jueves, 19 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 2

Alfonso cerró la puerta del Jeep y echó a andar sobre la tierra reseca hacia la tumba con una confianza suprema. Desde luego no parecía estar de luto. Sintió que enrojecía al notar su mirada en ella, aun detrás de las gafas de aviador, examinando el vestido retro que había encontrado en el mercado el día anterior. Le quedaba un poco apretado, pero con su falda de vuelo, el talle marcado y el corte en forma de reloj de arena le pareció elegante. Ella nunca llevaba vestidos. André decía que su uniforme de trabajo eran pantalones cortos y camiseta, pero aquel día había querido tener un aspecto elegante por él. Y aquel vestido lo lograba, o al menos eso pensaba, hasta que la mirada de Alfonso le abrasó la piel, haciendo que se sintiera insultada y excitada al mismo tiempo, más expuesta que elegante. Pero no se dirigió a ella sino a Gabriel Caron, el abogado de André, a quien susurró algo al oído. El sacerdote concluyó por fin y le hizo entrega de una pequeña pala, y se dió cuenta de lo que le apretaba el vestido al agacharse para cargarla con un poco de tierra.


–Dale un beso a Simone de mi parte –dijo en voz baja al dejar caer la tierra.


Esforzándose por contener la emoción que le agarrotaba la garganta, dió media vuelta y se alejó de las tumbas de los De la Mare para dirigirse colina abajo a La Maison de la Lune. Oyó comentarios en voz baja al pasar por delante de algunas de las personas que habían acudido a despedirse de André, pero nadie se le acercó. Una vez Gabriel le entregase el cheque del dinero que André le había prometido, tenía que empezar a recoger sus cosas y a pensar en qué iba a hacer. No iba a tener mucho tiempo, sobre todo si Alfonso compraba la tierra. Exigiría que se marchase rápidamente, y quería estar preparada para que no la presionaran y la presencia de Alfonso allí, con su ropa de trabajo, daba a entender que no se iba a parar en ceremonias. ¿Dónde ir? ¿A París? ¿A Londres? ¿A Madrid, quizás? Nunca había estado en España. Intentaba que aquella nueva aventura despertara su entusiasmo, pero lo único que sentía era cansancio. Y tristeza. Decidió que no iba a hacer el equipaje aquella noche. Aquella noche iba a recordar a su amigo, a su esposo. Cuando Gabriel se hubiera marchado, se sentaría en la terraza con una copa del magnífico tinto de André a disfrutar del mágico atardecer en el viñedo del que se había enamorado. El viñedo que había llegado a ser un raro oasis de calma y serenidad en el caos de su vida nómada. Sintió la mirada de Alfonso con la intensidad de un láser al pasar por delante de él para salir del cementerio, y una inquietante picazón de necesidad le erizó el vello del cuerpo, dejando un peso en su bajo vientre. Era rico, un famoso seductor que exudaba un magnetismo animal que sería difícil de ignorar por cualquier mujer. Y en su caso aún más, dado que tenía muy poca experiencia con los hombres. Siendo niña de acogida, había aprendido a pasar desapercibida. Siempre era mejor que no repararan en ella si quería poder quedarse un poco más. Ya en la adolescencia, había sido un marimacho, decidida a huir del estereotipo de chica a la que nadie quería en busca de amor. Por Dios, si aún era virgen… Gracias a su existencia sin raíces, una vez abandonó el programa de acogida, nunca había permanecido en un lugar el tiempo necesario para construir una relación significativa, aparte de con André, claro. Pero André, a pesar de su matrimonio de última hora, era cuarenta años mayor que ella y un hombre frágil, no una fuerza de la naturaleza en pleno apogeo. Lo bueno era que no lo conocía en persona y que no iba a tener necesidad de conocerlo, de modo que aquella sensación tan… Desconcertante, pasaría. A no mucho tardar, Alfonso sería el propietario del viñedo de doscientos años de antigüedad que producía los mejores caldos de la región, y de la hermosa y vieja casa de piedra que había sido su primer hogar. Pero aquella noche, las viñas y La Maison de la Lune eran suyas, y no necesitaba el permiso de Alfonso ni de ningún otro para disfrutarlas.


–¿Cuándo estará la finca en el mercado? –preguntó Pedro Alfonso al abogado de André de la Mare mientras veía cómo la chica, el ama de llaves, la enfermera o cuidadora o lo que diablos fuera, pasaba de largo sin tan siquiera mirarlo.

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