Al contrario de lo que Paula esperaba, a pesar del dolor no se le había escapado lo magnífico que había estado Pedro. Había hecho exactamente lo que había prometido. Había sido la paciencia y el apoyo personificados, una torre de fuerza, y no se había inmutado cuando ella le había vomitado encima, como le había advertido. Ya recuperada, mirando al techo en la oscuridad, los pensamientos revoloteando en su cabeza imposibilitando el sueño, veía que todo lo que había temido podría hacerse realidad. Pedro era complejo e intrigante, atento y hermoso, y lo que sentía por él estaba volviéndose peligroso. A pesar de sus esfuerzos por evitarlo, sospechaba que ya se había comprometido emocionalmente con él. ¿Por qué había cedido y pedido el baño y el masaje en la espalda si no? Quería decirle que dejara el trabajo y comprara un barco. Quería agarrar a Selene por los hombros y darle una buena sacudida para que madurara. Pensó en el período siguiente, deseando tenerlo a su lado. Pero jamás podría ser. Si se quedaba más tiempo, esos imprudentes sentimientos se volverían más profundos, y no podía arriesgarse. ¿Y si se permitía amarlo y le ocurría algo? La destrozaría. ¿Y si, a pesar de su certeza de que no ocurriría, Pedro se enamoraba de ella? Decía que le importaba. La había visto en su peor momento y no había huido. Era posible que no fuera tan impermeable al amor como creía, y sucumbir a las emociones que negaba, podría destruirlo. Lamentaba profundamente no haber sido más fuerte, no haber resistido. Nunca debía haberse dejado convencer por sus argumentos. La posibilidad de un desengaño amoroso era inmensa e inaceptable. Pero aún no era tarde para rectificar. Solo tenía que poner fin a la aventura. Lo echaría de menos, su compañía y el sexo, por supuesto, pero era mejor marcharse mientras pudiera. La seguridad de su bienestar emocional dependía de la fuerza de su determinación y, mientras finalmente caía en un agitado sueño, se prometió que, por grande que fuera la batalla que presentara Leo, por muy despiadadamente que bloqueara sus protestas, ella no vacilaría. Por mucho que tuviera que luchar contra él, y posiblemente contra sí misma, por la mañana se iría.
Paula despertó temprano, con los ojos arenosos y el pecho comprimido. Se levantó y recogió sus cosas, que se había llevado a la habitación de invitados, ignorando la voz en su cabeza que se lamentaba y el extraño dolor en su corazón. Marcharse era lo correcto, lo único que podía hacer, se recordaba a sí misma una y otra vez. No tenía elección si quería evitar sufrir. Preparada para la batalla, bajó las escaleras con su maleta. Encontró a Pedro en la cocina, sentado a la mesa, tomando café. Parecía agotado. Tenso. Distante. Como si aquello fuera tan duro para él como para ella.
—Buenos días —saludó gruñón.
Ante la extraña falta de expresión en su voz, Paula sintió un escalofrío, pero no quiso preguntarse el motivo. No podía distraerse. Debía centrarse en el objetivo.
—Buenos días.
—¿Café?
—No, gracias.
—¿Cómo te encuentras?
—Mucho mejor.
—Me alegra oírlo.
—Gracias por tu apoyo.
—No hay de qué —Pedro sonrió sin humor.
Se hizo un silencio gélido, durante el cual ella solo oía el retumbar de su corazón. Cuando Pedro abrió la boca para hablar, Paula se anticipó, necesitando hablar antes de perder el valor.
—Me gustaría irme a casa ahora —balbuceó apresuradamente.
—¿Qué? —sobresaltado, Pedro dejó caer la taza sobre la mesa.
—Esto ha sido muy divertido —Paula respiró hondo—, bueno, los últimos días no, claro. Pero la vida real me llama. Necesito saber de mi padre. Tengo asuntos que arreglar antes de empezar a trabajar en mi próximo encargo y me tengo que retocar las mechas.
—¿En serio?
—Sí.
—De acuerdo —Pedro frunció el ceño y luego asintió.
¿Estaba de acuerdo? ¿Sin más? ¿Sin protestar?
—¿En serio? —preguntó ella, totalmente aturdida por el cambio de actitud de él.
—Yo también debería volver al trabajo —contestó él, levantándose—. He descuidado el negocio durante más tiempo del que pretendía. Demasiado.
—Es culpa mía —señaló Paula con remordimiento por no haber sido lo bastante fuerte como para vencer la tentación y marcharse como había planeado—. Lo siento.
—No lo sientas —Pedro llevó la taza al fregadero—. No es culpa tuya.
—Te quedaste por mí.
—No te dí muchas opciones.
—¿También te vas por mí?
Pedro se volvió. Su mirada chocó con la de ella, aguda, inquisitiva, y ella deseó no haber dicho nada. No era el momento de mostrar debilidad, aunque, por alguna razón, necesitaba saberlo.
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