En aquel momento, aquella mujer estaba en sus brazos, ondulándose contra él y excitándolo tanto que podría llegar al orgasmo en segundos. Y eso sería una pena. La besó por el cuello y le desabotonó la camisa hasta que pudo ver su sujetador negro y la curva de sus pechos. Hizo que giraran, la apoyó en la pared y le subió la falda. Al instante había entrado en su cuerpo. Ella había empezado a tomar la píldora, así que no necesitaban preservativos. La besó apasionadamente y ella le succionó la lengua y le clavó los dedos en los hombros mientras él embestía su cuerpo cada vez más rápidamente, hasta que Paula apartó la boca de sus labios y gimió su nombre. Él siguió acometiendo, cada vez con más fuerza, hasta que, por fin, todo se tensó dentro de él y alcanzó un clímax largo y embriagador. Después, se apoyó con un brazo en la pared y apoyó la frente en la de Paula. Ella le sonrió. Mientras se recolocaban la ropa, él le preguntó:
—¿Por qué sonríes así?
—Porque acabo de tachar «Hacerlo en un lugar público» de mi lista de cosas que deberíamos probar. Pero no había tenido ocasión de contártelo todavía.
Pedro se echó a reír. En aquel momento, le sonó el teléfono móvil a Paula, y a ella también se le escapó una risita nerviosa.
—Creo que tengo que irme.
—Vas a hacerlo estupendamente bien —le dijo él de nuevo.
—Bueno, ya no estoy nerviosa porque tenga que hablar.
—¿Solo estás nerviosa en general?
—No, solo espero que nadie se fije en el chupón que te he hecho — dijo ella, guiñándole el ojo, mientras abría la puerta.
A él no le importaría que se diera cuenta el mundo entero. Estaba orgulloso de ser el hombre de Paula. Con una sonrisita, bajó las escaleras. Y, tal y como había previsto, ella se comportó como una experta detrás de las cámaras. Mantuvo el contacto visual con él, pero su voz y su atención estaban en el trabajo que hacía. Su mujer. Tal vez no dijera aquellas palabras en voz alta, pero su alma ya la había aceptado y sabía que nunca la dejaría marchar.
Después de aquella fiesta en el bar clandestino, Paula dejó de preocuparse por volverse lo suficientemente fuerte y ser perfecta y empezó a encontrar su equilibrio. Pedro y ella se veían más. Él trabajaba desde su casa de Chaves Corners y pasaba la mayor parte de las noches en su casa, en su cama, haciendo el amor con ella. Paula tenía miedo de aceptar los sueños que él estaba despertando, pero, cuanto más tiempo pasaban juntos, más silenciosa se volvía aquella parte. Aquel miércoles estaban comiendo en Nancy's, sentados en una de las mesas de la terraza. Era un día fresco de otoño, aunque, al sol, no hacía tanto frío. Pedro estaba dentro del restaurante, esperando a que les sirvieran la comida y, al mirarlo, Paula tuvo un sentimiento que la llenó de calidez. Él era su hombre.
—Hola, prima. ¿Te importa que nos sentemos contigo?
Miró hacia arriba y vió a Rodrigo y a Vanina junto a su mesa. Se puso de pie y les dió un abrazo.
—No, en absoluto. Pedro está dentro, esperando nuestra comida. Vendrá enseguida. ¿Unimos esa mesa?
Con arrastró la mesa y, antes de entrar en la cafetería, le dió un suave abrazo a Vanina.
—Qué raro que tengáis tiempo libre a la hora de comer —dijo Paula.
Sabía que los dos estaban trabajando mucho en el estudio que estaban construyendo cerca de la antigua Fábrica Internacional Chaves.
—Sí, bueno, es que tu primo los ha visto a los dos juntos y quiere conocer mejor a Paula —dijo Vanina.
—¿Eh?
No hay comentarios:
Publicar un comentario