No dejaban de ocurrírsele cosas que decirle. Se giraba, esperando encontrarlo a su lado, y sentía una puñalada de decepción al darse cuenta de que no estaba. Era ridículo. Con un padre ausente, emocional y físicamente, y sin novio junto al que acurrucarse en el sofá, llevaba años haciendo todo sola. Pero probablemente debido a la cantidad de tiempo que había pasado con Pedro, se había acostumbrado a su compañía. Se había hecho una idea de cómo sería tener una pareja y, aunque no fuera real, aunque sería tonta si insistiera en ello, le resultaba emocionante. Terminó el agua con gas, en la cafetería donde se había refugiado del calor, con la cabeza repleta de ideas excitantes, posiblemente imprudentes, pero imparables. No había nada malo en dejarle acompañarla si él quería. Mientras recordara que no eran pareja, que su aventura tenía que terminar pronto, mantendría la calma. No corría peligro de enamorarse de él. Nada había cambiado al respecto. Su corazón seguiría a buen recaudo.
—Reúnete conmigo al pie de la escalera de Karavolades en media hora —le dijo por teléfono, ignorando la vocecilla de alarma que resonaba en su cabeza—. Te invito a comer.
Pedro había pasado la mañana merodeando por la villa, preguntándose qué estaría haciendo Paula. Debería haber ido tras ella. Si su sentido común no le hubiera recordado en el último momento que debía respetar su necesidad de espacio, lo habría hecho. También debería haber disfrutado de la soledad. El tiempo a solas le permitiría reagruparse y reconstruir sus defensas. Pero la villa estaba extrañamente vacía y aburrida sin ella. Se había acostumbrado a tenerla cerca, con su pelo y sus joyas. Para su desconcierto, no estaba agradecido de que se hubiera ido. Estaba molesto. El teléfono sonó dos veces, pero cuando vió que no era ella, sino Daphne, que acababa de regresar de la luna de miel, y Zander, lo ignoró. Pero nada más colgar la tercera llamada, salía por la puerta. La escalera de Karavolades, de más de quinientos peldaños, era empinada, sinuosa y repleta de burros. ¿Llevaba Paula un sombrero para protegerse del intenso sol? ¿Qué zapatos calzaba? No había pasamanos y la piedra podía ser engañosamente resbaladiza. No se paró a pensar en las preguntas personales que surgirían durante el almuerzo y después. No se detuvo a analizar el absurdo placer y puro alivio que sintió ante la invitación. Se subió al coche y arrancó.
En los días siguientes, Pedro llevó a Paula a las aguas termales del pequeño islote deshabitado de Palea Kameni y a las arenas negras de la playa de Kamari. Le dió a conocer el aromático souvlaki y las delicias dulces, cremosas y con sabor a natillas de galaktoboureko. Una noche vieron una película en griego. Él se pegó a ella para traducirle, pero su proximidad la desconcentró tanto que apenas se enteró de nada. Paula no se arrepintió de haberlo invitado a comer y a hacer turismo después. Cada vez que se volvía para hablar con él, allí estaba, provocándole un sobresalto de placer. Afortunadamente, su hosquedad había desaparecido, de hecho, estaba muy hablador. Le contó más cosas sobre sus hermanos y su relación con sus padres. Sobre las competiciones de vela en las que había participado de joven y sobre su trabajo. Aferrándose a su costumbre de hacer hablar al otro, aunque él no fuera un cliente que ella estuviera pintando, evitó tener que hablar ella. Esa noche, Pedro la había llevado a una pequeña, pero abarrotada, taberna. La amplia terraza estaba a pocos metros de las cristalinas aguas azules. El color de la balaustrada de madera pintada y de las mesas y sillas hacía juego con el cielo azul. El sol poniente se reflejaba en las cegadoras paredes blancas del restaurante y las buganvillas rosas descendían por los montantes de la pérgola. Era rústico y encantador. Días atrás, le habría sorprendido la elección. Se habría imaginado que un CEO multimillonario con problemas de control y aficionado al orden preferiría un entorno más formal para cenar. Pero últimamente había visto más al hombre que debía haber sido antes.
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