martes, 31 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 13

Él la besó en los labios y tiró de ella poniendo una mano en su cuello para devorar su mejilla, el pulso bajo su maxilar, desatando una corriente de necesidad que crepitó en su sexo, en sus pechos, en todos aquellos lugares que su boca iba conquistando. La pegó más a él y la evidencia de su erección se hizo presente por encima de su ropa. Pedro deslizó una mano bajo la camisola de algodón y su sujetador se abrió casi de inmediato mientras él se separaba mínimamente para ver su reacción al acariciarle los pezones endurecidos, que se inflamaron aún más con sus juegos.


–Necesito verte –murmuró.


Ella asintió aun sin estar segura de si le estaba haciendo una pregunta o planteándole una exigencia, pero antes de que pudiera pensarlo, él le quitó la camisola y sujetador, dejándola desnuda de cintura para arriba.


–Trop belle –musitó, y su lamento le hizo sentirse verdaderamente hermosa por primera vez en la vida.


Con una mano bajo un seno, se inclinó para atrapar el pico maduro y palpitante en la boca, y ella hundió las manos en su pelo, sepultada bajo unas sensaciones tan exquisitas que un gemido se escapó de sus labios. Siguió torturándola, lamiendo la oscura areola, mordiendo el pezón, succionándolo, volviéndola loca, hasta que sus gemidos se transformaron en sollozos, agarrada a su pelo para no dejarlo ir, para pedirle más. El fuego se desató en su sexo, amenazando con consumirla.


–Por favor… Necesito…


¿Qué necesitaba? Pues no sabría decirlo.


–Dime lo que te gusta –le susurró al oído, abrazándola, su erección metida entre los muslos de Paula.


El calor era cada vez más abrasador, más devorador, pero seguía sin ser suficiente. Necesitaba que la llenase, sentir su fuerza, su empuje.


–Necesito que te desnudes tú también.


Él se rió.


–Mais oui, Paula.


Tras un último beso en su seno, se quitó la camisa. Su pecho era un plano ancho, fuerte y magnífico, como el resto de él, y lo devoró con la mirada, sin pudor y con arrojo, a la luz amarillenta de la vieja bombilla. Los músculos bien definidos de su abdomen y sus pezones oscuros estaban cubiertos de un vello suave que descendía en una fina línea que dividía en dos sus músculos abdominales. Cruzó los brazos e intentó mantener la cordura mientras le veía desabrocharse los pantalones. Una enorme erección se liberó al bajar los calzoncillos y quedó enhiesta desde el nido de su vello púbico. Nunca había visto a un hombre desnudo, y menos aun completamente excitado. ¿Cómo demonios iba a caber aquello en su cuerpo? Presa del pánico, sintió que su sexo se humedecía, y que sus músculos se tensaban y se relajaban a la espera. No podía decir si iba a ser capaz de alojar algo tan enorme, pero quería intentarlo.


–¿Paula, ça va? –preguntó él con cierta preocupación, empujando con delicadeza su barbilla.


Ella asintió.


–¿Puedo… Puedo tocarte?


Unas arruguitas aparecieron en el rabillo de sus ojos al sonreír.


–Pues claro –contestó, sonriendo de medio lado–. No tienes que pedirme permiso.


Asintió de nuevo, maldiciendo su inexperiencia. No quería que supiera que era su primera vez, o que sospechase lo que significaba para ella, porque para él, no significaba mucho. Tocó su erección con las yemas de los dedos, explorando la suavidad de terciopelo de su piel, la firmeza de debajo, y su pene dio un respingo. Luego quiso probar a tocar el final, la cabeza brillante y dividida de la que colgaba una gota de humedad.


–Arrête, Paula –le pidió, agarrándola por la muñeca–. Me estás matando –dijo, y se llevó su mano a la boca para besarla, una imagen tan erótica para ella que la respiración se le colapsó en los pulmones. ¿Cómo era posible estar tan excitada y no deshacerse en un charco a sus pies?


–Quítate los pantalones, ma petite –le pidió–. No puedo esperar mucho más a estar dentro de tí.

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