martes, 24 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 5

Disimuló un estremecimiento echando mano a la jarra de vino que había dejado aireándose sobre la encimera.


–André me pidió que sirviera el Montramere Premier Cru esta noche – dijo mientras sacaba una copa más de un armario.


–No se moleste en servirme a mí –oyó decir a Alfonso, brusco–. Prefiero no mezclar los negocios con el placer.


Si había tenido alguna duda de que la enemistad de André y Alfonso fuera personal, aquellas palabras la despejaron por completo.


–Muy bien, monsieur Alfonso –contestó, sirviendo solo dos copas, y se llevó la suya a los labios fingiendo una calma que no sentía–. A la salud de André –añadió–. Y a la de los vinos De la Mare.


Alfonso no alteró sus facciones ni lo más mínimo, pero vio que un músculo le temblaba en la mandíbula.


–Aux vignes, mais pas à l’homme –le oyó decir.


Es posible que pensara que ella no le iba a entender, pero no fue a sí. «Por las viñas, pero no por el hombre».


–Por André –intervino el abogado, alzando su copa sin hacer caso del comentario de Alfonso. O intentaba rebajar la tensión, o estaba sordo–. Magnifique –lo alabó nada más probarlo, y señaló las sillas junto a la mesa–. Sentémonos –dijo–, y disfrutemos de lo que madame De la Mare tenía dispuesto antes de proceder con los detalles del testamento de monsieur De la Mare.


–Yo no quiero sentarme –anunció Alfonso–, ni comer. Quiero terminar con esto cuanto antes.


El abogado asintió y sacó un ordenador de su maletín. Paula se sentó frente a él, decidida a ignorar a Alfonso, aunque estaba de acuerdo con él en una cosa: Quería acabar con aquello ya, tan rápidamente como fuera posible, para poder sacar a aquel hombre de su casa. Nunca se había sentido tan incómoda, desorientada y, al mismo tiempo, eufórica en presencia de ningún hombre, y no le gustaba. ¿Por qué no era capaz de controlar su respuesta ante Alfonso, más aun teniendo en cuenta el obvio desprecio que él sentía por ella? Gabriel invirtió unos interminables minutos escribiendo en el ordenador y sacando documentos de su maletín mientras Alfonso seguía de pie al otro lado de la estancia, como una sombra que se proyectase sobre todos sus recuerdos de André. Tomó un sorbo de aquel oloroso Pinot Noir mientras esperaban, sin importarle no ser capaz de percibir con toda su intensidad los matices de aquel caldo excepcional. En aquel momento, lo único que quería era olvidarse de Alfonso y de las extraña sensaciones que despertaba, además de saber si André le había dejado lo bastante para poder sobrevivir al menos un mes mientras buscaba un trabajo nuevo.


–Para evitar extenderme mucho en los términos legales, voy a resumir lo principal –dijo Gabriel, entregándole a ella una copia y ofreciéndole otra a Alfonso, que no se molestó en recogerla, y quedó sobre la mesa.


–Monsieur De la Mare ha legado la propiedad conocida con el nombre La Maison de la Lune y los viñedos circundantes De la Mare a su viuda. Por desgracia, sobre la propiedad pesan deudas considerables, y André era consciente de que tendría que vender una parte o su totalidad, algo a lo que él no se oponía en absoluto, aunque sí quiso añadir una cláusula particular a ese respecto: Madame De la Mare no puede vender parte alguna de la propiedad a Pedro Alfonso, de Alfonso Corporation, ni a ninguna de sus subsidiarias o empresas en reserva en la que Pedro Alfonso o Alfonso Corporation pueda tener algún interés, o perderá dicha herencia.


–¡C’est pas vrai! –gritó Alfonso, y Paula dió un respingo.


La burbuja de esperanza que había empezado a crecer en su pecho al saberse propietaria de aquella casa estalló por culpa de su furia. ¿Por qué André había hecho algo así? Por mucho amor que ella sintiera por las viñas, si él  quería que el legado De la Mare continuase, la única respuesta era vender a Alfonso. A pesar de la agresividad de sus prácticas empresariales, era conocido como un excelente vinatero, y ningún otro se atrevería a comprar aquellas tierras si con ello desafiaba a Alfonso. Una retahíla de maldiciones en francés siguió el deambular de Alfonso por la habitación.


–¡Esto es una mamarrachada!–exclamó–. No puede pretender impedirme comprar las viñas. Ya he esperado mucho tiempo para hacerlo y, de todos modos, ¿Quién demonios es ella? –miró a Paula–. No sabe nada de vinos.


Paula se encogió. Había algo personal en la furia de Alfonso. Aquello no tenía que ver con el vino. Algo debía haber entre André y él, algo que iba más allá del negocio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario