martes, 31 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 16

Mejor no dejarse llevar por el pánico. Imposible pensar en las consecuencias en ese momento. Ya lo haría más tarde. Primero tenía que alejarse de aquella mirada intensa y escrutadora para poder reagruparse, pensar y revaluar su posición. Tenía el pensamiento tan confuso en aquel momento que casi no podía respirar, y menos aún, pensar. ¿Podría seguir quedándose allí? ¿Se merecía vivir en la casa de André después de haberse acostado con su enemigo? ¿Cómo marcharse, si ella era lo único que se interponía entre La Maison de la Lune y su destrucción? Intentó soltarse, pero Pedro no se lo permitió.


–Por favor, necesito…


–Déjame que te ayude a limpiarte –dijo, y en un movimiento fluido se levantó sin soltarla.


Mientras que ella se sentía frenética y culpable, él parecía tan compuesto e imperturbable como siempre. El pánico siguió creciendo en Paula.


–¿Qué? –preguntó, intentando no mirarlo e ignorar la sensación extraña en su pecho y en su sexo ante semejante ofrecimiento.


¿Cómo podía seguir deseándolo cuando todo lo que acababan de hacer estaba mal, en tantos sentidos? Nunca había considerado la virginidad un rasgo de gran importancia, pero, si ese fuera el caso, ¿Por qué había seguido siéndolo durante tanto tiempo? ¿Y cómo aquel hombre había podido echar abajo con tanta facilidad todos sus temores acerca de la intimidad? Pedro puso una mano en su mejilla, mirándola de frente.


–¿Te he hecho daño, Paula?


«No llores. ¡No te atrevas a llorar! No significa nada. Ha ocurrido, ha sido un error garrafal, y ya está». Sentía el pecho a punto de estallar. Un error, no. Una aberración propiciada por el estrés y la química. Una estupidez inconmensurable. «Le importas un comino. Lo único que le preocupan son los viñedos, y su enfrentamiento con André. Y a tí, él tampoco te importa. Ni siquiera lo conoces. Tu lealtad debe estar ahora con La Maison. Así tiene que ser. Que haya sido tu primer hombre no lo convierte en algo especial. Es un número como cualquier otro». Tenía pensado destruir La Maison, y ella no podía permitirlo. Su intención hacía de ellos enemigos, independientemente de lo que había pasado en su cama.


–De verdad, necesito…


No podía encontrar las palabras. La vergüenza era tal que apenas podía hablar.


–Respira, Paula –le dijo asumiendo el control, igual que había hecho antes, y tomándola de la mano, la condujo al pequeño y espartano cuarto de baño que había en la habitación. 


Descolgó la bata que tenía dentro y se la ofreció, una pequeña protección que ella agradeció. Patético. Y agradeció todavía más que él tomara una de las toallas limpias que tenía junto al lavabo y se cubriera.


–Siéntate –le pidió, bajando la tapa del inodoro.


Se acomodó en el asiento intentando recuperar el equilibrio, pero lo único que parecía capaz de hacer era mirarlo, hipnotizada por sus movimientos firmes y eficaces. Con jabón y una manopla, llenó el lavabo con agua caliente, la humedeció y, agachándose delante de ella, abrió la bata para dejar al descubierto sus piernas apretadas la una contra la otra.


–Ábrete para mí, Paula –le pidió en voz baja, y sus palabras le recordaron lo que le había dicho antes y que ella había obedecido sin dudar.


–Puedo… Puedo hacerlo yo –balbució.


–Es que me gustaría hacerlo. Quiero asegurarme de que no te he hecho daño.


No era una exigencia y podría haberse negado, pero permitió que le abriera las piernas. La lavó con cuidado, con sumo cuidado, limpiado la prueba de su inocencia y de su sexo con una eficacia delicada que la dejó sin respiración e hizo que su necesidad le llenara el abdomen. Las piernas le temblaban. El renovado deseo era imposible de disimular. Él rozó con un dedo la piel enrojecida de la cadera a la que se había agarrado en el calor de la pasión.


–Te he hecho daño, ma petite.


–No pasa nada. No me duele.


Pero a pesar de lo que le dijo, se inclinó hacia ella y besó la piel enrojecida.


–Debes aceptar mis disculpas –musitó.


Paula asintió. Se deshizo de la manopla, le cerró las piernas, se las cubrió con la bata y por fin, la miró a los ojos con una sonrisa triste que descentró el latido de su corazón.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 15

Daba igual. Aquello era solo sexo. Una química descabellada que había explotado entre ellos desde el momento en que se vieron. Sacó el pene y volvió a introducírselo despacio, con cuidado, y sintió que lo recibía con más facilidad. Paula gimió, aferrada a sus hombros como si fueran lo único estable en medio de la tormenta que los consumía. Volvió a retirarse y volvió a entrar, y ella arqueó la espalda, ofreciéndose, recibiendo su invasión, disfrutando de su posesión. Pedro comenzó a moverse, primero despacio, a un ritmo que los satisficiera a ambos. Pero cuando sus gemidos se transformaron en jadeos, el frenesí se apoderó de él y de pronto cayó en la cuenta de que era el primer hombre que la acariciaba, que la saboreaba, que se daba un festín con su carne, que la oía gemir al rendirse a él. Sintió deseos de poseerla, de reclamarla, y sus movimientos se volvieron frenéticos, los empellones más hondos y exigentes, y se agarró a sus caderas para retrasar su clímax, porque necesitaba que ella lo sintiera antes que él. Echó hacia atrás el cuello y gritó mientras las sacudidas del orgasmo le llegaban. Por fin pudo dejarse ir y caer por aquel precipicio detrás de ella, con la mente en blanco, el cuerpo como sin huesos y una palabra repitiéndose en su cabeza: Mía. Cuando aquella maravillosa ola se despejó, Paula se quedó mirando le grieta de la moldura del techo que llevaba contemplando los últimos once meses antes de quedarse dormida. Pero aquella noche era distinta. El olor almizclado a sexo y a sudor la rodeaba, y el peso del cuerpo de Pedro la hundía en aquel viejo colchón mientras su pene seguía pulsando dentro de su vagina. Respiró hondo y se mordió el labio para contener las lágrimas que amenazaban con desbordar sus ojos, ya que no había modo de controlar la emoción que le aplastaba el pecho como una piedra. ¿Cómo podía haberse acostado con el archienemigo de su marido, el día de su funeral? ¿Con el hombre que había amenazado con destruir La Maison de la Lune? Le empujó con suavidad por el hombro, que se le estaba clavando en el cuello. Tenía que alejarse de él, pero seguía estando dentro de ella, enorme, pero lo único que quería hacer era hacerse un ovillo y dejarse morir. Él gimió y cambió de postura, y Paula contuvo el aliento, incapaz de ocultar el dolor de su sexo.


–Perdón –murmuró al apartarse.


Ella se dió la vuelta hasta quedar al borde de la cama, doliéndole cada músculo, pero por encima de todo, el corazón era lo que más le dolía. Lo que André le había hecho a Pedro tanto tiempo atrás estaba mal, muy mal, pero lo que ella acababa de hacer estaba aún peor. Iba a levantarse cuando él la sujetó por un brazo.


–¿Dónde vas?


–Necesito… Necesito asearme –dijo, enrojeciendo. 


El líquido pegajoso se había hecho presente entre sus muslos. No había usado preservativo, y ella no se lo había pedido.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 14

Con las manos temblándole, intentó desabrocharse los pantalones, pero Pedro tuvo que apartarlas y se lo desabrochó y lo bajó por sus piernas para, a continuación, tomarla en brazos con suma facilidad. Sabía que no era particularmente delgada, pero se sintió frágil e incluso preciosa cuando la depositó suavemente en la cama. Él se quedó a su lado, tapando la luz con su espalda, y volvió a besarla en la boca, con más exigencia, con más insistencia. La atmósfera cambió. Ya no había ternura o descubrimiento, sino urgencia y crudeza. Con una mano empezó a explorar su sexo, y ella dió un respingo al sentir dos dedos dentro de su cuerpo. Su carne tensa se abrió para él, haciendo que aquella palpitación dolorosa fuera tan fuerte que creyó que iba a desmayarse. A continuación, encontró con el pulgar el centro de su placer, acariciándolo en círculos, implacable, hasta que ella comenzó a moverse al ritmo que él marcaba, agarrada a sus hombros.


–Sí… ¡Sí! –gimió, incapaz de controlar el placer que sacudía su cuerpo.


–Déjate llevar, Paula–le ordenó, y su cuerpo obedeció, tensándose dolorosamente y explotando después en una ola de sensación.


Abrió los ojos y se encontró con su mirada. Ella estaba aturdida, desorientada, aún con algunas sacudidas de placer. A veces se había masturbado, pero nunca había sentido algo así, tan devastador, tan perfecto.


–Ábrete para mí –le dijo, y de nuevo su cuerpo obedeció por instinto, rodeando su cintura con las piernas, abriéndose para su asalto, desesperada por sentirlo dentro.


Pedro la penetró con un único movimiento. El placer se transformó instantáneamente en dolor al romperse la frágil membrana, y Paula se mordió el labio para no gritar y delatarse, pero comprendió que era demasiado tarde cuando él se quedó inmóvil, el gesto contraído por la sorpresa.


–¿Es-tu vierge? –preguntó, incapaz de plantear la pregunta en una lengua que no fuera la suya.


«¿Eres virgen?».


Paula apartó la mirada. Quiso mentir, pero fue incapaz de pronunciar las palabras teniendo su pene aún dentro de su cuerpo, tan hondo que se sentía conquistada. Él, sujetando su barbilla, la obligó a mirarlo.


–Dime, ¿Cómo es posible?


Pedro no podía enfocar. Apenas podía hablar. Su cuerpo estaba tan cerrado que parecía estarle haciendo una llave. Una llave ardiente, dulce e insoportablemente placentera, tanto que estaba al borde del precipicio, y quería moverse, hundirse más, encontrar el punto que la hiciera gemir y empezar de nuevo, pero se contuvo. Su expresión de culpa era reveladora. Su inocencia, su inexperiencia, la sensación vaga de que algo no iba bien que le había asaltado nada más llegar al primer piso. El rubor que había sofocado su cuerpo, la exclamación de sorpresa cuando se llevó su pezón a la boca… Había dado por sentado que era todo impostura, una comedia que lo había cautivado aun sabiendo que no podía ser cierta. Y resulta que sí, que lo era. Ella no dijo ni palabra, pero solo había una explicación: Su matrimonio había sido una farsa, una pantomima en varios sentidos. Debería retirarse, pero aún estaba sintiendo el pulso de su placer, su vagina cerrada apretándole, y la implacable necesidad volvió a hacerse presente.


–¿Te hago daño? –preguntó.


–Es que… Es tan grande… Pero ya no me duele tanto.


Había contestado atropelladamente, y Pedro le puso la mano en la mejilla para suavizar su humillación. Quizás también fuera fingida, pero no lo parecía.


–Necesito moverme –le dijo. Las preguntas podían esperar porque no era capaz de centrarse en otra cosa que la presión de sus músculos, que lo estaba volviendo loco.


Paula asintió, pero una lágrima se escapó de sus ojos.


–¿Por qué lloras? –preguntó, secándosela.


–Es que nunca me he sentido… Así –confesó, y la sinceridad que vió brillar en sus ojos tan azules le contrajo el pecho. 


Aquello no podía ser fingido, con tanta intensidad, con semejante desesperación, con aquella conexión emocional. ¿La habría sentido ella también? ¿Y qué demonios significaba?

Una Noche Inolvidable: Capítulo 13

Él la besó en los labios y tiró de ella poniendo una mano en su cuello para devorar su mejilla, el pulso bajo su maxilar, desatando una corriente de necesidad que crepitó en su sexo, en sus pechos, en todos aquellos lugares que su boca iba conquistando. La pegó más a él y la evidencia de su erección se hizo presente por encima de su ropa. Pedro deslizó una mano bajo la camisola de algodón y su sujetador se abrió casi de inmediato mientras él se separaba mínimamente para ver su reacción al acariciarle los pezones endurecidos, que se inflamaron aún más con sus juegos.


–Necesito verte –murmuró.


Ella asintió aun sin estar segura de si le estaba haciendo una pregunta o planteándole una exigencia, pero antes de que pudiera pensarlo, él le quitó la camisola y sujetador, dejándola desnuda de cintura para arriba.


–Trop belle –musitó, y su lamento le hizo sentirse verdaderamente hermosa por primera vez en la vida.


Con una mano bajo un seno, se inclinó para atrapar el pico maduro y palpitante en la boca, y ella hundió las manos en su pelo, sepultada bajo unas sensaciones tan exquisitas que un gemido se escapó de sus labios. Siguió torturándola, lamiendo la oscura areola, mordiendo el pezón, succionándolo, volviéndola loca, hasta que sus gemidos se transformaron en sollozos, agarrada a su pelo para no dejarlo ir, para pedirle más. El fuego se desató en su sexo, amenazando con consumirla.


–Por favor… Necesito…


¿Qué necesitaba? Pues no sabría decirlo.


–Dime lo que te gusta –le susurró al oído, abrazándola, su erección metida entre los muslos de Paula.


El calor era cada vez más abrasador, más devorador, pero seguía sin ser suficiente. Necesitaba que la llenase, sentir su fuerza, su empuje.


–Necesito que te desnudes tú también.


Él se rió.


–Mais oui, Paula.


Tras un último beso en su seno, se quitó la camisa. Su pecho era un plano ancho, fuerte y magnífico, como el resto de él, y lo devoró con la mirada, sin pudor y con arrojo, a la luz amarillenta de la vieja bombilla. Los músculos bien definidos de su abdomen y sus pezones oscuros estaban cubiertos de un vello suave que descendía en una fina línea que dividía en dos sus músculos abdominales. Cruzó los brazos e intentó mantener la cordura mientras le veía desabrocharse los pantalones. Una enorme erección se liberó al bajar los calzoncillos y quedó enhiesta desde el nido de su vello púbico. Nunca había visto a un hombre desnudo, y menos aun completamente excitado. ¿Cómo demonios iba a caber aquello en su cuerpo? Presa del pánico, sintió que su sexo se humedecía, y que sus músculos se tensaban y se relajaban a la espera. No podía decir si iba a ser capaz de alojar algo tan enorme, pero quería intentarlo.


–¿Paula, ça va? –preguntó él con cierta preocupación, empujando con delicadeza su barbilla.


Ella asintió.


–¿Puedo… Puedo tocarte?


Unas arruguitas aparecieron en el rabillo de sus ojos al sonreír.


–Pues claro –contestó, sonriendo de medio lado–. No tienes que pedirme permiso.


Asintió de nuevo, maldiciendo su inexperiencia. No quería que supiera que era su primera vez, o que sospechase lo que significaba para ella, porque para él, no significaba mucho. Tocó su erección con las yemas de los dedos, explorando la suavidad de terciopelo de su piel, la firmeza de debajo, y su pene dio un respingo. Luego quiso probar a tocar el final, la cabeza brillante y dividida de la que colgaba una gota de humedad.


–Arrête, Paula –le pidió, agarrándola por la muñeca–. Me estás matando –dijo, y se llevó su mano a la boca para besarla, una imagen tan erótica para ella que la respiración se le colapsó en los pulmones. ¿Cómo era posible estar tan excitada y no deshacerse en un charco a sus pies?


–Quítate los pantalones, ma petite –le pidió–. No puedo esperar mucho más a estar dentro de tí.

jueves, 26 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 12

Se levantó y Paula se sintió más consciente de su fuerza y de su tamaño, pero en lugar de sentirse intimidada, sintió una descarga de energía, de excitación.


–Si supiera una palabra de viticultura, lo comprendería, Paula –dijo, de nuevo pronunciando su nombre como quien acaricia; su ira, su cinismo, transformados en algo áspero y crudo teñido de promesa–. Esta tierra es única, rica en minerales complejos que confieren un aroma específico a las uvas.


No sabía qué le estaba ocurriendo. Era como si su tono de voz se estuviera reflejando en los confines de su cuerpo. Por primera vez en su vida, era como si la vieran de verdad. De pronto tomó su cara entre las manos. Sus palmas encallecidas le hicieron estremecerse y con el pulgar le rozó los labios. Sabía que debía dar un paso atrás y alejarse de aquella pasión incendiaria, pero se sentía atrapada, poseída y tan desesperadamente necesitada que el pulso que había nacido entre sus piernas comenzó a extenderse, amenazando con incendiar todo su cuerpo.


–Una vez sea el dueño de estas viñas –continuó en voz baja–, las esquejaré y extenderé a otras tierras para crear un nuevo viñedo, puede que incluso mejor que Montremere.


Respiraba con dificultad. Él también. Paula se humedeció los labios y la pasión explotó en los ojos de Pedro pero, en lugar de acercarla a él, su mano abandonó su mejilla. La necesidad parecía brotar de un lugar desconocido, más allá de la pasión, más allá del deseo. Algo profundo y elemental que seguramente emanaba de aquella chica rechazada tanto tiempo atrás. Y en una décima de segundo, lo único que pudo ver fue a aquel muchacho rechazado, traicionado, explotado, y puso su mano sobre la de él con intención de consolarlo como antes en la mesa, pero aquella vez no fue solo deseo de consolarlo lo que sintió. Poniéndose de puntillas, acercó sus labios a los de él. Necesitaba reforzar aquella conexión, alimentar un apetito para poder apaciguar su dolor. Y el propio también. Le oyó gemir, y un instante después, sintió de nuevo sus manos en las mejillas tirando de ella para besarla. Fue un beso salvaje, necesitado, exigente. Sin saber cómo, Paula se abrazó a él, temblando, sintiendo el calor de su cuerpo, la presión de su pecho sobre sus senos, los pezones cada vez más endurecidos e hinchados, con la necesidad de restregarse contra él como un gato desesperado por una caricia. Su lengua marcó los rincones más profundos de su boca, y ella intentó responder lamiendo y mordiendo. No tenía ni idea de lo que hacía, pero sí sabía que necesitaba más sabor, más pasión, más calor. Pedro hundió las manos en su pelo y las horquillas que lo habían sujetado cayeron al suelo de piedra. Por fin liberó su boca y la miró, aturdido, aunque no tanto como ella.


–Te deseo –dijo, mirando primero su pelo suelto y después, de nuevo su boca–. Sé que no debería. Que es una locura.


–Lo sé…


Estaban en la casa de André, una casa que él quería derribar, una casa que ella adoraba, el día del entierro de André y siendo ella su viuda. No debería desearlo y él no debería desearla a ella, pero lo único que parecía capaz de sentir era la necesidad que viajaba por su torrente sanguíneo, alimentada por la embriagadora sensación de conexión, como si su dolor compartido fuese un ente vivo. Ningún hombre la había mirado como la estaba mirando él, con una furiosa y apasionada intensidad y, antes de que pudiera contenerse, dijo las palabras que le había rondado por la cabeza desde que le vio bajarse de su Jeep aquella tarde.


–Yo también te deseo.


Pedro frunció el ceño y se quedó inmóvil, sin decidirse, y Paula temió por un instante que fuese a rechazarla, pero en un segundo la confusión se despejó y la tomó en brazos.


–Bien.


Paula pasó las manos por su cuello y así salieron pasillo adelante, él subió de dos en dos los peldaños de la escalera y se detuvo en el distribuidor.


–Dime qué habitación no has compartido con De la Mare –preguntó, inquisitivo.


La respuesta era sencilla. Señaló su propio dormitorio, en el que había vivido desde que ocupó el puesto de ama de llaves de André. Pedro abrió la puerta con el pie y encendió la luz con el codo antes de dejarla junto a la cama. Paula temblaba. Su cuerpo parecía una hoja zarandeada por el viento de su propio deseo. Nunca se había sentido así, tan excitada, tan fuera de control.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 11

 -Paula.


El modo en que Pedro Alfonso pronunciaba su nombre lo hacía sonar muy íntimo, y la intensidad de su mirada resultaba aterradora y fascinante. Se estaba llevando a la boca un pedazo de queso y otro de pan, pero en sus ojos había la misma necesidad que a ella la asediaba y por la que tuvo que apartar la mirada de su boca.


–No le compadezco –aclaró.


Probablemente nadie lo había compadecido en su vida, a pesar de los horrores que había dejado entrever y que había padecido durante la infancia, pero no parecía la clase de hombre que inspiraría la compasión de otra persona. Era demasiado intenso, demasiado enérgico, con una disciplina demasiado férrea sobre sí mismo, excepto cuando… Excepto cuando no había logrado disfrazar lo que sentía teniéndola cerca. Igual que le pasaba a ella. ¿Por qué notarlo la mareaba? Se obligó a comerse la uva que llevaba un rato en la mano para darse tiempo de pensar, algo que era casi imposible teniendo su mirada clavada en ella. Pedro Alfonso era hijo ilegítimo de André, y había trabajado en sus viñas. Ahora entendía bien que quisiera poseerlas. Y André lo había rechazado con toda crueldad cuando aún era un crío, además por la razón más cruel imaginable: Por ser pobre e ilegítimo. La dulzura de la uva se le derramó en la lengua. Aunque había sido encantador con ella, y a pesar de lo mucho que había llegado a preocuparse por él, sabía que en los negocios era implacable y, viendo lo que había hecho con el testamento, tanto su matrimonio como su legado era solo un modo de hacer daño a su hijo, y no de ayudarla a ella. ¿Debería entregarle las tierras a Alfonso? Después de todo lo que había sufrido, ¿Tenía derecho a quitárselas?


–¿Cuánto?


Levantó de pronto la cara y quedó atrapada en su mirada.


–¿Perdón?


-¿Cuánto quiere por desaparecer? Soy un hombre rico y puedo ser muy generoso. Está claro que usted es una mujer que aprecia el valor del dinero, y yo eso lo respeto… –bajó la mirada a sus senos y tardó un instante en volver a mirarla a los ojos con un desprecio tan claro y tan brutal que la dejó aturdida.


–No quiero su dinero –replicó, cerrándose la camisa para que no pudiera ver que los pezones se le habían endurecido.


–¿En serio? –replicó con una sonrisa tan cínica que volvió a sentirse como Caperucita Roja delante del lobo–. ¿Aunque le ofreciera medio millón de euros por desaparecer, que es mucho más de lo que vale la propiedad?


–Sí.


No quería su dinero. Hacía un instante se había planteado regalárselas, pero quería poder quedarse en La Maison de la Lune. No quería tener que desaparecer una vez más. ¿Cuántas veces se había visto obligada a hacerlo, por los caprichos de otros?


–Quiero quedarme a vivir aquí, como planeó André, pero estaría encantada de alquilarle las tierras, como sugirió Gabriel.


Su sonrisa se borró.


–No quiero alquilarlas, sino ser su dueño. Y no puede quedarse aquí, porque lo que pretendo es derribar esta casa.


–¿Derribarla? ¿Por qué quiere derribarla?


–No tengo por qué explicarle mis motivos –replicó, frunciendo el ceño.


Paula se cruzó de brazos para intentar dejar de temblar… y para disimular la tensión de sus pezones traidores.


–Pues no puede derribar La Maison de la Lune porque me pertenece.


–Cuando haya impugnado el testamento, me pertenecerá a mí.


–No puede hacer algo así. Esta casa es hermosa… –miró a su alrededor, contemplando sus muebles antiguos, los viejos sillones, la sólida mesa, la hermosa vista que se colaba por la ventana, y no solo de las viñas, sino del bosque antiguo que bordeaba la propiedad y el cristalino arroyo que la dividía y que brillaba a la luz de la luna–. Merece permanecer aquí para las siguientes generaciones.


–No. Lo único que importa son las viñas.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 10

 –Si tiene alguna otra pregunta, madame De la Mare… –el abogado recogió sus cosas e hizo una leve inclinación de cabeza–. O usted, monsieur Alfonso, pueden ponerse en contacto conmigo en mi despacho con toda libertad.


Cuando el abogado se hubo marchado, Pedro vió que la viuda de su padre ocupaba una silla al otro lado de la mesa y tomaba una uva. Estaba nerviosa, además de excitada. Bien. Así no era él el único incómodo con aquella atracción.


–¿Qué edad tenía cuando André le exigió que trabajase para él para pagar el alquiler? –quiso saber.


–Diez u once años. No recuerdo bien –respondió, encogiéndose de hombros. La compasión volvió a brillar en sus ojos, y eso era lo último que él quería–. No fue tan malo. A mí me gustaba el trabajo y llegué a enamorarme de las viñas.


–Lo siento –respondió–. Debe ser duro para usted que haya impuesto esa condición en su testamento.


–En absoluto. No esperaba menos de él, madame… –no le gustaba tener que llamarla usando el apellido de ese bastardo–. ¿Cómo se llama?


–¿Mi nombre de pila?


–Oui.


–Me llamo Paula. Paula Chaves. Bueno, Paula De la Mare.


–Paula Chaves está mejor, ya que estuvo casada con el viejo bastardo solo unos días, así que no me parece necesario que lleve su nombre.


–Por favor, no se refiera a él así. Siento que no fuese un buen padre para usted, pero André era amigo mío.


Amigo. Qué forma de describir al hombre con el que había tenido una relación. ¿Por qué no se daba cuenta de que no necesitaba su compasión? Lo que su padre hiciera o dejase de hacer ya no tenía peso en el hombre que era.


–No necesité que fuese un buen padre para mí. Ni bueno, ni malo – añadió, decidido a hacerle comprender.


Tomó un pedazo de baguette tierna, untó queso Brie y le dió un bocado, resuelto a parecer despreocupado costara lo que costase. Nunca había hablado con nadie de esa etapa de su vida, cuando intentaba desesperadamente ganarse la admiración y el afecto de André De la Mare y, en cierto modo, seguía avergonzándose de aquel muchacho, de lo débil y absurdo que había sido por necesitar validación de un hombre que no sentía absolutamente nada por él. Pero Paula Chaves necesitaba saber que ese crío desesperado hacía mucho que ya no estaba.


–Sobreviví muy bien por mis propios medios. De hecho, el rechazo de mi padre, su decisión de rechazarme porque era un hijo bastardo de una mujer de familia pobre, me hizo mucho más fuerte y me preparó para luchar por lo que es mío. Nunca dejaré que alguien vuelva a quedarse con algo que me pertenece por derecho propio.


En lugar del temor que esperaba inspirarse con aquella amenaza velada, su mirada volvió a anegarse en compasión.


–¿André le rechazó por ser ilegítimo? –preguntó, malinterpretando el objetivo de sus palabras–. Qué horror. Lo siento mucho.


Y estiró el brazo sobre la mesa para rozarlo en un gesto de consuelo y compasión. Su roce fue como el de una llama para su piel y para su orgullo.


–No sienta lástima por ese muchacho –dijo, sujetado su muñeca con intención de sorprenderla, pero incómodo por el fuego que seguía abrasándole la piel y haciendo saltar el pulso de ella–. Hace mucho que se fue.


Ahora era millonario. Un hombre tan alejado como fuera posible de aquel mocoso pobre y rechazado. Tenía poder, y pronto sería dueño de toda la tierra que podía abarcar con la vista, incluidas las viñas De la Mare. Ella se soltó y él dejó que lo hiciera. Podría tener a cualquier mujer. ¿Por qué demonios iba a querer aquella, siendo como era la que había calentado la cama de su padre? Pero la vió morderse el labio inferior y la respiración se le aceleró ante la idea de morder él también aquel labio lujurioso y después calmarlo con la lengua antes de hundir las manos en aquel pelo sedoso y… «Arrête!» Respiró hondo. Tenía que detener aquellas imágenes eróticas que lo bombardeaban.


–Sería un grave error compadecerse del hombre en el que se ha convertido, Paula.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 9

 –Si desea imputar el testamento basándose en esta información, tendrá que someterse a una prueba de ADN –dijo el abogado, preocupado por su trabajo. 


Sabía que Pedro tenía un equipo legal impresionante y el suficiente dinero para tenerlo litigando durante años sobre la legalidad de aquel requerimiento de última hora.


–No es que tenga deseo, sino la determinación de impugnar el testamento –le aclaró–, pero no necesito demostrar que soy hijo de De la Mare. Lo único que tengo que demostrar es que no estaba en plenas facultades mentales cuando lo dictó.


Miró de nuevo a la mujer que tenía delante, y reparó en que la línea de sus pezones se dibujaba bajo la camisola de algodón que llevaba. Un calor familiar le creció en el vientre. Sabía que debía ignorarlo, ya que no quería las sobras, pero vio que de pronto contenía el aliento. Así que ella también lo estaba sintiendo…


–Dudo que sea difícil convencer a un juez de que De la Mare estaba subyugado por los encantos de su nueva esposa cuando dictó su testamento –continuó–, y de que las cláusulas son absurdas.


En realidad no creía que la joven hubiese tenido algo que ver en aquel testamento. Seguramente De la Mare había preparado aquel golpe final desde que volvieron a encontrarse dos años atrás, y ella no había sido más que un testigo bien predispuesto. Vió que el rubor le subía por el cuello y que su respiración se volvía más superficial. Los pezones eran ya tan prominentes que debían de dolerle, y él sentía cada vez más calor en el vientre, sobre todo al imaginarse que le bajaba la camisola para apaciguar su dolor con la boca. Respiró hondo. Desde luego, era exquisita. Y el velo de inocencia, aunque falso, también resultaba cautivador. El viejo tenía buen gusto.


–Monsieur Alfonso, le aseguro que el testamento es irrefutable. Monsieur de la Mare estaba en plenas facultades cuando lo dictó –dijo el abogado–. Y madame De la Mare no tenía conocimiento de su contenido previo a este momento, siguiendo los deseos de mi cliente.


–Ya veremos –replicó sin apartar la mirada de la chica.


 Porque eso era exactamente para él. ¿Cuántos años tendría? Su padre andaba por los sesenta, y por un instante se quedó ponderando la diferencia de edad. Ella los miraba a ambos, y su nerviosismo no hacía más que incrementar su deseo. ¿Hasta qué punto habría llegado su desesperación para decidirse a abrirse de piernas para un viejo? ¿Y cómo podía él tener eso en su contra, cuando él mismo había hecho cosas de las que no se sentía orgulloso siendo un muchacho, con el fin de sobrevivir? Miró a la mesa, en la que se había dispuesto una variedad de quesos y fruta locales con bastante arte, y el deseo por fin empezó a disiparse, lo que le permitió pensar con cierta coherencia. La solución a aquel problema era simple. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? Si se había casado con un viejo por sus propiedades, significaba que podía ser comprada. Lo único que tenía que hacer era ponerle sobre la mesa una oferta que no pudiera rechazar.


–Creo que, al final me voy a quedar a comer… Y a probar el vino, para que podamos seguir hablando de la situación.


–Me temo que yo tengo que marcharme –contestó el abogado–. Mi esposa me estará esperando.


La expresión de la joven se volvió de preocupación ante la idea de quedarse sola con él. Bien. Por fin tenía una buena mano de cartas. Ahora tenía que ser implacable… Y dejar de obsesionarse con sus pezones. Se acercó al aparador y se sirvió una copa del vino de De la Mare para mantenerse ocupado y centrarse en lo que quería conseguir. Por la cara de ella vió pasar preocupación, pánico, incluso miedo. ¿Miedo de él, o del deseo que se correspondía con aquellos pezones y la respiración agitada? Le produjo satisfacción ser consciente de que le resultaba más difícil que a él controlar sus respuestas. Haría que pesara en su favor, de modo que, antes de que ella pudiera decidir echarlo a patadas, añadió:


–Esta puede que sea la última oportunidad que se me presente de disfrutar de una comida en la casa en que nací.


No podía importarle menos, en realidad. Apenas recordaba los años que habían vivido allí. Lo único que recordaba era salir temprano de la casucha en la que vivía con su madre para trabajar con los hombres de su padre, o al terminar las clases hasta que se hacía de noche mientras esperaba la visita de su padre y que se diera cuenta de lo duro que trabajaba. Y después, del día que se atrevió a reclamar su parentesco, lleno de orgullo y esperanza, en la puerta de atrás de la casa de su padre, ya que lo consideraban demasiado insignificante para dejarle entrar por la principal. El comentario surtió el efecto deseado.


–Entiendo, monsieur Alfonso –dijo ella, empujada por la compasión que ya había mostrado antes.

martes, 24 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 8

André de la Mare nunca había sido su padre, dijera lo que dijese su madre, y le había costado años darse cuenta de que el lazo de sangre no significaba nada para su padre y que no iba a cambiar. Cómo demonios la efímera esposa de su padre había descubierto su conexión era algo que no lograba imaginar. Se obligó a respirar hondo y serenarse.


–Lo veo en usted–continuó ella, mirándolo a la cara–. André hablaba de usted constantemente. Era como una obsesión para él. Yo creía que era por el éxito que ha alcanzado en los negocios, siendo tan joven, pero ahora me doy cuenta de que era algo mucho más personal.


Pedro sintió que la furia se le hacía una bola en el estómago.


–Creo que, aunque por un lado le temía, por otro se sentía tremendamente orgulloso de usted.


El comentario le hundió un puñal. ¿Hablaba en serio, o se trataba de una especie de broma enfermiza? ¿De verdad pensaba que podía importarle lo más mínimo lo que De la Mare pensara de él o de sus negocios? Hacía dieciséis años que había dejado de buscar la aprobación paterna. Aquella noche huyó de allí, y al día siguiente partió de Burdeos para hallar su propio camino, después de años viviendo cerca de la propiedad de su padre, buscando migajas, haciendo todo lo que él le pedía con la esperanza de que, algún día, reconociera su conexión. Nadie lo había reconocido después cuando volvió. Nadie excepto De la Mare, y precisamente por eso había disfrutado manteniéndose distante y asfixiando todos los intentos del viejo para salvar sus tierras de las deudas. No había tenido que ensuciarse las manos porque el viejo había llevado a la ruina sus tierras él mismo y, cuando André acudió a él para rogarle que invirtiera, pensando que aún buscaba su reconocimiento, Pedro se dió el gustazo de reírse en su cara. El viejo bastardo se casó después con aquella mujer, un último intento de arrebatarle el legado que era suyo por derecho, y solo por eso debería despreciarla, pero… Sin maquillaje alguno, su carita de niña, su piel tostada por el sol, pómulos marcados, ojos azules y una boca madura y muy jugosa, resultaba aún más atractiva. Y su cuerpo, aun con aquel disfraz de pantalones cortos y camisa de trabajo, se veía maduro para mucho más. No era de extrañar que su cuerpo hubiera reaccionado. Era una mujer hermosa, y que fuera la esposa de su padre no la hacía menos atractiva a sus ojos. Soltó una carcajada áspera, decidido a romper el hechizo que había tejido sin esfuerzo.


–¿De verdad cree que me puede importar lo que ese bastardo pensara de mí?


Su tono salvaje la hizo parpadear repetidamente. Tarde ya se dió cuenta de que tácitamente había aceptado que su conexión biológica con De la Mare era la que ella había imaginado. Fue cuando el abogado, cuya presencia había olvidado por completo, preguntó:


–¿Es cierto, monsieur Alfonso? ¿André de la Mare era su padre biológico?


No podía seguir negándolo, aunque tampoco quería que fuera del dominio público.


–Mi madre era una de las amantes De de la Mare –confesó en tono neutro–. Ana Alfonso Zolezzi. Vivimos aquí… –miró en torno suyo–, hasta que se aburrió de ella. Entonces nos permitió vivir en una casucha que había en los límites de su propiedad pero, en cuanto yo me hice lo bastante mayor, De la Mare insistió en que trabajase para pagar por ese privilegio, ya que mi madre estaba demasiado débil para trabajar toda la jornada –la bilis se le subió a la garganta, pero tragó saliva–. Pero no deseo reclamar una conexión de la que no me siento orgulloso en absoluto – continuó–. Si la hacen pública, los demandaré. Y eso la incluye a usted, madame De la Mare –añadió por si quedaba alguna duda.


Pero ella, en lugar de sorprenderse, asintió.


–Por supuesto. Su conexión con André es algo que solo le atañe a usted. Lo comprendo perfectamente.


Dudaba de que así fuera. Quizás pensaba que tendría más posibilidades de echarle el guante a las tierras si nadie conocía su relación con De la Mare. Pues si era eso lo que pensaba, se equivocaba de lado a lado. No necesitaba ser hijo suyo para hacerse con la tierra y completar su venganza del hombre que le había dado la vida para luego deshacerse de él.


Una Noche Inolvidable: Capítulo 7

Cortó la frase sin terminarla y algo más que furia apareció fugazmente en sus facciones. Algo más parecido a la traición y el dolor. Paula reconoció el sentimiento porque ella lo había soportado de niña, el día que su padre la dejó en un centro de menores en Westminster y le dijo que ya no podía seguir cuidando de ella. Fue la última vez que lo vio. ¿Qué había querido decir con que André pensaba que le debía dinero por haber nacido?


