martes, 24 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 8

André de la Mare nunca había sido su padre, dijera lo que dijese su madre, y le había costado años darse cuenta de que el lazo de sangre no significaba nada para su padre y que no iba a cambiar. Cómo demonios la efímera esposa de su padre había descubierto su conexión era algo que no lograba imaginar. Se obligó a respirar hondo y serenarse.


–Lo veo en usted–continuó ella, mirándolo a la cara–. André hablaba de usted constantemente. Era como una obsesión para él. Yo creía que era por el éxito que ha alcanzado en los negocios, siendo tan joven, pero ahora me doy cuenta de que era algo mucho más personal.


Pedro sintió que la furia se le hacía una bola en el estómago.


–Creo que, aunque por un lado le temía, por otro se sentía tremendamente orgulloso de usted.


El comentario le hundió un puñal. ¿Hablaba en serio, o se trataba de una especie de broma enfermiza? ¿De verdad pensaba que podía importarle lo más mínimo lo que De la Mare pensara de él o de sus negocios? Hacía dieciséis años que había dejado de buscar la aprobación paterna. Aquella noche huyó de allí, y al día siguiente partió de Burdeos para hallar su propio camino, después de años viviendo cerca de la propiedad de su padre, buscando migajas, haciendo todo lo que él le pedía con la esperanza de que, algún día, reconociera su conexión. Nadie lo había reconocido después cuando volvió. Nadie excepto De la Mare, y precisamente por eso había disfrutado manteniéndose distante y asfixiando todos los intentos del viejo para salvar sus tierras de las deudas. No había tenido que ensuciarse las manos porque el viejo había llevado a la ruina sus tierras él mismo y, cuando André acudió a él para rogarle que invirtiera, pensando que aún buscaba su reconocimiento, Pedro se dió el gustazo de reírse en su cara. El viejo bastardo se casó después con aquella mujer, un último intento de arrebatarle el legado que era suyo por derecho, y solo por eso debería despreciarla, pero… Sin maquillaje alguno, su carita de niña, su piel tostada por el sol, pómulos marcados, ojos azules y una boca madura y muy jugosa, resultaba aún más atractiva. Y su cuerpo, aun con aquel disfraz de pantalones cortos y camisa de trabajo, se veía maduro para mucho más. No era de extrañar que su cuerpo hubiera reaccionado. Era una mujer hermosa, y que fuera la esposa de su padre no la hacía menos atractiva a sus ojos. Soltó una carcajada áspera, decidido a romper el hechizo que había tejido sin esfuerzo.


–¿De verdad cree que me puede importar lo que ese bastardo pensara de mí?


Su tono salvaje la hizo parpadear repetidamente. Tarde ya se dió cuenta de que tácitamente había aceptado que su conexión biológica con De la Mare era la que ella había imaginado. Fue cuando el abogado, cuya presencia había olvidado por completo, preguntó:


–¿Es cierto, monsieur Alfonso? ¿André de la Mare era su padre biológico?


No podía seguir negándolo, aunque tampoco quería que fuera del dominio público.


–Mi madre era una de las amantes De de la Mare –confesó en tono neutro–. Ana Alfonso Zolezzi. Vivimos aquí… –miró en torno suyo–, hasta que se aburrió de ella. Entonces nos permitió vivir en una casucha que había en los límites de su propiedad pero, en cuanto yo me hice lo bastante mayor, De la Mare insistió en que trabajase para pagar por ese privilegio, ya que mi madre estaba demasiado débil para trabajar toda la jornada –la bilis se le subió a la garganta, pero tragó saliva–. Pero no deseo reclamar una conexión de la que no me siento orgulloso en absoluto – continuó–. Si la hacen pública, los demandaré. Y eso la incluye a usted, madame De la Mare –añadió por si quedaba alguna duda.


Pero ella, en lugar de sorprenderse, asintió.


–Por supuesto. Su conexión con André es algo que solo le atañe a usted. Lo comprendo perfectamente.


Dudaba de que así fuera. Quizás pensaba que tendría más posibilidades de echarle el guante a las tierras si nadie conocía su relación con De la Mare. Pues si era eso lo que pensaba, se equivocaba de lado a lado. No necesitaba ser hijo suyo para hacerse con la tierra y completar su venganza del hombre que le había dado la vida para luego deshacerse de él.


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