—Sería comprensible que siguieras enfadado.
—Lo sería. Pero no lo estoy. Encuentro a mi madre frustrante y agotadora, nada más.
—Claro —contestó ella secamente, como si supiera algo que él ignoraba.
—¿Qué? —murmuró Pedro, incapaz de seguir soportando el escrutinio.
—Tienes muchas cosas en la cabeza.
Así era. Y tenía que mantenerlas encerradas. No había pasado años negando sus emociones solo para darles rienda suelta por una pregunta pertinente. Pondría fin a esa tontería. Paula y él no eran pareja. En la cama era donde mejor funcionaban, y era ridículo haberle consentido más. Solo le había dejado el mando durante los dos primeros días, pero ella parecía seguir aferrada a él y tenía que acabar.
—¿Sabes qué pienso? —preguntó Pedro, guardando las botellas vacías de cerveza en la nevera.
—¿Que sería estupendo una siesta en el camarote? —la mirada de
Paula se clavó en la boca de Pedro.
—No —contestó él, resistiéndose a la tentación de aceptar, estando tan nervioso. Sería una locura, malo e increíblemente peligroso—. Pienso que es hora de regresar.
Pedro no era el único que tenía muchas cosas en la cabeza. Su confesión ocupó los pensamientos de Paula durante el trayecto de regreso. ¿Cómo había soportado tantos años el estrés de hacer un trabajo para el que no se sentía preparado? No podía ni imaginárselo, aunque finalmente comprendía su necesidad de control y orden y su deseo de intimidad, y las difíciles decisiones que había tenido que tomar. La supresión de su auténtico yo para hacer el trabajo y proteger a los demás no parecía muy saludable, pero ¿quién era ella para juzgar? Evitaba operaciones que le aliviarían los síntomas de la endometriosis por un miedo que sabía era improbable que se materializara. Estaba tan atrapada en el pasado como él. Era una pena que hubiera puesto fin al día, pero entendía por qué las sonrisas habían desaparecido y Pedro estaba tenso al timón. Ella lo había empujado a hablar, y no le había gustado. Le daría un respiro, como había hecho él cuando ella lo había necesitado. Tampoco a ella le iría mal. Quería saber más del hombre que había tras la fachada, saberlo todo, pero no era una opción. Le haría bien pasar un rato sola para reforzar la distancia emocional que quería mantener, y que estaba amenazada.
—¿Cuál es el plan para mañana? —preguntó tras regresar a la villa.
—No hay ninguno —fue la contundente respuesta, lo que permitía a Paula idear el suyo propio.
Pedro se despertó malhumorado, los acontecimientos del día anterior impidiéndole dormir bien. Sus sueños habían sido agitados. Sobre todo, ese en el que se estiraba en un sofá, con la cabeza en el regazo de Paula, mientras le contaba todo y ella le acariciaba suavemente el pelo.
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