—No tiene que agradecerme nada. Las llamadas locales son gratuitas, las conferencias no. No hay televisión en su cuarto, pero hay una en el salón y puede usarla cuando quiera.
—Muy bien.
Era tan raro saber que él sería el único cliente durante las siguientes semanas… Le parecía extraño hablarle de la casa, de las normas…
—Normalmente hay un horario para todo, pero usted es el único cliente, así que podemos ser un poco más flexibles. Suelo servir el desayuno entre las ocho y las nueve, pero si se levanta más tarde podemos llegar a un acuerdo. La cena se sirve a las ocho y media. Para la comida el horario es más flexible. Puede tomar el almuerzo aquí o no, como le parezca. Hay una conexión de Internet en la habitación, y si lo desea, puedo informarle sobre los sitios de interés en la zona.
Pedro dejó la bolsa de viaje y la mochila sobre la cama.
—¿Soy el único cliente?
—Sí. En esta época del año no suelo tener mucha gente.
—Entonces… Me sentiría incómodo comiendo solo. Podríamos comer juntos.
Paula se puso colorada. La tonta de Sofía y sus comentarios… Pero la verdad era que la parte delantera era tan atractiva como la trasera. Normalmente los clientes comían en el comedor y ella en el office, o si estaba Sofía, en la cocina. Pero sería un poco raro servirle a él solo en el comedor.
—Su estancia aquí debe ser agradable para usted, eso es lo más importante. Si prefiere comer con nosotras, no hay ningún problema. Y si necesita algo, no dude en decírmelo.
—Por ahora, tengo todo lo que necesito.
—Entonces le dejo para que deshaga el equipaje. El cuarto de baño está al final del pasillo, y como es el único cliente, lo usará usted solo. Sofía y yo tenemos nuestro propio cuarto de baño —sonrió Paula—. Me voy abajo. Si necesita algo, sólo tiene que llamarme. Si no, nos vemos a la hora de la cena.
Luego cerró la puerta y se apoyó en ella, cerrando los ojos. Pedro Alfonso no era un cliente normal y no podía quitarse de encima la impresión de que escondía algo. No había hecho ni dicho nada raro, pero había algo en él que la hacía sentirse incómoda. Dada su profesión, debería ser al contrario. ¿Con quién iba a estar más segura que con un comisario de policía? ¿Por qué iba a esconder nada? Que fuese tan guapo era algo en lo que no debería pensar, y como iban a vivir en la misma casa durante dos semanas, tenía que calmarse un poco. Sofía no estaría allí para ponerla nerviosa, y ella volvería a ser la propietaria de un hostal. Pan comido. Sólo era un hombre, después de todo. Un hombre con un trabajo estresante que había decidido tomarse unos días de descanso. Un hombre con una cuenta de gastos que compensaría sus vacaciones perdidas, ayudándola a pagar su viaje a México el próximo año.
Pedro dejó escapar un suspiro cuando la puerta se cerró. Menos mal que se había ido… No sabía por qué, pero Paula Chaves le ponía nervioso. Luego miró alrededor. Bonita habitación. Ignacio le había asegurado que aunque fuese un alojamiento rural, no era un hostal de segunda clase, y estaba en lo cierto. Por lo poco que había visto, la casa era limpia, acogedora, y muy agradable. Y su habitación no era diferente. Los muebles eran de pino, y además de un edredón hecho a mano, había una manta roja a los pies de la cama. Pasó la mano por el cabecero de madera… Seguramente fuera demasiado pequeña para un hombre de su estatura, pero lo que importaba era que estaba allí y que tenía todo lo que necesitaba. Para la gente del pueblo sería un cliente de vacaciones, pero estaría constantemente conectado con sus superiores a través de Internet y en relación con las autoridades locales. Claro que se alegraba de alojarse en un hostal tan agradable. Había estado en sitios muchísimo peores mientras trabajaba. Abrió la bolsa de viaje y colocó su ropa ordenadamente en los cajones de la cómoda. Cuando Ignacio le dijo que la propietaria del hostal era una señora llamada Paula Chaves, imaginó que sería una mujer de sesenta años que hacía jerséis de punto e intercambiaba recetas con las vecinas. Pero no se parecía nada a esa imagen. Y Sofía tampoco parecía la clase de chica que se metería en líos con la policía. No sabía qué edad podría tener Paula. Inicialmente pensó que un año o dos más que él, pero la aparición de su hija había cambiado esa impresión. No podía estar seguro, pero con una hija tan mayor, debía de tener por lo menos treinta y siete o treinta y ocho años. Sin embargo, su piel era perfecta, sin una sola arruga. Y sus manos eran mucho más pequeñas que las suyas.
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