la recordaba. Cara dio un paso atrás y la luz le iluminó la cara. ¿De dónde habían salido esos círculos oscuros que tenía bajo los ojos?


–Paula –dijo, alzando un brazo hacia ella.


Como un joven ciervo que hubiera olido al cazador, Paula salió de su trance, dió la vuelta y entró rápidamente en el salón de baile.


–¡Paula, reviens ici! –gritó, pidiéndole que volviera, pero ya había desaparecido entre los invitados.


Se abrió paso a empujones entre la gente sin importarle las copas cuyo contenido derramase, las miradas severas o las imprecaciones que recibió, hasta que por fin vio su cabello rubio desaparecer por una de las puertas del fondo del salón en la que había un cartel que decía "Solo Personal". Había huido de él una vez. De ninguna manera iba a permitir que lo repitiera.


Paula se quitó los zapatos nada más pasar la puerta para poder correr con ellos en la mano entre los mostradores junto a los que otros camareros aguardaban a que les llenaran las bandejas. ¡Pedro estaba allí! ¡La había encontrado!


–Paula, ¿Estás bien?


Era Diana la que le había preguntado, y ella negó con la cabeza sin dejar de correr hacia las taquillas. Pedro, que estaba allí con Tamara Delinksi, una supermodelo conocida en todo el mundo a la que había reconocido de inmediato por las revistas que antes le gustaba leer, pero que durante los últimos cinco meses había evitado. Se secó la lágrima que le rodó mejilla abajo mientras seguía corriendo hacia las escaleras. «Dios, ¿por qué lloras? Estaba con otra mujer. ¡Pues claro! Seguramente habrá estado con cientos de ellas desde aquella noche, todas más guapas y exitosas que tú». Carmen Simpson, su jefa, subía por la escalera y se la encontró al bajar.


–Paula, ¿Dónde vas? ¡Quedan dos horas hasta que termine tu turno!


–Lo siento. Tengo que irme –dijo sin esperar respuesta. 


Ya no podía volver, ahora que él sabía dónde trabajaba. Consiguió llegar a las taquillas. Pedro no la seguía. ¿Por qué iba a hacerlo? Aun así, las manos se le volvieron torpes por los nervios mientras recogía el bolso, metía dentro los zapatos y se desabrochaba el delantal. Estaba poniéndose el abrigo cuando oyó pasos y una voz profunda que preguntaba:


–Paula, ¿Por qué has huido?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 25

Se abrió paso entre aquella opulenta concurrencia manteniendo la cabeza baja, agradecida por la capa de invisibilidad que le proporcionaba su uniforme de camarera y que le duraría otras seis interminables horas más.


–Pedro, querido, ¿Qué haces ahí fuera? ¡La fiesta está dentro!


Pedro dejó de contemplar el Támesis y se dió la vuelta para mirar a su acompañante, Tamara Delinski, que se acercaba a él caminando como una gata, con dos copas de champán. ¿Por qué se le habría ocurrido asistir a semejante evento atestado de gente, y pedirle a ella que lo acompañara? Seguramente pensó que podría llevársela a la cama, reconoció mientras aceptaba su copa, aunque bastó con que se subiera al coche para estar completamente seguro de que eso no iba a ocurrir. La atracción sexual que una vez sintió por ella, y por todas las demás mujeres con las que salía ocasionalmente, había desaparecido, engullida por el tornado que golpeó su vida sexual cinco meses atrás y que aún no había dejado de apagar su libido. ¿Cuándo narices iba a dejar de obsesionarse con aquella noche? Una noche que no había significado nada porque Paula Chaves había desaparecido. Había pasado meses buscándola, pero todo cuanto él y los investigadores que había contratado habían probado, les había conducido a un callejón sin salida. La mujer era un verdadero fantasma, sin familia, sin conocidos, y sobre todo, sin huella alguna en las redes sociales.


–Es la noche de San Valentín, y nunca se sabe… –Tamara le abanicó con sus pestañas super maquilladas–, podrías tener suerte si te esforzaras un poquito.


–Tomo nota –respondió, antes de beber un sorbo de champán. 


No estaba mal. No era como el mejor de Alfonso, pero aceptable. El problema era que no quería hacer el esfuerzo porque no tenía deseo alguno de que la suerte le sonriera con Tamara, a pesar de sus larguísimas piernas y aquella confianza en sí misma, que antes era para él una agradable distracción cada vez que iba a Londres de negocios. Ahora, en sus recuerdos, solo había sitio para otros suspiros y sollozos, para unos hermosos ojos azules llenos de confusión y vergüenza, para una piel húmeda que olía a flores silvestres, para unos pezones excitados esperando que él… «¡Merde! Deja de pensar en ella. Ya no está. No le interesas». Tamara le pasó un dedo por la mejilla, interrumpiendo sus pensamientos.


–Ay, Pedro. ¿Me estás escuchando siquiera?


«No, la verdad». Justo cuando iba a contestar, algo llamó su atención en el extremo más alejado del balcón. Una camarera había salido para ofrecer su bandeja de canapés a la única pareja que había allí, su lujuriosa figura apenas contenida por el uniforme. El deseo crepitó en sus nervios. ¿Era ella? ¿Podía serlo, o volvería a ser cuestión de su cabeza?

jueves, 16 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 24

Cinco meses más tarde



-Tienes que ver el fiestón que hay esta noche. Te juro que he visto más actores que en los cines de mi barrio.


–Genial.


