No había podido apartar los ojos de él mientras pilotaba el barco. Lo único automatizado era el mecanismo del ancla. No era un yate para relajarse mientras los ordenadores lo hacían todo. En cuanto subieron a bordo, Pedro entró en acción. Mientras ella se acomodaba, consciente de que sería de poca ayuda, él saltaba de la cubierta a la cabina, familiarizándose con el barco y realizando algunas comprobaciones. Convencido de que todo estaba en orden, se pusieron en marcha y, a partir de ese momento, apenas había parado, ya fuera al timón, oteando el horizonte o reaccionando al batir de las velas con impresionante maestría. Podía aparentar ser frío y controlado, aunque hacía tiempo que ella no veía esa faceta suya, pero era evidente que le apasionaba navegar. Apenas había dejado de sonreír en toda la mañana y estaba más relajado de lo que ella nunca hubiera imaginado posible. Paula no pudo evitar preguntarse si estaban donde estaban por algo que ella había dicho, y eso, además del físico y la fuerza de él, la calentó sin que tuviera nada que ver el sol que la secaba, tumbada en la cubierta de proa junto a Pedro, sentado con los codos apoyados en las rodillas, mirando al horizonte.
—Gracias —murmuró ella, aletargada tras el buceo y la comida, con los ojos entrecerrados.
—Ha sido un placer volver a ponerme al timón.
—No creo que la costa de Santorini sea lo mismo que el Atlántico con sus vientos huracanados.
—No —Pedro asintió y sacó de la nevera las dos últimas botellas de cerveza—, pero no importa. El viento en tu pelo y el agua en tu cara es suficiente, sin importar las aguas o el tiempo que haga. Donde haya un horizonte amplio, sentirás la libertad de poder ir en cualquier dirección.
¿Era consciente Pedro de lo melancólico que sonaba? ¿Hablaba solo de navegar?
—Habrá pasado mucho tiempo, pero pareces muy a gusto a bordo.
—Navego desde que aprendí a caminar.
—¿Y por qué lo dejaste?
—No tuve más remedio.
Paula entendía que hubiera dejado la competición al hacerse cargo de la empresa, pero ¿no podría haber seguido por diversión? No debería insistir, no era asunto suyo. Sin embargo, las preguntas la habían acosado desde que salieron de Antigua Thera el día anterior, y de algo tendrían que hablar. La conversación no tenía por qué llevar a una intimidad emocional no deseada. Solo sentía curiosidad sobre qué le movía.
—¿Por qué es tan importante para tí el deber?
Pedro bebió un trago de cerveza antes de responder, como si necesitara armarse de valor.
—Mi padre no era un hombre fácil —comenzó con ironía—. Era débil con mi madre, y podía ser frío y distante, pero pasaba mucho tiempo conmigo, hablando del negocio. De niño, me llevaba a menudo a las oficinas de Londres o Atenas. Solía presentarme como «El futuro jefe», y aunque sonaba a broma, todos sabían que era verdad.
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