martes, 24 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 7

Cortó la frase sin terminarla y algo más que furia apareció fugazmente en sus facciones. Algo más parecido a la traición y el dolor. Paula reconoció el sentimiento porque ella lo había soportado de niña, el día que su padre la dejó en un centro de menores en Westminster y le dijo que ya no podía seguir cuidando de ella. Fue la última vez que lo vio. ¿Qué había querido decir con que André pensaba que le debía dinero por haber nacido?


–Es hijo suyo –musitó. 


La verdad le resultó de pronto tan obvia que no entendió cómo no se había dado cuenta en cuanto Alfonso puso el pie en la casa. En la casa de él, seguramente. ¿Habría vivido allí de niño, sin que André lo reconociera? La compasión que sintió de pronto por aquel hombre indómito fue tan intensa que la sintió casi como un vahído, porque de pronto comprendió por qué aquellas viñas significaban tanto para él. Por qué las quería con tanta determinación y por qué odiaba a André, o quería odiarlo, tanto como ella había odiado a su padre por haberla abandonado. Pero, junto a la oleada de compasión, llegó otra de deseo que derribó las barreras que había estado intentando erigir sin conseguirlo desde el momento en que sus miradas se cruzaron en el cementerio.


-¿Qu ést-ce qu’elle a dit, là?


¿Qué demonios acababa de decir? La sorpresa fue tal que la furia por el intento que había hecho su padre de vengarse de él desde la tumba pasó a segundo plano. Había hablado más de la cuenta, pero era imposible que se hubiera imaginado la verdad con tanta facilidad cuando nadie más había sospechado nunca cuál era su verdadera relación con André de la Mare.


–Era… –repitió ella, con una mirada tan llena de compasión que lo dejó mudo–. Usted es hijo de André. Sus ojos son… Son los mismos.


–¿Qué tontería es esa? –respondió, pero la humillación que lo consumía desde niño se apoderó de su voz, una humillación que llegó cuando descubrió lo idiota que había sido pensando que un hombre de la clase social y la riqueza de Pierre de la Mare iba a reconocer a un bastado como él.


No quería su compasión, como tampoco tenía intención de reclamar su legado. Lo único que quería eran las viñas, unas viñas que había regado con su sudor trabajándolas durante años, convencido de que su padre lo quería, o al menos lo respetaba, cuando lo único que había sido para él era un error. «Aunque fueras hijo mío, como dice tu madre, ¿De verdad piensas que iba a querer que el crío de una guarra llevase el apellido De la Mare, por bien que se le den las viñas?» Las palabras que le dirigió su padre al cumplir los quince se le vinieron a la memoria. Fue el día en que reunió el valor necesario para decirle a Pierre de la Mare que sabía que era su padre, y que estaba orgulloso de ser el destinatario de su legado. El día en que su padre se rió en su cara y le dijo que no tenía derecho a su legado porque nunca sería más que un labriego, un asalariado, un bastardo.

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