martes, 30 de septiembre de 2025

Inevitable: Capítulo 12

Ayudar a la gente consiguiendo la información necesaria, se recordó a sí mismo.


—Bueno, además tú eres de Estados Unidos y no tienes jurisdicción aquí, ¿No?


Pedro tragó saliva. Había ciertas cosas que no le gustaba hacer aunque fuera su trabajo. Mentir, por ejemplo. Pero se recordó a sí mismo que había un propósito tras sus mentiras.


—Claro que no.


—Mi madre… No quiero volver a darle otro disgusto.


Sofía era una buena chica, aunque se hubiera metido en aquel lío, y decía mucho de ella que estuviera preocupada por Maggie. Pero quien a él le preocupaba era Pablo.


—¿Ese Pablo es de aquí?


—No, vino a vivir aquí hace un par de años. Pero no le hace daño a nadie, sólo vende la marihuana para las fiestas y eso.


—¿Cuántos años tiene?


—No lo sé, es mayor. Como unos cuarenta o así.


Pedro escondió una sonrisa. A los dieciocho años todo el mundo te parecía muy mayor, claro. Pero Paula tenía esa edad y no lo era. Recordaba cómo la había oído contener el aliento cuando besó su dedo… No, ella no era nada mayor. Entonces oyó pasos desde la cocina y supo que no podría seguir haciendo preguntas.


—¿Quieres un consejo?


—Sí.


—Aprende de tus errores, Sofía. Sé que lo que te pasó es una experiencia que no te gustaría repetir.


—¿No vas a contárselo a mi madre?


—No —contestó Pedro—. Pero a lo mejor a ella le gustaría saber que estás decidida a no darle más disgustos. Sería una forma de volver a ser amigas, ¿No?


—No lo sé. Me lo pensaré.


Paula entró en el salón y acarició el pelo de su hija.


—He puesto tus cosas en la secadora. Y he colgado tu jersey para que se seque.


—Gracias. 


De repente, Pedro entendió lo que había estado dando vueltas en su cabeza durante las últimas semanas. Echaba de menos su casa. Echaba de menos a alguien que estuviera ahí para él cuando tuviese problemas, como Paula estaba para Sofía. Alguien a quien le importase de verdad. Y a pesar de lo complicado de aquel viaje, se alegraba de haber terminado en Mountain Haven.



A la mañana siguiente hacía tanto frío, que Paula tuvo que soplarse los dedos para sujetar la llave. Tardó un momento, porque la cerradura estaba oxidada por el agua y la falta de uso, pero por fin logró abrir la puerta del cobertizo.


—Entra si te atreves —le dijo, con una sonrisa.


—¿No te conté que había estado en los marines?


—¿Y qué?


—¿Después de eso crees que me da miedo un simple cobertizo? — rió Pedro.


—¿No te dan miedo las arañas?


Él soltó una carcajada.


—Sí consiguen atravesar esta parka merecen darme un picotazo.


Pedro tuvo que agachar la cabeza para entrar en el cobertizo mientras Paula esperaba en la puerta. Su sentido del humor era una sorpresa muy agradable.


—¿Encuentras algo que te guste?


—Sí, espera un momento.


Oyó ruido en el interior, y al acercarse para mirar, vió que él estaba inclinado y la postura destacaba un trasero más que tentador. Aquel hombre empezaba a resultar irresistible, pero tenía que mantener la cabeza sobre los hombros.


—¡Allá van!


Paula se apartó cuando unas botas negras de esquí aparecieron volando por la puerta. Luego apareció Pedro, con telarañas en la parka.


—Ya te dije que había arañas.


—No importa, nos hemos hecho amigos.


Tenía en una mano un par de esquíes de travesía, y en la otra los dos bastones.


—¿Te has probado las botas?


—A ver… Son del cuarenta y tres. Supongo que me quedarán bien. 


—No sé cómo te apetece salir a dar un paseo. Con este viento, debe de haber casi diez grados bajo cero.


—Así te dejaré en paz un rato.


Paula sonrió.


—Los clientes del hostal Mountain Haven no tienen que dejar en paz a su propietaria.


—Eso lo dices ahora, pero te advierto que soy horrible cuando me aburro. Insoportable.


En realidad, sería más fácil para ella si Nate no estuviera en el hostal las veinticuatro horas del día. Nunca había tenido esa sensación de intimidad con un cliente, y le resultaba muy… Inquietante.


Inevitable: Capítulo 11

 —Sí, bueno… La verdad es que me alegro mucho de que Sofía vaya al colegio en Edmonton. Allí hay muchas cosas interesantes.


Su hija levantó la cabeza, sorprendida por tal declaración. Pero era verdad. Sabía que en Edmonton habría más peligros para una adolescente y le gustaría estar a su lado para protegerla, pero también oportunidades de ver museos, ir al cine, al teatro… Paula fue a tomar la jarra de la leche y comprobó que estaba vacía.


—Voy a buscar más. Vuelvo enseguida.


Pedro esperó hasta que salió del salón para mirar a Jennifer.


—Tengo la impresión de que tu madre y tú acaban de tener una conversación silenciosa…


—Sí, bueno… ¿Cómo lo sabes?


—Yo también tengo una madre. Una que veía más de lo que yo creía.


—Mi madre lo ve todo… —suspiró Jen.


—¡Ah! Entonces yo tenía razón. Parece que detrás de esto hay una historia. ¿Te has metido en algún lío?


La chica apretó los labios.


—Eres policía. Si me hubiera metido en algún lío, no te lo contaría precisamente a tí, ¿No?


Pedro asintió con la cabeza. Cuando levantaba la barbilla con ese gesto obstinado se parecía mucho a su madre.


—No estoy aquí para detenerte, ya veces, una persona imparcial viene muy bien.


—¿Por qué no le preguntas a mi madre?


—Porque te estoy preguntando a tí. O quizá porque a lo mejor me hice policía para ayudar a la gente.


Sofía miró su taza, nerviosa.


—El año pasado me metí en un lío…


—¿Qué clase de lío?


—Me pillaron con drogas —contestó ella.


—¿Estabas fumando algo?


Pedro tuvo cuidado de preguntar con suavidad, sin censura. 


—No… Bueno, ya había probado un porro o dos, como todo el mundo, pero no me gustaron. Y yo no las vendía ni nada.


—No las usabas y no las vendías. ¿Entonces se las pasaste a alguien?


—Algo así.


—¿Te pillaron cuando hacías de mensajera?


—Sí… —suspiró Sofía—. Sé que está mal, pero sólo era marihuana. Mi madre se puso como una loca y luego me envió a Edmonton. Según ella, me vendría bien un cambio de ambiente.


Evidentemente, a Sofía no le gustaba que la hubiese mandado a Edmonton, pero su trabajo no consistía en poner paz entre Paula y su hija. Cinco minutos más, y podría conseguir lo que necesitaba: Una identificación.


—¿Para quién lo hiciste, Sofía? ¿Para un novio? ¿Alguien te amenazó si no lo hacías?


La chica negó con la cabeza.


—No, no, Pablo no era mi novio. Es… La persona a la que todo el mundo le pide cosas. Los sábados, cuando no puedes ir a Sundre, vas a ver a Pablo y él tiene de todo.


Pedro apretó los dientes. Marihuana, cannabis… Parecía algo sin importancia, pero podía ser el principio del fin para muchos adolescentes.


—¿Alcohol y drogas blandas? —preguntó, como con cierto desinterés.


Seguramente la gente de allí consideraba a Pablo Harding una simple oveja negra, pero era mucho más. Eso si era el hombre al que le habían enviado a buscar.


—Empezó siendo algo divertido, pero luego me daba miedo y ya no sabía cómo decir que no —siguió contándole Sofía—. Pero la verdad es que me alegro de que me pillaran, porque ahora todo ha terminado. Yo no quería darle ese disgusto a mi madre… —de repente, la chica lo miró con expresión asustada—. No vas a decirle nada, ¿Verdad? Ahora que mi madre y yo no discutimos casi nunca…


—No te preocupes, no voy a decir nada.


—¿Seguro?


—Seguro. Como te he dicho antes, mi trabajo consiste en ayudar a la gente. 

Inevitable: Capítulo 10

 —Entiendo…


Pedro tomó un sorbo de café. Paula tenía unos esquíes de Julián y hasta unos viejos patines de hockey. Llevaban quince años en el cobertizo, pero no había tenido valor para tirarlos. Y si él podía usarlos para pasar un buen rato, ¿Por qué no?


—Conservo algunas cosas de mi marido. Botas para la nieve, esquíes de travesía…


—No hace falta. Si me dices dónde puedo comprar todas esas cosas…


Ella asintió con la cabeza.


—Entiendo que no te sientas cómodo con las cosas de Julián.


—No, no es eso. Es que pensé que a tí no te gustaría prestármelas.


Pedro estaba mirándola fijamente. No sonreía, pero su expresión no era antipática. No, empezaba a entender que lo que antes había tomado por cierta frialdad era una madura aceptación de las cosas. Aunque era demasiado joven para eso. Demasiado joven… Para todo. Ella había estado casada, había criado a su hija, sabía qué esperar de la vida y lo había aceptado. Él, sin embargo, tenía toda la vida por delante. Pero cuando lo miraba a los ojos, como en aquel momento, todo eso dejaba de tener importancia. A pesar de no conocerse de nada, tenía la impresión de que se parecían. Había algo en él que eliminaba la diferencia de edad.


—En el cobertizo no le valen a nadie para nada. No me importa que las uses, de verdad…


—En ese caso… Te lo agradecería mucho, Paula.


Había usado su nombre de pila otra vez, y eso la hacía sentir como si estuvieran atravesando la barrera entre cliente y propietaria. Como si fueran otra cosa. Lo cual era ridículo, claro. Paula se sirvió un poco más de café. Se alegraba de que Pedro fuera a usar las cosas de su marido. Le había costado muchos años olvidar a Julián, aunque la pena no había desaparecido del todo. Ni el sentimiento de culpa por haber seguido adelante con su vida. Sofía asomó la cabeza en el salón en ese momento.


—Me había parecido oler a café…


Paula se alegró de la interrupción. 


—Tendrás que ir a buscar una taza a la cocina.


Su hija salió corriendo, como solía hacer.


—Tiene mucha energía —comentó Pedro.


—Tiene dieciocho años —le recordó ella.


—Lo dices como si tú fueras una anciana.


Paula soltó una carcajada.


—Bueno, estoy más cerca de serlo de lo que tú crees.


Pedro dejó la taza sobre la mesa y apoyó los codos en las rodillas.


—De eso nada. Tú no eres mayor.


El pulso de Paula se aceleró. ¿Mayor para qué, para él? Quizá Pedro tuviera costumbre de tontear con las mujeres, quizá fuera algo que hacía sin darse cuenta.


—Soy lo bastante mayor como para tener una hija adolescente de la que preocuparme.


Sofía apareció de nuevo con su taza y se sirvió un café, sin percatarse de la tensión que había en el ambiente.


—Ya he terminado el trabajo de Historia. Se está imprimiendo ahora mismo.


—Muy bien —sonrió Paula.


—Las vacaciones habrían sido mucho más divertidas si hubiera podido salir, en lugar de estar aquí encerrada escribiendo sobre la guerra de 1812.


—¿Qué se puede hacer aquí para pasarlo bien? —preguntó Pedro.


—Pues…


Sofía vaciló, mirando a su madre. A lo mejor empezaba a entender que lo que había hecho era muy serio. Y que a un policía no le gustaría nada, pensó Paula.


—Salir con gente de mi edad y esas cosas —dijo su hija por fin—. La verdad es que aquí no hay mucho que hacer. Sólo podemos ir a la tienda.


—¿La tienda?


—De alimentación —contestó Paula por ella—. Los chicos del pueblo se reúnen allí para tomar refrescos y charlar. Aquí ni siquiera tenemos un cine.


—Entonces debe de ser muy aburrido. 

Inevitable: Capítulo 9

 —Deje que la ayude… —murmuró, arrodillándose a su lado.


—¡Ay!


Ella sacudió una mano haciendo un gesto de dolor. Se le había clavado un trocito de porcelana en un dedo.


—Respira profundamente, Paula —dijo Pedro, tuteándola por primera vez—. ¿Seguro que lo del café era buena idea? —preguntó, riendo—. A lo mejor la próxima vez deberíamos tomar descafeinado.


—Muy gracioso.


El trocito de porcelana se había clavado más profundamente de lo que creía, y estaba empezando a sangrar.


—¿Tienes un botiquín?