Paula sonrió a Diana, cuyo entusiasmo en aquel último trabajo de camareras resultaría contagioso, de no estar ella tan agotada. Se subió la cremallera de la falda negra y corta que llevaba, pero no se abrochó el botón de la cinturilla. Al ponerse la camisa blanca, se encontró con que los botones parecían a punto de arrancarse de cómo le había crecido el busto. ¿Cuánto tiempo más iba a poder ocultar su estado, y qué iba a hacer cuando llegase ese día? Aquel trabajo era lo único que tenía para mantenerse a flote, pero trabajar todos los turnos que podía pedir estaba empezando a pasarle factura. Cerró con fuerza la puerta de su taquilla, se calzó los zapatos de tacón que el hotel de la zona de los muelles de Londres exigía y se llevó la mano al vientre, lo que hizo que el miedo aflojase un poco. El amor que ya sentía por aquella criatura dibujó una sonrisa en sus labios. Aquel bebé era suyo y solo suyo, algo que podría amar y atesorar como no habían hecho con ella.


–¿De cuánto estás, cariño? –preguntó Diana en voz baja.


Apartó rápidamente la mano y el miedo volvió a apretarle la garganta.


–Yo… ¿Cómo lo has sabido? –balbució.


 Diana era su amiga. No se lo diría a la jefa, ¿No?


–Porque tienes la misma expresión soñadora que tuve yo con mis dos embarazos –sonrió–. Y esa tripita cada vez pasa menos desapercibida.


–¿Tanto se me nota? –musitó, el agotamiento amenazando con derrotarla–. No puedo… no puedo permitirme perder ningún turno.


–¿No tienes a alguien que pueda echarte una mano?


Paula negó con la cabeza, agradeciéndole que no hubiera hecho la pregunta más obvia: ¿Dónde está el padre?


–Vale. Yo llevaré todas las bebidas, y tú quédate con los canapés. Pesan menos.


–Gracias –sonrió, parpadeando deprisa, emocionada.


–¿Quién sabe? Igual encuentras un sugar daddy esta noche –le dijo Diana mientras subían las escaleras de servicio que daban al salón de baile en el que se estaba celebrando San Valentín, el evento para el que las habían contratado–. Desde luego, ricos hay a porrillo.


–Ojalá –respondió Paula, obligándose a sonreír. Desde luego, había un rico al que ella no quería ver de ninguna manera.


En la cocina llenaron su primera bandeja y salió con ella. Paula se colocó su mejor sonrisa. Las personas que abarrotaban el salón de baile pertenecían a un mundo alejado del suyo. Aquel era el mundo de Pedro. Ricos, guapos, arrogantes, privilegiados. Ojalá el dolor que sentía en el pecho cada vez que pensaba en Pedro y su noche juntos pasase pronto. Había debatido mucho consigo misma sobre si decirle o no que estaba embarazada. ¿No se merecía todo hombre saber que iba a ser padre? ¿Y no se merecía cualquier niño conocer a su progenitor? A pesar de sus actos, Pedro había sido tierno con ella aquella noche, después de enterarse de que era virgen. Y sabía que sus sentimientos podían ser muy hondos, tal y como había reaccionado ante el testamento de André. Pero al pensar en su propio padre, en el modo en que la había abandonado, y el modo que Pedro también lo había hecho… Supo que había tomado la decisión correcta.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 23

Lo sorprendente del caso fue darse cuenta de que no volver a tenerla en su cama no era lo que más lamentaba. ¿Y si no volvía a ver su cara, tan abierta, tan confiada, las mejillas coloreadas por el deseo? ¿Y si nunca volvía a oír su voz? Caron dejó los documentos sobre la mesa con un golpe, que fue el que lo sacó de su ensimismamiento.


–Ha renunciado a todos sus derechos sobre esta propiedad y las demás de De la Mare –suspiró–. Mañana por la mañana presentaré los documentos ante el tribunal, y las propiedades se subastarán para pagar las deudas. Sabía que era usted implacable –añadió, acusador–, pero no me imaginaba hasta qué punto.


No podía rebatirle nada. Desde luego no era su intención que la declaración se hiciera pública, y menos aún que se filtrara a la prensa. Y tampoco había seducido a Paula teniendo en mente otros motivos, pero lo que le dijera Gabriel Caron le traía al pairo. La censura pública o privada nunca le había impedido hacer lo que quería hacer para que su negocio se expandiera y destruir a sus rivales, lo cual hacía que la sensación de acartonamiento que se le extendía por el cuerpo le estuviera resultando totalmente inexplicable e incomprensible. ¿Por qué le importaba lo que Paula pudiera pensar de él?


–Tenga –continuó el abogado, entregándole un sobre cerrado en el que iba escrito su nombre con tinta negra–. También le ha dejado esto. De un tirón se lo arrebató y lo abrió:


"Pedro, me he dado cuenta de que lo que ocurrió anoche no fue más que un medio para alcanzar un fin, y fui una inocente al pensar que podía ser otra cosa. Espero que ahora logres estar en paz con tu padre. Paula Chaves".


Soltó la misiva y se pasó las manos por el pelo. Así que creía que había estado todo planeado. Que la había seducido, rebajándose a utilizar su propio cuerpo, para hacerse con la propiedad y lograr sus ambiciones.  ¿De verdad podía pensar que lo que había ocurrido entre ellos no había sido para él tan espontáneo como para ella? Sí, su equipo legal había cometido un error garrafal, y rodarían cabezas por ello, pero ¿Por qué no se había quedado para luchar? ¿Por qué renunciar tan fácilmente? Y esa tontería sobre su padre… A él, el muy bastardo le importaba un comino. Hacía mucho que había superado su rechazo. ¿Por qué no le había creído?


–Tiene que decirme dónde ha ido –exigió al abogado.


–Ya le he dicho que no tengo ni idea. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que ella misma supiera adónde iba. He tenido que emplear todo mi poder de persuasión para que me aceptara unos cientos de dólares y que pudiera comprarse el billete de tren y sobrevivir hasta que encuentre trabajo.


–¿No tiene dinero? –preguntó, sintiendo cómo crecía su furia–. ¿Cómo es que no tiene dinero? ¿Es que no trabajaba para De la Mare? Algo debió ahorrar, ¿No?


–Hacía meses que André no la pagaba –explicó, y su rabia subió a la estratosfera–. Ese fue el argumento que utilizó para convencerla de que se casara con él. Al parecer, le dijo que podría dejarle el dinero que le debía en su testamento en forma de pensión, si era su esposa legalmente. Si yo lo hubiera sabido antes, le habría dicho que no iba a recibir pensión alguna.


–Maldito bastardo… –masculló, y salió a la puerta de la casa.


Su padre siempre había sido un cerdo. No le sorprendía lo más mínimo que hubiera sido capaz de urdir aquella patraña barata para engañar a su ama de llaves y no pagarle las mensualidades que le debía antes de morir y, de paso, impedir que él llegara a hacerse dueño del legado De la Mare. Pero si Paula no tenía un céntimo, ¿Por qué no había aceptado su ofrecimiento? ¿Y por qué había capitulado tan fácilmente con lo del testamento? Qué locura. Entendía bien lo que era el orgullo, pero no se podía comer orgullo, ni tampoco tener un techo sobre la cabeza. ¿Tan repugnante le resultaba la idea de convertirse en su amante que prefería morirse de hambre? Dejó atrás el grupo de periodistas e ignoró los flashes que le deslumbraron y las preguntas que le gritaron. Sacó el móvil del bolsillo y marcó. Al subir al coche, conectó el manos libres y comenzó a lanzar órdenes mientras daba marcha atrás para salir. Necesitaba que encontrasen a Paula Chaves. Tomó la dirección de la estación de tren. Solo le llevaba unas pocas horas de ventaja. Y mientras salía, una asfixiante sensación de culpa que no entendía del todo amenazaba con paralizarle, además de una aterradora sensación de déjà vu. La voz de su madre sonó en su cabeza… Una voz que le había perseguido en sueños durante años después de su muerte.


–«Pedro, ne t’en vas pas. Je ne peux pas vivre sans toi». «Pedro, no te vayas. No puedo vivir sin tí». 


Una Noche Inolvidable: Capítulo 22

El capataz se limitó a asentir. Pedro echó a andar hacia su coche y la furia crecía con cada paso que daba.


–Pero si tú no has dado permiso, entonces ¿Quién? –preguntó Carson, corriendo por la tierra con sus zapatos de doscientos dólares.


–No lo sé, pero lo voy a averiguar.


De un salto se subió a la furgoneta. El imbécil que hubiera hecho aquello iba a pagárselas, pero junto con la furia, era el miedo el que empujaba su estómago hacia la garganta. Paula. Nunca había sido su intención humillarla públicamente, y si los detalles de su primera noche juntos –detalles que había compartido confidencialmente con su abogado– eran ahora el centro de una tormenta mediática, era eso exactamente lo que iba a lograr. Había visto su vergüenza en el cuarto de baño, una vergüenza que no tenía sentido alguno porque era inocente. De hecho, la química entre ellos había sido tan fuerte que ninguno de los dos habría sido capaz de negarla durante mucho tiempo. Lo que había ocurrido era inevitable; inevitable y bueno para ambos. Tanto que no había podido dejar de pensar cuándo podría volver a tenerla en su cama. Apretó el volante con las manos. La recordó con las manos entrelazadas en el regazo mientras él la limpiaba con todo el cuidado y examinaba la piel enrojecida. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, el estómago se le encogió y el corazón se le subió a la garganta. Aquel era el mismo sentimiento que le había perseguido durante años después de dejar Borgoña: Culpa. Puso en marcha el coche y pisó el acelerador. Carson dió un salto cuando la arena salpicó su traje y el SUV voló por el camino hacia la carretera, en dirección a las tierras de De la Mare. En dirección a La Maison de la Lune. Y mentalmente se preparó para hacer algo que no había vuelto a hacer desde la mañana en que le dijo a su madre que se iba de Borgoña: Disculparse con una mujer. Tardó diez minutos en llegar y se encontró con que había un grupo de periodistas de una emisora local recogiendo su equipo pero, en cuanto lo vieron bajar del coche, uno de ellos corrió hacia él micrófono en mano, con el cámara pegado a sus talones. Un micrófono que le metió en la cara mientras le lanzaba una ristra de preguntas sobre su escandaloso encuentro con madame De la Mare.


–Sans commentaires –espetó, y se hizo a un lado para llamar a la puerta–. Paula, ábreme. Necesito hablar contigo.


Tras cinco agónicos minutos, la puerta se abrió y Gabriel Caron lo miró con el ceño fruncido.


–¿Usted? ¿Qué hace aquí? ¿Es que no ha causado ya bastante…


–¡Tais-toi! –le cortó, y entró en tromba–. No quiero darles a esos parásitos más de lo que hablar –continuó.


–Su repentino deseo de discreción me resulta difícil de creer –replicó el abogado–. Teniendo en cuenta el daño que ha causado ya…


–¿Dónde está Paula? –preguntó sin prestarle más atención.


Entró en el zaguán y de golpe notó un vacío que no había estado la noche anterior. ¿Dónde estaba el calor, los toques de personalidad y hospitalidad que había percibido al entrar? ¿Las flores naturales en el jarrón? ¿El perfume a lavanda y romero? ¿El aroma erótico que era la propia Paula y que le había vuelto completamente loco?


–¿Paula? –gritó de nuevo–. Deja de esconderte. Tenemos que hablar.


–Se ha marchado –lo interrumpió, y sonó a acusación teñida de tristeza–. Se ha marchado esta mañana antes de que llegaran los periodistas, gracias a Dios.


–¿Dónde se ha ido?


–No lo sé, pero ha dejado esto para usted.


Y le ofreció unos documentos que parecían oficiales. Pedro se guardó las manos en los bolsillos con el ceño fruncido. No quería aceptarlos. ¿Paula se había ido? ¿Sin ponerse en contacto con él? ¿Sin darle ocasión de explicarse?


–Tenga. Es lo que usted quería –le acusó abiertamente.


Pedro sintió una punzada de remordimiento en el estómago. Contuvieran lo que contuviesen aquellos documentos, no era el resultado que tenía planeado. ¿Y si nunca podía volver a tenerla en los brazos? ¿Y si ya no oía nunca más sus suspiros? ¿Y si no sentía su cuerpo pegado al suyo?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 21

 La realidad de lo que Pedro había hecho empezaba a calarle hasta los huesos como un virus, debilitándola y causándole un horrible dolor. Aquello era solo culpa suya por pensar que podía enfrentarse a un lobo y sobrevivir. Se había dado cuenta de lo mucho que odiaba a su padre, pero no le había creído capaz de semejante crueldad: Que estuviera dispuesto a destruir su reputación y su hogar solo por llevar a cabo su venganza. Las lágrimas que no se había permitido derramar la noche anterior rodaron por sus mejillas.


–Madame, no desespere –le dijo el abogado, poniendo una mano paternal sobre la suya–. Rebatiremos sus acusaciones. De hecho, puede que incluso nos haya facilitado una ventaja táctica. Decir tales mentiras nos permite demandarle por difamación.


–No podemos –murmuró, secándose las lágrimas para mirarlo a los ojos–, porque todo lo que ha dicho es cierto.



–Pedro, ¿No es ese tu director de comunicación? –Sergio Dupont, el capataz de los viñedos de Pedro, parecía divertido–. ¿Y qué hace ese aquí, donde se curra de verdad?


Pedro apartó la mirada del pámpano que estaba atando. Llevaban todo el día inspeccionando las vides nuevas y se secó la frente.


–Eso parece –contestó. 


Estaba acostumbrado a la ironía con que Sergio trataba todo lo relativo al marketing que acompañaba a la comercialización de los vinos. Además, en aquel caso tenía razón para estar divertido, porque Javier Carson parecía completamente incongruente allí, con su traje de diseño y sus zapatos caros, entre filas de vides. Pasar el día trabajando en el campo le había parecido un buen modo de olvidarse de la preocupación por la situación de Paula Chaves. Por su situación, por el persistente deseo que no había modo de calmar y, por supuesto, por el paso que se había visto obligado a dar aquella mañana. Había llamado a su equipo legal a primera hora, después de pasarse la noche intentando encontrar una solución a la terca negativa de Paula a considerar siquiera su oferta. La declaración que había firmado le hacía sentirse incómodo. Era implacable, pero no era la primera vez que hacía algo así para conseguir lo que quería, y ella no le había dejado otra salida. Tenía que romper como fuera su equivocado sentido de la lealtad con De la Mare, y en vista del problema de un posible embarazo, no tenía tiempo de andarse por las ramas. Quería tenerla instalada en el Château Durand cuando antes, y poner en marcha la compra de las tierras de De la Mare antes de salir a la semana siguiente para sus viñedos de California. Así, cuando volviera, habría superado la fase del pataleo y le vería las ventajas a ser su amante. Lo cierto era que la noche anterior había perdido los estribos cuando le había mencionado a su padre. Los celos, por muy absurdo que fuera, le habían cegado, pero en realidad casi todas las reacciones que había tenido con Paula eran absurdas. Sin embargo, después de pasarse la noche en blanco pensando en cómo se había deshecho en sus brazos, había llegado a varias conclusiones importantes. No tenía por qué sentirse celoso de su padre. No solo estaba muerto, sino que Paula no se había entregado a él. Por otro lado, también era posible que se hubiera precipitado en su insistencia de derruir La Maison de la Lune. Le había hecho esa amenaza a su padre porque, que tuviera la desfachatez de pedirle ayuda apelando a sus sentimientos por aquel lugar, cuando ni siquiera le había estado permitido traspasar su umbral… Pero su objetivo al volver a Borgoña había sido el de crear su propio legado y obtener unos vinos que fueran mucho mejores que los de De la Mare. Ser propietario de las viñas en las que tanto había sudado de crío. Pero si Paula accedía a vivir en Château Alfonso, él quizás podría mostrarse magnánimo con la casa… Cuando Carson llegó a su altura, sudaba profusamente.


–Pedro, ¿Por qué nunca contestas al teléfono? –espetó, con su marcado acento californiano.


–No lo llevo encima –replicó, encogiéndose de hombros–. ¿Qué ocurre?


–Necesitamos que vuelvas. Internet echa humo, y tenemos a los periodistas locales acampados delante de la puerta de la oficina. La historia amenaza con pasar a ser de ámbito nacional.


–¿Qué historia? –preguntó, tan molesto como confuso. 


Que un subordinado lo llamase al orden no le hacía demasiada gracia.


–La que tu equipo legal ha lanzado a las nueve de la mañana, en la que cuestionas la validez legal del matrimonio de André de la Mare porque anoche sedujiste a su esposa.


