Durante los primeros días, Paula se quedó escondida en casa. Se sentía muy expuesta y vulnerable. Además, se sentía como si fuera boba por haberse enamorado de Pedro. Boba, triste y enfadada. Se dedicó a permanecer sentada en el sofá y ni siquiera fue a las sesiones de rehabilitación. Hasta que, de repente, Vanina y Melisa aparecieron en su puerta. Al verlas, se le alegró el corazón. Ellas le dieron un abrazo y, al notar todo su cariño, ella empezó a llorar, derramando todas las lágrimas que había estado conteniendo. Al cabo de unos instantes, las tres se sentaron en el sofá del salón y ella comenzó a hablar.
—Supongo que ya se habrán enterado de todo —les dijo.
—Sí —respondió Vanina, suavemente—. ¿Necesitas hablar de ello?
—No lo sé… Dios, estoy sintiendo tantas cosas… No puede ser que una persona tenga tantas emociones a la vez.
—Bueno, es posible. No tiene nada de malo sentir tantas cosas —dijo Melisa—. Puedes estar enfadada y, al mismo tiempo, quererlo.
—Gracias por decirme eso. Estoy tan confusa… ¿Cómo puedo haber pasado tanto tiempo con Pedro sin darme cuenta de que estaba mintiendo?
Vanina se encogió de hombros.
—En parte, pienso que es porque él no te estaba mintiendo a tí. O, por lo menos, él no pensaba que te estuviera mintiendo.
Paula no lo había pensado así.
—Al principio, sí. Él sabía que yo era la hermana de Gonzalo…
—Entonces, ¿Crees que no es más que un mentiroso? —le preguntó Melisa—. ¿O piensas que, al ser el hermano de Javier, se parece en algo a él?
—No. No se parece en absoluto a Javier. Y creo que fue mi caballero andante cuando más lo necesitaba.
Melisa la abrazó.
—Entonces, si Pedro no es como su hermano, ¿Qué significa eso?
—No sé qué hacer…
—El amor es complicado —respondió Melisa—. Bueno, estoy dando por hecho que lo quieres. De lo contrario, nada de esto tendría importancia. Podrías estar furiosa, mandarlo al cuerno y seguir con tu vida.
—Sí, creo que sí. Sé que no es lo que siempre me había imaginado, porque el amor no es perfecto y es un lío. Pero lo quiero. Todavía estoy enfadada y detesto que me mintiera, pero lo echo de menos.
—El amor es así —dijo Melisa—. Yo entendí por qué Gonzalo no era capaz de comprometerse conmigo, pero no fui capaz de dejar de estar enamorada de él.
—Lo recuerdo —dijo Paula.
Había visto a su hermano reunir valor para poder abrir su corazón, y eso le había mostrado una faceta de Gonzalo que no conocía.
—Bueno, y ¿Qué vas a hacer? —le preguntó Vanina—. Si todavía le quieres, ¿Cómo podemos ayudarte?
Ella sonrió a sus amigas.
—Ya me han ayudado. Hablando con ustedes he entendido que todavía puedo querer a Pedro, que no es algo malo que lo haga.
—Por supuesto que no —dijo Melisa.
Paula volvió a suspirar. Aunque no estaba segura de cómo iba a superarlo, sabía que tenía que hablar con Pedro. Quería saber por qué él estaba junto a su cama en el hospital cuando ella había despertado del coma y, desde ahí, podrían avanzar. Cuando se marcharon Vanina y Melisa, se dió una ducha. Mientras se cepillaba el pelo, se preguntó si quería arreglar la situación con Pedro porque estaba enamorada de él o solo porque le daba miedo estar sola. Repasó los últimos días. No había tenido ningún problema para valerse por sí misma y sabía que no necesitaba a ningún hombre en su vida. Sin embargo, deseaba a Pedro. Solo a él. La vida a su lado era dulce. Sin embargo, él tendría que prometerle que jamás iba a volver a mentir Y… ella tendría que dilucidar si iba a ser capaz de volver a creer en él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario