-Paula.
El modo en que Pedro Alfonso pronunciaba su nombre lo hacía sonar muy íntimo, y la intensidad de su mirada resultaba aterradora y fascinante. Se estaba llevando a la boca un pedazo de queso y otro de pan, pero en sus ojos había la misma necesidad que a ella la asediaba y por la que tuvo que apartar la mirada de su boca.
–No le compadezco –aclaró.
Probablemente nadie lo había compadecido en su vida, a pesar de los horrores que había dejado entrever y que había padecido durante la infancia, pero no parecía la clase de hombre que inspiraría la compasión de otra persona. Era demasiado intenso, demasiado enérgico, con una disciplina demasiado férrea sobre sí mismo, excepto cuando… Excepto cuando no había logrado disfrazar lo que sentía teniéndola cerca. Igual que le pasaba a ella. ¿Por qué notarlo la mareaba? Se obligó a comerse la uva que llevaba un rato en la mano para darse tiempo de pensar, algo que era casi imposible teniendo su mirada clavada en ella. Pedro Alfonso era hijo ilegítimo de André, y había trabajado en sus viñas. Ahora entendía bien que quisiera poseerlas. Y André lo había rechazado con toda crueldad cuando aún era un crío, además por la razón más cruel imaginable: Por ser pobre e ilegítimo. La dulzura de la uva se le derramó en la lengua. Aunque había sido encantador con ella, y a pesar de lo mucho que había llegado a preocuparse por él, sabía que en los negocios era implacable y, viendo lo que había hecho con el testamento, tanto su matrimonio como su legado era solo un modo de hacer daño a su hijo, y no de ayudarla a ella. ¿Debería entregarle las tierras a Alfonso? Después de todo lo que había sufrido, ¿Tenía derecho a quitárselas?
–¿Cuánto?
Levantó de pronto la cara y quedó atrapada en su mirada.
–¿Perdón?
-¿Cuánto quiere por desaparecer? Soy un hombre rico y puedo ser muy generoso. Está claro que usted es una mujer que aprecia el valor del dinero, y yo eso lo respeto… –bajó la mirada a sus senos y tardó un instante en volver a mirarla a los ojos con un desprecio tan claro y tan brutal que la dejó aturdida.
–No quiero su dinero –replicó, cerrándose la camisa para que no pudiera ver que los pezones se le habían endurecido.
–¿En serio? –replicó con una sonrisa tan cínica que volvió a sentirse como Caperucita Roja delante del lobo–. ¿Aunque le ofreciera medio millón de euros por desaparecer, que es mucho más de lo que vale la propiedad?
–Sí.
No quería su dinero. Hacía un instante se había planteado regalárselas, pero quería poder quedarse en La Maison de la Lune. No quería tener que desaparecer una vez más. ¿Cuántas veces se había visto obligada a hacerlo, por los caprichos de otros?
–Quiero quedarme a vivir aquí, como planeó André, pero estaría encantada de alquilarle las tierras, como sugirió Gabriel.
Su sonrisa se borró.
–No quiero alquilarlas, sino ser su dueño. Y no puede quedarse aquí, porque lo que pretendo es derribar esta casa.
–¿Derribarla? ¿Por qué quiere derribarla?
–No tengo por qué explicarle mis motivos –replicó, frunciendo el ceño.
Paula se cruzó de brazos para intentar dejar de temblar… y para disimular la tensión de sus pezones traidores.
–Pues no puede derribar La Maison de la Lune porque me pertenece.
–Cuando haya impugnado el testamento, me pertenecerá a mí.
–No puede hacer algo así. Esta casa es hermosa… –miró a su alrededor, contemplando sus muebles antiguos, los viejos sillones, la sólida mesa, la hermosa vista que se colaba por la ventana, y no solo de las viñas, sino del bosque antiguo que bordeaba la propiedad y el cristalino arroyo que la dividía y que brillaba a la luz de la luna–. Merece permanecer aquí para las siguientes generaciones.
–No. Lo único que importa son las viñas.
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