–Es hijo suyo –musitó. 


La verdad le resultó de pronto tan obvia que no entendió cómo no se había dado cuenta en cuanto Alfonso puso el pie en la casa. En la casa de él, seguramente. ¿Habría vivido allí de niño, sin que André lo reconociera? La compasión que sintió de pronto por aquel hombre indómito fue tan intensa que la sintió casi como un vahído, porque de pronto comprendió por qué aquellas viñas significaban tanto para él. Por qué las quería con tanta determinación y por qué odiaba a André, o quería odiarlo, tanto como ella había odiado a su padre por haberla abandonado. Pero, junto a la oleada de compasión, llegó otra de deseo que derribó las barreras que había estado intentando erigir sin conseguirlo desde el momento en que sus miradas se cruzaron en el cementerio.


-¿Qu ést-ce qu’elle a dit, là?


¿Qué demonios acababa de decir? La sorpresa fue tal que la furia por el intento que había hecho su padre de vengarse de él desde la tumba pasó a segundo plano. Había hablado más de la cuenta, pero era imposible que se hubiera imaginado la verdad con tanta facilidad cuando nadie más había sospechado nunca cuál era su verdadera relación con André de la Mare.


–Era… –repitió ella, con una mirada tan llena de compasión que lo dejó mudo–. Usted es hijo de André. Sus ojos son… Son los mismos.


–¿Qué tontería es esa? –respondió, pero la humillación que lo consumía desde niño se apoderó de su voz, una humillación que llegó cuando descubrió lo idiota que había sido pensando que un hombre de la clase social y la riqueza de Pierre de la Mare iba a reconocer a un bastado como él.


No quería su compasión, como tampoco tenía intención de reclamar su legado. Lo único que quería eran las viñas, unas viñas que había regado con su sudor trabajándolas durante años, convencido de que su padre lo quería, o al menos lo respetaba, cuando lo único que había sido para él era un error. «Aunque fueras hijo mío, como dice tu madre, ¿De verdad piensas que iba a querer que el crío de una guarra llevase el apellido De la Mare, por bien que se le den las viñas?» Las palabras que le dirigió su padre al cumplir los quince se le vinieron a la memoria. Fue el día en que reunió el valor necesario para decirle a Pierre de la Mare que sabía que era su padre, y que estaba orgulloso de ser el destinatario de su legado. El día en que su padre se rió en su cara y le dijo que no tenía derecho a su legado porque nunca sería más que un labriego, un asalariado, un bastardo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 6

«Ay, André. ¿Por eso insististe en que nos casáramos? ¿No para ayudarme a mí, sino para desafiar a Alfonso?» El estómago se le encogió. ¿La habría utilizado? Tenía que estar al tanto de que las condiciones de su testamento la pondrían en la línea de fuego con Alfonso.


–No entiendo –dijo. Se sentía traicionada. André sabía lo suficiente de su infancia y su juventud para conocer que detestaba el conflicto–. ¿Por qué iba a hacer André algo así?


–No puedo contestar a su pregunta, madame De la Mare –contestó Gabriel, mirando a Alfonso con cautela–. Yo le aconsejé que no obrara así, pero él insistió. No me explicó sus motivos, pero creo que era importante para él que usted pudiera quedarse en La Maison de la Lune. Y que fuera la propietaria de las viñas.


–No puede quedárselas –anunció Alfonso–. ¡Las viñas son mías! ¡Me pertenecen! Y una zorra inglesa que apenas lleva unos meses aquí no puede quedárselas.


Paula se levantó de golpe y apretó los puños, dispuesta a plantarle cara. Le daba igual que fuera más grande, que estuviera más enfadado y que fuese más rico y poderoso que ella. No iba a permitir que la insultara.


–Las viñas no son suyas, señor Alfonso –le dijo con tanta dignidad como fue capaz–. Y, al parecer, no lo van a ser nunca –añadió, aplastando el brote de culpabilidad. Y de confusión.


Ella no se merecía aquel legado. André y ella habían sido amigos, pero solo hacía un año que se conocían. No eran familia, y no habían sido marido y mujer en el sentido real de la palabra. Ahora veía con claridad que la había utilizado como rehén de su lucha con Alfonso. ¿Cómo podía velar por sus intereses si siempre había pretendido ponerla en contra de un hombre con el poder y la influencia de Alfonso? Dejándole el viñedo y prohibiéndole que se lo vendiera a él, la estaba empujando al fracaso, a ella y a la tierra. ¿Acaso André odiaba más a Alfonso de lo que amaba a sus viñas? Quizás. Una cosa estaba clara: Lo odiaba más a él que lo que ella le importaba, y eso le dolió.


–¿Qué sabe de las tierras De la Mare? –preguntó Alfonso destilando desprecio–. ¿Qué sabe de alimentar y cuidar sus viñas, o de cómo sacar lo mejor de ellas? –la miró de arriba abajo–. No sabe nada. Y, sin embargo, ¿Piensa que puede quitarme lo que es mío porque se abrió de piernas para ese bastardo, comme une pute?


–¡Monsieur Alfonso! No hay por qué emplear ese lenguaje –intervino el abogado.


Pero todo lo que Paula podía oír era la sangre zumbándole en los oídos. Le importaba un comino lo que Alfonso pudiera pensar de ella, él o cualquier otra persona. Entonces, ¿Por qué su desprecio le llegaba hasta el punto de herir a la cría a la que habían llamado tantas cosas a lo largo del tiempo? ¿Y por qué su furia estaba alimentando las sensaciones que le hervían bajo la piel, haciéndolas más eléctricas más volátiles, más incontrolables?


–No soy ninguna zorra. Soy su esposa. Y usted no tiene más derecho a estas tierras que yo.


–¿Eso cree?


Se acercó a ella tanto que pudo sentir el calor de su rabia y ver el brillo de la furia en el marrón de su iris. Pero había algo más en las oscuras profundidades que resultaba aún más inquietante. Algo ardiente y vibrante que ella sentía también en su abdomen.


–Tengo todo el derecho a estas viñas. Las he mimado, alimentado, protegido del hielo, del viento y de las plagas hasta que me sangraron las manos. He trabajado estos campos durante horas siendo tan pequeño que ni siquiera era capaz de ver por encima de las vides. Y me prometí a mí mismo que, algún día, serían mías.


Los orígenes de Alfonso eran inciertos. Había oído historias en los medios que decían que su madre provenía de una familia pobre y que nadie conocía la identidad de su padre. Que había empezado muy joven trabajando en el campo, que su formación académica era escasa y que se había hecho a sí mismo de la nada. Pero nadie había sospechado nunca que hubiera nacido en Burdeos, y menos aún en aquel contorno, o alguien ya se habría hecho eco de ello.


–¿Me está usted diciendo que trabajó para André y que no le pagó? – le preguntó con voz temblorosa. ¿Estaría mintiendo? Sería capaz, pero algo en el tono de su voz, como si estuviera admitiendo algo que le avergonzaba, sugería más bien lo contrario–. No puedo creerlo.


André había sido un hombre complicado, puede que más de lo que ella había sabido, pero no era un monstruo… ¿No?


–Oui, me pagó –replicó con sorna–. Me pagó un salario que según él me descontaba de la deuda contraída por haber nacido. Y yo trabajé para él de buen grado hasta que me di cuenta de que lo único que había querido de mí era mano de obra gratuita. Que nunca había tenido intención de reconocer que…

Una Noche Inolvidable: Capítulo 5

Disimuló un estremecimiento echando mano a la jarra de vino que había dejado aireándose sobre la encimera.


–André me pidió que sirviera el Montramere Premier Cru esta noche – dijo mientras sacaba una copa más de un armario.


–No se moleste en servirme a mí –oyó decir a Alfonso, brusco–. Prefiero no mezclar los negocios con el placer.


Si había tenido alguna duda de que la enemistad de André y Alfonso fuera personal, aquellas palabras la despejaron por completo.


–Muy bien, monsieur Alfonso –contestó, sirviendo solo dos copas, y se llevó la suya a los labios fingiendo una calma que no sentía–. A la salud de André –añadió–. Y a la de los vinos De la Mare.


Alfonso no alteró sus facciones ni lo más mínimo, pero vio que un músculo le temblaba en la mandíbula.


–Aux vignes, mais pas à l’homme –le oyó decir.


Es posible que pensara que ella no le iba a entender, pero no fue a sí. «Por las viñas, pero no por el hombre».


–Por André –intervino el abogado, alzando su copa sin hacer caso del comentario de Alfonso. O intentaba rebajar la tensión, o estaba sordo–. Magnifique –lo alabó nada más probarlo, y señaló las sillas junto a la mesa–. Sentémonos –dijo–, y disfrutemos de lo que madame De la Mare tenía dispuesto antes de proceder con los detalles del testamento de monsieur De la Mare.


–Yo no quiero sentarme –anunció Alfonso–, ni comer. Quiero terminar con esto cuanto antes.


El abogado asintió y sacó un ordenador de su maletín. Paula se sentó frente a él, decidida a ignorar a Alfonso, aunque estaba de acuerdo con él en una cosa: Quería acabar con aquello ya, tan rápidamente como fuera posible, para poder sacar a aquel hombre de su casa. Nunca se había sentido tan incómoda, desorientada y, al mismo tiempo, eufórica en presencia de ningún hombre, y no le gustaba. ¿Por qué no era capaz de controlar su respuesta ante Alfonso, más aun teniendo en cuenta el obvio desprecio que él sentía por ella? Gabriel invirtió unos interminables minutos escribiendo en el ordenador y sacando documentos de su maletín mientras Alfonso seguía de pie al otro lado de la estancia, como una sombra que se proyectase sobre todos sus recuerdos de André. Tomó un sorbo de aquel oloroso Pinot Noir mientras esperaban, sin importarle no ser capaz de percibir con toda su intensidad los matices de aquel caldo excepcional. En aquel momento, lo único que quería era olvidarse de Alfonso y de las extraña sensaciones que despertaba, además de saber si André le había dejado lo bastante para poder sobrevivir al menos un mes mientras buscaba un trabajo nuevo.


–Para evitar extenderme mucho en los términos legales, voy a resumir lo principal –dijo Gabriel, entregándole a ella una copia y ofreciéndole otra a Alfonso, que no se molestó en recogerla, y quedó sobre la mesa.


–Monsieur De la Mare ha legado la propiedad conocida con el nombre La Maison de la Lune y los viñedos circundantes De la Mare a su viuda. Por desgracia, sobre la propiedad pesan deudas considerables, y André era consciente de que tendría que vender una parte o su totalidad, algo a lo que él no se oponía en absoluto, aunque sí quiso añadir una cláusula particular a ese respecto: Madame De la Mare no puede vender parte alguna de la propiedad a Pedro Alfonso, de Alfonso Corporation, ni a ninguna de sus subsidiarias o empresas en reserva en la que Pedro Alfonso o Alfonso Corporation pueda tener algún interés, o perderá dicha herencia.


–¡C’est pas vrai! –gritó Alfonso, y Paula dió un respingo.


La burbuja de esperanza que había empezado a crecer en su pecho al saberse propietaria de aquella casa estalló por culpa de su furia. ¿Por qué André había hecho algo así? Por mucho amor que ella sintiera por las viñas, si él  quería que el legado De la Mare continuase, la única respuesta era vender a Alfonso. A pesar de la agresividad de sus prácticas empresariales, era conocido como un excelente vinatero, y ningún otro se atrevería a comprar aquellas tierras si con ello desafiaba a Alfonso. Una retahíla de maldiciones en francés siguió el deambular de Alfonso por la habitación.


–¡Esto es una mamarrachada!–exclamó–. No puede pretender impedirme comprar las viñas. Ya he esperado mucho tiempo para hacerlo y, de todos modos, ¿Quién demonios es ella? –miró a Paula–. No sabe nada de vinos.


Paula se encogió. Había algo personal en la furia de Alfonso. Aquello no tenía que ver con el vino. Algo debía haber entre André y él, algo que iba más allá del negocio.

jueves, 19 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 4

 -Madame De la Mare, gracias por recibirnos en un momento tan difícil.


¿Recibirnos? Paula saludó con una inclinación de cabeza al abogado de André en la puerta de la casa, una hora después del funeral.


–Me alegro de verlo, Gabriel. ¿Viene… Alguien más?


