Paula frunció el ceño ante aquella fijación por su aspecto.
-Estás menos moreno que antes y más delgado.
Cuando se conocieron, él había estado de vacaciones en la nieve, por lo que el sol le había dorado la piel. Su cuerpo era puro músculo. Paula había mirado sus juguetones ojos verdes y su sonrisa sensual que le hacía sentir como si fuera la única mujer que hubiera en el mundo, y, sin pensarlo dos veces, se había enamorado perdidamente de él. Él se volvió a llevar la copa a los labios, pero antes ella observó que hacía una mueca irónica.
—Trabajo mucho.
¿Tanto que no tenía tiempo de comer? Paula apartó la mirada mientras se recriminaba por preocuparse por él.
-Por lo que veo, hay cosas que no cambian.
Las últimas semanas que habían estado juntos, Pedro se había servido del trabajo como excusa para no estar con ella. Al principio, Paula creyó que había un problema en la empresa o con el hecho de que él hubiera tomado las riendas tras la muerte del padre; pero sus preguntas, sus intentos de comprender y de prestarle apoyo habían sido rechazados con firmeza. La empresa iba bien; él estaba bien; ella se preocupaba demasiado; él tenía responsabilidades que atender. Recordaba la letanía. Pedro la había excluido de su vida metódicamente, día tras día, hora tras hora, hasta que su única comunicación quedó reducida a las horas previas al alba, cuando él la poseía con una pasión tan ardiente que a punto estaba de consumirlos. Hasta que ella descubrió que no eran únicamente los negocios lo que lo mantenía apartado, que tenía tiempo para otras cosas, para otras personas. Había sido una ingenua al creer que él se contentaría con compartir su cama con una mujer inocente y sencilla.
-Ser presidente de una multinacional implica una enorme responsabilidad.
-Ya lo sé —ella había dejado de preocuparse por la cantidad de horas que trabajaba, de tratar de entender lo que le había ocurrido al hombre encantador y atento del que se había enamorado, que también trabajaba mucho, pero que sabía cuándo dejarlo y al que le gustaba estar con ella.
Paula sintió un nudo en el estómago. Lo que hubieran compartido se había acabado. Él le había dejado muy claro que nunca estaría a la altura de sus exigencias. Entonces, ¿Qué hacía allí? Aquella conversación no iba a llevarlos a ninguna parte y sólo serviría para abrir viejas heridas. Se levantó de un salto.
-Me alegro mucho de verte, pero me tengo que ir. Es tarde.
Apenas había acabado de hablar cuando él ya estaba de pie frente a ella, tan cerca que tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. Instintivamente dio un paso atrás.
-No puedes marcharte todavía.
-Puedo y lo voy a hacer —se negaba a volver a hacer el ridículo por su culpa—. Hemos terminado.
—¿Terminado? —su boca se curvó en una tensa sonrisa—. Entonces, ¿Qué te parece esto? —la atrajo hacia sí y bajó la cabeza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario