martes, 14 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 20

Gabriel: "Madame de la Mare, ha habido un cambio significativo en lo relativo a la herencia de su esposo. ¿Puedo pasar esta mañana por La Maison para hablar de la situación?"


Paula se despertó con el mensaje de Gabriel en el teléfono. Contestó diciéndole que podría recibirle en media hora. Se había llevado una buena sorpresa al comprobar que eran más de las diez. Había dormido fatal, soñando constantemente con el encuentro con Pedro Alfonso, de modo que abrió los postigos del dormitorio al que se había trasladado cuando él se marchó y respiró hondo mientras contemplaba la luz de aquella mañana de septiembre. No sirvió de nada. Tras una larga ducha caliente en un vano intento de despejar sus pensamientos y comprender por qué seguía sintiendo un vago pulso de deseo, se vistió con unos pantalones cortos y una camiseta. Volvió a su propia alcoba y quitó las sábanas de la cama intentando no ver las manchas de sangre que había dejado su inocencia perdida. No perdida: Tirada. Las bajó y las metió en la vieja lavadora. Ojalá pudiera hacer desaparecer su estupidez con un lavado, y también los recuerdos de su noche con Pedro. ¿Sería cosa de su imaginación, o era posible que aún pudiera percibir su olor a madera de sándalo y sal en su piel recién lavada? Necesitaba café, mucho café, antes de enfrentarse al abogado de André. Lo último que quería era que Gabriel pudiera llegar a imaginarse lo que había hecho la noche anterior, y estaba con el segundo café en la mano cuando oyó su coche detenerse ante la puerta. Llegaba cinco minutos antes de la hora, y mientras iba a abrir se preguntó si Pedro habría iniciado acciones legales para impugnar el testamento de André. ¿Por qué si no iba a querer verla el abogado tan temprano? Abrió la puerta y la expresión de la cara de Gabriel no le presagió nada bueno. Desde luego, no testaba allí por una nimia formalidad.


–Madame de la Mare, hay un problema con el testamento. Esta mañana, el equipo legal de Pedro Alfonso ha hecho unas reclamaciones que debemos dirimir inmediatamente. ¿Puedo entrar?


–Sí, claro, por supuesto.


Abrió para que el abogado pasara y le siguió a la cocina con una extraña premonición. Se sentía como si estuviera metida en una pesadilla mientras servía un café y el abogado dejaba su maletín sobre la mesa.


–¿Qué reclamaciones? –preguntó.


–Alfonso ha firmado una declaración jurada en la que dice que él y usted mantuvieron anoche relaciones sexuales y que, en ese proceso, él descubrió que era usted virgen –el color teñía las mejillas del pálido abogado.


Le costaba entender. ¿Que Pedro le había dicho a su equipo legal que ella era virgen? ¿Por qué? No tardó en descubrir la razón.


–El equipo de Alfonso está buscando el modo de anular su matrimonio basándose en el hecho de que no había sido consumado. Por supuesto, no hay precedente en la ley francesa que establezca que, porque no haya sido consumado, el matrimonio no sea legal, pero dado que está intentando demostrar que usted nunca mantuvo una relación íntima con su esposo, aun incluso antes de la boda, puede que ante el tribunal tenga cierto peso. Pero lo que resulta verdaderamente vergonzoso es que su equipo haya emitido un comunicado de prensa en el que detalla qué es lo que Pedro le reclama a usted, sin duda para obligarla a que nos retiremos y evitar un escándalo mayor. Pedro Alfonso es un… –Gabriel se contuvo para no lanzar un improperio, él, un hombre tan afable siempre–. El camino que debemos seguir es claro: Tenemos que atacar de inmediato sus mentiras haciendo una declaración jurada en la que deje bien claro que su reclamación carece por completo de base, además de emitir un comunicado de prensa para que toda la región se entere de la clase de… De… Basura que es.


Sus ojos castaños relucían con deseos de batalla. Paula sintió que las piernas no le sujetaban y la taza se le escurrió de las manos, pero el ruido de la porcelana al romperse quedó ahogado por los latidos de su corazón.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 19

Pero sus insultos volvieron a perseguirla en aquel momento. ¿Sería eso lo que de verdad pensaba de ella?


–Tenemos una química poco ordinaria, Paula. Sería una locura no disfrutarla mientras dure.


Y tomó su mano para que se levantara, rodearle la cintura y besarla en el cuello. Ella se estremeció con una necesidad imposible de disimular, pero encontró la fuerza para poner las manos en su pecho desnudo y empujar.


–Pedro, por favor, no.


–¿Por qué no? –sonrió–. Si puedo oler lo mucho que todavía me deseas.


Se apretó el cinturón del albornoz, consciente de su desnudez y de la facilidad con que podía poner su propio cuerpo en contra suya. Pero no se sentía solo herida e insultada, sino idiota. Se estaba riendo de su inocencia. Eso lo comprendía. Había sido una inocente de marca mayor al dejarse llevar a la cama sin tan siquiera pensar en las consecuencias, y entregarle su virginidad sin darse cuenta de cuánto poder le estaba confiriendo.


–Creo que deberías irte –le dijo, y la rabia la ayudó a controlar sus nervios.


Su sonrisa se apagó.


–¿Qué tontería es esta, Paula? –preguntó, e intentó acariciarle la mejilla, pero ella retrocedió.


–Necesito pensar.


Sabía por experiencia que siempre había un precio que pagar por tomar la salida fácil.


–¿Qué tienes que pensar? Ahora eres mía, y necesitas atención médica y una casa. Es la mejor solución.


–La mejor solución para tí, querrás decir –replicó en un azote de ira–. No quiero ser tu mantenida.


–¿Mi mantenida? –se burló–. ¿Pero qué significa eso?


-Que serías mi dueño.


–Me ocuparía de tí, pero no sería tu dueño –contestó, haciendo un esfuerzo por controlar su temperamento–. Vivirías en Château Alfonso, pero serías libre de salir cuando quisieras.


–¡Es que mi casa es esta, Pedro, y no quiero irme de aquí! No quiero que la derribes solo por el hecho de que puedes hacerlo. Soy consciente de que tu situación con André era complicada, pero me dejó a mí La Maison. Puedes quedarte con las viñas. Seguro que hay un modo de impugnar el testamento de André para que eso cambie, pero yo no puedo permitir que derribes su casa. Se lo debo.


En cuanto mencionó el nombre de André, supo que se había equivocado. Su expresión se volvió tormentosa y una determinación de acero congeló su mirada.


–Tú a ese bastardo no le debes nada. Te utilizó para llegar hasta mí, y si no eres capaz de verlo, es que eres más inocente de lo que las pruebas demuestran. Y no voy a cambiar de opinión respecto a esta casa. Le dije que la tiraría abajo en cuanto él estuviera bajo tierra, y es lo que voy a hacer.


–¿Se lo dijiste? –se sorprendió–. ¿Cuándo se lo dijiste?


Ahora lo veía todo claro: Su determinación no tenía nada que ver con el negocio, sino con una necesidad de vengarse de un hombre muerto.


–Hace años.


–¿Cuántos? –preguntó, horrorizada. ¿La habría seducido deliberadamente, o habría sido real la explosión de calor que habían sentido? Igual, acostarse con ella en casa de André solo unas horas después de su entierro había sido otro modo de vengarse del hombre que lo había explotado y rechazado. ¿La habrían utilizado tanto André como su hijo?–. ¿Hace diez? ¿Cinco? ¿Dos?


–¿Qué importa eso? –espetó. El acero en su voz quedaba muy lejos de las llamas en su mirada–. Me has entregado tu virginidad, así que cualquier lealtad que tuvieras hacia él ya no significa nada.


–Esto no tiene que ver con mi lealtad hacia André. Tiene que ver con tu sed de venganza.


–Esta conversación es una locura. André está muerto, y tú necesitas un sitio en el que vivir porque La Maison de la Lune pronto va a desaparecer, lo cual significa que tienes que madurar y dejar de decir tonterías.


Antes de que pudiera procesar su respuesta, Pedro salió del baño, se arrancó la toalla y comenzó a vestirse. Aún no se había abrochado la camisa cuando volvió hasta ella y, poniéndole una mano en la mejilla, la besó en los labios. Su boca traidora se abrió para él, y su cuerpo empezó a derretirse aun cuando tenía las manos puestas en su abdomen intentando hallar la fuerza para resistirse. Cuando por fin se separaron, los dos jadeaban y se notaban los pezones de Paula debajo de la bata.


–Tu cuerpo sabe que me perteneces aun cuando tú no eres consciente de ello –dijo, rozándole uno–. Cuando estés preparada para enfrentarte a la realidad, te estaré esperando.


Y Paula se quedó clavada en el sitio hasta que oyó cerrarse la puerta principal. Entonces se acercó a la ventana, a pesar de que le temblaban las piernas, y le vió subirse al coche y alejarse en la noche mientras sus palabras se repetían una y otra vez en su cabeza. «Tu cuerpo sabe que me perteneces». No era una amenaza, sino una promesa. Se había metido en la guarida del lobo pero, a diferencia de Caperucita Roja, ella no estaba segura de ser lo bastante lista o fuerte para volver a salir antes de que Pedro Alfonso la devorase.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 18

 –Si hay… –Paula suspiró–. Si hay consecuencias, puedo ocuparme.


Lo dijo sin mirarlo directamente, y Pedro sintió que su acostumbrado cinismo volvía. Por muy inocente que pudiera parecer, no iba a confiar en que una mujer se ocupara de las consecuencias, como había dicho con toda frialdad. Él era un hombre rico y, aunque ella desconociera las verdaderas razones por las que su padre había querido casarse, el hecho seguía siendo que se había casado con un hombre al que no amaba. ¿Y si se había hecho la idea de que también a él podía atraparlo en un matrimonio?


–Si hay consecuencias, es tanto responsabilidad mía como tuya – respondió–. Creo que la mejor solución es que te vengas a vivir a Château Alfonso. Puedo concertarte una cita con un médico lo antes posible para asegurarnos de que el embarazo, si lo hay, no siga su curso.


Ella levantó la cabeza y sus ojos azules brillaron como zafiros. Lo cierto era que iba a ser una amante magnífica. No solo era exquisita y sorprendentemente franca, sino que no podía recordar haber deseado tanto a otra mujer. Solo pensar en todas las cosas que podía enseñarle y el placer que podían compartir mientras lo hacía logró que toda la sangre se le concentrara en la entrepierna. Pero entonces la oyó decir algo totalmente absurdo:


–¿Me estás ofreciendo un trabajo? ¿De ama de llaves? Es… Es increíble, y así se solucionarían nuestros problemas –respondió, esperanzada, mientras él buscaba el modo de sacarla de su error–. Estaría encantada de renunciar a mis derechos sobre las tierras de De la Mare si reconsideraras tus planes de demoler La Maison. Sé que necesitas la tierra, pero debe haber un modo de salvar…


–No te estoy ofreciendo trabajo, y mis planes para la casa no van a cambiar –la interrumpió con impaciencia–. No necesito un ama de llaves – sentenció, y al ver la esperanza morir en su mirada, se sintió como si le hubiera dado de patadas a un gatito–. Y tú no vas a necesitar un trabajo porque vas a disfrutar de una generosa asignación.


–Pero… ¿Por qué me vas a pagar si no voy a trabajar para tí?


Desde luego, aquello era completamente ridículo. No podía ser tan inocente. Era imposible.


–Paula –suspiró–, no te voy a pagar por nada. Simplemente me voy a ocupar de mantenerte mientras seas mi amante.


-¿Tu amante? –exclamó, horrorizada. 


El ofrecimiento no solo era descarado sino insultantemente pragmático. Como si fuera perfectamente razonable ofrecerle un dinero a una mujer por acostarse con ella. Quizás fuera perfectamente racional en el mundo en el que vivía él. ¿Qué sabía ella de esas esferas, de ese mundo de fiestas lujosas, de bailes elegantes y soirées carísimas que tenían lugar en enormes yates en la Costa Azul, o en los grandes hoteles de Londres, o las arenas blancas de las Bahamas? Puede que a las mujeres con las que salía, glamurosas modelos y actrices, les pareciera perfectamente bien que Alfonso pagara siempre la factura. Además, ellas nunca dependerían de su generosidad porque tenían dinero propio, estatus, contactos, conocían perfectamente aquel mundo extraño y su forma de funcionar. Pero, en el caso de alguien como ella, que había tenido que luchar para conseguir cualquier mínima dignidad y respeto, ¿Cómo no iba a quedar comprometida por semejante acuerdo? Y no solo comprometida, sino transformada en una propiedad porque, sin trabajo, sin disponer de modo alguno para pagarse sus propios gastos, dependería por completo de él. Sería de su propiedad.


–Sí –contestó Pedro, frunciendo el ceño–. Ma maîtresse. Mi amante. Lo he dicho bien.


–Sí, pero yo no puedo… Yo no quiero ser tu amante –le respondió, más avergonzada aún que cuando se encontró desnuda bajo su cuerpo.


–¿Por qué no?


¿Es que no se daba cuenta de lo insultante que era su proposición? Hacía poco rato que la había acusado de ser una furcia, un insulto que ella había pasado por alto cuando supo de su relación con Pierre y de por qué tanta determinación en conseguir las tierras de De la Mare. Si algo comprendía bien era cómo te hacía sentir esa clase de rechazo: insignificante, enfadado, vulnerable, herido. Ella misma había sentido todas aquellas emociones siendo una niña, cuando esperaba que su padre fuese a verla, hasta que descubrió qué quería decir su silencio: Que las promesas que le había hecho en las escaleras del centro de acogida de Westminster eran solo mentiras para que se fuera sin oponer resistencia con la señora que salió a buscarla.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 17

 –Aunque me encantaría llevarte de nuevo a la cama, no quiero hacerte más daño.


–No me lo has hecho…


–No mientas, Paula –repuso, apoyando un dedo en sus labios–. Ya hay bastantes mentiras entre nosotros.


–Lo sé –reconoció, bajando la mirada.


¿Pero qué narices le pasaba? ¿Un acto de ternura, y estaba dispuesta a lanzarse a él otra vez, aunque sabía más que de sobra que estaba mal? ¿Tan desesperada estaba por recibir afecto? Pedro empujó suavemente su barbilla hacia arriba.


–Ahora tienes que contarme por qué eras virgen.


–Yo… –suspiró–. André y yo no tuvimos esa clase de matrimonio – explicó.


Él se levantó y soltó una risa áspera.


–Solo hay una clase de matrimonio, Paula: En el que el marido lleva a la esposa a la cama. Si fueras mía, no te dejaría salir de mi cama durante una semana.


El rubor le quemó el cuello y el pecho, y la fuerza de sus palabras hizo que le temblase un punto entre los muslos.


–André era un hombre mayor, y ya no era capaz de… –se cubrió la mejilla con una mano–. Éramos solo amigos, y quiso casarse conmigo para darme seguridad cuando él falleciera. O eso es lo que me dijo –no le habló de los salarios que le debía porque se sentiría aún más patética–. Nunca fue una relación sexual.


Pedro contempló aquella melena de rizos rubios y tuvo que pelear contra el deseo que aún le latía en el vientre, además de con una extraña sensación de alivio. Así que no se había planteado acostarse con su padre. Eso estaba bien. Pero sirvió también para que su desprecio por el viejo volviera. Ojalá no estuviera muerto para poder asesinarlo con sus propias manos. De la Mare había utilizado a Paula Chaves para ejecutar sus deseos de venganza contra él, además de darle un empujón a su ego viéndose al lado de una mujer tan hermosa y joven, aunque no pudiera consumar el matrimonio. Un ego enfermizo que ahora le planteaba a él un problema. Siempre había pensado en arrasar La Maison hasta los cimientos en cuanto comprase la propiedad, pero ¿Cómo echar a aquella muchacha de su casa? ¿No le convertiría eso en un bastardo tan cruel como su padre, en particular después de haberle arrebatado su inocencia? Y encima, sin usar protección, algo de lo que había sido brutalmente consciente al lavarla. ¿Por qué había actuado así? Nunca había sido tan impulsivo ni tan descerebrado, ni siquiera de adolescente. No solo no deseaba ser padre por accidente, sino que sabía más que bien lo que era ser hijo por accidente, ser un niño no querido, no deseado, sin importancia.


–¿Tomas anticonceptivos, Paula?


Su cara de absoluta desolación contestó por ella. No habría hecho falta que negase con la cabeza.


–¿Cuánto hace de tu último periodo?


Volvió a enrojecer, lo cual sería encantador si las posibles consecuencias de su locura no fuesen tan inquietantes.


–Hace poco.


–Por lo menos no estamos en mitad de tu ciclo.


Pero el riesgo seguía estando ahí, y solo había una solución para asegurarse de que su irreflexión no tuviera consecuencias indeseadas: Haría de Paula Chaves su amante. De ese modo, podría asegurarse de que tomara las precauciones necesarias para evitar un embarazo no deseado y podría ofrecerle un lugar para vivir, Château Alfonso, mientras La Maison era demolida. Se llevó una sorpresa al darse cuenta de que invitar a Paula a vivir en su casa no le hacía sentirse tan incómodo como cabría esperar. Era la primera vez que se llevaba a una mujer a vivir en alguna de sus casas, y jamás había tenido una amante. Hasta entonces, nunca había ido en serio con ninguna de las mujeres con las que salía. Tenía que dirigir un negocio. En su vida no había tiempo para el romance, y no le veía el lado positivo a las relaciones a largo plazo.