martes, 10 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 54

 —¿Por qué no?


Tenía que hacerle ver que no le iba a permitir complacer su complejo de héroe.


—Cuando murió mi madre, mi mundo se desmoronó, pero poco a poco fui recomponiéndolo. Mi padre no. La quería tanto que perderla lo destrozó. No vive. Solo existe. No está ahí para mí. No voy a poner a nadie más en esa posición si algo me pasara.


—No me voy a enamorar de tí.


—¿Estás seguro? —Paula sintió una opresión en el pecho.


—Muy seguro —Pedro asintió.


—Porque no soy el tipo de mujer que te gusta.


—No solo eso. He visto lo destructivo que puede ser el amor y la falta de control que conlleva. No permitiré que me pase a mí. No seré tan débil.


—Pero yo podría enamorarme de tí —ella deseó tener su confianza.


Por un momento él solo frunció el ceño.


—De acuerdo —dijo él tras considerar aquella idea tan inoportuna—. No te frotaré la espalda ni te prepararé baños. No me acercaré a tí si no quieres. Pero hazme una lista y te conseguiré lo que necesites. Puedo proporcionarte comida y bebida. Lo que no puedo hacer es dejarte marchar sola y sufriendo. No es el hombre que soy, ni quiero ser.


—No se trata de tí sino de mí.


—Tú no quieres ir a un hotel, ¿Verdad?


Ella se imaginó en una habitación pequeña y desconocida, sola, y el dolor que palpitaba en la boca de su estómago, todavía más emocional que físico, era tan fuerte que disipó sus inhibiciones.


—No —admitió con un suspiro.


—Elige una de las habitaciones libres —Pedro aprovechó la vulnerabilidad que ella había expuesto—. Mantén la puerta cerrada. Mándame un mensaje si necesitas algo. Apenas notarás que estoy aquí.


Las defensas de Paula, debilitadas por el dolor, saber lo que estaba por llegar y el anhelo que intentaba reprimir, no eran rivales para argumentos tan persuasivos. En el fondo, no quería irse. Deseaba que la cuidaran, por una vez, y Pedro le ofrecía su apoyo. Él era suficientemente fuerte para afrontar los siguientes días. Ella no cometería el error de pensar que su ayuda era algo más. Estaría demasiado centrada en gestionar el dolor como para pensar. Y cuando acabara, se iría y no volvería a verlo jamás, como debía ser.


—¿Vas a rebatir cada uno de mis argumentos? —preguntó ella mientras se rendía a lo inevitable.


—Sí —contestó Pedro con una fugaz sonrisa.


—De acuerdo.



Cinco largos días después, Pedro se sentó en la terraza y contempló la noche oscura, cálida y tranquila. Las luces parpadeaban a lo lejos. Las olas lamían suavemente la playa. Pero la cabeza le palpitaba con fuerza y el estómago se retorcía. Al ofrecerle ayuda a Paula, la idea de que estuviera sola y sufriendo resultaba insoportable, la necesidad de tenerla cerca demasiado fuerte, no había imaginado la profundidad de su sufrimiento. Jamás iba a olvidar su imagen, encogida en agonía sobre la cama. Había resultado inesperadamente angustioso. No entendía cómo lo soportaba ella sola, mes tras mes. Era increíblemente dura, pero el desgaste mental debía ser enorme. Él solo lo había vivido cinco días, intermitentemente, y había sido horrible. Su angustia lo había golpeado de lleno. Nadie merecía vivir con esa incomodidad y, cuando ella se sintió lo bastante bien como para levantarse un par de horas, él le preguntó si no había nada para aliviar sus síntomas.


—La píldora anticonceptiva haría las cosas más llevaderas —había contestado ella—, pero podría provocar un coágulo de sangre arterial, como el que sufrió mi madre. No me atrevo a exponerme a lo mismo. Iba a ser una intervención sencilla, pero reaccionó mal a la anestesia, y murió.


—¿Y la cirugía? —había preguntado Pedro, consciente de la influencia del pasado en su presente.


—Me han dicho que, en mi caso, leve, aunque el dolor sea insoportable, los síntomas disminuirían considerablemente. También aumentaría las posibilidades de tener familia, cosa que me gustaría en algún momento. Pero la idea de la anestesia me aterroriza. ¿Y si yo tampoco despierto? ¿Qué le pasaría a mi padre? Mira —Paula había extendido una mano temblorosa—. Solo mencionarlo y entro en pánico. Y no es solo una operación. Podría necesitar varias.


Pedro le había tomado la mano hasta que dejó de temblar, ansioso por investigar sobre la anestesia y prometerle el mejor tratamiento médico que el dinero pudiera pagar. ¿Debería animarla a operarse?, se preguntó. Sus miedos debían ser muy profundos para preferir el dolor. Su teléfono emitió un pitido para indicar la llegada de un mensaje. Era de Federico.


Federico: Ahora entiendo por qué tenías tantas ganas de tomarte unas vacaciones.


Pedro frunció el ceño y respondió:


Pedro: ¿Qué quieres decir?


La respuesta de su hermano fue un enlace que, al parecer, le había enviado su hermana Tamara con orden de no disparar al mensajero.

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