En dos zancadas había bajado hasta la camioneta, y cuando se inclinó para sacar la bolsa de viaje, la parka se levantó un poco, revelando un estupendo trasero bajo unos pantalones vaqueros muy gastados.
—Está más bueno que el chocolate, ¿Verdad? —oyó la voz de Sofía tras ella.
Paula dió un paso atrás, colorada hasta la raíz del pelo.
—¡Sofía! Por favor, baja la voz… Es un cliente.
Sofía, totalmente despreocupada, le dio un mordisco a la tostada que tenía en la mano.
—El policía, ¿No?
—Sí, supongo.
—Pues si la parte delantera es como la trasera, esto es mejor que irse de vacaciones a México.
Pedro se dió la vuelta entonces, y Paula se llevó una mano al corazón. Aquello era absurdo. Era una reacción visceral, nada más. Era un hombre muy guapo, altísimo… ¿Y qué? Ella nunca se había sentido atraída por un cliente. En realidad, no era su estilo sentirse atraída por ningún hombre a primera vista. Pero tampoco era ciega.
—Hola, soy Sofía —se presentó su hija.
—Pedro Alfonso.
Pedro estrechó su mano, y al apartarla vió que lo había manchado de mermelada.
—Mi hija… —suspiró Paula.
—Ya me imagino —sonrió él, lamiendo la mermelada de su dedo. Sofía sonreía también, encantada—. Tú hiciste mi reserva, ¿No?
—Sí, es que estoy de vacaciones.
—Deme su parka —intervino Paula, nerviosa.
El teléfono empezó a sonar, y Sofía corrió a contestar, como siempre… Pedro la siguió con la mirada antes de volverse hacia Paula.
—Los adolescentes y el teléfono… —dijo ella, levantando una ceja—. ¿Qué se puede hacer?
—Sí, me acuerdo. Pero da unas indicaciones estupendas. He encontrado el hostal enseguida.
—¿Ha venido conduciendo desde Florida?
—No, vine en avión. La camioneta es de un amigo que fue a buscarme a Coutts.
Paula guardó la parka en el armario del pasillo y se dió la vuelta, sintiéndose un poco menos inquieta. Aquello era lo que hacía para ganarse la vida. No tenía por qué sentirse incómoda con un cliente.
—¿Dónde vive su amigo?
Iba a ayudarlo con la bolsa de viaje, pero él se la quitó de la mano con cierta brusquedad.
—Yo la llevaré.
A Paula no le pasó desapercibido que no había contestado a la primera pregunta. Y tampoco que le había quitado la bolsa con más rudeza de la necesaria. Quizá estuviera en lo cierto desde el principio, y tener un policía en casa no fuera buena idea. Ella se enorgullecía de ofrecer un ambiente acogedor y agradable en el hostal, pero hacían falta dos personas para que las cosas fueran bien. Y por su expresión, eso no iba a ser fácil.
—Lo siento, no quería ser antipático. Es que estoy acostumbrado a cuidar de mí mismo —se disculpó él con una sonrisa—. Mi madre me mataría si dejara que una mujer cargase con mis cosas.
Paula se preguntó qué diría su madre si supiera que ella llevaba el hostal sola y se encargaba de todas las reparaciones, desde arreglar un tejado a desatascar las cañerías.
—Veo que la caballerosidad no ha muerto… —murmuró, mientras lo llevaba hacia la escalera.
—No —contestó él.
Quizá su profesión lo hiciera ser receloso, pero debería hacerle saber que lo que llevara en la bolsa era asunto suyo. Ella no tenía por costumbre husmear en el equipaje de los clientes.
—El hostal Mountain Haven es un refugio —empezó a decir, mientras abría la puerta de una habitación—. Un sitio para olvidarse de los problemas y no dar explicaciones a nadie. Espero que disfrute de su estancia aquí.
Pedro Alfonso la miró a los ojos, pero en ellos no pudo leer sus pensamientos. Era como si deliberadamente, los estuviera escondiendo.
—Le agradezco la discreción.
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