martes, 17 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 59

Con él a su lado, tendría el valor necesario para someterse a las operaciones. Haría todo lo posible por mejorar su calidad de vida, por los dos, para aumentar la posibilidad de tener hijos. Ella no era su padre. Pedro tenía razón: Ella era fuerte y resiliente. Y sí, podría pasarles algo, pero también podría no pasarles. Mejor amar y perder que no haber amado nunca. Quizá el dolor constante era un precio que su padre estaba dispuesto a pagar por el amor vivido. ¿Qué podía hacer? ¿Sería demasiado tarde para intentar convencer a Pedro de que el pasado no tenía por qué repetirse? Si intentaba hablar con él, ¿Se alegraría de verla o se horrorizaría? Paula estaba tan sumida en su mísera confusión que casi no oyó el timbre. Cuando lo hizo, se cubrió la cabeza con una almohada, esperando a que quienquiera que fuera se marchara, pero no se marchó. Con un profundo suspiro, se levantó y caminó hacia la puerta.


—¿Sí?


—¿Paula? Soy Pedro.


¿Alucinaba? ¿Lo había conjurado con la fuerza de sus sentimientos? A menudo él era capaz de leer su mente, pero la telepatía no cruzaba continentes. ¿Qué hacía allí? Pulsó temblorosa el botón de la puerta y calculó que tendría un minuto para arreglarse, insuficiente, pero al menos su ropa estaba limpia y el pelo recién retocado. Abrió la puerta. Las pisadas en las escaleras imitaban su atronador pulso. Y ahí estaba, corpulento, tan atractivo que la dejó sin aliento, y qué bueno era verlo.


—Pedro —saludó ella mientras la nostalgia que había pasado un mes tratando de negar casi acabó con lo que quedaba de sus rodillas—. ¿Qué haces aquí? Tienes un aspecto horrible.


—¿Puedo pasar? —él la miró, ojeroso, el rostro afilado, como si hubiera adelgazado.


—Por supuesto —Paula se hizo a un lado y cerró la puerta tras él— . ¿Quieres tomar algo?


—No, gracias —Pedro se volvió hacia ella, la intensidad de su mirada dejándola clavada en el sitio—. ¿Cómo estás?


¿Cómo debía responder? El rostro de Pedro no delataba sus pensamientos. No había tenido tiempo de prepararse, pero era valiente.  Había conseguido exhibir su trabajo, que la invitaran a la boda del año, perseguirlo  por la pista de baile y convencerlo para una aventura de una noche. Cuando sabía lo que quería, iba a por ello.


—Creía que bien —contestó ella con la boca seca—. Pero acabo de darme cuenta de que no. ¿Y tú?


—Lo mismo.


La cabeza de Paula le daba vueltas. El corazón latía con fuerza. ¿Había esperanza?


—La semana que viene viajo a Milán, pero no estoy tan emocionada como debería.


—He dimitido.


—¿Dimitido? —Paula parpadeó sorprendida.


—Federico es el nuevo CEO de Alfonso Kallis.


—¿Qué? ¿Por qué?


—Estoy harto de hacer cosas que no quiero hacer —Pedro la miraba como si no existiera nada más que ella—. Harto de vivir según normas que no me hacen feliz.


—Entiendo —observó ella, sin entender nada—. ¿Qué vas a hacer?


—Aún no lo he decidido.


—Eso debe preocuparte.


—Debería, ¿Verdad? —él sonrió—. Pero no es así. Me siento liberado. Como si me hubieran quitado el peso del mundo de encima.


—Entonces has hecho bien.


—Creo que sí. ¿Y sabes qué sí me hace feliz?


Paula no sabía nada y le costaba seguir la conversación.


—¿Navegar?


Él negó con la cabeza.


—Tú.


—¿Qué? —ella lo miró, aturdida.


—Tú me haces feliz, Paula —Pedro dió un paso hacia ella—. Cuando estoy contigo, no querría estar en ningún otro sitio. Cuando no estoy contigo, solo pienso en tí. Estoy enamorado de tí. Creo que me enamoré la tarde en que no conseguí sobornarte para que no expusieras el etrato de mi madre. A pesar de lo que pudiéramos pensar, has resultado ser exactamente mi tipo. Me equivoqué al temer a las emociones. He dado demasiado valor al control. Quiero forjar mi propio camino. Y me gustaría hacerlo contigo.


Pedro esperaba una respuesta, pero Paula no podía hablar. Sus pensamientos giraban demasiado deprisa. Lo que acababa de oír… Era todo lo que había deseado.


—¿Estás seguro? —consiguió al fin preguntar.


—Nunca he estado tan seguro de nada.


—Quizá no pueda tener hijos.


—Lo sé. Solo te quiero a tí. Creo en nosotros y quiero ese futuro que podríamos tener, sea como sea. Sé que el amor te aterroriza y lo entiendo. He venido para convencerte de que lo reconsideres.


—No te molestes —contestó ella, acortando la distancia que los separaba.


—¿Por qué no? —él palideció.


Paula tomó sus manos entre las suyas y las apretó con fuerza.


—Porque el amor ya no me aterroriza. Bueno, algo sí, pero llevo demasiado tiempo viviendo con miedo de algo que probablemente nunca sucederá. Viviendo con un dolor que podría ser mucho menor. No quiero seguir encadenada al pasado, Pedor. Quiero mirar al futuro y te quiero a tí en él —respiró hondo—. Porque yo también te amo.


—¿De verdad? —Pedro recuperó el color y sus ojos se clavaron en los de ella.


—Totalmente —Paula se perdió en su mirada, en el calor de su cuerpo—. Eres todo lo que nunca me atreví a soñar, lo que pensé que nunca podría tener. Quiero reír, discutir, envejecer contigo. Lo quiero todo.


—Entonces será mejor que te cases conmigo.


Cuando él la estrechó sonriente entre sus brazos, la alegría desbordó a Paula, mareándola, inflamando su corazón de pura felicidad.


—Sí, por favor —ella le ofreció la más brillante de las sonrisas y levantó la cabeza para que la besara.

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