jueves, 19 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 4

 -Madame De la Mare, gracias por recibirnos en un momento tan difícil.


¿Recibirnos? Paula saludó con una inclinación de cabeza al abogado de André en la puerta de la casa, una hora después del funeral.


–Me alegro de verlo, Gabriel. ¿Viene… Alguien más?


En aquel mismo instante, el coche que había visto en el cementerio se detuvo allí, y Pedro Alfonso bajó de él. Había dejado los vaqueros y la camiseta desaliñada y llevaba unos pantalones de diseño y una camisa blanca de lino remangada. Traía el pelo oscuro mojado, como si acabara de ducharse y afeitarse, pero seguía pareciendo indómito e intimidante. Tampoco llevaba gafas de sol, con lo que su mirada era todavía más devastadora que cuando en el cementerio la miró de arriba abajo. Menos mal que ya no llevaba aquel vestido tan sugerente, aunque deseó haberse puesto algo más formal que los pantalones cortos y la fina camisola de algodón que llevaba. Marcel iba con relativa frecuencia por allí, en particular en las últimas semanas, para ver a André, pero Alfonso no era un amigo, o siquiera un conocido.


–Bon soir, madame De la Mare. Gabriel me ha pedido que asista, siguiendo la voluntad de su marido –la saludó, con apenas una leve inclinación de cabeza.


Paula contuvo un estremecimiento de inquietud, y la sensación que le provocaba y que se había negado a desaparecer. En el cementerio no se había dado cuenta de lo grande que era. De tan anchos que eran sus hombros, bloqueaban la luz del final del atardecer. Apenas le llegaba al cuello. ¿Por qué habría querido André que estuviera presente? No tenía sentido. El testamento era solo una formalidad, una oportunidad de pagarle los salarios que le debía, ¿No? ¿Es que Alfonso ya había comprado la propiedad? ¿Sería posible? ¿Tendría que abandonar la casa aquella misma noche? ¿Y por qué no podía controlar aquella sensación líquida que partía de lo más hondo del cuerpo? Aquello era peor que verle de lejos en el cementerio. De cerca, Pedro Alfonso era una fuerza de la naturaleza, y parecía haberse hecho con el control de sus sentidos. No quería invitarlo a pasar a su casa, a su santuario, pero teniéndolos allí, en la puerta, no tenía opción, y volvió a sentirse indefensa como cuando era niña y le decían que iba a tener que irse con una nueva familia.


–Ya… Por favor, pasen.


Las pisadas de Alfonso sonaron en el suelo de piedra de la granja, y un perfume caro a sándalo se mezcló con el aroma salado que ya llenaba sus sentidos. Se hizo a un lado sintiéndose como Caperucita Roja asaltada por el lobo. Sin esperar a que se lo ofreciera, o a que le diera cualquier otra explicación, le vió seguir pasillo adelante hasta el salón de las visitas que quedaba al fondo de la casa, donde Cara había dispuesto un almuerzo ligero para Gabriel y ella. El temblor de inquietud y un inexplicable calor se vieron aumentados por un golpe de ira. ¡Aquella no era todavía su casa! ¿Y cómo narices la conocía tan bien? ¿Acaso habría estado antes allí? Desde luego André no se lo había mencionado en ningún momento. André estaba obsesionado con él, pero ella siempre había dado por sentado que se debía a que Alfonso Corporation llevaba años asfixiando las tierras de De la Mare, pero en aquel momento dudó. ¿Sería su enemistad por algo más personal? Otra razón más para desconfiar. Alfonso se quedó plantado en mitad de la estancia, y su tamaño la hizo parecer pequeña. Estaba de espaldas a la mesa de carnicero hecha de bloques de madera en la que había dispuesto una pequeña variedad de quesos, una barra de pan y una bandeja de fruta, y le vió contemplar el viñedo a través de la ventana. El sol se había puesto hacía media hora, pero quedaba suficiente luz para ver aquellos troncos retorcidos y antiguos que eran el legado de De la Mare. Su postura era dominante, como si ya estuviese examinando su propiedad, pero al mismo tiempo se le veía tenso, casi como si fuera un tigre a punto de atacar.

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