Pedro había colocado los platos, de modo que no habría manera de no estar sentada a su lado, y con esas piernas tan largas, sus rodillas se rozarían por debajo de la mesa… Al pensarlo se le aceleró el pulso y arrugó el ceño, enfadada. Ella no solía ponerse nerviosa por ese tipo de cosas. Claro que no solían ocurrirle ese tipo de cosas. Ella llevaba una vida muy tranquila. Mientras colocaba una fuente sobre la mesa, encendió las velas. El ambiente de intimidad no debería asustarla, pero así era. Incluso con Sofía allí, una simple cena se había transformado en algo más. Y Paula, sencillamente, no tenía relaciones de ese tipo porque siempre terminaban mal. Después de la última vez, con Julián, había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para rehacer su vida, ya partir de entonces, todo lo que tenía lo había puesto en Sofía y en su negocio. Además, no sabía por qué Pedro se molestaba en crear una atmósfera romántica.
—¿Señora Chaves?
Paula se dió cuenta de que estaba mirándolo fijamente.
—Sí, perdón… ¿Qué me decía?
—Le he preguntado si llevaba sola el hostal.
—Sí, lo llevo sola —contestó ella, antes de sentarse—. Sofía va al colegio en Edmonton, así que no suele estar por aquí.
—Y eso la entristece.
Sí, la casa parecía muy solitaria cuando Sofía no estaba.
—A pesar de lo insoportables que son los adolescentes, la echo de menos. Por cierto, ya debería estar aquí… —Paula se levantó de la silla y le hizo un gesto con la mano cuando él iba a hacer lo propio—. No, por favor. Ella sabe a qué hora es la cena. Voy a llamarla.
Sí, echaba de menos a Sofía cuando estaba en el colegio, pero se alegraba de que estuviera haciendo nuevos amigos en Edmonton. Los chicos con los que salía en Mountain Haven no eran precisamente recomendables… Pero lo último que necesitaba era que el comisario supiera los problemas de su hija.
—¡Sofía, la cena!
Su hija bajó corriendo la escalera, con el MP3 en la mano y los auriculares puestos.
—Nada de música durante la cena, por favor.
—Hola, Pepe —lo saludó Sofía, dejando el aparato sobre la mesa.
Paula vió que él intentaba esconder una sonrisa. En serio, a veces se preguntaba si las buenas maneras que había intentado enseñarle a su hija le entraban por un oído y le salían por otro.
—Hola, Sofía. Bueno, creo que las vacaciones están a punto de terminar, ¿No? ¿Te apetece volver al colegio?
—Sí, bueno. La verdad es que esto es muy aburrido. Aquí no hay nada que hacer.
—Con toda esta nieve se pueden practicar deportes de invierno. Esquí, patinaje… ¿Ya no se lleva hacer esas cosas?
Paula sonrió. El día anterior había sugerido que fueran a hacer esquí de travesía, pero Sofía había vetado la idea. La misma Sofía que un par de años antes se habría puesto a dar saltos de alegría.
—No sé…
—Pues a mí me apetece hacer algo de ejercicio. No hay nieve donde yo vivo, así que esto me encanta.
Paula lo imaginó envuelto en su parka, con los ojos brillando como zafiros bajo un gorro de lana. Y su corazón se puso a latir como loco.
—Seguro que estás en forma —dijo Sofía.
—Es parte de mi trabajo, tengo que estar en forma. Que ahora mismo no esté trabajando no quiere decir que deje de hacer deporte. Además, si sigo comiendo las cosas que hace tu madre durante dos semanas… Voy a tener que hacer deporte a la fuerza —respondió él, sonriendo—. Esto está riquísimo.
—Gracias —sonrió Paula, nerviosa.
Acostumbrada a recibir halagos por sus habilidades culinarias, no tenía sentido que ese piropo la emocionase tanto.
—¿Cómo es tu trabajo, Pepe? —le preguntó Sofía—. ¿Eres un policía de verdad?
—Me dedico a tareas especiales —contestó él; bajando la mirada.
—¿Qué tareas?
—Encontrar fugitivos, gente que ha cometido delitos y se escapa de la ley…
—¿Cómo en el programa Los Criminales Más Buscados?
Sofía se inclinó hacia delante, emocionada.
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