Con los tirantes, el cuello de la camisa abierto y una funda de pistola falsa.
—Sí. Estamos muy bien, ¿No?
—Sí, son buenos disfraces —respondió él.
Se le acercó por detrás y la abrazó por la cintura. Ella miró el reflejo de ambos en el espejo y notó que se le aceleraba el corazón. Cada vez le resultaba más difícil negar que se estaba enamorando de él. En realidad, no quería negarlo, pero tampoco estaba segura de hacia dónde pensaba Pedro que iba su relación.
—Nunca hablamos de tu familia —le dijo.
—Solo me queda mi tía. Mis padres y mi hermano murieron.
Ella se giró entre sus brazos y lo estrechó contra sí.
—Lo siento. Me encantaría conocer a tu tía.
Él la abrazó con fuerza durante un segundo. Después, la soltó y fue en busca del arma para meterla en la funda.
—Sí, ya lo resolveremos.
—¿Están unidos? —le preguntó ella, porque no parecía que quisiera que ellas se conociesen.
—En realidad, sí —dijo él.
—Entonces… ¿Por qué no quieres que la conozca?
—No es eso, exactamente.
Ella tomó aire.
—Sé que está a punto de aparecer mi familia y que somos los anfitriones de una fiesta, pero ¿Qué pasa? ¿Acaso te sientes avergonzado de mí en algo? ¿Soy suficiente para Chaves Corners pero no para…?
—No digas tonterías. Eres perfecta y una Chaves, así que, ¿Cuándo no has sido suficiente?
—No soy una Chaves contigo, Pedro. Soy Paula. Y últimamente no soy suficiente.
—Tú eres todo lo que necesito —dijo él, con la voz enronquecida, y se acercó para abrazarla—. Y, en cuanto a mi tía, el problema no eres tú. Soy yo.
—¿Tú? Si están unidos, ella debe de quererte y querrá que seas feliz.
—Sí, pero… Como tú has dicho, ahora no tenemos tiempo para entrar en detalles. Pero la noche en que murió mi hermano cambió para siempre a mi familia. Mi tía y yo nos unimos en nuestro dolor para intentar que los responsables pagaran por sus actos.
—Oh, Pedro, eso parece algo horrible. Es como si hubieras estado cargando con esto mucho tiempo. ¿Puedo hacer algo para ayudar?
—No, Paula.
—Entonces, ¿Tu tía no quiere que salgas con nadie?
—A ella no le importa mi vida personal. Solo le preocupan sus planes —dijo él, con un deje de dolor en la voz.
Ella le puso la mano en el hombro cuando él estaba a punto de apartarse.
—¿Y cuáles son sus planes?
Él respiró profundamente.
—La venganza.
Paula cabeceó.
—Ese no eres tú, Pedro. Tú no eres alguien que vaya detrás de la gente. Me ayudaste a mí, a una desconocida, sin saber ni cómo me llamaba.
—Sí sabía cómo te llamabas, Paula. Te conocía de cuando éramos pequeños, ¿No te acuerdas?
—Sí.
—Ah. Entonces, ¿Qué estás intentando decir?
Llamaron a la puerta. Seguramente, eran Gonzalo y Melisa. Su hermano siempre llegaba temprano.
—Ve a abrir la puerta —le dijo ella—. Podemos hablar después de que todo el mundo se haya marchado a casa.
—Está bien, pero no me voy a olvidar de esta conversación —dijo ella.
—Yo, tampoco. Ya es hora de que te lo cuente todo.
¿Todo? Eso no presagiaba nada bueno. Él intentó sonreír, pero a ella le pareció que en su sonrisa había tristeza.
—Eso espero.
Paula fue a abrir la puerta con una sonrisa forzada para recibir a su hermano. Gonzalo y Melisa aparecieron vestidos de paciente y médico.
—No teníamos tiempo para preparar disfraces, así que hemos tenido que arreglárnoslas con esto —dijo Gonzalo con timidez.
—Están estupendos —respondió ella, y abrazó a su hermano.
Se dió cuenta de que le alegraba que estuviera allí. Quería independencia, quería forjarse una vida por sí misma y con Pedro, pero, de repente, ya nada le parecía seguro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario