—Exactamente.
—¿Y eso no es peligroso? —preguntó Paula. Que fuera policía ya era bastante preocupante, pero que tratase con los criminales más peligrosos del país lo era aún más—. ¿No le da miedo que lo maten?
—Sí, claro. Pero no tanto como no hacer bien mi trabajo.
Era alto, fuerte y guapo, sí. Pero llevaba una diana pintada en el pecho. Y Paula no podía imaginar quién elegiría ese estilo de vida.
—¿Has matado a alguien?
—¡Sofía! —Paula dejó el tenedor sobre el plato, enfadada—. Por favor, pídele disculpas al señor Alfonso.
Pero Pedro sacudió la cabeza.
—No hace falta, es una pregunta lógica. Me la hacen a menudo — dijo, sirviéndose un vaso de agua—. Yo trabajo como parte de un equipo, y nuestro objetivo es que los fugitivos vuelvan a la cárcel, o proteger a aquellos que nos asignan proteger. Por supuesto, preferimos no tener que hacerle daño a nadie, pero si nos disparan, tenemos que defendernos.
Los tres se quedaron en silencio. Paula intentó decir algo, pero lo único que podía ver era a Pedro Alfonso con una pistola en la mano. Y la idea no le gustaba nada.
—Eso debe de ser muy estresante.
—Sí, puede serlo.
—¿Por eso estás aquí? —preguntó Sofía.
Paula le dió una patada por debajo de la mesa, pero su hija no reaccionó.
—En parte, sí. Mi jefe me pidió que me tomase un tiempo libre después de… Un caso particularmente complicado. Un poco de descanso es justo lo que necesito.
Estaba sonriendo, pero la sonrisa no era tan cálida como antes.
—¿Entonces está de baja?
—Sí, algo así. Y por cierto, preferiría que mi presencia aquí no se hiciera pública. Sé que es una comunidad muy pequeña, pero ahora mismo lo que me apetece es disfrutar del campo y no preocuparme por especulaciones.
—Sí, claro, no se preocupe… —suspiró Paula—. El Mountain Haven es un sitio muy discreto.
—Estupendo.
Sofía, afortunadamente, se olvidó del tema durante el resto de la cena.
—¿Postre, señor Alfonso?
Pedro la miró. Durante la cena había habido momentos incómodos, pero se alegraba de que Sofía le hubiera hecho preguntas. Tenía la impresión de que Paula no se habría atrevido a hacerlas, y contestando a las preguntas, mantenía su papel. Aunque no le gustase nada tener que mentir, sabía que era necesario. Ella estaba esperando su respuesta con una sonrisa en los labios.
—No debería… Pero podría decirme qué hay.
—Tarta de melocotón y moras con helado.
—Me parece que no voy a poder resistirme… —suspiró Pedro—. Así que sí… Por favor. Y deje de llamarme señor Alfonso. El señor Alfonso es mi padre o mi tío.
Mientras Sofía escapaba con su tarta al salón para ver una película, Paula puso el postre frente a él, y a Pedro el olor de la canela le recordó a su casa. Él no solía tomar dulces, pero su madre era una repostera estupenda, y lo obligaba a probar de todo cuando iba a visitarla, y en aquel momento, el olor a fruta y canela lo llevaba de vuelta a una vida en la que todo era más sencillo.
—¿Por qué decidió abrir un hostal? Tiene que ser mucho trabajo para una sola persona.
—En esta casa hay muchas habitaciones vacías —contestó ella mientras servía el café—. Además, yo tenía dos niños y mi obligación era mantenerlos.
—¿Dos niños?
—Sí, durante un tiempo cuidé de un primo mío adolescente… Hasta que se hizo mayor. Ahora tiene treinta años.
Pedro asintió con la cabeza, pensativo, mientras probaba la tarta.
—Seguro que está calculando mi edad… —rió Paula.
—Sí, la verdad es que sí.
—Le ahorraré el esfuerzo: Tengo cuarenta y dos años. Tenía veinticuatro cuando nació Sofía, y cuidaba de Matías desde los veintiuno, cuando él tenía once.
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