Sus curvas se movían sinuosas en aquel vestido vintage, mientras que el sol rojizo de la tarde arrancaba destellos dorados al pelo rubio que se había recogido en un moño despeinado. Alguien le había dicho que el viejo se había buscado un ama de llaves, y se esperaba que fuera joven y guapa, pero no tanto como para poder ser su nieta. ¿Cuántos años tendría? Veintipocos. Unos diez menos que él. Y cuarenta menos que De la Mare. ¿Es que el viejo no conocía la vergüenza? A pesar de su aparente juventud, estaba convencido de que le había prestado algo más que ayuda. Seguro que De la Mare se la habría metido en la cama, como había hecho con tantas otras. Además, parecía su tipo. Caliente y fácil. Pero un pulso de deseo y un respeto a regañadientes fue lo que experimentó, en lugar del desprecio que habría preferido, al verla salir del cementerio manteniendo la cabeza bien alta. ¿Qué tenía aquella mujer para haberlo cautivado nada más verla? Puede que fuese el rubor que le había teñido las mejillas cuando le miró los pechos que aquel vestido tan ajustado revelaba. O quizás fuera porque no había estado con ninguna mujer desde hacía tres meses. O por el cansancio, después de haberse levantado antes del amanecer. Fuera cual fuese la razón, no le gustaba. Ahora que De la Mare había muerto por fin, estaba decidido a reclamar lo que era suyo por derecho, y no iba a dejarse distraer por las sobras que había dejado.
–Su premura es un poco impropia, señor Alfonso –contestó el abogado–. Monsieur De la Mare ha fallecido hace apenas unos días.
–Esto son negocios. No hay nada personal –mintió sin dificultad–. Quiero estar informado en cuanto se ponga en venta la propiedad.
Ya había esperado bastante para hacerse con ella. No había querido negociar con el viejo bastardo, pero se aseguró de que nadie intentase comprársela mientras vivía.
–No es tan sencillo. Esta noche nos reuniremos en La Maison de la Lune para dar lectura al testamento. De hecho, me alegro de que esté usted aquí, porque así no tengo que convocarle. Monsieur De la Mare pidió su asistencia.
–¿Qué?
Pedro centró su atención en el abogado. De todos modos, la chica ya se había ido, e intentó ocultar la sorpresa y la absurda esperanza. Sabía que no habría nada para él en aquel testamento.
–Monsieur De la Mare pidió su comparecencia dos días antes de fallecer, antes de redactar su testamento.
–¿Por qué ha hecho testamento? No tenía nada más que deudas, y ningún heredero al que dejárselas, según tengo entendido.
«O ninguno que él quisiera reconocer». Una bilis amarga le subió por la garganta, y tuvo que tragársela como tantas veces desde que era un crío y su madre lo ataba a la cama para impedir que saliera corriendo bosque través para llegar a La Maison de la Lune en un intento desesperado por ver al hombre que no quería verlo.
–¿No lo sabe? –preguntó el abogado, sorprendido.
–¿Qué? Ayer llegué de un viaje de negocios por Italia y he pasado en las viñas todo el día.
–Mademoiselle Chaves, el ama de llaves de La Maison, y Monsieur De la Mare se casaron hace tres días, y ahora ella es su viuda.
La amargura fue como un cuchillo que le clavaran en las tripas al ver el rostro de su madre en el recuerdo, frágil, exhausta, la mañana en que él dejó Burdeos con solo quince años, espoleado por la humillación y el ultraje.
–Merde –murmuró.
Así que aquella zorrita inglesa no solo se había acostado con De la Mare, sino que había conseguido seducir al viejo bastardo para que hiciera lo que ninguna otra mujer había conseguido: que le pusiera una alianza en el dedo.
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