—Sí, claro. Está en el armario del baño… De mi baño. Voy a buscarlo.


Pedro se incorporó.


—Espera, iré yo. Se entra por la cocina, ¿Verdad?


—Sí.


Cuando entraba en su habitación sintió como si estuviera entrando en terreno prohibido. Aquello era absurdo. Menos de cinco horas allí, y ya estaba flirteando con la propietaria del hostal y husmeando en su dormitorio. Con un suspiro, entró en el baño y buscó en el armario hasta encontrar una caja blanca de metal con una cruz roja. Luego volvió a la cocina, donde Paula estaba lavándose el dedo bajo el grifo del fregadero.


—Creo que ya me he sacado el trocito de porcelana. ¡Qué torpe soy…!


—No, en absoluto… —murmuró él, tomando su dedo para examinar la herida—. No es muy profunda, sólo habrá que poner una tirita.


—Puedo hacerlo yo sola.


—Eres diestra, ¿No?


—Sí, pero…


—Ponerte una tirita con la mano izquierda no es fácil y yo tengo las dos libres.


Sí, tenía dos manos muy capaces, pensó Paula. Unas manos grandes, de dedos largos…


—Ya está… ¿Te duele?


—No, no. Gracias. 


Pedro iba a apartar la mano, pero no podía hacerlo, no podía soltarla. Y cuando Paula levantó la mirada y lo encontró mirándola fijamente, se sintió atrapada por sus ojos, como si le faltara oxígeno…


—De nada…


Pedro se llevó el dedo a los labios para besarlo. 




Pedro, aburrido, cambiaba de un canal a otro sin interesarse por nada. No había mucho que hacer allí por las tardes. A finales de Marzo, tan al norte, se hacía de noche muy temprano y después de cenar lo único que podía hacer era ver la televisión o subir a su cuarto. Debería estar arriba, trabajando, pero se había quedado en el salón por si acaso a Paula le daba por entrar. Tenía que hacerle preguntas cuyas respuestas podían llevarlo en la dirección correcta. Por no mencionar cuánto había disfrutado del pequeño coqueteo en la cocina. En realidad, hacía mucho tiempo que no le gustaba tanto una mujer. Ella entró entonces con una bandeja.


—He pensado que te apetecería tomar un café. Y prometo no romper más tazas.


—Muchas gracias —sonrió Pedro—. ¿Vas a quedarte conmigo?


—Si quieres…


Él la miró a los ojos. Eran cálidos y amistosos… Pero en ellos había algo más. Quizá una tímida invitación, quizá curiosidad.


—Me gustaría, sí —dijo, sonriendo—. Aquí todo es tan silencioso que la compañía me vendría bien.


Paula se sentó en uno de los sillones. Normalmente no se sentaba con los clientes, pero normalmente los clientes no aparecían por allí durante los meses de invierno. Además, ella estaba acostumbrada a tener parejas que iban a pasar un fin de semana romántico o familias… Pero Pedro estaba solo. Y había visto que no llevaba alianza.


—Podrías contarme qué se puede hacer por aquí…


Ella dejó escapar un suspiro de alivio. Sólo quería información. Después de lo que había pasado en la cocina temía que la conversación fuera más personal.


—Hay excursiones a las montañas y muchas actividades de invierno —Paula cruzó la piernas, poniendo la voz de guía turística que solía adoptar con sus clientes—. Y a dos horas de aquí tienes un par de ciudades grandes con tiendas, museos… Lo que quieras.


—Me refería al pueblo. ¿Qué se puede hacer sin tener que usar el coche?


—Pues… La verdad es que no hay mucho que hacer.

jueves, 25 de septiembre de 2025

Inevitable: Capítulo 8

Intentaba mostrarse relajada, pero tenía el corazón acelerado. Porque sabía cuál iba a ser la siguiente pregunta. Y daba igual cuántas veces contestase, siempre le resultaba difícil. Pero sabía que lo mejor era quitárselo de encima lo antes posible.


—¿De qué murió su marido?


—El padre de Sofía murió en un accidente laboral cuando yo tenía veinticinco años.


—¡Ah! Lo siento.


—Fue hace mucho tiempo.


En general, la gente no se atrevía a preguntar cómo había ocurrido, o peor, por qué no había vuelto a casarse. Pero ella conocía sus razones, y eso era más que suficiente.


Pedro sabía que sólo estaba dándole datos superficiales, pero sería una grosería seguir insistiendo. ¿Y cuánto quería saber? Sólo estaría allí unas semanas, de modo que lo mejor sería no ponerse en su camino y evitar las preguntas. Conseguir las respuestas que necesitaba y nada más. Además, había cosas sobre su propia vida que no le gustaría contarle a nadie. Si ella quería guardar secretos, mejor. Lo que necesitaba de Paula Chaves no tenía nada que ver con su vida privada. Sólo con lo que le había pasado a su hija el año anterior.


—Bueno, ¿Qué le trae por Alberta? La mayoría de la gente elige una zona más turística para sus vacaciones. Baff o algún sitio al sur de la frontera, Montana o Colorado. Aquí no hay nada más que nieve y un montón de granjas.


—Si es así como promociona la zona, no me extraña que tenga tantas habitaciones vacías… —bromeó Pedro.


—Es que no estamos en temporada alta —contestó ella—. Como le he dicho, la mayoría de la gente elige las montañas para esquiar. El hostal sólo se llena en verano.


—Entonces, me sorprende que no se vaya de vacaciones en invierno.


—Pues la verdad es que…


—¿No me diga que suele irse de vacaciones en esta época del año? ¿Ha tenido que quedarse aquí por mi culpa?


No se le había ocurrido pensar en eso. No había pensado en nada más que en hacer su trabajo. 


—No tiene importancia. Ni siquiera había reservado habitación en un hotel.


—Pero iba a hacerlo.


Paula lo miró, y de nuevo, Pedro se quedó sorprendido por lo joven que parecía. Si no le hubiera dicho que tenía cuarenta y dos años, habría pensado que eran de la misma edad.


—México no va a irse a ninguna parte —dijo ella por fin—. ¿Desde cuándo es comisario de policía?


—Desde hace cinco años. Antes estuve en los marines.


—¡Ah!


—Ahora es usted quien intenta hacer cálculos… —dijo Pedro riendo—. No se moleste, tengo treinta y tres años.


—¿Y le gusta su trabajo?


—Si no me gustase, no podría hacerlo.


Los dos habían bajado la voz, quizá porque el ambiente lo pedía, y Pedro vió que ella se mordía los labios. Tenía una boca preciosa, una boca hecha para besar… Y era evidente que se sentían atraídos el uno por el otro. Hacía mucho tiempo que no le gustaba nadie, pero su corazón se aceleró cuando sus ojos se encontraron. Paula Chaves lo hacía sentir acalorado y no sabía por qué. Era una complicación que no necesitaba. Lo único que él quería, era hacer lo que lo habían enviado allí a hacer. Su idea de la diversión no era pasar dos semanas en un apartado pueblo canadiense, y desde luego, no había esperado sentir… Lo que fuera que sentía por la propietaria del hostal en el que se alojaba. Además, Paula no se parecía nada a las mujeres con las que solía salir. Amable, educada, delicada… Y sin embargo, en absoluto aburrida. Había que ser una mujer de carácter, para perder a su marido tan joven y llevar un negocio, además de criar a dos niños. ¿Cómo lo habría hecho estando sola? Debía de haberse quedado mirándola fijamente, porque ella se levantó a toda prisa, nerviosa.


—Perdone, voy a limpiar la mesa… —al tomar las tazas se le cayó una al suelo, rompiéndose en pedazos—. ¡Ay, Dios, qué torpe!


Él la miró, divertido. Hacía mucho tiempo que no le gustaba tanto una mujer, y mucho más tiempo desde que ponía nerviosa a una. 

Inevitable: Capítulo 7

 —Exactamente.


—¿Y eso no es peligroso? —preguntó Paula. Que fuera policía ya era bastante preocupante, pero que tratase con los criminales más peligrosos del país lo era aún más—. ¿No le da miedo que lo maten?


—Sí, claro. Pero no tanto como no hacer bien mi trabajo.


Era alto, fuerte y guapo, sí. Pero llevaba una diana pintada en el pecho. Y Paula no podía imaginar quién elegiría ese estilo de vida.


—¿Has matado a alguien?


—¡Sofía! —Paula dejó el tenedor sobre el plato, enfadada—. Por favor, pídele disculpas al señor Alfonso.


Pero Pedro sacudió la cabeza.


—No hace falta, es una pregunta lógica. Me la hacen a menudo — dijo, sirviéndose un vaso de agua—. Yo trabajo como parte de un equipo, y nuestro objetivo es que los fugitivos vuelvan a la cárcel, o proteger a aquellos que nos asignan proteger. Por supuesto, preferimos no tener que hacerle daño a nadie, pero si nos disparan, tenemos que defendernos.


Los tres se quedaron en silencio. Paula intentó decir algo, pero lo único que podía ver era a Pedro Alfonso con una pistola en la mano. Y la idea no le gustaba nada.


—Eso debe de ser muy estresante.


—Sí, puede serlo.


—¿Por eso estás aquí? —preguntó Sofía.


Paula le dió una patada por debajo de la mesa, pero su hija no reaccionó.


—En parte, sí. Mi jefe me pidió que me tomase un tiempo libre después de… Un caso particularmente complicado. Un poco de descanso es justo lo que necesito.


Estaba sonriendo, pero la sonrisa no era tan cálida como antes.


—¿Entonces está de baja?


—Sí, algo así. Y por cierto, preferiría que mi presencia aquí no se hiciera pública. Sé que es una comunidad muy pequeña, pero ahora mismo lo que me apetece es disfrutar del campo y no preocuparme por especulaciones.


—Sí, claro, no se preocupe… —suspiró Paula—. El Mountain Haven es un sitio muy discreto. 


—Estupendo.


Sofía, afortunadamente, se olvidó del tema durante el resto de la cena.


—¿Postre, señor Alfonso?


Pedro la miró. Durante la cena había habido momentos incómodos, pero se alegraba de que Sofía le hubiera hecho preguntas. Tenía la impresión de que Paula no se habría atrevido a hacerlas, y contestando a las preguntas, mantenía su papel. Aunque no le gustase nada tener que mentir, sabía que era necesario. Ella estaba esperando su respuesta con una sonrisa en los labios.


—No debería… Pero podría decirme qué hay.


—Tarta de melocotón y moras con helado.


—Me parece que no voy a poder resistirme… —suspiró Pedro—. Así que sí… Por favor. Y deje de llamarme señor Alfonso. El señor Alfonso es mi padre o mi tío.


Mientras Sofía escapaba con su tarta al salón para ver una película, Paula puso el postre frente a él, y a Pedro el olor de la canela le recordó a su casa. Él no solía tomar dulces, pero su madre era una repostera estupenda, y lo obligaba a probar de todo cuando iba a visitarla, y en aquel momento, el olor a fruta y canela lo llevaba de vuelta a una vida en la que todo era más sencillo.


—¿Por qué decidió abrir un hostal? Tiene que ser mucho trabajo para una sola persona.


—En esta casa hay muchas habitaciones vacías —contestó ella mientras servía el café—. Además, yo tenía dos niños y mi obligación era mantenerlos.


—¿Dos niños?


—Sí, durante un tiempo cuidé de un primo mío adolescente… Hasta que se hizo mayor. Ahora tiene treinta años.


Pedro asintió con la cabeza, pensativo, mientras probaba la tarta.


—Seguro que está calculando mi edad… —rió Paula.


—Sí, la verdad es que sí.


—Le ahorraré el esfuerzo: Tengo cuarenta y dos años. Tenía veinticuatro cuando nació Sofía, y cuidaba de Matías desde los veintiuno, cuando él tenía once. 

Inevitable: Capítulo 6

Pedro había colocado los platos, de modo que no habría manera de no estar sentada a su lado, y con esas piernas tan largas, sus rodillas se rozarían por debajo de la mesa… Al pensarlo se le aceleró el pulso y arrugó el ceño, enfadada. Ella no solía ponerse nerviosa por ese tipo de cosas. Claro que no solían ocurrirle ese tipo de cosas. Ella llevaba una vida muy tranquila. Mientras colocaba una fuente sobre la mesa, encendió las velas. El ambiente de intimidad no debería asustarla, pero así era. Incluso con Sofía allí, una simple cena se había transformado en algo más. Y Paula, sencillamente, no tenía relaciones de ese tipo porque siempre terminaban mal. Después de la última vez, con Julián, había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para rehacer su vida, ya partir de entonces, todo lo que tenía lo había puesto en Sofía y en su negocio. Además, no sabía por qué Pedro se molestaba en crear una atmósfera romántica.


—¿Señora Chaves?


Paula se dió cuenta de que estaba mirándolo fijamente.


—Sí, perdón… ¿Qué me decía?


—Le he preguntado si llevaba sola el hostal.


—Sí, lo llevo sola —contestó ella, antes de sentarse—. Sofía va al colegio en Edmonton, así que no suele estar por aquí.


—Y eso la entristece.


Sí, la casa parecía muy solitaria cuando Sofía no estaba.


—A pesar de lo insoportables que son los adolescentes, la echo de menos. Por cierto, ya debería estar aquí… —Paula se levantó de la silla y le hizo un gesto con la mano cuando él iba a hacer lo propio—. No, por favor. Ella sabe a qué hora es la cena. Voy a llamarla.


Sí, echaba de menos a Sofía cuando estaba en el colegio, pero se alegraba de que estuviera haciendo nuevos amigos en Edmonton. Los chicos con los que salía en Mountain Haven no eran precisamente recomendables… Pero lo último que necesitaba era que el comisario supiera los problemas de su hija.


—¡Sofía, la cena!


Su hija bajó corriendo la escalera, con el MP3 en la mano y los auriculares puestos. 


—Nada de música durante la cena, por favor.


—Hola, Pepe —lo saludó Sofía, dejando el aparato sobre la mesa.


Paula vió que él intentaba esconder una sonrisa. En serio, a veces se preguntaba si las buenas maneras que había intentado enseñarle a su hija le entraban por un oído y le salían por otro.


—Hola, Sofía. Bueno, creo que las vacaciones están a punto de terminar, ¿No? ¿Te apetece volver al colegio?


—Sí, bueno. La verdad es que esto es muy aburrido. Aquí no hay nada que hacer.


—Con toda esta nieve se pueden practicar deportes de invierno. Esquí, patinaje… ¿Ya no se lleva hacer esas cosas?


Paula sonrió. El día anterior había sugerido que fueran a hacer esquí de travesía, pero Sofía había vetado la idea. La misma Sofía que un par de años antes se habría puesto a dar saltos de alegría.


—No sé…


—Pues a mí me apetece hacer algo de ejercicio. No hay nieve donde yo vivo, así que esto me encanta.


Paula lo imaginó envuelto en su parka, con los ojos brillando como zafiros bajo un gorro de lana. Y su corazón se puso a latir como loco.


—Seguro que estás en forma —dijo Sofía.


—Es parte de mi trabajo, tengo que estar en forma. Que ahora mismo no esté trabajando no quiere decir que deje de hacer deporte. Además, si sigo comiendo las cosas que hace tu madre durante dos semanas… Voy a tener que hacer deporte a la fuerza —respondió él, sonriendo—. Esto está riquísimo.


—Gracias —sonrió Paula, nerviosa.


Acostumbrada a recibir halagos por sus habilidades culinarias, no tenía sentido que ese piropo la emocionase tanto.


—¿Cómo es tu trabajo, Pepe? —le preguntó Sofía—. ¿Eres un policía de verdad?


—Me dedico a tareas especiales —contestó él; bajando la mirada.


—¿Qué tareas?


—Encontrar fugitivos, gente que ha cometido delitos y se escapa de la ley…


—¿Cómo en el programa Los Criminales Más Buscados?


Sofía se inclinó hacia delante, emocionada. 

Inevitable: Capítulo 5

 —Ojalá pensaras las cosas antes de hacerlas en lugar de lanzarte de cabeza. Hiciste la reserva sin consultarme.


—Sólo estaba intentando ayudar. Pero ya te dije que lo sentía. No sé cuál es el problema.


¿Cómo podía explicarle que el problema era que se preocupaba por ella día y noche? Y no porque fuese una madre exageradamente protectora, sino porque el verano anterior, Sofía había tenido un problema muy serio. Aunque esperaba que hubiese aprendido la lección.


—No vamos a discutir más, ¿De acuerdo?


Se había enfadado con ella por no pedirle un número de tarjeta de crédito al hacer la reserva, pero la factura ya estaba pagada, de modo que no tenía sentido discutir. Un día después de haber hecho la reserva recibieron una llamada del Departamento de Policía de Florida, para decir que ellos se harían cargo de todos los gastos del señor Alfonso, y ella, enfadada por haber tenido que posponer su viaje a México, les había cargado precios de temporada alta. Suspirando, Paula metió una bandeja de pan en el horno. Por muy enfadada que estuviera por no haber ido a Cancún, la verdad era que le gustaba lo que hacía. Además, cocinar para una sola persona era muy aburrido. Sofía llevaba una semana en casa, pero no era lo mismo ahora que era casi una adulta. Tener clientes significaba tener alguien más para quien hacer las cosas. Y era por eso por lo que había decidido abrir un hostal. Entonces dejó de oír pasos sobre su cabeza, y la casa quedó en completo silencio.


—No quería enfadarme contigo, Sofi.


—Yo tampoco… —murmuró su hija, saliendo de la cocina.


—¡La cena estará lista en media hora!


Sofia no contestó, por supuesto.


Paula encendió la radio, y empezó a canturrear mientras cocinaba y lavaba después, cacerolas y platos; el proceso de cocinar y limpiar era casi terapéutico para ella. A las ocho y media Pedro apareció en la puerta de la cocina, y de nuevo, experimentó una extraña sensación al verlo. ¿Por qué reaccionaba así ante un completo extraño? En realidad, no sabía nada sobre él. Parecía un hombre normal, agradable, pero ¿Cómo iba a saber si lo era de verdad? Ni siquiera sabía por qué estaba allí de vacaciones, en un pueblo tan apartado. En general, era más que capaz de cuidar de sí misma, pero había algo en Pedro Alfonso que la tenía preocupada. Y pronto se quedarían solos en la casa…


—¿Ocurre algo?


—No, no. Es que no le había visto entrar. La cena aún no está lista, pero acabaré enseguida.


—¿Puedo ayudarla? —preguntó él, dando un paso adelante.


Paula negó con la cabeza, nerviosa. Su trabajo consistía en hacer que los clientes se sintieran cómodos y felices en el hostal. Entonces, ¿Por qué demonios le costaba tanto hacer su trabajo con aquel hombre?


—Sofi bajará enseguida. Además, es mi obligación cuidar de usted, no al revés.


—Sí, claro —Pedro se apoyó en la nevera—. Pero pensé que no íbamos a ser tan formales…


Sólo iba a estar allí un par de semanas, pensó ella. ¿Qué daño podía hacer mostrarse simpática? Aquellas dudas eran una bobada. Al fin y al cabo, se marcharía en poco tiempo.


—Podemos cenar en la cocina o en el comedor, como prefiera…


—No sé… ¿En el comedor?


—Muy bien. Si no le importa poner la mesa…


Paula le ofreció un mantel y unos cubiertos.


—Claro que no.


Al tomar los cubiertos sus dedos se rozaron y ella contuvo el aliento, pero Pedro se dió la vuelta como si no hubiera pasado nada. Sólo ella sabía que sí había pasado. Y ésa era muy mala noticia. 

martes, 23 de septiembre de 2025

Inevitable: Capítulo 4

Pero eran sus ojos azules lo que más le había impresionado. Unos ojos alegres, pero con un brillo de precaución. Unos ojos que le decían que su vida no había sido fácil. Pedro cerró la bolsa de viaje abruptamente. No estaba allí para mirar los ojos de la dueña del hostal. Eso era lo último en lo que debía pensar. Tenía un trabajo que hacer: Reunir información. ¿Y quién mejor que la dueña del hostal para dársela? Paula Chaves tomaría sus preguntas por mera curiosidad de turista, pensó. Invitándose a sí mismo a cenar la había puesto en un aprieto, pero con el resultado deseado. Se estaba haciendo de noche cuando sacó el ordenador portátil de la mochila y lo colocó sobre la mesa para comprobar su correo. Pero era una conexión muy lenta, y tuvo que esperar lo que le pareció una eternidad.


—Echo de menos el ADSL… —murmuró.


No, esperar no era lo suyo, y durante mucho tiempo había sido de los que actuaban primero y pensaban después. Una de las razones por las que su jefe le había exigido que pidiese la baja. Pero no llevaba ni dos semanas en casa cuando lo habían llamado para encargarle aquella misión. Y se alegraba. A él no le gustaba estar sin hacer nada. Ignacio Simms, su contacto en Mountain Haven, le había pedido que fuera personalmente. Como un favor. Y aquél no era un trabajo que pudiera hacerse a toda prisa, sino vigilando, esperando. Pedro arrugó el ceño cuando por fin se abrió su cuenta de correo. Por el momento, el ordenador sería su conexión con el mundo exterior. Aquélla era una comunidad muy pequeña, y cuanto menos llamase la atención, mejor para todos. Se dió cuenta entonces de que la habitación había quedado a oscuras, y miró su reloj. Ya eran las ocho, y Paula le había dicho que servía la cena a las ocho y media. Como no quería empezar con mal pie, apagó el ordenador y puso la mochila bajo la bolsa de viaje en el armario.



Paula estuvo oyendo sus pasos en el piso de arriba durante largo rato mientras hacía la cena. Pedro Alfonso, comisario de policía. Cuando Sofía le dijo que había reservado una habitación en el hostal, el nombre había conjurado la imagen de un rudo y seco detective. Pero no era nada de eso; al contrario. No podía tener más de treinta o treinta y dos años. Y era muy educado.


—¿Qué estás haciendo?


La voz de Sofía interrumpió sus pensamientos, y por una vez, Paula se alegró. Llevaba demasiado tiempo pensando en su nuevo cliente.


—Pasta con salsa de tomate y pan foccacia.


—Genial.


Sofía tomó una galleta del bote y se apoyó en la encimera. Paula la miró, suspirando. Echaba de menos a la niña que había sido. Ser madre era mucho más fácil entonces. Sin embargo, por difícil que fuese ahora, le dolía en el alma tener que mandarla a Edmonton.


—¿Ya has comprado el billete de autobús?


—Lo compré antes de venir.


Sofía metió la mano en el bote de las galletas, pero su madre le dió un golpecito en la mano.


—No comas más galletas, estamos a punto de cenar.


Sofía levantó una ceja como diciendo: «No tengo doce años, madre».


—Deberías alegrarte de que me vaya. Así te quedarás a solas con el detective macizo.


Paula abrió los ojos como platos.


—¡Sofi!


—Mamá, por favor… Es un poco mayor para mí… Por guapo que sea. Pero a tí te iría muy bien.


Paula dejó el cucharón de madera sobre la encimera con más fuerza de la que pretendía.


—Para empezar, baja la voz. Es un cliente. Y no estaría aquí si preguntases primero e hicieras las reservas después.


Sofía dejó de mordisquear la galleta.


—Sigues enfadada por eso, ¿Eh?


Paula suspiró. En realidad, no era sólo culpa de su hija. También ella empezaba muchas peleas. Pero debería intentar llevarse bien con Sofía, no alejarse de ella. 

Inevitable: Capítulo 3

 —No tiene que agradecerme nada. Las llamadas locales son gratuitas, las conferencias no. No hay televisión en su cuarto, pero hay una en el salón y puede usarla cuando quiera.


—Muy bien.


Era tan raro saber que él sería el único cliente durante las siguientes semanas… Le parecía extraño hablarle de la casa, de las normas…


—Normalmente hay un horario para todo, pero usted es el único cliente, así que podemos ser un poco más flexibles. Suelo servir el desayuno entre las ocho y las nueve, pero si se levanta más tarde podemos llegar a un acuerdo. La cena se sirve a las ocho y media. Para la comida el horario es más flexible. Puede tomar el almuerzo aquí o no, como le parezca. Hay una conexión de Internet en la habitación, y si lo desea, puedo informarle sobre los sitios de interés en la zona.


Pedro dejó la bolsa de viaje y la mochila sobre la cama.


—¿Soy el único cliente?


—Sí. En esta época del año no suelo tener mucha gente.


—Entonces… Me sentiría incómodo comiendo solo. Podríamos comer juntos.


Paula se puso colorada. La tonta de Sofía y sus comentarios… Pero la verdad era que la parte delantera era tan atractiva como la trasera. Normalmente los clientes comían en el comedor y ella en el office, o si estaba Sofía, en la cocina. Pero sería un poco raro servirle a él solo en el comedor.


—Su estancia aquí debe ser agradable para usted, eso es lo más importante. Si prefiere comer con nosotras, no hay ningún problema. Y si necesita algo, no dude en decírmelo.


—Por ahora, tengo todo lo que necesito.


—Entonces le dejo para que deshaga el equipaje. El cuarto de baño está al final del pasillo, y como es el único cliente, lo usará usted solo. Sofía y yo tenemos nuestro propio cuarto de baño —sonrió Paula—. Me voy abajo. Si necesita algo, sólo tiene que llamarme. Si no, nos vemos a la hora de la cena.


Luego cerró la puerta y se apoyó en ella, cerrando los ojos. Pedro Alfonso no era un cliente normal y no podía quitarse de encima la impresión de que escondía algo. No había hecho ni dicho nada raro, pero había algo en él que la hacía sentirse incómoda. Dada su profesión, debería ser al contrario. ¿Con quién iba a estar más segura que con un comisario de policía? ¿Por qué iba a esconder nada? Que fuese tan guapo era algo en lo que no debería pensar, y como iban a vivir en la misma casa durante dos semanas, tenía que calmarse un poco. Sofía no estaría allí para ponerla nerviosa, y ella volvería a ser la propietaria de un hostal. Pan comido. Sólo era un hombre, después de todo. Un hombre con un trabajo estresante que había decidido tomarse unos días de descanso. Un hombre con una cuenta de gastos que compensaría sus vacaciones perdidas, ayudándola a pagar su viaje a México el próximo año.




Pedro dejó escapar un suspiro cuando la puerta se cerró. Menos mal que se había ido… No sabía por qué, pero Paula Chaves le ponía nervioso. Luego miró alrededor. Bonita habitación. Ignacio le había asegurado que aunque fuese un alojamiento rural, no era un hostal de segunda clase, y estaba en lo cierto. Por lo poco que había visto, la casa era limpia, acogedora, y muy agradable. Y su habitación no era diferente. Los muebles eran de pino, y además de un edredón hecho a mano, había una manta roja a los pies de la cama. Pasó la mano por el cabecero de madera… Seguramente fuera demasiado pequeña para un hombre de su estatura, pero lo que importaba era que estaba allí y que tenía todo lo que necesitaba. Para la gente del pueblo sería un cliente de vacaciones, pero estaría constantemente conectado con sus superiores a través de Internet y en relación con las autoridades locales. Claro que se alegraba de alojarse en un hostal tan agradable. Había estado en sitios muchísimo peores mientras trabajaba. Abrió la bolsa de viaje y colocó su ropa ordenadamente en los cajones de la cómoda. Cuando Ignacio le dijo que la propietaria del hostal era una señora llamada Paula Chaves, imaginó que sería una mujer de sesenta años que hacía jerséis de punto e intercambiaba recetas con las vecinas. Pero no se parecía nada a esa imagen. Y Sofía tampoco parecía la clase de chica que se metería en líos con la policía. No sabía qué edad podría tener Paula. Inicialmente pensó que un año o dos más que él, pero la aparición de su hija había cambiado esa impresión. No podía estar seguro, pero con una hija tan mayor, debía de tener por lo menos treinta y siete o treinta y ocho años. Sin embargo, su piel era perfecta, sin una sola arruga. Y sus manos eran mucho más pequeñas que las suyas. 

Inevitable: Capítulo 2

En dos zancadas había bajado hasta la camioneta, y cuando se inclinó para sacar la bolsa de viaje, la parka se levantó un poco, revelando un estupendo trasero bajo unos pantalones vaqueros muy gastados.


—Está más bueno que el chocolate, ¿Verdad? —oyó la voz de Sofía tras ella.


Paula dió un paso atrás, colorada hasta la raíz del pelo.


—¡Sofía! Por favor, baja la voz… Es un cliente.


Sofía, totalmente despreocupada, le dio un mordisco a la tostada que tenía en la mano.


—El policía, ¿No?


—Sí, supongo.


—Pues si la parte delantera es como la trasera, esto es mejor que irse de vacaciones a México.


Pedro se dió la vuelta entonces, y Paula se llevó una mano al corazón. Aquello era absurdo. Era una reacción visceral, nada más. Era un hombre muy guapo, altísimo… ¿Y qué? Ella nunca se había sentido atraída por un cliente. En realidad, no era su estilo sentirse atraída por ningún hombre a primera vista. Pero tampoco era ciega.


—Hola, soy Sofía —se presentó su hija.


—Pedro Alfonso.


Pedro estrechó su mano, y al apartarla vió que lo había manchado de mermelada.


—Mi hija… —suspiró Paula.


—Ya me imagino —sonrió él, lamiendo la mermelada de su dedo. Sofía sonreía también, encantada—. Tú hiciste mi reserva, ¿No?


—Sí, es que estoy de vacaciones.


—Deme su parka —intervino Paula, nerviosa.


El teléfono empezó a sonar, y Sofía corrió a contestar, como siempre… Pedro la siguió con la mirada antes de volverse hacia Paula.


—Los adolescentes y el teléfono… —dijo ella, levantando una ceja—. ¿Qué se puede hacer?


—Sí, me acuerdo. Pero da unas indicaciones estupendas. He encontrado el hostal enseguida.


—¿Ha venido conduciendo desde Florida? 


—No, vine en avión. La camioneta es de un amigo que fue a buscarme a Coutts.


Paula guardó la parka en el armario del pasillo y se dió la vuelta, sintiéndose un poco menos inquieta. Aquello era lo que hacía para ganarse la vida. No tenía por qué sentirse incómoda con un cliente.


—¿Dónde vive su amigo?


Iba a ayudarlo con la bolsa de viaje, pero él se la quitó de la mano con cierta brusquedad.


—Yo la llevaré.


A Paula no le pasó desapercibido que no había contestado a la primera pregunta. Y tampoco que le había quitado la bolsa con más rudeza de la necesaria. Quizá estuviera en lo cierto desde el principio, y tener un policía en casa no fuera buena idea. Ella se enorgullecía de ofrecer un ambiente acogedor y agradable en el hostal, pero hacían falta dos personas para que las cosas fueran bien. Y por su expresión, eso no iba a ser fácil.


—Lo siento, no quería ser antipático. Es que estoy acostumbrado a cuidar de mí mismo —se disculpó él con una sonrisa—. Mi madre me mataría si dejara que una mujer cargase con mis cosas.


Paula se preguntó qué diría su madre si supiera que ella llevaba el hostal sola y se encargaba de todas las reparaciones, desde arreglar un tejado a desatascar las cañerías.


—Veo que la caballerosidad no ha muerto… —murmuró, mientras lo llevaba hacia la escalera.


—No —contestó él.


Quizá su profesión lo hiciera ser receloso, pero debería hacerle saber que lo que llevara en la bolsa era asunto suyo. Ella no tenía por costumbre husmear en el equipaje de los clientes.


—El hostal Mountain Haven es un refugio —empezó a decir, mientras abría la puerta de una habitación—. Un sitio para olvidarse de los problemas y no dar explicaciones a nadie. Espero que disfrute de su estancia aquí.


Pedro Alfonso la miró a los ojos, pero en ellos no pudo leer sus pensamientos. Era como si deliberadamente, los estuviera escondiendo.


—Le agradezco la discreción. 

Inevitable: Capítulo 1

Un traqueteo de ruedas sobre la nieve, hizo saber a Paula Chaves que él estaba allí. El comisario. El hombre que lo había estropeado todo antes incluso de llegar a Mountain Haven, un pueblecito perdido en la región de Alberta, en Canadá. Suspirando, apartó las cortinas y miró el jardín, cubierto por una espesa capa blanca. Aunque estaba a punto de empezar la primavera, una inesperada tormenta de nieve le había dado al paisaje un aspecto navideño. Y en ese paisaje navideño, acababa de aparecer una furgoneta negra. Suspiró de nuevo. Siempre encontraba una excusa para no irse de vacaciones, pero ahora que Sofía volvía al colegio en Edmonton, había decidido darse un capricho e ir a algún sitio soleado. Estaba echando un vistazo en la agencia de viajes de Red Deer, cuando él había llamado al hostal pidiendo una habitación para una estancia larga. Como ella no estaba en casa en ese momento, fue Sofía quien reservó una habitación sin consultar con nadie. Y eso no sólo había estropeado sus planes, sino que había provocado una enorme discusión entre su hija y ella. Claro que si no hubiera sido sobre eso, habrían discutido sobre cualquier otra cosa. Nunca estaban de acuerdo en nada. Como si la hubiera invocado, Sofía eligió ese momento para bajar corriendo la escalera, con un pantalón de pijama y una camiseta gris que habían visto tiempos mejores. La verdad, sería un alivio que volviese al colegio después de la Semana Blanca. Últimamente se llevaban mucho mejor cuando estaban a muchos kilómetros de distancia.


—Sigues en pijama y nuestro cliente acaba de llegar —la regañó.


—Es que no me ha dado tiempo de hacer la colada…


Sofía pasó corriendo a su lado. Paula suspiró. Aunque Sofía se quejaba de que no había nada que hacer allí, siempre le dejaba las tareas a ella. Y ella las hacía por no discutir. Su relación ya era suficientemente complicada. Por eso, cuando le informó sobre la llegada de aquel inesperado cliente, perdió la paciencia en lugar de darle las gracias por tomar la iniciativa en el negocio. Debería olvidarse de las supuestas vacaciones, pensó. México no iba a moverse de donde estaba. Iría en otro momento, y con ese dinero extra podría hacer reformas en la casa durante el verano. En fin, el comisario era un cliente y su obligación era hacer que se sintiera cómodo en su casa. Aunque tenía serias dudas. Un policía estadounidense nada más y nada menos… Con la fama de violentos que tenían. Obligándose a sí misma a sonreír, abrió la puerta sin darle tiempo de llamar al timbre.


—Bienvenido al hostal Mountain Haven… —consiguió decir.


Pero al ver aquellos ojos de color azul verdoso, se le olvidó el resto de la frase que había ensayado.


—Gracias. Sé que estamos fuera de temporada, y le agradezco que me haya dado alojamiento —contestó él, con una parka gris abrochada hasta el cuello—. Espero que no sea un inconveniente para usted…


Paula tuvo que hacer un esfuerzo para cerrar la boca. ¿Iba a pasar las siguientes tres semanas con aquel hombre? ¿En un hostal vacío? Sofía sólo estaría allí unos días antes de volver al colegio. Y entonces se quedaría sola con el hombre más guapo que había visto en toda su vida. Tenía la voz suave, masculina, los labios bien definidos, el gesto serio. Y unos ojos matadores… Unos ojos que brillaban en contraste con su ropa oscura.


—Estoy en el hostal Mountain Haven, ¿Verdad? —le preguntó, mientras ella permanecía en silencio.


«Contrólate», se dijo Paula a sí misma.


—Si es usted Pedro Alfonso, está en el sitio adecuado — consiguió decir, dando un paso atrás para abrirle la puerta.


—¡Qué alivio! Temía haberme perdido… Y por favor, llámeme Pepe —sonrió él, mientras se quitaba un guante para ofrecerle su mano—. Sólo mi jefe o mi madre me llaman Pedro… Cuando he metido la pata en algo.


Paula sonrió, esa vez de verdad, mientras estrechaba su mano. Tenía un apretón firme y envolvía sus dedos completamente. Y no podía imaginarlo metiendo la pata en nada.


—Soy Paula Chaves, la propietaria del hostal. Entre, por favor.


—Sí, un momento. Tengo que ir a buscar mis cosas… 

Inevitable: Sinopsis

Buscaba una vida tranquila… Y se enamoró de un agente de la ley…


Paula Chaves quería una vida sencilla, ordenada y sin riesgos… Hasta que abrió la puerta de su pequeño hotel de montaña, y se encontró con un desconocido moreno y peligroso.


Pedro Alfonso le ofrecía todo un mundo de placer. Pero el policía no buscaba un lugar en el que descansar porque tenía una misión que cumplir.


A Paula le daba miedo que Pedro pusiera su vida en peligro día tras día, por eso intentó resistirse con todas sus fuerzas a lo que sentía por él. Pero había cosas a las que ningún corazón era inmune.

jueves, 18 de septiembre de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 54

 —Lo vamos a resolver todo. Siempre y cuando nos queramos, podremos resolverlo.


Después, la depositó cuidadosamente en el suelo.


—Cuando llegué a Chaves Corners… No voy a mentirte, sentía mucho odio por tu familia y por este pueblo.


—Lo entiendo —dijo ella—. Gonzalo no quiere reconocerlo, pero creo que él sentía lo mismo. Y, por supuesto, Rodrigo detestaba Chaves Corners y trataba de evitarlo por todos los medios.