En aquel mismo instante, el coche que había visto en el cementerio se detuvo allí, y Pedro Alfonso bajó de él. Había dejado los vaqueros y la camiseta desaliñada y llevaba unos pantalones de diseño y una camisa blanca de lino remangada. Traía el pelo oscuro mojado, como si acabara de ducharse y afeitarse, pero seguía pareciendo indómito e intimidante. Tampoco llevaba gafas de sol, con lo que su mirada era todavía más devastadora que cuando en el cementerio la miró de arriba abajo. Menos mal que ya no llevaba aquel vestido tan sugerente, aunque deseó haberse puesto algo más formal que los pantalones cortos y la fina camisola de algodón que llevaba. Marcel iba con relativa frecuencia por allí, en particular en las últimas semanas, para ver a André, pero Alfonso no era un amigo, o siquiera un conocido.


–Bon soir, madame De la Mare. Gabriel me ha pedido que asista, siguiendo la voluntad de su marido –la saludó, con apenas una leve inclinación de cabeza.


Paula contuvo un estremecimiento de inquietud, y la sensación que le provocaba y que se había negado a desaparecer. En el cementerio no se había dado cuenta de lo grande que era. De tan anchos que eran sus hombros, bloqueaban la luz del final del atardecer. Apenas le llegaba al cuello. ¿Por qué habría querido André que estuviera presente? No tenía sentido. El testamento era solo una formalidad, una oportunidad de pagarle los salarios que le debía, ¿No? ¿Es que Alfonso ya había comprado la propiedad? ¿Sería posible? ¿Tendría que abandonar la casa aquella misma noche? ¿Y por qué no podía controlar aquella sensación líquida que partía de lo más hondo del cuerpo? Aquello era peor que verle de lejos en el cementerio. De cerca, Pedro Alfonso era una fuerza de la naturaleza, y parecía haberse hecho con el control de sus sentidos. No quería invitarlo a pasar a su casa, a su santuario, pero teniéndolos allí, en la puerta, no tenía opción, y volvió a sentirse indefensa como cuando era niña y le decían que iba a tener que irse con una nueva familia.


–Ya… Por favor, pasen.


Las pisadas de Alfonso sonaron en el suelo de piedra de la granja, y un perfume caro a sándalo se mezcló con el aroma salado que ya llenaba sus sentidos. Se hizo a un lado sintiéndose como Caperucita Roja asaltada por el lobo. Sin esperar a que se lo ofreciera, o a que le diera cualquier otra explicación, le vió seguir pasillo adelante hasta el salón de las visitas que quedaba al fondo de la casa, donde Cara había dispuesto un almuerzo ligero para Gabriel y ella. El temblor de inquietud y un inexplicable calor se vieron aumentados por un golpe de ira. ¡Aquella no era todavía su casa! ¿Y cómo narices la conocía tan bien? ¿Acaso habría estado antes allí? Desde luego André no se lo había mencionado en ningún momento. André estaba obsesionado con él, pero ella siempre había dado por sentado que se debía a que Alfonso Corporation llevaba años asfixiando las tierras de De la Mare, pero en aquel momento dudó. ¿Sería su enemistad por algo más personal? Otra razón más para desconfiar. Alfonso se quedó plantado en mitad de la estancia, y su tamaño la hizo parecer pequeña. Estaba de espaldas a la mesa de carnicero hecha de bloques de madera en la que había dispuesto una pequeña variedad de quesos, una barra de pan y una bandeja de fruta, y le vió contemplar el viñedo a través de la ventana. El sol se había puesto hacía media hora, pero quedaba suficiente luz para ver aquellos troncos retorcidos y antiguos que eran el legado de De la Mare. Su postura era dominante, como si ya estuviese examinando su propiedad, pero al mismo tiempo se le veía tenso, casi como si fuera un tigre a punto de atacar.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 3

Sus curvas se movían sinuosas en aquel vestido vintage, mientras que el sol rojizo de la tarde arrancaba destellos dorados al pelo rubio que se había recogido en un moño despeinado. Alguien le había dicho que el viejo se había buscado un ama de llaves, y se esperaba que fuera joven y guapa, pero no tanto como para poder ser su nieta. ¿Cuántos años tendría? Veintipocos. Unos diez menos que él. Y cuarenta menos que De la Mare. ¿Es que el viejo no conocía la vergüenza? A pesar de su aparente juventud, estaba convencido de que le había prestado algo más que ayuda. Seguro que De la Mare se la habría metido en la cama, como había hecho con tantas otras. Además, parecía su tipo. Caliente y fácil. Pero un pulso de deseo y un respeto a regañadientes fue lo que experimentó, en lugar del desprecio que habría preferido, al verla salir del cementerio manteniendo la cabeza bien alta. ¿Qué tenía aquella mujer para haberlo cautivado nada más verla? Puede que fuese el rubor que le había teñido las mejillas cuando le miró los pechos que aquel vestido tan ajustado revelaba. O quizás fuera porque no había estado con ninguna mujer desde hacía tres meses. O por el cansancio, después de haberse levantado antes del amanecer. Fuera cual fuese la razón, no le gustaba. Ahora que De la Mare había muerto por fin, estaba decidido a reclamar lo que era suyo por derecho, y no iba a dejarse distraer por las sobras que había dejado.


–Su premura es un poco impropia, señor Alfonso –contestó el abogado–. Monsieur De la Mare ha fallecido hace apenas unos días.


–Esto son negocios. No hay nada personal –mintió sin dificultad–. Quiero estar informado en cuanto se ponga en venta la propiedad.


Ya había esperado bastante para hacerse con ella. No había querido negociar con el viejo bastardo, pero se aseguró de que nadie intentase comprársela mientras vivía.


–No es tan sencillo. Esta noche nos reuniremos en La Maison de la Lune para dar lectura al testamento. De hecho, me alegro de que esté usted aquí, porque así no tengo que convocarle. Monsieur De la Mare pidió su asistencia.


–¿Qué?


Pedro centró su atención en el abogado. De todos modos, la chica ya se había ido, e intentó ocultar la sorpresa y la absurda esperanza. Sabía que no habría nada para él en aquel testamento.


–Monsieur De la Mare pidió su comparecencia dos días antes de fallecer, antes de redactar su testamento.


–¿Por qué ha hecho testamento? No tenía nada más que deudas, y ningún heredero al que dejárselas, según tengo entendido.


«O ninguno que él quisiera reconocer». Una bilis amarga le subió por la garganta, y tuvo que tragársela como tantas veces desde que era un crío y su madre lo ataba a la cama para impedir que saliera corriendo bosque través para llegar a La Maison de la Lune en un intento desesperado por ver al hombre que no quería verlo.


–¿No lo sabe? –preguntó el abogado, sorprendido.


–¿Qué? Ayer llegué de un viaje de negocios por Italia y he pasado en las viñas todo el día.


–Mademoiselle Chaves, el ama de llaves de La Maison, y Monsieur De la Mare se casaron hace tres días, y ahora ella es su viuda.


La amargura fue como un cuchillo que le clavaran en las tripas al ver el rostro de su madre en el recuerdo, frágil, exhausta, la mañana en que él dejó Burdeos con solo quince años, espoleado por la humillación y el ultraje.


–Merde –murmuró. 


Así que aquella zorrita inglesa no solo se había acostado con De la Mare, sino que había conseguido seducir al viejo bastardo para que hiciera lo que ninguna otra mujer había conseguido: que le pusiera una alianza en el dedo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 2

Alfonso cerró la puerta del Jeep y echó a andar sobre la tierra reseca hacia la tumba con una confianza suprema. Desde luego no parecía estar de luto. Sintió que enrojecía al notar su mirada en ella, aun detrás de las gafas de aviador, examinando el vestido retro que había encontrado en el mercado el día anterior. Le quedaba un poco apretado, pero con su falda de vuelo, el talle marcado y el corte en forma de reloj de arena le pareció elegante. Ella nunca llevaba vestidos. André decía que su uniforme de trabajo eran pantalones cortos y camiseta, pero aquel día había querido tener un aspecto elegante por él. Y aquel vestido lo lograba, o al menos eso pensaba, hasta que la mirada de Alfonso le abrasó la piel, haciendo que se sintiera insultada y excitada al mismo tiempo, más expuesta que elegante. Pero no se dirigió a ella sino a Gabriel Caron, el abogado de André, a quien susurró algo al oído. El sacerdote concluyó por fin y le hizo entrega de una pequeña pala, y se dió cuenta de lo que le apretaba el vestido al agacharse para cargarla con un poco de tierra.


–Dale un beso a Simone de mi parte –dijo en voz baja al dejar caer la tierra.


Esforzándose por contener la emoción que le agarrotaba la garganta, dió media vuelta y se alejó de las tumbas de los De la Mare para dirigirse colina abajo a La Maison de la Lune. Oyó comentarios en voz baja al pasar por delante de algunas de las personas que habían acudido a despedirse de André, pero nadie se le acercó. Una vez Gabriel le entregase el cheque del dinero que André le había prometido, tenía que empezar a recoger sus cosas y a pensar en qué iba a hacer. No iba a tener mucho tiempo, sobre todo si Alfonso compraba la tierra. Exigiría que se marchase rápidamente, y quería estar preparada para que no la presionaran y la presencia de Alfonso allí, con su ropa de trabajo, daba a entender que no se iba a parar en ceremonias. ¿Dónde ir? ¿A París? ¿A Londres? ¿A Madrid, quizás? Nunca había estado en España. Intentaba que aquella nueva aventura despertara su entusiasmo, pero lo único que sentía era cansancio. Y tristeza. Decidió que no iba a hacer el equipaje aquella noche. Aquella noche iba a recordar a su amigo, a su esposo. Cuando Gabriel se hubiera marchado, se sentaría en la terraza con una copa del magnífico tinto de André a disfrutar del mágico atardecer en el viñedo del que se había enamorado. El viñedo que había llegado a ser un raro oasis de calma y serenidad en el caos de su vida nómada. Sintió la mirada de Alfonso con la intensidad de un láser al pasar por delante de él para salir del cementerio, y una inquietante picazón de necesidad le erizó el vello del cuerpo, dejando un peso en su bajo vientre. Era rico, un famoso seductor que exudaba un magnetismo animal que sería difícil de ignorar por cualquier mujer. Y en su caso aún más, dado que tenía muy poca experiencia con los hombres. Siendo niña de acogida, había aprendido a pasar desapercibida. Siempre era mejor que no repararan en ella si quería poder quedarse un poco más. Ya en la adolescencia, había sido un marimacho, decidida a huir del estereotipo de chica a la que nadie quería en busca de amor. Por Dios, si aún era virgen… Gracias a su existencia sin raíces, una vez abandonó el programa de acogida, nunca había permanecido en un lugar el tiempo necesario para construir una relación significativa, aparte de con André, claro. Pero André, a pesar de su matrimonio de última hora, era cuarenta años mayor que ella y un hombre frágil, no una fuerza de la naturaleza en pleno apogeo. Lo bueno era que no lo conocía en persona y que no iba a tener necesidad de conocerlo, de modo que aquella sensación tan… Desconcertante, pasaría. A no mucho tardar, Alfonso sería el propietario del viñedo de doscientos años de antigüedad que producía los mejores caldos de la región, y de la hermosa y vieja casa de piedra que había sido su primer hogar. Pero aquella noche, las viñas y La Maison de la Lune eran suyas, y no necesitaba el permiso de Alfonso ni de ningún otro para disfrutarlas.


–¿Cuándo estará la finca en el mercado? –preguntó Pedro Alfonso al abogado de André de la Mare mientras veía cómo la chica, el ama de llaves, la enfermera o cuidadora o lo que diablos fuera, pasaba de largo sin tan siquiera mirarlo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 1

Paula permanecía de pie junto a la tumba, escuchando el panegírico en francés del sacerdote y contemplando las hectáreas de viñedo de Alfonso Corporation que se extendían por la colina como un patchwork. No lo entendía todo porque su francés no era perfecto, pero se sentía triste y aturdida por el fallecimiento de su jefe, André de la Mare, dueño de la pequeña viña en la que estaban. Bueno, no era solo su jefe, sino su marido, aunque le resultaba ridículo llamarlo así. Por su edad podría haber sido su abuelo, y solo llevaban casados tres días cuando falleció. Ahora, era su viuda. «Cásate conmigo, Paula. Ten compasión de un viejo que no quiere morir solo». El pequeño grupo que componían los amigos y asociados de André la miraban mientras ella contemplaba cómo el sol se escondía tras la cresta de la colina, y podía oír sus pensamientos: Cazafortunas, oportunista, zorra. Pero ni así iban a lograr que se sintiera culpable por haber aceptado la proposición de André. Él le había dicho que el viñedo tendría que venderse, de modo que lo único que iba a recibir tras su breve matrimonio era un pequeño legado recogido en su testamento y que cubriría los salarios que le adeudaba y que no había podido pagarle. En los últimos tiempos, había sido más una cuidadora que un ama de llaves: Lo bañaba, le daba de comer, lo ayudaba a vestirse y, cada mañana, lo sentaba en la silla de ruedas y lo llevaba a contemplar sus amadas vides. Por la tarde, mantenían conversaciones interminables sobre lo humano y lo divino: Desde Simone Signoret, su estrella del cine francés favorita, a las últimas noticias sobre Pedro Alfonso, el magnate dueño de las tierras que rodeaban el viñedo de André, mucho más pequeño; un hombre que, según él, llevaba años intentando sacarlo del negocio.


Había sido su compañera, su amiga. Su relación nunca había sido sexual, aunque jamás permitiría que André sintiera la humillación de que los demás se enterasen. Habían llegado a un acuerdo: Si se casaba con él, podría pagarle tras su muerte los salarios que le adeudaba, y ella necesitaba ese dinero para poder asentarse después en algún lugar. El dolor de la pérdida y el que provocaba la ansiedad le contrajeron el pecho. Iba a echarle mucho de menos, pero aún más añoraría La Maison de la Lune, la casa que había llegado a ser su hogar. Había pasado en aquella granja decrépita los últimos once meses, frotando los suelos de piedra hasta hacerlos brillar, limpiando el polvo de los muebles ajados, aprendiendo a manejar la temperamental lavadora, sembrando un huerto para reducir gastos. Era la primera vez que permanecía tanto tiempo en el mismo sitio; la primera que se sentía tan segura y a gusto, y le dolía más que nunca saber que tendría que marcharse de allí en breve. Suspiró. Ya debería estar acostumbrada. ¿Por qué entonces le resultaba tal difícil aquella vez? ¿Sería porque se estaba haciendo mayor? Había cumplido veintiuno dos semanas atrás. 


Entornó los ojos al ver un monovolumen negro acercándose por la pista de tierra que conducía al cementerio de la familia. Otro conocido de André dispuesto a juzgarla, seguro. Pero cuando el coche se detuvo, reparó en que el logo de Alfonso iba impreso en el costado del Jeep. Un hombre alto y fuerte, vestido con vaqueros desgastados y una holgada camiseta blanca se bajó de él. Lo reconoció de inmediato, aunque no se conocían y nunca lo había visto así vestido. Solo con esmoquin y trajes de diseño, en fotos en la red y en las revistas. Pedro Alfonso, el millonario vecino de André. Y el soltero más codiciado de Francia, según Paris Match. ¿Qué narices hacía el rival de André en su funeral? Su jefe hablaba de él con frecuencia, pero siempre con desprecio y una inquina sorprendente. Ella quería a André, que siempre había sido encantador y paternal con ella, pero su odio hacia Alfonso mostraba un lado suyo que nunca había llegado a comprender. Cada vez que tenían algún problema en el viñedo, ya fuera un pequeño incendio, una inundación primaveral, la marcha de algún empleado, culpaba a Alfonso, como si fuera personalmente responsable de cuanto había salido mal a lo largo de los años. Ella intentaba no dar alas a ese odio, a pesar de que era cierto que la Alfonso Corporation había comprado toda la tierra que rodeaba a la finca De la Mare, pero nunca había intentado comprarle su pedazo de tierra a André. Verlo allí le hizo preguntarse si no tendría razón. ¿Habría estado esperando su muerte para dar el asalto?

Una Noche Inolvidable: Sinopsis

Pedro Alfonso es el nombre que se hallaba en boca de todos, pero él a su vez solo tenía un nombre en la suya: ¡Paula Chaves! No podía creerse que una simple ama de llaves hubiera heredado su viñedo, pero enfrentarse a aquella belleza inglesa no iba a ser fácil.



La inocente Paula no dudaba de que Pedro era sinónimo de problemas, ¡Y que quedaba completamente fuera de su alcance! Desde luego, no estaba dispuesta a entregarle su nuevo hogar en bandeja de plata. Pero, cuando el deseo explotó entre ambos, ella tuvo que preguntarse qué era lo que de verdad quería él: ¿La herencia que por derecho le correspondía… O a ella?

martes, 17 de marzo de 2026

Retrato: Epílogo

 Tres años después



Durante dos años, Pedro pasó bastante tiempo en hospitales. Con inmenso coraje, Paula se había enfrentado a sus demonios y los había vencido, sometiéndose a la operación que los médicos recomendaban. Sin embargo, ella se había negado a renunciar a los clientes que ya tenía apalabrados. Además, el nuevo negocio de Pedro requería toda su atención, porque los yates de lujo no se diseñaban, construían y alquilaban solos. La primera operación se produjo doce meses después de que aceptara casarse con él, dos semanas después la sencilla boda. Antes, durante y después de esa operación, y las siguientes, él había permanecido a su lado. Estaba junto a ella cuando se dormía, y cuando despertaba. No había sido fácil, pero cada momento del tormento vivido juntos había merecido la pena porque, aunque el dolor no había desaparecido completamente, Paula ya no sufría atrozmente cada cuatro semanas. Sonreía y funcionaba, y la felicidad que eso le producía a Pedro era inmensa. El ala del hospital privado de Atenas no le era familiar, aunque las desgarradoras emociones sí. Terror, impaciencia, esperanza. ¿Qué pasaba ahí dentro?, se preguntó mientras consultaba el reloj. ¿Por qué tardaban tanto?


—¿Señor Alfonso?


—¿Sí? —Pedro giró en redondo, casi chocando con el médico.


—Ya puede pasar.


No necesitó que se lo repitieran. Abrió de un empujón la puerta de la habitación de Paula y la encontró tumbada en la cama, exhausta, más encantadora que nunca.


—¿Estás bien? —preguntó Pedro, el corazón dándole un vuelco.


Los ojos de Paula brillaban, su sonrisa era amplia. La mirada de Pedro se posó en el bulto que sujetaba en los brazos y se le hizo un nudo en la garganta.



—Acércate a conocer a nuestra preciosa niña.








FIN

Retrato: Capítulo 59

Con él a su lado, tendría el valor necesario para someterse a las operaciones. Haría todo lo posible por mejorar su calidad de vida, por los dos, para aumentar la posibilidad de tener hijos. Ella no era su padre. Pedro tenía razón: Ella era fuerte y resiliente. Y sí, podría pasarles algo, pero también podría no pasarles. Mejor amar y perder que no haber amado nunca. Quizá el dolor constante era un precio que su padre estaba dispuesto a pagar por el amor vivido. ¿Qué podía hacer? ¿Sería demasiado tarde para intentar convencer a Pedro de que el pasado no tenía por qué repetirse? Si intentaba hablar con él, ¿Se alegraría de verla o se horrorizaría? Paula estaba tan sumida en su mísera confusión que casi no oyó el timbre. Cuando lo hizo, se cubrió la cabeza con una almohada, esperando a que quienquiera que fuera se marchara, pero no se marchó. Con un profundo suspiro, se levantó y caminó hacia la puerta.


—¿Sí?


—¿Paula? Soy Pedro.


¿Alucinaba? ¿Lo había conjurado con la fuerza de sus sentimientos? A menudo él era capaz de leer su mente, pero la telepatía no cruzaba continentes. ¿Qué hacía allí? Pulsó temblorosa el botón de la puerta y calculó que tendría un minuto para arreglarse, insuficiente, pero al menos su ropa estaba limpia y el pelo recién retocado. Abrió la puerta. Las pisadas en las escaleras imitaban su atronador pulso. Y ahí estaba, corpulento, tan atractivo que la dejó sin aliento, y qué bueno era verlo.


—Pedro —saludó ella mientras la nostalgia que había pasado un mes tratando de negar casi acabó con lo que quedaba de sus rodillas—. ¿Qué haces aquí? Tienes un aspecto horrible.


—¿Puedo pasar? —él la miró, ojeroso, el rostro afilado, como si hubiera adelgazado.


—Por supuesto —Paula se hizo a un lado y cerró la puerta tras él— . ¿Quieres tomar algo?


—No, gracias —Pedro se volvió hacia ella, la intensidad de su mirada dejándola clavada en el sitio—. ¿Cómo estás?


¿Cómo debía responder? El rostro de Pedro no delataba sus pensamientos. No había tenido tiempo de prepararse, pero era valiente.  Había conseguido exhibir su trabajo, que la invitaran a la boda del año, perseguirlo  por la pista de baile y convencerlo para una aventura de una noche. Cuando sabía lo que quería, iba a por ello.


—Creía que bien —contestó ella con la boca seca—. Pero acabo de darme cuenta de que no. ¿Y tú?


—Lo mismo.


La cabeza de Paula le daba vueltas. El corazón latía con fuerza. ¿Había esperanza?


—La semana que viene viajo a Milán, pero no estoy tan emocionada como debería.


—He dimitido.


—¿Dimitido? —Paula parpadeó sorprendida.


—Federico es el nuevo CEO de Alfonso Kallis.


—¿Qué? ¿Por qué?


—Estoy harto de hacer cosas que no quiero hacer —Pedro la miraba como si no existiera nada más que ella—. Harto de vivir según normas que no me hacen feliz.


—Entiendo —observó ella, sin entender nada—. ¿Qué vas a hacer?


—Aún no lo he decidido.


—Eso debe preocuparte.


—Debería, ¿Verdad? —él sonrió—. Pero no es así. Me siento liberado. Como si me hubieran quitado el peso del mundo de encima.


—Entonces has hecho bien.


—Creo que sí. ¿Y sabes qué sí me hace feliz?


Paula no sabía nada y le costaba seguir la conversación.


—¿Navegar?


Él negó con la cabeza.


—Tú.


—¿Qué? —ella lo miró, aturdida.


—Tú me haces feliz, Paula —Pedro dió un paso hacia ella—. Cuando estoy contigo, no querría estar en ningún otro sitio. Cuando no estoy contigo, solo pienso en tí. Estoy enamorado de tí. Creo que me enamoré la tarde en que no conseguí sobornarte para que no expusieras el etrato de mi madre. A pesar de lo que pudiéramos pensar, has resultado ser exactamente mi tipo. Me equivoqué al temer a las emociones. He dado demasiado valor al control. Quiero forjar mi propio camino. Y me gustaría hacerlo contigo.


Pedro esperaba una respuesta, pero Paula no podía hablar. Sus pensamientos giraban demasiado deprisa. Lo que acababa de oír… Era todo lo que había deseado.


—¿Estás seguro? —consiguió al fin preguntar.


—Nunca he estado tan seguro de nada.


—Quizá no pueda tener hijos.


—Lo sé. Solo te quiero a tí. Creo en nosotros y quiero ese futuro que podríamos tener, sea como sea. Sé que el amor te aterroriza y lo entiendo. He venido para convencerte de que lo reconsideres.


—No te molestes —contestó ella, acortando la distancia que los separaba.


—¿Por qué no? —él palideció.


Paula tomó sus manos entre las suyas y las apretó con fuerza.


—Porque el amor ya no me aterroriza. Bueno, algo sí, pero llevo demasiado tiempo viviendo con miedo de algo que probablemente nunca sucederá. Viviendo con un dolor que podría ser mucho menor. No quiero seguir encadenada al pasado, Pedor. Quiero mirar al futuro y te quiero a tí en él —respiró hondo—. Porque yo también te amo.


—¿De verdad? —Pedro recuperó el color y sus ojos se clavaron en los de ella.


—Totalmente —Paula se perdió en su mirada, en el calor de su cuerpo—. Eres todo lo que nunca me atreví a soñar, lo que pensé que nunca podría tener. Quiero reír, discutir, envejecer contigo. Lo quiero todo.


—Entonces será mejor que te cases conmigo.


Cuando él la estrechó sonriente entre sus brazos, la alegría desbordó a Paula, mareándola, inflamando su corazón de pura felicidad.


—Sí, por favor —ella le ofreció la más brillante de las sonrisas y levantó la cabeza para que la besara.

Retrato: Capítulo 58

En esas fotos no parecía nada, y estaba harto de hablar de ello.


—Creía que querías hablar de negocios —Pedro miró a Federico con dureza.


—Así es.


—¿Y bien?


—¿De verdad disfrutas dirigiendo la empresa? —preguntó su hermano, sin inmutarse por la mirada—. Porque yo sí, y estaría encantado de ocuparme permanentemente.


¿Qué demonios? Eso no iba a ocurrir. Pedro no iba a abdicar de las responsabilidades que su padre le había dado.


—Estoy bien —insistió Pedro con un fuerte dolor de cabeza—. Todo está absolutamente bien.



Pero, una semana después, tuvo que admitir que algo iba muy mal. No dormía. No comía. Y su comportamiento en la oficina había empeorado. Federico le había ordenado que permaneciera en casa antes de que todos abandonaran la empresa y, a pesar de no gustarle recibir órdenes, había aceptado a regañadientes. Desgraciadamente, eso le proporcionaba demasiado tiempo libre mientras reproducía en bucle la conversación de la terraza con Federico. Nunca se había planteado dimitir. No continuar con el legado de su padre sería una traición. Pero mientras se dirigía a la cocina para prepararse el cuarto café del día, y solo eran las nueve de la mañana, se preguntó si no estaría demasiado implicado para ser objetivo. ¿Qué pensaría alguien de fuera? ¿Qué pensaría Paula? Ella sería la primera en aconsejarle hacerse a un lado y nombrar a Federico CEO, y tendría razón. Porque mientras simplemente soportaba el cargo, su hermano lo había disfrutado. Tenía un don con la gente, estaba motivado y era brillante. Siempre había sido el mejor hombre para ese trabajo. También era irritantemente perceptivo porque, aunque a Leo le gustaba creer que rara vez pensaba en Paula, la verdad era que estaba en su cabeza todo el maldito tiempo. La echaba de menos más de lo que creía posible. ¿Podría haberse enamorado de ella? No. Imposible… Pero al repasar todas las razones por las que ella no le convenía, pudo refutarlas todas. Un pelo sin mechas y las orejas sin adornos le parecían aburridos. Lejos de temer su influencia, deseaba escuchar sus opiniones. Él no era destructivo como su madre, ni débil como su padre. No temía a las emociones. Los días que habían pasado en Santorini, se había sentido vivo por primera vez en años. Ella le hacía sentir invencible. El mundo no se derrumbaría si él no lo controlaba las veinticuatro horas del día. Y en cuanto al legado de su padre, lo preservaría poniendo a la mejor persona al mando. Los muros que rodeaban su corazón se derrumbaron. Amaba a Paula, comprendió con una sacudida que le robó el aliento de los pulmones y drenó sus fuerzas tan bruscamente que tuvo que buscar a tientas una silla. Probablemente la amaba desde que ella le había plantado cara junto a la piscina la tarde en que se conocieron. ¿Por qué si no la había perseguido cuando todo su ser clamaba en contra? Lo había disfrazado de culpa, pero en el fondo era solo deseo. Pensar en su vida sin ella, sombría, sin color, vacía, le helaba los huesos. Contar los días que faltaban para que pasara por otro período sola, le horadaba el pecho. Quería protegerla, amarla hasta el día de su muerte. ¿Qué podía hacer? ¿Se lo permitiría ella?




Desde su regreso a Londres, Paula había dado gracias a su buena estrella por haber escapado de la poderosa y destructiva órbita de Pedro. Decidida a relegar a la historia su estancia en Santorini, a borrarla de su mente, llenó su agenda de visitas a su padre y reuniones con amigos. Se abasteció de pinturas, se hizo nuevas mechas violetas y actualizó su página web para incluir el retrato de Selene y las buenísimas críticas que había generado. No pensó en él. No se preguntó qué estaría haciendo o cómo se encontraría, ni leyó los artículos de sociedad que le había enviado una amiga. Tampoco repasó los cuadernos, llenos de dibujos suyos, que había guardado en el fondo de un cajón. Y cuando el período volvió a asomar, no deseó que le dieran un masaje en la espalda o le prepararan un baño. Se limitó a hacer las cosas como siempre las había hecho. Todo iba bien. Sin incidentes, como ella quería. El sol brillaba y Londres estaba precioso. Estaba atareada preparando el viaje a Milán para pintar a una de las condesas italianas que había conocido en el banquete, y entusiasmada por volver al trabajo. Hasta que una mañana, un mes después de su regreso, mientras buscaba un lápiz en el cajón, vió un dibujo suelto de Pedro tumbado en la cama en Santorini, y sintió un golpe en el estómago. Porque nada iba bien, de hecho, iba terriblemente mal. Aferrándose al dibujo, el dolor acuchillándole el pecho, se dejó caer en el sofá y se hizo un ovillo. Las lágrimas que había conseguido mantener a raya rodaron por sus mejillas. ¿A quién estaba engañando? La vida podía ser tranquila y segura, pero no era lo que ella quería. El sol brillaba y la ciudad bullía, pero sobre su cabeza se cernía una nube negra. Pensar en Milán y el trabajo era todo menos emocionante. Lo echaba de menos, más de lo que había creído posible. Echaba de menos su sonrisa y cómo la miraba, como si intentara descubrir sus miedos y esperanzas. Lo deseaba con todas sus fuerzas, y no solo porque le hubiera dado placer, aventura y cuidado de ella. Le encantaba hablar y discutir con él. Los días que habían vivido como pareja habían sido los mejores de su vida. No había mantenido su corazón a salvo. Había estado en peligro desde que lo había conocido. Si su relación hubiera sido puramente física, como ella había creído tan tontamente, no habría deseado cosas que no debía desear. No habría cometido imprudencias. Se habría esforzado por evitarlo, pero se había enamorado perdidamente de él. Era un desastre. Porque Pedro no sentía lo mismo por ella. No la quería. Se preocupaba por ella, o se había preocupado, pero no la amaba. Qué ironía haber superado los obstáculos que la habían atormentado durante años enamorándose de alguien no disponible. No había escapado con suerte, y debería haberse quedado y luchar. Por él. Por ellos. Debería haberle convencido de que era la adecuada para él. Porque lo era. Sobre el papel eran una pareja dispar, pero en realidad tenían mucho en común. Eran ambiciosos, motivados, víctimas de las circunstancias. Cada uno tenía un progenitor fallecido y otro que no merecía el título. Ella nunca sería lo bastante elegante y sofisticada, pero se entendían.

Retrato: Capítulo 57

 —¿Qué quieres decir?


—¿De verdad tienes que volver a Atenas?


—Sí. Federico me mandó un mensaje anoche. Hay problemas con la fusión.


—¿Entonces no es porque los últimos días fueran un poco… No sé… Viscerales?


—Para nada —contestó él con tal convicción que ella tuvo que creerlo—. Nunca pienses eso. Que sepas que estoy impresionado por tu fuerza y resistencia.


—De acuerdo —Paula sintió un extrañamente abrumador alivio. 


—¿Cuándo quieres irte?


Ella resistió el impulso de decirle que nunca, pero no podía cambiar de opinión. Tenía que ser fuerte. Así que ignoró el extraño dolor en el pecho y la opresión en la garganta.


—Estoy lista para irme ya —aseguró con firmeza.



El viaje de regreso a Atenas no pudo ser más diferente del de ida. La tensión era palpable, y no hubo champán en el avión. No intercambiaron largas miradas ardientes llenas de promesas de pasión y aventura. Apenas se miraron. En cuanto embarcaron, Pedro se pegó al teléfono mientras Paula miraba por la ventanilla, reprimiendo las peligrosas emociones. El corazón le latía acelerado y la cabeza vibraba por la presión, pero contaba los minutos y mantenía la boca cerrada. Al aterrizar, desembarcaron en silencio. Ella no se arrojó en sus brazos para darle un último beso. No se derrumbó ni le suplicó que la convenciera de que estaba equivocada. Se despidió con frialdad, giró sobre sus talones y se marchó en dirección contraria, recordándose a sí misma que había tenido mucha suerte.


—¿Qué pasa?


Tres semanas después del regreso de Pedro a la ciudad, Federico salió a la terraza del ático de Pedro en Atenas y dejó dos botellas de cerveza sobre la mesa.


—No pasa nada —murmuró Pedro, deslizando el pulgar por una de las botellas, deseando que fuera tan fácil deslizarse a través del caos de sus pensamientos.


—Desde que volviste de Santorini, pareces un oso con jaqueca —su hermano se sentó—. Tienes a todo el mundo aterrorizado, especialmente a tu ayudante. Dice que nunca te había visto así. Asegura que me prefería a mí, y eso significa que las cosas están muy mal.


—Unas semanas duras —respondió Pedro, evitando la mirada de su hermano—. A veces pasa.


—A tí no —respondió Federico—. Y no han sido tan duras.


Federico tenía razón. Normalmente, cuando surgía un problema en el trabajo, Pedro aumentaba el control hasta que pasaba, y gracias a su hermano, tenía muy poco que hacer para ponerse al día. Pero estaba nervioso y descentrado. Su método habitual para concentrarse no parecía funcionar.


—¿Qué es esto? —preguntó, señalando la cerveza—. ¿Una intervención?


—Sí, de todos. Queremos saber qué pasa.


¿Sus hermanos habían hablado de él? Eso tampoco le gustaba.


—No sé de qué están hablando —espetó Pedro, esperando en vano que su hermano lo dejara estar.


—Paula Chaves—contestó Federico.


Pedro se quedó paralizado. Encajó la mandíbula y apartó los recuerdos que asaltaron su mente. No quería pensar en ella. Cada vez que lo hacía, la cabeza le daba vueltas. Pero su hermano esperaba una respuesta.


—¿Qué pasa con ella?


—¿Estás enamorado de ella?


—No seas ridículo —el corazón de Pedro se aceleró.


—Ví las fotos —insistió Federico—. Todo el mundo las vió.


Pedro se estremeció.


—Silvana dijo que se notaba en tu mirada.


—Silvana se equivoca.


—La besaste la noche de la boda de Luciana —señaló Federico—. Nunca te había visto hacer eso.


Bueno, había perdido la cabeza momentáneamente. Pero ya la había recuperado. La fusión iba por buen camino. Ricardo tenía a su madre bajo control. El statu quo se había restablecido. Ni siquiera había tenido que implicarse. Al anunciar su intención de regresar a casa, Paula se lo había puesto inesperadamente fácil. Sentirse rechazado era absurdo. En el aeropuerto, al verla alejarse, había sentido alivio. Ella tenía el potencial de sacar lo peor de él. Había tenido mucha suerte.


—Fue un bache —aseguró—. Pero se acabó.


—Qué pena. 


—¿Qué sabrás tú de eso?


—Muy poco. Nuestros padres no fueron un buen ejemplo. Pero mira a Luciana y Ariel. El amor es hermoso. En esas fotos parecías feliz y relajado.

martes, 10 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 56

Al contrario de lo que Paula esperaba, a pesar del dolor no se le había escapado lo magnífico que había estado Pedro. Había hecho exactamente lo que había prometido. Había sido la paciencia y el apoyo personificados, una torre de fuerza, y no se había inmutado cuando ella le había vomitado encima, como le había advertido. Ya recuperada, mirando al techo en la oscuridad, los pensamientos revoloteando en su cabeza imposibilitando el sueño, veía que todo lo que había temido podría hacerse realidad. Pedro era complejo e intrigante, atento y hermoso, y lo que sentía por él estaba volviéndose peligroso. A pesar de sus esfuerzos por evitarlo, sospechaba que ya se había comprometido emocionalmente con él. ¿Por qué había cedido y pedido el baño y el masaje en la espalda si no? Quería decirle que dejara el trabajo y comprara un barco. Quería agarrar a Selene por los hombros y darle una buena sacudida para que madurara. Pensó en el período siguiente, deseando tenerlo a su lado. Pero jamás podría ser. Si se quedaba más tiempo, esos imprudentes sentimientos se volverían más profundos, y no podía arriesgarse. ¿Y si se permitía amarlo y le ocurría algo? La destrozaría. ¿Y si, a pesar de su certeza de que no ocurriría, Pedro se enamoraba de ella? Decía que le importaba. La había visto en su peor momento y no había huido. Era posible que no fuera tan impermeable al amor como creía, y sucumbir a las emociones que negaba, podría destruirlo. Lamentaba profundamente no haber sido más fuerte, no haber resistido. Nunca debía haberse dejado convencer por sus argumentos. La posibilidad de un desengaño amoroso era inmensa e inaceptable. Pero aún no era tarde para rectificar. Solo tenía que poner fin a la aventura. Lo echaría de menos, su compañía y el sexo, por supuesto, pero era mejor marcharse mientras pudiera. La seguridad de su bienestar emocional dependía de la fuerza de su determinación y, mientras finalmente caía en un agitado sueño, se prometió que, por grande que fuera la batalla que presentara Leo, por muy despiadadamente que bloqueara sus protestas, ella no vacilaría. Por mucho que tuviera que luchar contra él, y posiblemente contra sí misma, por la mañana se iría.