–¿Qué dices? –explotó, y su grito se oyó por todo el viñedo–. ¡Yo no he dado permiso para tal cosa! –¿Alguien en Brocard et Fils, sus abogados, había dado a la prensa los detalles de la declaración que había firmado? Una lava ardiente le subió por el pecho, amenazando con hacerle explotar. Termina tú, Sergio –dijo, lanzándole la tijera–. Tengo que irme.

martes, 14 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 20

Gabriel: "Madame de la Mare, ha habido un cambio significativo en lo relativo a la herencia de su esposo. ¿Puedo pasar esta mañana por La Maison para hablar de la situación?"


Paula se despertó con el mensaje de Gabriel en el teléfono. Contestó diciéndole que podría recibirle en media hora. Se había llevado una buena sorpresa al comprobar que eran más de las diez. Había dormido fatal, soñando constantemente con el encuentro con Pedro Alfonso, de modo que abrió los postigos del dormitorio al que se había trasladado cuando él se marchó y respiró hondo mientras contemplaba la luz de aquella mañana de septiembre. No sirvió de nada. Tras una larga ducha caliente en un vano intento de despejar sus pensamientos y comprender por qué seguía sintiendo un vago pulso de deseo, se vistió con unos pantalones cortos y una camiseta. Volvió a su propia alcoba y quitó las sábanas de la cama intentando no ver las manchas de sangre que había dejado su inocencia perdida. No perdida: Tirada. Las bajó y las metió en la vieja lavadora. Ojalá pudiera hacer desaparecer su estupidez con un lavado, y también los recuerdos de su noche con Pedro. ¿Sería cosa de su imaginación, o era posible que aún pudiera percibir su olor a madera de sándalo y sal en su piel recién lavada? Necesitaba café, mucho café, antes de enfrentarse al abogado de André. Lo último que quería era que Gabriel pudiera llegar a imaginarse lo que había hecho la noche anterior, y estaba con el segundo café en la mano cuando oyó su coche detenerse ante la puerta. Llegaba cinco minutos antes de la hora, y mientras iba a abrir se preguntó si Pedro habría iniciado acciones legales para impugnar el testamento de André. ¿Por qué si no iba a querer verla el abogado tan temprano? Abrió la puerta y la expresión de la cara de Gabriel no le presagió nada bueno. Desde luego, no testaba allí por una nimia formalidad.


–Madame de la Mare, hay un problema con el testamento. Esta mañana, el equipo legal de Pedro Alfonso ha hecho unas reclamaciones que debemos dirimir inmediatamente. ¿Puedo entrar?


–Sí, claro, por supuesto.


Abrió para que el abogado pasara y le siguió a la cocina con una extraña premonición. Se sentía como si estuviera metida en una pesadilla mientras servía un café y el abogado dejaba su maletín sobre la mesa.


–¿Qué reclamaciones? –preguntó.


–Alfonso ha firmado una declaración jurada en la que dice que él y usted mantuvieron anoche relaciones sexuales y que, en ese proceso, él descubrió que era usted virgen –el color teñía las mejillas del pálido abogado.


Le costaba entender. ¿Que Pedro le había dicho a su equipo legal que ella era virgen? ¿Por qué? No tardó en descubrir la razón.


–El equipo de Alfonso está buscando el modo de anular su matrimonio basándose en el hecho de que no había sido consumado. Por supuesto, no hay precedente en la ley francesa que establezca que, porque no haya sido consumado, el matrimonio no sea legal, pero dado que está intentando demostrar que usted nunca mantuvo una relación íntima con su esposo, aun incluso antes de la boda, puede que ante el tribunal tenga cierto peso. Pero lo que resulta verdaderamente vergonzoso es que su equipo haya emitido un comunicado de prensa en el que detalla qué es lo que Pedro le reclama a usted, sin duda para obligarla a que nos retiremos y evitar un escándalo mayor. Pedro Alfonso es un… –Gabriel se contuvo para no lanzar un improperio, él, un hombre tan afable siempre–. El camino que debemos seguir es claro: Tenemos que atacar de inmediato sus mentiras haciendo una declaración jurada en la que deje bien claro que su reclamación carece por completo de base, además de emitir un comunicado de prensa para que toda la región se entere de la clase de… De… Basura que es.


Sus ojos castaños relucían con deseos de batalla. Paula sintió que las piernas no le sujetaban y la taza se le escurrió de las manos, pero el ruido de la porcelana al romperse quedó ahogado por los latidos de su corazón.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 19

Pero sus insultos volvieron a perseguirla en aquel momento. ¿Sería eso lo que de verdad pensaba de ella?


–Tenemos una química poco ordinaria, Paula. Sería una locura no disfrutarla mientras dure.


Y tomó su mano para que se levantara, rodearle la cintura y besarla en el cuello. Ella se estremeció con una necesidad imposible de disimular, pero encontró la fuerza para poner las manos en su pecho desnudo y empujar.


–Pedro, por favor, no.


–¿Por qué no? –sonrió–. Si puedo oler lo mucho que todavía me deseas.


Se apretó el cinturón del albornoz, consciente de su desnudez y de la facilidad con que podía poner su propio cuerpo en contra suya. Pero no se sentía solo herida e insultada, sino idiota. Se estaba riendo de su inocencia. Eso lo comprendía. Había sido una inocente de marca mayor al dejarse llevar a la cama sin tan siquiera pensar en las consecuencias, y entregarle su virginidad sin darse cuenta de cuánto poder le estaba confiriendo.


–Creo que deberías irte –le dijo, y la rabia la ayudó a controlar sus nervios.


Su sonrisa se apagó.


–¿Qué tontería es esta, Paula? –preguntó, e intentó acariciarle la mejilla, pero ella retrocedió.


–Necesito pensar.


Sabía por experiencia que siempre había un precio que pagar por tomar la salida fácil.


–¿Qué tienes que pensar? Ahora eres mía, y necesitas atención médica y una casa. Es la mejor solución.


–La mejor solución para tí, querrás decir –replicó en un azote de ira–. No quiero ser tu mantenida.


–¿Mi mantenida? –se burló–. ¿Pero qué significa eso?


-Que serías mi dueño.


–Me ocuparía de tí, pero no sería tu dueño –contestó, haciendo un esfuerzo por controlar su temperamento–. Vivirías en Château Alfonso, pero serías libre de salir cuando quisieras.


–¡Es que mi casa es esta, Pedro, y no quiero irme de aquí! No quiero que la derribes solo por el hecho de que puedes hacerlo. Soy consciente de que tu situación con André era complicada, pero me dejó a mí La Maison. Puedes quedarte con las viñas. Seguro que hay un modo de impugnar el testamento de André para que eso cambie, pero yo no puedo permitir que derribes su casa. Se lo debo.


En cuanto mencionó el nombre de André, supo que se había equivocado. Su expresión se volvió tormentosa y una determinación de acero congeló su mirada.


–Tú a ese bastardo no le debes nada. Te utilizó para llegar hasta mí, y si no eres capaz de verlo, es que eres más inocente de lo que las pruebas demuestran. Y no voy a cambiar de opinión respecto a esta casa. Le dije que la tiraría abajo en cuanto él estuviera bajo tierra, y es lo que voy a hacer.


–¿Se lo dijiste? –se sorprendió–. ¿Cuándo se lo dijiste?


Ahora lo veía todo claro: Su determinación no tenía nada que ver con el negocio, sino con una necesidad de vengarse de un hombre muerto.


–Hace años.


–¿Cuántos? –preguntó, horrorizada. ¿La habría seducido deliberadamente, o habría sido real la explosión de calor que habían sentido? Igual, acostarse con ella en casa de André solo unas horas después de su entierro había sido otro modo de vengarse del hombre que lo había explotado y rechazado. ¿La habrían utilizado tanto André como su hijo?–. ¿Hace diez? ¿Cinco? ¿Dos?


–¿Qué importa eso? –espetó. El acero en su voz quedaba muy lejos de las llamas en su mirada–. Me has entregado tu virginidad, así que cualquier lealtad que tuvieras hacia él ya no significa nada.


–Esto no tiene que ver con mi lealtad hacia André. Tiene que ver con tu sed de venganza.


–Esta conversación es una locura. André está muerto, y tú necesitas un sitio en el que vivir porque La Maison de la Lune pronto va a desaparecer, lo cual significa que tienes que madurar y dejar de decir tonterías.


Antes de que pudiera procesar su respuesta, Pedro salió del baño, se arrancó la toalla y comenzó a vestirse. Aún no se había abrochado la camisa cuando volvió hasta ella y, poniéndole una mano en la mejilla, la besó en los labios. Su boca traidora se abrió para él, y su cuerpo empezó a derretirse aun cuando tenía las manos puestas en su abdomen intentando hallar la fuerza para resistirse. Cuando por fin se separaron, los dos jadeaban y se notaban los pezones de Paula debajo de la bata.


–Tu cuerpo sabe que me perteneces aun cuando tú no eres consciente de ello –dijo, rozándole uno–. Cuando estés preparada para enfrentarte a la realidad, te estaré esperando.


Y Paula se quedó clavada en el sitio hasta que oyó cerrarse la puerta principal. Entonces se acercó a la ventana, a pesar de que le temblaban las piernas, y le vió subirse al coche y alejarse en la noche mientras sus palabras se repetían una y otra vez en su cabeza. «Tu cuerpo sabe que me perteneces». No era una amenaza, sino una promesa. Se había metido en la guarida del lobo pero, a diferencia de Caperucita Roja, ella no estaba segura de ser lo bastante lista o fuerte para volver a salir antes de que Pedro Alfonso la devorase.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 18

 –Si hay… –Paula suspiró–. Si hay consecuencias, puedo ocuparme.


Lo dijo sin mirarlo directamente, y Pedro sintió que su acostumbrado cinismo volvía. Por muy inocente que pudiera parecer, no iba a confiar en que una mujer se ocupara de las consecuencias, como había dicho con toda frialdad. Él era un hombre rico y, aunque ella desconociera las verdaderas razones por las que su padre había querido casarse, el hecho seguía siendo que se había casado con un hombre al que no amaba. ¿Y si se había hecho la idea de que también a él podía atraparlo en un matrimonio?


–Si hay consecuencias, es tanto responsabilidad mía como tuya – respondió–. Creo que la mejor solución es que te vengas a vivir a Château Alfonso. Puedo concertarte una cita con un médico lo antes posible para asegurarnos de que el embarazo, si lo hay, no siga su curso.


Ella levantó la cabeza y sus ojos azules brillaron como zafiros. Lo cierto era que iba a ser una amante magnífica. No solo era exquisita y sorprendentemente franca, sino que no podía recordar haber deseado tanto a otra mujer. Solo pensar en todas las cosas que podía enseñarle y el placer que podían compartir mientras lo hacía logró que toda la sangre se le concentrara en la entrepierna. Pero entonces la oyó decir algo totalmente absurdo:


–¿Me estás ofreciendo un trabajo? ¿De ama de llaves? Es… Es increíble, y así se solucionarían nuestros problemas –respondió, esperanzada, mientras él buscaba el modo de sacarla de su error–. Estaría encantada de renunciar a mis derechos sobre las tierras de De la Mare si reconsideraras tus planes de demoler La Maison. Sé que necesitas la tierra, pero debe haber un modo de salvar…


–No te estoy ofreciendo trabajo, y mis planes para la casa no van a cambiar –la interrumpió con impaciencia–. No necesito un ama de llaves – sentenció, y al ver la esperanza morir en su mirada, se sintió como si le hubiera dado de patadas a un gatito–. Y tú no vas a necesitar un trabajo porque vas a disfrutar de una generosa asignación.