—¿Y tú? Nunca te he preguntado lo que sientes tú, verdaderamente. Toda la gente del pueblo pensaba que tu familia estaba maldita.


—Yo estaba en coma, así que no sabía nada de la maldición sobre mi familia y el pueblo. Creo que, como no sufrí todo eso y estoy aquí ahora, experimentando el renacimiento del pueblo y de mi nueva familia… Bueno, a mí me gusta estar aquí. Y creo que también es por tí.


—¿Por mí?


—Sí, tú has estado a mi lado desde el primer día que empecé a vivir sola, ayudándome con una sonrisa, aunque fuera una desconocida para tí.


—No, no lo eras —dijo él—. Eras esa niña dulce que me sonrió hace tanto tiempo, un día de verano.


Él volvió a abrazarla, y ella apoyó la cabeza en su hombro.


—Te he echado de menos —dijo Paula en voz baja.


—Yo, también —admitió él—. Pensé en todos los motivos por los que no me aceptarías de nuevo y había muchos. Pensé en cómo había utilizado lo que hizo Gonzalo para justificar mi venganza. Así que tú podrías hacer lo mismo, racionalizar lo que yo hice de modo que te resultara imposible perdonarme. Estarías en tu derecho.


—No sé si estaría en mi derecho —dijo ella, sonriéndole.


—Bueno, yo creo que sí. Te traté mal…


Paula le puso un dedo en los labios.


—Tú nunca me has tratado mal. He pasado mucho tiempo pensando en cómo ha sido nuestra relación hasta el momento y me he dado cuenta de que, aparte de no decirme que tu hermano era Javier, fuiste sincero conmigo en todo lo demás.


—Lo intenté. Cambié de apellido legalmente, así que eso no fue una mentira. 


—Me alegro. Ya no debe haber más mentiras.


—No. Nunca —dijo él, asintiendo.


De nuevo, la tomó en brazos. La llevó al dormitorio e hicieron el amor. Después, la estrechó entre sus brazos e hicieron planes de futuro. Y Paula se dió cuenta de que, como ella, Pedro había estado atrapado en el pasado durante los diez últimos años, asfixiado por una maraña de enredaderas. Su vida había transcurrido forzosamente por una senda que él no había elegido. Pero, al final, había encontrado su propio camino… La había despertado con un beso en el hospital, pero…


—Yo te rescaté.


—¿Sí?


—Sí. Tú estabas atrapado entre unos muros de medias verdades y amargura, haciendo lo posible por vivir de verdad. Pero yo llegué, derribé esos muros y conseguí que vieras a los Chaves, y a Chaves Corners, de otro modo.


Él hizo que rodara por la cama y se colocó sobre ella. La besó tan profundamente que ella se olvidó de lo que estaba diciendo. El contacto con el cuerpo de Pedro la consumió y, al mismo tiempo, hizo que sintiera un gran agradecimiento por su propio cuerpo. Los miembros que habían estado tan debilitados no hacía mucho tiempo habían adquirido las fuerzas suficientes para abrazarlo con fuerza y aferrarse a él.


—Me rescataste al enamorarte de mí —le dijo él—. Te quiero, Paula.


—Yo también te quiero, Pedro.








FIN

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 53

 —Vaya un plan de venganza —dijo Paula—. Entiendo que quisieras vengarte de Gonzalo y de Chaves International, así que es lógico que no pudieras decirme quién eres. Pero todavía no puedo aceptar que me mintieras.


Entonces, él le tomó las manos por encima de la mesa.


—Siento lo que hice. No sabía cómo decirte quién era en realidad, y eso era antes de saber que Javier te había agredido. No puedo perdonárselo. No sé cómo podrías aceptarme en tu vida sabiendo que él era mi hermano.


—Cuando te miro, Pedro, veo a alguien muy distinto a Javier. No recuerdo muy bien esa noche y no tiene el poder de herirme. Tú eres más real para mí. Nunca me he sentido amenazada por tí. Siempre me he sentido segura —admitió ella.


—Me alegro mucho de oír eso —dijo él—. ¿Puedes perdonarme que te mintiera?


Ella se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, con seriedad. Él no sabía si sus palabras serían suficientes para convencerla. Se levantó y rodeó la mesa, y se puso de rodillas junto a su silla.


—Te quiero, Paula Chaves, con toda mi alma. Sé que vas a necesitar tiempo para volver a confiar en mí, pero haré lo que sea necesario para conseguirlo.


Ella se giró hacia él, pero él se quedó donde estaba. Necesitaba que Paula lo escuchara. Necesitaba decirle todo lo que había en su corazón y en su cabeza.


—Puede que me pidieras que te ayudara a correr riesgos y a aprender a vivir de nuevo, pero, en realidad, fuiste tú quien me enseñó a vivir. Conseguiste que olvidara el pasado y que empezara a verme a mí mismo, y al mundo, bajo una luz distinta.


—Pedro…


Ella le puso las manos en las mejillas y lo besó, suavemente, casi con timidez. Él sabía que quería tener a aquella mujer entre sus brazos para toda la vida. Quería su amor, su perdón. Quería la felicidad con ella.


—No sé si puedes quererme —le dijo, cuando terminó el beso—. Pero estoy dispuesto a esperar lo que haga falta hasta que lo hagas.


Se puso en pie y la miró. Recordó la primera vez que la había llevado a caminar bajo la lluvia por su jardín trasero. La primer a vez que la había besado. Su vida había cambiado en aquel momento, pero él no se había dado cuenta porque estaba demasiado concentrado en intentar averiguar cómo podía mantener a Paula a salvo mientras, al mismo tiempo, destruía a Gonzalo. Debería haber comprendido que no podía lastimar a alguno de sus seres queridos. Ella era lo único que le importaba. Su amor y su felicidad. Tenía que encontrar la forma de convencerla de eso.


Paula se lamió los labios y se puso de pie, junto a él. Y a él comenzó a latirle el corazón con tanta fuerza que apenas podía oír nada. No había duda de la sinceridad de Pedro. Ella sabía que tenía que trabajar y ganar confianza para aceptarlo. Para decirle que sí. Y, aunque era lo más arriesgado que hubiera hecho nunca, sabía que él la quería. La quería. Tuvo que repetírselo porque era difícil creer que él lo hubiera dicho y era difícil asimilar todo lo que le había hecho sentir. Dejó de pensar en la energía negativa que había rodeado a su familia y a la de Pedro desde la noche del accidente. Dejó de pensar en que todo el mundo creía que su familia y el pueblo estaban malditos. Nadie habría esperado que quienes iban a romper aquella maldición no eran de Chaves Corners, pero Vanina, Melisa y, ahora, Pedro, eran quienes habían devuelto el amor a sus vidas, a la de Rodrigo, a la de Gonzalo y a la suya. Sabía perfectamente que, sin aquel amor, las cosas no podrían cambiar. Ni para ella, ni para Pedro. Él había dedicado la vida a tratar de vengar a su hermano y a su padre y, cuando se había dado cuenta de que estaba equivocado, había cambiado. Había empezado a cuestionárselo todo al enamorarse de ella.


—¿Paula?


—Pedro.


—Mujer, me estás matando. ¿Lo que te he dicho significa algo para tí?


—Significa todo —respondió ella. Tomó aire profundamente y  dijo—: Yo también te quiero. No sé cómo vamos a seguir desde este punto, pero quiero hacerlo.


Pedro la tomó en brazos y la estrechó con fuerza contra su pecho. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 52

Pedro le había enviado un mensaje preguntándole si podía ir a visitarla, y ella le había respondido que sí. Quería verle la cara cuando respondiera a sus preguntas. Y quería verlo a él. A pesar de todo lo que había ocurrido, sabía que estaba enamorada y tenía que saber si había algún modo de arreglar la situación y volver a confiar en él. Cuando Pedro llamó a la puerta, a ella se le aceleró el pulso. Tuvo que respirar profundamente varias veces para controlar su ansiedad.


—¿Paula?


—Sí, un minuto —le dijo ella desde el otro lado de la puerta.


—Sí, no te preocupes. Tómate el tiempo que necesites.


Ese era el motivo por el que ella siempre había querido creer lo que le decía. Pedro era siempre tan calmado y comprensivo… Podría quedarse en el umbral de la puerta todo el día, esperando a que ella se tranquilizara. ¿Cómo no iba a querer a aquel hombre? Abrió la puerta y notó una ráfaga de aire frío en la cara. Pedro tenía el pelo mojado y una mirada triste. Sus ojos oscuros estaban más serios que nunca. Tuvo unas ganas incontrolables de acariciarle las mejillas y abrazarlo, pero no lo hizo. No podía estar segura de que él no se pareciera a su hermano y, en realidad, no la quisiera. Pedro había ido a Chaves Corners con un objetivo concreto y ella no estaba segura de que enamorarse formara parte de sus planes.


—Pasa, por favor. Supongo que podemos ir a hablar a la cocina…


—Gracias.


Él se quitó la chaqueta pero la llevó consigo por el estrecho pasillo. Se sentaron en la mesa y ella tomó aire.


—Sé que tienes algo que decir, pero ¿Te importaría que antes te preguntara una cosa?


—No, en absoluto.


—¿Estabas tú en mi habitación el día que desperté del coma?


—Sí.


—¿Por qué? 


Él se apoyó en el respaldo de la silla.


—Había ido a hablar contigo. Cuando me enteré de que estabas en coma después de tantos años y supe que había una maldición, pensé que yo podía hacer algo por cambiarlo. Te dije que iba a romper los lazos que tenían los Chaves con Chaves Corners, pero, sobre todo, te hablé del primer verano que nos conocimos y de que tu bondad fue el motivo por el que quería que Chaves Corners recuperara la prosperidad. Tu amabilidad me había ayudado hacía muchos años y quería devolverla.


Pedro se alegró de poder contarle a Paula que había estado en su habitación el día en que despertó del coma. No había pensado en ir a verla, pero, en cierto modo, pensaba que ella era otra de las víctimas de Gonzalo. Y quería que ella supiera que iba a encargarse de su hermano en su nombre. Ahora sabía que las cosas eran muy diferentes.


—¿Y por qué no me lo dijiste antes?


Era difícil justificar su silencio. Seguramente, había callado porque estaba concentrado en su gran secreto. Porque no confiaba en Gonzalo. Porque no estaba seguro de cómo iba a avanzar con su plan y, al mismo tiempo, cerciorarse de que Paula estuviera segura. Porque, cuando se había enterado de que el hombre que la había agredido era su hermano, no había querido empeorar las cosas.


—¿Cómo iba a decírtelo? Yo tenía pensado mantener las distancias contigo, pero…


—Yo me acerqué y te dije que vinieras conmigo —dijo ella.


Él recordó la sorpresa que había sentido en aquel momento. Aún no sabía si había sido el destino, o la suerte, o qué, pero era lo que necesitaba. Era casi como si todo hubiera sucedido así por un motivo. Así que podía averiguar la verdad sobre la complicada relación entre sus familias y encontrar la forma de cerrar el pasado para ellos dos.


—Sí. Y todo lo que yo tenía planeado salió por la ventana.


—¿Cuál era tu plan, exactamente?


—Bueno, es gracioso que lo preguntes. Era más o menos la idea de convertir Chaves Corners en un lugar increíble y después, decir: «Eh, Gonzalo Chaves, no te necesitamos».


Ella cabeceó y sonrió. Era la mejor sonrisa del mundo. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 51

Aunque no sabía muy bien lo que iba a decirle a Paula, Pedro no quería dejar pasar más tiempo antes de hablar con ella. Llevaba días sentado en casa, con la esperanza de verla pasar, e incluso había ido a Nancy's, donde Nancy le había lanzado una mirada asesina cuando él se había sentado con su ordenador en una de las mesas del fondo, para ver si ella aparecía en algún momento. Sin embargo, ella no había aparecido, y él había entendido que no era tan insensible como había pensado siempre. Nunca había pretendido hacerle daño a nadie y, menos, a Paula. 



Fue a Boston a visitar las tumbas de su hermano y de su padre. Apesadumbrado, Pedro se sentó junto a la lápida de su padre. Era sencilla; tan solo figuraban en ella su nombre y las fechas de nacimiento y muerte. La tía Liliana había añadido "Amado esposo, padre y hermano", pero él nunca había sentido nunca que su padre fuera una persona amada. Sus emociones hacia él estaban ligadas al resentimiento y a la decepción por el papel que se había visto obligado a asumir. Sin embargo, sabiendo lo que sabía ahora, lamentaba haber dejado pasar aquellos últimos años con su padre. Tenía un nudo en la garganta. Tragó saliva y posó la mano en la lápida. Ojalá pudiera hablar con su padre, pero ¿Qué le diría? Se limitó a pedirle perdón por todo, en silencio, e intentó transmitirle que había dejado atrás la amargura de todos aquellos años. Después, se puso en pie y se giró hacia la otra lápida. Sentía temor. Lo que sentía por Javier era muy complicado. Su hermano mayor, quien le había enseñado a montar en bicicleta y le había dejado probar su primer sorbo de cerveza siendo menor de edad, y quien lo había consolado a la muerte de su madre. Sin embargo, después de enterarse de lo que le había hecho a Paula, ya no podía admirarlo. Tuvo ganas de darle una patada a la lápida, pero no serviría de nada. ¿Cómo había podido hacer algo así? ¿Cómo pudo ser el tipo de hombre que descargaba su ira y su decepción en una mujer? Agitó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas. «Siempre fuiste mi héroe, Javier, no porque fueras perfecto, sino porque eras mi hermano y pensaba que eras mucho mejor de lo que fuiste en realidad».  Se dió cuenta de que, con aquello, no iba a conseguir solucionar la situación. Tenía que hablar con Paula y pedirle perdón por lo que había hecho Javier. Y, después, tendría que cortar con aquel vínculo familiar que le había servido de guía durante los años pasados. Se secó los ojos con la mano y oyó unos pasos a su espalda. Se giró y vió allí a su tía Liliana.


—Se me ocurrió que te encontraría aquí.


—Me sorprende haber venido. No sé por qué lo he hecho —dijo él bruscamente.


—Siempre pensaste que tu padre te había decepcionado y que si Javier no hubiera muerto, las cosas habrían sido diferentes —le dijo su tía, tomándolo del brazo—. Creo que yo también lo pensé.


—Ojalá hubiera tenido más paciencia con papá.


—Yo me siento igual. Detestaba ver que era tan débil y permitía que su adicción lo controlara. Pero Javier…


—No puedo perdonarle lo que hizo —dijo Pedro—. Creo que no podré nunca.


—Yo, tampoco.


—Siempre quise ser como él.


—Tú nunca has sido como Javier ni como tu padre. Siempre has tenido la mejor parte de cada uno de ellos. Siempre has sido fuerte y honorable.


—Salvo por el plan de venganza —dijo él.


—Somos un desastre con eso. Nuestro plan era comprar tierras y propiedades, arreglarlas y asegurarnos de que los Chaves supieran que el pueblo no necesitaba nada de ellos… Estoy segura de que otras personas que quieran venganza se avergonzarían de nosotros —respondió Liliana.


Él sonrió y le dió un abrazo.


—Te quiero, tía Lili.


—Yo también te quiero, sobrino.


Pedro se despidió de su tía y volvió a Chaves Corners. Ya había esperado demasiado. Tenía que saber si Paula iba a perdonarlo. La quería y había llegado el momento de decírselo.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 50

Durante los primeros días, Paula se quedó escondida en casa. Se sentía muy expuesta y vulnerable. Además, se sentía como si fuera boba por haberse enamorado de Pedro. Boba, triste y enfadada. Se dedicó a permanecer sentada en el sofá y ni siquiera fue a las sesiones de rehabilitación. Hasta que, de repente, Vanina y Melisa aparecieron en su puerta. Al verlas, se le alegró el corazón. Ellas le dieron un abrazo y, al notar todo su cariño, ella empezó a llorar, derramando todas las lágrimas que había estado conteniendo. Al cabo de unos instantes, las tres se sentaron en el sofá del salón y ella comenzó a hablar.


—Supongo que ya se habrán enterado de todo —les dijo.


—Sí —respondió Vanina, suavemente—. ¿Necesitas hablar de ello?


—No lo sé… Dios, estoy sintiendo tantas cosas… No puede ser que una persona tenga tantas emociones a la vez.


—Bueno, es posible. No tiene nada de malo sentir tantas cosas —dijo Melisa—. Puedes estar enfadada y, al mismo tiempo, quererlo.


—Gracias por decirme eso. Estoy tan confusa… ¿Cómo puedo haber pasado tanto tiempo con Pedro sin darme cuenta de que estaba mintiendo?


Vanina se encogió de hombros.


—En parte, pienso que es porque él no te estaba mintiendo a tí. O, por lo menos, él no pensaba que te estuviera mintiendo.


Paula no lo había pensado así.


—Al principio, sí. Él sabía que yo era la hermana de Gonzalo…


—Entonces, ¿Crees que no es más que un mentiroso? —le preguntó Melisa—. ¿O piensas que, al ser el hermano de Javier, se parece en algo a él? 


—No. No se parece en absoluto a Javier. Y creo que fue mi caballero andante cuando más lo necesitaba.


Melisa la abrazó.


—Entonces, si Pedro no es como su hermano, ¿Qué significa eso?


—No sé qué hacer…


—El amor es complicado —respondió Melisa—. Bueno, estoy dando por hecho que lo quieres. De lo contrario, nada de esto tendría importancia. Podrías estar furiosa, mandarlo al cuerno y seguir con tu vida.


—Sí, creo que sí. Sé que no es lo que siempre me había imaginado, porque el amor no es perfecto y es un lío. Pero lo quiero. Todavía estoy enfadada y detesto que me mintiera, pero lo echo de menos.


—El amor es así —dijo Melisa—. Yo entendí por qué Gonzalo no era capaz de comprometerse conmigo, pero no fui capaz de dejar de estar enamorada de él.


—Lo recuerdo —dijo Paula. 


Había visto a su hermano reunir valor para poder abrir su corazón, y eso le había mostrado una faceta de Gonzalo que no conocía.


—Bueno, y ¿Qué vas a hacer? —le preguntó Vanina—. Si todavía le quieres, ¿Cómo podemos ayudarte?


Ella sonrió a sus amigas.


—Ya me han ayudado. Hablando con ustedes he entendido que todavía puedo querer a Pedro, que no es algo malo que lo haga.


—Por supuesto que no —dijo Melisa.


Paula volvió a suspirar. Aunque no estaba segura de cómo iba a superarlo, sabía que tenía que hablar con Pedro. Quería saber por qué él estaba junto a su cama en el hospital cuando ella había despertado del coma y, desde ahí, podrían avanzar. Cuando se marcharon Vanina y Melisa, se dió una ducha. Mientras se cepillaba el pelo, se preguntó si quería arreglar la situación con Pedro porque estaba enamorada de él o solo porque le daba miedo estar sola. Repasó los últimos días. No había tenido ningún problema para valerse por sí misma y sabía que no necesitaba a ningún hombre en su vida. Sin embargo, deseaba a Pedro. Solo a él. La vida a su lado era dulce. Sin embargo, él tendría que prometerle que jamás iba a volver a mentir Y… ella tendría que dilucidar si iba a ser capaz de volver a creer en él. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 49

Alguien llamó con firmeza a la puerta y, al abrir, Pedro se encontró frente a Rodrigo Chaves, que iba vestido con su traje blanco de chef. Iba remangado y se le veían los tatuajes de los brazos. Y tenía una expresión fulminante. Pedro respiró profundamente.


—¿Has venido a hablar o a pelear?


—A hablar —dijo Rodrigo, entre dientes.


—Bueno, pues entonces, pasa —le dijo Pedro.


Lo llevó a la cocina y, cuando se sentaron, Rodrigo dijo:


—Así que eres el hermano de Javier Morales.


—Sí. ¿Te lo dijo Gonzalo?


—Sí. Me dijo que no sabíais nada de lo que le hizo tu hermano a Paula que él había destruido financieramente a tu padre y a tu hermano. ¿Te contó a tí que yo le dí una paliza a tu hermano?


—No. Solo me dijo que se lo quitaste a Paula de encima.


Pedro apretó los puños al pensarlo. Sentía furia por su hermano y por sus actos despreciables. No se podía defender nada de lo que había hecho Javier.


—Bueno, seguramente yo lo habría matado si Gonzalo no nos hubiera sacado de la mansión aquella noche. No puedo contarte lo que ocurrió cuando estábamos ya en el coche, pero quería que supieras cuál había sido mi parte. 


—Gracias. Si yo hubiera estado allí, le habría hecho lo mismo a mi hermano —dijo Pedro—. No consigo casar ese comportamiento con el hermano al que conocí. Él nunca habría hecho eso.


—Estoy de acuerdo —dijo Rodrigo—. Mira, yo no conocía de nada a tu hermano antes de esa noche, pero, a tí… Creía que te tenía bajo control, porque te conocí hace poco tiempo.


—Puedes fiarte. Lo único que he mantenido en secreto ha sido mi apellido.


—Sí, pero eso es algo muy importante. Lo entiendo, porque odiaba a mi abuelo y no quería tener nada que ver con él ni con su apellido. Era un imbécil. Pero tú le has hecho daño a Paula y no entiendo por qué. ¿Qué ibas a hacer, usarla para dañar los negocios de la familia Chaves?


—No. Solo necesitaba una forma de acercarme a Gonzalo para ver si podía sacar partido de algo que me revelara.


Rodrigo sonrió.


—Pues se te da fatal la venganza en los negocios.


—Sí, ya lo sé. No es lo mío. Pero quería que Gonzalo pagara por lo que le hizo a mi familia.


Rodrigo se recostó en el respaldo de la silla.


—Creo que Gonzalo pagó muy caro lo que hizo. Ver a Paula en coma le causaba un dolor constante. Y yo tardé años en recuperarme y, después, le retiré la palabra… Así que, créeme, su vida no ha sido un camino de rosas.


—Desde fuera, las cosas no se veían así.


—Nunca vemos las cosas como son desde fuera —dijo Rodrigo—. Mierda. No sé si me esperaba esto cuando vine. Sería mejor que fueras un gilipollas. Así podría darte un puñetazo.


—Lo siento.


—Yo, no —dijo Rodrigo—. Le dije a Gonzalo que iba a venir a verte, así que a lo mejor él también aparece por aquí. No hemos tenido oportunidad de hablar sobre los negocios aquí, en Chaves Corners.


Pedro ya había expuesto el asunto a la junta directiva e iban a desarrollar proyectos en la comunidad con las propiedades que habían adquirido. La tía Liliana tenía previsto hablar con las juntas de las ONG a las que pertenecía para conseguir que también se implicaran. 


Una media hora después, Gonzalo apareció en su casa. Pedro respetó el hecho de que ninguno de los dos hombres le hubiera dicho nada sobre Paula. Hablaron sobre las diferentes formas de mejorar Chaves Corners y, después de unas horas, Rodrigo se marchó.


—¿Qué vas a hacer con Paula? —le preguntó Gonzalo cuando se quedaron a solas—. Supongo que no te vas a alejar de ella.


—No. No sé si podrá perdonarme que le haya mentido, pero voy a quedarme aquí y a pedirle perdón todas las veces que sea necesario hasta que me crea.

martes, 16 de septiembre de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 48

Paula se había quedado entumecida. Sinceramente, no creía que nada del pasado pudiera volver a hacerle daño, pero se había equivocado por completo. Tenía recuerdos borrosos de lo que había pasado la noche de la gala, pero al oír la versión de Gonzalo, lo había recordado todo. En aquel momento, sin embargo, le daba fuerzas el hecho de saber que estaba rodeada de su familia y protegida. Y los malos recuerdos que tenía de Javier no eran tan duros como habrían sido de no haber transcurrido tanto tiempo. Tal vez su cerebro estuviera haciendo todo lo posible por protegerla.


—¿Estás bien? —le preguntó Gonzalo.


—No lo sé.


—¿Puedo ayudarte en algo?


—No, en nada. Esto es algo que tengo que resolver por mí misma.


—Detesto todo esto. Quiero hacer algo para arreglarlo. Siento muchísimo haber tenido que sacar a relucir la noche de la gala. ¿Quieres que llame a Melisa o a tu psicóloga?


Su hermano mayor estaba tratando de protegerla y ella necesitaba hablar con alguien, pero en aquel momento lo único que quería era quedarse allí sentada y llorar. Era casi lo mismo que había sentido cuando despertó del coma…


—Creo que Pedro era el hombre que estaba conmigo cuando me desperté —dijo.


Gonzalo entrecerró los ojos y, después, asintió.


—Creo que tienes razón. ¿Qué estaba haciendo él en tu habitación?


—Una cosa más que tengo que preguntarle —respondió ella.


