Un traqueteo de ruedas sobre la nieve, hizo saber a Paula Chaves que él estaba allí. El comisario. El hombre que lo había estropeado todo antes incluso de llegar a Mountain Haven, un pueblecito perdido en la región de Alberta, en Canadá. Suspirando, apartó las cortinas y miró el jardín, cubierto por una espesa capa blanca. Aunque estaba a punto de empezar la primavera, una inesperada tormenta de nieve le había dado al paisaje un aspecto navideño. Y en ese paisaje navideño, acababa de aparecer una furgoneta negra. Suspiró de nuevo. Siempre encontraba una excusa para no irse de vacaciones, pero ahora que Sofía volvía al colegio en Edmonton, había decidido darse un capricho e ir a algún sitio soleado. Estaba echando un vistazo en la agencia de viajes de Red Deer, cuando él había llamado al hostal pidiendo una habitación para una estancia larga. Como ella no estaba en casa en ese momento, fue Sofía quien reservó una habitación sin consultar con nadie. Y eso no sólo había estropeado sus planes, sino que había provocado una enorme discusión entre su hija y ella. Claro que si no hubiera sido sobre eso, habrían discutido sobre cualquier otra cosa. Nunca estaban de acuerdo en nada. Como si la hubiera invocado, Sofía eligió ese momento para bajar corriendo la escalera, con un pantalón de pijama y una camiseta gris que habían visto tiempos mejores. La verdad, sería un alivio que volviese al colegio después de la Semana Blanca. Últimamente se llevaban mucho mejor cuando estaban a muchos kilómetros de distancia.
—Sigues en pijama y nuestro cliente acaba de llegar —la regañó.
—Es que no me ha dado tiempo de hacer la colada…
Sofía pasó corriendo a su lado. Paula suspiró. Aunque Sofía se quejaba de que no había nada que hacer allí, siempre le dejaba las tareas a ella. Y ella las hacía por no discutir. Su relación ya era suficientemente complicada. Por eso, cuando le informó sobre la llegada de aquel inesperado cliente, perdió la paciencia en lugar de darle las gracias por tomar la iniciativa en el negocio. Debería olvidarse de las supuestas vacaciones, pensó. México no iba a moverse de donde estaba. Iría en otro momento, y con ese dinero extra podría hacer reformas en la casa durante el verano. En fin, el comisario era un cliente y su obligación era hacer que se sintiera cómodo en su casa. Aunque tenía serias dudas. Un policía estadounidense nada más y nada menos… Con la fama de violentos que tenían. Obligándose a sí misma a sonreír, abrió la puerta sin darle tiempo de llamar al timbre.
—Bienvenido al hostal Mountain Haven… —consiguió decir.
Pero al ver aquellos ojos de color azul verdoso, se le olvidó el resto de la frase que había ensayado.
—Gracias. Sé que estamos fuera de temporada, y le agradezco que me haya dado alojamiento —contestó él, con una parka gris abrochada hasta el cuello—. Espero que no sea un inconveniente para usted…
Paula tuvo que hacer un esfuerzo para cerrar la boca. ¿Iba a pasar las siguientes tres semanas con aquel hombre? ¿En un hostal vacío? Sofía sólo estaría allí unos días antes de volver al colegio. Y entonces se quedaría sola con el hombre más guapo que había visto en toda su vida. Tenía la voz suave, masculina, los labios bien definidos, el gesto serio. Y unos ojos matadores… Unos ojos que brillaban en contraste con su ropa oscura.
—Estoy en el hostal Mountain Haven, ¿Verdad? —le preguntó, mientras ella permanecía en silencio.
«Contrólate», se dijo Paula a sí misma.
—Si es usted Pedro Alfonso, está en el sitio adecuado — consiguió decir, dando un paso atrás para abrirle la puerta.
—¡Qué alivio! Temía haberme perdido… Y por favor, llámeme Pepe —sonrió él, mientras se quitaba un guante para ofrecerle su mano—. Sólo mi jefe o mi madre me llaman Pedro… Cuando he metido la pata en algo.
Paula sonrió, esa vez de verdad, mientras estrechaba su mano. Tenía un apretón firme y envolvía sus dedos completamente. Y no podía imaginarlo metiendo la pata en nada.
—Soy Paula Chaves, la propietaria del hostal. Entre, por favor.
—Sí, un momento. Tengo que ir a buscar mis cosas…
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