–Pero… ¿Por qué me vas a pagar si no voy a trabajar para tí?


Desde luego, aquello era completamente ridículo. No podía ser tan inocente. Era imposible.


–Paula –suspiró–, no te voy a pagar por nada. Simplemente me voy a ocupar de mantenerte mientras seas mi amante.


-¿Tu amante? –exclamó, horrorizada. 


El ofrecimiento no solo era descarado sino insultantemente pragmático. Como si fuera perfectamente razonable ofrecerle un dinero a una mujer por acostarse con ella. Quizás fuera perfectamente racional en el mundo en el que vivía él. ¿Qué sabía ella de esas esferas, de ese mundo de fiestas lujosas, de bailes elegantes y soirées carísimas que tenían lugar en enormes yates en la Costa Azul, o en los grandes hoteles de Londres, o las arenas blancas de las Bahamas? Puede que a las mujeres con las que salía, glamurosas modelos y actrices, les pareciera perfectamente bien que Alfonso pagara siempre la factura. Además, ellas nunca dependerían de su generosidad porque tenían dinero propio, estatus, contactos, conocían perfectamente aquel mundo extraño y su forma de funcionar. Pero, en el caso de alguien como ella, que había tenido que luchar para conseguir cualquier mínima dignidad y respeto, ¿Cómo no iba a quedar comprometida por semejante acuerdo? Y no solo comprometida, sino transformada en una propiedad porque, sin trabajo, sin disponer de modo alguno para pagarse sus propios gastos, dependería por completo de él. Sería de su propiedad.


–Sí –contestó Pedro, frunciendo el ceño–. Ma maîtresse. Mi amante. Lo he dicho bien.


–Sí, pero yo no puedo… Yo no quiero ser tu amante –le respondió, más avergonzada aún que cuando se encontró desnuda bajo su cuerpo.


–¿Por qué no?


¿Es que no se daba cuenta de lo insultante que era su proposición? Hacía poco rato que la había acusado de ser una furcia, un insulto que ella había pasado por alto cuando supo de su relación con Pierre y de por qué tanta determinación en conseguir las tierras de De la Mare. Si algo comprendía bien era cómo te hacía sentir esa clase de rechazo: insignificante, enfadado, vulnerable, herido. Ella misma había sentido todas aquellas emociones siendo una niña, cuando esperaba que su padre fuese a verla, hasta que descubrió qué quería decir su silencio: Que las promesas que le había hecho en las escaleras del centro de acogida de Westminster eran solo mentiras para que se fuera sin oponer resistencia con la señora que salió a buscarla.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 17

 –Aunque me encantaría llevarte de nuevo a la cama, no quiero hacerte más daño.


–No me lo has hecho…


–No mientas, Paula –repuso, apoyando un dedo en sus labios–. Ya hay bastantes mentiras entre nosotros.


–Lo sé –reconoció, bajando la mirada.


¿Pero qué narices le pasaba? ¿Un acto de ternura, y estaba dispuesta a lanzarse a él otra vez, aunque sabía más que de sobra que estaba mal? ¿Tan desesperada estaba por recibir afecto? Pedro empujó suavemente su barbilla hacia arriba.


–Ahora tienes que contarme por qué eras virgen.


–Yo… –suspiró–. André y yo no tuvimos esa clase de matrimonio – explicó.


Él se levantó y soltó una risa áspera.


–Solo hay una clase de matrimonio, Paula: En el que el marido lleva a la esposa a la cama. Si fueras mía, no te dejaría salir de mi cama durante una semana.


El rubor le quemó el cuello y el pecho, y la fuerza de sus palabras hizo que le temblase un punto entre los muslos.


–André era un hombre mayor, y ya no era capaz de… –se cubrió la mejilla con una mano–. Éramos solo amigos, y quiso casarse conmigo para darme seguridad cuando él falleciera. O eso es lo que me dijo –no le habló de los salarios que le debía porque se sentiría aún más patética–. Nunca fue una relación sexual.


Pedro contempló aquella melena de rizos rubios y tuvo que pelear contra el deseo que aún le latía en el vientre, además de con una extraña sensación de alivio. Así que no se había planteado acostarse con su padre. Eso estaba bien. Pero sirvió también para que su desprecio por el viejo volviera. Ojalá no estuviera muerto para poder asesinarlo con sus propias manos. De la Mare había utilizado a Paula Chaves para ejecutar sus deseos de venganza contra él, además de darle un empujón a su ego viéndose al lado de una mujer tan hermosa y joven, aunque no pudiera consumar el matrimonio. Un ego enfermizo que ahora le planteaba a él un problema. Siempre había pensado en arrasar La Maison hasta los cimientos en cuanto comprase la propiedad, pero ¿Cómo echar a aquella muchacha de su casa? ¿No le convertiría eso en un bastardo tan cruel como su padre, en particular después de haberle arrebatado su inocencia? Y encima, sin usar protección, algo de lo que había sido brutalmente consciente al lavarla. ¿Por qué había actuado así? Nunca había sido tan impulsivo ni tan descerebrado, ni siquiera de adolescente. No solo no deseaba ser padre por accidente, sino que sabía más que bien lo que era ser hijo por accidente, ser un niño no querido, no deseado, sin importancia.


–¿Tomas anticonceptivos, Paula?


Su cara de absoluta desolación contestó por ella. No habría hecho falta que negase con la cabeza.


–¿Cuánto hace de tu último periodo?


Volvió a enrojecer, lo cual sería encantador si las posibles consecuencias de su locura no fuesen tan inquietantes.


–Hace poco.


–Por lo menos no estamos en mitad de tu ciclo.


Pero el riesgo seguía estando ahí, y solo había una solución para asegurarse de que su irreflexión no tuviera consecuencias indeseadas: Haría de Paula Chaves su amante. De ese modo, podría asegurarse de que tomara las precauciones necesarias para evitar un embarazo no deseado y podría ofrecerle un lugar para vivir, Château Alfonso, mientras La Maison era demolida. Se llevó una sorpresa al darse cuenta de que invitar a Paula a vivir en su casa no le hacía sentirse tan incómodo como cabría esperar. Era la primera vez que se llevaba a una mujer a vivir en alguna de sus casas, y jamás había tenido una amante. Hasta entonces, nunca había ido en serio con ninguna de las mujeres con las que salía. Tenía que dirigir un negocio. En su vida no había tiempo para el romance, y no le veía el lado positivo a las relaciones a largo plazo.

martes, 31 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 16

Mejor no dejarse llevar por el pánico. Imposible pensar en las consecuencias en ese momento. Ya lo haría más tarde. Primero tenía que alejarse de aquella mirada intensa y escrutadora para poder reagruparse, pensar y revaluar su posición. Tenía el pensamiento tan confuso en aquel momento que casi no podía respirar, y menos aún, pensar. ¿Podría seguir quedándose allí? ¿Se merecía vivir en la casa de André después de haberse acostado con su enemigo? ¿Cómo marcharse, si ella era lo único que se interponía entre La Maison de la Lune y su destrucción? Intentó soltarse, pero Pedro no se lo permitió.


–Por favor, necesito…


–Déjame que te ayude a limpiarte –dijo, y en un movimiento fluido se levantó sin soltarla.


Mientras que ella se sentía frenética y culpable, él parecía tan compuesto e imperturbable como siempre. El pánico siguió creciendo en Paula.


–¿Qué? –preguntó, intentando no mirarlo e ignorar la sensación extraña en su pecho y en su sexo ante semejante ofrecimiento.


¿Cómo podía seguir deseándolo cuando todo lo que acababan de hacer estaba mal, en tantos sentidos? Nunca había considerado la virginidad un rasgo de gran importancia, pero, si ese fuera el caso, ¿Por qué había seguido siéndolo durante tanto tiempo? ¿Y cómo aquel hombre había podido echar abajo con tanta facilidad todos sus temores acerca de la intimidad? Pedro puso una mano en su mejilla, mirándola de frente.


–¿Te he hecho daño, Paula?


«No llores. ¡No te atrevas a llorar! No significa nada. Ha ocurrido, ha sido un error garrafal, y ya está». Sentía el pecho a punto de estallar. Un error, no. Una aberración propiciada por el estrés y la química. Una estupidez inconmensurable. «Le importas un comino. Lo único que le preocupan son los viñedos, y su enfrentamiento con André. Y a tí, él tampoco te importa. Ni siquiera lo conoces. Tu lealtad debe estar ahora con La Maison. Así tiene que ser. Que haya sido tu primer hombre no lo convierte en algo especial. Es un número como cualquier otro». Tenía pensado destruir La Maison, y ella no podía permitirlo. Su intención hacía de ellos enemigos, independientemente de lo que había pasado en su cama.


–De verdad, necesito…


No podía encontrar las palabras. La vergüenza era tal que apenas podía hablar.


–Respira, Paula –le dijo asumiendo el control, igual que había hecho antes, y tomándola de la mano, la condujo al pequeño y espartano cuarto de baño que había en la habitación. 


Descolgó la bata que tenía dentro y se la ofreció, una pequeña protección que ella agradeció. Patético. Y agradeció todavía más que él tomara una de las toallas limpias que tenía junto al lavabo y se cubriera.


–Siéntate –le pidió, bajando la tapa del inodoro.


Se acomodó en el asiento intentando recuperar el equilibrio, pero lo único que parecía capaz de hacer era mirarlo, hipnotizada por sus movimientos firmes y eficaces. Con jabón y una manopla, llenó el lavabo con agua caliente, la humedeció y, agachándose delante de ella, abrió la bata para dejar al descubierto sus piernas apretadas la una contra la otra.


–Ábrete para mí, Paula –le pidió en voz baja, y sus palabras le recordaron lo que le había dicho antes y que ella había obedecido sin dudar.


–Puedo… Puedo hacerlo yo –balbució.


–Es que me gustaría hacerlo. Quiero asegurarme de que no te he hecho daño.


No era una exigencia y podría haberse negado, pero permitió que le abriera las piernas. La lavó con cuidado, con sumo cuidado, limpiado la prueba de su inocencia y de su sexo con una eficacia delicada que la dejó sin respiración e hizo que su necesidad le llenara el abdomen. Las piernas le temblaban. El renovado deseo era imposible de disimular. Él rozó con un dedo la piel enrojecida de la cadera a la que se había agarrado en el calor de la pasión.


–Te he hecho daño, ma petite.


–No pasa nada. No me duele.


Pero a pesar de lo que le dijo, se inclinó hacia ella y besó la piel enrojecida.


–Debes aceptar mis disculpas –musitó.


Paula asintió. Se deshizo de la manopla, le cerró las piernas, se las cubrió con la bata y por fin, la miró a los ojos con una sonrisa triste que descentró el latido de su corazón.