Paula despertó temprano, con los ojos arenosos y el pecho comprimido. Se levantó y recogió sus cosas, que se había llevado a la habitación de invitados, ignorando la voz en su cabeza que se lamentaba y el extraño dolor en su corazón. Marcharse era lo correcto, lo único que podía hacer, se recordaba a sí misma una y otra vez. No tenía elección si quería evitar sufrir. Preparada para la batalla, bajó las escaleras con su maleta. Encontró a Pedro en la cocina, sentado a la mesa, tomando café. Parecía agotado. Tenso. Distante. Como si aquello fuera tan duro para él como para ella.


—Buenos días —saludó gruñón.


Ante la extraña falta de expresión en su voz, Paula sintió un escalofrío, pero no quiso preguntarse el motivo. No podía distraerse. Debía centrarse en el objetivo.


—Buenos días.


—¿Café?


—No, gracias.


—¿Cómo te encuentras?


—Mucho mejor.


—Me alegra oírlo.


—Gracias por tu apoyo.


—No hay de qué —Pedro sonrió sin humor.


Se hizo un silencio gélido, durante el cual ella solo oía el retumbar de su corazón. Cuando Pedro abrió la boca para hablar, Paula se anticipó, necesitando hablar antes de perder el valor.


—Me gustaría irme a casa ahora —balbuceó apresuradamente.


—¿Qué? —sobresaltado, Pedro dejó caer la taza sobre la mesa. 


—Esto ha sido muy divertido —Paula respiró hondo—, bueno, los últimos días no, claro. Pero la vida real me llama. Necesito saber de mi padre. Tengo asuntos que arreglar antes de empezar a trabajar en mi próximo encargo y me tengo que retocar las mechas.


—¿En serio?


—Sí.


—De acuerdo —Pedro frunció el ceño y luego asintió.


¿Estaba de acuerdo? ¿Sin más? ¿Sin protestar?


—¿En serio? —preguntó ella, totalmente aturdida por el cambio de actitud de él.


—Yo también debería volver al trabajo —contestó él, levantándose—. He descuidado el negocio durante más tiempo del que pretendía. Demasiado.


—Es culpa mía —señaló Paula con remordimiento por no haber sido lo bastante fuerte como para vencer la tentación y marcharse como había planeado—. Lo siento.


—No lo sientas —Pedro llevó la taza al fregadero—. No es culpa tuya.


—Te quedaste por mí.


—No te dí muchas opciones.


—¿También te vas por mí?


Pedro se volvió. Su mirada chocó con la de ella, aguda, inquisitiva, y ella deseó no haber dicho nada. No era el momento de mostrar debilidad, aunque, por alguna razón, necesitaba saberlo. 

Retrato: Capítulo 55

Con el corazón acelerado, Pedro lo abrió. El enlace lo llevó a una página que, supuestamente, pertenecía a una publicación con inclinación hacia los cotilleos de famosos. El tema de la página era él. O más concretamente, Paula y él. A pesar de la cálida noche, se le heló la sangre mientras leía el artículo. Las fotos que lo acompañaban, de gran nitidez, mostraban a ambos en el yate, practicando snorkel, saltando al mar, en la cubierta. También había fotos de las empinadas escaleras, las termas y la taberna. 


Cinco minutos después, durante los que había encontrado una docena de páginas similares con las mismas fotos y los mismos titulares con signos de exclamación, la vista se le nublaba y le costaba respirar. ¿Cómo había sucedido?, se preguntó mientras las náuseas se apoderaban de su estómago. ¿Cómo no se había dado cuenta de la presencia de las cámaras? Todo el mundo parecía querer saber quién era ella. ¿Había encontrado por fin el amor el soltero más codiciado y escurridizo de Europa? Si alguien tenía información sobre la misteriosa mujer del pelo de colores y múltiples piercings, que hiciera clic «aquí». Las especulaciones eran odiosas. La invasión de su intimidad, ferozmente protegida, y de la de ella, lo enfurecía. Eran pasto de habladurías, el pasado picante de su madre también había salido a relucir, todo lo que había intentado evitar. Pero esa vez, él era el culpable. Se había acostumbrado al llamativo aspecto de Paula y había perdido el sentido de la perspectiva. Había sido imprudentemente descuidado. No había considerado que tenía una imagen de fuerza, control y nula vulnerabilidad que mantener, y un negocio y una familia que proteger. ¿Cómo había podido ser tan débil? Paula no era responsabilidad suya, pero eso no le había detenido. Había disfrutado demostrándole que el sexo podía ser bueno para ella. La primera vez en la isla, cuando ella había reído con abandono y alegría, se había sentido dueño del mundo. Desde entonces, se había comportado impulsivamente, pidiéndole que se quedara, poniendo a Federico al frente de la empresa y jugando a ser pareja mientras hacían turismo. Cuando hablaban, él a menudo sin filtro alguno, escuchaba atentamente lo que ella decía. Sus observaciones le habían hecho cuestionarse cosas que siempre había aceptado como ciertas. Ella había desarrollado una influencia sin precedentes sobre él, y él ni siquiera se había dado cuenta.


En cuanto a la razón por la que había decidido jugar a ser enfermero, estaba completamente perdido. Era otro ejemplo de una decisión espontánea y desacertada. No tenía ninguna obligación de ayudar. Como ella le había dicho, estaba acostumbrada a arreglárselas sola. No tenía por qué desear quitarle el dolor absorbiéndolo él. Como Paula gestionara su salud no era de su incumbencia, y el embriagador placer que había sentido cuando ella le había pedido que le preparara un baño y le frotara la espalda, reflejo de una confianza que él había deseado, era tan injustificado como inoportuno. Poco a poco, día a día, había caído bajo su hechizo, comprendió con un sudor frío bañándole la piel. En algún momento, el piercing de la nariz, los pendientes y el pelo habían dejado de molestarle. Ya no podía, ni quería, imaginarla de otro modo. Era perfecta, tal como era. Su teléfono volvió a sonar y él lo tomó con las manos temblorosas, insoportablemente tenso.


Federico: Menos mal que pude salvar la fusión, ¿Eh?


¿Qué fusión? ¡Esa fusión! Para la que había volado a Nueva York. La que añadiría miles de millones a la cuenta de resultados de la empresa, pero en la que no había pensado en días. ¿Qué demonios había ido mal? ¿Y cuándo fue la última vez que pensó en la empresa? Tenía los pulmones tan contraídos que respirar le resultaba difícil. ¿Cuándo había dejado de preocuparle cómo le iba a Federico al timón? ¿Cómo había podido abandonar tan fácilmente sus principios, los valores con los que había vivido su vida desde hacía más de una década? Estaba completamente fuera de control. Tenía que parar, todo, antes de volverse esclavo de Paula. Antes de convertirse en alguien que no quería ser, dominado por las emociones y el egoísmo, esclavo de la pasión y la volatilidad. Tenía que recuperar lo que quedara de la vida que conocía, antes de que se destruyera para siempre. Ella se había recuperado. Las vacaciones habían terminado. Ellos habían terminado.

Retrato: Capítulo 54

 —¿Por qué no?


Tenía que hacerle ver que no le iba a permitir complacer su complejo de héroe.


—Cuando murió mi madre, mi mundo se desmoronó, pero poco a poco fui recomponiéndolo. Mi padre no. La quería tanto que perderla lo destrozó. No vive. Solo existe. No está ahí para mí. No voy a poner a nadie más en esa posición si algo me pasara.


—No me voy a enamorar de tí.


—¿Estás seguro? —Paula sintió una opresión en el pecho.


—Muy seguro —Pedro asintió.


—Porque no soy el tipo de mujer que te gusta.


—No solo eso. He visto lo destructivo que puede ser el amor y la falta de control que conlleva. No permitiré que me pase a mí. No seré tan débil.


—Pero yo podría enamorarme de tí —ella deseó tener su confianza.


Por un momento él solo frunció el ceño.


—De acuerdo —dijo él tras considerar aquella idea tan inoportuna—. No te frotaré la espalda ni te prepararé baños. No me acercaré a tí si no quieres. Pero hazme una lista y te conseguiré lo que necesites. Puedo proporcionarte comida y bebida. Lo que no puedo hacer es dejarte marchar sola y sufriendo. No es el hombre que soy, ni quiero ser.


—No se trata de tí sino de mí.


—Tú no quieres ir a un hotel, ¿Verdad?


Ella se imaginó en una habitación pequeña y desconocida, sola, y el dolor que palpitaba en la boca de su estómago, todavía más emocional que físico, era tan fuerte que disipó sus inhibiciones.


—No —admitió con un suspiro.


—Elige una de las habitaciones libres —Pedro aprovechó la vulnerabilidad que ella había expuesto—. Mantén la puerta cerrada. Mándame un mensaje si necesitas algo. Apenas notarás que estoy aquí.


Las defensas de Paula, debilitadas por el dolor, saber lo que estaba por llegar y el anhelo que intentaba reprimir, no eran rivales para argumentos tan persuasivos. En el fondo, no quería irse. Deseaba que la cuidaran, por una vez, y Pedro le ofrecía su apoyo. Él era suficientemente fuerte para afrontar los siguientes días. Ella no cometería el error de pensar que su ayuda era algo más. Estaría demasiado centrada en gestionar el dolor como para pensar. Y cuando acabara, se iría y no volvería a verlo jamás, como debía ser.


—¿Vas a rebatir cada uno de mis argumentos? —preguntó ella mientras se rendía a lo inevitable.


—Sí —contestó Pedro con una fugaz sonrisa.


—De acuerdo.



Cinco largos días después, Pedro se sentó en la terraza y contempló la noche oscura, cálida y tranquila. Las luces parpadeaban a lo lejos. Las olas lamían suavemente la playa. Pero la cabeza le palpitaba con fuerza y el estómago se retorcía. Al ofrecerle ayuda a Paula, la idea de que estuviera sola y sufriendo resultaba insoportable, la necesidad de tenerla cerca demasiado fuerte, no había imaginado la profundidad de su sufrimiento. Jamás iba a olvidar su imagen, encogida en agonía sobre la cama. Había resultado inesperadamente angustioso. No entendía cómo lo soportaba ella sola, mes tras mes. Era increíblemente dura, pero el desgaste mental debía ser enorme. Él solo lo había vivido cinco días, intermitentemente, y había sido horrible. Su angustia lo había golpeado de lleno. Nadie merecía vivir con esa incomodidad y, cuando ella se sintió lo bastante bien como para levantarse un par de horas, él le preguntó si no había nada para aliviar sus síntomas.


—La píldora anticonceptiva haría las cosas más llevaderas —había contestado ella—, pero podría provocar un coágulo de sangre arterial, como el que sufrió mi madre. No me atrevo a exponerme a lo mismo. Iba a ser una intervención sencilla, pero reaccionó mal a la anestesia, y murió.


—¿Y la cirugía? —había preguntado Pedro, consciente de la influencia del pasado en su presente.


—Me han dicho que, en mi caso, leve, aunque el dolor sea insoportable, los síntomas disminuirían considerablemente. También aumentaría las posibilidades de tener familia, cosa que me gustaría en algún momento. Pero la idea de la anestesia me aterroriza. ¿Y si yo tampoco despierto? ¿Qué le pasaría a mi padre? Mira —Paula había extendido una mano temblorosa—. Solo mencionarlo y entro en pánico. Y no es solo una operación. Podría necesitar varias.


Pedro le había tomado la mano hasta que dejó de temblar, ansioso por investigar sobre la anestesia y prometerle el mejor tratamiento médico que el dinero pudiera pagar. ¿Debería animarla a operarse?, se preguntó. Sus miedos debían ser muy profundos para preferir el dolor. Su teléfono emitió un pitido para indicar la llegada de un mensaje. Era de Federico.


Federico: Ahora entiendo por qué tenías tantas ganas de tomarte unas vacaciones.


Pedro frunció el ceño y respondió:


Pedro: ¿Qué quieres decir?


La respuesta de su hermano fue un enlace que, al parecer, le había enviado su hermana Tamara con orden de no disparar al mensajero.