martes, 9 de septiembre de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 40

Todo el mundo se echó a reír y ella se ruborizó, pero se le pasó el azoramiento cuando tomaron los micrófonos y empezaron a cantar.


—Tenías razón en lo de mudarte, cariño —murmuró Gonzalo después de un rato—. A mí me preocupaba que fuera demasiado, pero ahora entiendo que estás consiguiendo ser tú misma.


—Gracias —le dijo ella, mirándolo—. Sé que tenía razón.


—Listilla.


—Parece que es cosa de familia —respondió, riéndose.


La fiesta continuó casi hasta medianoche, y no se había reído tanto en su vida. Cuando todos se marcharon y Pedro y ella se quedaron a solas, supo que había llegado el momento de tener aquella charla. Sin embargo, no estaba segura de si iba a poder enfrentarse a lo que estuviera por venir.


Si encontrar aquella carta entre los documentos de su padre había hecho que empezara a cuestionarse lo que le habían contado su tía y su padre acerca del accidente de Javier, la fiesta de aquella noche había complicado aún más las cosas. Le resultaba casi imposible seguir odiando a Gonzalo Chaves después de haberlo visto bromear con su novia, con su hermana y con su primo. Aquello no concordaba con la imagen de hombre despiadado que tenía de él. Paula no sabía lo que había ocurrido en el accidente y Gonzalo había dicho que no quería empeorar su trauma, pero esperaba enterarse de más cosas la semana siguiente, cuando hablara con Rodrigo y con él. Sin embargo, tendría que decirle a Paula quién era su hermano e intentar averiguar más cosas sobre lo ocurrido durante la gala de invierno


—¿Y bien? —preguntó ella. 


Se sentó en una butaca, junto a la chimenea, con las piernas recogidas bajo el cuerpo.


—No sé por dónde empezar.


—Háblame de tu familia. No sé nada de ellos.


—Bueno, sabes que mi hermano murió y que mi padre se dió al alcohol, algo que, finalmente, lo llevó a la muerte.


—Sí, eso lo sé. Y lo siento mucho. ¿Cuántos años tenías?


—Acababa de empezar la universidad. Estaba en la Costa Oeste cuando sucedió todo. Volví porque mi tía me avisó. 


—Yo también acababa de empezar la universidad cuando sucedió el accidente. Es irónico que a los dos nos cambiara así la vida a los dieciocho años.


Más que irónico, pensó él. Ella no sabía que había sido el mismo accidente lo que les había cambiado la vida.


—Entonces, ¿Se quedaron solos tu tía y tú?


—Sí. Yo dejé Berkeley y volví a Boston. El negocio familiar se había venido abajo y yo empecé a dar clases en el turno de noche de la facultad de la comunidad mientras trabajaba para levantarlo de nuevo.


—Pedro, eso es tan…


—¿Tan qué?


—Triste. Tan triste. Deberías haber podido disfrutar de tus años en la universidad, haber podido cometer tus errores y haberte encontrado a tí mismo, pero tuviste que volver y retomar la vida de otra persona.


—¿De otra persona? ¿Por qué lo dices?


—Bueno, tú no querías dirigir la empresa de tu familia, ¿No? Tuviste que hacerlo porque era necesario. No tuviste la oportunidad de averiguar si era lo que querías.


—Sí, supongo que sí —respondió él. 


Nunca lo había pensado así.


—¿Tu tía te ayudó?


—No, eso no es lo suyo. A ella se le da bien socializar y hacer buenos contactos. Y yo me valí de esos contactos para levantar el negocio de la nada.


—Entonces, ¿Son un equipo?


—Sí —dijo él.


Pero no estaba seguro de si iban a seguir siéndolo. Sabía que no habría forma de que su tía aceptara a Paula.


—Entonces, ¿Por qué no me la has presentado? —preguntó ella—. Eso es lo que no entiendo. Sé que estás muy ocupado y que nuestra relación es nueva, pero… Creo que tenemos algo verdadero. ¿O solo me estoy engañando a mí misma?


Paula no se andaba con rodeos. Lo miraba con los ojos muy abiertos, llenos de emoción, sentada en aquella butaca junto al fuego. Y él quería dar un paso adelante, pero el miedo se lo impedía. 

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