—Deje que la ayude… —murmuró, arrodillándose a su lado.
—¡Ay!
Ella sacudió una mano haciendo un gesto de dolor. Se le había clavado un trocito de porcelana en un dedo.
—Respira profundamente, Paula —dijo Pedro, tuteándola por primera vez—. ¿Seguro que lo del café era buena idea? —preguntó, riendo—. A lo mejor la próxima vez deberíamos tomar descafeinado.
—Muy gracioso.
El trocito de porcelana se había clavado más profundamente de lo que creía, y estaba empezando a sangrar.
—¿Tienes un botiquín?
—Sí, claro. Está en el armario del baño… De mi baño. Voy a buscarlo.
Pedro se incorporó.
—Espera, iré yo. Se entra por la cocina, ¿Verdad?
—Sí.
Cuando entraba en su habitación sintió como si estuviera entrando en terreno prohibido. Aquello era absurdo. Menos de cinco horas allí, y ya estaba flirteando con la propietaria del hostal y husmeando en su dormitorio. Con un suspiro, entró en el baño y buscó en el armario hasta encontrar una caja blanca de metal con una cruz roja. Luego volvió a la cocina, donde Paula estaba lavándose el dedo bajo el grifo del fregadero.
—Creo que ya me he sacado el trocito de porcelana. ¡Qué torpe soy…!
—No, en absoluto… —murmuró él, tomando su dedo para examinar la herida—. No es muy profunda, sólo habrá que poner una tirita.
—Puedo hacerlo yo sola.
—Eres diestra, ¿No?
—Sí, pero…
—Ponerte una tirita con la mano izquierda no es fácil y yo tengo las dos libres.
Sí, tenía dos manos muy capaces, pensó Paula. Unas manos grandes, de dedos largos…
—Ya está… ¿Te duele?
—No, no. Gracias.
Pedro iba a apartar la mano, pero no podía hacerlo, no podía soltarla. Y cuando Paula levantó la mirada y lo encontró mirándola fijamente, se sintió atrapada por sus ojos, como si le faltara oxígeno…
—De nada…
Pedro se llevó el dedo a los labios para besarlo.
Pedro, aburrido, cambiaba de un canal a otro sin interesarse por nada. No había mucho que hacer allí por las tardes. A finales de Marzo, tan al norte, se hacía de noche muy temprano y después de cenar lo único que podía hacer era ver la televisión o subir a su cuarto. Debería estar arriba, trabajando, pero se había quedado en el salón por si acaso a Paula le daba por entrar. Tenía que hacerle preguntas cuyas respuestas podían llevarlo en la dirección correcta. Por no mencionar cuánto había disfrutado del pequeño coqueteo en la cocina. En realidad, hacía mucho tiempo que no le gustaba tanto una mujer. Ella entró entonces con una bandeja.
—He pensado que te apetecería tomar un café. Y prometo no romper más tazas.
—Muchas gracias —sonrió Pedro—. ¿Vas a quedarte conmigo?
—Si quieres…
Él la miró a los ojos. Eran cálidos y amistosos… Pero en ellos había algo más. Quizá una tímida invitación, quizá curiosidad.
—Me gustaría, sí —dijo, sonriendo—. Aquí todo es tan silencioso que la compañía me vendría bien.
Paula se sentó en uno de los sillones. Normalmente no se sentaba con los clientes, pero normalmente los clientes no aparecían por allí durante los meses de invierno. Además, ella estaba acostumbrada a tener parejas que iban a pasar un fin de semana romántico o familias… Pero Pedro estaba solo. Y había visto que no llevaba alianza.
—Podrías contarme qué se puede hacer por aquí…
Ella dejó escapar un suspiro de alivio. Sólo quería información. Después de lo que había pasado en la cocina temía que la conversación fuera más personal.
—Hay excursiones a las montañas y muchas actividades de invierno —Paula cruzó la piernas, poniendo la voz de guía turística que solía adoptar con sus clientes—. Y a dos horas de aquí tienes un par de ciudades grandes con tiendas, museos… Lo que quieras.
—Me refería al pueblo. ¿Qué se puede hacer sin tener que usar el coche?
—Pues… La verdad es que no hay mucho que hacer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario