Alguien llamó con firmeza a la puerta y, al abrir, Pedro se encontró frente a Rodrigo Chaves, que iba vestido con su traje blanco de chef. Iba remangado y se le veían los tatuajes de los brazos. Y tenía una expresión fulminante. Pedro respiró profundamente.
—¿Has venido a hablar o a pelear?
—A hablar —dijo Rodrigo, entre dientes.
—Bueno, pues entonces, pasa —le dijo Pedro.
Lo llevó a la cocina y, cuando se sentaron, Rodrigo dijo:
—Así que eres el hermano de Javier Morales.
—Sí. ¿Te lo dijo Gonzalo?
—Sí. Me dijo que no sabíais nada de lo que le hizo tu hermano a Paula que él había destruido financieramente a tu padre y a tu hermano. ¿Te contó a tí que yo le dí una paliza a tu hermano?
—No. Solo me dijo que se lo quitaste a Paula de encima.
Pedro apretó los puños al pensarlo. Sentía furia por su hermano y por sus actos despreciables. No se podía defender nada de lo que había hecho Javier.
—Bueno, seguramente yo lo habría matado si Gonzalo no nos hubiera sacado de la mansión aquella noche. No puedo contarte lo que ocurrió cuando estábamos ya en el coche, pero quería que supieras cuál había sido mi parte.
—Gracias. Si yo hubiera estado allí, le habría hecho lo mismo a mi hermano —dijo Pedro—. No consigo casar ese comportamiento con el hermano al que conocí. Él nunca habría hecho eso.
—Estoy de acuerdo —dijo Rodrigo—. Mira, yo no conocía de nada a tu hermano antes de esa noche, pero, a tí… Creía que te tenía bajo control, porque te conocí hace poco tiempo.
—Puedes fiarte. Lo único que he mantenido en secreto ha sido mi apellido.
—Sí, pero eso es algo muy importante. Lo entiendo, porque odiaba a mi abuelo y no quería tener nada que ver con él ni con su apellido. Era un imbécil. Pero tú le has hecho daño a Paula y no entiendo por qué. ¿Qué ibas a hacer, usarla para dañar los negocios de la familia Chaves?
—No. Solo necesitaba una forma de acercarme a Gonzalo para ver si podía sacar partido de algo que me revelara.
Rodrigo sonrió.
—Pues se te da fatal la venganza en los negocios.
—Sí, ya lo sé. No es lo mío. Pero quería que Gonzalo pagara por lo que le hizo a mi familia.
Rodrigo se recostó en el respaldo de la silla.
—Creo que Gonzalo pagó muy caro lo que hizo. Ver a Paula en coma le causaba un dolor constante. Y yo tardé años en recuperarme y, después, le retiré la palabra… Así que, créeme, su vida no ha sido un camino de rosas.
—Desde fuera, las cosas no se veían así.
—Nunca vemos las cosas como son desde fuera —dijo Rodrigo—. Mierda. No sé si me esperaba esto cuando vine. Sería mejor que fueras un gilipollas. Así podría darte un puñetazo.
—Lo siento.
—Yo, no —dijo Rodrigo—. Le dije a Gonzalo que iba a venir a verte, así que a lo mejor él también aparece por aquí. No hemos tenido oportunidad de hablar sobre los negocios aquí, en Chaves Corners.
Pedro ya había expuesto el asunto a la junta directiva e iban a desarrollar proyectos en la comunidad con las propiedades que habían adquirido. La tía Liliana tenía previsto hablar con las juntas de las ONG a las que pertenecía para conseguir que también se implicaran.
Una media hora después, Gonzalo apareció en su casa. Pedro respetó el hecho de que ninguno de los dos hombres le hubiera dicho nada sobre Paula. Hablaron sobre las diferentes formas de mejorar Chaves Corners y, después de unas horas, Rodrigo se marchó.
—¿Qué vas a hacer con Paula? —le preguntó Gonzalo cuando se quedaron a solas—. Supongo que no te vas a alejar de ella.
—No. No sé si podrá perdonarme que le haya mentido, pero voy a quedarme aquí y a pedirle perdón todas las veces que sea necesario hasta que me crea.
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