Aunque no sabía muy bien lo que iba a decirle a Paula, Pedro no quería dejar pasar más tiempo antes de hablar con ella. Llevaba días sentado en casa, con la esperanza de verla pasar, e incluso había ido a Nancy's, donde Nancy le había lanzado una mirada asesina cuando él se había sentado con su ordenador en una de las mesas del fondo, para ver si ella aparecía en algún momento. Sin embargo, ella no había aparecido, y él había entendido que no era tan insensible como había pensado siempre. Nunca había pretendido hacerle daño a nadie y, menos, a Paula.
Fue a Boston a visitar las tumbas de su hermano y de su padre. Apesadumbrado, Pedro se sentó junto a la lápida de su padre. Era sencilla; tan solo figuraban en ella su nombre y las fechas de nacimiento y muerte. La tía Liliana había añadido "Amado esposo, padre y hermano", pero él nunca había sentido nunca que su padre fuera una persona amada. Sus emociones hacia él estaban ligadas al resentimiento y a la decepción por el papel que se había visto obligado a asumir. Sin embargo, sabiendo lo que sabía ahora, lamentaba haber dejado pasar aquellos últimos años con su padre. Tenía un nudo en la garganta. Tragó saliva y posó la mano en la lápida. Ojalá pudiera hablar con su padre, pero ¿Qué le diría? Se limitó a pedirle perdón por todo, en silencio, e intentó transmitirle que había dejado atrás la amargura de todos aquellos años. Después, se puso en pie y se giró hacia la otra lápida. Sentía temor. Lo que sentía por Javier era muy complicado. Su hermano mayor, quien le había enseñado a montar en bicicleta y le había dejado probar su primer sorbo de cerveza siendo menor de edad, y quien lo había consolado a la muerte de su madre. Sin embargo, después de enterarse de lo que le había hecho a Paula, ya no podía admirarlo. Tuvo ganas de darle una patada a la lápida, pero no serviría de nada. ¿Cómo había podido hacer algo así? ¿Cómo pudo ser el tipo de hombre que descargaba su ira y su decepción en una mujer? Agitó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas. «Siempre fuiste mi héroe, Javier, no porque fueras perfecto, sino porque eras mi hermano y pensaba que eras mucho mejor de lo que fuiste en realidad». Se dió cuenta de que, con aquello, no iba a conseguir solucionar la situación. Tenía que hablar con Paula y pedirle perdón por lo que había hecho Javier. Y, después, tendría que cortar con aquel vínculo familiar que le había servido de guía durante los años pasados. Se secó los ojos con la mano y oyó unos pasos a su espalda. Se giró y vió allí a su tía Liliana.
—Se me ocurrió que te encontraría aquí.
—Me sorprende haber venido. No sé por qué lo he hecho —dijo él bruscamente.
—Siempre pensaste que tu padre te había decepcionado y que si Javier no hubiera muerto, las cosas habrían sido diferentes —le dijo su tía, tomándolo del brazo—. Creo que yo también lo pensé.
—Ojalá hubiera tenido más paciencia con papá.
—Yo me siento igual. Detestaba ver que era tan débil y permitía que su adicción lo controlara. Pero Javier…
—No puedo perdonarle lo que hizo —dijo Pedro—. Creo que no podré nunca.
—Yo, tampoco.
—Siempre quise ser como él.
—Tú nunca has sido como Javier ni como tu padre. Siempre has tenido la mejor parte de cada uno de ellos. Siempre has sido fuerte y honorable.
—Salvo por el plan de venganza —dijo él.
—Somos un desastre con eso. Nuestro plan era comprar tierras y propiedades, arreglarlas y asegurarnos de que los Chaves supieran que el pueblo no necesitaba nada de ellos… Estoy segura de que otras personas que quieran venganza se avergonzarían de nosotros —respondió Liliana.
Él sonrió y le dió un abrazo.
—Te quiero, tía Lili.
—Yo también te quiero, sobrino.
Pedro se despidió de su tía y volvió a Chaves Corners. Ya había esperado demasiado. Tenía que saber si Paula iba a perdonarlo. La quería y había llegado el momento de decírselo.
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