martes, 31 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 16

Mejor no dejarse llevar por el pánico. Imposible pensar en las consecuencias en ese momento. Ya lo haría más tarde. Primero tenía que alejarse de aquella mirada intensa y escrutadora para poder reagruparse, pensar y revaluar su posición. Tenía el pensamiento tan confuso en aquel momento que casi no podía respirar, y menos aún, pensar. ¿Podría seguir quedándose allí? ¿Se merecía vivir en la casa de André después de haberse acostado con su enemigo? ¿Cómo marcharse, si ella era lo único que se interponía entre La Maison de la Lune y su destrucción? Intentó soltarse, pero Pedro no se lo permitió.


–Por favor, necesito…


–Déjame que te ayude a limpiarte –dijo, y en un movimiento fluido se levantó sin soltarla.


Mientras que ella se sentía frenética y culpable, él parecía tan compuesto e imperturbable como siempre. El pánico siguió creciendo en Paula.


–¿Qué? –preguntó, intentando no mirarlo e ignorar la sensación extraña en su pecho y en su sexo ante semejante ofrecimiento.


¿Cómo podía seguir deseándolo cuando todo lo que acababan de hacer estaba mal, en tantos sentidos? Nunca había considerado la virginidad un rasgo de gran importancia, pero, si ese fuera el caso, ¿Por qué había seguido siéndolo durante tanto tiempo? ¿Y cómo aquel hombre había podido echar abajo con tanta facilidad todos sus temores acerca de la intimidad? Pedro puso una mano en su mejilla, mirándola de frente.


–¿Te he hecho daño, Paula?


«No llores. ¡No te atrevas a llorar! No significa nada. Ha ocurrido, ha sido un error garrafal, y ya está». Sentía el pecho a punto de estallar. Un error, no. Una aberración propiciada por el estrés y la química. Una estupidez inconmensurable. «Le importas un comino. Lo único que le preocupan son los viñedos, y su enfrentamiento con André. Y a tí, él tampoco te importa. Ni siquiera lo conoces. Tu lealtad debe estar ahora con La Maison. Así tiene que ser. Que haya sido tu primer hombre no lo convierte en algo especial. Es un número como cualquier otro». Tenía pensado destruir La Maison, y ella no podía permitirlo. Su intención hacía de ellos enemigos, independientemente de lo que había pasado en su cama.


–De verdad, necesito…


No podía encontrar las palabras. La vergüenza era tal que apenas podía hablar.


–Respira, Paula –le dijo asumiendo el control, igual que había hecho antes, y tomándola de la mano, la condujo al pequeño y espartano cuarto de baño que había en la habitación. 


Descolgó la bata que tenía dentro y se la ofreció, una pequeña protección que ella agradeció. Patético. Y agradeció todavía más que él tomara una de las toallas limpias que tenía junto al lavabo y se cubriera.


–Siéntate –le pidió, bajando la tapa del inodoro.


Se acomodó en el asiento intentando recuperar el equilibrio, pero lo único que parecía capaz de hacer era mirarlo, hipnotizada por sus movimientos firmes y eficaces. Con jabón y una manopla, llenó el lavabo con agua caliente, la humedeció y, agachándose delante de ella, abrió la bata para dejar al descubierto sus piernas apretadas la una contra la otra.


–Ábrete para mí, Paula –le pidió en voz baja, y sus palabras le recordaron lo que le había dicho antes y que ella había obedecido sin dudar.


–Puedo… Puedo hacerlo yo –balbució.


–Es que me gustaría hacerlo. Quiero asegurarme de que no te he hecho daño.


No era una exigencia y podría haberse negado, pero permitió que le abriera las piernas. La lavó con cuidado, con sumo cuidado, limpiado la prueba de su inocencia y de su sexo con una eficacia delicada que la dejó sin respiración e hizo que su necesidad le llenara el abdomen. Las piernas le temblaban. El renovado deseo era imposible de disimular. Él rozó con un dedo la piel enrojecida de la cadera a la que se había agarrado en el calor de la pasión.


–Te he hecho daño, ma petite.


–No pasa nada. No me duele.


Pero a pesar de lo que le dijo, se inclinó hacia ella y besó la piel enrojecida.


–Debes aceptar mis disculpas –musitó.


Paula asintió. Se deshizo de la manopla, le cerró las piernas, se las cubrió con la bata y por fin, la miró a los ojos con una sonrisa triste que descentró el latido de su corazón.


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