—Una parte de esto es culpa mía —dijo Gonzalo—. Si yo no hubiera destruido Morales Industries, Pedro no se habría vengado.


—¿Por qué dices que es culpa tuya?


—Yo fui el que destruyó Morales Industries. Cuando ellos intentaron dejarlo todo atrás, yo hundí su negocio.


Ella le apretó la muñeca a su hermano. No sabía qué decir, no podía justificar los actos de su hermano, como no podía justificar los de Pedro. Los dos habían reaccionado con ira a una catástrofe horrible. Sería fácil atribuirle toda la culpa a Javier, pero ella sabía que no todo era blanco o negro.


—Siento haber tenido un papel en todo esto —le dijo Gonzalo.


—Ya lo sé. Nunca he dudado que todo lo que has hecho por mí estos años está basado en el amor.


—Eso es cierto, pero yo no tenía que haber hecho lo que le hice a la familia de Pedro. ¿Vas a…?


—¿A qué?


—A reconciliarte con él.


—No estoy segura. Estaba empezando a sentirme como si me hubiera encontrado a mí misma. Ahora me pregunto si he pasado por alto algunas señales de que Pedro no estaba siendo sincero porque quería que él fuera alguien que no es.


—Eso lo dudo. Él no estaba intentando engañarnos intencionadamente. A todos nos cae bien. Así que, aparte de no decirnos que es el hermano de Javier, no puedo culparlo de nada. Claramente, él no tenía ni idea de que su hermano fuese capaz de hacer algo así. Yo lo entiendo.


Ella cerró los ojos. También lo entendía, pero Pedro había mentido.


—Aunque también entiendo que eso no lo arregla todo —prosiguió Gonzalo.


—No. No estoy segura de qué va a suceder entre Pedro y yo.


—Lo resolverás.


—Quizá… Ahora, Gonza, ¿Te importaría marcharte? Tengo que estar sola para poder pensar. 


Gonzalo cabeceó y se puso en pie. Se inclinó para abrazarla.


—Vendré a cenar con todos los demás, si te parece bien.


—Claro. Y cuéntales lo que ha pasado.


—No. Eso debes hacerlo tú. Yo solo voy a decirles que necesitas a tu familia.


Era cierto, los necesitaba. 


Después de que Gonzalo se marchara, ella se quedó sola en aquella casa. Pedro la había ayudado a renovarla y convertirla en su hogar, y lo veía en todas partes. Se le llenaron los ojos de lágrimas. No sabía qué iba a hacer, pero, en el fondo de su corazón, sabía que, a pesar de su mentira, él la había ayudado a sanarse.


No Esperaba Enamorarme: Capítulo 47

Pedro no quería marcharse hasta haber podido hablar con Paula, pero, por su expresión, estaba claro que quería que se marchara. La tía Liliana salió de la casa y, como ella no lo miraba a la cara, él respiró profundamente.


—Siento que hayas tenido que enterarse de esta forma.


—¿Pero no sientes habérmelo ocultado?


—No. No te conocía bien. Ni a Gonzalo, ni a nadie de la familia Chaves, salvo por lo que me había dicho la tía Liliana y lo que había observado en el mundo de los negocios. Eras una extraña para mí.


—Sí. Una extraña que se te acercó y te pidió que fingieras que eras otra persona. Pero dejamos de fingir en el momento en que empezaste a acostarte conmigo. Creo que debías haberme dicho la verdad.


Gonzalo se puso más tenso aún y Pedro se dió cuenta de que no quería mantener aquella conversación con Paula delante de su hermano. Sin embargo, no iba a escabullirse en aquel momento.


—Tienes razón. Cuando encontré la carta de tu abuelo entre los papeles de mi padre, me di cuenta de que no todo lo que yo creía era cierto. Te creí a tí. Todavía te creo. Pero aceptar que alguien a quien quieres pueda agredir así a otra persona…


Gonzalo se frotó la nuca.


—Esto es muy complicado, y no creo que podamos resolverlo…


—No, no vamos a resolverlo —dijo Paula.


—Deja que termine lo que quiero decirte y me marcho —dijo Pedro—. A nosotros no nos habían contado nada de lo que te hizo mi hermano y, cuando tú me lo contaste, no supe qué hacer. Dejé de pensar en la venganza y quise respuestas. Sabía que no podía tener un futuro en común contigo si no se aclaraba todo. Quería saber todo lo ocurrido para poder hablar contigo de ello sin hacerte daño de nuevo. 


—Estoy de acuerdo —dijo Gonzalo—. Tú y yo tenemos que hablar de negocios, pero este asunto con mi hermana… Tú tendrás que arreglarlo. Es lo único que se me ocurre para no patearte por haberle mentido y haberla utilizado.


—No la he utilizado. Puede que no te lo haya dicho todo, Paula, pero nunca te he engañado. Tú eres la primera persona con la que me he sentido verdaderamente completo, y siento muchísimo haberte hecho daño. 



Sabía que no había nada más que pudiera decir por el momento, así que salió de la casa. Su tía estaba esperándolo en el coche y bajó cuando él se acercaba.


—Ya era hora de que vinieras. Tenemos que hablar.


—Es cierto —dijo él.


Entraron en su casa y se sentaron en el salón. Él miró a su tía. Algo de la arrogancia y del orgullo que siempre habían formado parte de su carácter se había apagado un poco. Parecía que se había quedado un poco angustiada. Él sentía lo mismo.


—Siento haber hecho las cosas a tu espalda —le dijo ella—. Me daba miedo que estuvieras olvidándote de tu familia, pero me he dado cuenta de que no era cierto. Tu hermano se comportó de un modo abominable. No podré perdonar nunca lo que nos hizo Gonzalo Chaves, pero, por primera vez, creo que lo entiendo.


—Gracias por la disculpa. Yo nunca podría olvidarme de tí, tía Lili, nunca. Eres la única persona que ha estado a mi lado durante estos diez últimos años. Pero le has hecho daño a Paula intencionadamente, y eso me va a costar perdonártelo.


—Lo entiendo. Espero que puedas hacerlo. Eres lo único que tengo —dijo ella, con la voz quebrada.


—¿Sabía mi padre todo esto? No es posible…


—No, no creo. Él no estaba contento con la oferta de los trabajos en Boston, pero estaba preparándose para mudarse y ocupar el puesto. Cuando le retiraron la oferta, se quedó destrozado. Nos pareció un acto muy cruel por parte de los Chaves justo después de la muerte de Javier.


Sabiendo solo lo que ellos tres sabían en aquel momento, era lógico que les hubiera parecido cruel. Él estaba muy triste y enfadado por lo que había hecho Javier. Y había comprendido por qué su padre empezó a beber. 


—Siento haberte traicionado con Paula. Si hubiera sabido lo que hizo Javier… —dijo su tía, y se echó a llorar.


Él se sentó a su lado y la abrazó.


—¿No hay nada que pueda hacer para arreglarlo? —le preguntó su tía, esperanzadamente.


—No estoy seguro. Lo único que sí sé es que yo voy a hacer todo lo posible por recuperar a Paula.


—Yo volveré a pedirle disculpas —dijo su tía.


—Creo que va a hacer falta algo más que eso.


—Solo dime lo que necesitas y lo haré —le prometió ella.


No Esperaba Enamorarme: Capítulo 46

 —¿Pedro? Te he preguntado quién eres.


—Legalmente soy Pedro Alfonso, pero mi apellido de nacimiento es Morales. Tuve que cambiármelo después de que Chaves International destruyera Morales Industries. No me daban ningún préstamo para negocios y nadie quería darme trabajo —dijo Pedro. Su voz no estaba modulada por ninguna emoción. Simplemente, explicó los hechos.


—¿Lo ven? —dijo Liliana—. Ustedes quieren culpar a Javier de todo lo que ocurrió, pero nos dejaron en la ruina.


—Javier los arruinó —respondió Gonzalo—. Se comportó horriblemente mal cuando le dijeron que le habían dado un trabajo en Boston. Tu padre y él no querían eso, querían dirigir la fábrica aquí. Pero no era factible económicamente.


—¿Paula? —dijo Pedro, mirándola.


—No me importan los negocios —dijo ella—. Detesto que me hayas mentido, que no me dijeras quién eras en realidad.


—No quería hacerte daño otra vez. ¿Cómo podía beneficiarte en algo saber que yo soy hermano de un hombre que te hizo tanto daño?


—No me habría beneficiado en nada, pero tú tenías que decírmelo. Tenías que haber sido sincero conmigo cuando llegaste aquí.


—No podía. Toda mi vida he estado oyendo la misma versión de lo que ocurrió la noche de la gala. Y sufrí de primera mano los actos de Gonzalo, así que eso era lo único que sabía con certeza.


—¿Qué es lo que te dijeron sobre la gala? —inquirió Gonzalo.


—Que mi padre y mi hermano asistieron esperando que se anunciara que eran los nuevos propietarios y directores de la fábrica —respondió Pedro—. Pero, en vez de eso, su abuelo les dijo que estaban despedidos porque la fábrica cerraba.


Se pasó las manos por el pelo, con un gesto de angustia, y movió la cabeza.


—Pero ahora sé que no es cierto. Entre los papeles de mi padre encontré una carta en la que vuestro abuelo les ofrecía un trabajo en las oficinas de Boston con un generoso salario —dijo, y se giró hacia su tía—. En ese momento, yo pensé que tú no sabías de la existencia de esa carta, pero ahora no estoy tan seguro. ¿Lo sabías? 


Ella se encogió de hombros.


—No fue lo que les prometieron. Ellos querían la fábrica, no seguir trabajando para Chaves. 


—Tía Liliana, nosotros les hemos hecho ofertas parecidas a nuestros empleados en otras situaciones —le recordó él. Después, se volvió hacia Gonzalo—. Teniendo en cuenta eso, quería preguntarles a Rosrigo y a tí lo que ocurrió en la gala, lo que le ocurrió a Paula. Yo no sabía… Nosotros no sabíamos que Javier se había comportado de esa manera.


—¿Estás seguro de que hizo lo que están diciendo? —preguntó Liliana.


—Sí, tía Liliana. Puala dice la verdad. Javier la agredió.


—Entonces, en nombre de nuestra familia, por favor, acepta nuestras disculpas —dijo Liliana, que se había quedado horrorizada al conocer aquellos detalles. 


Gonzalo se metió las manos en los bolsillos.


—Ustedes no podían saber nada de esa agresión, solo Javier. Tu padre se había marchado más temprano aquella noche.


—¿Qué ocurrió? —preguntó Paula—. Tengo solo un recuerdo parcial. Y no me refiero solo a lo que ocurrió con Javier y conmigo, sino a lo de después.


—Rodrigo se abalanzó sobre Javier y se lo quitó de encima a Paula. Yo llegué y aparté a Rodrigo, y mi abuelo llegó detrás con otros invitados — explicó Gonzalo—. El abuelo se quedó espantado con el espectáculo y nos ordenó que fuéramos al estudio. Nos preguntó qué había ocurrido y Javier dió a entender que Paula se le había insinuado… Y nos peleamos. El abuelo quiso quería que nos disculpáramos y que Javier y Paula se mostraran amigables en público para que pareciera que todo iba de maravilla. Nos negamos y nos fuimos.


Gonzalo le apretó el muslo porque notó que ella estaba temblando. Se le estaban cayendo las lágrimas. Las imágenes se sucedían y se entremezclaban en su cabeza.


—Javier nos siguió maldiciendo a los Chaves. No sé si perdió el control del coche o nos embistió a propósito, pero golpeó la parte trasera de mi coche cuando estábamos en el pueblo. Los dos coches volcaron y rodaron. Rodrigo salió despedido del nuestro porque no llevaba el cinturón de seguridad. Paula quedó inconsciente. Yo salí cuando llegaban los vehículos de emergencias. Tu hermano estaba malherido.


Gonzalo la abrazó, porque estaba temblando. Liliana y Pedro se miraron. Se habían quedado pálidos.


—Creo que deberían irse —dijo Paula.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 45

Después del accidente, Gonzalo estaba herido y furioso. A ella le alegraba que la hubiera cuidado y protegido mientras estaba en coma, y entendía cómo funcionaba la cabeza de su hermano. Pero luego estaba Pedro, a quien ella conocía y que le había mentido. Nunca había mencionado que era familiar del hombre que había provocado el accidente que había cambiado sus vidas. También había sido muy duro para él y quería ser comprensiva, pero estaba herida. Entonces, recordó lo difícil que era para él hablar de la pérdida de su hermano y de su padre. ¿Había algo más, aparte de lo que le había dicho su tía? ¿Podía creer lo que acababa de contarle Liliana por delante de lo que siempre le había dicho Gonzalo?


—Lo siento, Liliana, pero no me creo esto —dijo.


—Es cosa tuya, querida, pero es la verdad. A lo mejor deberías preguntárselo a tu hermano.


—Es lo que voy a hacer —dijo ella, y envió un mensaje a Gonzalo para pedirle que fuera a visitarla. Éste contestó enseguida.


—Mi hermano viene de camino.


Paula dejó el teléfono. Quería llamar a Pedro para preguntarle si era cierto lo que estaba diciendo su tía. ¿Acaso él había entrado en su vida solo para utilizarla? No estaba segura de si le había dado alguna información que él pudiera utilizar para hacerle daño a Gonzalo… Se quedó esperando a su hermano mientras trataba de recuperarse de aquel golpe. Quería estar viva y sentir todas las emociones, pero solo había visto la parte buena y feliz de enamorarse. Nunca se había parado a pensar en que el amor también podía hacer daño. No tanto. 


Pedro recorrió la mitad del camino hasta Boston antes de darse cuenta de que la reunión no era urgente y de que podía ir a comer con Paula y con su tía Lili, después de todo. Su tía había estado un poco extraña desde que le había presentado a Paula. Lo llamaba todos los días y pasaba a menudo por la oficina. Él sabía por qué: tenía miedo de que él la abandonara, cosa que no iba a hacer nunca. Aquel día, sin embargo, había decidido aclararlo todo. La noche anterior, con Paula dormida entre sus brazos, por fin había reconocido que la quería y quería estar con ella todo el tiempo. Tenía que solucionar el problema de la historia pasada de sus familias para que pudieran tener un futuro común, y en eso estaba concentrado. Dejó la autopista y se dirigió a Chaves Corners. Estaba nevando ligeramente y el pueblo estaba cubierto con un suave manto blanco. Tenía sentimientos contradictorios hacia aquel pueblo y nunca hubiera pensado que se convertiría en su hogar, pero era así, y era así por Paula. Cuando llegó a su casa, se dio cuenta de que el coche de su tía Lili estaba en la calle de entrada, pero, también el coche de Gonzalo. Él estacionó delante de su propia casa y se encaminó hacia la de Paula rápidamente. Sentía pánico y salió corriendo hacia la puerta. Al entrar, oyó una discusión, y la voz de Paula era la más alta de todas.


—No sé lo que te dijo tu hermano, Liliana, pero Javier fue el hombre que me agredió aquella noche.


—¡Y lo pagó con su vida! —respondió Liliana—. ¿Estás segura de que no se trató solo de que estabas muy nerviosa? Mi sobrino nunca había tenido que obligar a una chica a nada…


—Tenía el vestido roto, los pechos desnudos y él le había hecho moretones y marcas en la piel —dijo Gonzalo con frialdad.


Pedro recorrió el pasillo a toda velocidad y, cuando entró en la cocina, todos se volvieron hacia él. Paula lo miró a los ojos y él se dió cuenta de que estaba intentando averiguar si él conocía aquellos detalles. No, no lo sabía. Se sintió asqueado al oír los detalles de aquel ataque brutal.


—Pedro, me alegro de que estés aquí. Estamos intentando dilucidar si la muerte de tu hermano fue culpa suya —dijo su tía Liliana—. Como si su muerte no tuviera importancia o fuera merecida.


—Seguro que no están diciendo eso —respondió Pedro—. Hay mucha confusión en torno a esa noche.


—¿De verdad? —preguntó Paula en un tono áspero—. También hay confusión con respecto a quién eres tú. ¿Eres Pedro Alfonso o Pedro Morales?


Cuando Gonzalo entró en la cocina, quedó claro que a Liliana no le agradaba en absoluto. Él se acercó a ella y Paula vió, durante un breve instante, una faceta de su hermano que no conocía.


—Liliana Morales… ¿Tú eres la tía de Pedro? —preguntó.


Ella se había quedado escuchando a medias mientras aclaraban la situación y se dió cuenta de que Gonzalo y Liliana se conocían. Por poco realista que fuera, ella esperaba que Pedro se quedara asombrado con aquella conexión, y quiso preguntarle si sabía que su hermano la había agredido, pero no tuvo fuerzas para hacerlo. Quería estar a solas cuando hablaran. Necesitaba mirarlo a los ojos y escuchar lo que le dijera. 

jueves, 11 de septiembre de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 44

La tía de Pedro no era en absoluto lo que Paula se había esperado. Era tan elegante y sofisticada, que ella sintió que no estaba a la altura de la tía Liliana. De hecho, aquella mujer tenía algo que le recordaba a su abuelo. Él tenía unas reglas muy estrictas sobre todo lo que tenía que ver con mantener una imagen perfecta de los Chaves, y eso hacía que le resultara más fácil entender a la tía Liliana. Quería caerle bien a la única persona de la familia de Pedro, así que, cuando él tuvo que irse a trabajar fuera del pueblo, la invitó a comer. Pedro y ella cada vez estaban más unidos, tanto, que ella los había invitado a su tía y a él a la comida de Acción de Gracias en Chaves Manor. Rodrigo llevaba varias semanas trabajando en el menú y ella estaba impaciente por saber qué había pensado su primo. Llamaron a la puerta y ella fue a abrir. Caían algunos copos de nieve y la tía Liliana llevaba un abrigo de falsa piel de leopardo y un sombrero, además de unas botas de tacón de aguja. Ella estuvo a punto de disculparse, porque se había puesto sus mejores pantalones vaqueros de color negro y una blusa sencilla.


—Hola, Liliana. Me alegro muchísimo de que hayas podido venir hoy —dijo, mientras se hacía a un lado para cederle el paso.


—Por supuesto, cariño. No hubiera perdido la oportunidad de pasar un rato contigo —respondió la tía Liliana. 


Se quitó el abrigo y se lo entregó, y ella lo colgó en el perchero. Liliana dejó el sombrero en la consola de la entrada. Muy pronto estuvieron sentadas en la mesa de la cocina, conversando, mientras tomaban una quiche deliciosa cuya receta le había dado Rodrigo, con una ensalada y unas mimosas. Si había una ocasión en la que ella necesitara alcohol para mantener viva una conversación, era ésta. 


—Pedro me contó que han estado trabajando para renovar la casa. Es pintoresca.


—Gracias —dijo Paula—. Pedro ha sido de gran ayuda. Se le da muy bien ayudar sin tomar las riendas del trabajo. Ha sido muy importante para mí, porque me ha permitido terminar los proyectos a medida que iba recuperando las fuerzas.


—Sí, siempre ha sido muy bueno en eso. Cuando su hermano murió, Pedro volvió a casa con la intención de hacerse cargo de las cosas donde las había dejado Javier.


—¿Javier? No sabía que su hermano se llamaba así.


Javier Morales era su acompañante la noche de la gala de invierno. El hombre que se había emborrachado y estaba furioso, y no se había detenido cuando ella le había dicho que no quería mantener relaciones sexuales con él. Apartó la mimosa y se quedó mirando el plato. Paula no sabía que aquel nombre iba a causarle tanta impresión, pero le temblaban las manos. Tuvo que agarrárselas en el regazo.


—¿Estás bien, querida? —le preguntó Liliana—. Pensaba que sabías que Pedro era el hermano de Javier Morales.


Paula se quedó conmocionada.


—¿Cómo es posible? Pensaba que Pedro se apellidaba Alfonso.


—Tu hermano destruyó Morales Industries después del accidente —dijo Liliana—. Compró todas las acciones y la desmanteló. Pedro no tuvo más remedio que cambiarse el apellido por el de soltera de su madre y fundar una empresa nueva. La levantó de la nada.


Al enterarse de todo aquello, a Paula se le formó un nudo en el estómago.


—Pedro me dijo que su padre bebía mucho y que eso le causó la muerte, y que él tuvo que encargarse de la empresa.


—Es cierto. Después de que tu hermano le quitara todo. Supongo que te han mantenido en la ignorancia.


¿Era eso cierto? Gonzalo podía ser muy despiadado, pero ¿Había arruinado al padre de Javier porque su hijo la había atacado? No lo sabía, y tenía que hablar con su hermano. Era más fácil pensar en enfrentarse con Gonzalo que con Pedro.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 43

Cuando volvía a casa de Paula corría un viento frío. Estaban a principios de noviembre y quedaba poco tiempo para el undécimo aniversario de la muerte de Javier, que había ocurrido un doce de diciembre. Era difícil asimilar que había pasado ya más de una década sin su hermano. La noche anterior era la primera vez que admitía que estaba viviendo la vida que le hubiese gustado vivir a Javier. Aunque, en el momento de su muerte, Javier y él no estaban muy unidos, así que realmente no sabía qué era lo que hubiese querido su hermano. Y, como había dicho Paula, ya era hora de que empezara a vivir su propia vida. Cuando entró en su calle, vió que el coche de su tía estaba estacionado frente a la entrada de su casa. Al verlo, ella salió del coche.


—Sobrino —le dijo.


—Tía Liliana. No te esperaba hoy —dijo él, mientras se acercaba y le daba un abrazo.


—Me lo imaginaba. Hace tiempo que no vas a Boston, y no me has contestado a los mensajes. Así que decidí venir en persona.


—Me alegro. Voy a abrirte mi casa y después le llevo este café a mi amiga.


—¿Qué amiga? —preguntó ella, mientras él abría la puerta con llave y le hacía un gesto para que entrara.


—Paula Chaves.


Su tía lo miró fijamente.


—Ah, entonces, ¿Sigues trabajando desde ese ángulo?


—No. No estoy haciendo nada. Me gusta esa chica, tía Lili. Además, tengo algunas preguntas sobre el papel de los Chaves en la desgracia de nuestra familia.


—De acuerdo. ¿Qué preguntas?


—Bueno, para empezar, a papá y a Javier les enviaron una carta diciéndoles que iban a cerrar la fábrica y ofreciéndoles un trabajo en Boston. Eso es diferente a lo que nos dijeron, y me pregunto si hay más cosas distintas.


Ella se cruzó de brazos. 


—Entiendo. Bueno, supongo que tendremos que hablar con la familia.


—Eso es lo que estoy pensando. Deberíamos conseguir su versión y ver dónde hay discrepancias.


—¿Y vas a hacer todo eso por la chica?


—Es una mujer y estamos saliendo. Me gusta mucho, tía Lili.


Su tía lo miró durante un largo instante. Después, asintió y sonrió.


—Ya era hora de que empezaras a salir con alguien en serio. Me encantaría conocerla.


Pedro exhaló un largo suspiro. No se había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración, pero tenía mucho miedo a que la tía Liliana no quisiera que él saliese con Paula. Sin embargo, su tía estaba feliz. ¿Quién iba a saberlo?


—Sé que ella también quiere conocerte. La familia es muy importante para ella.


—Como para todos los demás —le recordó su tía—. Nosotros solo nos tenemos el uno al otro. Esa pobre mujer quedó en coma, y su primo, destrozado. Me parece que nuestras dos familias sufrieron un gran golpe aquella noche, a causa de las decisiones de Gonzalo.


Cuanto más conocía a Gonzalo, menos le parecía que aquello fuera cierto, pero no respondió.


—Yo no le he contado a Paula que Javier era mi hermano —dijo.


—Seguramente, es lo más inteligente por ahora —dijo su tía—. Pero ¿Qué vas a hacer? No puedes estar disimulando de por vida.


—No. Tengo pensado contárselo todo muy pronto. El miércoles tengo una reunión con Rodrigo y con Gonzalo, y voy a preguntarles lo que ocurrió la noche del baile. Ya te conté que a Paula la agredió su acompañante, y necesito averiguar si fue Javier.


Ella entrecerró los ojos.


—Tu hermano siempre fue honorable. Estoy segura de que los Chaves están equivocados.


Eso esperaba, pero no sabía si alguno de ellos era un mentiroso. Ni siquiera el viejo Chaves, que era un arrogante y había cerrado la fábrica sin previo aviso. Pero, aun así, no había mentido.  El único que le había mentido en todo aquel asunto había sido su padre. Y tampoco estaba seguro de si su padre había mentido o él mismo había interpretado mal lo que le había dicho. Había muchas cosas que aclarar, pero merecía la pena si, con ello, Paula y él podían estar juntos. Dejó a su tía en casa y se dirigió a casa de Paula. Ella le había dicho que quería conocer a su familia, pero él no sabía si estaría preparada para que sucediese aquella mañana. La tía Liliana era intensa y él no se lo había advertido a ella todavía.