Ayudar a la gente consiguiendo la información necesaria, se recordó a sí mismo.
—Bueno, además tú eres de Estados Unidos y no tienes jurisdicción aquí, ¿No?
Pedro tragó saliva. Había ciertas cosas que no le gustaba hacer aunque fuera su trabajo. Mentir, por ejemplo. Pero se recordó a sí mismo que había un propósito tras sus mentiras.
—Claro que no.
—Mi madre… No quiero volver a darle otro disgusto.
Sofía era una buena chica, aunque se hubiera metido en aquel lío, y decía mucho de ella que estuviera preocupada por Maggie. Pero quien a él le preocupaba era Pablo.
—¿Ese Pablo es de aquí?
—No, vino a vivir aquí hace un par de años. Pero no le hace daño a nadie, sólo vende la marihuana para las fiestas y eso.
—¿Cuántos años tiene?
—No lo sé, es mayor. Como unos cuarenta o así.
Pedro escondió una sonrisa. A los dieciocho años todo el mundo te parecía muy mayor, claro. Pero Paula tenía esa edad y no lo era. Recordaba cómo la había oído contener el aliento cuando besó su dedo… No, ella no era nada mayor. Entonces oyó pasos desde la cocina y supo que no podría seguir haciendo preguntas.
—¿Quieres un consejo?
—Sí.
—Aprende de tus errores, Sofía. Sé que lo que te pasó es una experiencia que no te gustaría repetir.
—¿No vas a contárselo a mi madre?
—No —contestó Pedro—. Pero a lo mejor a ella le gustaría saber que estás decidida a no darle más disgustos. Sería una forma de volver a ser amigas, ¿No?
—No lo sé. Me lo pensaré.
Paula entró en el salón y acarició el pelo de su hija.
—He puesto tus cosas en la secadora. Y he colgado tu jersey para que se seque.
—Gracias.
De repente, Pedro entendió lo que había estado dando vueltas en su cabeza durante las últimas semanas. Echaba de menos su casa. Echaba de menos a alguien que estuviera ahí para él cuando tuviese problemas, como Paula estaba para Sofía. Alguien a quien le importase de verdad. Y a pesar de lo complicado de aquel viaje, se alegraba de haber terminado en Mountain Haven.
A la mañana siguiente hacía tanto frío, que Paula tuvo que soplarse los dedos para sujetar la llave. Tardó un momento, porque la cerradura estaba oxidada por el agua y la falta de uso, pero por fin logró abrir la puerta del cobertizo.
—Entra si te atreves —le dijo, con una sonrisa.
—¿No te conté que había estado en los marines?
—¿Y qué?
—¿Después de eso crees que me da miedo un simple cobertizo? — rió Pedro.
—¿No te dan miedo las arañas?
Él soltó una carcajada.
—Sí consiguen atravesar esta parka merecen darme un picotazo.
Pedro tuvo que agachar la cabeza para entrar en el cobertizo mientras Paula esperaba en la puerta. Su sentido del humor era una sorpresa muy agradable.
—¿Encuentras algo que te guste?
—Sí, espera un momento.
Oyó ruido en el interior, y al acercarse para mirar, vió que él estaba inclinado y la postura destacaba un trasero más que tentador. Aquel hombre empezaba a resultar irresistible, pero tenía que mantener la cabeza sobre los hombros.
—¡Allá van!
Paula se apartó cuando unas botas negras de esquí aparecieron volando por la puerta. Luego apareció Pedro, con telarañas en la parka.
—Ya te dije que había arañas.
—No importa, nos hemos hecho amigos.
Tenía en una mano un par de esquíes de travesía, y en la otra los dos bastones.
—¿Te has probado las botas?
—A ver… Son del cuarenta y tres. Supongo que me quedarán bien.
—No sé cómo te apetece salir a dar un paseo. Con este viento, debe de haber casi diez grados bajo cero.
—Así te dejaré en paz un rato.
Paula sonrió.
—Los clientes del hostal Mountain Haven no tienen que dejar en paz a su propietaria.
—Eso lo dices ahora, pero te advierto que soy horrible cuando me aburro. Insoportable.
En realidad, sería más fácil para ella si Nate no estuviera en el hostal las veinticuatro horas del día. Nunca había tenido esa sensación de intimidad con un cliente, y le resultaba muy… Inquietante.