martes, 24 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 6

«Ay, André. ¿Por eso insististe en que nos casáramos? ¿No para ayudarme a mí, sino para desafiar a Alfonso?» El estómago se le encogió. ¿La habría utilizado? Tenía que estar al tanto de que las condiciones de su testamento la pondrían en la línea de fuego con Alfonso.


–No entiendo –dijo. Se sentía traicionada. André sabía lo suficiente de su infancia y su juventud para conocer que detestaba el conflicto–. ¿Por qué iba a hacer André algo así?


–No puedo contestar a su pregunta, madame De la Mare –contestó Gabriel, mirando a Alfonso con cautela–. Yo le aconsejé que no obrara así, pero él insistió. No me explicó sus motivos, pero creo que era importante para él que usted pudiera quedarse en La Maison de la Lune. Y que fuera la propietaria de las viñas.


–No puede quedárselas –anunció Alfonso–. ¡Las viñas son mías! ¡Me pertenecen! Y una zorra inglesa que apenas lleva unos meses aquí no puede quedárselas.


Paula se levantó de golpe y apretó los puños, dispuesta a plantarle cara. Le daba igual que fuera más grande, que estuviera más enfadado y que fuese más rico y poderoso que ella. No iba a permitir que la insultara.


–Las viñas no son suyas, señor Alfonso –le dijo con tanta dignidad como fue capaz–. Y, al parecer, no lo van a ser nunca –añadió, aplastando el brote de culpabilidad. Y de confusión.


Ella no se merecía aquel legado. André y ella habían sido amigos, pero solo hacía un año que se conocían. No eran familia, y no habían sido marido y mujer en el sentido real de la palabra. Ahora veía con claridad que la había utilizado como rehén de su lucha con Alfonso. ¿Cómo podía velar por sus intereses si siempre había pretendido ponerla en contra de un hombre con el poder y la influencia de Alfonso? Dejándole el viñedo y prohibiéndole que se lo vendiera a él, la estaba empujando al fracaso, a ella y a la tierra. ¿Acaso André odiaba más a Alfonso de lo que amaba a sus viñas? Quizás. Una cosa estaba clara: Lo odiaba más a él que lo que ella le importaba, y eso le dolió.


–¿Qué sabe de las tierras De la Mare? –preguntó Alfonso destilando desprecio–. ¿Qué sabe de alimentar y cuidar sus viñas, o de cómo sacar lo mejor de ellas? –la miró de arriba abajo–. No sabe nada. Y, sin embargo, ¿Piensa que puede quitarme lo que es mío porque se abrió de piernas para ese bastardo, comme une pute?


–¡Monsieur Alfonso! No hay por qué emplear ese lenguaje –intervino el abogado.


Pero todo lo que Paula podía oír era la sangre zumbándole en los oídos. Le importaba un comino lo que Alfonso pudiera pensar de ella, él o cualquier otra persona. Entonces, ¿Por qué su desprecio le llegaba hasta el punto de herir a la cría a la que habían llamado tantas cosas a lo largo del tiempo? ¿Y por qué su furia estaba alimentando las sensaciones que le hervían bajo la piel, haciéndolas más eléctricas más volátiles, más incontrolables?


–No soy ninguna zorra. Soy su esposa. Y usted no tiene más derecho a estas tierras que yo.


–¿Eso cree?


Se acercó a ella tanto que pudo sentir el calor de su rabia y ver el brillo de la furia en el marrón de su iris. Pero había algo más en las oscuras profundidades que resultaba aún más inquietante. Algo ardiente y vibrante que ella sentía también en su abdomen.


–Tengo todo el derecho a estas viñas. Las he mimado, alimentado, protegido del hielo, del viento y de las plagas hasta que me sangraron las manos. He trabajado estos campos durante horas siendo tan pequeño que ni siquiera era capaz de ver por encima de las vides. Y me prometí a mí mismo que, algún día, serían mías.


Los orígenes de Alfonso eran inciertos. Había oído historias en los medios que decían que su madre provenía de una familia pobre y que nadie conocía la identidad de su padre. Que había empezado muy joven trabajando en el campo, que su formación académica era escasa y que se había hecho a sí mismo de la nada. Pero nadie había sospechado nunca que hubiera nacido en Burdeos, y menos aún en aquel contorno, o alguien ya se habría hecho eco de ello.


–¿Me está usted diciendo que trabajó para André y que no le pagó? – le preguntó con voz temblorosa. ¿Estaría mintiendo? Sería capaz, pero algo en el tono de su voz, como si estuviera admitiendo algo que le avergonzaba, sugería más bien lo contrario–. No puedo creerlo.


André había sido un hombre complicado, puede que más de lo que ella había sabido, pero no era un monstruo… ¿No?


–Oui, me pagó –replicó con sorna–. Me pagó un salario que según él me descontaba de la deuda contraída por haber nacido. Y yo trabajé para él de buen grado hasta que me di cuenta de que lo único que había querido de mí era mano de obra gratuita. Que nunca había tenido intención de reconocer que…

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