Pedro la tomó de la mano. Como de costumbre, iba vestido de negro. Llevaba unos pantalones vaqueros, una camisa y un cinturón ancho que hizo que ella le mirara las caderas. Sintió una descarga de deseo que la atravesó. No debería tener semejantes ideas en aquel momento, pero, cuando estaba cerca de él, era difícil evitarlo. Cuanto más tiempo pasaban juntos, más se acostumbraba a que formara parte de su vida. ¿Era eso algo bueno? Él era el primer novio que tenía en su vida adulta. Debería conocer a más hombres antes de encontrar a la persona con la que quisiera pasar el resto de su vida. Quería tener un compañero en la vida, porque había visto lo positivo que había sido para Rodrigo y para Gonzalo enamorarse y compartir la vida con sus mujeres. Tenían más plenitud. Ella quería eso. ¿Estaba viendo en Pedro lo que quería ver? Se le aceleró el corazón. Algunas de aquellas dudas se abrieron paso entre las buenas endorfinas que experimentaba siempre que estaba con él.
—¿Qué pasa? —le preguntó Pedro en tono de preocupación.
Ella sonrió. El nudo que tenía en el estómago empezó a relajarse. Pedro siempre pensaba primero en ella, y eso era muy importante.
—No te preocupes, se me pasará. Gracias por venir a acompañarme.
—Paula, si es posible, yo siempre estaré ahí para tí.
¡Oh! ¿Por qué le decía algo así en medio de un salón de actos abarrotado? Le dió un beso largo y profundo y se apartó antes de que las cosas pudieran ir a más.
—Gracias.
Él sonrió también, y Paula sintió que se despertaba todo su deseo. Se acercó al director y le preguntó:
—¿Cuánto tiempo falta hasta que me necesiten?
—Unos diez minutos. Puedes ir donde quieras, te enviaré un mensaje cuando esté todo preparado.
—Estupendo —dijo ella, y se volvió hacia Pedro—. Ven conmigo.
Paula le dió la mano y se lo llevó escaleras arriba hacia una habitación que el equipo había estado usando como sala de proyecciones durante los trabajos. Ella la había remodelado y convertido en una sala de reuniones. Cerró la puerta con el pestillo.
—Eh… Señorita Chaves, ¿Qué está haciendo?
Ella le guiñó un ojo.
—Estaba pensando que necesito una cosa.
—¿Y qué es…?
A Pedro. Lo necesitaba a él. Estaba comportándose de un modo seductor y juguetón, pero, en el fondo, sabía que lo necesitaba a él. Lo empujó hacia la puerta y se apoyó en su cuerpo y le pasó una pierna por la cadera. Y, a juzgar por su expresión, Pedro también la deseaba a ella. Tenía los ojos brillantes de deseo. Le tomó el trasero con ambas manos y la ciñó contra su cuerpo mientras la besaba.
Pedro sabía que Paula solo tenía diez minutos. Estaba tan excitado que solo quería embestirla contra la pared, pero no estaba seguro de que eso fuera muy satisfactorio para ella, así que mantuvo el control sobre sí mismo. Ella le estaba succionando un punto del cuello que debía de estar conectado con su miembro, porque cada vez estaba más endurecido. Paula se frotó contra su erección mientras se aferraba con fuerza a sus hombros.
—Paula… Cariño, no tenemos tiempo para esto —dijo, con los dientes apretados.
—Seguro que sí. Anoche lo hicimos en cinco minutos.
Él gruñó. Miró sus ojos azules y supo que era hora de pensar que no debería enamorarse de ella. Se había enamorado y no había vuelta atrás. También sabía que, en el fondo, estaba buscando la manera de quedarse con Paula y satisfacer su deseo de vengarse de Gonzalo Chaves. Pero ya pensaría en eso más tarde.
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