No le había pasado desapercibido cómo había esquivado sus preguntas más inquisitivas. O el rastro de resentimiento en su voz que creyó percibir, y no por primera vez. ¿Cuál era la historia? Porque sin duda había una. Desde que se habían conocido, Pedro le había dejado claro muchas veces que, para él, el deber estaba por encima de todo lo demás, pero claramente no se sentía cómodo con ello. Tenía la sensación de que él estaba haciendo un trabajo que realmente no quería. Como ella, su vida parecía limitada por las circunstancias. Tal vez, como ella, la idea de cambiar esas circunstancias le parecía demasiado arriesgada. La pregunta, demasiado personal para ser abordada, cuya respuesta no era de su incumbencia, era ¿Por qué? ¿Por qué había hecho llevar un yate por la noche para poder salir con Paula por la mañana? Leo no tenía ni idea. Hacía años que no navegaba, desde que, tras la muerte de su padre, comprendió que su nuevo trabajo lo absorbía todo. Pero la ilusión con que ella le había preguntado si tenía un barco había sido respondida con un inesperado anhelo que le había perseguido durante el regreso a la casa, hasta que se le ocurrió que uno de los puntos clave de las vacaciones, sin duda, era poder hacer cosas para las que normalmente no se tenía tiempo.
El yate estaba amarrado a una boya de la cala. Después de desayunar, cargados con bolsas y una nevera, Paula y él bajaron hasta el embarcadero, donde estaba amarrado el bote. Pedro la ayudó a subir y le puso el chaleco salvavidas antes de colocarse el suyo. Luego encendió el motor con ansias de poner sus manos sobre el timón, de sentir la cálida y suave madera bajo sus pies descalzos. La adrenalina se apoderó de él ante la perspectiva de pasar todo el día en el mar. Su cabeza se llenó de recuerdos de lo mucho que lo había amado, de lo mucho que había confiado en poder alejarse en el agua cuando había necesitado escapar de la volátil relación de sus padres siendo un adolescente enfadado. Y mientras surcaban las cálidas aguas del Egeo en dirección a la elegante embarcación blanca, que lo llamaba como una sirena, el caos de los últimos días se disipó bajo un familiar y bienvenido manto de calma. Él navegó hasta una bahía perfecta para bucear y soltó el ancla. Paula nunca había buceado, otra cosa más que le enseñaría a hacer. Seguramente, ella no prestó toda la atención debida al paraíso submarino… No había hombre tan irresistiblemente atractivo como Pedro. El mar turquesa y los peces de colores brillantes que nadaban a su alrededor no eran rival para esos hombros fuertes, muslos poderosos, y una destreza en el agua que resultaba irresistible.
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