jueves, 26 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 9

 –Si desea imputar el testamento basándose en esta información, tendrá que someterse a una prueba de ADN –dijo el abogado, preocupado por su trabajo. 


Sabía que Pedro tenía un equipo legal impresionante y el suficiente dinero para tenerlo litigando durante años sobre la legalidad de aquel requerimiento de última hora.


–No es que tenga deseo, sino la determinación de impugnar el testamento –le aclaró–, pero no necesito demostrar que soy hijo de De la Mare. Lo único que tengo que demostrar es que no estaba en plenas facultades mentales cuando lo dictó.


Miró de nuevo a la mujer que tenía delante, y reparó en que la línea de sus pezones se dibujaba bajo la camisola de algodón que llevaba. Un calor familiar le creció en el vientre. Sabía que debía ignorarlo, ya que no quería las sobras, pero vio que de pronto contenía el aliento. Así que ella también lo estaba sintiendo…


–Dudo que sea difícil convencer a un juez de que De la Mare estaba subyugado por los encantos de su nueva esposa cuando dictó su testamento –continuó–, y de que las cláusulas son absurdas.


En realidad no creía que la joven hubiese tenido algo que ver en aquel testamento. Seguramente De la Mare había preparado aquel golpe final desde que volvieron a encontrarse dos años atrás, y ella no había sido más que un testigo bien predispuesto. Vió que el rubor le subía por el cuello y que su respiración se volvía más superficial. Los pezones eran ya tan prominentes que debían de dolerle, y él sentía cada vez más calor en el vientre, sobre todo al imaginarse que le bajaba la camisola para apaciguar su dolor con la boca. Respiró hondo. Desde luego, era exquisita. Y el velo de inocencia, aunque falso, también resultaba cautivador. El viejo tenía buen gusto.


–Monsieur Alfonso, le aseguro que el testamento es irrefutable. Monsieur de la Mare estaba en plenas facultades cuando lo dictó –dijo el abogado–. Y madame De la Mare no tenía conocimiento de su contenido previo a este momento, siguiendo los deseos de mi cliente.


–Ya veremos –replicó sin apartar la mirada de la chica.


 Porque eso era exactamente para él. ¿Cuántos años tendría? Su padre andaba por los sesenta, y por un instante se quedó ponderando la diferencia de edad. Ella los miraba a ambos, y su nerviosismo no hacía más que incrementar su deseo. ¿Hasta qué punto habría llegado su desesperación para decidirse a abrirse de piernas para un viejo? ¿Y cómo podía él tener eso en su contra, cuando él mismo había hecho cosas de las que no se sentía orgulloso siendo un muchacho, con el fin de sobrevivir? Miró a la mesa, en la que se había dispuesto una variedad de quesos y fruta locales con bastante arte, y el deseo por fin empezó a disiparse, lo que le permitió pensar con cierta coherencia. La solución a aquel problema era simple. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? Si se había casado con un viejo por sus propiedades, significaba que podía ser comprada. Lo único que tenía que hacer era ponerle sobre la mesa una oferta que no pudiera rechazar.


–Creo que, al final me voy a quedar a comer… Y a probar el vino, para que podamos seguir hablando de la situación.


–Me temo que yo tengo que marcharme –contestó el abogado–. Mi esposa me estará esperando.


La expresión de la joven se volvió de preocupación ante la idea de quedarse sola con él. Bien. Por fin tenía una buena mano de cartas. Ahora tenía que ser implacable… Y dejar de obsesionarse con sus pezones. Se acercó al aparador y se sirvió una copa del vino de De la Mare para mantenerse ocupado y centrarse en lo que quería conseguir. Por la cara de ella vió pasar preocupación, pánico, incluso miedo. ¿Miedo de él, o del deseo que se correspondía con aquellos pezones y la respiración agitada? Le produjo satisfacción ser consciente de que le resultaba más difícil que a él controlar sus respuestas. Haría que pesara en su favor, de modo que, antes de que ella pudiera decidir echarlo a patadas, añadió:


–Esta puede que sea la última oportunidad que se me presente de disfrutar de una comida en la casa en que nací.


No podía importarle menos, en realidad. Apenas recordaba los años que habían vivido allí. Lo único que recordaba era salir temprano de la casucha en la que vivía con su madre para trabajar con los hombres de su padre, o al terminar las clases hasta que se hacía de noche mientras esperaba la visita de su padre y que se diera cuenta de lo duro que trabajaba. Y después, del día que se atrevió a reclamar su parentesco, lleno de orgullo y esperanza, en la puerta de atrás de la casa de su padre, ya que lo consideraban demasiado insignificante para dejarle entrar por la principal. El comentario surtió el efecto deseado.


–Entiendo, monsieur Alfonso –dijo ella, empujada por la compasión que ya había mostrado antes.

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