martes, 31 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 15

Daba igual. Aquello era solo sexo. Una química descabellada que había explotado entre ellos desde el momento en que se vieron. Sacó el pene y volvió a introducírselo despacio, con cuidado, y sintió que lo recibía con más facilidad. Paula gimió, aferrada a sus hombros como si fueran lo único estable en medio de la tormenta que los consumía. Volvió a retirarse y volvió a entrar, y ella arqueó la espalda, ofreciéndose, recibiendo su invasión, disfrutando de su posesión. Pedro comenzó a moverse, primero despacio, a un ritmo que los satisficiera a ambos. Pero cuando sus gemidos se transformaron en jadeos, el frenesí se apoderó de él y de pronto cayó en la cuenta de que era el primer hombre que la acariciaba, que la saboreaba, que se daba un festín con su carne, que la oía gemir al rendirse a él. Sintió deseos de poseerla, de reclamarla, y sus movimientos se volvieron frenéticos, los empellones más hondos y exigentes, y se agarró a sus caderas para retrasar su clímax, porque necesitaba que ella lo sintiera antes que él. Echó hacia atrás el cuello y gritó mientras las sacudidas del orgasmo le llegaban. Por fin pudo dejarse ir y caer por aquel precipicio detrás de ella, con la mente en blanco, el cuerpo como sin huesos y una palabra repitiéndose en su cabeza: Mía. Cuando aquella maravillosa ola se despejó, Paula se quedó mirando le grieta de la moldura del techo que llevaba contemplando los últimos once meses antes de quedarse dormida. Pero aquella noche era distinta. El olor almizclado a sexo y a sudor la rodeaba, y el peso del cuerpo de Pedro la hundía en aquel viejo colchón mientras su pene seguía pulsando dentro de su vagina. Respiró hondo y se mordió el labio para contener las lágrimas que amenazaban con desbordar sus ojos, ya que no había modo de controlar la emoción que le aplastaba el pecho como una piedra. ¿Cómo podía haberse acostado con el archienemigo de su marido, el día de su funeral? ¿Con el hombre que había amenazado con destruir La Maison de la Lune? Le empujó con suavidad por el hombro, que se le estaba clavando en el cuello. Tenía que alejarse de él, pero seguía estando dentro de ella, enorme, pero lo único que quería hacer era hacerse un ovillo y dejarse morir. Él gimió y cambió de postura, y Paula contuvo el aliento, incapaz de ocultar el dolor de su sexo.


–Perdón –murmuró al apartarse.


Ella se dió la vuelta hasta quedar al borde de la cama, doliéndole cada músculo, pero por encima de todo, el corazón era lo que más le dolía. Lo que André le había hecho a Pedro tanto tiempo atrás estaba mal, muy mal, pero lo que ella acababa de hacer estaba aún peor. Iba a levantarse cuando él la sujetó por un brazo.


–¿Dónde vas?


–Necesito… Necesito asearme –dijo, enrojeciendo. 


El líquido pegajoso se había hecho presente entre sus muslos. No había usado preservativo, y ella no se lo había pedido.

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