—¿Nunca consideró a nadie más?
—Es tradición familiar, el hijo mayor hereda automáticamente —Pedro sacudió la cabeza.
—Eso debió de presionarte mucho.
—Nunca hubo ninguna duda ni discusión al respecto —contestó él, sin confirmarlo ni negarlo—. Siempre fue un hecho consumado.
—No me extraña tu resentimiento.
—¿Resentimiento? —él le lanzó una mirada penetrante.
—A veces se nota cuando hablas de tu familia —Paula asintió—. Totalmente comprensible. Eras muy joven. Como dijiste una vez, la curva de aprendizaje fue empinada. Debiste hacer muchos sacrificios.
—Ninguno que no estuviera dispuesto a hacer —contestó él—. No podía defraudar a mi padre. En los negocios, exigía e imponía respeto, y yo se lo daba con creces. En los cinco años siguientes a la fusión de las dos empresas, duplicó el balance. Profesionalmente, iba a ser difícil seguir sus pasos.
—Pero tú los sigues, ¿No?
—Lo intento, aunque a veces con mucho esfuerzo.
—¿Qué quiere decir eso?
A pesar del calor, a Pedro se le heló la sangre al darse cuenta de que había revelado más de lo que pretendía. ¿Se le había subido el calor a la cabeza? ¿Había pasado demasiado tiempo bajo el agua, casi sin oxígeno? ¿Estaba borracho? ¿O simplemente le había sorprendido descubrir que, si Paula se había dado cuenta, no era tan bueno controlando sus emociones como suponía? Algo tenía que explicar el desliz, pero no volvería a ocurrir. La emoción de navegar de nuevo había anulado su cautela. El manto de calma le había dado una falsa sensación de seguridad. Imprudentemente, se había relajado y bajado la guardia. Pero la volvería a subir, porque no podía permitir que la inquietantemente y perspicaz Paula y el caos que la acompañaba lo afectara. La apasionada relación que tenían era un acuerdo temporal. Ella nunca sería la persona indicada para él.
—Nada —Pedro desvió la mirada hacia el horizonte e ignoró una extraña sensación de decepción.
—Vuelves a mostrarte evasivo.
—Y tú entrometida.
—Solo siento curiosidad por el hombre con el que me acuesto desde hace cinco días —contestó ella con fingida ligereza—. He respondido a todas tus preguntas. Pero tú evitas las mías. ¿Qué ocultas?
—Nada —solo cosas que no tenía intención de compartir con ella. Con nadie.
—Demuéstralo.
—No necesito demostrar nada.
—Entonces compláceme.
—Tampoco necesito hacer eso.
—Entonces sí ocultas algo —ella lo miró con expresión triunfal.
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