—¿Qué quieres decir?
—¿De verdad tienes que volver a Atenas?
—Sí. Federico me mandó un mensaje anoche. Hay problemas con la fusión.
—¿Entonces no es porque los últimos días fueran un poco… No sé… Viscerales?
—Para nada —contestó él con tal convicción que ella tuvo que creerlo—. Nunca pienses eso. Que sepas que estoy impresionado por tu fuerza y resistencia.
—De acuerdo —Paula sintió un extrañamente abrumador alivio.
—¿Cuándo quieres irte?
Ella resistió el impulso de decirle que nunca, pero no podía cambiar de opinión. Tenía que ser fuerte. Así que ignoró el extraño dolor en el pecho y la opresión en la garganta.
—Estoy lista para irme ya —aseguró con firmeza.
El viaje de regreso a Atenas no pudo ser más diferente del de ida. La tensión era palpable, y no hubo champán en el avión. No intercambiaron largas miradas ardientes llenas de promesas de pasión y aventura. Apenas se miraron. En cuanto embarcaron, Pedro se pegó al teléfono mientras Paula miraba por la ventanilla, reprimiendo las peligrosas emociones. El corazón le latía acelerado y la cabeza vibraba por la presión, pero contaba los minutos y mantenía la boca cerrada. Al aterrizar, desembarcaron en silencio. Ella no se arrojó en sus brazos para darle un último beso. No se derrumbó ni le suplicó que la convenciera de que estaba equivocada. Se despidió con frialdad, giró sobre sus talones y se marchó en dirección contraria, recordándose a sí misma que había tenido mucha suerte.
—¿Qué pasa?
Tres semanas después del regreso de Pedro a la ciudad, Federico salió a la terraza del ático de Pedro en Atenas y dejó dos botellas de cerveza sobre la mesa.
—No pasa nada —murmuró Pedro, deslizando el pulgar por una de las botellas, deseando que fuera tan fácil deslizarse a través del caos de sus pensamientos.
—Desde que volviste de Santorini, pareces un oso con jaqueca —su hermano se sentó—. Tienes a todo el mundo aterrorizado, especialmente a tu ayudante. Dice que nunca te había visto así. Asegura que me prefería a mí, y eso significa que las cosas están muy mal.
—Unas semanas duras —respondió Pedro, evitando la mirada de su hermano—. A veces pasa.
—A tí no —respondió Federico—. Y no han sido tan duras.
Federico tenía razón. Normalmente, cuando surgía un problema en el trabajo, Pedro aumentaba el control hasta que pasaba, y gracias a su hermano, tenía muy poco que hacer para ponerse al día. Pero estaba nervioso y descentrado. Su método habitual para concentrarse no parecía funcionar.
—¿Qué es esto? —preguntó, señalando la cerveza—. ¿Una intervención?
—Sí, de todos. Queremos saber qué pasa.
¿Sus hermanos habían hablado de él? Eso tampoco le gustaba.
—No sé de qué están hablando —espetó Pedro, esperando en vano que su hermano lo dejara estar.
—Paula Chaves—contestó Federico.
Pedro se quedó paralizado. Encajó la mandíbula y apartó los recuerdos que asaltaron su mente. No quería pensar en ella. Cada vez que lo hacía, la cabeza le daba vueltas. Pero su hermano esperaba una respuesta.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Estás enamorado de ella?
—No seas ridículo —el corazón de Pedro se aceleró.
—Ví las fotos —insistió Federico—. Todo el mundo las vió.
Pedro se estremeció.
—Silvana dijo que se notaba en tu mirada.
—Silvana se equivoca.
—La besaste la noche de la boda de Luciana —señaló Federico—. Nunca te había visto hacer eso.
Bueno, había perdido la cabeza momentáneamente. Pero ya la había recuperado. La fusión iba por buen camino. Ricardo tenía a su madre bajo control. El statu quo se había restablecido. Ni siquiera había tenido que implicarse. Al anunciar su intención de regresar a casa, Paula se lo había puesto inesperadamente fácil. Sentirse rechazado era absurdo. En el aeropuerto, al verla alejarse, había sentido alivio. Ella tenía el potencial de sacar lo peor de él. Había tenido mucha suerte.
—Fue un bache —aseguró—. Pero se acabó.
—Qué pena.
—¿Qué sabrás tú de eso?
—Muy poco. Nuestros padres no fueron un buen ejemplo. Pero mira a Luciana y Ariel. El amor es hermoso. En esas fotos parecías feliz y relajado.
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