Paula ignoró la oleada de emoción que se apoderó de ella por la maldita injusticia de la vida, y parpadeó furiosa para contener el ardor de las lágrimas mientras maldecía a las hormonas responsables de todo. Siempre había sabido que su aventura tenía fecha de caducidad. Lo había pasado muy bien, había sido todo lo que él había prometido y todo lo que ella había esperado, pero se había acabado. Tenía que centrarse en alejarse de Pedro antes de que la encantadora burbuja estallara. Así pues, se levantó de la tumbona, recogió sus cosas y se dirigió al interior. Él la encontró metiendo la ropa en la maleta abierta sobre la cama mientras ignoraba con determinación el ligero dolor que no tardaría en intensificarse.
—¿Qué haces? —preguntó él, inmóvil en la puerta, con una margarita recién hecha en cada mano.
La sorpresa en su voz rebotó en Paula, que resistió la tentación de vaciar la maleta y rogarle que la abrazara y la besara hasta que se pasara el dolor.
—Tengo que irme.
—¿Por qué?
—Ha sido divertido, pero se acabó.
—¿Qué pasa, Paula? —Pedro frunció el ceño y dejó las bebidas sobre una cómoda.
—Nada —contestó ella, echando la bata de seda rosa al montón—. Tengo que irme.
—Estás muy pálida. Es evidente que te pasa algo.
Pedro se acercó con una expresión de preocupación que ella no quería. Corrió al cuarto de baño antes de que él pudiera alcanzarla, tomarla en brazos y pulverizar su determinación. Él era demasiado perspicaz. Tampoco iba a tragarse la mentira, comprendió mientras recogía sus cosas de aseo. Tenía que ser sincera.
—He empezado a sentir calambres —contestó, evitando su mirada— . Me duele la pelvis. El periodo es inminente.
—¿Y?
—Y va a ser horrible. Me volveré una ruina miserable. No quiero que me veas así. Me marcho.
—¿Adónde?
—Tengo que hacer compra y luego buscar un hotel —Paula lamentó no haber estado más pendiente del calendario.
—¿Quién cuidará de tí?
—Nadie —contestó ella, ignorando una punzada en el corazón—. Estoy acostumbrada. Sé cuidarme sola.
—¿Quién te frotará la espalda y te preparará un baño? —Pedro cruzó los brazos sobre el pecho, con la mandíbula encajada, obstinado y decidido.
—Estaré bien —aseguró Paula—. Siempre lo estoy.
—Quédate. Yo podré hacer las dos cosas.
Durante una fracción de segundo, Paula se lo imaginó. Sonaba maravilloso. Luego pensó en su dignidad y en el riesgo que corrían los muros que rodeaban su corazón.
—No —sacudió la cabeza con fuerza y reprimió una punzada de anhelo—. Es demasiado íntimo. Demasiado embarazoso. Probablemente te vomitaría encima.
—No tienes que hacerlo sola —insistió Pedro—. No este mes, al menos. Dime qué puedo hacer. Me aseguraré de que tengas lo que necesites.
—Sigues queriendo resolver mis problemas.
—No me gusta ver sufrir a la gente que me importa.
—¿Yo te importo? —ella lo miró fijamente, sintiendo una sacudida en el corazón.
—Me acuesto contigo. Hago turismo contigo. Claro que me importas.
—Entiendo —Paula frunció el ceño.
—¿Tan malo es querer ayudarte? —preguntó él.
—Muy malo —los cuidados, saber que podría desearlo otro mes, y otro… Nada de eso era bueno.
—¿Por qué?
—No quiero un caballero de brillante armadura —contestó ella, tanto para sí misma como para él—. Si me quedo, me verás en mi peor momento. Si te permito frotarme la espalda y prepararme baños, podría olvidar que esta aventura solo será temporal, y eso no puede suceder.
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